martes, 17 de febrero de 2026

Hablemos de capitalismo [Después de una interrupción obligada por razones médicas, volvemos a la carga. Gracias a todos por haber seguido entrando al Blog]



 Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad. Todo lo demás es sometimiento y drama.

Hablemos de capitalismo

 

Andrés Piqueras

El Viejo Topo

13 febrero, 2026 



¿HACIA UN NUEVO MODELO DE CAPITALISMO O HACIA LA LENTA AUTOANIQUILACIÓN CAPITALISTA?

Normalmente gran parte de las poblaciones europeas, sometidas a unas intensas desinformación, manipulación mediática, malformación programada y censura, a duras penas comprenden el mundo en el que están ni perciben el momento extraordinariamente grave que atraviesa la humanidad. Peor aún es que entre los propios marxistas parece ser que hay quien piensa que la “lucha de clases” es una batería que funciona por sí sola fuera de su retroalimentación con el contexto local, estatal y mundial de cada tiempo histórico, así como del conjunto de condiciones estructurales e infraestructurales que le caracterizan, llegándonos a decir que pronunciarse por las pugnas entre Estados es simplemente tomar partido por unas u otras burguesías.

Pero lejos de ello, la imbricación de la economía mundial y la globalización del capital hacen que las relaciones Capital/Trabajo estén cada vez más condicionadas por las pugnas entre sectores dominantes, así como por las relaciones interestatales dentro del Sistema Mundial capitalista (y de ellas, especialmente las dadas entre unos “centros” actuando cada vez más como bloque imperial recrudecido contra el resto del mundo, y unas “periferias” emergentes que se han ido sacudiendo su condición de tales).

En este sentido, la reestructuración del poder al interior de la clase capitalista conlleva profundos cambios en la composición del poder mundial y de los poderes en cada formación socio-estatal. La lucha de poder entre las clases dominantes y entre las distintas expresiones del capital –por ver, entre otras cuestiones a dirimir, quién habrá de cargar con el capital ficticio endeudador y quién por el contrario resultará al frente de la concentración de riqueza más o menos real que se está gestando–, nos llevan a un escenario en el que:

A) Se da una concentración de la apropiación y del poder de clase en los sectores exitosos del capital a interés financiarizado, que adquieren creciente importancia estratégica. Preparan estas facciones la concentración de poder ante la incertidumbre de la propia evolución capitalista, y ante la creciente evidencia del fin de los índices de crecimiento, a la espera de ser capaces de reaccionar ante las diferentes coyunturas que se presenten (colapso de la globalización, agotamiento de los recursos energéticos, cambio de modelo de dominación y de acumulación).

B) Hasta ahora la expresión económica típica de esa pugna Inter- burguesa e interestatal ha tenido lugar en forma de

  • “Guerras de divisas”.  Las reservas de divisas pasaron de 858.000 millones de dólares a 3,4 billones entre 1990 y 2004 (casi 4 veces), de las cuales el 60% en dólares y cerca del 20% en euros. Con esa acumulación de reservas se pone fuera de servicio capital que no se usa ni para inversiones ni para gastos sociales, y se destina sólo a escudarse contra ataques a la propia divisa y poder defender así el tipo de cambio.
  • “Guerra de monedas”. Se ha dado una continua presión hacia la devaluación de las monedas para ganar cotas de “competitividad” mundial, dada la hoy asentada vocación exportadora de las economías capitalistas (que buscan en el mercado mundial lo que el deterioro del mercado interno en cada caso no puede posibilitar). Obsérvese la incongruencia y escasas perspectivas de este proceso y de semejante carrera competitiva.

Ello en lugar de “guerras de aranceles”, tal como se dio a finales del XIX y principios del siglo XX, debido a la enorme interconexión de todas las economías en el Sistema Mundial capitalista (el capital global requiere, en cualquier caso, de estructuras espaciales abiertas, antes que del proteccionismo). El que precisamente eso cambie hoy vertiginosamente hacia una “guerra de aranceles” es indicativo de que hay un proceso de desglobalización en curso y una reedición de una suerte de “mercantilismo militarizado”, desatado por la principal potencia del sistema capitalista, que cada vez pierde más sus funciones de hegemón, además de su preponderancia económica, por lo que su dominio se hace más salvajemente “autónomo”, por fuera de las leyes, instituciones y convenciones internacionales que ella misma había promocionado para su beneficio. Así que todo indica que el camino de re-fortalecimiento de la escala estatal de acumulación queda en adelante expedito (recordemos que las fases de apertura y cierre de las relaciones interestatales se han venido alternando en el capitalismo histórico en función de las claves de acumulación capitalista). Otra variante, por lo que afecta al corto plazo, bien pudiera ser la cartelización regional del capitalismo, por grandes bloques subcontinentales. Habrá que ver, entonces, si el Estado continuará siendo la principal entidad político-territorial gestionadora de la acumulación capitalista (tan necesaria hasta ahora por haber sido la principal escala en la que el Capital ha sido capaz de gestionar el consenso –léase la endogeneización o integración de la fuerza de trabajo-), y por tanto si será también el principal ámbito en el que se diriman las luchas de clase, o bien otras esferas micro y/o macroestatales irán disputando con mayor ahínco su importancia.

C) Hoy por hoy y desde la caída de la URSS, los diferentes tipos de capital (industrial, comercial y de interés-especulativo-rentista), así como unas y otras burguesías estatales, se vienen coordinando y aprovechando la coyuntura para recomponer el poder de clase y golpear la fuerza histórica que había conseguido la clase trabajadora, rebajando al máximo su poder social de negociación y desbaratando todos los dispositivos de preservación de esa fuerza laboral y de regulación de la relación Capital/Trabajo, así como las formas institucionalizadas de pacto de clases propias del “capitalismo organizado” keynesiano, pero también las del capitalismo desarrollista periférico anejas al “pacto del postcolonialismo”. De hecho, en la actualidad, se imponen para las formaciones centrales el mismo tipo de Ajustes Estructurales que antes fueran llevados a cabo en las periféricas (proceso que he llamado de autocolonización).

 

Por eso, las medidas procíclicas sostenidas en el tiempo (tales como la recesión inducida) han sido tendentes a  hacer disminuir la demanda interna en las formaciones sociales más endeudadas, generando por un lado recesión y por ende sustancial debilitamiento de las posibilidades organizativas y reivindicativas de la fuerza de trabajo; mientras que por otra parte pretenden reducir las necesidades de financiación exterior de aquellas formaciones, posibilitando de esta manera la devolución de las deudas a las entidades globales controladas por las formaciones más poderosas (así se hizo, mediante los programas de Ajuste Estructural, en las periferias). El problema estriba en extralimitarse en la recesión generada, disminuyendo más allá de lo prudente los ingresos fiscales (y aumentando las gastos pasivos del Estado), con la consiguiente renovación de la dependencia en la financiación exterior de cada vez más formaciones socio-estatales, como el caso europeo muestra dramáticamente.

