martes, 11 de noviembre de 2025

Un filósofo en Económicas

 

Cien años después de su nacimiento, Sacristán sigue siendo nuestro pensador marxista más importante, aunque hoy haya sido expulsado de los saberes académicos. Pero su influencia sigue estando presente, a través de sus discípulos y de sus propios textos.


Un filósofo en Económicas

 

Salvador López Arnal

El Viejo topo

11 noviembre, 2025 


Hay una creencia compartida, en mi opinión, por buena parte de la ciudadanía española e iberoamericana con inclinaciones, saberes, conversaciones y vivir filosóficos: Manuel Sacristán Luzón (1925-1985), el traductor de Gramsci, Lukács y Korsch, fue un polímata sólido, un maestro de universitarios y ciudadanos, uno de los grandes filósofos españoles del siglo XX, un intelectual comprometido cuya obra y praxis, lo dicho y lo actuado, representa una cima del comunismo democrático marxista (político y teórico) español, europeo e iberoamericano.

Empero, al lado de estas consideraciones, apunta una «singularidad», una «rareza cultural», una «extrañeza filosófica»: la de un gran filósofo español con escasísima presencia en las facultades de filosofía españolas, aparente paradoja que puede ser descrita del modo siguiente:

Finalizados sus estudios de Derecho y Filosofía, finalizada la etapa de Laye, «la inolvidable» en el decir de su amigo de juventud Josep Mª. Castellet, el futuro autor de Introducción a la lógica y al análisis formal partió a estudiar lógica y filosofía de la ciencia durante cuatro semestres (1954-1956) en el Instituto de lógica matemática y de fundamentos de la ciencia de la Universidad de Münster (Westfalia, entonces República Federal de Alemania), una institución clave, según Jesús Mosterín, en el ámbito de la lógica y su filosofía en la Europa de aquellos años.

Una oferta y una decisión marcaron el regreso de Sacristán a Barcelona, donde vivía desde agosto de 1939 con su familia (padres y dos hermanos menores, Antonio y Marisol). La oferta: ser profesor contratado por el Instituto alemán de lógica matemática; la decisión: su rechazo a la posibilidad de vivir fuera de España (como hizo también en 1965 al ser expulsado de la Facultad de Económicas por primera vez) para pasar a formar parte del ilegal y duramente perseguido partido de los comunistas catalanes y españoles (PSUC-PCE).

No sería una decisión fácil para un filósofo como él, para un germanista entusiasta desde su primer viaje Alemania en 1950, para alguien con su vocación didáctica e investigadora, para un profesor de Fundamentos y Metodología de las ciencias sociales que, como él mismo escribiera muchos años después desde México en carta a su amigo y discípulo Antoni Domènech (1952-2017), tuvo desde aquellos años auténtica adicción por la lógica. La poliética tuvo prioridad sobre la ciencia; no fue la única vez.

Instalado en Barcelona y gracias al apoyo del que sería director de su tesis, Joaquim Carreras i Artau, Sacristán pasó a ser profesor no numerario, con muy malas condiciones laborales, a partir de 1956-1957 (amplió desde entonces su reducido salario con colaboraciones editoriales y traducciones: más de 33 mil páginas, unos 90 libros y artículos a lo largo de 25 años), defendiendo su tesis doctoral, Las ideas gnoseológicas de Heidegger, en febrero de 1959.

Poco podía conjeturarse con certeza sobre su futuro en aquel entonces, aunque sabido es que ser rojo y actuar como tal tenía sus inconvenientes y consecuencias. Fue su caso. Al cabo de muy poco, finales del curso 1958-1959, empezaron los hachazos represivos contra él. Presiones del arzobispado barcelonés (¡cometía el pecado de explicar Kant al modo ilustrado!) sumadas a las posiciones nada afables de algunos profesores de la propia facultad, fueron causa de su traslado, del traslado del futuro traductor de la Historia del análisis económico de Schumpeter, a la Facultad de Ciencias Económicas, Políticas y Sociales de la UB. No es disparatado pensar, en mi opinión, que el cambio de facultad, en el que acaso intervino a su favor Carreras Artau, pretendiera evitar un mal aún mayor: su inmediata expulsión de la universidad barcelonesa en 1959.

