domingo, 19 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (16/23)


León Trotsky 

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

marxists.org



Capitulo XVI

Cambio de orientación del partido bolchevique

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

¿Cómo se explica el extraordinario aislamiento en que se encontraba Lenin a principios de abril? ¿Cómo pudo llegarse a semejante situación? Y ¿cómo se consiguió el cambio de orientación de los cuadros bolcheviques?

Desde 1905, el partido bolchevista había sostenido la lucha contra la autocracia bajo la bandera de «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos». Esta bandera y su fundamentación teórica, procedían de Lenin. Por oposición a los mencheviques, cuyo teórico, Plejánov, lucha irreconciliablemente contra «la falsa idea» de hacer la revolución burguesa sin la burguesía, Lenin entendía que la burguesía rusa era ya incapaz de dirigir su propia revolución. Sólo el proletariado y los campesinos, estrechamente aliados, podían llevar hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática contra la monarquía y los terratenientes. El triunfo de esta alianza debía dar como fruto, a juicio de Lenin, la dictadura democrática, la cual no sólo no se identificaba con la dictadura del proletariado, sino que, al contrario, se oponía a ella, pues sus objetivo no era la instauración del socialismo, ni siquiera la implantación de formas minoritarias hacia él, sino únicamente el implacable baldeo y desalojamiento de los establos de Augias de la sociedad medieval. El objetivo de la lucha revolucionaria se definía con perfecta precisión mediante tres divisas de combate: república democrática, confiscación de las tierras de los grandes propietarios y jornada de ocho horas, las tres consignas a las que se llamaba vulgarmente «las tres ballenas del bolchevismo», aludiendo a las tres ballenas en que, según la vieja leyenda popular, se apoya la Tierra.

El problema de la implantación de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos se resolvía en relación con el problema de la capacidad de éstos para hacer su propia revolución, esto es, para crear un nuevo poder capaz de liquidar la monarquía y el régimen agrario aristocrático. Es cierto que la consigna de la dictadura democrática presuponía asimismo la participación de representantes obreros en el gobierno revolucionario. Pero esta participación se limitaba de antemano a asignarle al proletariado la misión de aliado de izquierda para ir a los objetivos de la revolución campesina. La idea, popularmente extendida y aun oficialmente preconizada, de la hegemonía del proletariado en la revolución democrática, sólo podía, por consiguiente, significar que el partido obrero ayudaría a los campesinos con las armas políticas propias de su arsenal, les indicaría los mejores procedimientos y métodos para liquidar la sociedad feudal y les enseñaría a aplicarlos en la práctica. Desde luego, el papel dirigente que se asignaba al proletariado en la revolución burguesa no significaba, ni mucho menos, que éste hubiera de aprovecharse de la insurrección campesina para poner sobre el tapete, apoyándose en ella, sus fines históricos propios, o sea, el tránsito directo a la sociedad socialista. Establecíase una división marcada entre la hegemonía del proletariado en la revolución democrática y la dictadura del proletariado, contraponiéndose polémicamente la primera a la segunda. En estas ideas se educó el partido bolchevique desde la primavera de 1905.

El giro que en la práctica tomó la revolución de Febrero rompió el esquema tradicional de bolchevismo. La revolución se hizo gracias a la alianza de obreros y campesinos. El hecho de que éstos actuaran principalmente bajo el uniforme de soldados no hace cambiar las cosas. La conducta seguida por el ejército campesino del zarismo hubiera tenido siempre una importancia decisiva, aun dado el caso de que la revolución se hubiera desarrollado en tiempos de paz. En la situación creada por la guerra se comprende mejor todavía que los millones de hombres que componían el ejército eclipsaron en un principio, por decirlo así, a los campesinos.

