martes, 28 de mayo de 2024
lunes, 27 de mayo de 2024
Cómo será la próxima guerra civil en EEUU
El estreno de
Civil War, de Alexander Garland, ha servido como espoleta para la discusión de
una posible guerra civil, hoy, en EEUU. Aunque, haya guerra civil o no, el
aumento de la violencia parece estar garantizado, gane o no Donald Trump.
Cómo será la próxima guerra civil en EEUU
EL VIEJO TOPO / 27 mayo, 2024
por Chris Orlet
Uno de los
juegos de salón más populares en Estados Unidos en este momento podría
llamarse: ¿Cómo será la próxima guerra civil estadounidense? Entre los muchos
escenarios que se barajan está el dramatizado en la próxima película de
suspense Civil War, del director Alex Garland. En la película de
Garland vuelven a haber dos ejércitos estadounidenses enfrentados: las fuerzas
militares de Estados Unidos frente a las «fuerzas occidentales» separatistas
lideradas por Texas y California. ¿California? dirá usted. ¿No querrá decir
Texas y Florida?
La
Confederación Texana-Californiana de la película ha hecho que muchos críticos
se rasquen la cabeza, pero la composición de los bandos enfrentados tiene poco
que ver con el argumento. La política de la película es opaca a propósito.
Garland no ha dicho por qué eligió a estos dos estados particularmente
antagónicos para unir sus fuerzas, pero parece obvio que ha sido un intento del
director para asegurar que su película fuera apolítica y, por tanto,
comercialmente viable.
Si la premisa
de la película de Garland no es en absoluto la de la próxima guerra civil
estadounidense, ¿existe algún escenario que al menos tenga sentido en nuestro
clima político contemporáneo?
Desde luego, no
se trata de las conocidas líneas de batalla entre Estados rojos (republicanos)
y azules (demócratas). A diferencia de la división geográficamente conveniente
entre Estados Unidos y la Confederación en la década de 1860, las líneas
divisorias ideológicas y políticas de hoy se extienden por todo el territorio
de los 48 estados e incluyen estados que cambian constantemente de color, del
rojo al púrpura y al azul. Por no hablar de los focos urbanos de liberalismo
incluso en los estados más rojos.
El autor
Stephen Marche ofrece otra perspectiva en The Next Civil War:
Dispatches from the American Future. Predice que el país pronto se dividirá
en cuatro naciones separadas: Norte, Sur, Texas y California. Habría sido una
película más realista que la de Garland, pero es poco probable que la geografía
desempeñe un gran papel en la próxima contienda civil. Puede que Estados Unidos
esté dividido, pero lo está por edad, educación, raza y religiosidad, no por
una versión del siglo XXI de la línea Mason-Dixon.
En cuanto a la
secesión, no apuestes por ella. Los tejanos seguirán divagando sobre Texit,
pero incluso el Tribunal Supremo de Donald J. Trump ha señalado que tal
movimiento sería ilegal. El periodista Dan Solomon examinó metódicamente la probabilidad
de secesión de Texas en un reciente artículo en Texas Monthly y, tras
entrevistar a muchos destacados juristas y expertos militares, llegó a la
conclusión de que la posibilidad era extremadamente remota. Mientras tanto,
encuestas recientes sugieren que la mayoría de los tejanos ni siquiera quieren
la secesión.
Entonces, ¿qué
podemos esperar? ¿Otra Pax Americana?
No, si Trump se
queda corto en las elecciones presidenciales de este año. Muchos expertos
predicen que si Trump pierde las elecciones de noviembre y, como la última vez,
se niega a admitirlo, estallará una ola de violencia extremista que hará que el
asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 en la capital de Estados Unidos
parezca la hora del té con la Reina. La violencia puede ser larga y continuada
de una forma que Estados Unidos no ha visto desde la época de los derechos
civiles, «Bombingham», en la que los residentes de Birmingham, Alabama,
soportaron 50 explosiones de dinamita entre 1947 y 1965.
Al menos ese
fue el consenso de los numerosos expertos entrevistados el mes pasado por la
revista Politico. Es cierto que la pregunta se refería a si Trump
fuera expulsado de las urnas, no si perdiera las elecciones, pero viene a ser
lo mismo.
Se espera un
«marcado aumento del extremismo violento», advirtió Donell Harvin, experto en
seguridad nacional y educador. «La violencia es probable pase lo que pase»,
afirmó Rachel Kleinfeld, de la Fundación Carnegie para la Paz. Será «el
comienzo de un nuevo desmoronamiento sangriento», dijo Aziz Huq, profesor de
Derecho de la Universidad de Chicago. Habrá «protestas masivas de extrema
derecha en las que participarán vigilantes armados», afirmaron Steven Simon,
profesor visitante de prácticas en Estudios de Oriente Medio de la Universidad
de Washington, y Jonathan Stevenson, investigador principal del Instituto
Internacional de Estudios Estratégicos. Por otra parte, el ex gobernador de
Arkansas, Mike Huckabee, ha advertido de que si Trump pierde en noviembre
«serán las últimas elecciones estadounidenses que se decidirán con papeletas y
no con balas».
Aunque la base
de Trump está formada en su mayoría por blancos viejos y ligeramente racistas,
esa base tiene un núcleo antigubernamental muy inestable y militante (pensemos
en los patanes que intentaron secuestrar a la gobernadora de Michigan, Gretchen
Witmer, o en Cliven Bundy y su chusma, o en Timothy McVeigh, del atentado
contra el edificio federal de Oklahoma City en el que fueron masacradas 168
personas). Estos fanáticos suelen tener dinero, arsenales y serios complejos de
martirio. Si Trump pierde las elecciones de noviembre, extremistas similares
contrarios al gobierno federal intentarán sin duda desestabilizar el país aún
más de lo que ya está.