La expulsión, en todo caso, irrumpió seis años más tarde, tres años después de haber optado sin éxito, en 1962, a la cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia. (La cátedra tenía otro destinatario, no era cuestión de méritos ni de la puntuación obtenida en los ejercicios realizados durante la oposición). A Sacristán, como ocurriría también con otros profesores antifranquistas (aunque su caso fue el más sonado en Barcelona), no se le renovó su contrato laboral al inicio del curso 1965-1966. El rector, Francisco García Valladares, un gran fisiólogo y farmacólogo que había sido discípulo de Juan Negrín y profesor de uno de los futuros discípulos y amigos de Sacristán, Eduard Rodríguez Farré, quería limpiar la Universidad de rojos y separatistas. Sacristán, que nunca fue secesionista pero sí rojo, tenía todos los números para formar parte de la «limpieza franquista» organizada por un García Valdecasas a las órdenes de la Brigada Político-Social (BPS) de Barcelona. No fue poca la resistencia ante el atropello que presentaron los estudiantes de Económicas, fueran o no alumnos suyos. Tenemos testimonios conmovedores de ello; el de Josep Mercader Anglada por ejemplo.

Mario Bunge, en un admirable acto de solidaridad, le ofreció ayuda, tenía buenos contactos con instituciones y universidades alemanas. Sacristán, que tradujo años después La investigación científica, agradeció el gesto del gran filósofo y científico argentino, pero declinó el ofrecimiento argumentando en línea con su decisión de 1956: no quería exiliarse, no quería hacer oposición al franquismo en «el exterior», quería seguir formando parte de la lucha antifranquista desde posiciones comunistas democráticas en España, consciente, no quedaba otra, de que tras la expulsión pasaría a ser un trabajador de editoriales en exclusiva: más traducciones, más informes, cartas, reseñas, dirección de colecciones, sugerencias de edición (la de las OME (Obras de Marx y Engels) o la de las Obras completas de Lukács, por ejemplo), esperaban en el horizonte.

Pudo volver a Económicas, con la ayuda de compañeros de la facultad (es obligado citar aquí la decisiva participación de su amigo Alfons Barceló), durante el curso 1972-1973. El apoyo y tenacidad del movimiento estudiantil jugaría también su papel en la reincorporación. Explicó ese año «Teoría general del método», el antecedente de sus posteriores clases de Metodología de las Ciencias Sociales. Pero volvió a ser expulsado al finalizar el curso con el mismo método: no se le renovó su contrato.

Tras la muerte del dictador golpista y criminal, regresó a la Facultad de Económicas en 1976-1977, donde permaneció con mayor estabilidad hasta el curso 1984-1985, a excepción del año académico de 1982-1983 en el que impartió dos cursos de posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: «Inducción y dialéctica» y «Karl Marx como sociólogo de la ciencia»..

En el verano de 1984 fue nombrado finalmente catedrático extraordinario, no sin sectarismos y maltratos previos.

Falleció muy prematuramente, el 27 de agosto de 1985, no llegó a cumplir 60 años. Treinta y seis años de su vida los pasó bajo el franquismo.

Así pues, uno de los grandes profesores de filosofía de la universidad barcelonesa, un maestro de los que dejan huella profunda y duradera, sólo pudo ser profesor universitario durante 19 años, y de ellos solo tres en la Facultad de Filosofía. (El caso de Popper, que globalmente pensado es otra historia, resulta similar en algún aspecto: la gran influencia filosófica del asesor de Margaret Thatcher se ejerció fundamentalmente desde la London School of Economics and Political Science, no desde una facultad de filosofía propiamente.)

No hay duda de que el magisterio de Sacristán en la Facultad de Económicas fue muy importante para la enseñanza de la lógica en nuestro país, para la consolidación de una filosofía de la ciencia social a la altura de los tiempos, en absoluto desconocedora de la epistemología que se practicaba en otros países europeos y americanos. Muchos alumnos han dado testimonio de la enseñanza recibida, del valor que dieron (y siguen dando) a aquellas clases que dejaron en ellos una huella nada superficial. Entre muchos otros, tres estudiantes de Medicina y de Derecho que asistieron como oyentes no matriculados a sus clases: José Alonso Fajardo, Joan Benach y David Vila Morales, al igual que Fernando G. Jaén o Félix Ovejero, doctores en Economía.