De cualquier manera, como siempre hizo, el Capital utiliza la crisis para reordenar profundamente las relaciones de clase a su favor, y una vez reestructuradas la cuestión social y laboral en ese sentido, y deprimido en sus límites más bajos el poder social de negociación de la fuerza de trabajo, imponer un nuevo modelo de acumulación-regulación con altas tasas de explotación, acompañadas de formas de dominación más drásticas y explícitas.

La propia resolución de las contradicciones entre los distintos tipos de capital por la obtención y apropiación del valor en función de tiempos cortos (renta-beneficio financiero) o largos (plusvalía industrial-realización de la ganancia a través del mercado) en favor de la primera opción, hacen también crecientemente improbable la puesta en escena de una nueva onda reformista, dado que la dinámica de la inmediatez de las ganancias obstaculiza los procesos de planificación, previsión y provisión de bienes y servicios a medio y largo plazo (los cuales dejan de depender tanto del Estado –perdiendo universalidad y gratuidad-, en favor del gasto individual o derivación del salario y bienes hacia la inversión especulativa). La clave, por tanto, consiste en saber hasta dónde puede llevar la clase capitalista la modificación del régimen de acumulación, esto es, qué nuevo capitalismo está surgiendo al tensar la cuerda de la sobreexplotación y la desposesión de una Humanidad crecientemente proletarizada y convertida no sólo en fuerza de trabajo, sino en fuerza de trabajo excedente, o lo que es prácticamente lo mismo, en humanidad sobrante. Con la consiguiente multiplicación de políticas de muerte en curso.

La tendencia en buena parte de las formaciones socio-estatales del Sistema es que la acumulación de capital va cediendo más y más terreno al crecimiento derivado del capital a interés especulativo rentista y de la inmensa cantidad de “capital ficticio” y de dinero creado “ex nihilo” puesta en juego, así como de la estratosférica deuda generada. Por lo que, siendo precisos, más que de un nuevo “régimen de acumulación” deberíamos hablar de un régimen de crecimiento en gran medida ficticio-endeudado. La falta de un nuevo motor productivo-tecnológico capaz de arrancar una nueva onda expansiva (como fueran la electricidad, el petróleo, el motor de combustión-automoción, la telefonía…), junto a los lastres de sustentarse en una ficción sistémica, abocan al modo de producción capitalista cada vez más hacia las salidas bélicas.

La potencia líder y principal sostenedora del Sistema, al ser la que recibe el mayor efecto boomerang de tal (falso) crecimiento, es la más forzada, dentro de la lógica capitalista, a emprender el saqueo del resto del mundo para intentar compensar la corrosión interna. En ello ha de esquilmar acentuadamente a las periferias y succionar una mayor parte del beneficio obtenido por las otras potencias capitalistas (bajo su disciplinamiento militar).  Pero no puede hacer lo mismo con las “periferias emergentes” (China, Rusia y poco a poco, India). Así que ha de enfrentarse a ellas de todas las maneras posibles (guerra económica, mediática, cognitiva, guerras proxys, corte de sus suministros energéticos, financieros, etc., para lo que tiene que atacar también a sus proveedores y/o facilitadores de autosostenimiento).

Hay muchas claves todavía por determinar sobre las derivas y consecuencias de este “modelo bélico de crecimiento”, pero lo que parece más que probable, en cambio, es que, a falta de cualquier “milagro energético”, y siguiendo la senda de una exacerbada economía política de concentración y centralización del capital, apropiación de la riqueza social y depresión de la demanda o empobrecimiento de las poblaciones, el mercado se achique aceleradamente. Asimismo, el saqueo del resto del planeta para apropiarse de sus recursos no hace sino deprimir aún más las posibilidades de un mercado mundial capitalista. La degeneración del actual modelo ofrece incluso serias dudas sobre las posibilidades de mantener en adelante por mucho tiempo una forma de funcionamiento propiamente “capitalista” para la mayor parte de la humanidad, si es que ésta logra salir de la fase bélica total del capitalismo. Si lo hace, muy probablemente, tendrá que ser contra el capital (y el internacionalismo antiimperialista es un paso necesario en todo ello).

Y aquí viene a cuento señalar otra cuestión que ciega a muchos marxistas, quienes, presos de su fetichismo, parecen ver al capitalismo como un sistema imperecedero por sí mismo, a falta de “sepultureros” que lo entierren. Pero ningún modo de producción anterior dejó de existir por acciones conscientes o planificadas de nadie, sino por un conjunto de factores ecológicos, económicos y socio-demográficos.  Lo mismo le puede suceder a este sistema sostenido por la ley del valor, que podría derivar (elites mediante) hacia un modo de producción automatizado, por ejemplo, combinado a buen seguro con formas barbarizadas de supervivencia para la mayor parte de la humanidad sobrante, genocidios incluidos (ya en marcha, como estamos comprobando). Por eso es importante distinguir entre degeneración del capitalismo y superación del mismo. Esta última sí, sólo se puede hacer de manera consciente y planificada hacia un sistema superior, socialista.

Para acabar, dos anotaciones políticas

  1. No percibir todo esto y decir que “tomar partido” contra el “imperialismo desesperado” en putrefacción es favorecer otras burguesías, es tener una visión límbica de la “lucha de clases”, ajena a cualquier posibilidad efectiva de logros y de pasos. Aun cuando no se considerara a China una formación en posible transición socialista, la internacionalización productiva-comercial que está llevando a cabo permite unas posibilidades a las luchas de clase en cada lugar que el imperialismo desesperado en putrefacción sólo destruye. No percatarse de que la posible ruptura de la unilateralidad opresiva y mortífera del Imperio decadente puede oxigenar las fuerzas sociales en todos lados, es de una cortedad política poco recomendable tanto para la lucha como para el análisis. No darse cuenta tampoco de que la propia presión de la principal potencia capitalista y sus subordinados imperiales al resto de periferias emergentes y a sus más cercanos aliados les obliga a emprender (aunque fueren momentáneas) formas de “capitalismo de Estado” que a su vez abren la posibilidad de otras correlaciones de fuerza Capital/Trabajo, es, además, no aportar nada a la lucha política emancipatoria, más allá de meras consignas.
  2. Seguir intentando paliar las peores consecuencias de la degeneración del capitalismo actual con los instrumentos “keynesianos” del capitalismo industrial-productivo, y continuar empeñados en el electoralismo y en el parlamentarismo desde él propiciados, es no sólo no tener ninguna capacidad política para ver que el capital ya superó las posibilidades parlamentarias de decidir algo en su decurso, y por tanto ser impotentes para aportar alguna cosa de utilidad a las clases explotadas, sino, además, estar abocados a quedar desechados (incluso por las propias oligarquías, porque has dejado de serles funcional) en la papelera de la Historia. Viejas y nuevas izquierdas que han seguido esa línea lo testimonian hoy con toda claridad.

Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad.

