martes, 1 de abril de 2025

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¡Ya salió el Topo de marzo! La Guerra civil del occidente colectivo (artículo en abierto)

 

Artículos de Manolo Monereo, Armando Fernández Steinko, Carlo Formenti, Higinio Polo, Miguel Candel y Javier Enríquez Román. Entrevista de Salvador López Arnal a Carlos Tuya.


¡Ya salió el Topo de marzo! La Guerra civil del occidente colectivo (artículo en abierto)


Manolo Monereo

El Viejo Topo

1 abril, 2025 



Artículo en abierto de la Revista El Viejo Topo, nº447, de abril de 2025

Además, en la revista de este mes: primera parte de «Anatomía de la izquierda gentrificada» por Armando Fernández Steinko.  «El carnicero de Riga es un héroe letón» por Higinio Polo; Carlos Formenti continúa su recorrido sobre las luchas africanas contra el Imperialismo a través de la figura de Amílcar Cabral; Entrevista de Salvador López Arnal a Carlos Tuya.; «El futuro es siempre oscuro» de Miguel Candel. Y en CINE, David Lynch El otro lado del espejo por Javier Enríquez Román.


 

La guerra civil del Occidente Colectivo

por Manolo Monereo



La occidentalización del mundo, la otra cara de la globalización neoliberal, ha fracasado. Tanto más traumático será el declive histórico de Occidente cuanto más se nieguen sus líderes a reconocer la inevitabilidad del futuro mundo multipolar. 

“El poder es esencialmente jerárquico y conflictivo, y su disputa implica una competencia permanente por más poder y por la conquista y control monopolístico de las condiciones más favorables para la expansión de ese poder”

José Luis Fiori, 2024 

Los hechos en sí poco dicen si no se tiene un marco teórico que los interpreten y les den sentido. Esto es así siempre; ahora mucho más. ¿Por qué? Porque la historia real evoluciona a saltos, con quiebres, con rupturas. Hay periodos de normalidad, es decir, de sucesión de acontecimientos en un espacio-tiempo homogéneo, estandarizado, previsible. Hay también periodos de fracturas, de discontinuidades radicales.

Su característica básica: la excepción se convierte en “normalidad” y el tiempo se acelera. Cada mañana desayunamos con algo nuevo, los acontecimientos se suceden vertiginosamente; nos asombran, nos inquietan, no lo entendemos. Atisbamos el peligro y nos quedamos sin referentes. Los actores estatales, los grandes operadores financieros y empresariales, los formadores de opinión suelen interpretar estas fases históricas como periodos de caos, de desorden, de incertidumbre. Son épocas de crisis y se viven como tales.

La cita de Gramsci parece obligada, por mucho que le pese a Adam Tooze: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se dan los más diversos fenómenos morbosos”.  Ahora bien, hay que tener cuidado. El viejo sardo la formula relacionándola con “la crisis de autoridad”, cuando “la clase dominante ha perdido el consenso, esto es, si ya no es “dirigente” sino solo “dominante”, detentadora de pura fuerza de coerción, esto significa simplemente que las grandes masas se han separado de las ideologías tradicionales, ya no creen en lo que creían antes, etc.”. Después, solo después, viene la cita tan repetida en estos días, que, es bueno recordarlo, se relaciona inmediatamente con la “cuestión de los jóvenes”. Yo la voy a emplear en este sentido más general y en otro más restringido relacionado con la crisis de hegemonía en las relaciones (de poder) internacionales.

Conviene no dejarse confundir desde el principio.  No, no es verdad que ahora se esté poniendo fin al orden internacional instaurado después de la Segunda Guerra Mundial. Eso terminó con la desintegración / derrota de la Unión Soviética y la disolución del Pacto de Varsovia. Lo que ahora se pone fin es al Orden Internacional proclamado e impuesto por los EEUU desde, al menos, 1991. Lo que se quiere esconder es que ese orden institucionalizaba una determinada correlación de fuerzas (de dominio y control) bajo hegemonía unipolar norteamericana basada en unas “normas” singulares; definidas, interpretadas y aplicadas por el “soberano” victorioso sobre el “imperio del mal”. El “momento” unipolar implicaba subordinar el Derecho Internacional a los intereses de los EEUU, poner a su servicio las instituciones internacionales y arrogarse el (único) poder para hacer y declarar la guerra.