Sacristán, por otra parte, reunió en torno a él, en torno al departamento de Metodología, filósofos y científicos sociales que han sido y siguen siendo esenciales en la cultura catalana y española: Francisco Fernández Buey, Antoni Domènech, Juan-Ramón Capella, Miguel Candel, Félix Ovejero, Antonio Izquierdo, Eduard Rodríguez Farré, Enric Tello, María Jesús Aubet, Ramon Garrabou, Víctor Ríos,… Una buena parte de ellos colaborarían con él en Materiales y en la revista rojo-verde-violeta mientras tanto, la revista que más hizo suya, publicación en la que su esposa-compañera, la hispanista italiana Giulia Adinolfi, jugó un papel destacado.

Cabe entonces preguntarse, deslizándonos por terrenos contrafácticos: ¿qué hubiera ocurrido si Sacristán hubiera sido profesor de la Facultad de Filosofía durante más años, durante todo el tiempo en el que le dejaron ejercer de profesor universitario, por ejemplo? Conjeturemos.

No hubiera sido menor, desde luego que no, el interés de los alumnos por sus explicaciones. También sus clases hubieran sido clases abarrotadas, como lo fueron sus cursos iniciales entre 1956 y 1959 de Fundamentos de Filosofía (Sus alumnos de aquella época lo verían, probablemente, como una especie de profesor extraterrestre). También sus seminarios; por ejemplo, el que impartió sobre la Fenomenología del Espíritu de Hegel.

La resistencia de los estudiantes ante su expulsión en 1965 hubiera sido probablemente similar a la de Económicas. Ser profesor de filosofía no le hubiera protegido de la persecución de García Valdecasas teledirigida, como se indicó, desde las instancias fascistas de la BPS de Barcelona (No es una suposición, hay documentos que lo confirman).

Es altamente probable que, como ocurrió en Económicas, estudiantes de otras facultades (Medicina, Geología, Matemáticas, Derecho, etc.) hubieran asistido a sus clases.

No hubieran sido pocos los profesores que se hubieran ubicado en sus alrededores. De hecho, tres profesores de la facultad de Filosofía, Miguel Candel, Paco Fernández Buey y Jacobo Muñoz, los dos primeros expulsados por la huelga antifranquista de 1974-1975, se han reconocido (y se siguen reconociendo en el caso del profesor emérito Candel) como discípulos suyos.

Su legado político y filosófico, seguramente, hubiera sido más o menos similar. Tal vez, eso sí, con menos énfasis en la filosofía de las ciencias sociales, en la filosofía de la ciencia en general, y mayor papel de otras aristas filosóficas. Por ejemplo, aproximaciones suyas a autores y temáticas más clásicas de la historia de la filosofía. Tal vez hubiera podido escribir un Llull, un Leibniz, otro Heidegger.

Materiales y mientras tanto hubieran sido sin duda revistas clave para la formación de ciudadanos de izquierda en los años setenta y ochenta, y también su papel hubiera sido decisivo en ambas.

Cabe conjeturar, pues, que la historia no hubiera sido muy distinta. Sin embargo, en lo que respecta a las relaciones en España de dos grandes tradiciones y comunidades filosóficas esenciales en aquella época, se podría haber generado una diferencia de importancia: la presencia de Sacristán en la Facultad de Filosofía hubiera posibilitado una mejor relación entre filósofos marxistas y analíticos en los años sesenta, setenta y ochenta. Y no solo en Barcelona, sino en el conjunto de España.

Su presencia en la Facultad de Filosofía hubiera impedido, o cuanto menos dificultado, que filósofos de orientación marxista, no siempre bien informados, hablaran de la tradición analítica en términos despectivos, asociándola casi siempre con la reaccionarismo filosófico, con una filosofía nunca interesado en temas sociales, con un filosofar que vivía de espaldas al mundo y con posiciones políticas conservadoras y liberales de derecha.

Desde la otra orilla, desde la filosofía analítica, no se hubieran lanzado tan alegremente (y con tanto desconocimiento) tantos improperios contra la tradición marxista, acusando a sus partidarios de ignorantes cultiprofundos (el neologismo es de Sacristán), de gente cegada en asuntos básicos de lógica formal y de epistemología, tildados, criticados agriamente de ser miembros dogmáticos y cerriles de sectas guiadas por consignas políticas alocadas y principios filosóficos trasnochados, dogmáticos e inmodificables.

