viernes, 24 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, 20 de 23


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

  


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Capitulo XX

Los campesinos

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

El verdadero fundamento de la revolución era el problema agrario. En el arcaico régimen agrario ruso, procedente en línea directa de la era feudal, en el poder tradicional del terrateniente, en las íntimas relaciones existentes entre el terrateniente, la administración local y los organismos de casta de la tierra (los zemstvos), radicaban las manifestaciones más bárbaras de la vida rusa, que encontraban su apogeo y culminación en la monarquía rasputiniana. El campesino, punto de apoyo del asiatismo secular, era, al propio tiempo, su primera víctima.
En las primeras semanas que siguieron a la revolución de Febrero el campo apenas se movió ni dio señales de vida. Los elementos más activos se hallaban en el frente. Las viejas generaciones que se habían quedado en casa se acordaban demasiado bien de que la revolución solía acabar en expediciones represivas. El campo permanecía mudo, y la ciudad, en vista de esto, no se acordaba del campo. Pero el fantasma de la guerra campesina se cernía ya desde los días de marzo sobre las casas señoriales. De las provincias, donde ejercía un poder más considerable la nobleza, es decir, de las provincias más atrasadas y reaccionarias, se alzó el grito pidiendo auxilio antes de que se pusiera aún de manifiesto el peligro real. los liberales reflejaban el pánico de los terratenientes, y los conciliadores reflejaban el estado de ánimo de los liberales. «Forzar el problema agrario en las próximas semanas -razonaba después de la revolución el «izquierdista» Sujánov- sería perjudicial, y no hay la menor necesidad de ello.» Pero ya sabemos que Sujánov entendía también que era perjudicial forzar la cuestión de la paz y de la jornada de ocho horas. Era más sencillo agazaparse ante las dificultades. Además, los terratenientes atemorizaban a la gente diciendo que la alteración del régimen jurídico agrario tendría repercusiones nocivas en la siembra y en el abastecimiento de las ciudades. El Comité ejecutivo enviaba telegramas y en el abastecimiento recomendado «que no se dejasen llevar por los asuntos agrarios en perjuicio del abastecimiento de las ciudades.»
En muchos sitios, los terratenientes, asustados por la revolución, dejaban las tierras sin sembrar. En la difícil crisis de subsistencias por que estaba atravesando el país, las tierras sin sembrar reclamaban casi a gritos un nuevo dueño. Los terratenientes, desconfiando del nuevo poder, liquidaban rápidamente sus propiedades. Los kulaks o campesinos acomodados apresurábanse afanosamente a comprar las tierras de los grandes propietarios, confiando en que la expropiación forzosa no se haría extensiva a ellos, por su condición de «campesinos». Muchos de los tratos tenían un carácter deliberadamente ficticio. Suponíase que las propiedades privadas inferiores a una cierta medida no serían objeto de confiscación, y, para ponerse a salvo de ello, los terratenientes parcelaban ficticiamente sus haciendas en pequeños lotes, creando propietarios sobre el papel. No pocas veces, las tierras inscribíanse a nombre de extranjeros súbditos de los países aliados a neutrales. La especulación de los kulaks y las artimañas de los grandes hacendados amenazaban con no dejar en pie ni un puñado de tierra de los fondos agrarios del país para el momento en que se reuniese la Asamblea constituyente.
Los pueblos veían estas maniobras. Y pronto se alzaron voces pidiendo que se publicase un decreto prohibitivo de las transacciones sobre fincas. Los campesinos acudían a las ciudades a entrevistarse con los nuevos amos de la situación, en busca de tierra y de verdad. Más de una vez sucedía que los ministros, después de los elocuentes discursos y las ovaciones, tropezasen a la salida con las figuras grises de los delegados campesinos. Sujánov cuenta cómo uno de estos campesinos imploraba con lágrimas en los ojos los ciudadanos ministros que publicasen una ley protegiendo el fondo agrario contra la venta. Kerenski, impaciente, pálido y nervioso, le interrumpió: «He dicho que se haría, y, por lo tanto, se hará... No tiene usted por qué mirarme con esos ojos desconfiados.» Sujánov, que presenciaba la escena, añade: «Anoto textualmente lo que oí. Kerenski tenía razón: los mujiks miraban con ojos de confianza al famoso caudillo y ministro del pueblo.» En ese breve diálogo mantenido entre el mujik, que aún implora pero que ha perdido ya la confianza, y el ministro radical, que hace caso omiso de la desconfianza campesina, se encierra la clave inexorable del derrumbamiento del régimen de Febrero.
El decreto sobre los comités agrarios como órganos de preparación de la reforma de la tierra fue dado por el ministro de Agricultura, el kadete Chingarev. El Comité central, a cuyo frente se hallaba el profesor liberalburocrático Postnikov, estaba integrado principalmente por narodniki, que a lo que más temían era a que se les tuviera por hombres menos moderados que su presidente. Creáronse también comités provinciales, cantonales y de distrito. Si los soviets, que se extendían con gran le