Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad. Todo lo demás es sometimiento y drama.
Hablemos de capitalismo
El Viejo Topo
13 febrero, 2026
¿HACIA UN NUEVO
MODELO DE CAPITALISMO O HACIA LA LENTA AUTOANIQUILACIÓN CAPITALISTA?
Normalmente
gran parte de las poblaciones europeas, sometidas a unas intensas
desinformación, manipulación mediática, malformación programada y censura, a
duras penas comprenden el mundo en el que están ni perciben el momento
extraordinariamente grave que atraviesa la humanidad. Peor aún es que entre los
propios marxistas parece ser que hay quien piensa que la “lucha de clases” es
una batería que funciona por sí sola fuera de su retroalimentación con el
contexto local, estatal y mundial de cada tiempo histórico, así como del
conjunto de condiciones estructurales e infraestructurales que le caracterizan,
llegándonos a decir que pronunciarse por las pugnas entre Estados es
simplemente tomar partido por unas u otras burguesías.
Pero lejos de
ello, la imbricación de la economía mundial y la globalización del capital
hacen que las relaciones Capital/Trabajo estén cada vez más condicionadas por
las pugnas entre sectores dominantes, así como por las relaciones
interestatales dentro del Sistema Mundial capitalista (y de ellas,
especialmente las dadas entre unos “centros” actuando cada vez más como bloque
imperial recrudecido contra el resto del mundo, y unas “periferias” emergentes
que se han ido sacudiendo su condición de tales).
En este
sentido, la reestructuración del poder al interior de la clase capitalista
conlleva profundos cambios en la composición del poder mundial y de los poderes
en cada formación socio-estatal. La lucha de poder entre las clases dominantes
y entre las distintas expresiones del capital –por ver, entre otras cuestiones
a dirimir, quién habrá de cargar con el capital ficticio endeudador y quién por
el contrario resultará al frente de la concentración de riqueza más o menos real
que se está gestando–, nos llevan a un escenario en el que:
A) Se da una
concentración de la apropiación y del poder de clase en los sectores exitosos
del capital a interés financiarizado, que adquieren creciente importancia
estratégica. Preparan estas facciones la concentración de poder ante la
incertidumbre de la propia evolución capitalista, y ante la creciente evidencia
del fin de los índices de crecimiento, a la espera de ser capaces de reaccionar
ante las diferentes coyunturas que se presenten (colapso de la globalización,
agotamiento de los recursos energéticos, cambio de modelo de dominación y de
acumulación).
B) Hasta ahora
la expresión económica típica de esa pugna Inter- burguesa e interestatal ha
tenido lugar en forma de
- “Guerras de divisas”. Las reservas de divisas pasaron de 858.000
millones de dólares a 3,4 billones entre 1990 y 2004 (casi 4 veces), de
las cuales el 60% en dólares y cerca del 20% en euros. Con esa acumulación
de reservas se pone fuera de servicio capital que no se usa ni para
inversiones ni para gastos sociales, y se destina sólo a escudarse contra
ataques a la propia divisa y poder defender así el tipo de cambio.
- “Guerra de monedas”. Se ha dado una continua presión hacia la
devaluación de las monedas para ganar cotas de “competitividad” mundial,
dada la hoy asentada vocación exportadora de las economías capitalistas
(que buscan en el mercado mundial lo que el deterioro del mercado interno
en cada caso no puede posibilitar). Obsérvese la incongruencia y escasas
perspectivas de este proceso y de semejante carrera competitiva.
Ello en lugar
de “guerras de aranceles”, tal como se dio a finales del XIX y principios del
siglo XX, debido a la enorme interconexión de todas las economías en el Sistema
Mundial capitalista (el capital global requiere, en cualquier caso, de
estructuras espaciales abiertas, antes que del proteccionismo). El que
precisamente eso cambie hoy vertiginosamente hacia una “guerra de aranceles” es
indicativo de que hay un proceso de desglobalización en curso y una reedición
de una suerte de “mercantilismo militarizado”, desatado por la principal
potencia del sistema capitalista, que cada vez pierde más sus funciones de
hegemón, además de su preponderancia económica, por lo que su dominio se hace
más salvajemente “autónomo”, por fuera de las leyes, instituciones y
convenciones internacionales que ella misma había promocionado para su
beneficio. Así que todo indica que el camino de re-fortalecimiento de la escala
estatal de acumulación queda en adelante expedito (recordemos que las fases de
apertura y cierre de las relaciones interestatales se han venido alternando en
el capitalismo histórico en función de las claves de acumulación capitalista).
Otra variante, por lo que afecta al corto plazo, bien pudiera ser la
cartelización regional del capitalismo, por grandes bloques subcontinentales.