Y no habría sido así porque el autor de uno de los libros que, en el buen pensar y decir de Luis Vega Reñón, más contribuyó a la consolidación de los estudios de lógica en nuestro país, Introducción a la lógica y al análisis formal, traductor además de W. V. O. Quine y de Gisbert Hasenjaeger (profesor suyo en Münster, véanse sus declaraciones para «Integral Sacristán» de Xavier Juncosa), era un destacado filósofo marxista que, en el mismo año en que publicó su influyente manual de lógica, escribió «La tarea de Engels en el Anti-Dühring», un prólogo, uno de sus escritos clásicos que más ha enseñado a generaciones de universitarios y trabajadores organizados, en el que de nuevo mostraba un excelente y creativo conocimiento de la tradición marx-engelsiana y, al mismo tiempo, del análisis filosófico y de la filosofía de la ciencia contemporánea.

Ni que decir tiene que ese profundo y creativo conocimiento de la lógica y la epistemología más en boga en aquellos años se corroboró en su curso de Teoría general del método de 1972-1973 y en sus clases de Metodología de las Ciencias Sociales años después (actualmente en curso de edición: Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales I, II y III) y en escritos marxistas como «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia», «Karl Marx como sociólogo de la ciencia» o «¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?».

En síntesis: la presencia continuada de un filósofo y un filosofar como el de Manuel Sacristán en la Facultad de Filosofía de la UB, un clásico que, como él mismo dijera de Gramsci, merece ser leído siempre y no estar de moda nunca, probablemente hubiera impedido cometer errores y desencuentros que, a día de hoy, nos deberían avergonzar a todos, al mismo tiempo que hubiera otorgado mayor presencia cultural, filosófica y política a la facultad en la que impartieron clase, entre muchos otros, colegas suyos como Jesús Mosterín, Ramón Valls, Juan José Acero, José Daniel Quesada, Margarida Boladeras y José Manuel Bermudo.

Fuente: ESPAIMARX

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La lucha obrera que se transformó en una herramienta financiera cooperativista con 30 años de historia: Coop57 [España]

 

La lucha obrera que se transformó en una herramienta financiera cooperativista con 30 años de historia: Coop57

 

Por Yago Álvarez Barba

Rebelion / España

11/11/2025 

Fuentes: El Salto

La cooperativa de crédito cumple tres décadas desde que un grupo de trabajadores de la quebrada Editorial Bruguera decidieran que su lucha se convirtiera en una cooperativa de crédito y una herramienta de transformación económica.

Seguro que la gran mayoría de la gente, sobre todo de los cuarenta para arriba, recuerda la Editorial Bruguera. Sagas históricas del cómic español como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape o Carpanta son tan sólo algunas de las obras que nos trajo la editorial catalana. La historia que no es tan conocida es cómo su cierre a mediados de los 80, una lucha sindical y un grupo de personas trabajadoras acabaron dando a luz a una cooperativa de servicios financieros éticos y solidarios que este 2025 cumple 30 años: Coop57.

Póster protesta tras el cierre de la Editorial Bruguera en 1986 con los principales personajes de sus comics.

La historia comienza como tantas muchas de la industria española en los 80: España entraba en la Unión Europea y los fondos de reconversión industrial, aquellos que inyectaban dinero en las empresas para modernizar sectores de producción al mismo tiempo que se despedía a miles de trabajadores, mejoraron los márgenes de beneficios de algunas empresas pero también hacía perecer a tantas otras, desencadenando una crisis industrial en el país. La Editorial Bruguera, que comprendía todas las fases de producción de los libros hasta que llegaban a la estantería de la librería, fue una de estas últimas. En 1986, la empresa se declaró en quiebra y pasó a manos del Banco de Crédito Industrial (BCI), un ente público que financiaba proyectos industriales a largo plazo pero que también sirvió como “banco malo” de la época absorbiendo proyectos que no superaron la reconversión industrial, como el caso de la editorial.