Hagamos memoria, porque se dijo y se ha repetido muchas veces: con el Consejo de Seguridad de las NNUU cuando es posible; sin él, cuando el Presidente de los EEUU lo considera necesario. ¿Damos ejemplos? Somalia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen…. intervenciones militares sin el apoyo del Consejo. Con su “Orden” y con sus “normas” siempre se han dado a sí mismos el derecho y la legitimidad para sancionar, criminalizar e intervenir militarmente cuando sus intereses se ponen en peligro. El presidente Carter dijo que su país era el más belicoso de la historia. No se equivocaba. 

El “Orden Internacional basado en normas”, impulsó nuevas relaciones de poder, nuevas alianzas entre países y reajustó con mano firme el sistema-mundo capitalista. En su centro, el Occidente colectivo. Su proyecto: la globalización neoliberal/la occidentalización del mundo. Hay que precisar. Este “Occidente” no es el Occidente realmente existente en su sustancial pluralidad y en su radical diversidad, es una construcción político-cultural hegemonizada por los EEUU, con el Reino Unido como secundario de lujo. Las clases dirigentes anglosajonas se han considerado a sí mismas como el verdadero Occidente; los salvadores de una Europa decadente, hipotecada por un pasado glorioso y sin voluntad de poder. Sus esperanzas siempre estuvieron con la “otra” Europa, la del Este, la anticomunista y anti rusa.

Desde el primer momento, la Administración norteamericana fue consciente de que, en el nuevo orden que estaba construyendo, la condición previa para mantener amarrada, bien sujeta a Europa era integrar a estos países en la OTAN y en la Unión Europea; con ellos difícilmente habría autonomía estratégica real, tampoco sería posible una Europa políticamente independiente y, algo fundamental, no habría un espacio económico-social regulado capaz de oponerse a las políticas (neo)liberales que organizaban el “nuevo siglo americano”. La Europa del euro no fue, como se dijo hasta la saciedad en ese momento, la alternativa al poder del dólar sino la garantía de que este no sería cuestionado, que los grandes conglomerados financieros e industriales norteamericanos seguirían gozando de los privilegios que habían tenido hasta el presente. 

No es este el lugar para dar cuenta de lo que fue y ha sido la globalización neoliberal. Basta decir que fue una ideología, un proyecto político y una realidad objetiva. Lo fundamental es que pretendió –y en gran medida consiguió– liberar al capital de los controles políticos y sociales que, durante más de treinta años, lo embridaron, fundamentalmente al capital financiero. Los Estados nacionales se convirtieron en el enemigo a batir; su desmontaje fue la gran tarea del momento. Se desconectó la “cuestión social” de la “cuestión democrática” y las políticas liberales se convirtieron en obligatorias. La globalización, se repitió una y mil veces, era deseable e inevitable y la convirtieron en el único horizonte de lo posible. La izquierda y la derecha se hicieron neoliberales y el keynesianismo pasó a ser una doctrina obsoleta y hasta peligrosa.  Todo lo demás era autarquía y nacionalismo. La Unión Europea, hay que insistir, fue el dispositivo estratégico para imponer la globalización en un espacio político definido por conflicto social y político, por un movimiento obrero que había acumulado experiencia sindical y poder contractual y por una izquierda, en su versión socialdemócrata o en su versión comunista, comprometida con los derechos sociales, el Estado de bienestar y, sobre todo, con el pleno empleo.

En todas partes la globalización transformó las relaciones de poder entre las naciones y las clases, impuso una nueva división del trabajo y formas flexibles de gestión de la fuerza laboral, propició la descentralización productiva y debilitó enormemente el poder contractual de los sindicatos, allí donde tenían peso e influencia; es decir, en las economías centrales. Dicho de otra forma, la globalización generó coaliciones de ganadores y perdedores tanto social como territorialmente; las desigualdades sociales se incrementaron y las viejas identidades de las clases subalternas se fueron disolviendo en un espacio público cada vez más colonizado por un individualismo que se hizo de masas, por el descrédito del socialismo (en cualquiera de sus acepciones) y rechazo de la política como instrumento de transformación social. 

