jueves, 23 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA 19 de 23

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

  


marxists.org

Capitulo XIX

La ofensiva

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba operando un constante desplazamiento político de fuerzas: la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía en un instrumento de la Entente para dominar la revolución, los comités del ejército, que habían surgido como una representación de los soldados contra el mando, convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.
La composición de los comités era muy heterogénea. Había en ellos no pocos elementos patrióticos de buena fe que identificaban la guerra con la revolución y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba, jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de división y de regimiento. Finalmente, los comités albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de maniobras.
El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios. La democracia no podía poner en pie al ejército, por la misma razón por la cual no podía tomar en sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación. Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni los generales querían participar en un desfile organizado por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él el desfile era irrealizable.
La alta oficialidad iba acercándose más y más a los kadetes en espera de que levantaran la cabeza partidos más reaccionarios. Los intelectuales pequeño burgueses podían dar al ejército, como lo habían dado bajo el zarismo, un contingente considerable de pequeña oficialidad; pero eran incapaces de crear un cuerpo de mando a su imagen y semejanza, por la sencilla razón de que carecían de imagen propia. Como había de demostrar el curso ulterior de la revolución el cuerpo de mando había que sacarlo, tal y como era, de la nobleza y la burguesía, como hacían los blancos, o formarlo y educarlo a base de una selección proletaria, como hacían los bolcheviques. No había otro camino. Los demócratas pequeño burgueses no podían hacer ni lo uno ni lo otro. Tenían que persuadir, rogar, engañar a todo el mundo, y cuando veían que no conseguían nada, llevados por la desesperación, entregaban el poder a la oficialidad reaccionaria para que ésta se encargase de infundir las sanas ideas revolucionarias al pueblo.
Una tras otra iban abriéndose las llagas de la vieja sociedad, destruyendo el organismo del ejército. El problema de las nacionalidades, en todos sus aspectos -y en Rusia abundaban-, iba penetrando, cada vez más, en las raíces de las masas militares, integradas en grandísima parte, en más de la mitad, por elementos no rusos. Los antagonismos nacionales se entretejían y cruzaban en distinto sentidos con los de clase. La política del gobierno en este terreno, como en todos los demás, era vacilante y confusa, lo cual la hacía parecer doblemente pérfida. Había generales que se entretenían creando formaciones nacionales, por ejemplo, el «cuerpo musulmán con disciplina francesa» en el frente rumano. En general, estas nuevas formaciones nacionales resultaron ser más eficientes que las del viejo ejército, pues habían sido creadas en torno a una nueva idea y bajo una nueva bandera. Pero esta cohesión nacional no duró mucho tiempo; el rumbo que había de tomar la lucha de clases no tardó en quebrantarla. El mismo proceso de las formaciones nacionales, que amenazaba con extenderse a la mitad del ejército, colocaba ya a éste en un estado de fluctuación, descomponiendo las viejas unidades antes de que tuvieran tiempo de formarse las nuevas. Pro todas partes surgían calamidades.
Miliukov escribe en su historia que lo que perdió al ejército fue el «conflicto planteado entre las ideas de la disciplina revolucionaria y la de la disciplina militar de tiempos normales», entre la «democratización» del ejército y la conservación de su «capacidad combativa»; bien entendido que al decir «disciplina de los tiempos normales» se alude a la que regía bajo el zarismo. Parece que un historiador no debía ignorar que toda gran revolución determina la desaparición del viejo ejército, arrollado no precisamente por el choque entre principios abstractos de disciplina, sino entre clases de carne y hueso. La revolución no sólo permite imponer una severa disciplina en el ejército, sino que la crea. Lo que ocurre es que esta disciplina no la pueden imponer precisamente los representantes de la clase derrocada por la revolución.
«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización del ejército y la completa descomposición de la disciplina han sido siempre la condición, a la par que el fruto, de toda revolución triunfante.» Toda la historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente que el ejército que había hecho la revolución iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres acusaban de utopistas a los bolcheviques!
