jueves, 5 de marzo de 2026

Capitalismo de muerte

 

Este fragmento del capítulo I del nuevo libro de Andrés Piqueras, publicado en El Viejo Topo, sostiene que la crisis sistémica del capitalismo ha entrado en una fase de guerra abierta, donde la guerra funciona como motor económico y herramienta política de control social.

Capitalismo de muerte

Andrés Piqueras

El Viejo Topo

5 marzo, 2026 



Capítulo I

Capitalismo de guerra. Crecimiento militarizado

Para entender el título y el contenido de este capítulo tenemos que tener en cuenta dos consideraciones básicas. La primera es que la crisis sistémica capitalista ha llegado a su fase bélica abierta. O lo que es lo mismo, la crisis del capital desemboca necesariamente en el recurso de la guerra como dispositivo económico (forma cada vez más privilegiada de crecimiento) y ultraeconómico (al rescate del conjunto de la economía capitalista, lo que conlleva también claros objetivos políticos de control y subordinación, y como consecuencia, de detrimento de las condiciones de vida de la casi totalidad de la población humana), con la consiguiente generalización e intensificación de las dinámicas bélicas y el despliegue mundial de cada vez más modalidades de guerra.

Capital, Estado y Guerra (o dinámicas bélicas de militarización y producción) han ido de la mano desde el principio y a duras penas podrían ser concebibles por separado en el modo de producción capitalista.

“Un sistema en el que la guerra no es un acontecimiento sino una institución, no una crisis sino una función, no una ruptura sino un pivote del sistema (…) La producción de armamentos, la gestión del gasto militar y la guerra son los instrumentos primordiales para asegurar básicamente la dominación de clase” (Lazzarato: 2025).

Sin embargo, es en las crisis profundas o depresiones sistémicas cuando los mecanismos político-sociales y factores económicos asociados a la guerra se intensifican. O también vale la inversa: cuando los factores bélicos más se incorporan a la economía. Si Crisis y Guerra son ya de por sí prácticamente sinónimos, es entonces cuando Capital y Guerra se funden más íntimamente.

A pesar de mezclar la reproducción del capital con los problemas de realización de la plusvalía, fue Rose Luxemburg (1966) una de las grandes figuras del marxismo que anticipó el hecho de que la tendencia del capital hacia su mundialización quedaba de una u otra manera frustrada por su incapacidad para hacerse una forma mundial de producción única, pues para ella el capital no puede existir por sí mismo, sin otras formas de producción 8 9 de las que aprovecharse y sin incorporar constantemente “el afuera capitalista” a su ley del valor. Lo que debiera ser evidente, en cualquier caso, es que dentro de los límites planetarios infraestructurales y de mercado, una pretendidamente ilimitada reproducción ampliada del capital no puede ser realizada, menos a través del mero funcionamiento económico o del “sujeto automático” del valor, sino que precisa indefectiblemente para cualquier posible continuación, de la violencia política y militar.

De manera que

“La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercicio de la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de constitución del Estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña a la proletarización industrial” 9 (Alliez y Lazzarato: 2022: 28) .

La segunda consideración tiene que ver con el declive de la potencia hegemónica del capitalismo en los últimos 75 años: Estados Unidos. Ambos procesos son lógicamente complementarios.

En la cabal comprensión de ello es importante considerar que el orden metabólico del capital requiere de estructuras políticas de mando, por más que muchas de sus claves de intervención, e incluso de las formas en que cobran existencia, pasen a menudo desapercibidas para las sociedades. En un capitalismo globalizado pero carente de una entidad política territorial global (algo así como un Estado mundial), buena parte de las estrategias de ese mando vienen ejercidas directa o indirectamente por la potencia dominante, un hegemón, el cual se encarga en mayor medida que ningún otro de crear o recrear, organizar y dirigir el conjunto de instituciones mundiales necesarias para la regulación global del Sistema (a su favor, evidentemente). Desde mediados del siglo XX ese papel le ha correspondido a EE.UU.

Esta formación social imperial, como veladora última del funcionamiento del capitalismo global, se ha encargado desde entonces de establecer el entramado jurídico-institucional valedor de la acumulación de capital a escala planetaria (FMI, BM, ONU, organismos internacionales diversos, el embrión de lo que sería una organización mundial del comercio –el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio–, cumbres de las principales potencias, tribunales de arbitraje internacional, “cooperación al desarrollo”, etc.). Su ambicioso proyecto de construcción del capitalismo global a imagen propia, pasa por un conjunto de dispositivos y medidas tendentes a garantizar la reproducción ampliada del capital a escala interna y global.