La otra cara de la globalización fue lo que Alexandr Zinoviev llamó la “occidentalización” del mundo. Se trata de un concepto complejo y no exento de contradicciones. El conocido filosofo e intelectual ruso-soviético lo definió como “la tendencia de Occidente a hacer que los demás países se parezcan a él en estructura social, economía, ideología, psicología y cultura”. Se trata en todas partes de construir sociedades e instituciones que reproduzcan el tipo de capitalismo y los marcos jurídicos-políticos que los anglosajones consideran obligatorios y universales. Zinoviev va perfilando los rasgos del occidentalismo: totalitarismo monetario, tipo de capitalismo que se postula, la supra economía (el poder global de los EEUU), la democracia colonial, etc. Lo fundamental:

“El fin de la occidentalización es situar a los otros países en su esfera de influencia, poder y explotación, y no como socios paritarios con las mismas oportunidades, lo cual sería imposible dada la desigualdad efectiva de fuerzas, sino con el papel que Occidente considere para sus fines”. Sin olvidar un elemento clave: “Occidente tiene poder suficiente para impedir que aparezcan países de tipo occidental independientes que representen una amenaza para su dominio de la parte del planeta conquistada y sus aspiraciones de dominio de todo el planeta”.

Todo esto terminó con la crisis financiera internacional de 2008. Pocos la previeron y menos aún sacarán las consecuencias geopolíticas de un acontecimiento histórico que ponía fin al “corto” dominio unipolar de EEUU. Lo que se anunciaba como el nuevo siglo americano duró apenas 20 años, y hoy, lo que queda, se va (dramáticamente) disolviendo entre las amenazas de un conflicto nuclear y las esperanzas de un mundo multipolar que inaugure una nueva etapa que ponga fin a la larga hegemonía de Occidente y reconozca, de una vez por todas, la pluralidad civilizatoria, económica y de poder de un mundo que considera llegado el momento de autogobernarse. Lo dicho, comenzó un interregno que ponía en cuestión los fundamentos de un orden impuesto y se iniciaba una transición que aceleradamente lo estaba cambiando todo.

La gran potencia norteamericana en declive tenía dos grandes opciones: reconocer los cambios que se estaban produciendo en las relaciones internacionales para intentar gobernarlos, dirigirlos, y sacar partido de su predominio relativo, o enfrentarse a ellos con el único poder real y efectivo donde seguía teniendo superioridad, a saber, el político-militar. Al final, estas dos opciones han terminado por cristalizar en dos coaliciones que han dividido duradera y radicalmente a la clase política norteamericana y está llevando a una guerra civil al Occidente colectivo, es decir, a las provincias del imperio: Unión Europea, Reino Unido y su más directa Commonwealth (Canadá, Australia y Nueva Zelanda), Japón y Corea del Sur. Lo que representan Donald Trump y Joe Biden tiene mucho que ver con estos dilemas que estamos viviendo en vivo y en directo.

Las clases dirigentes norteamericanas han tenido como uno de sus referentes ideales a Grecia y a Roma. El patriciado, los dueños del país, se sintieron y se siguen sintiendo, en gran medida, herederos de la cultura clásica y se han imaginado a si mismos como continuadores de un modo de organizar el mundo y la política a la altura de ese ejemplo histórico. El imperio que han ido construyendo se ha basado en una sofisticada combinación de poder duro, poder blando y de poder estructural que les permitió diseñar instituciones y reglas internacionales que siempre le benefician. La clave ha sido siempre la cooptación de las élites económicas, políticas, culturales y militares. Ha sido un trabajo ingente, sistemático y a largo plazo. Hegemonía político-cultural, control y dominio político-militar y la protección de las clases económicamente dominantes de los protectorados, se han ido dosificado según cada coyuntura histórica, posibilitado por el consenso sólido, férreo de una clase política bipartidista unida en lo fundamental: perpetuar unas relaciones de poder que le son ampliamente favorables.

Brzezinski, siempre lúcido y claro, destacaba que el sistema de poder global estadounidense –por factores domésticos– ponía el acento en la técnica de cooptación basada “en el ejercicio indirecto de la influencia sobre élites extranjeras dependientes, mientras que obtiene grandes beneficios a través del atractivo que ejercen sus principios democráticos y sus instituciones. Todo lo anterior se refuerza con el impacto masivo pero intangible de la dominación estadounidense sobre las comunicaciones globales, las diversiones populares y la cultura de masas, y por la influencia potencialmente muy tangible de la tecnología punta estadounidense y de su alcance militar global”. Más claro no se puede decir. 