Habrá que ver, entonces, si el Estado continuará siendo la principal entidad
político-territorial gestionadora de la acumulación capitalista (tan necesaria
hasta ahora por haber sido la principal escala en la que el Capital ha sido
capaz de gestionar el consenso –léase la endogeneización o integración de la
fuerza de trabajo-), y por tanto si será también el principal ámbito en el que
se diriman las luchas de clase, o bien otras esferas micro y/o
macroestatales irán disputando con mayor ahínco su importancia.
C) Hoy por hoy
y desde la caída de la URSS, los diferentes tipos de capital (industrial,
comercial y de interés-especulativo-rentista), así como unas y otras burguesías
estatales, se vienen coordinando y aprovechando la coyuntura para recomponer el
poder de clase y golpear la fuerza histórica que había conseguido la clase
trabajadora, rebajando al máximo su poder social de negociación y desbaratando
todos los dispositivos de preservación de esa fuerza laboral y de regulación de
la relación Capital/Trabajo, así como las formas institucionalizadas de pacto
de clases propias del “capitalismo organizado” keynesiano, pero también las del
capitalismo desarrollista periférico anejas al “pacto del postcolonialismo”. De
hecho, en la actualidad, se imponen para las formaciones centrales el mismo
tipo de Ajustes Estructurales que antes fueran llevados a cabo en las
periféricas (proceso que he llamado de autocolonización).
Por eso, las
medidas procíclicas sostenidas en el tiempo (tales como la recesión inducida)
han sido tendentes a hacer disminuir la demanda interna en las
formaciones sociales más endeudadas, generando por un lado recesión y por ende
sustancial debilitamiento de las posibilidades organizativas y reivindicativas
de la fuerza de trabajo; mientras que por otra parte pretenden reducir las
necesidades de financiación exterior de aquellas formaciones, posibilitando de
esta manera la devolución de las deudas a las entidades globales controladas
por las formaciones más poderosas (así se hizo, mediante los programas de
Ajuste Estructural, en las periferias). El problema estriba en
extralimitarse en la recesión generada, disminuyendo más allá de lo prudente
los ingresos fiscales (y aumentando las gastos pasivos del Estado), con la
consiguiente renovación de la dependencia en la financiación exterior de cada
vez más formaciones socio-estatales, como el caso europeo muestra
dramáticamente.
De cualquier
manera, como siempre hizo, el Capital utiliza la crisis para
reordenar profundamente las relaciones de clase a su favor, y una vez
reestructuradas la cuestión social y laboral en ese sentido, y
deprimido en sus límites más bajos el poder social de negociación de la fuerza
de trabajo, imponer un nuevo modelo de acumulación-regulación con altas tasas
de explotación, acompañadas de formas de dominación más drásticas y explícitas.
La propia
resolución de las contradicciones entre los distintos tipos de capital por la
obtención y apropiación del valor en función de tiempos cortos (renta-beneficio
financiero) o largos (plusvalía industrial-realización de la ganancia a través
del mercado) en favor de la primera opción, hacen también crecientemente
improbable la puesta en escena de una nueva onda reformista, dado que la
dinámica de la inmediatez de las ganancias obstaculiza los procesos de
planificación, previsión y provisión de bienes y servicios a medio y largo
plazo (los cuales dejan de depender tanto del Estado –perdiendo universalidad y
gratuidad-, en favor del gasto individual o derivación del salario y bienes
hacia la inversión especulativa). La clave, por tanto, consiste en saber hasta
dónde puede llevar la clase capitalista la modificación del régimen de
acumulación, esto es, qué nuevo capitalismo está surgiendo al tensar la cuerda
de la sobreexplotación y la desposesión de una Humanidad crecientemente
proletarizada y convertida no sólo en fuerza de trabajo, sino en fuerza
de trabajo excedente, o lo que es prácticamente lo mismo, en humanidad
sobrante. Con la consiguiente multiplicación de políticas de muerte en curso.
La tendencia en
buena parte de las formaciones socio-estatales del Sistema es que la
acumulación de capital va cediendo más y más terreno al crecimiento derivado
del capital a interés especulativo rentista y de la inmensa cantidad de
“capital ficticio” y de dinero creado “ex nihilo” puesta en juego, así como de
la estratosférica deuda generada. Por lo que, siendo precisos, más que de un
nuevo “régimen de acumulación” deberíamos hablar de un régimen de
crecimiento en gran medida ficticio-endeudado. La falta de un nuevo
motor productivo-tecnológico capaz de arrancar una nueva onda expansiva (como
fueran la electricidad, el petróleo, el motor de combustión-automoción, la
telefonía…), junto a los lastres de sustentarse en una ficción sistémica,
abocan al modo de producción capitalista cada vez más hacia las salidas bélicas.
