jueves, 31 de octubre de 2013

A LAS GUERRAS DE IRAK O AFGANISTÁN NO HAN IDO AZNAR NI SU HIJO, NI DON FELIPE NI LA HIJA DE BOTÍN QUE PARA QUITAR EL POLVO DE LOS FUSILES CON UN TRAPO VALE


Reseña

TOMÓ SU FUSIL, PERDIÓ LAS PIERNAS, LOS BRAZOS Y EL PENE


David Swanson
War Is a Crime
31-10-2013

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

El nuevo libro de Ann Jones: They Were Soldiers: How the Wounded Return from America's Wars - The Untold Story [Fueron soldados: Cómo vuelven los heridos de las guerras de EE.UU.] es devastador, y casi incomprensible si se considera que prácticamente toda la muerte y la destrucción en las guerras de EE.UU. son del otro lado. Desde el punto de vista estadístico, lo que les pasa a los soldados estadounidenses no es casi nada. En términos humanos, es abrumador.

¿Conocéis a una persona joven que considere la posibilidad de alistarse en las fuerzas armadas? Dadle ese libro.

¿Conocéis a una persona que no trabaje para terminar con la guerra? Dadle ese libro. 

Jones nos presenta claramente la alternativa en la introducción:

“Contrariamente a la opinión común en EE.UU., la guerra no es inevitable. Tampoco ha existido siempre. La guerra es una invención humana –una acción organizada, deliberada, de un tipo antisocial– y en el prolongado espacio de la vida humana sobre la Tierra, bastante reciente. Durante más del 99% del tiempo que los seres humanos han vivido en este planeta, la mayoría de ellos nunca han librado una guerra. Muchos lenguajes ni siquiera tienen una palabra correspondiente. Apagad CNN y leed antropología. Ya veréis.

 “Es más, la guerra está obsoleta. La mayoría de las naciones ya no hacen guerras, excepto cuando son presionadas por EE.UU. para que se unan a alguna ‘coalición’ espuria. La tierra es muy pequeña y nuestro tiempo en ella es muy breve. Ninguna otra nación en el planeta hace la guerra tan a menudo, tanto tiempo, con tanto vigor, de un modo tan costoso, tan destructivo, tan derrochador, tan insensato, o con tan poco éxito como EE.UU. Ninguna otra nación convierte la guerra en su ocupación”.

Jones comienza su libro con esa característica que distingue la guerra: la muerte. Los militares de EE.UU. asignan especialistas en “Asuntos Mortuorios” para deshacerse de los muertos. Se deshacen de su propia cordura al hacerlo. Y primero se deshacen de su apetito. “La carne al grill en el comedor huele de un modo muy parecido a cualquier marine quemado, y se puede llevar el olor de los muertos en una bocamanga manchada mientras se levanta un tenedor a la boca, solo para bajarlo rápidamente”. Gran parte de los muertos –como la bazofia en el comedor– es carne irreconocible. Solían tirarla en los vertederos, hasta que un artículo en el Washington Post lo convirtió en un escándalo, ahora la tiran al mar. Muchos de los muertos son el resultado de suicidios. Asuntos Mortuorios limpia los sesos del WC portátil y saca el rifle para que los demás soldados no tengan que verlo.

Luego llegan, en cantidades mucho más grandes, los heridos, el segundo capítulo de Jones. Un cirujano cuenta que en Irak los soldados estadounidenses “tenían heridas graves, pero las heridas estaban todavía en el cuerpo”. En Afganistán, los soldados pisaban en minas y en artefactos explosivos improvisados mientras caminaban, no conducían. Algunos son literalmente destrozados. Otros pueden ser recuperados en pedazos reconocibles. Otros sobreviven. Pero muchos sobreviven sin una o dos piernas, uno o dos testículos, el pene, un brazo, ambos brazos, o con una herida en el cerebro, o una cara arruinada, o todo lo mencionado. Un doctor describe la emoción de un equipo quirúrgico la primera vez que tiene que remover un pene y “mirar cómo parte al contenedor de desperdicios quirúrgicos”.

“A principios de 2012”, escribe Jones, “3.000 soldados [estadounidenses] fueron muertos por artefactos explosivos improvisados en Irak y Afganistán, y 31.394 heridos. Entre los heridos hubo más de 1.800 soldados con daños severos en sus genitales.” Los doctores tratan primero las extremidades de un soldado herido, después sus genitales, y más adelante su cerebro.

De vuelta en EE.UU., dos jóvenes padres y “dos hermosas muchachas adolescentes” suben “para sentarse en las plataformas acolchonadas al centro de la pieza. Se mueven con la sobriedad vacilante del choque. Los asistentes llegan con una camilla en la que yace un bulto en una sábana de franela. Toman las puntas de la sábana y colocan el paquete sobre la plataforma en medio de la familia. Lo bajan cuidadosamente y luego comienzan a abrir el envoltorio. Allí, revelado, devuelto a la familia, se encuentra el hijo, su niño, no muerto, pero sin ambos brazos, ambas piernas, y alguna parte –es imposible saber cuánto– de su torso inferior. El director lanza un alegre saludo: ‘¡Hola Bobby! ¿Cómo te va hoy?’ Bobby trata de responder pero no emite ningún sonido. Se desploma sobre la plataforma, una cabeza demacrada, ojos llenos de miedo, su pecho enflaquecido bajo una camiseta del EJÉRCITO…”

Sé todo lo que puedas ser

 Durante el entrenamiento te ordenan que entres a una cámara de gas tóxico y que seas expuesto a un poco. Si Asad entrenara a sus soldados de esa manera, asesinaríamos a medio millón de sirios para desquitarnos. Pero el entrenamiento militar de EE.UU. es entrenamiento en servilismo ciego, usualmente resentido de modo adecuado cuando es demasiado tarde. Aumentan tus probabilidades de morir, ser herido, abrumado por sentimientos de culpa, traumatizado, convertirte en homicida, o en suicida. Jones recuenta la historia de un sold