La globalización neoliberal capitalista ha estado repleta de paradojas; rápidamente generó fuerzas que no fue capaz de controlar. Ha propiciado la integración de China en el mercado mundial desde una posición cada vez más autónoma; ha permitido, a pesar de las sanciones y de los intentos permanentes de desestabilización, que Rusia reconstruyera su Estado-civilización; ha (norte)americanizado fuertemente la vida pública europea, haciéndola más dependiente y subalterna de los intereses de Estados Unidos y, lo más significativo, ha puesto en crisis al Estado-Nación que la impulsó y la convirtió en la plataforma estratégica de nuevas relaciones  de dominio y control. Donald Trump es efecto y no causa de esta crisis. Quien no parta de aquí, difícilmente entenderá el conflicto que asola al Occidente colectivo.

Como en el viejo imperio romano, los conflictos, las guerras civiles se trasladan del centro a las provincias, a las colonias. Las clases dirigentes de los Estados europeos, las élites que dirigen la UE y las estructuras de poder relacionadas directa o indirectamente con la OTAN se sienten parte, son actores conscientes al servicio de un proyecto (El Orden Internacional basado en normas) que representaba, hasta ahora, los intereses estratégicos de los EEUU. Jan Krikke (editor jefe de Asia Times) lo explica bien:

“Hace unos 30 años, la mayoría de los países europeos, influenciados por la ola neoliberal en Estados Unidos, eligieron una serie de líderes políticos de mentalidad atlantista que estaban de acuerdo con las políticas neoliberales estadounidenses.

Los sucesivos gobiernos estadounidenses, incluidos Bush, Clinton, Obama apoyaron la expansión de la OTAN. El pretexto fue la expansión de la democracia y la libertad, lo que ocultó las razones geopolíticas y económicas que se remontan a la era colonial”.  

La clave: la fuerte conexión entre globalismo, políticas neoliberales y la UE. Las clases dirigentes europeas se han formado en esta cultura política, han sido seleccionadas, organizadas, apoyadas para defender este proyecto global, para representarlo ante sus poblaciones y, sobre todo, para impedir, cueste lo que cueste, que puedan surgir proyectos alternativos que lo cuestionen. Son élites desnacionalizadas, sin vínculos de pertenencia con sus comunidades, intercambiables entre sí y cada vez más homogéneas políticamente. Las consecuencias de estas políticas son cada vez más evidentes: desigualdad, involución social, inseguridad cultural, degradación de la democracia y el giro a la derecha de todo el mapa político. Y más allá, la puesta en cuestión de la Unión Europea del euro. 

El retorno de Trump debería haber hecho pensar a los que mandan en esta provincia del imperio. No lo parece. El nuevo presidente no la ha tenido fácil: procesos, campañas, intentos de asesinatos a la americana. Las élites europeas han jugado a fondo la partida y se han posicionado claramente en favor de la coalición política, empresarial y mediática que ha defendido Kamala Harris. Los republicanos son el mal absoluto, la dictadura, la mentira y la degradación de la vida democrática. Los demócratas, los defensores de las libertades, el feminismo, los derechos de los inmigrantes y, sobre todo, de la continuidad de la guerra contra Rusia. Ganó Trump y nuestros gobernantes se encuentran ante una coyuntura dramática: su país-guía, su referente político, la gran “Nación imprescindible” del mundo, cambia de posición y pone en cuestión todo lo defendido y realizado por ellos durante más de 30 años. No es poco. La crisis siempre desvela lo que la normalidad oculta; al menos, sitúa a cada uno en su sitio y nos dicen quién manda verdaderamente y quien está obligado a obedecer.

Lo que más asombra es que nuestros gobernantes no fueran conscientes de lo que estaba pasando en la sociedad norteamericana. El primer mandato de Trump debería de haber servido de advertencia. No fue así. Era tal su fe, su creencia, largamente interiorizada, en la superioridad indiscutida e indiscutible de los EEUU que no fueron capaces de entender que este país entraba en un periodo de crisis, de conflictos sociales y culturales, de guerras civiles más o menos larvadas. Biden no es la democracia; Trump no es el fascismo. El asunto es más complejo. Si observamos con perspectiva el genocidio palestino y el comportamiento de las instituciones euroamericanas, nos daremos cuenta que el Estado de Israel es su vanguardia armada; Netanyahu tiene “licencia” para masacrar poblaciones e intervenir militarmente cuando sienta sus intereses amenazados (actualmente: Líbano, Siria, Irak, Irán, Yemen). A Von der Leyen, a la señora Kaja Kallas, a Napoleón 3º Macron, a Scholz, a nuestro cariacontecido Pedro Sánchez, no se lo ocurren imponerle sanciones económicas, comerciales, militares; ni mucho menos exigir una condena clara y efectiva en el Consejo de Seguridad por sus continuas violaciones del derecho internacional, o propiciar una coalición internacional para mandar tropas para proteger a los palestinos.

