miércoles, 27 de enero de 2016

TERRORISMO DEL BUENO, EL GUAY, EL DEL CAPITAL

 
DE CÓMO OCCIDENTE CREA EL TERRORISMO
 
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Rebelión
CounterPunch
26.01.2016

Traducción para Rebelión de por S. Seguí

En 2006 estaba yo de visita a mi amigo, ex presidente de Indonesia y gran líder progresista musulmán Abdurrahman Wahid, (conocido en Indonesia como “Gus Dur”). Nuestra reunión se celebró en la sede de la organización de masas Nahdlatul Ulama (NU). En ese momento NU era la mayor organización musulmana del mundo.
Estábamos discutiendo sobre el capitalismo y cómo estaba destruyendo y corrompiendo Indonesia. Gus Dur era un socialista “en el armario” y esa fue una de las razones principales por las que las serviles élites pro-Occidente y los militares de Indonesia lo depusieron de la Presidencia en 2001.
Cuando tocamos el tema del “terrorismo” dijo, de repente, con su típica voz suave, apenas audible: “Yo sé quién hizo estallar el Hotel Marriott de Yakarta. Lo hicieron nuestros propios servicios de inteligencia con el fin de justificar el aumento de su presupuesto, así como la ayuda que han recibido desde el exterior.”
Por supuesto, los militares, los servicios de inteligencia y la policía de Indonesia están formados por una raza especial de seres humanos. Durante varias décadas, desde 1965, han estado aterrorizando brutalmente a su propia población, a partir del momento en que un golpe de estado prooccidental derrocó al progresista presidente Sukarno y llevó al poder a una camarilla militar fascista, apoyada por la comunidad empresarial, predominantemente cristiana. Este terror costo la vida de entre 2 y 3 millones de personas en la propia Indonesia, así como en Timor Leste y (hasta ahora) en Papúa, territorio ocupado y saqueado a ultranza.
¡Tres genocidios en sólo cinco décadas!
El golpe de estado de Indonesia fue uno de los mayores actos terroristas en la historia de la humanidad. Los ríos estaban obstruidos por los cadáveres y sus aguas se habían vuelto rojas.
¿Por qué? Para que el capitalismo sobreviviera y las empresas mineras occidentales pudieran tener su botín, a expensas de una nación indonesia completamente en ruinas. Para que el Partido Comunista de Indonesia (PKI), no pudiese ganar las elecciones democráticamente.
Pero en Occidente, esas matanzas intensivas de 1965 planificadas por el Imperio nunca recibieron la calificación de “terrorismo”. La voladura de un hotel o un bar siempre la recibe, sin embargo, sobre todo si son frecuentados por una clientela occidental.
Ahora, Indonesia tiene sus propios grupos de “terroristas”. Son retornados de Afganistán, donde lucharon en nombre de Occidente contra la Unión Soviética. Ahora, están regresando de Oriente Próximo. Los recientes ataques en Yakarta podrían ser sólo un aperitivo, un comienzo bien planificado de algo mucho más grande, tal vez de una apertura de un nuevo “frente” de soldados de juguete del Imperio en el Sudeste asiático.
Para Occidente y sus planificadores, cuanto más caos, mejor.
Si se hubiera permitido a Abdurrahman Wahid mantenerse como presidente de Indonesia, no habría, probablemente, habido terrorismo. Su país habría aplicado reformas socialistas, instituido justicia social, rehabilitado a los comunistas y abrazado el laicismo.
En las sociedades socialmente equilibradas, el terrorismo no prospera.
Pero esto sería inaceptable para el Imperio. Eso significaría volver a los días de Sukarno. No se puede permitir que el país musulmán más poblado de la Tierra siga su propio camino, apunte al socialismo y aniquile las células terroristas.
Tiene que mantenerse al borde del abismo, tiene que estar listo para ser utilizado como un peón, tiene que tener miedo y dar miedo. Y así es.
* * *
Los juegos que Occidente está jugando son complejos y elaborados, son turbios y nihilistas, son tan destructivos y brutales que incluso los analistas más agudos a menudo cuestionan sus propios juicios y lo que ven sus ojos, y se dicen: “¿Podría todo esto estar realmente sucediendo”

La respuesta breve es: “Sí, puede. Sí, puede y ha podido, durante largas décadas y siglos.”
Históricamente, el terrorismo es un arma nativa de Occidente. Fue utilizada con generosidad por personajes como Lloyd George, primer ministro británico que se negó a firmar el acuerdo que prohibía el bombardeo aéreo de civiles, utilizando para ello una firme lógica británica: “Nos reservamos el derecho de bombardear a esos negros”. O Winston Churchill que estuvo a favor de gasear a las “razas inferiores ” , como los kurdos y los árabes.
Por eso, cuando algún recién llegado –un país como Rusia– se entromete, lanzando su verdadera guerra contra los grupos terroristas, todo Occidente entra en pánico. ¡Rusia está echando a perder su juego! Está arruinando su exquisitamente elaborado equilibrio neocolonialista.
Basta con que miren ustedes lo estupendo que está todo: después de matar a cientos de millones de personas en todo el globo, Occidente se autoproclama el campeón de los derechos humanos y la libertad. Sigue aterrorizando al mundo, saqueándolo, controlándolo totalmente, pero a la vez es aceptado como el líder supremo, como un asesor benevolente, como la única parte fiable del mundo.
Y casi nadie ríe.
Porque todo el mundo tiene miedo.
Sus brutales legiones de Oriente Próximo y África están desestabilizando a países enteros, sus orígenes son fácilmente rastreables, pero casi nadie se atreve a hacer este tipo de rastreo. Y algunos de los que han intentado murieron.
Cuanto más amenazadores son estos monstruos terroristas inventados, fabricados e implantados, más hermoso parece Occidente. Es todo cuestión de trucos. Tiene sus raíces en el mundo de la publicidad y en un aparato de propaganda de siglos.
Occidente hace como si luchara contra esas fuerzas oscuras profundas. Utiliza un potente lenguaje, “virtuoso”, basado claramente en el dogma fundamentalista cristiano. Se desencadena toda una mitología, suena parecido al Anillo del Nibelungo, de Wagner. Los terroristas representan el mal, no un enorme desembolso de las arcas del Departamento de Estado, la Unión Europea y la OTAN. ¡Son peores que el mismísimo diablo!
Y Occidente, cabalgando sobre su caballo blanco, un poquito bebido de vino pero siempre de buen humor, se presenta como una víctima y el principal adversario de esos grupos terroristas satánicos.
Es un espectáculo increíble. Una horrible farsa. Miremos debajo de la máscara del caballero: miremos esos dientes expuestos, esa sonrisa mortal. Miremos sus ojos rojos, llenos de avaricia, lujuria y crueldad.
Y no lo olvidemos nunca: el colonialismo y el imperialismo son las dos formas más mortales del terrorismo. Y estas son todavía las dos armas principales de ese caballero que está asfixiando el mundo.

Notas
[1] Karel Capek, La guerra de las salamandras, 1935