A principios de mayo, el general Brusilov caracterizaba, de un modo bastante preciso, en la conferencia celebrada en el Cuartel general, el estado del mando; un 15 a un 20 por 100 de jefes y oficiales se habían sometido al nuevo orden de cosas por convicción; una parte de los oficiales empezaba a coquetear con los soldados y a hostigarlos contra el mando; la mayoría, cerca del 75 por 100, no se resignaba a adaptarse, sentíase ofendida, se encerraba en su concha y no sabía lo que se hacía. Además, desde el punto de visa puramente militar, la aplastante mayoría de la oficialidad no servía para nada.
En la conferencia celebrada con los generales, Kerenski y Skobelev se disculparon con todas sus fuerzas por la revolución, que, desgraciadamente, «continuaba» y con la cual había que contar. El general de las «centurias negras», Gurchkov, objetó a los ministros en tono de mentor: «Decís que la revolución continúa. Dadnos oídos a nosotros... contened la revolución y facilitadnos a nosotros los militares, los medios para cumplir hasta el fin con nuestro deber.» Kerenski se esforzó en complacer en todo a aquellos simpáticos generales... hasta que uno de ellos, el valeroso Kornílov, casi lo ahoga en sus brazos de puro cariño.
La política conciliadora en plena revolución es una política de oscilaciones febriles entre las clases. Kerenski era la encarnación viva de estas oscilaciones. Puesto al frente del ejército, inconcebible sin un régimen claro y decidido, convirtióse en el instrumento inmediato de su descomposición. Denikin cita una curiosa lista de personas destituidas de sus puestos del alto mando, lista hecha al azar, pues nadie sabía, y Kerenski menos que nadie, en qué sentido había que proceder. Alexéiev destituyó al jefe del frente, Ruski, y al comandante del ejército, Radko-Dimitriev, por su debilidad y su tolerancia para con los comités, impulsado por los mismos motivos, destituyó Brusílov a Yudenich, que se había acobardado. Kerenski destituyó al propio Alexéiev y a los generalísimos Gurko y Dragomitov por la resistencia que oponían a la democratización del ejército. La misma razón hizo que Brusílov destituyese al general Kaledin, hasta que a él mismo le destituyeron también por su indulgencia excesiva hacia los comités; Kornílov hubo de abandonar el mando de la región militar de Petrogrado por su incapacidad para convivir con la democracia, lo cual no impidió que se le confiara después el mando del frente y que luego pasara al mando supremo. Denikin fue destituido de su cargo de jefe del Estado Mayor de Alexéiev, por su postura claramente reaccionaria; sin embargo, no tardó en ser designado general en jefe del frente occidental. Esta confusión, que atestiguaba que en las alturas no sabían lo que hacían, ni lo que querían, llegaba desde los generales hasta los sargentos, acelerando la descomposición del ejército.
Los comisarios, al mismo tiempo que exigían que los soldados obedecieran a los oficiales, desconfiaban de éstos. En el momento en que la ofensiva se hallaba en su apogeo, en la reunión del soviet de Mohilev, celebrada en la residencia del Cuartel general en presencia de Kerenski y Brusílov, uno de los miembros del soviet declaró: «El 88 por 100 de la oficialidad del Cuartel general crea con su conducta un peligro contrarrevolucionario.» Para los soldados, esto no era ningún secreto, pues habían tenido tiempo suficiente de conocer a sus oficiales antes de la revolución.
En el transcurso de todo el mes de mayo, en los comunicados del mando vibra siempre, con diversas variantes, la misma idea: «La actitud con respecto a la ofensiva es, en general, desfavorable, sobre todo por parte de la Infantería. A veces, añadían: «La situación es un poco mejor en la Caballería y bastante mejor en la Artillería.»