Según el
Southern Poverty Law Center, en la actualidad hay unos 700 grupos extremistas
antigubernamentales en Estados Unidos. Sólo los movimientos milicianos cuentan
con unos 50.000 aspirantes a Stonewall Jackson. Eso es suficiente mano de obra
para infligir una cantidad sustancial de daño –aunque no lo suficiente como
para librar una verdadera guerra civil. Y aunque la mayoría de los extremistas
antigubernamentales carecerán de agallas para hacer algo más que sus habituales
quejas y rabietas en las redes sociales, un pequeño porcentaje de ellos sí lo
hará.
Si el presidente
Joe Biden gana las elecciones de noviembre, los estadounidenses de a pie
deberían prepararse para un aumento del terrorismo doméstico, un gran repunte
de las escaramuzas contra las tropas federales y los agentes federales, y más
escenas como el asalto al Capitolio del 6 de enero.
Los extremistas
antigubernamentales bien podrían lanzar campañas de atentados similares a las
que otros extremistas racistas y antigubernamentales emprendieron durante el
Verano Rojo de 1919 (en el que se produjeron atentados terroristas de
supremacistas blancos en más de tres docenas de ciudades estadounidenses y en
un condado rural de Arkansas, y durante el Verano de la Libertad de Misisipi
(cuando se bombardearon o incendiaron 67 hogares, negocios e iglesias de
negros).
Otros
escenarios de pesadilla podrían parecerse a los atentados de 2008 en Bombay
(India). Aquellos atentados fueron perpetrados por apenas diez miembros de un
grupo militante islamista radical, pero consiguieron matar a 175 personas y
herir a más de 300.
Más difícil de
predecir es lo que ocurrirá si gana Trump. Muchos expertos predicen el fin de
la democracia en Estados Unidos. Eso es poco probable. Los dictadores con un
fuerte culto a la personalidad no viven para siempre, y cuando el hombre fuerte
de España, Francisco Franco, o el de Chile, Augusto Pinochet, finalmente
estiraron la pata, una forma de democracia fue finalmente restaurada en esas
naciones. Aspirantes a Trump como Marjorie Taylor Green y Jim Jordan nunca
podrán calzarse las botas de Trump.
Estados Unidos
tiene una larga y sórdida historia de violencia doméstica extremista. Cien años
antes de la Guerra de la Independencia, Nathaniel Bacon, un acaudalado político
que vivía exiliado en Virginia, encabezó una sangrienta rebelión contra el
gobierno de Virginia porque el gobernador se negaba a matar o expulsar a los
nativos americanos de sus valiosas tierras natales. Este tipo de escenas se han
venido sucediendo desde entonces. Los «patriotas» que atacaron el Capitolio el
6 de enero se habrían sentido muy a gusto en la turba de Bacon.
Los extremistas
que atacaron Estados Unidos el 11-S creían que eran soldados de infantería en
una justa guerra santa. Si Trump pierde en noviembre, algunos extremistas
nacionales estarán convencidos de que ellos también son patriotas que luchan en
una justa guerra civil. Del mismo modo que nunca subestimaremos la potencia de
unos pocos soldados de Al Qaeda, no deberíamos subestimar la destrucción que
puede causar un pequeño porcentaje de apasionados perdedores.
Artículo publicado
en CounterPunch.
Fuente: Blog de Rafael Poch de Feliu
Europa o la impostura
Europa o la impostura
La Unión Europea es una entidad política sin una
constitución legítima por tanto NO pueda expresar la voluntad política de los
pueblos europeos. La única apariencia de unidad se logra cuando Europa actúa
como vasallo de Estados Unidos, participando en guerras que de ninguna manera
corresponden a nuestros intereses comunes y menos aún a la voluntad popular.
Diario octubre / mayo
27, 2024
Cuando hoy hablamos de Europa, lo más importante que
se elimina es, ante todo, la realidad política y jurídica de la propia Unión
Europea. Que se trata de una autentico fraude se desprende del hecho que se
evita por todos los medios dar a conocer una verdad que es tan embarazosa como
evidente. Me refiero al hecho de que desde el punto de vista del derecho
constitucional, Europa no existe: lo que llamamos la «Unión Europea» es
técnicamente un pacto entre Estados.
El Tratado de Maastricht, que entró en vigor en 1993 y
que dio su forma actual a la Unión Europea, es la sanción definitiva de la
identidad europea como mero acuerdo intergubernamental entre estados.
Consecuentemente hablar de democracia en relación con Europa no tenía sentido,
los funcionarios de la Unión Europea intentaron llenar este déficit democrático
redactando el proyecto de la llamada Constitución europea.
Es significativo que el texto que lleva este nombre,
elaborado por comisiones de burócratas sin ninguna base popular y aprobado por
una conferencia intergubernamental en 2004, cuando fue sometido a votación
popular, como en Francia y Holanda en 2005, fuera impresionantemente rechazado
por una gran mayoría. Ante el fracaso de la aprobación popular, que
efectivamente anuló la llamada “Constitución”, el proyecto fue tácitamente -y
tal vez deberíamos decir vergonzosamente- abandonado y reemplazado por un nuevo
tratado internacional, el llamado Tratado de Lisboa de 2007.