¿Cuánto duraría Netanyahu sin el apoyo de los EEUU, de las UE, de la OTAN? Días, semanas; no mucho más. Estas políticas nada tuvieron que ver con motivaciones éticas, defensa de supuestos valores europeos; con la promoción de los derechos humanos, de la democracia o del respeto a la soberanía de Estados y pueblos. Esto va de políticas de poder, con la defensa de intereses económicos de los grandes monopolios financieros-empresariales, con prioridades geopolíticas en un momento, nunca se debe olvidar, en que el mundo está cambiando de base. Nuestras élites gobernantes lo saben y nos manipulan conscientemente.

Biden / Trump expresaban dos coaliciones sociales, dos “lecturas” y dos estrategias de respuesta a la crisis de los EEUU. Una tiene un nombre consolidado: imperialistas liberales o liberal-imperialistas; la otra está por definir, yo los denominaría nacional-conservadores imperialistas o conservadores-imperialistas. El marco analítico, el programa y la estrategia del nuevo Presidente van desgranándose entre amenazas, rectificaciones y marchas atrás. Es su peculiar estilo de hacer política. La percepción del nuevo equipo es que heredan un país en crisis, desindustrializado, socialmente roto, fiscalmente en bancarrota y sin proyecto. La globalización, las políticas impulsadas por la clase política bipartidista, han puesto de manifiesto una contradicción cada vez más aguda entre el Estado Nacional norteamericano y su política imperial; dicho de otra forma, las políticas internacionales de las diversas administraciones, han terminado por arruinar económica, política y moralmente a la sociedad americana. Y algo más importante, defender el orden unipolar y sus normas es inútil: el mundo multipolar es irreversible, ahora se trata de gobernarlo, mejor dicho, de guiar el interregno desde la posición de predominio que aún siguen teniendo y que saben que no durará.

Continuará.

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El Borbón quiere rearme. [Las grandes corporaciones del armamento, que son cuatro y el de la guitarra, mandan que el Rey de España quiera rearme, al igual que mandan que las jefaturas del PSOE, Sumar, Restar, Multiplicar y Dividir, PP, VOX y Mariquita La Yeyé quieran rearme. Pero, ay chiquet, los trabajadores, que somos la inmensa mayoría de la sociedad, aquí y en toda tierra de garbanzos (y en la tierra donde no hay garbanzos también) y que se da la circunstancia, miren ustedes por donde, que somos los auténticos creadores de cuanta riqueza existe, de cuya riqueza no disfrutamos, quitadas las cuatro migajas que nos caen, no queremos rearme, que no que no, por la sencilla razón de que ese rearme se paga con las pensiones que nos quitan (no con la fortuna del Rey Nicanor); la sanidad pública que nos quitan; la enseñanza pública elemental y superior que nos quitan; las prestaciones sociales públicas que nos quitan y etcétera publica que nos quitan; etcétera pública que nos quitan y etcétera pública que nos quitan, de modo que ya digo, las grandes corporaciones del armamento, que son cuatro y el de la guitarra, mandan que el Rey de España quiera rearme, al igual que mandan que las jefaturas del PSOE, Sumar, Restar, Multiplicar y Dividir, PP, VOX y Mariquita La Yeyé quieran rearme. La cosa parece clara: que ellos con sus dineros ganados (los dineros robados no los incluyo, porque estos dineros lo tienen que devolver a sus auténticos dueños: los trabajadores) se compren sus buenas escopetas de caña, cascos de cartón, la trompeta para dar aviso al enemigo que se le van a lanzar en tromba y con los pies por delante y se pongan a guerrear y a matarse entre sí y quedamos tan amigos.]