Desde ese momento comenzó el calvario de los más de 800 trabajadores que todavía quedaban después de varias rondas de despidos voluntarios que ya habían mermado la plantilla. La gran mayoría de ellos se acogieron al despido que les ofrecía el BCI y que fue aceptado por los dos sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, y que pagaría el FOGASA. Salvo un grupo reducido que no quiso ceder, que veía injusto el despido y el cierre de la empresa. Un grupo que formaba parte del sindicato OITEBSA, con raíces anarquistas. “Era un colectivo sindical independiente, crítico con el sindicalismo de clase que había en aquellos años que representaba otros intereses, que además quería hacer las cosas de una forma democrática y asamblearia”, explica a El Salto Valentín Valencia, uno de aquellos sindicalistas espartanos de Bruguera que no aceptaron el despido. “Considerábamos que los trabajadores no podíamos ser los perjudicados de las malas decisiones empresariales, además, sabiendo que había un mercado importante en aquellos momentos que hubiera podido permitir el mantenimiento de la actividad, si no con la totalidad de trabajadores que había en aquellos momentos, al menos con una buena parte”, argumenta Valencia.

Imágenes del desalojo de la fábrica de la Editorial Bruguera tras un mes ocupada por los trabajadores y sus familias.

En aquel momento empezó una lucha sindical, con similitudes y enlaces con otras muy parecidas de la época como las de los astilleros en Asturias, los estibadores portuarios catalanes o los agricultores de Andalucía. Uno de los principales hitos, tal y como recuerdan los implicados, fue la ocupación de la fábrica en agosto de 1986. Durante un mes entero, los trabajadores y sus familias habitaron la fábrica cerrada. “Éramos más de 100 personas, esposas y niños incluídos, íbamos a pedir comida a los mercados de la zona y nos autogestionábamos”, cuenta Paco Hernández, otro de los trabajadores de Bruguera ya jubilado. “Al juez le argumentamos que teníamos miedo de que se sacara la maquinaria mientras estaba vacía para venderse y nos aguantó todo el mes de agosto”, explica Hernández. Al final del mes de verano el juez ordenó el desalojo, pero los trabajadores no lo pusieron fácil: “Fue un desalojo que duró 72 horas”, recuerda el entonces sindicalista.

En octubre de 1986 se debía celebrar el juicio para decidir el futuro de aquellos obreros que no se acogieron al despido pactado por los dos grandes sindicatos, todavía quedaba tiempo para la presión tras el desalojo de la fábrica. “Durante el mes de septiembre, 7 u 8 de los trabajadores hicimos una huelga de hambre para poner más presión sobre el juez”, relata Hernández. La presión y la lucha sindical funcionaron: “Nos tocó un juez muy de derechas, pero acabó dictando sentencia a nuestro favor”, dice Hernández. Aquel juez dictaminó que no había causa justificada para el cierre total de la empresa y que el despido era improcedente. Aunque fue una victoria agridulce: “La lucha se gana en los tribunales, pero se pierde en la empresa, ya que cierra definitivamente”, lamenta Valencia. La batalla judicial no acabó ahí. El BEI recurrió la sentencia al Tribunal Supremo.

Durante meses se sucedieron protestas de los trabajadores y sus familias.

Los abogados que acompañaron a los trabajadores durante todo el proceso también son bien conocidos en el mundo cooperativista y de la economía social y solidaria: la cooperativa de abogados y abogadas catalana Col·lectiu Ronda, que hoy en día siguen protagonizando luchas sindicales y laborales muy sonadas como las batallas de los riders contra empresas como Deliveroo o Glovo. El despacho ya tenía experiencia en el mundo cooperativista y asesoraron al sindicato independiente sobre la posibilidad de recuperar Bruguera para los trabajadores en forma cooperativa y en el proceso judicial contra el BEI. Los abogados socios de Ronda Juan Luis Jornet y Jordi Pujol (no, no es el famoso político) acompañaron en toda la aventura judicial a aquel grupo. “Éramos abogados especializados cada uno en lo suyo pero que ya teníamos experiencia en asesorar al mundo cooperativista y Jornet, que era abogado laboralista, les llevó el proceso hasta el final”, narra Pujol a El Salto.

Desde ese momento, octubre 1986, aquel grupo de trabajadores ya en paro empezó a cobrar aquello que la reforma laboral del PP en 2012 nos arrancó: los salarios de tramitación. Mientras se esperaba la cita con el Supremo, “venía todo los meses un abogado muy famoso en Catalunya, que en aquel entonces era también el abogado del Barça, y nos daba los salarios completos en bruto, incluidas las cotizaciones y lo que nos deberían retener del IRPF”, relata Hernández. Aquello pilló por sorpresa y con desconfianza a los obreros. Temían que, en cualquier momento o tras el juicio con el Supremo, la Seguridad Social les pudiera reclamar todos esos impuestos. “Nos repartíamos los salarios, pero no queríamos tocar los impuestos. Hablamos con Ronda y decidimos meter ese dinero en un fondo, no tocarlo por el momento”, dice Hernández.