Fuente: Observatorio de la crisis

 

jueves, 12 de febrero de 2026

Europa y la OTAN

 

Las naciones europeas invocan el lenguaje de la soberanía y simulan la resistencia a Trump manteniendo, permaneciendo o incluso intensificando las estructuras de dependencia con EEUU, en primer lugar con respecto a la propia OTAN.


Europa y la OTAN

 

Thomas Fazi

El Viejo Topo

12 febrero, 2026 


LAS NACIONES EUROPEAS NO PUEDEN SER SOBERANAS DENTRO DE LA OTAN

La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos no es conocida por ser un foco de resistencia antiimperialista, y mucho menos de retórica antiestadounidense. Sin embargo, este ha sido, sin lugar a dudas, el tono de muchos discursos pronunciados en el último Foro.

La intervención más impactante y ampliamente debatida provino del primer ministro canadiense, Mark Carney [que analicé en detalle aquí ]. Carney declaró abiertamente la muerte del llamado «orden internacional basado en normas», e incluso cuestionó su verdadera existencia. Admitió que este orden siempre fue, al menos en parte, una farsa: una farsa en la que la potencia hegemónica aplicaba las normas selectivamente para promover sus intereses, mientras que las potencias subordinadas participaban en la farsa porque se beneficiaban de ella.

Pero este acuerdo, argumentó Carney, se ha derrumbado ahora que Estados Unidos ha vuelto sus herramientas coercitivas contra sus propios aliados occidentales. «Esto no es soberanía. Es ejercer la soberanía aceptando la subordinación», dijo, en clara alusión a las amenazas de Trump contra Groenlandia y el propio Canadá.

La conclusión de Carney es que las potencias occidentales de rango medio deben romper filas con el hegemón y coordinarse para resistirlo.

Muchos líderes europeos en Davos parecieron hacerse eco de este sentimiento. «Ser un vasallo feliz es una cosa, ser un esclavo miserable es otra», observó el primer ministro belga, Bart De Wever. «Este no es momento para un nuevo imperialismo ni un nuevo colonialismo», declaró el presidente francés, Emmanuel Macron. Ante el unilateralismo agresivo de Trump, «es hora de aprovechar esta oportunidad y construir una nueva Europa independiente», argumentó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Estas declaraciones han llevado a algunos comentaristas a sugerir que las tensiones transatlánticas, latentes desde el regreso de Trump al poder, están escalando hacia una revuelta contra Washington. Sin embargo, un análisis más detallado revela una realidad bastante diferente.

Una primera pista es que todos los líderes europeos en Davos, incluido el propio Carney, reafirmaron su compromiso con la OTAN y la guerra indirecta en Ucrania. ¿Cómo puede alguien afirmar con credibilidad que busca la «independencia» de Estados Unidos mientras permanece firmemente integrado en la OTAN —el principal instrumento mediante el cual Washington ha subordinado militarmente durante mucho tiempo a sus «aliados» occidentales— y apoya activamente una guerra indirecta que ha sido el principal factor del declive económico y la hipervasallización geopolítica de Europa?

Hoy en día, se habla de la llamada «OTAN europea», una OTAN sin Estados Unidos. Pero esto es una fantasía. La OTAN está estructuralmente anclada en el liderazgo, las capacidades y las estructuras de mando de Estados Unidos. Por lo tanto, el rearme europeo dentro de la OTAN no representa una ruptura con el orden existente; más bien, fortalece el sistema atlantista y profundiza la dependencia estructural de Europa del poder norteamericano. Esto debería disipar cualquier ilusión de autonomía o soberanía estratégica europea.

Groenlandia es el ejemplo más contundente del abismo entre la retórica y la realidad. Públicamente, los líderes europeos se posicionan como defensores de la soberanía de Dinamarca, condenando las amenazas anexionistas de Trump como violaciones del derecho internacional. Sin embargo, en la práctica, ya han tomado medidas para militarizar Groenlandia —y el Ártico en general— en el marco de la OTAN. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, lo dejó claro en Davos: «El presidente Trump y otros líderes tienen razón. Debemos hacer más allí. Debemos proteger el Ártico de la influencia rusa y china».

Esta postura se presenta como una respuesta alternativa a las amenazas de Trump. En realidad, equivale a una capitulación para ellos: Groenlandia está siendo puesta bajo control estadounidense a través de la OTAN. El propio Trump se ha jactado de que las negociaciones en curso otorgan a Estados Unidos «acceso total» sin que este «pague nada».

Irónicamente, este es un ejemplo clásico de la misma “soberanía performativa” que denunció Carney: una postura que habla el lenguaje de la autonomía mientras acepta plenamente el hecho material de la subordinación a través de las estructuras de comando integradas de la OTAN, la infraestructura crítica controlada por Estados Unidos y las arquitecturas financieras occidentales.

Mientras tanto, a pesar de todo lo que se habla del derecho de Groenlandia a la autodeterminación, las preferencias de los groenlandeses se están dejando de lado. Muchos residentes han expresado su frustración por ser tratados como objetos de negociación geopolítica en lugar de como un pueblo. Si bien algunos groenlandeses ven la necesidad de una mayor vigilancia y seguridad en el Ártico dadas las tensiones globales , enfatizan que esto no debe ir en detrimento de la soberanía ni utilizarse para justificar el control externo. Pero la realidad es que la decisión ya está tomada, independientemente del consenso local.

Por lo tanto, cabe preguntarse si este episodio constituye una maniobra clásica de policía corrupto para lograr el anhelado objetivo de militarizar Groenlandia. La lógica es conocida: primero, se presenta el peor escenario posible; luego, se presenta una solución «alternativa» —buscada durante mucho tiempo, pero previamente políticamente insostenible— como la única forma viable de evitar el desastre.

En última instancia, la retórica de Davos sobre la autonomía y la resistencia parece menos un cambio geopolítico que una renovación de la marca del imperio, en el que se invoca cada vez más el lenguaje de la soberanía aunque las estructuras de dependencia persistan o incluso se intensifiquen.

Fuente: ACrO–P’olis

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miércoles, 11 de febrero de 2026

El mundo de los Epstein

 

En la forma histórica de producción en la que nacimos, técnicamente llamada "capitalismo", el dinero ya no es principalmente un medio de intercambio y consumo, sino Poder. Puro Poder. Sade lo vio con claridad; Epstein también.

El mundo de los Epstein

Andrea Zhok

El Viejo Topo

11 febrero, 2026 



A menudo, al hablar de riqueza y justicia social, surge alguien que atribuye toda objeción al exceso de riqueza a la «envidia social». La idea de que la «justicia social» es un concepto falaz se remonta nada menos que a Friedrich von Hayek, y su versión popular es que cualquier discusión sobre justicia social es simplemente una forma de envidia por méritos, capacidades o placeres superiores.

Este nietzscheanismo barato también está muy extendido porque se asocia con el temor de que cualquier crítica a las grandes fortunas acabe implicando a toda la riqueza, según el desafortunado lema de «la propiedad es un robo».