Triunfante el movimiento, los obreros y los soldados resultaron ser los amos de la situación. Juzgando a primera vista, podría decirse que se instauró la dictadura democrática de los obreros y los campesinos. Sin embargo, la revolución de Febrero llevó al poder, en realidad, a un gobierno burgués, con la sola particularidad de que el nuevo poder de las clases poseedoras se veía circunscrito por el de los soviets de obreros y soldados, si bien éste no se llevaba hasta sus últimas consecuencias. La baraja se revolvió. En vez de una dictadura revolucionaria, es decir, de una concentración de poder, se instauró un régimen incoherente de poder dual, en el que las menguadas energías de los elementos dirigentes se malgastaban estérilmente en superar los conflictos internos. Nadie había previsto este régimen. Además, del pronóstico político no se puede exigir que indique más que las líneas generales del proceso histórico, y nunca sus combinaciones fortuitas y episódicas. «Nadie ha podido hacer nunca una gran revolución sabiendo de antemano cómo habría de desarrollarse hasta el fin -había de decir más tarde Lenin-. ¿De dónde iba a sacar esas previsiones? De los libros, no, porque esos libros no existen. Sólo la experiencia de las masas podía inspirar nuestras decisiones.»

Pero el pensamiento humano y, sobre todo, a veces, el de los revolucionarios, es por naturaleza conservador. Los cuadros bolcheviques de Rusia seguían aferrándose al viejo esquema enfocando la revolución de Febrero, sin ver que ésta encerraba dos regímenes incompatibles, ni más ni menos que como la primera etapa de la revolución burguesa. A fines de marzo, Ríkov enviaba a la Pravda, desde Siberia, en nombre de los socialdemócratas, un telegrama de salutación con motivo del triunfo de la «revolución nacional», cuyo objetivo consistía en la «conquista de las libertades políticas». Todos los dirigentes bolcheviques sin excepción -nosotros no conocemos ninguna- entendían que la dictadura democrática pertenecía todavía al porvenir. Cuando el gobierno provisional de la burguesía «haya dado todo lo que pueda dar de sí», se instaurará la dictadura democrática de los obreros y campesinos como antesala del régimen parlamentario burgués. Perspectiva completamente falsa. El régimen instaurado por la revolución de Febrero, no sólo no preparaba la dictadura democrática, sino que era la prueba viviente y definitiva de que esta dictadura era completamente imposible. Que la democracia conciliadora no había entregado el poder a los liberales porque sí, por culpa de la ligereza de un Kerenski y de la limitación de un Cheidse, lo demuestra el hecho de que durante los ocho meses siguientes luchara con todas sus fuerzas por la conservación del gobierno burgués, aplastando a los obreros, campesinos y soldados hasta que el 25 de octubre cayó combatiendo como aliada y defensora de la burguesía. Pero ya desde un principio era claro que si la democracia, que tenía ante sí objetivos gigantescos que realizar y contaba con el apoyo ilimitado de las masas, renunciaba voluntariamente al poder, esta actitud no obedecía precisamente a principios políticos ni a prejuicios, sino a la situación sin salida en que se encuentra la pequeña burguesía dentro de la sociedad capitalista, especialmente en los períodos de guerra y revolución, cuando se deciden los problemas fundamentales de la existencia de los países, los pueblos y las clases. Al entregar el cetro del gobierno a Miliukov, la pequeña burguesía decíase: «No; la obra que hay que acometer es superior a mis fuerzas.»

La clase campesina, en que se apoyaba la democracia conciliadora, encierra en forma embrionaria todas las clases de la sociedad burguesa. s, con la pequeña burguesía de las ciudades -que, dicho sea de paso, en Rusia no desempeñó nunca un papel serio- el protoplasma del cual sale la diferenciación de las nuevas clases en el pasado y en el presente. Los campesinos tienen siempre dos caras: una mira hacia la burguesía, otra hacia el proletariado. La posición intermedia, conciliadora, de todos los partidos «campesinos», tales como el socialrevolucionario, sólo puede mantenerse bajo las condiciones de un estancamiento político relativo; en épocas revolucionarias, llega inevitablemente un momento en que la pequeña burguesía tiene que elegir. Los socialrevolucionarios y los mencheviques eligieron desde el primer momento y mataron en embrión la «dictadura democrática» para evitar que ésta se convirtiese en un puente tendido hacia la dictadura del proletariado. No vieron que con ello abrían la puerta a ésta, aunque por el otro extremo. Por no servir de puente, prefirieron servir de blanco.