Tal poder imperial global estadounidense se ha basado históricamente en tres pilares fundamentales. El primero, la fortaleza sin igual en todo el mundo de su economía (su industria, servicios, comercio, finanzas y tecnología). El segundo, la existencia del dólar como moneda de cambio, de reserva y atesoramiento de la economía mundial. El tercero, su incontestable poder militar.

A ellos se podría añadir un cuarto pilar: su dominio cultural y mediático. El cuasi-monopolio sobre las comunicaciones (donde se incluyen hoy sus 5 gigantes tecnológicos: Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft), incluida internet, ha permitido a EE.UU., y por extensión a las formaciones sociales europeas, seguir “construyendo el relato” del mundo (a semejanza de lo que esas últimas vienen haciendo desde su expansión colonial en el siglo XV). Esta es una fuente de poder que algunos han bautizado como “poder blando”, pero que tiene una materialidad bien firme y constatable: el control de las conciencias condiciona palmariamente el de los hechos.

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miércoles, 4 de marzo de 2026

Imperio

 

Publicado en 2002 por Francisco Fernández Buey, histórico colaborador de El Viejo Topo, este texto ofrece una reflexión crítica sobre la persistencia de la barbarie en la modernidad tardía.

TOPOEXPRESS

Imperio

 

Francisco Fernández Buey

El Viejo Topo

4 marzo, 2026 Francisco Fernández Buey


Primo Levi, reflexionando sobre el Holocausto, escribió que la historia de la barbarie es como un silogismo práctico. La premisa mayor de este silogismo reza así: «Todo extranjero es enemigo». La conclusión del mismo no es única: puede ser el genocidio o el etnocidio, la limpieza étnica o el asimilacionismo, los campos de concentración o los campos de destrucción de otros pueblos, de otras culturas. Por desgracia, la aceptación de la premisa mayor de este silogismo es casi siempre inconsciente para la mayoría de los humanos. Pero siempre que en la historia de la humanidad esta premisa mayor se ha convertido en dogma, mediante la afirmación autoexcluyente de la propia cultura, que se considera a sí misma superior, el resultado ha sido la planificación de la propia barbarie: el holocausto, el quemar todo lo otro, la implantación del infierno sobre la tierra. En el trasfondo del Holocausto está la afirmación arrogante de la Kultur frente a la Zivilisation.

Lo característico del capitalismo posmoderno en la época del Imperio único es que se presenta a sí mismo como vencedor de las fuerzas que causaron el último gran holacausto del siglo XX, pero al mismo tiempo, al afirmar la superioridad de la propia cultura mercantil, quema todo aquello que considera antagonista o enemigo, crea otros holocaustos y los presenta ante la propia opinión pública como necesarios, como respuesta supuestamente «civilizada» ante el riesgo de que aparezca en el horizonte un nuevo Hitler. Avisa de que viene El Lobo y, mientras tanto, convierte en lobos a los paisanos. La paradoja de los nuevos holocaustos es que éstos se presentan como una retorsión del principal Holocausto del siglo XX: el capitalismo posmoderno dice querer hacer modernos a todos los demás, induce en las otras culturas nuevas necesidades y, cuando llega a la conclusión de que estas nuevas necesidades inducidas no pueden ser satisfechas más allá del mundo de los ricos, quema y destruye las tradiciones y culturas que no se adaptan a los designios del Imperio.

[…]

De ese tipo de cinismo dijo Oscar Wilde: «Sabe el precio de cada cosa, pero no sabe el valor de ninguna».

El Imperio se mofa de las banderas de los otros aduciendo que pasaron ya los tiempos de las banderas «provincianas» y a continuación exalta la propia bandera en todas las actividades cotidianas y la impone a otros pueblos a miles de quilómetros de su centro. El Imperio se cisca en la inteligencia crítica y llama «inteligencia» al espionaje. Forma «luchadores de la libertad» donde tiene intereses geoestratégicos y luego, cuando quieren autodeterminarse, los llama terroristas. Se llena la boca con la palabra «libertad» y en las provincias no reconoce otra que la Quinta Libertad, el Séptimo de Caballería posmoderno. Hunde la enseñanza pública universitaria donde la hubo y luego dedica enormes recursos a la compra de intelectuales de los cinco continentes, convierte sus obras en mercancías cosmopolitas y les exige que renuncien a sus orígenes declarando que ha llegado la guerra entre civilizaciones. Dedica importantes sumas a la investigación de medicamentos para combatir las enfermedades de la civilización y luego se lucra con ellos condenando a la muerte a los pobres que no pueden pagarlas.