Lo que este enfoque omite sistemáticamente es la división cualitativa entre las pequeñas fortunas —aquellas que pueden ser fruto del trabajo cualificado, la capacidad personal o el sacrificio— y las patrimonializaciones capaces de comprar personas, editores de periódicos, ministros, jueces, sistemas de satélite y la configuración de las políticas nacionales.
En la forma histórica de producción en la que nacimos, técnicamente llamada «capitalismo», el dinero ya no es principalmente un medio de consumo, sino Poder.

La gente común, acostumbrada a trabajar para ganarse la vida, considera el dinero como algo que brinda seguridad, desvía los golpes de la adversidad, facilita proyectos, brinda comodidades, les permite comer y beber mejor, e incluso los hace parecer mejores a los ojos de los demás. Todo esto puede ser a veces sacrosanto, a veces cuestionable, dependiendo de cómo se gaste el dinero, pero no alcanza el nivel superior donde el dinero se transforma sin problemas en poder.

El dinero que permite a Musk influir en el resultado de una guerra en Europa a través de Starlink, a Trump presentarse a la presidencia de EE. UU., a Bill Gates influir en la OMS y ser recibido por Mattarella en el Palacio del Quirinal, a Larry Fink chantajear a naciones enteras con salidas de capital, y mucho, mucho más que no aparece ni debería aparecer a simple vista, ese dinero pertenece a una categoría cualitativamente diferente.

El poder que confiere el gran capital, sin embargo, es un poder particular en el sentido de que no deriva del mérito real o presunto, ni del reconocimiento de las propias capacidades por parte de otros. El Poder del capital se ejerce unilateralmente, sin necesidad de ser aceptado ni reconocido por quienes lo ejercen. El Poder del capital puede ejercer su fuerza independientemente de su origen: puede haber sido heredado de un tatarabuelo bandido, obtenido mediante tráfico de información privilegiada, la trata de esclavos o la explotación infantil, y nada de esto aparece en la escena donde el dinero se convierte en Poder.

La patrimonialización capitalista a gran escala es la única forma verdaderamente absoluta de Poder, ya que no debe su existencia a ningún proceso de legitimación (salvo el funcionamiento de las normas legales que protegen la propiedad y la herencia).

Quienes manipulan un Poder inmenso, sin relación alguna con sus propias cualidades y méritos, ejercen intrínsecamente violencia sobre los demás, una violencia que persiste con su propia existencia. El hecho de que el dinero pueda ejercer poder sobre otros sin que nadie lo reconozca como poder legítimo solo tiene antecedentes históricos en guerras de conquista o saqueo. Pero esas actividades se ejercieron contra «otros», «poblaciones extranjeras», mientras que esta forma de Poder puede ejercerse por igual dentro y fuera de sus propias fronteras: aquí, todos son «extranjeros».
Quienes están acostumbrados a ejercer y pensar que el Poder sobre los demás no guarda relación con sus propias cualidades, capacidades o méritos, consideran el Poder arbitrario.

Esta relación radicalmente unilateral con los demás, quienes por definición son impotentes, genera una mentalidad en la que todo tiene derecho, sin razón.

Al mismo tiempo, una profunda conciencia de la naturaleza francamente arbitraria e infundada del propio poder produce un temor constante a perderlo, ya que, después de todo, está vinculado a quien lo posee solo de forma completamente externa y, en principio, podría transferirse instantáneamente a otros. La riqueza siempre es cuestionable.

El hábito de ejercer un poder absoluto, impersonal, arbitrario, pero cuestionable, tiende a causar un daño moral permanente.

Lo inflige a quienes nos rodean, a la sociedad en su conjunto, que se acostumbra a la arbitrariedad del poder-riqueza y se acostumbra a confiar cada vez menos en sus propias cualidades y cada vez más en la falta de escrúpulos, el oportunismo, la adulación y la cobardía.

Pero también, y principalmente, en quienes ejercen ese poder, quienes terminan equiparando el mundo que nos rodea y a quienes lo habitan con medios disponibles para el ejercicio arbitrario de su voluntad, independientemente de las buenas o malas razones.

Esta es la primera de las razones estructurales que vinculan la existencia de oligarquías financieras con formas de desajuste moral, en los casos más extremos, con la perversión absoluta.
Hasta aquí hemos visto:

1) cómo las grandes concentraciones de capital en la modernidad, y especialmente en el mundo contemporáneo, funcionan como un medio para ejercer el poder (y solo marginalmente para el consumo);
2) cómo no existe conexión entre las cualidades personales y la gestión de grandes cantidades de capital; y
3) cómo esta desconexión entre el ejercicio del poder legalmente irrestricto (absoluto) y las cualidades personales produce corrupción moral, tanto en la sociedad como en quienes lo ejercen.
Una vez examinado el aspecto estructural, es importante completar el panorama determinando su aspecto psicológico-moral.

La impresión de una conexión fundamental entre quienes poseen un capital inmenso y comportamientos que oscilan entre la «extravagancia hedonista» y la «perversión desmedida» siempre ha sido generalizada. No necesitábamos los Archivos Epstein para reconocerlo, a pesar de que el cine convencional suele intentar desviar el foco trasladando los abusos al pasado (presentándolos como rasgos decadentes de épocas lejanas de las que hemos surgido) o a lugares y países remotos, de los que el occidental promedio desconoce todo.

En el debate sobre lo ocurrido en la isla de Epstein, han aparecido repetidamente referencias a la película de Pasolini, Saló, o los 120 días de Sodoma. Sin embargo, el modelo original, por supuesto, es el autor del libro que inspiró a Pasolini: Los 120 días de Sodoma, o La escuela del libertinaje, escrito por el marqués Donatien-Alphonse-François de Sade, heredero de una familia de antigua nobleza y patrimonio, que vivió en la época de la Revolución Francesa. Los escritos de Sade, al igual que sus experiencias biográficas (en la limitada medida que conocemos a través de documentos judiciales), son una constante y autocomplaciente glorificación de conductas que van desde la violación hasta la pedofilia, desde el incesto hasta la tortura y el asesinato, todas ellas en las formas más imaginativas.

En teoría, el Marqués de Sade es un libertino extremista, un ferviente defensor del ateísmo, el hedonismo y el inmoralismo (el rechazo de toda norma moral, de cualquier tipo).

Biográficamente, Sade es un niño mimado que, como él mismo recuerda en un pasaje autobiográfico: «Nacido en medio del lujo y la abundancia, creía que la naturaleza y la fortuna se habían unido para colmarme de sus dones (…) Creía que solo necesitaba concebirlos [mis caprichos] para verlos realizados».

De Sade, sin embargo, siempre tuvo una muy alta opinión de sí mismo y, como lo demuestra el epitafio que él mismo escribió, se percibió constantemente como una víctima de tiempos retrógrados. De hecho, De Sade logró ser destituido tanto por el Antiguo Régimen, por los revolucionarios que lo derrocaron, como por el Directorio que los reemplazó (cualquier comparación con la inercia actual del sistema judicial estadounidense queda a criterio del lector).