A fines de mayo, cuando ya se estaban movilizando las tropas para la ofensiva el comisario del séptimo ejército telegrafiaba a Kerenski: «En la división 12ª, el regimiento 48º ha entrado en acción en su totalidad; del 45º y del 46º, la mitad solamente; el 47º se niega a atacar. De los regimientos de la 13ª división ha entrado en acción el 50º regimiento casi en su integridad. Promete hacerlo mañana el regimiento 51º; el 49º no ha obrado de acuerdo con las órdenes transmitidas, y el 52º se ha negado a moverse, deteniendo a todos sus oficiales.» Este espectáculo se observaba casi por todas partes. El gobierno contestó en los siguientes términos a la comunicación del comisario: «Disolver los regimientos 45º, 46º, 47º y 52º y entregar a los oficiales y soldados que hayan excitado a la desobediencia.» Esto tenía un aire amenazador, pero no asustaba a nadie. Los soldados que no apetecían combatir no tenían que temer ni a la disolución ni a los tribunales. Para poner en movimiento a las tropas fue preciso movilizar a unos regimientos contra otros. De instrumento de represión servían casi siempre los cosacos, ni más ni menos que bajo el zar, con la diferencia de que ahora eran los socialistas los que los mandaban, pues no hay que olvidar que se trataba de defender la revolución.
El 4 de junio, menos de dos semanas antes de que se iniciara la ofensiva, el jefe de Estado Mayor del Cuartel general comunicaba: «El frente norte continúa en estado de efervescencia; los soldados siguen confraternizando y en la Infantería la actitud ante la ofensiva es desfavorable... En el frente occidental la situación es incierta. En el suroccidental se nota una cierta mejoría en la moral de las tropas... En el frente rumano no se observa ninguna mejoría sensible: la Infantería no quiere atacar...»
El 11 de junio de 1917, el jefe del regimiento 61º escribe: «Lo único que los oficiales y yo podemos ya hacer es ponernos en salvo, pues ha llegado de Petrogrado un soldado leninista de la 5ª compañía... Muchos de los mejores soldados y oficiales han desaparecido ya.» Por lo visto, bastaba con que un adepto de Lenin se presentase en el regimiento para que la oficialidad se diera a la fuga. Aquí, el soldado que acababa de llegar era, indudablemente, la varilla que se introduce en una disolución saturada para producir la cristalización. Sin embargo, no bata lo que aquel buen coronel diga para suponer que se trataba efectivamente de un bolchevique. Por aquellos días, el mando aplicaba el calificativo de leninista a todo soldado que levantara un poco audazmente la voz contra la ofensiva. Muchos de estos «leninistas» seguían creyendo todavía de buena fe que Lenin había venido a Rusia con una comisión del káiser. El jefe del 71º regimiento intentaba intimidar a sus soldados amenazándolos con sanciones por parte del gobierno. Uno de los soldados le replicó: «Derribamos al gobierno anterior y podemos hacer otro tanto con el de Kerenski.» Los soldados, influidos por la agitación de los bolcheviques y aun rebasándola en mucho, sabían ya expresarse de otro modo.
Ya a fines de abril, la escuadra del Mar Negro, que se hallaba bajo la dirección de los socialrevolucionarios, y que, a diferencia de la de Kronstadt, era considerada como un reducto del patriotismo, envió por el país a una delegación especial de trescientos hombres, a la cabeza de la cual iba el bravo estudiante Batkin disfrazado de marinero. En esa delegación había no poco de carnavalesco, pero había también mucho de sincero entusiasmo. La delegación difundió por el país la idea de llevar adelante la guerra hasta el triunfo final; pero a cada semana que pasaba, el auditorio se le volvía más hostil. Y al mismo tiempo que los marineros del Mar Negro iban bajando cada vez más el tono de su prédica en favor de la ofensiva, presentábase en Sebastopol una delegación del Báltico a hacer campaña en favor de la paz. Los marineros del norte tuvieron más éxito en el sur que los meridionales en el norte. Bajo la influencia de los marineros de Kronstadt, los de Sebastopol emprendieron el 8 de junio el desarme del mando y procedieron a detener a los oficiales más odiados.