[…]

El odio no justifica, obviamente, la barbarie de los otros (tan moderna y a veces tan posmoderna, por cierto, como la del Imperio), pero explica la desesperación que conduce a ella. El capitalismo imperial posmoderno exalta constantemente la violencia en los medios de comunicación que domina, fomenta la Sociedad del Rifle, practica la pena de muerte y luego interviene violentamente para combatir la violencia que él mismo ha inducido. El capitalismo imperial posmoderno llama fundamentalismo a la desesperación de los otros y oculta el fundamentalismo propio. De ahí surgen varios holocaustos selectivos y una nueva especie de macartismo global.

He aquí otra vez el «poder desnudo» del que hablaba el viejo Einstein al acabar la segunda guerra mundial. Un tipo de poder que a él le recordaba la época del ascenso del nacional-socialismo en Alemania. Retorsión de lo que hubo. Esta vez son los musulmanes y asimilados quienes más sufren. Pero conviene recordar, con Levi, que ya en el infierno de Auschwitz se llamaba «musulmanes» a los más desgraciados de entre los desgraciados del campo de exterminio. ¿Una premonición? La última imagen de la dimensión que ha alcanzado el «poder desnudo» ha sido el traslado forzoso de los talibanes afganos desde Kabul a Guantánamo, cuerda de presos organizada con los últimos adelantos tecnológicos que, sin embargo, trae a la memoria alguna de las escenas del Espartaco de Kubrick. Todo un símbolo. Por lo que significaba Kabul, en el corazón de las tinieblas, y por lo que significa Guantánamo, territorio imperial en la isla de Cuba.

Nuevamente en el Imperio. Como dijo Walter Benjamin, no hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie.

¿Hay alguien ahí?

Fuente: La insignia

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martes, 3 de marzo de 2026

Una lejana inquietud

 

En febrero de 2001 el Topo publicaba este relato de nuestro colaborador y amigo, Higinio Polo, sindicalista presente en la Generalitat en aquella aciaga noche. Este es su testimonio. Tal vez un día verán la luz algunas otras dramáticas aventuras que aquella noche sufrieron otros miembros del Topo.

Una lejana inquietud

 

Higinio Polo

EL viejo Topo

2 marzo, 2026 



UNA LEJANA INQUIETUD O VEINTICUATRO HORAS DE LA VIDA DE UN PAÍS

 

“¡Eh! ¡Ustedes!

¡Apaguen esos ojos asombrados!”

Vladimir Maiacovski.

 

Recibir un encargo para reconstruir un día de la vida de un país y atreverse a llevarlo a cabo es algo complicado. Al cronista no le cuesta reconocerlo. Y no sólo por cuestiones de impericia, aunque se trate exclusivamente de la reconstrucción de algunas horas que conmovieron a los ciudadanos en una lejana jornada de la que ahora vamos a cumplir veinte años. Es complicado porque el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, o los distintos golpes que estaban en marcha y que confluyeron en ese día, es uno de los momentos decisivos de la transformación política española tras la dictadura franquista.

Por eso juzga el cronista que lo más razonable, lo más prudente, es centrar el examen en algún rasgo relevante, y que, aprovechando que veinte años no es nada, qué febril la mirada, podría limitar el asunto a un episodio concreto de veinticuatro horas de la vida de un país, o de una mujer, que tal vez sea lo mismo. Aún así las posibilidades son numerosas: el cronista podría hacer una descripción de los acontecimientos, o de los riesgos que se corrían entonces, o de los fantasmas del pasado y de la dictadura que volvía a levantar sus garras. O examinar las consecuencias que tuvo la intentona militar: por ejemplo la elaboración de una ley llamada LOAPA, según nos recuerdan nuestros nacionalistas locales siguiendo la opinión del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Y otras, que omite.

Veinte años después de aquel día tal vez lo más atractivo fuese escribir unas líneas épicas sobre la victoria de la libertad, cerrando los ojos a las miserias que surgen en los momentos decisivos, pero sabiendo al mismo tiempo que el reproche es siempre poco elegante. Sin embargo, al cronista le da cierta pereza abandonarse a la grata evocación de las batallas del pasado. También podría hablarse de las incógnitas que persisten: son muchas. Y algunas, probablemente, nunca serán descifradas. No hay lugar para la alarma o el enfado: después de todo ya nos tenía advertidos Chu En Lai de que, casi doscientos años después de los hechos, todavía no estábamos preparados para comprender la revolución francesa. Es una sabiduría oriental que podemos recordar ahora.