De Sade no es simplemente un lunático. Es un lunático «filosófico», por así decirlo. Es un gran admirador del texto de Lamettrie, El hombre máquina, que propugna una visión del materialismo mecanicista, en el que el ser humano, como cualquier otro ser vivo, es simplemente una máquina. Pero, después de todo, ¿qué es una máquina? Una máquina es un instrumento, una entidad que existe para ser utilizada con ciertos fines. ¿Y qué queda del ser humano y sus fines? Solo la capacidad de percibir placer y dolor (esta es también la base del utilitarismo benthamita, que surgió en la misma época). Los humanos son, por lo tanto, máquinas capaces de producir placer o dolor a quienes las operan.

Esta cosmovisión se adapta perfectamente a un sujeto dotado de gran poder material (riqueza), pero al mismo tiempo fundamentalmente inepto, carente de cualquier forma de empatía (los demás son, después de todo, máquinas) y desprovisto de cualquier perspectiva ideal, trascendente, espiritual o histórica.

El mundo que amanecía en Europa en la segunda mitad del siglo XVIII se convirtió en el estilo de vida dominante en Occidente durante el siglo XX. Se le ha etiquetado de diversas maneras: «anarcoindividualismo», «libertarismo», «nihilismo». En el siglo XX, la figura de De Sade fue a menudo idealizada como un liberador de la moral, un existencialista ante litteram. Y esto no es extraño, dado que Sade parece, en muchos sentidos, una encarnación despiadadamente coherente de la cosmovisión dominante.

En cambio, el autor que quizás más perdurablemente se sintió impresionado por la figura de Sade, y que buscó tanto representarlo dialécticamente en sus novelas como refutarlo, fue Dostoievski, quien esbozó sus rasgos básicos en figuras como el «hombre del subsuelo», y posteriormente en Svidrigailov (Crimen y castigo), Stavroguin (Los demonios) y otros protagonistas de sus obras.

Poder desprovisto de responsabilidad, independiente de la calidad, ejercido en un mundo mecánico sobre otros seres que son meros medios entre medios, para obtener lo único que marca la diferencia —a saber, el placer y el dolor—, este es el mundo inaugurado por Sade y realizado por figuras como Epstein (nadie debería creer ni por un instante que Epstein es un caso aislado: es simplemente un caso organizado a mayor escala porque puede usarse como arma de chantaje).
Y el placer aislado de la sensación de placer tiene una tendencia típica (en este sentido, se habla de la «paradoja del hedonista»): buscar el placer por el placer mismo, y no como expresión de significado, como la realización de un proyecto, como un aspecto de la vida, etc., produce un conocido efecto de saturación y habituación.

El placer por el placer mismo se vuelve rápidamente tedioso, aburrido y tiende a desvanecerse. Al ser simplemente una respuesta orgánica, planteada, dentro de este marco, como carente de sentido, el placer se embota y se atrofia.

Y en este punto, para quienes buscan un placer carente de significado en sí mismo, y que tienen los medios para hacerlo fácilmente, se instala necesariamente lo que se llama «perversión». La perversión es la expansión progresiva de la esfera del placer en formas y maneras que mantienen artificialmente cierta capacidad para evocar una emoción residual. Y lo que continúa provocando cierta conmoción es primero lo prohibido, luego lo aborrecido, finalmente lo que es tan repugnante que resulta inconcebible.

En un texto suyo que ha vendido millones de ejemplares (y aquí, admito, mi envidia habla), Yuval Harari —uno de los defensores más constantes de la cosmovisión de Lamettrie, en sus formas actuales— se expresa con admirable claridad. Lo que él llama «el pacto de la modernidad», o la transformación que caracteriza a la modernidad occidental, se puede resumir en una simple frase: «los seres humanos acuerdan renunciar al significado a cambio de poder».

Curiosamente, Harari nunca pregunta quién habría estipulado este pacto, quién lo habría consentido. No recuerdo haberlo firmado. Decir que si nacías en esta época lo firmabas automáticamente es un poco conveniente: suena mucho al «no hay alternativa» thatcheriano (TINA).

Quizás sea un pacto que debe aceptarse como condición para estar entre quienes ejercen ese poder. Y, de hecho, parece un pacto mucho más probable de ser aceptado por quienes ostentan y gestionan el poder que por quienes lo soportan (y por quienes preferentemente ostentan el mencionado poder absoluto).

Pero Harari, intelectual israelí y estrella invitada en las cumbres de Davos, probablemente esté acostumbrado a asociarse solo con los primeros.

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martes, 10 de febrero de 2026

Carta de Valéria Chomsky

Somos muchos los que hemos quedado perplejos al conocer la relación, bastante estrecha, de Noam Chomsky con el criminal multimillonario Jeffrey Epstein. Ante la imposibilidad por parte de Chomsky de tomar la palabra, su esposa, Valeria, lo hace en su lugar


Carta de Valéria Chomsky

El Viejo Topo

10 febrero, 2026



DECLARACIÓN DE VALÉRIA CHOMSKY

Como muchos saben, mi esposo, Noam Chomsky, ahora de 97 años, afronta importantes desafíos de salud después de sufrir un devastador derrame cerebral en junio de 2023. Actualmente, Noam está bajo atención médica las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y no puede hablar ni participar en conversaciones públicas.

Desde esta crisis de salud, me he dedicado por completo al tratamiento y la recuperación de Noam, siendo la única responsable de él y de su tratamiento médico. Noam y yo no contamos con ningún tipo de asistencia en cuanto a relaciones públicas. Por esta razón, solo ahora he podido abordar el tema de nuestros contactos con Jeffrey Epstein.

Noam y yo hemos sentido un profundo pesar por las cuestiones sin resolver que rodean nuestras interacciones pasadas con Epstein. No queremos dejar este capítulo envuelto en la ambigüedad.

A lo largo de su vida, Noam ha insistido en que los intelectuales tienen la responsabilidad de decir la verdad y desenmascarar las mentiras, especialmente cuando esas verdades les resultan incómodas.

Como es bien sabido, una de las características de Noam es creer en la buena fe de las personas. La naturaleza excesivamente confiada de Noam, en este caso concreto, nos llevó a ambos a cometer un grave error de juicio.

Se han planteado preguntas acertadas sobre las reuniones de Noam con Epstein y sobre la asistencia administrativa que su oficina proporcionó en relación con un asunto financiero privado, que no tenía absolutamente ninguna relación con la conducta delictiva de Epstein.

Noam y yo conocimos a Epstein al mismo tiempo, durante uno de los eventos profesionales de Noam en 2015, cuando muy pocas personas conocían la condena de Epstein en 2008 en el estado de Florida, mientras que la mayoría del público, incluidos Noam y yo, no teníamos conocimiento de ella. Eso solo cambió tras el informe de noviembre de 2018 del Miami Herald.

