miércoles, 9 de enero de 2019

VOX: CUANDO LLEGÓ LA EXTREMA DERECHA, ALETARGADA A LETARGADITA QUE CONTINUABA LA IZQUIERDA


La ola reaccionaria llega a España

Repaso histórico de la ultraderecha española hasta el auge de VOX

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Miguel Urbán Crespo
VIENTOSUR
07.01.2019

A principios de la década de los setenta, la gran mayoría de los europeos pensaban que el renacimiento de las organizaciones fascistas se articularía en torno a los restos de las dictaduras mediterráneas (Portugal, Grecia y España). El tiempo ha demostrado lo contrario, salvo el caso particular de Grecia, tanto en Portugal como en España, las opciones partidarias vinculadas al espectro de la ultraderecha han cosechado tradicionalmente los peores resultados electorales del continente. Al menos hasta las elecciones andaluzas de este pasado domingo donde la ultraderecha representada por VOX alcanzó un sorprendente 10% de los votos y 12 diputados. Todo un terremoto electoral no sólo por la irrupción de la extrema derecha en el parlamento andaluz, sino también porque la izquierda perdió la mayoría parlamentaria. Una situación que abre la puerta a que por primera vez en democracia gobierne la derecha en Andalucía. Gobierno que no será posible sin el apoyo de VOX.

Pero no nos engañemos, el fracaso electoral de la ultraderecha española hasta ahora no significaba, ni mucho menos, que los valores propios de la extrema derecha no se encontraran en nuestro arco institucional. Más bien, esta especie de “presencia ausente” de la extrema derecha española ha enmascarado la permanencia de un franquismo sociológico neoconservador y xenófobo. Sin embargo, carecía de una expresión política y se encontrada diluida hasta ahora en el interior de un Partido Popular “acogedor”. Ahora, por primera vez parece haber encontrado una expresión política propia en VOX.

La experiencia frustrada de la extrema derecha en la transición

En el ocaso de la dictadura, se conformó un sector de ultraderecha que actuó como lobby político, designado popularmente como el Bunker, que sería el germen de la gran mayoría de los partidos de la extrema derecha durante la transición. Los dos grupos hegemónicos de este sector fueron: Fuerza Nueva y la Confederación Nacional de Ex Combatientes.

La ultra-católica Fuerza Nueva, liderada por Blas Piñar, fundada en 1967, aglutinó a gran parte de los elementos más nostálgicos del franquismo y a un sector juvenil muy activo, gozando de gran capacidad de movilización, uno de los rasgos genéticos de la ultraderecha. “Su objetivo prioritario era convertirse en el eje de un movimiento aglutinante de todos aquellos franquistas nostálgicos del espíritu de la Cruzada y partidarios de que el régimen pusiera en práctica una represión más enérgica frente a la oposición y hacer posible la continuidad del sistema” 1/.

De hecho, Fuerza Nueva, constituido en partido político a partir de 1976, ha sido hasta el momento el único partido de extrema derecha que ha conseguido representación parlamentaria en el congreso de los diputados (1979; 379.463 votos). En 1979 alcanzó su cenit organizativo con una afiliación que oscilaba entre los cuarenta mil y los sesenta mil afiliados, fundó un sindicato propio (Fuerza Nacional del Trabajo), El Alcázar, revista convertida en semanario, mantuvo una tirada de 45.000 ejemplares vendidos por número y 13.000 suscriptores.

El fracaso del golpe de estado del 23-F y los escasos resultados electorales de 1982 cerraron las puertas de la transición política para la ultraderecha, que se vio incapaz de encontrar ninguna salida al proceso de reforma política emprendida en el tardo franquismo. Esta situación generó un sentimiento de desánimo y desorientación en los principales núcleos militantes de la extrema derecha, acrecentándose con el anuncio de disolución de Fuerza Nueva en el 20-N 2/ de 1982, motivada por los malos resultados electorales cosechados en las elecciones generales de ese mismo año.

La mayoría de los militantes y cuadros políticos de Fuerza Nueva se sintieron abandonados y traicionados por la organización en que habían militado, engrosando las filas de otros pequeños partidos de la ultra derecha española y/o mayoritariamente encontrando refugio en Alianza Popular. Esta experiencia política tuvo una importante repercusión en la extrema derecha española, hasta tal punto que marcaría la historia y las relaciones futuras entre los diferentes sectores de la ultra derecha española desde su fundación casi hasta nuestros días.
Con la disolución de Fuerza Nueva se daba por concluida la experiencia de la principal organización política del llamado búnker franquista. Fuerza Nueva, había sido el partido de extrema derecha que más apoyo electoral ha cosechado hasta la época en el Estado español. Unos años más tarde, en 1988 se cerraba El Alcázar. De esta forma se cerraba definitivamente el último residuo del llamado búnker franquista, inaugurándose una larga travesía por el desierto que continua todavía en nuestros días.