Pasaron tres años hasta que el Tribunal Supremo dictó sentencia. La lucha de los trabajadores volvió a ganar en la alta instancia judicial. En 1989, el Supremo daba la razón a aquel grupo de trabajadores que resistieron y que no representaba ni el 10% de la plantilla que acabó en la calle en el 86. “CCOO y UGT aceptaron unas indemnizaciones de 20 días por año con una limitación de 12 años, o sea que podías llevar 30 años trabajando en Bruguera, como mucha gente llevaba, y cobrar un máximo de 240 días de salario”, recuerda Hernández. En cambio, estos guerreros que aguantaron hasta al final, cobraron 45 días por año sin limitaciones. “Algunos, como yo mismo, aunque fuéramos jóvenes ya llevábamos más de 20 años trabajando en Bruguera. En vez de 240 días, muchos nos llevamos mil y pico días de indemnización más los salarios de tramitación de tres años”, recuerda con orgullo Hernández.

Pero quedaba un detalle más: aquel dinero acumulado de las cotizaciones y el IRPF que nadie les reclamó. “Esperamos otros cinco años para asegurarnos de que nadie nos lo iba a reclamar luego y hablamos con el Col·lectiu Ronda para ver qué podíamos hacer con el dinero”, narra Hernández. En aquel momento, muchos de aquellos trabajadores sindicalistas habían tomado la vía cooperativista para desarrollar sus vidas laborales. Durante los años de lucha, algunos entraron a formar parte de cooperativas ya existentes y otros fundaron nuevos proyectos con esta forma jurídica de la economía social. Siempre, además, con el acompañamiento del despacho Ronda. “Un grupo de 14 o 15 creamos varios proyectos cooperativistas”, dice Hernández, que él mismo trabajó en una pequeña librería que se llamaba Cabraboc que tenía dos locales, una en la localidad de Ripollet y otra en Montcada i Reixac.

En aquel momento, los trabajadores y el despacho decidieron que con aquel dinero que había quedado en el fondo de las cotizaciones, había que hacer algo. Los abogados se subieron al carro sin pensarlo: “En Ronda aportamos los honorarios que debíamos cobrar por todo el proceso judicial, un 10% de lo que se había ganado, a aquel fondo”, relata Jordi Pujol. Con todo aquello, aquel fondo llegó a tener unos 100 millones de pesetas, 600.000 euros. Una cantidad que ahora puede no parecer mucho para corresponder a unos 80 trabajadores, pero que en 1995 daban para mucho. “Decidimos que casi un tercio fuera para la lucha internacional, otro para luchas sindicalistas hermanas con las que habíamos generado una red en esos años y otra para promover proyectos cooperativistas”, numera Hernández.

El primer lote fue para la lucha internacional más en boca en aquella época: la revolución sandinista en Nicaragua. “Teníamos mucha relación con ellos”, recuerda Valencia. “Mandamos a un compañero allí a darles un taller sobre maquinaria para que pudieran construir sus propias piezas ya que estaban sufriendo el bloqueo estadounidense”, rememora con añoranza Hernández. “Quedamos con el cónsul nicaragüense en Madrid, montamos un evento y le entregamos unos 30 millones de pesetas para la lucha sandinista”, añade.

El segundo monto fue para el Sindicato Obrero del Campo, lo que ahora es el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), en el que ya militaban Diego Cañamero, Jose Manuel Gordillo y Diamantino García, el que fuera conocido como “el cura de los pobres”. “Durante todos aquellos años, tejimos muy buena relación con ellos. A todas las luchas que íbamos, ellos también iban”, recuerda el sindicalista. “Montamos otro evento, fuimos y le dimos a Cañamero otros treinta millones de pesetas”.