Huelga decir que, desde un punto de vista jurídico,
este documento no es una constitución, sino un acuerdo entre gobiernos cuya
única coherencia se refiere al derecho internacional y que, por tanto, han
tenido cuidado de no someterlo a la aprobación popular. No sorprende, por
tanto, que el llamado Parlamento Europeo que se está eligiendo no sea, en
realidad, un parlamento, porque carece del poder de proponer leyes, y que está
enteramente en manos de la Comisión Europea. Unos años antes, el problema de la
Constitución europea había suscitado un debate entre un jurista alemán cuya competencia
nadie podía dudar, Dieter Grimm, y Jürgen Habermas, quien, como la mayoría de
los que se llaman a sí mismos filósofos, estaba completamente carente de una
cultura jurídica.
Frente a Habermas, que pensaba que en última instancia
la constitución se podía basar en una mítica “opinión pública”, Dieter Grimm
tuvo buenas razones para explicar la imposibilidad de una constitución por la
sencilla razón de que no existe un pueblo europeo y, por lo tanto, algo así
como un poder constituyente carecía de todas las bases posibles. . . Porque
como todos reconocemos el poder establecido presupone un poder constituyente,
la idea de un poder constituyente europeo es la gran ausente en los discursos
sobre Europa.
Por tanto, desde el punto de vista de su supuesta
Constitución, la Unión Europea no tiene legitimidad. Por tanto, es
perfectamente comprensible que una entidad política sin una constitución
legítima no pueda expresar la voluntad política de los pueblos europeos. La
única apariencia de unidad se logra cuando Europa actúa como vasallo de Estados
Unidos, participando en guerras que de ninguna manera corresponden a nuestros
intereses comunes y menos aún a la voluntad popular. La Unión Europea actúa hoy
como una rama de la OTAN (que es en sí misma un acuerdo militar entre estados).
Por eso, retomando no demasiado irónicamente la
fórmula que Marx, se podría decir que la idea de un poder constituyente europeo
es el espectro que acecha hoy a Europa y que nadie se atreve hoy a evocar. Sin
embargo, sólo un poder constituyente de este tipo podría devolver la
legitimidad y la realidad a las instituciones europeas. Entonces, debería
quedar claro para entendidos y legos algo simple: según todos los diccionarios
los impostores son «aquellos que obligan a otros a creer cosas ajenas a la
verdad y a actuar según esa credulidad» . En otras palabras la Unión Europea y
su extensa burocracia son actualmente nada más que una autentica ‘impostura’.
Otra
idea de Europa sólo será posible cuando hayamos terminado con esta impostura.
Para decirlo sin pretensiones ni reservas: si realmente queremos pensar en una
Europa política, lo primero que debemos hacer es quitar del camino a la Unión
Europea – o al menos, estar preparados para el momento en que, como parece
ahora- inminente, se derrumbe.
domingo, 26 de mayo de 2024
Las huestes progres que ven la solución en los «dos estados» deberían ver este video de 22 segundos
Las
huestes progres que ven la solución en los «dos estados» deberían ver este
video de 22 segundos
Rajoy en la ONU en 2013
INSURGENTE.ORG / 26.05.2024
territorio polaco de dos estados: el alemán y el de Polonia. El sistema,
representado por los Rajoys y Sánchez, se posiciona.
———————————————–
La «solución de los dos Estados» se utilizó y se
utiliza por los líderes sionistas y sus cómplices noratlánticos como
cortina de humo para ocultar el máximo objetivo sionista-israelí de
expansión territorial y expulsión de la población nativa. Este es el quid más
determinante del movimiento sionista y de su creación hace 76 años, el Estado
de Israel. El origen de la «solución de los dos
Estados« era y es colonial e injusta. (Jorge Ramos
Tortosa), de su artículo «El origen de la «solución de los dos Estados» en
Palestina y por qué es colonial, injusta e inviable».
Reproductor
de vídeo
(Aquí no se puede reproducir, entrar a insurgente.org)
*++
Wittgenstein o los ecos del silencio
Todo en él fue excepcional. Murió pidiendo
que se proclamara que su vida había sido maravillosa. Pero, en realidad,
conoció el sufrimiento, la soledad y la amargura de no sentirse comprendido.
Texto publicado en El Viejo Topo nº 75, mayo de 1994.
Wittgenstein o los ecos del silencio
Francisco
Martínez
El Viejo Topo
26 mayo, 2024
por Francisco Martínez
Quien hace de
su vida una obra de arte la expone al mismo tiempo
a las miradas,
la inunda de luz. Es inevitable.
Milan Kundera
Dentro de todos
nosotros hay un viajero silencioso que no puede,
que no debe
decir nada, y que va al encuentro de lo sagrado,
Antoni Tapies
En el rústico y
nada artificioso cementerio de la iglesia de St. Giles, en Cambridge, bajo una
sencilla lápida desprovista de cualquier ornamentación –en ella sólo aparecían
inscritos un nombre, Ludwig Wittgenstein, y los dígitos correspondientes a los
años de nacimiento y muerte, 1889-1951– yacen los restos de alguien cuya
memoria ocupa en el ámbito de la investigación filosófica un lugar tan insigne
como casi legendario; alguien en quien se aunaron de modo inseparable el más
puro trabajo intelectual con la más honda inquietud existencial, hasta el
extremo de que cualquier consideración aislada del uno sin la otra resulta
desde el principio mismo un método infalible para alejarse a la vez,
definitivamente, de la comprensión profunda de su vida y de su labor
filosófica. Y es esa característica –ese casi total paralelismo– la causante de
que su figura se haya convertido en un foco de atención más allá de los
círculos estrictamente académicos.