Apuntemos algunas de esas incógnitas: por ejemplo, la lentitud en la actuación del rey. Un rey extraño, sí, aunque el protocolo nos lo quiere campechano, y lleno de amor al pueblo. Un monarca que combate el golpe –apuntemos de paso que, en realidad, dicen los republicanos rojos, se preocupa por el trono- pero tarda demasiado en decirlo y en hacerlo llegar a la población: una eternidad. Hay que decir en su descargo que es el monarca de un país pobre, sin apenas teléfonos, con dificultades de comunicación. Pero tarda demasiado. O traza una sutil estrategia que veinte años después todavía no puede conocerse en su totalidad.

Veamos: se ha aducido que los militares habían ocupado las instalaciones de Televisión Española y no podía, por tanto, emitirse desde allí un mensaje real. Pero los sublevados abandonan las instalaciones de la televisión a las nueve y diez minutos de la noche, y el mensaje de Juan Carlos de Borbón se emite más de cuatro horas después. Demasiado tiempo, en un momento semejante, en el que una hora podía cambiar el destino del país.

No insistamos en ello. Así es la vida. Y, paradojas de la existencia, el monarca será recompensado: parecería que los golpistas trabajaban para él, a juzgar por los resultados: dicen que entonces se consolida la monarquía. Hay otras incógnitas, sí: la trama civil del golpe, la actividad de los que siempre conocen la red oculta de las cosas. Y la actuación de los servicios secretos. Y las orejas de algunas cancillerías. Y hasta saber cómo se forja la habilidad de los máximos dirigentes de la patronal catalana, que conocían de antemano el intento de formar un gobierno Armada. Y las dudas de los capitanes generales, que hoy –si el cronista fuera filósofo y moralista– podrían calificarse de siniestras. Y la financiación de Tejero: el propio general Armada ha hablado de la trama civil que ordena iniciar el golpe al teniente coronel de la Guardia Civil. Y la incógnita que supone la afirmación más terrible, hecha por un teniente general: si hubiesen salido a las calles de Madrid las tropas de la División Acorazada Brunete, una tras otra todas las regiones militares se habrían unido al golpe. Hubiera triunfado.

Veamos algunos detalles. De once jefes militares con región a su cargo, siete estaban a la espera de lo que ocurriese, es decir estaban considerando la posibilidad de apoyar el golpe de Estado, o no veían mal que Milans del Bosch sacase los tanques a la calle.

Después de todo hay que amortizar las compras de material de guerra. El capitán general de Madrid, Quintana Lacaci, se opone al golpe desde el principio. El mismo general dejó escrito, en un conocido documento, que si hubieran salido las tropas de Madrid, todas las demás del país se hubieran unido al golpe. Por fortuna, a veces el destino nos sonríe: dicen que el capitán general Merry Gordon estaba borracho, y perdió la oportunidad de su vida. Otro motivo relevante: la discreción de los espías. Al cronista siempre le ha llamado también la atención el duro trabajo de los servicios secretos, modelo de competencia, aunque haya que lamentar que a veces parezcan reclutar a sus hombres como hiciera el Servicio de Inteligencia británico en la segunda guerra mundial: por el color de sus ojos y obligándolos a asistir a charlas de formación que se iniciaban con el acreditado método de “Prestad atención, cabrones”. También subsisten incógnitas sobre la actuación de los Estados Unidos, siempre tan informados, siempre tan predispuestos a la defensa de la libertad y de la democracia, siempre tan atentos a las situaciones de crisis en países amigos: hasta que el golpe no está derrotado no da Washington señales de vida: el presidente Reagan llamará por teléfono a Madrid en la tarde del día 24 de febrero, cuando todos los golpistas se han rendido. Pero dejemos esas incógnitas al paciente trabajo de investigación histórica.

Lo cierto es que si después de aquel día peligroso ha quedado en la memoria popular la imagen mil veces repetida del teniente coronel Tejero disparando en las Cortes, con el tricornio en los luceros, o la de los tanques atravesando las calles desiertas de Valencia, o, menos, la estampa del general Armada deambulando en la noche de los lobos, lo cierto, es que hay muchas otras cuestiones en las que podríamos detenernos: el examen de la actuación de los más altos jefes militares, las complicidades entre la oficialidad; los servicios secretos extranjeros –como los norteamericanos–; la actuación de los ayuntamientos; los temores periodísticos, que se reflejan hasta en la tibieza de los editoriales; la respuesta desigual en la España profunda. De manera que el cronista podría entretener al lector con muchas cuestiones. Pero prefiere detener su atención en un rincón de la península que siempre ha tenido relevancia: Barcelona, Cataluña. Allí, donde son los comunistas –los dirigentes de Comisiones Obreras y del PSUC– los que encabezan la respuesta al golpe de Estado.

