sábado, 8 de abril de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (11 / 25)


León Trotsky

  HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

Tomo II

 
 
marxists.org

Capitulo XI

El ataque contra las masas

 
Los motivos que determinan de un modo inmediato los acontecimientos de la revolución son las modificaciones que se operan en la conciencia de las clases beligerantes. Las relaciones materiales de la sociedad no hacen más que trazar el cauce de esos procesos. Por su naturaleza, esas modificaciones de la conciencia colectiva tienen un carácter semisubterráneo; sólo cuando alcanzan un determinado grado de fuerza de tensión se evidencia en la superficie el nuevo estado de espíritu y las nuevas ideas, en forma de acciones de masas, que establecen un nuevo equilibrio social, aunque muy inconsistente. La marcha de la revolución pone al descubierto, en cada nueva etapa, el problema del poder, para disimularlo de nuevo inmediatamente después, hasta ponerlo luego nuevamente al desnudo. Esta es asimismo la mecánica de la contrarrevolución, con la diferencia de que, en este caso, la película se desarrolla en sentido contrario.
Cuanto acontece en los círculos gubernamentales y dirigentes no es en modo alguno indiferente para la marcha de los acontecimientos. Pero sólo es posible penetrar el auténtico sentido de la política de los partidos y desentrañar las maniobras de los jefes relacionando uno y otras con el descubrimiento de los profundos procesos moleculares que se operan en la conciencia de las masas. En julio, los obreros y soldados fueron derrotados, pero en octubre se adueñaron ya del poder por obra de un asalto irresistible. ¿Qué había ocurrido en sus cerebros en el transcurso de esos cuatro meses? ¿Qué efecto les habían producido los golpes asestados desde arriba? ¿Con qué ideas y sentimientos habían acogido la franca tentativa de apoderarse del poder realizada por la burguesía? El lector tendrá que volver atrás, a la derrota de julio. Con frecuencia es preciso retroceder para poder dar un buen salto. Y como perspectiva, tenemos el salto de octubre.
En la historiografía soviética oficial ha quedado establecida la opinión, convertida en una especie de lugar común, de que el ataque realizado en julio contra el partido -la represión combinada con la calumnia- no tuvo apenas consecuencias para las organizaciones obreras. Esto es completamente erróneo. Es verdad que la depresión en las filas del partido y el abandono de las mismas por gran parte de los obreros y soldados no pasó de algunas semanas, y que la resurrección se produjo muy pronto y de un modo tan impetuoso, que borró en gran parte el recuerdo mismo de los días de opresión y decaimiento. Pero a medida que se van publicando las actas de las organizaciones locales del partido, se ve con mayor claridad el descenso de la revolución en julio, descenso que se echaba de ver en aquellos días de un modo tanto más doloroso cuanto que la curva ascensional precedente había tenido un carácter ininterrumpido.
Toda derrota que se desprende de una determinada correlación de fuerzas modifica, a su vez, esa correlación de un modo desventajoso para los vencidos, toda vez que el vencedor adquiere una mayor confianza en sí mismo, al paso que la del vencido decrece. La evaluación de la propia fuerza constituye un elemento extraordinariamente importante de la correlación de fuerza objetiva. Los obreros y soldados de Petrogrado, que en su impulso hacia adelante chocaron, por una parte, con la falta de claridad y el carácter contradictorio de sus mismos objetivos, y, por otra, con el atraso de las provincias del frente, sufrieron una derrota directa. Por esto fue en la capital donde las consecuencias de la derrota se pusieron de manifiesto en primer lugar y de un modo más acentuado. Sin embargo, son completamente erróneas las afirmaciones de la literatura oficial, según las cuales la derrota de julio pasó casi inadvertida para las provincias. Esto, poco verosímil aun desde el punto de vista teórico, queda refutado por el testimonio de los hechos y de los documentos. Cada vez que se trataba de grandes cuestiones, todo el país volvía involuntariamente la cabeza hacia Petrogrado. Precisamente la derrota de los obreros y soldados de la capital había de producir una impresión enorme en los sectores más avanzados de provincias. El miedo, el desengaño, la apatía, no se manifestaron por igual en los distintos puntos del país, pero se observaron por todas partes.
El descenso de la revolución se manifestó, ante todo, en una relajación extraordinaria de la resistencia de las masas frente al enemigo. Al mismo tiempo que las tropas dirigidas contra Petrogrado realizaban expediciones punitivas oficiales para desarmar a los soldados y a los obreros, bandas semivoluntarias, protegidas por aquéllas, atacaban impunemente a las organizaciones obreras. Al saqueo de la redacción de la Pravda y de la imprenta de los bolcheviques siguió la devastación del local del sindicato metalúrgico. Después, los golpes fueron dirigidos contra los soviets de barriada. Ni los conciliadores escaparon al ataque: el 10 fue asaltada una de las instituciones del partido, a cuyo frente se hallaba el ministro de la Gobernación, Tsereteli. Dan tuvo que hacer gala de no poco espíritu de sacrificio para escribir con motivo de la llegada de las tropas: "En vez de asistir a la catástrofe de la revolución, somos testigos de una nueva victoria de la misma." La victoria había ido tan lejos, que, según cuenta el menchevique Pruchiski, los transeúntes corrían grave riesgo de ser cruelmente apaleados si tenían el aspecto de obreros o eran sospechosos de bolchevismo. ¡Qué síntoma inequívoco de las profundas modificaciones sufridas por la situación!