Nacido en el
seno de una de las familias más ricas de la Viena de los Habsburgo, católica
pero de ascendencia judía y muy conectada con el extraordinario ambiente
cultural de la época (en la mansión del poderoso industrial Karl Wittgenstein
era posible encontrar, por ejemplo, a Brahms o a Mahler), su infancia
transcurrió con una normalidad aparente rodeado de numerosos hermanos, algunos
de ellos artistas brillantes víctimas del exigente pragmatismo paterno (dos se
suicidaron entonces y otro lo haría con posterioridad), desarrollando
principalmente habilidades prácticas e intereses técnicos mientras se gestaba
también la rigurosa preocupación moral que le acompañaría toda la vida,
alimentada en los inicios por la metafísica de Schopenhauer, la crítica
cultural de Otto Weininger y Karl Kraus, y las reflexiones religiosas de
Tolstoi.
Tras permanecer
dos años estudiando ingeniería mecánica en Berlín, donde se gestaron sus
incipientes reflexiones filosóficas, se trasladó a Manchester para proseguir
sus estudios de Aeronáutica, que desembocaron en un creciente interés por los
fundamentos lógicos de las matemáticas puras, punto de partida junto a sus
preocupaciones vitales de una irreprimible obsesión por los problemas
filosóficos. Visita a Frege en Jena y éste le recomienda que se traslade a
Cambridge para estudiar con Russell (toma contacto así con los máximos
representantes de la época en la investigación lógico-aritmética), con el cual
le unirá una relación estrecha, aunque tensa, pues al autor de los Principia
Mathematica no se le escapa la captación del carácter genial de su
joven discípulo, por otra parte muy diferente de él: «(…) quizá el más perfecto
ejemplo que he conocido jamás de un genio tal como se concibe tradicionalmente,
apasionado, profundo, intenso y dominante (…) Su disposición es la de un
artista, intuitiva y temperamental. Dice que cada mañana comienza su trabajo
con esperanza, y que cada tarde lo acaba con desesperación (…) dijo que son muy
pocos los que no pierden el alma. Dijo que todo dependía de tener una gran meta
en la vida a la que ser fiel. Dijo que creía que dependía más del sufrimiento y
de la capacidad de soportarlo. Me quedé sorprendido: no era lo que yo esperaba
de él» (palabras recogidas de las cartas de Russell a su amante Lady Ottoline
Morrell).
En efecto: no
se esperaba de él eso, su capacidad para entregarse a algo más que las
reflexiones intensas en torno a la naturaleza de la lógica, el significado de
las constantes lógicas o la constitución última de las proposiciones, dedicando
su genio también a la dilucidación de la experiencia vital, a la convicción de
que se debe tender a una conducta que nos haga mejores y, en suma, a la
indagación ética de la angustia existencial y el consiguiente tratamiento de la
cuestión del sentido de la vida. Russell, por supuesto, no entendía esa otra
vía, y hemos de pensar que tampoco la otra, cosa que le honraba pues reconocía
sin la menor reticencia la superioridad intelectual de Wittgenstein en el campo
de la lógica, respecto a la cual una ligera muestra es su crítica a uno de los
grandes logros russellianos, la teoría de los tipos.
Estando inmerso
en esa lucha, digamos a dos bandas, es cuando aquel joven austríaco acaudalado,
exigente, atormentado, brillante, quisquilloso hasta la neurosis, admirado ya
entonces (fue elegido miembro del selecto club de estudiantes de Los Apóstoles)
y poseedor de una escandalosa inteligencia, comienza a desarrollar la idea de
un ambicioso proyecto filosófico que tratándose de él se intuía perfecto y
definitivo (¿cómo sería posible dedicarse a él si no fuera a resultar así?).
Para llevarlo a cabo decide trasladarse durante un período largo de tiempo a un
remoto pueblo de Noruega (Skjolden), lejos de la sociedad superficial, libre de
expectativas y obligaciones que no eran las suyas. El día 8 de octubre de 1913
se despide de su amigo David Pinsent y parte, pues, en busca de «nuevos
movimientos en el pensamiento», preso de «una mente en llamas». Desde allí
mantiene correspondencia epistolar con Russell –al que en parte informa sobre
sus descubrimientos: la filosofía consta de lógica y metafísica siendo aquélla
la base de ésta; la filosofía requiere una previa desconfianza hacia la
gramática; las proposiciones lógicas muestran las propiedades del pensamiento,
del lenguaje y del mundo, pero no dicen nada, …–, y requiere asimismo la visita
del profesor G.E. Moore, otro de sus prestigiosos admiradores y con el que
mantenía una cortés amistad (y por supuesto tirante por ser intelectualmente
distante), para dictarle lo que se conoce por Notas sobre Lógica,
que para servir como tesis de licenciatura tendrían que ajustarse fielmente a
toda la parafernalia de los requerimientos académicos –prefacio, fuentes,
etc.–, según el tutor de Wittgenstein en el Trinity College. La respuesta
de Ludwig no tiene desperdicio: «Si yo no merezco que hagan una excepción
conmigo aunque sea en algunos ESTÚPIDOS detalles, entonces es mejor que me vaya
al INFIERNO directamente; y si lo merezco y no hacéis esa excepción, entonces –por
Dios– id vosotros al infierno». No olvidemos que nuestro protagonista era así,
un filósofo puro, medular, no un profesional: la filosofía constituía su
vida, no su ocupación ni mucho menos una pose o un mero divertimento.