Alianza Popular: Una derecha acogedora

La Transición incorporó no pocos elementos de la dictadura al sistema democrático, en un proceso sin solución de continuidad en lo que se refiere a una parte muy importante de la estructura del régimen franquista, que nunca fue depurado. Diversos autores señalan esta impunidad como una razón sustancial a la hora de explicar la incapacidad de articular un movimiento de extrema derecha verdaderamente fuerte en España. De hecho, en diferentes estudios comparados sobre el resurgimiento de la extrema derecha en el ámbito europeo se reconoce que la especificidad española está relacionada, entre otros motivos, con el tipo de partido mayoritario de derechas que se conformó en nuestro país.

En este sentido, no podemos olvidar que los orígenes del propio Partido Popular se encuentran en la Alianza Popular promovida por Manuel Fraga en septiembre de 1976. Se trataba de una formación surgida de un grupo de notables del franquismo y caracterizada no sólo por la aplastante presencia de cargos públicos de la dictadura, sino sobre todo por tratar de dar base social y electoral a un movimiento de resistencia a la ruptura institucional con el régimen franquista. Pese a sus limitados resultados electorales en las dos primeras elecciones generales, esa táctica resistencialista posibilitó que, en los comicios de 1982, Alianza Popular obtuviera votos procedentes tanto del partido de Suárez, Centro Democrático y Social (CDS), como de Fuerza Nueva (alrededor de dos tercios de los votos obtenidos por FN en las elecciones de 1979) y provocó una crisis en esta última formación que, como vimos antes, la llevaría a su autodisolución.

Ya hemos señalado cómo muchos militantes y cuadros políticos de Fuerza Nueva engrosaron las filas de Alianza Popular, de manera que primero Alianza Popular y luego el Partido Popular se configuraron como las únicas expresiones electorales del franquismo sociológico. En este sentido, Aquilino Duque señala que no diré yo que todos los votantes del PP sean franquistas, pero sí que todos o casi todos los franquistas de España votan al PP, entre otras cosas porque no les queda —nos queda— otro remedio, es decir, porque, aunque sea de modo vergonzante y como pidiendo excusas, el PP hace como que defiende aquellos valores que eran la razón de ser del franquismo, a saber: la patria, la religión y la familia” 3/.

La persistencia de un arraigado franquismo sociológico cuarenta años después del final de la dictadura, demuestra los límites de la democracia de baja intensidad del régimen del 78, que todavía ni siquiera ha podido juzgar los crímenes del franquismo, lo cual denota que la impunidad es un elemento indispensable de la marca España. Esto explica, a su vez, muchos de los problemas que se han puesto sobre la mesa con la denominada crisis catalana o el intento de exhumar al dictador Franco del memorial del Valle de Cuelgamuros 4/.

El Aznarismo

La transformación de Alianza Popular en Partido Popular fue considerada por algunos analistas políticos como un giro hacia el centro, pero realmente sería más adecuado definirla a partir de la voluntad de construir un partido catch-all o atrapalotodo, que abarcara desde la ultraderecha hasta el llamado centro político. En esta nueva oferta, neoliberalismo y neoconservadurismo (a la americana) ha convivido con un nacionalismo español que no puede ocultar su continuidad con el franquista y que tampoco le permite apostar por un laicismo que rompa sus lazos con el catolicismo predominante en un amplio sector de su electorado. Así mismo, la adhesión al discurso neocon del denominado choque de civilizaciones facilitó la introducción progresiva de un discurso xenófobo. Mediante la explotación del malestar de capas populares autóctonas ante las consecuencias de la crisis sistémica que se proyectó frente a la población trabajadora inmigrante de religión musulmana en nombre de la defensa de los supuestos valores occidentales.

Teniendo en cuenta esa combinación de mensajes y propuestas, tan inadecuado sería considerar al PP un partido de derechas clásico —similar a la CDU de Merkel— como asimilarlo al ascenso de la extrema derecha o de la derecha neofascista europea. Con los primeros tiene una diferencia de raíz histórica en cuanto que no ha renegado de sus antecedentes franquistas y, además, ha mostrado su predisposición a recurrir a formas de movilización extraparlamentaria ajenas a las de esos partidos, salvo en situaciones extremas (como ocurrió, por ejemplo, en Francia en mayo de 1968). Por su parte, de los segundos se distingue porque, pese a recoger parte de sus mensajes y formas de protesta, ni lo hace con la beligerancia ideológica propia de esos grupos ni los sitúa en el primer plano de su agenda política.