Evidentemente, el desarrollo del proceso revolucionario tenía que apoyarse en los nuevos hechos y no en los viejos esquemas. En la persona de sus representantes, las masas, en parte contra su voluntad y en parte sin que se dieran cuenta de ello, viéronse arrastradas por la mecánica de la dualidad de poderes. Desde este momento, no tenían más remedio que pasar por este régimen para convencerse prácticamente de que no podía darles ni paz ni tierra. En adelante, alejarse del régimen de la dualidad de poderes significará, para las masas, romper con los socialrevolucionarios y con los mencheviques. Pero era de una evidencia innegable que el cambio de frente operado por los obreros y soldados con rumbo a los bolcheviques y que acabó por derrumbar todo el edificio de doble poder, no podía ya conducir más que a la dictadura del proletariado, apoyada en la alianza de los obreros y los campesinos. En caso de derrota de las masas proletarias, sobre las ruinas del partido bolchevique no se hubiera podido implantar más régimen que la dictadura militar del capitalismo. Tanto en un caso como en otro, la «dictadura democrática» estaban de más. Al volver los ojos hacia ella, los bolcheviques se volvían en realidad hacia un fantasma del pasado. Así estaban las cosas cuando llegó a Petrogrado Lenin, animado por la resolución inquebrantable de conducir al partido por nuevos rumbos.

Es cierto que hasta el momento mismo de estallar la revolución de Febrero, el propio Lenin no había sustituido todavía por ninguna otra, ni siquiera condicional o hipotéticamente, la fórmula de la dictadura democrática. ¿Obró acertadamente? Nosotros creemos que no. Los derroteros del partido después de la revolución pusieron de manifiesto con caracteres harto peligroso, en aquellas condiciones, sólo un Lenin podía imponer. Y se disponía, en efecto, a hacerlo, poniendo al rojo y retemplando su acero en el fuego de la guerra. La perspectiva general del proceso histórico, tal como él la veía, cambió. Las conmociones de la guerra acentuaron extraordinariamente las posibilidades de la revolución socialista en Occidente. La revolución rusa que, para Lenin, seguía siendo democrática, imprimiría a su modo de ver, gran impulso a la transformación socialista de Europa, que luego arrastraría a su torbellino a la atrasada Rusia. Tal era, a grandes rasgos, la idea de Lenin cuando salió de Zurich hacia Petrogrado. En la carta de despedida a los obreros suizos, que citábamos anteriormente, se dice: «Rusia es un país campesino, uno de los países más atrasados de Europa. El socialismo no podrá triunfar allí de un modo inmediato. Pero el carácter rural del país, con el fondo inmenso de tierras señoriales que se ha conservado, puede infundir, a base de la experiencia de 1905, proporciones inmensas a la revolución democrático-burguesa en Rusia y hacer de nuestra revolución el prólogo de la revolución socialista mundial, un peldaño hacia ésta.» Inspirándose en ese sentido, Lenin dice por primera vez en esta carta que el proletariado ruso «comenzará» la revolución socialista.