Huyendo de la
temporada turística se dirigió a Viena para pasar el verano con su familia,
rumiando pensamientos, sufriendo, viviendo. Allí le coge el estallido de
la Primera Guerra Mundial y se alista como voluntario en las filas del ejército
austríaco, no por un trivial patriotismo, sino en el fondo para jugarse la
vida, «para asumir la realización de una tarea difícil y hacer algo diferente
del trabajo puramente intelectual», para «convertirse en una persona distinta»
(en palabras de su hermana Hermine); en suma, para no perder el alma, por
«deber hacia sí mismo». Su guerra, pues, era otra, y aparecerá reflejada en una
serie de diarios que serán su mejor testimonio, llenos de análisis lógicos y
filosóficos y de anotaciones personales escritas en clave, origen de una de las
grandes polémicas originadas al hilo de su exégesis: la absurda sorpresa
provocada por el conocimiento de sus impulsos ascético-religiosos y de su
sensualidad onanista y de cariz homosexual. Esos escritos son un monumento de
humanidad, plagados de grandeza existencial e intelectual. Rodeado por el
peligro de muerte inminente (requirió puestos de riesgo real, en primera línea,
dando muestras de valor y sangre fría excepcionales, y necesarios, porque lo
guiaba algo parecido a un impulso absoluto), cercado por la grosería vulgar del
resto de soldados, sometido a la obsesión por la lógica, acosado por su
supuesta indecencia, Wittgenstein se entregaba a la vez a un destino de
inexorable excepcionalidad: «Voy rumbo a un gran descubrimiento. ¿Pero
llegaré?»; «Trabajo a diario y con gran confianza. Una y otra vez me repito
interiormente las palabras de Tolstoi: El hombre es impotente en la carne, pero
libre gracias al espíritu. ¡Ojalá que el espíritu esté en mí! (…) No tengo
miedo a que me maten de un tiro, pero sí a no cumplir correctamente mi deber.
¡Qué Dios me dé fuerzas! Amén. Amén. Amén.»1 Algo nada acorde, desde luego, con el pensamiento débil de los
tiempos que corren o con la concepción light de la vida hoy tan en boga. Pero
recordemos que no era institucionalmente cristiano ni superficialmente
religioso, y que su Dios, como su batalla, era igualmente distinto del
habitual, de modo que creer en Dios equivaldría más bien a comprender el
sentido de la vida.
El resultado de
todo ello será el celebérrimo Tractatus Logico-Philosophicus, un
libro de una extensión mínima (no llega a las ochenta páginas) pero con un
contenido filosóficamente descomunal. Estructurado en tomo a siete
proposiciones centrales, formado por afirmaciones breves y sentenciosas
ordenadas decimalmente, va derivando de lo estrictamente técnico-lógico a lo
profundamente ético. Es más, el Tractatus es a la vez un libro
de lógica y, sobre todo, un libro de ética; un libro en el que lo más
importante no está dicho sino mostrado: «Lo inexpresable, ciertamente, existe.
Se muestra, es lo más místico. «Algo insusceptible de ser investigado
científicamente, es decir, lingüísticamente, algo sólo accesible desde la
experiencia interior, algo más allá de las posibilidades de representación
sígnica, que queda en esa obra igualmente dilucidada por medio de la teoría
figurativa (o pictórica) de la proposición –ésta no es sino una especie de
retrato de la realidad conseguible porque pensamiento, lenguaje y mundo
comparten una estructura común, la forma lógica, siendo por lo tanto la lógica
al igual que la ética una realidad trascendental–.
Curiosamente su
publicación resultó dificultosa, incluso con el apoyo de una introducción de
Russell (de la que quedó radicalmente descontento, pues indicaba que en el fondo
no había comprendido nada). En 1921 se publicó el original alemán (en una pobre
edición) y en 1922, la primera versión inglesa. El manuscrito le fue enviado a
Russell desde el campo de concentración italiano de Cassino (tras el armisticio
permaneció recluido en el campo de Como, desde octubre de 1919 hasta enero de
1919, permaneciendo en aquél hasta el 21 de agosto, fecha de su liberación),
con la convicción por parte de Wittgenstein de la dificultad de su aceptación,
pero paralelamente con el convencimiento de haber acertado con la solución
definitiva de los problemas filosóficos: «La verdad de los pensamientos aquí
comunicados me parece (…) intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de
haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas» (palabras del
prólogo, que comienza necesariamente con una advertencia: «Posiblemente sólo
entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los
pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos»).
¿Y qué podría
hacer después de su conquista? ¿Qué posibilidad de acción le quedaba a alguien
que había descubierto toda la verdad, la expresable y la inexpresable? ¿Qué
salida tenía quien había escrito: «aun cuando todas las posibles cuestiones
científicas hayan recibido respuestas, nuestros problemas vitales aún no se han
rozado en lo más mínimo? Por supuesto que entonces ya no queda pregunta alguna;
¿y esto es precisamente la respuesta»? ¿O que: «todo acerca de lo cual muchos
aún parlotean hoy en día lo he definido en mi libro guardando silencio»? Pues
nada más que lo que hizo: alejarse de la filosofía y de la creación
intelectual, dedicándose a la enseñanza en colegios rurales de la Austria
profunda, desde 1920 hasta 1926, no sin renunciar antes de manera completa a la
inmensa herencia económica que le correspondía como parte de la fortuna paterna
(¿es comprensible en términos actuales un suicidio financiero de tal calibre?,
¿puede alguien que no haya entendido el Tractatus entender
eso?