La tercera pata de aquel fondo es la semilla de la historia que cumple ahora tres décadas. “Sabíamos que no íbamos a transformar nada si no transformábamos la economía y decidimos que aquel dinero se utilizara para ese fin”, afirma Hernández. Jordi Pujol recuerda a uno de sus compañeros, David Santacana, ya fallecido. “David tenía una concepción concreta del cooperativismo con tres patas concretas: teníamos que formar y formarnos, saber vendernos y poder financiarnos”. En aquel momento ya habían constituido en Catalunya una cooperativa de formación y otra de servicios comerciales. Faltaba una pata financiera de la economía social. Ahí acabó el fondo conseguido tras 9 años de lucha y resistencia. El 19 de junio de 1995 nació Coop57.

Las protestas de Bruguera señ alaban al Banco Industrial de Inversiones, dueño de la editorial.

Aquellos cerca de 40 millones de pesetas fueron el germen inicial de la cooperativa de crédito que ahora, 30 años más tarde, es una de las principales entidades de las finanzas éticas y brazo financiero de la economía social y solidaria en todo el Estado español. “Aquellos años del comienzo fueron muy duros -recuerda Valencia-, como mucho dábamos un par de créditos al año, nada que ver con lo que es ahora Coop57”. Pero aquel grupo de personas estaban convencidas de que la economía social necesitaba un empuje financiero que funcionara con otras lógicas diferentes a las del mercado de crédito y de la banca tradicional.

Cuando son preguntados por el nombre, Valencia y Hernández bromean con la leyenda que se generó en torno al número: “Todo el mundo piensa que éramos 57 los trabajadores que resistieron y que pusimos aquel fondo de nuestras indemnizaciones, pero en realidad éramos unos 80”, explica Valencia. “A Ramón Pascual [otro integrante histórico de Coop57] le encantaba contar esa historia y, claro, sonaba muy bien y a la gente le gustaba y aquello se quedó. Pero en realidad la cosa salió por un compañero que falleció de un cáncer de huesos en aquella época y que aquel número se nos cruzaba de muchas formas. Nos llegaba una factura y su número acababa en 57, teníamos que hacer un pago y la cifra acababa en 57… Acabamos por adoptar aquel número, aunque la historia que contaba Ramón era más épica”, cuenta entre risas Hernández mientras lo recuerda.

Los primeros años fueron duros, pero al tiempo llegó la expansión. El modelo de financiar a las cooperativas desde el propio cooperativismo y gracias al ahorro que depositaban los propios socios, pronto llamó la atención de aquellos proyectos y redes de la economía social que estaban floreciendo por todo el Estado, pero que se encontraban con los mismos problemas de acceso al crédito que habían sufrido los proyectos catalanes antes de la aparición de Coop57.

Diez años más tarde, se dio el primer salto fuera de las fronteras catalanas: Aragón. Una red de entidades de la economía social y solidaria, lo que fue el germen de REAS Aragón, se unió a Coop57 para replicar el modelo y crear Coop57 Aragón. “Los préstamos que solicitamos a Coop 57 nos dieron la oportunidad de apreciar mediante los avales mancomunados de apreciar la red con la que contábamos”, explica Teresa Iparraguirre, que era gerente de Servicio Parque Delicias dentro especial de empleo en 2005, empresa que fue una de las primeras empresas de la economía social aragonesa que contó con el apoyo financierio de la recién estrenada rama de la cooperativa fuera de Catalunya. Con avales mancomunados, Ipaguirre se refiere al sistema de avales que usa la entidad ética en la que personas implicadas o cercanas al proyecto avalan al proyecto por un valor determinado, una parte del crédito que se solicita. El análisis de Coop57 valora siempre más que haya muchas personas que apoyen el proyecto avalando pocas cantidades que el que se consiga pocos avalistas por importes mayores. Premia la comunidad del proyecto más que la cantidad en sí. “Ayudó también a la participación de las personas trabajadoras en el tema de la financiación de la empresa y mucha más transparencia. Una maravilla”, finaliza. 

A la sucursal maña le siguió la madrileña en 2006, la andaluza en 2008 y la gallega en 2009. En todos los casos, el modelo de expansión fue el mismo: tejer alianzas estratégicas con las redes de economía social y solidaria ya existentes para convertirse en una de las principales herramientas de desarrollo del cooperativismo, el asociacionismo y el tercer sector por todo el país. Un poco más tarde, en 2015, se creó Koop57 Euskal Herria, y en 2019 vio la luz el grupo promotor en Asturias.