Cuando conocimos a Epstein, este se nos presentó como un filántropo de la ciencia y un experto financiero. Al presentarse de esta manera, Epstein llamó la atención de Noam y comenzaron a mantenerse en contacto. Sin saberlo, le abrimos la puerta a un caballo de Troya.

Epstein comenzó a rodear a Noam, enviándole regalos y creando oportunidades para mantener interesantes conversaciones sobre temas en los que Noam había trabajado extensamente. Lamentamos no haber percibido esto como una estrategia para atraparnos y tratar de socavar las causas que Noam defiende.

Almorzamos una vez en el rancho de Epstein, en relación con un evento profesional; asistimos a cenas en su casa de Manhattan y nos alojamos varias veces en un apartamento que nos ofreció cuando visitamos la ciudad de Nueva York. También visitamos el apartamento de Epstein en París una tarde con motivo de un viaje de trabajo. En todos los casos, estas visitas estaban relacionadas con los compromisos profesionales de Noam. Nunca fuimos a su isla ni supimos nada de lo que ocurría allí.

Asistimos a reuniones sociales, almuerzos y cenas en las que Epstein estaba presente y se discutían asuntos académicos. Nunca presenciamos ningún comportamiento inapropiado, delictivo o reprochable por parte de Epstein o de otras personas. En ningún momento estuvieron  niños o menores de edad presentes.

Epstein propuso reuniones entre Noam y figuras que le interesaban, debido a sus diferentes perspectivas sobre temas relacionados con el trabajo y el pensamiento de Noam. Fue en este contexto académico que Noam escribió una carta de recomendación.

El correo electrónico entre Noam y Epstein, en el que este último le pedía consejo sobre la prensa, debe leerse en su contexto. Epstein le había dicho a Noam que estaba siendo perseguido injustamente, y Noam habló desde su propia experiencia en controversias políticas con los medios de comunicación. Epstein creó una narrativa manipuladora sobre su caso, en la que Noam, de buena fe, creyó. Ahora está claro que todo fue orquestado, siendo como mínimo una de las intenciones de Epstein intentar que alguien como Noam reparara la reputación de Epstein por asociación.

Las críticas de Noam nunca se dirigieron al movimiento feminista; al contrario, él siempre ha apoyado la igualdad de género y los derechos de las mujeres. Lo que ocurrió fue que Epstein se aprovechó de las críticas públicas de Noam hacia lo que se conoció como «cultura de la cancelación» para presentarse a sí mismo como una víctima de la misma.

Solo después de la segunda detención de Epstein en [julio] de 2019 nos dimos cuenta del alcance y la gravedad de lo que entonces eran acusaciones —y ahora se han confirmado— de crímenes atroces contra mujeres y niños. Fuimos descuidados al no investigar a fondo sus antecedentes. Fue un grave error y, por ese lapsus de juicio, pido disculpas en nombre de ambos. Noam me confesó, antes de su derrame cerebral, que opinaba lo mismo.

En 2023, la respuesta pública inicial de Noam a las preguntas sobre Epstein no reconoció adecuadamente la gravedad de los delitos de Epstein y el dolor perdurable de sus víctimas, principalmente porque Noam daba por sentado que condenaba tales delitos. Sin embargo, siempre es necesario adoptar una postura firme y explícita sobre estos asuntos.

Para ambos fue profundamente perturbador darnos cuenta de que nos habíamos relacionado con alguien que se presentaba como un amigo servicial, pero que llevaba una vida oculta de actos criminales, inhumanos y pervertidos.

Desde que se reveló el alcance de sus delitos, hemos estado conmocionados.

Para aclarar lo relativo al cheque: Epstein le pidió a Noam que desarrollara un desafío lingüístico que Epstein deseaba establecer como un premio regular. Noam trabajó en ello y Epstein envió un cheque por 20.000 dólares estadounidenses como pago. La oficina de Epstein se puso en contacto conmigo para organizar el envío del cheque a nuestra dirección particular.

En cuanto a la transferencia de aproximadamente 270.000 dólares, debo aclarar que se trataba íntegramente de fondos propios de Noam. En ese momento, Noam había detectado inconsistencias en sus recursos de jubilación que amenazaban su independencia económica y le causaban una gran angustia. Epstein le ofreció asistencia técnica para resolver esta situación concreta.

En este asunto, Epstein actuó en consecuencia, recuperando los fondos para Noam, en una muestra de ayuda y muy probablemente como parte de una maquinación para obtener un mayor acceso a Noam. Epstein actuó únicamente como asesor financiero en este asunto concreto. Según mi leal saber y entender, Epstein nunca tuvo acceso a nuestras cuentas bancarias o de inversión.

También es importante aclarar que Noam y yo nunca procedimos a ninguna inversión con Epstein o su oficina, ni individualmente ni como pareja.

Espero que esto aclare y explique retrospectivamente las interacciones de Noam Chomsky con Epstein. Noam y yo reconocemos la gravedad de los delitos de Jeffrey Epstein y el profundo sufrimiento de sus víctimas. Nada en esta declaración pretende minimizar ese sufrimiento, y expresamos nuestra solidaridad sin reservas con las víctimas.

7 de febrero de 2026.

Valéria Chomsky

Fuente: Aaron Maté

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Hay un solo marxismo: contra el marxismo “occidental”, “oriental” y “tercermundista”

 

Hay un solo marxismo: contra el marxismo “occidental”, “oriental” y “tercermundista”

 

Diario octubre / febrero 9, 2026


Nikos Mottas.— El intento recurrente de dividir el marxismo en «occidental», «oriental», «tercermundista» u otras variantes geográficamente marcadas refleja un retroceso teórico más profundo respecto del marxismo como cosmovisión científica y método revolucionario. Dichas distinciones transforman implícitamente el marxismo, de una teoría universal de la sociedad capitalista y la lucha de clases, en un conjunto de perspectivas culturalmente condicionadas, moldeadas principalmente por la geografía, más que por las relaciones sociales objetivas. Desde una perspectiva marxista-leninista, este enfoque es fundamentalmente erróneo. El marxismo es uno, no porque ignore la especificidad histórica y nacional, sino porque se basa en leyes objetivas de desarrollo social que operan globalmente dondequiera que exista el capitalismo.

 

Este punto ya estaba claro para Engels, quien enfatizó repetidamente que el socialismo no es una doctrina moral ni una tradición nacional, sino el resultado científico del análisis material. En Socialismo utópico y científico, Engels insistió en que el marxismo no surgió de ideales abstractos, sino de “las condiciones materiales de vida”, y que sus conclusiones se derivan necesariamente del desarrollo de la producción capitalista. Una ciencia basada en las condiciones materiales no puede ser regionalmente plural en sus fundamentos. Las leyes del movimiento del capitalismo existen o no. Si existen, entonces el marxismo, como su expresión científica, debe estar teóricamente unificado.