 

El Borbón quiere rearme

 

INSURGENTE.ORG / 01.04.2025

 



El Borbón Felipe VI ha hablado hace unas horas sobre la urgencia de reforzar las capacidades de seguridad y defensa en Europa en un momento de incertidumbre internacional, marcado por el resurgimiento de políticas basadas en el poder y las zonas de influencia, dijo. Durante la inauguración del foro Wake Up Spain, organizado por el diario de derechas de Pedro J. Ramírez, El Español, el Borbón ha advertido que el multilateralismo está en riesgo y ha apelado a la unidad de las fuerzas políticas para afrontar los desafíos actuales.

Felipe VI ha alertado sobre el peligro de dar marcha atrás a lo que él llama «avances logrados», señalando que no sería razonable volver a un escenario donde primen las relaciones de poder sin reglas claras, dijo.

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China en el radar de Pedro Sánchez

 

China en el radar de Pedro Sánchez

 

Xulio Ríos 

Rebelion / España

29/03/2025 



Fuentes: Rebelión

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, viaja a China de nuevo para reunirse con el presidente Xi Jinping. Se trata de la tercera visita en los últimos tres años, algo ciertamente inusual y fiel reflejo de la importancia que la Moncloa concede a la relación con China como expresión de un importante reequilibrio de la política exterior española basado en el interés estratégico de reforzar las relaciones económicas y diplomáticas con Beijing.

Relación bilateral

Al cumplirse en 2025 el vigésimo aniversario de la Asociación Estratégica Integral, el diagnóstico central bien podría definir la relación bilateral como optimista y constructiva. Sabido es que China es un socio comercial cuya significación no ha hecho sino crecer tanto en el volumen global como en la trascendencia para la vitalidad de sectores clave de nuestra economía (desde el aceite de oliva a la carne de cerdo pasando por muchos otros). Hoy día, la automoción y la movilidad sostenible, el sector turístico y cultural, la digitalización y la tecnología en general, constituyen ámbitos en los que la colaboración puede ser incentivada aun más. En los últimos años, España, con una de las economías más boyantes de la zona euro, ha captado importantes inversiones de China (Murcia, Zaragoza, Cáceres, Barcelona) a las que ahora podrían sumarse otros nuevos acuerdos.

Las transiciones ecológica y digital, prioridades para la industria española y europea, se alinean con la orientación general de la economía de China. España puede aprovechar sus características económicas para explorar la cooperación comercial e industrial en ese sentido, alentando la cooperación en los sectores más prometedores.

Esta nueva visita del presidente español pone de manifiesto que Madrid está preparado y dispuesto a colaborar con China para profundizar la confianza mutua estratégica, impulsar los intercambios y una cooperación de alta calidad y promover el desarrollo sólido y estable de las relaciones bilaterales. Para viabilizar estas pretensiones, es indispensable ampliar e intensificar la comunicación y la coordinación, y la implementación de los importantes y crecientes consensos alcanzados entre ambos líderes. 

El marco europeo

España es un actor destacado en la UE. El presidente Sánchez es un referente de las políticas socialdemócratas en un contexto de auge de las fuerzas conservadoras y de extrema derecha. En los últimos tiempos, ha sostenido un perfil singular en los grandes debates de la UE, incluido el actual a propósito de la inversión en defensa, afianzándose como un interlocutor referencial que China sabe apreciar a la hora de calibrar apoyos para una estrategia compartida de definición de nuevos equilibrios en las áreas clave.

Por tanto, la visita del líder español podría contribuir a la recuperación y el avance de los lazos entre China y la Unión Europea, especialmente en un contexto de cambio en la dinámica transatlántica y los actuales desafíos económicos de Europa. El pasado febrero, el ministro de Asuntos Exteriores José Manuel Albares, declaraba a Financial Times que “la UE debería desarrollar su propia política hacia China y no imitar la postura confrontativa de EEUU”. Europa debe conservar la capacidad de decisión para determinar por sí misma cuando China puede ser socio y cuando competidor, añadía, sin dejarse llevar por inercias o, peor aún, exigencias, que desbaratan el compromiso de larga data con la defensa de un orden comercial justo y equitativo.