Fue simplemente
coherente con su descubrimiento, pero ello no le evitó el sufrimiento. Tuvo que
enfrentarse a la mezquindad y a la vulgaridad de ambientes rurales que se
hallaban lejos de su idealista visión previa, tan tolstoiana y romántica, y
experimentar en su propia carne, además, las contradicciones más inherentes a
la condición humana (sus modos educativos no estaban exentos de ciertas
incorrecciones y brusquedades, que motivaron más de un conflicto y que
influyeron en parte en su decisión de abandonar la enseñanza primaria), y las
llamadas no menos inevitables del deseo.
Mientras, se
comenzaba a extender la fascinación por el Tractatus y,
consiguientemente, la incomprensión parcial del mismo. En Viena llegó a ser
casi el estandarte del positivismo lógico generado en torno a Schlick, Carnap,
Waismann y demás miembros del Círculo de Viena que defendía una actitud
abiertamente cientificista frente a los desmanes de la especulación metafísica.
Se les escapaba el lado oculto del Tractatus, como ajustadamente
advirtió Engelmann: «Toda una generación de discípulos pudo tomar a
Wittgenstein como un positivista porque tiene algo en común con los
positivistas de enorme importancia; traza la línea entre aquello de lo que
podemos hablar y aquello sobre lo que debemos guardar silencio. El positivismo
sostiene –y ésta es su esencia– que aquello de lo que podemos hablar es todo lo
que importa en la vida. Mientras que Wittgenstein cree apasionadamente que todo
lo que realmente importa en la vida humana es precisamente aquello sobre lo
que, desde su punto de vista debemos callar.»
Después de
trabajar algún tiempo como jardinero en un convento, Wittgenstein volvió a la
vida en sociedad, entregado junto a Paul Engelmann al ejercicio apasionado de
la arquitectura (diseñó para su hermana Gretl una casa en Viena de una belleza
que podríamos denominar Tractatusiana, severa, racional, proporcionada,
fríamente bella) y a un más o menos frecuente trato social (fue entonces cuando
se enamoró de Marguerite Respinger, la única mujer con la que eso ocurrió, que
se sepa). Fue entonces cuando se gestó su retorno a la filosofía, a raíz de los
encuentros celebrados con los miembros del Círculo, sobre todo con Schlick, al
que respetaba intelectualmente, aunque sus discrepancias en relación a los
planteamientos positivistas eran evidentes. Estaba, pues, a punto de nacer el
segundo Wittgenstein (distinto al primero, pero de ningún modo superior, e
incluso para muchos no radicalmente distinto), momento que se hace coincidir
con la asistencia en marzo de 1928 a una conferencia pronunciada en Viena por
el matemático Brouwer.
Incitado por
Ramsey (el primer reseñista del Tractatus) y por los contactos con
Keynes, regresa a Cambridge para reiniciar el trabajo filosófico. «Bueno, Dios
ha llegado», escribiría Keynes cuando se produjo su vuelta.
Con ello
comenzó también la segunda parte de su leyenda, primero como becario, después
como profesor (presentó el Tractatus como aval para obtener el
título de Doctor en Filosofía dirigiéndose a sus examinadores –que no fueron
otros que Moore y Russell– con el mayor realismo: «No os preocupéis, sé que
jamás lo entenderéis.») y finalmente como catedrático (ocupó el puesto de
Moore). Sus clases eran todo un espectáculo de fuerza intelectual, tensión
vital y entrega, llevadas a cabo en sus propias habitaciones y centradas en los
más diversos aspectos del análisis filosófico: filosofía del lenguaje ordinario
(atrás quedaría el lenguaje exclusivamente representacional o pictórico),
filosofía de las matemáticas, filosofía de la psicología, filosofía de la
religión y estética. Tiempo de trabajo intermitentemente intenso, incansable;
tiempo de desasosiego y descontento; tiempo de amor (tras la muerte en la
guerra de David Pinsent, Skinner y después Ben Richards); tiempo de desprecio
hacia la filosofía profesional (a sus alumnos más brillantes les recomendaba
que se dedicaran a cosas más convenientes, como la medicina o trabajos
corrientes); tiempo, en suma, de ecos: los ecos del silencio que otrora
vislumbrara. Atrás quedaría una obra inconclusa (póstumamente publicada:
“Investigaciones Filosóficas») estructurada alrededor de las nociones centrales
de uso lingüístico, juegos de lenguaje y formas de vida (toda
construcción intelectual está justificada por ella misma, siempre que sea fiel
a su gramática oculta, siendo la filosofía una tarea de clarificación que no
tiene fin ni un punto de referencia absoluto), además de una serie de textos
elaborados sobre la base de los apuntes de clase de algunos de sus alumnos y de
sus cuadernos de trabajo; atrás quedaría su inquietud religiosa (nunca le
abandonó); atrás quedaría su carácter rígido y exigente, su amor por la música,
su dolor moral, su insatisfecha soledad, su contenida vocación de absoluto.
Murió el 29 de abril de 1951 (poseyendo la nacionalidad inglesa, careciendo de
domicilio, habiendo renunciado a su cátedra, pensando, luchando con los
problemas filosóficas, siendo trágicamente grande, sufriendo, levantándose) en
la casa de su médico (después de soportar con entereza los estragos de un
cáncer de próstata) dirigiendo a la mujer de éste sus últimas palabras:
«Dígales que mi vida fue maravillosa».
sábado, 25 de mayo de 2024
El orden económico mundial se está desmoronando
El antaño triunfante
orden neoliberal hace aguas por todas partes. El libre comercio empieza a verse
amenazado –no así, todavía, la libre circulación de capitales– precisamente por
quienes más lo defendieron. El Proteccionismo ha vuelto.