Marx y Engels no presentaron el marxismo como una “interpretación europea” de la sociedad. Formularon una concepción materialista de la historia basada en los modos de producción, las relaciones de clase y la explotación. Estos no son fenómenos regionales. El capitalismo, una vez establecido como sistema mundial, impone sus leyes universalmente, aunque en formas desiguales y contradictorias. El objetivo declarado de Marx en El Capital era descubrir “la ley económica del movimiento de la sociedad moderna”. Una ley del movimiento no es culturalmente relativa; Se aplica dondequiera que prevalezcan las relaciones sociales que describe. Hablar de marxismos múltiples implica, por lo tanto, implicar múltiples capitalismos regidos por lógicas fundamentalmente diferentes, una implicación que se derrumba ante cualquier análisis serio del mercado mundial.Plejánov reforzó este punto en sus polémicas contra el populismo y el voluntarismo. Argumentó que el marxismo pierde todo significado científico cuando el desarrollo histórico se trata como producto del carácter nacional, la voluntad moral o la especificidad cultural. Para Plejánov, la universalidad del marxismo residía precisamente en su explicación de cómo las condiciones objetivas configuran la conciencia y la política. Las diferencias en las trayectorias históricas no negaban las leyes generales del desarrollo; las confirmaban a través de la variación concreta. El intento de derivar marxismos distintos de regiones distintas representa, por lo tanto, una regresión al pensamiento histórico premarxista.

La unidad del marxismo se hace aún más evidente en la época del imperialismo. El análisis de Lenin del imperialismo no fue el nacimiento de un marxismo «ruso» u «oriental», sino la continuación del marxismo bajo nuevas condiciones históricas. El imperialismo, como demostró Lenin, no es una decisión política ni un fenómeno regional, sino una etapa estructural del capitalismo mismo, caracterizada por el monopolio, el capital financiero y la división global del trabajo. En «El imperialismo, fase superior del capitalismo», Lenin enfatizó que el imperialismo une a todos los países, tanto opresores como oprimidos, en un único sistema mundial. La implicación es decisiva: una vez que el capitalismo se vuelve imperialista, el terreno de la lucha de clases se globaliza, y el marxismo solo puede existir como una teoría unificada que aborde ese sistema global.

La insistencia de Lenin en que «sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario» debe entenderse en este contexto. Para Lenin, la teoría no era un conjunto de narrativas adaptables, sino una guía científica para la acción. Cuando el marxismo se fragmenta en variantes regionales o culturales, pierde precisamente esta función orientadora. Lo que queda no es desarrollo, sino eclecticismo, donde la teoría se somete a las presiones políticas inmediatas en lugar de clarificarlas.

La noción de «marxismo occidental» a menudo se presenta como una corrección al supuesto economicismo o rigidez. Sin embargo, lo que normalmente corrige no es dogmatismo, sino contenido revolucionario. Al orientar el marxismo hacia la filosofía, la cultura o la epistemología, dejando de lado la cuestión del poder estatal, reproduce la misma separación entre teoría y práctica que Marx criticó en el materialismo anterior. El Estado y la revolución de Lenin es inequívoco en este punto: el Estado es un instrumento de dominación de clase, y cualquier marxismo que no sitúe la destrucción del Estado burgués en el centro de su análisis deja de ser revolucionario, independientemente de su sofisticación intelectual.

La intervención de Althusser se utiliza a menudo de forma errónea para justificar el pluralismo teórico, pero, leída con atención, respalda la conclusión contraria. Althusser insistió en el carácter científico del marxismo y su ruptura epistemológica con la ideología. Rechazó el historicismo y el humanismo precisamente porque disolvían el marxismo en una interpretación cultural o filosófica. Si bien Althusser enfatizó la complejidad estructural y la autonomía relativa, nunca abogó por marxismos múltiples basados ​​en la geografía. Por el contrario, su concepto de «práctica teórica» ​​presuponía un marco científico coherente cuya validez no varía según la región, aunque sus objetos de análisis sí lo hacen.

La idea de un «marxismo del Tercer Mundo» distinto sigue una lógica problemática similar. A menudo surge de la innegable realidad del colonialismo y la opresión nacional, pero transforma estas realidades en fundamentos teóricos en lugar de objetos de análisis. Lenin abordó este peligro directamente en sus escritos sobre la cuestión nacional y colonial. Insistió en que el apoyo a las luchas de liberación nacional debe estar siempre subordinado a la política de clase proletaria y al internacionalismo. La cuestión decisiva nunca es la geografía, sino la dirección de clase y el contenido social. Cuando el antiimperialismo se separa de la lucha contra el capitalismo, el marxismo se reduce a un vocabulario radical para el nacionalismo burgués.

Aquí también, el trabajo de Stalin sobre la cuestión nacional resulta instructivo. Al definir la nación a través de la vida económica y el desarrollo histórico, en lugar de la cultura o la etnicidad, Stalin reafirmó la base materialista del marxismo. Las formas nacionales se producen históricamente; no son puntos de partida teóricos. Derivar marxismos separados de la experiencia nacional o regional es, por lo tanto, invertir el marxismo, elevando las formas históricamente condicionadas a teorías autónomas.

Lo que emerge de Engels, Plejánov, Lenin e incluso Althusser es una línea consistente: el marxismo es una ciencia de las formaciones sociales regidas por leyes objetivas. Exige un análisis concreto, pero este presupone una teoría general. La diversidad táctica no implica pluralismo teórico. Al contrario, solo una teoría unificada permite una variación estratégica significativa.

Históricamente, la fragmentación del marxismo ha coincidido con períodos de derrota o acomodación, cuando la política revolucionaria da paso al reformismo, la crítica cultural o la sustitución nacionalista. En tales momentos, el marxismo se redefine como un discurso entre otros, en lugar de como una ciencia orientada a la conquista del poder. Esta pluralización refleja la ideología burguesa, que presenta todos los puntos de vista como igualmente válidos mientras preserva el dominio material del capital.

