lunes, 27 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, 23 DE 23


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

  


marxists.org

Capitulo XXIII

Conclusión

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.



En las primeras páginas de este trabajo hemos intentado poner de manifiesto cuán profundamente enraizada estaba la revolución de Octubre en las relaciones sociales de Rusia. Nuestro análisis no ha sido construido, ni mucho menos, retrospectivamente a la vista de los acontecimientos consumados, es anterior a la revolución. Y data incluso del año 1905, que le sirvió de prólogo.
Hemos aspirado en estas páginas a demostrar cómo actuaron las fuerzas sociales de Rusia sobre los acontecimientos de la revolución. Hemos seguido la actuación de los partidos políticos en sus relaciones con las clases. Las simpatías y las antipatías del autor pueden dejarse a un lado. Una exposición histórica tiene derecho a exigir que se reconozca su objetividad si, basándose en hechos contrastados con precisión, pone al desnudo el nexo intrínseco que los une en el plano del proceso real de las relaciones sociales. Las leyes internas que presiden este proceso y que salen a la luz en esa exposición son la mejor comprobación de su objetividad.
Por el momento, los acontecimientos de la revolución de Febrero que hemos hecho desfilar ante los ojos del lector han confirmado el pronóstico teórico, por lo menos a medias, por el método de las eliminaciones sucesivas: antes de que el proletariado subiera al poder, la vida se encargó de someter a prueba y desechar por inservibles todas las demás variantes del proceso político.
El gobierno de la burguesía liberal, con su rehén democrático, Kerenski, resultó ser un completo fracaso. Las «jornadas de abril» fueron el primer aviso franco que la revolución de Octubre daba a la de Febrero. Después de esto, el gobierno provisional burgués cede el puesto a un gobierno de coalición, cuya esterilidad no pasa día sin que se ponga de manifiesto. En la manifestación de junio, desencadenada por el propio Comité ejecutivo, aunque, la verdad sea dicha, no de un modo totalmente voluntario, la revolución de Febrero intenta medir sus fuerzas con la de Octubre y sufre una derrota cruel. Esta derrota era doblemente fatal por ocurrir en las calles de Petrogrado y haber sido inflingida por aquellos mismos obreros y soldados que habían hecho la revolución de Febrero, que luego les fue arrebatada de las manos por el resto del país. La manifestación de junio demostró que los obreros y soldados de Petrogrado navegaban hacia una segunda revolución, cuyas aspiraciones aparecían inscritas en sus banderas. Había signos inequívocos de que el resto del país seguía, aunque con el retraso inevitable, las huellas de Petrogrado. Al cuarto mes de existencia, la revolución de Febrero había dado ya políticamente todo lo que podía dar de sí. Los conciliadores habían perdido la confianza de los obreros y los soldados. El choque entre los partidos dirigentes de los soviets y las masas soviéticas era ya inevitable. Después de la manifestación del 28 de junio, que fue una contrastación pacífica de los efectivos de las dos revoluciones, la pugna irreductible entre una y otra tenía que tomar inexorablemente un carácter declarado y violento.
Así surgieron las «jornadas de julio». Dos semanas después de la manifestación organizada desde arriba, aquellos mismos obreros y soldados se echaron ya a la calle por propia iniciativa y exigieron del Comité ejecutivo central que tomara el poder. Los conciliadores se negaron a ello rotundamente. Las jornadas de julio acarrearon encuentros violentos en las calles, con víctimas, y terminaron con una represión despiadada contra los bolcheviques, a quienes se declaró responsables de la inconsistencia del régimen de Febrero. La proposición que había formulado Tsereteli el 11 de junio y que entonces fue rechazada -decretar a los bolcheviques fuera de la ley y desarmarlos- llevóse a la práctica en toda su integridad a principios de julio. Los periódicos bolcheviques fueron clausurados y se procedió a la disolución de los regimientos bolchevistas. Se les quitaron las armas a los obreros. Los jefes del partido fueron declarados agentes a sueldo del Estado Mayor alemán. Unos se escondieron, otros fueron a dar con sus huesos en la cárcel.
Pero en este «triunfo» obtenido en julio por los conciliadores sobre los bolcheviques, fue precisamente donde se puso de manifiesto, en toda su magnitud, la impotencia de la democracia. Los demócratas viéronse obligados a lanzar contra los obreros y los soldados a tropas abiertamente contrarrevolucionarias, enemigas no sólo de los bolcheviques, sino también de los soviets: el Comité ejecutivo no contaba ya con tropas propias.
Los liberales sacaron de esto una conclusión muy certera, que Miliukov se encargó de formular en forma de dilema: «¡O Kornílov o Lenin!» En efecto, en la revolución no había ya sitio para la áurea mediocridad. ¡O ahora o nunca! se dijo la contrarrevolución. Y el generalísimo Kornílov se alzó en armas contra la revolución so pretexto de dar la batalla a los bolcheviques. Del mismo modo que antes de la revolución no había forma de oposición legal que no se cubriese con el manto del patriotismo, es decir, de la necesidad de dar la batalla a los alemanes, después de la guerra, las diferentes formas y modalidades de contrarrevolución legal amparábanse todas en la necesidad de dar la batida a