“En cada sección territorial hay una o dos personas liberadas, los servicios centrales comunes están en Barcelona, y luego en cada sección hay un grupo muy amplio de personas que somos voluntarias”, explica a El Salto Jone Etxeberría, una de esas personas que soportan el proyecto desde su activismo en el grupo de Euskal Herria. “Estas personas solemos pertenecer a cooperativas que son socias de Koop57 y somos las que estamos en los órganos políticos que son las secciones territoriales”, explica. “No teníamos un modelo de referencia real que tuviera estas características financieras y que además contara con una expansión territorial muy horizontal, en red”, dice Etxeberría en relación a la expansión de la cooperativa por distintos territorios y como desde Euskal Herría deciden tejer esa alianza y adoptar el modelo de Coop57 adaptado a las necesidades del tejido vasco.

Al ser preguntada por algunos de los hitos importantes de Koop57 recuerda el capote que le echaron a la cooperativa de consumo energético vasca Goiener: “De un día para otro, cuando las energéticas pequeñas se estaban yendo a pique porque no podían hacer frente a la demanda de dinero que se les hacía desde el Ministerio, les pudimos dejar 500.000 euros”. A la catalana Som Energía le pudieron prestar 2 millones de euros. Además, señala una característica común entre Coop57 y la gente que deposita sus ahorros en la cooperativa para que, como decía Hernández, sirva para transformar la economía: “Esas personas estamos dispuestas a arriesgarnos, porque nuestro objetivo no es el rédito económico de ese dinero ahorrado, sino que esas cooperativas, esos proyectos, salgan adelante”. 

De hecho, Etxeberría señala como importante en este punto una característica de las finanzas éticas: “El análisis de los proyectos que piden financiación no es sólo financiero, sino social”. Quienes piden un préstamo a Coop57 deben pasar primero una suerte de auditoria social donde los componentes del nodo territorial evalúan que el proyecto tenga beneficios para la sociedad, antes que ser evaluados financieramente. Esto lleva a que sólo se financien proyectos que “fomentan la creación de puestos de trabajo en un formato, especialmente cooperativo, iniciativas de inserción socio laboral de colectivos vulnerables a través de empresas de inserción, proyectos de atención y cura a las personas, proyectos de energías renovables y de custodia y preservación del territorio, proyectos culturales y educativos o proyectos de profundización de la participación ciudadana y la democracia económica que fomenten el asociacionismo de base”, tal y como reza la propia web de la cooperativa. 

También señalan a quiénes no financiarán nunca, como ejemplos claros “la industria armamentística, la violación de derechos humanos o el deterioro del medio ambiente”. Algo que ha entrado de lleno en el debate político con el reciente anunció del Ministerio de Trabajo y Economía Social sobre un Real Decreto que delimitará qué es y qué no entidades de las finanzas éticas y promoverá su difusión y promoción como una herramienta social de interés público.

Tres décadas más tarde de aquellos “dos préstamos como mucho” que concedían al año que recordaba Valentín Valencia, Coop57 ha concedido 26,7 millones de euros en créditos en 2024. El ahorro aportado por las 5.602 socias con las que acabó el año pasado se eleva a los casi 65 millones de euros. “Si me hubieran dicho hace 30 años que llegaríamos a estas cifras, a financiar proyectos de vivienda cooperativa de cientos de miles de euros, no me lo hubiera creído ni borracho, ni en las mejores de las euforias”, dice con alegría y orgullo Paco Hernández.

Este sábado 8 de noviembre, toda la organización y personas que participan en Coop57 se reúne en Barcelona para celebrar 30 años de la cooperativa de crédito con un evento festivo en el Ateneo Popular 9 Barris, en Barcelona. “Será un día para reconocer todo lo que hemos construido juntas y para reafirmar nuestro compromiso con una economía transformadora, justa y arraigada en el territorio”, explican desde Coop57. Una celebración para mirar al presente y el futuro, pero también para repasar el pasado y conmemorar la lucha de aquellos trabajadores de la Editorial Bruguera que resistieron hasta el final por sus derechos y que decidieron que aquella victoria debía de ser el germen de algo más grande porque, volviendo a citar a uno de ellos, sabían “que no íbamos a transformar nada si no transformábamos la economía”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/finanzas-eticas/lucha-obrera-transformo-una-herramienta-financiera-cooperativista-30-anos-historia-coop57

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