El orden económico mundial se está desmoronando
El Viejo Topo
25 mayo, 2024
Continúan los
lamentos del –en algunos círculos– prestigioso semanario económico conservador The
Economist. La edición del 9 de mayo dedica investigación, tinta y abundante
frustración para comprobar lo que califican el «lento desmoronamiento del orden
internacional liberal» que predominó durante 40 años.
El rosario de
quejas se inicia con la parálisis de la Organización Mundial del Comercio
(OMC), considerada hasta hace poco como la portaestandarte y guardián del
globalismo mercantil. Desde hace 5 años, deliberadamente han quedado acéfalas
las representaciones de las grandes potencias, dejando al «libre» albedrío de
los gobiernos el rechazo a la apertura de sus mercados. En las siguientes
páginas desmenuza la sucesión de «desglobalizaciones» que han proliferado en el
mundo, comenzando por la guerra de aranceles, no solo entre China y EEUU, sino ahora
también entre la Unión Europea (UE) y China que, vaticinan, habrá de recrudecer
en los siguientes meses. La UE está a punto de imponer elevados impuestos para
impedir la presencia arrasadora de los automóviles eléctricos chinos, que son
más eficientes y baratos que los de la pesada industria europea.
Por su parte,
el gobierno del Reino Unido acaba de impedir que empresarios chinos compren una
fábrica de chips y, tragándose la retórica del libre mercado, han decidido, por
«seguridad nacional», vendérsela a inversionistas norteamericanos, claramente
menos competitivos. Por si fuera poco, el candidato Trump, que amenaza a los
estadounidenses con un «baño de sangre» si no gana las elecciones, ha anunciado
que subirá los aranceles a los productos chinos del 25 al 60 %. Para no
quedarse atrás, Biden acaba de subir al 100% los impuestos a la importación de
autos chinos. La libertad de comercio ya no arrastra votos. Hoy lo hace el
«made in USA».
Al «indignante»
incremento mundial de regímenes de regulación y control estatal de las
inversiones extranjeras, The Economist incorpora, con sobria
resignación, los reveladores gráficos del declive del comercio mundial, de la
retracción de los capitales transfronterizos e incluso del comercio de
servicios. Abatido ante este derrumbe del orden global liberal, el semanario
enumera otras dos medidas de esta inevitable catástrofe: la primera, la
acelerada divergencia de precios de los mismos bienes en países diferentes. La
añorada utopía de un mercado único planetario con un precio estampilla, queda
aplastada por la realidad de un mundo fragmentado por mercados regionalizados y
lealtades geopolíticas en la que cada país impone políticamente la diferencia
de precios. Y la segunda, el reverdecer de «políticas industriales», esto es,
subsidios estatales para crear empresas, privadas o estatales, en suelo patrio
a fin de garantizar «soberanía» y «autonomía» nacional en esos rubros.
Curiosamente, y
a propósito de esta «tragedia» del ascenso del «nacionalismo económico», el FMI
ha publicado la investigación The return of industrial policy in data
2024. Parece que la retórica de la «eficiente asignación de recursos del
mercado» ya solo queda para los incautos y, ante lo inevitable, el FMI hace
sugerencias para unas «eficientes» subvenciones que no «agraven» aún más la
geofragmentación. Enumera que, mientras en el año 1990, las acciones de
política industrial no llegaban ni a 70, y eran solo en países periféricos, el
2023 se han producido más de 2.500 intervenciones de políticas industriales en
el mundo que, esta es una joyita lingüística del FMI, «discriminan» intereses
extranjeros.
Y lo peor es que estas medidas no las encabezan países marginales, engullidos
por populismos desenfrenados, sino los baluartes del capitalismo moderno: EEUU,
Europa y China, que ahora compiten en subsidios con las llamadas «economías
emergentes». Al final, el FMI se inclina por un tipo de orden global híbrido en
el que el proteccionismo y las subvenciones selectivas en la industria (siempre
que sean de países occidentales) se combinen con liberalizaciones de la
relación salarial y de la inversión extranjera «amiga».
Pero no solo
las grandes instituciones económicas defensoras del antiguo orden global
liberal constatan su lenta fosilización, sino que son también las elites
políticas occidentales las que salen a justificar esta nueva oleada
soberanista. No ha sido un comunista trasnochado quien ha arrojado al
«infierno» el libre comercio, sino Biden en su discurso ante los sindicalistas
norteamericanos en Springfield, el 25 de enero del 2023. Y ha sido el mismísimo
Jake Sullivan, Consejero de Seguridad Nacional de EEUU, que recibió al
presidente electo de Argentina Milei en visita a EEUU en noviembre del 2023, el
que semanas antes había expuesto la «estrategia industrial estadounidense» para
garantizar su «seguridad nacional». Tengo curiosidad de saber qué habrá hecho
Milei con sus acartonadas frases paleolibertarias aprendidas de Murray
Rothbard, al chocarse con el ferviente defensor de un «patio pequeño y valla alta»,
es decir, proteccionista, para las tecnologías estratégicas estadounidenses en
las áreas de inteligencia artificial, microprocesadores, computación cuántica y
las llamadas energías verdes.
Para no quedar
muy cortos ante la historia, los políticos europeos, fervientes defensores del
liberalismo económico, ahora también están mudando de ropaje y asumiendo el
alegato soberanista. Se trata de un travestismo ideológico obligado por la
inferiorización económica frente a China. En un extenso discurso pronunciado el
25 de abril en La Sorbona, el presidente francés Macron ha expuesto de manera
sistemática el fin del orden globalista y el regreso a la política de las
fronteras para que la vieja Europa «no muera». En palabras solemnes, la Europa
que «compraba su energía y sus fertilizantes a Rusia, tenía su producción en
China y delegaba su seguridad en EEUU ha terminado».