La potencia
líder y principal sostenedora del Sistema, al ser la que recibe el mayor efecto
boomerang de tal (falso) crecimiento, es la más forzada, dentro de la lógica
capitalista, a emprender el saqueo del resto del mundo para intentar compensar
la corrosión interna. En ello ha de esquilmar acentuadamente a las periferias y
succionar una mayor parte del beneficio obtenido por las otras potencias
capitalistas (bajo su disciplinamiento militar). Pero no puede hacer lo
mismo con las “periferias emergentes” (China, Rusia y poco a poco, India). Así
que ha de enfrentarse a ellas de todas las maneras posibles (guerra económica,
mediática, cognitiva, guerras proxys, corte de sus suministros energéticos,
financieros, etc., para lo que tiene que atacar también a sus proveedores y/o
facilitadores de autosostenimiento).
Hay muchas
claves todavía por determinar sobre las derivas y consecuencias de este “modelo
bélico de crecimiento”, pero lo que parece más que probable, en cambio, es que,
a falta de cualquier “milagro energético”, y siguiendo la senda de una
exacerbada economía política de concentración y centralización del capital,
apropiación de la riqueza social y depresión de la demanda o empobrecimiento de
las poblaciones, el mercado se achique aceleradamente. Asimismo, el saqueo del
resto del planeta para apropiarse de sus recursos no hace sino deprimir aún más
las posibilidades de un mercado mundial capitalista. La degeneración del actual
modelo ofrece incluso serias dudas sobre las posibilidades de mantener en
adelante por mucho tiempo una forma de funcionamiento propiamente “capitalista”
para la mayor parte de la humanidad, si es que ésta logra salir de la fase
bélica total del capitalismo. Si lo hace, muy probablemente, tendrá que ser
contra el capital (y el internacionalismo antiimperialista es un paso necesario
en todo ello).
Y aquí viene a
cuento señalar otra cuestión que ciega a muchos marxistas, quienes, presos de
su fetichismo, parecen ver al capitalismo como un sistema imperecedero por sí
mismo, a falta de “sepultureros” que lo entierren. Pero ningún modo de
producción anterior dejó de existir por acciones conscientes o planificadas de
nadie, sino por un conjunto de factores ecológicos, económicos y
socio-demográficos. Lo mismo le puede suceder a este sistema sostenido
por la ley del valor, que podría derivar (elites mediante) hacia un modo de
producción automatizado, por ejemplo, combinado a buen seguro con formas
barbarizadas de supervivencia para la mayor parte de la humanidad sobrante,
genocidios incluidos (ya en marcha, como estamos comprobando). Por eso es
importante distinguir entre degeneración del capitalismo y superación del
mismo. Esta última sí, sólo se puede hacer de manera consciente y planificada
hacia un sistema superior, socialista.
Para acabar,
dos anotaciones políticas
- No percibir todo esto y decir que “tomar partido” contra el
“imperialismo desesperado” en putrefacción es favorecer otras burguesías,
es tener una visión límbica de la “lucha de clases”, ajena a cualquier
posibilidad efectiva de logros y de pasos. Aun cuando no se considerara a
China una formación en posible transición socialista, la
internacionalización productiva-comercial que está llevando a cabo permite
unas posibilidades a las luchas de clase en cada lugar que el imperialismo
desesperado en putrefacción sólo destruye. No percatarse de que la posible
ruptura de la unilateralidad opresiva y mortífera del Imperio decadente
puede oxigenar las fuerzas sociales en todos lados, es de una cortedad
política poco recomendable tanto para la lucha como para el análisis. No
darse cuenta tampoco de que la propia presión de la principal potencia
capitalista y sus subordinados imperiales al resto de periferias
emergentes y a sus más cercanos aliados les obliga a emprender (aunque
fueren momentáneas) formas de “capitalismo de Estado” que a su vez abren
la posibilidad de otras correlaciones de fuerza Capital/Trabajo, es,
además, no aportar nada a la lucha política emancipatoria, más allá de
meras consignas.
- Seguir intentando paliar las peores consecuencias de la degeneración
del capitalismo actual con los instrumentos “keynesianos” del capitalismo
industrial-productivo, y continuar empeñados en el electoralismo y en el
parlamentarismo desde él propiciados, es no sólo no tener ninguna
capacidad política para ver que el capital ya superó las posibilidades
parlamentarias de decidir algo en su decurso, y por tanto ser impotentes
para aportar alguna cosa de utilidad a las clases explotadas, sino,
además, estar abocados a quedar desechados (incluso por las propias
oligarquías, porque has dejado de serles funcional) en la papelera de la
Historia. Viejas y nuevas izquierdas que han seguido esa línea lo
testimonian hoy con toda claridad.
Sólo el camino
del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con
planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro
mínimamente razonable a la humanidad.
Fuente: Observatorio
de la crisis