Pero podemos decir, que la crisis del PP se ha convertido en una crisis de la derecha española que ha abierto la ventana de oportunidad a que por primera vez en décadas pueda haber un espacio electoral propio para la ultraderecha española. Una crisis de la derecha española que tiene su elemento más paradigmático en la inédita competencia electoral en ese espectro político, hegemonizado en solitario hasta ahora por el PP.
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2019 QUE SE TE VE EL PLUMERO: TIENES LA MISMA CARA QUE TU PADRE EL 2018


La posmodernidad de la izquierda española ante América Latina



DAVID RODRIGUEZ
EL INSURGENTE.ORG
06/01/2019

El año 2018 se despide con un debate aún abierto en la izquierda española que marcará su futuro en las próximas décadas.

Hace referencia al fenómeno que Daniel Bernabé definió como trampa de la diversidad para dar la voz de alarma ante la hegemonía de las tesis posmodernas en la izquierda, es decir, aquellos planteamientos y actuaciones políticas fragmentadas sin la conciencia de clase obrera como elemento unificador, y que bajo el estricto control neoliberal de los tiempos, formas y contenidos, ha tenido consecuencias negativas no ya para la victoria de la izquierda sino para la supervivencia de la misma y las condiciones de vida de la clase trabajadora.

La izquierda se podría definir como un constructo cultural representado a través de unas organizaciones socio-políticas que colectivamente luchan contra la injusticia y la explotación del sistema capitalista (la derecha) al tiempo que construyen una sociedad nueva mediante la lucha de clases. Al menos ese era un lugar común y aceptado que tuvo su gran protagonismo en el siglo XX. Hoy en día, muchas de estas organizaciones de izquierda han degenerado en instrumentos inútiles para la revolución, en gran parte como consecuencia de su deriva hacia la política electoral mediatizada como forma de lucha casi exclusivamente, con la subsiguiente adaptación camaleónica a los cánones politicamente aceptables dentro del sistema, en formas y en contenidos. Otro gran factor de la victoria de la derecha es que ha conseguido que la izquierda juegue con las reglas del rival, es decir, que asuma sus formas individualistas de lucha, conviertiéndose los objetivos colectivos en aspiraciones personales. Evidentemente, el sistema le aplica la guerra, primero mediática, luego judicial, política, económica y diplomática, y si hace falta la militar directa o indirecta, o todas combinadas a un tiempo, a quien se opone a ella o no responde a sus intereses. En definitiva, se trata de un contexto adverso en el que el neoliberalismo cuenta con la ventaja del gran logro cultural: haber conseguido que la mayoría social, incluida gran parte de la autodenominada izquierda, haya interiorizado su visión occidental del sistema económico, político y cultural, el capitalismo, como único posible.

En el estado español el tablero electoral se ha derechizado hacia el codiciado centro como consecuencia de la aceptación explícita, en la mayoría de los casos, o de manera insconsciente en menor medida, de las tesis posmodernas. En el sector de la la izquierda se encuentran opciones políticas diversas: algunas que voluntariamente asumen las posiciones posmodernas o de aquella tercera vía socialdemócrata, que dicen reformar el capitalismo desde el propio sistema (aunque ya sabemos en lo que quedaron, en qué guerras nos metieron y a quien beneficiaron); otras fuerzas que han evolucionado de posiciones izquierdistas a posmodernas, con una pugna entre sus filas que aun no se han resuelto del todo; y hay otras que se mantienen en posiciones de principios ideológicos de izquierda, aunque les pase factura electoral o de apoyo social en un primer momento. Este proceso posmoderno ha traído consigo una restructuración de la función de las organizaciones de izquierda que trae acompañado el abandono de los posicionamientos políticos, condicionadas por las citas electorales y el poder mediático, ya sea en la defensa de la nacionalización de los sectores estratégicos, energía o banca, en la lucha contra la OTAN y las intervenciones militares, o en el apoyo a los procesos revolucionarios y progresistas en América Latina, por ejemplo.

Aun ante este escenario neoliberal adverso, hay quien sigue reivindicando la necesidad de articular y fortalecer lo que se ha llamado, en una dicotomía perversa, la izquierda tradicional, a saber, aquellas políticas organizadas en torno a un proyecto de sociedad anticapitalista, referenciados en una historia de lucha y unos valores y principios de solidaridad internacionalista con unos objetivos bien definidos contra la desigualdad, la guerra y el imperialismo, y en defensa de la justicia social y la democracia participativa. La izquierda que, por tanto, reivindica la conciencia de clase y la unión organizada de los trabajadores y trabajadoras para superar el capitalismo.