Hay que abandonar la «ingenuidad» de las políticas comerciales de fronteras
abiertas ya que «las dos principales potencias internacionales han decidido
dejar de respetar las reglas del comercio», sentencia Macron. Y para que Europa
no muera, propone que hay que «ser soberanos». Para ello, hay que aumentar «la
capacidad de defensa» europea, incluida la atómica y el despliegue de «una
economía de guerra» para el rearme. Como ya lo había adelantado el secretario
general de la OTAN, J. Stoltelberg, los mercados no traen la armonía; solo «las
armas son el camino a la paz».
Paralelamente,
argumenta Macron, se debe impulsar una política industrial «made in Europa».
Esta mala palabra hace 7 años, cobra hoy protagonismo estratégico para el
presidente francés. Y lo hace de la mano de la defensa de las «subvenciones» a
empresas estratégicas, la «derogación de la libre competencia» en sectores
productivos claves. Ante productos extranjeros más baratos, «hay que proteger a
nuestros productores» y no «ceder ante la desindustrialización», asevera Macron
en La Sorbona. Para rematar este arrebato de proteccionismo iliberal, propone
proteger aún más a sus agricultores europeos de la «desleal» competencia
externa y un «golpe de inversión pública» que dinamice la económica
continental. ¿Y el déficit fiscal?, no es problema para él. Hay que subir los
impuestos, comenta Macron ante la mirada horrorizada de los defensores del
libre comercio. «Impuestos fronterizos» a las importaciones, «impuestos a las
transacciones financieras», «impuestos a las multinacionales».
Ni la CEPAL
anteriormente dirigida por Alicia Bárcenas lo habría dicho mejor. Y si hay
dudas de este revival del nacionalismo económico, Macron se encarga de
disiparlas anunciando el control de inversiones «no-europeas» en sectores
sensibles. Con razón The Economist se ahoga en un mar de
lágrimas ante el irreversible derrumbe del viejo orden global. Ciertamente no es
un regreso a los tiempos del norteamericano New deal de Roosevelt, ni a la
quinta república de Charles de Gaulle; pero claramente es el globalismo
neoliberal que cede su paso a un modelo anfibio de soberanismos regionales,
liberalismos selectivos y oleadas de subvenciones y déficits fiscales elevados.
Sin embargo, nunca faltan en el teatro político los anacrónicos, como los Milei
y los mileis andinos, que evocan a un «occidente» globalista y de libre mercado
que ya solo existe en la insignificancia de su furiosa retórica y en los viejos
manuales con que estudiaron. Son los melancólicos esperpentos de una curiosidad
colonial, que pretenden llevar a sus países a una economía de enclave o dual:
un paraíso para un puñado de empresas extractivistas de materias primas de
exportación, en medio de un mar de servicios precarizados. Se trata de exóticos
fósiles tratados con indulgente conmiseración por un «occidente» hoy cada vez
más soberanista y proteccionista, que se distrae con sus agraciados
malabarismos discursivos vintage, a modo de rancio recuerdo de los
dorados años de un globalismo extinto.
Rusia avanza en Ucrania y expulsa a la OTAN de 4 localidades en Járkov y Donetsk
Rusia avanza en Ucrania y expulsa a la OTAN de 4 localidades en Járkov y
Donetsk
DIARIO OCTUBRE / mayo 25, 2024
El Ministerio de Defensa de Rusia comunicó que en una semana las fuerzas rusas liberaron cuatro nuevas localidades, (Stáritsa en la provincia de Járkov, y Belogórovka, Kleschéyevka y Andréyevka, en la República Popular de Donetsk).
Según la
cartera castrense, el Ejército ruso llevó a cabo 49 ataques combinados de alta
precisión contra instalaciones militares y del complejo militar-industrial, así
como almacenes y emplazamientos de las FF.AA. de Ucrania y mercenarios
extranjeros.
Asimismo, la
aviación y sistemas rusos de defensa antiaérea derribaron 2 aviones MiG-29, 8
misiles SCALP-EG, 25 misiles ATACMS y Tochka-U, 18 bombas aéreas guiadas
Hammer, 13 misiles HARM, 91 proyectiles de sistemas HIMARS, Vampire y Olja, así
como un misil Neptun y 356 drones.
Durante la
semana recién concluida, 67 militares ucranianos se rindieron a lo largo de la
línea de contacto. Además, las Fuerzas Armadas de Ucrania perdieron hasta 350
soldados por las acciones del grupo de tropas Dnepr.
Mientras, el
grupo de tropas ruso (Este) mejoró su posición táctica y en su área de
responsabilidad las fuerzas ucranianas perdieron hasta 920 militares. Por otra
parte, en la zona de responsabilidad del grupo Sur de las Fuerzas Armadas de
Rusia, el Ejército de Kiev sufrió hasta 3.285 bajas durante la semana.
Paralelamente,
en la provincia de Járkov, las Fuerzas Armadas de Ucrania perdieron hasta 1.840
efectivos, 6 tanques, 4 sistemas múltiples de lanzamiento de cohetes Grad y
Vampire y 37 piezas de artillería, agregó la cartera de Defensa.
Asimismo, en la
dirección central, las fuerzas ucranianas sufrieron hasta 2.770 bajas, detalla
el organismo. En la zona de responsabilidad del grupo Západ (Oeste, en
español), las tropas ucranianas perdieron hasta 2.040 militares, 32 cañones de
artillería de campaña, incluidos 14 de fabricación occidental, concluye el
texto.
FUENTE: SANA