En este punto, es preciso confrontar directamente una distorsión particularmente corrosiva. Entre ciertos autoproclamados «comunistas», el término «marxismo occidental» se invoca en un sentido puramente peyorativo, no para defender la unidad del marxismo, sino para legitimar un «tercermundismo» vago y, en última instancia, reaccionario. En este marco, cualquier fuerza que se oponga retóricamente a un bloque imperialista determinado se considera automáticamente progresista, independientemente de su carácter de clase, su relación con el capital o la represión de la clase obrera y los comunistas. Esto no es marxismo, sino campismo geopolítico revestido de lenguaje radical. Lenin advirtió explícitamente contra precisamente esta sustitución cuando insistió en que la burguesía de una nación oprimida puede convertirse en opresora, y que los socialistas nunca deben abandonar su deber de lucha de clases contra su «propia» burguesía. Para Lenin, el imperialismo no era una cuestión de política exterior hostil ni de alineamiento civilizacional, sino un sistema de relaciones capitalistas, y los conflictos entre el imperialismo y las clases dominantes no proletarias no constituían en sí mismos luchas progresistas. La trayectoria del régimen ayatolá iraní después de 1979 ilustra esto con brutal claridad: a pesar de su enfrentamiento con el imperialismo estadounidense, actuó con rapidez para aplastar el movimiento comunista, ilegalizar el Partido Tudeh, ejecutar o encarcelar a miles de comunistas y militantes, destruir sindicatos independientes y consolidar un orden capitalista bajo el régimen clerical. Presentar dicho régimen como «progresista» basándose únicamente en el antagonismo geopolítico es abandonar el análisis de clase marxista en favor de una apología estatista. Apoyar a estados abiertamente anticomunistas, burguesías compradoras o regímenes reaccionarios en nombre del «antiimperialismo» es, por lo tanto, abandonar por completo el análisis de clase y reemplazarlo por una lógica cruda de amigo-enemigo, tomada de la geopolítica burguesa. Esta tendencia no supera las «desviaciones occidentales», sino que las reproduce de forma invertida: donde el reformismo disuelve el marxismo en el pluralismo liberal, este pseudotercermundismo lo disuelve en una apología nacionalista. Ambas niegan el principio marxista central de que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera. Una política que suspende la crítica a la explotación, la represión y la dominación capitalista simplemente porque estas ocurren fuera de Occidente no es antiimperialista en el sentido marxista; es antiproletaria. Al separar el antiimperialismo del anticapitalismo y del liderazgo proletario, estas posturas no fortalecen el internacionalismo, sino que lo liquidan, reduciendo el marxismo a un mero cómplice retórico de fuerzas que, en otras circunstancias, dirigirían su represión directamente contra los propios comunistas.

El marxismo, sin embargo, nunca pretendió ser un catálogo de perspectivas. Es la expresión teórica del movimiento histórico de la clase obrera. Su unidad refleja la unidad del capitalismo como sistema mundial y la unidad del proletariado como clase con intereses comunes que trascienden las fronteras nacionales. Como Marx y Engels argumentaron en el Manifiesto Comunista, la emancipación de la clase obrera es una tarea internacional no por solidaridad moral, sino porque el capital mismo es internacional.

Por lo tanto, no existe un marxismo «occidental», «oriental» o «tercermundista» en sentido teórico. Existe un marxismo aplicado a diferentes condiciones históricas y sociales, que confronta diferentes configuraciones de explotación y dominación, pero guiado por los mismos principios científicos. Defender esta unidad no es dogmatismo. Es la defensa del marxismo contra el relativismo, el eclecticismo y la liquidación política. El marxismo es uno porque el capitalismo es un sistema mundial único, la lucha de clases es universal y la liberación del trabajo es una tarea histórica única.

idcommunism / insurgente

Vía:insurgente.org

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Lunes 9. La huelga de trabajadores ferroviarios a toda máquina {España}

 

Lunes 9. La huelga de trabajadores ferroviarios a toda máquina

 

Insurgente.org / 19.02.2026

Este lunes 9 de febrero de 2026 comienza la huelga del sector ferroviario en España, que se va a alargar durante tres días consecutivos, hasta el miércoles 11 de febrero, afectando tanto a los trenes de Cercanías como de Rodalies, así como Media Distancia, Larga Distancia y Alta Velocidad.

De hecho, durante la mañana de este lunes ya han comenzado a circular los diferentes servicios, pero con limitaciones. Iryo y Ouigo circulan con 350 servicios de alta velocidad cancelados en estos tres días, mientras que los trenes de mercancías lo hacen con servicios mínimos se limitan al 21%. Cercanías tiene un 50% de servicios mínimos en horas valle y el 75% en horas puntas y los trenes de Rodalies operan al 33% fuera de hora punta y los Media Distancia al 65% en toda España.

Los servicios mínimos del 73% decretados por el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible para la alta velocidad implican que hasta 350 trenes a lo largo de estos tres días no estarán garantizados.

De ellos, 272 pertenecen a Renfe, que operará 723 trenes de los 995 que tenía programados en estos tres días. Iryo cancelará 48 servicios, por lo que operará 136 de los 184 programados, mientras que de Ouigo no circularán 30 trenes, al operar 80 de los 110 programados.

En la media distancia de Renfe, 683 servicios no serán prestados, en aplicación de los servicios mínimos decretados del 65% (operarán 1.277 de 1.960); en cercanías funcionarán el 50% en hora valle y el 75% en hora punta (en Cataluña será entre el 33% y 66%); y en Mercancías, solo el 21%.

De hecho, Rodalies ha avisado este lunes de que se están produciendo «afectaciones» en todas las líneas del servicio por la huelga y recomienda usar el transporte público alternativo, según ha señalado en una anotación en ‘X’

Por su parte, desde Cercanías Madrid informan desde primera hora de diferentes afecciones en varias líneas:

§  En la línea C4 con origen Parla, los trenes se han demorado una hora en comenzar el servicio, por lo que se ha informado de la limitación en el acceso a la estación «por motivos de seguridad y para evitar acumulaciones en el andén a causa de los efectos de la huelga convocada en el sector ferroviario».

§  En la línea C3, los trenes con origen Chamartín y destino Aranjuez solo iniciaban el recorrido en la estación de Atocha.

§  En el caso de la C2, se recomendaba «el uso de transporte alternativo», ya que a las 9.37 horas, el siguiente tren con origen Guadalajara y destino Chamartín no tenía prevista la salida hasta las 10.25 horas, casi una hora después.

§  En las líneas C8a, C8b y C10, se indica que los trenes sufren demoras de una hora, por lo que también se recomienda el uso de transporte alternativo.

Este lunes se seguirán manteniendo reuniones, incluidas mesas técnicas para tratar las propuestas realizadas por el Ministerio en materia de seguridad ferroviaria, por lo que, en caso de llegar a un acuerdo, la huelga podría ser desconvocada.

Los sindicatos reivindican un cambio estructural en la seguridad del sistema ferroviario español, tras los accidentes de Adamuz (Córdoba) y Gelida (Barcelona), reclamando más inversiones y que no se externalicen los trabajos en empresas privadas.

En las distintas reuniones que han mantenido con el Ministerio, han arrancado algunas propuestas como una mayor inversión en mantenimiento, más contrataciones de personal en Adif y nuevas normativas que refuercen la seguridad ferroviaria.

Las propuestas todavía no han convencido a los sindicatos, principalmente porque se trata de medidas que requieren el visto bueno del Ministerio de Hacienda, al implicar aumentos de gasto público.

Las movilizaciones, convocadas por Semaf, SFF-CGT, Sindicato Ferroviario Intersindical (SF-I)  Alferro. CCOO y UGT afectarán a todos los trabajadores del sector, incluido el personal de Serveo, que presta servicios a bordo, así como a empresas de mercancías como Medway, Captrain, Transervi, Redalsa y Tracción Rail.

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