En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba que en «aquella escuadra, modelo del mar negro, que había enviado delegaciones patrióticas por todo el país, en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse, en un momento tan crítico, una explosión de este género. ¿Qué significa esto?» La pregunta se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los jefes y a los vocales de los comités. No había más remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva pondría fin al desconcierto y daría un carácter definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto. Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática, era natural que en el frente los miembros de los comités, mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible la revolución, pero que era incompatible con la guerra. Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité iban evolucionando, día a día, hacia la derecha de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo disminuía por momentos su prestigio entre los marineros y los soldados.» Y daba la casualidad de que para guerrear lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.
Brusílov inclinóse, con la venia de Kerenski, hacia la formación de batallones de choque de voluntarios, con lo cual venía a reconocer abiertamente la ausencia de capacidad combativa en el ejército. A esta empresa asociáronse inmediatamente los elementos heterogéneos, aventureros muchos de ellos, tales como el capitán Muraviov, quien, después de la revolución de Octubre, se fue con los socialrevolucionarios de izquierda para luego, después de unas cuantas acciones turbulentas y brillantes a su manera, traicionar al poder de los soviets y caer atravesado por una bala, no se sabe bien si bolchevique o propia. Huelga decir que la oficialidad contrarrevolucionaria se aferró ávidamente a esta idea de los batallones de choque, que les venían al dedillo como forma legal para encuadrar sus fuerzas. Pero la iniciativa no encontró apenas eco entre las masas de los soldados. Los hambrientos de aventuras formaron los batallones femeninos de «Húsares negros de la Muerte». Uno de estos batallones fue, en octubre, la última fuerza armada de que dispuso Kerenski para la defensa del Palacio de Invierno.
El militarismo alemán no tenía gran cosa que temer de todas estas invenciones, aunque el fin perseguido no fuese otro que contribuir a derrocarlo.
La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a los aliados para principios de primavera iba aplazándose semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que se emprendiese una ofensiva inmediata, los aliados no reparaban en procedimientos. Al mismo tiempo que Vandervelde lanzaba sus patéticas soflamas, sus poderdantes amenazaban con suspender el suministro de material de guerra. El cónsul general de Italia en Moscú declaró en la prensa, no en la italiana, sino en la rusa, que caso de que Rusia negociase una paz separada, los aliados dejarían al Japón en completa libertad de movimientos en Siberia. Y los periódicos liberales, no los de Roma, sino los de Moscú, publicaban con patriótico entusiasmo estas conminaciones insolentes, aplicándolas no precisamente a la eventualidad de una paz separada, sino a la demora de la ofensiva. Los aliados no se andaba tampoco con cumplidos en otros respectos, por ejemplo, en el de la Artillería de pacotilla enviada a Rusia: el 35 por 100 de los cañones hubieron de ser retirados por inservibles al cabo de dos semanas de funcionar muy moderadamente. Inglaterra restringía los créditos. En cambio, los Estados Unidos, nuevo protector, concedía al gobierno provisional, sin consultarlo con Inglaterra, un crédito de setenta y cinco millones de dólares para la ofensiva que se avecinaba...
La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito de la Libertad». Por su parte, la monarquía derribada aprovechábase de la ocasión que se le brindaba para recordar que existía: en una declaración enviada al gobierno provisional, los Romanov expresaban su deseo de suscribirse al empréstito; pero añadían que «la cantidad suscrita dependería del hecho de que el Tesoro contribuyese o no a sostener a los miembros de la familia real». Y todo esto lo leía el ejército, que no ignoraba que la mayoría del gobierno provisional, al igual que la alta oficialidad, seguía confiando vivamente en la restauración de la monarquía.
Justo es consignar que en los países aliados no todo el mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse también voces advirtiendo del peligro. «El ejército ruso no es más que una fachada -decía el general Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un poco.» En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones. Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente Painlevé- producía tales estragos (faisait de tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso podía correrse el riesgo de una rápida descomposición.»
La preparación de la ofensiva, desde el punto de vista político, corría a ca