He ahí el eslabón que unía la antigua posición del bolchevismo, en que la revolución se reducía a objetivos democráticos, a la nueva posición que Lenin definió por primera vez ante el partido en sus tesis del 4 de abril. A primera vista, la perspectiva de un tránsito inmediato a la dictadura del proletariado parecía completamente inesperada y en contradicción con las tradiciones del movimiento, inconcebible, en una palabra. Aquí es oportuno recordar que, hasta el momento mismo de la explosión revolucionaria de Febrero y en el período que inmediatamente la siguió, se calificaba de «trostquismo», no la idea de que fuera imposible edificar una sociedad socialista dentro de las fronteras de Rusia -por la sencilla razón de que la idea de tal «posibilidad» no fue expresada por nadie antes de 1924, y es poco probable que a nadie se le ocurriera-, sino la de que el proletariado de Rusia pudiera llegar al poder antes que el proletariado de los países occidentales, en cuyo caso no podría mantenerse dentro de los límites de la dictadura democrática, sino que tendría que afrontar inmediatamente la implantación de las primeras medidas socialistas. No tiene nada de extraño que las tesis leninistas de abril fueron tachadas de «trostquistas».

Las objeciones de los «viejos bolcheviques» se orientaban en distintos sentidos. La principal discusión giraba en torno al problema de si podía o no darse por terminada la revolución democrático-burguesa. Como la revolución agraria no se había hecho aún, los adversarios de Lenin afirmaban, con razón, que la revolución democrática no se había desarrollado hasta sus últimas consecuencias, y de aquí sacaban la conclusión de que no era factible la dictadura del proletariado, aun dado el caso de que las condiciones sociales de Rusia lo consintieran, en un plazo más o menos próximo. Así era, precisamente, como planteaba el problema la redacción de la Pravda, en el pasaje que hemos citado más arriba. Más tarde, en la conferencia de abril, Kámenev repetía: «Lenin no tiene razón cuando dice que la revolución democrático-burguesa ha terminado... La supervivencia clásica del feudalismo, la gran propiedad agraria, no ha sido liquidada aún... El Estado no se ha transformado todavía en sociedad democrática.... Aún no puede decirse que la democracia burguesa haya agotado todas las posibilidades.»

«La dictadura democrática -objeta Tosmki- es nuestra base... Debemos organizar el poder de proletariado y de los campesinos, no confundirlo con la Comuna, en que el poder pertenece exclusivamente al proletariado.»

Naturalmente, Lenin veía tan claramente como sus contrincantes, que la revolución democrática no había terminado aún, o más exactamente que, apenas iniciada, se volvía ya atrás. Pero, de aquí se deducía, precisamente, que sólo era posible llevarla hasta el fin bajo el régimen de una nueva clase, al cual no se podía llegar más que arrancando a las masas a la influencia de los mencheviques y socialrevolucionarios, o sea, a la influencia indirecta de la burguesía liberal. Lo que unía a estos partidos con los obreros, y sobre todo con los soldados, era la idea de la defensa -»defensa del país» o «defensa de la revolución»-. Por eso, Lenin exigía una política intransigente frente a todos los matices del socialpatriotismo. Separar al partido de las masas atrasadas, para después libertar a estas últimas de su atraso. «Hay que dejar el viejo bolchevismo -repetía-. Es necesario establecer una línea divisoria clara entre la pequeña burguesía y el proletariado asalariado.»

A quien observase superficialmente las cosas, podía parecerle que los adversarios inveterados habían trocado entre sí las armas, que los mencheviques y socialrevolucionarios representaban ahora a la mayoría de los obreros y soldados, dando realidad en la práctica a la alianza política del proletariado y la clase campesina, predicada siempre por los bolcheviques contra los mencheviques. Lenin exigía que la vanguardia proletaria rompiese esta alianza. En realidad, las dos partes permanecían fieles a sí mismas. Los mencheviques entendían, como siempre, que su misión era apoyar a la burguesía liberal. Su alianza con los socialrevolucionarios no era más que un recurso para reforzar e intensifica este apoyo. Y a su vez, la ruptura de la vanguardia proletaria con el bloque pequeño burgués, implicaba la preparación de al alianza de los obreros y los campesinos bajo el caudillaje del partido bolchevique,