La posición china de apoyo a la presencia de Europa en las negociaciones sobre el futuro de Ucrania es apreciada en Madrid. Si el desencuentro de los países de la UE con Washington, en esta y otras materias, se profundiza, Bruselas debe auspiciar una nueva perspectiva sobre China que tenga más en cuenta los específicos intereses europeos. El viaje de Sánchez debe interpretarse en el contexto de esa recalibración estratégica paulatina y silenciosa pero notable hacia China, elevando el ritmo a medida que dichas tendencias se afianzan.

En los últimos años, tras la inflexión que ya supuso la primera Administración Trump, las relaciones de la UE con China se han visto afectadas por un endurecimiento sustancial a pesar de no registrarse ningún conflicto de intereses fundamentales ni contradicciones geopolíticas insalvables. De hecho, en el momento presente, China es un socio natural clave de la UE en dos temas clave, el comercio y el medio ambiente. Por el contrario, Washington es hoy, objetivamente, la principal amenaza para las políticas de la UE en ambos temas decisivos.

Contexto geopolítico internacional

Sánchez no ha ahorrado críticas a las políticas arancelarias y otras medidas de la nueva administración de Donald Trump. Este contexto es muy importante para apreciar el recorrido de esta tercera visita porque contribuirá a afianzar la vitalidad del elenco de principios (rechazo del proteccionismo y defensa del libre comercio, del multilateralismo, del derecho internacional, de la estabilidad de la cadenas industriales y de suministros, compromiso con la lucha contra el cambio climático y por la sostenibilidad….) que nutren el desencanto de Europa con EEUU y, por añadidura, fortalecen el interés conjunto en afianzar la estabilidad en un entorno en extremo volátil, con cambios en las políticas internas y estrategias externas bajo presión.

Una relación paradigmática

Sánchez no trata de dirigir a España hacia China para desentenderse de Trump. No quiere poner en riesgo la relación económica con EEUU. Ahora bien, es evidente que el mercado chino, en el reposicionamiento geopolítico en curso, desempeñará un papel cada vez más destacado. Y no es un acercamiento que prescinde de principios; es la coincidencia en principios elementales lo que avala el interés mutuo en fortalecer la relación.

Así, la relación sino-española se erige como un ejemplo paradigmático y para terceros de cómo a pesar de las diferencias sistémicas, de valores y los compromisos regionales e internacionales respectivos, existe un fecundo terreno para la cooperación en beneficio del desarrollo.

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Juan José Tamayo presenta este jueves en Murcia su libro «Cristianismo Radical»

 

 

Juan José Tamayo presenta este jueves en Murcia su libro «Cristianismo Radical»

TERCERAINFORMACION / 31.03.2025

  • El acto, organizado por Europa Laica, tendrá lugar en el edificio Rector Sabater de la Universidad de Murcia a las 19:00 horas.


El teólogo Juan José Tamayo presentará en Murcia su último libro que lleva por título Cristianismo radical. El acto, organizado por la Asociación Europa Laica de la Región de Murcia se celebrará a este jueves 3 de abril a las 19:00 horas en el salón de actos del edificio Rector Sabater de la Universidad de Murcia, en Ronda de Levante 10 (frente a la consejería de Sanidad) y será presentado por Esther Herguedas.

Juan José Tamayo es profesor titular de la Universidad Carlos III de Madrid en la que dirige la Cátedra Ignacio Ellacuría de Teología y Ciencias de las Religiones. Desde sus inicios, está vinculado a la Teología de la Liberación y es cofundador y actual secretario general de la progresista Asociación de Teólogos Juan XXIII.

Profesor invitado en diferentes masters en varias universidades, colabora en numerosas revistas españolas e internacionales de filosofía, teología, ciencias sociales y ciencias de las religiones y en distintos medios de comunicación. También tiene una amplia trayectoria como conferenciante tanto en Estados Unidos como en España e Hispanoamérica.

Autor de más de 60 libros, el último, que lleva por título Cristianismo Radical, da respuesta, a los grandes problemas de la humanidad como son la globalización capitalista y la pobreza, el despliegue armamentístico y la guerra, la destrucción de la naturaleza, el poder del patriarcado, la falta de solidaridad con los movimientos migratorios, el racismo, la xenofobia, los dogmatismos y fundamentalismos religiosos o los discursos de odio.

Y para ello acude a las raíces del cristianismo (de ahí el concepto de radical) y en consecuencia presenta un cristianismo social y solidario, pacifista, ecologista, feminista, intercultural e interreligioso capaz de generar una conciencia emancipadora que permita transformar el mundo.

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