Fijémonos en un momento concreto: en la tarde del 23 de febrero de 1981, en las afueras de Lleida. El cronista está en condiciones de afirmar que los coches pasaban a toda velocidad por la carretera que iba a Barcelona. Hacía frío, o, al menos, se lo parecía a la pareja que se dirigía hacia la capital del principado. Dentro de un coche, conducido por una chica joven, va uno de los dirigentes de las Comisiones Obreras de Catalunya. Acaba de abandonar Lleida y ha hecho un llamamiento –sin consultar a nadie– a la huelga general en una asamblea de delegados sindicales, después de que hayan llegado las noticias del golpe de Estado. Va reflexionando sobre lo hecho, y está firmemente convencido de que ha hecho bien, aunque no sabe todavía lo que le espera en Barcelona. Cuando llega a la ciudad se encuentra con sus camaradas. Las noticias son ya más precisas.

A las 6 y 22 minutos de la tarde un teniente coronel de la Guardia Civil ha entrado con sus tropas en el Congreso de los Diputados. Es un tipo burdo, sin educación. Pasan largas horas, y llegan después noticias de que en Valencia pasean los tanques por las calles, y el parte de las nueve de la noche de Televisión Española no se emite. Nadie sabe nada del rey. Pasarán todavía muchas horas antes de que aparezca en la pantalla.

Lo hará a la 1 y 15 minutos de la madrugada. El presidente de la Generalitat, Pujol, según afirma, ha hablado dos veces con él, y le ha pedido tranquilidad. El honorable dice por radio poco antes de las diez que todo está dentro de la normalidad. Sin embargo está muy nervioso, lo que se contradice con esa normalidad, y el monarca aún no ha dicho nada públicamente. Veinte años después explicarán historias de capitanes del ejército en televisión que impiden emitir proclamas, y lo hará el mismo monarca, pero en ese momento Pujol sabe que si el rey puede hablar con él también podría hacerlo con las emisoras de radio, aunque fuera por teléfono, y condenar con firmeza el golpe. Pero no lo hace. Tal vez por eso el honorable presidente está nervioso, y, después, alzará la voz a los dirigentes sindicales que van a verle; él, un hombre educado.

Hay que decir en su descargo que la situación no era ninguna broma. Incluso en Barcelona, donde parecía que los militares no intentaban nada, el propio teniente general Pascual Galmés hablaba con el general Armada en una noche de equívocos, y mandos sublevados daban orden a los carros de combate del Regimiento de Caballería Numancia de Sant Boi de Llobregat de que se preparasen para salir hacia la capital catalana. Tanques para entrar de nuevo en Barcelona, como en 1939. ¿Encontrarían resistencia los carros de combate? Por si acaso, algún dirigente patronal había estudiado los meses anteriores a Gramsci para imaginar cuál podía ser la actitud obrera si cambiaban las tornas: después de todo los partidos de izquierda habían estado a un paso de ganar las elecciones al Parlament de Catalunya el año anterior. Las cosas de la vida: dirigentes del Fomento del Trabajo Nacional, la benemérita patronal catalana, estudiando a un dirigente comunista italiano que había muerto en las cárceles del fascismo.

Era razonable que el presidente de la Generalitat estuviera nervioso. Las noticias indicaban que muchos capitanes generales eran cómplices del golpe. Después se conocería la singular actuación de los tenientes generales Merry Gordon, de Sevilla; Elícegui Prieto, de Zaragoza; y Campano López, de Valladolid. Además de Milans del Bosch, en Valencia. Pero no eran los únicos, distintas fuentes publicadas en los últimos años confirman que otros jefes militares estaban dispuestos a apoyar el golpe de Estado: había confianza, a veces admiración, hacia Milans del Bosch. También ambiciones personales: algún general se mostraba predispuesto al golpe militar pero consideraba que Armada no sería tan buen presidente del gobierno como él mismo; y ambigüedad calculada, indefinición, temor a quedar en el bando perdedor, la indecisión humana que lleva a muchos a esperar a ver para sumarse al golpe.

Nada nuevo. La historia está llena de situaciones semejantes, y el cronista comprende las dudas de la milicia. A las once y media de la noche, tres dirigentes de Comisiones Obreras entran en el Palau de la Generalitat. Llegan con una huelga general convocada. Horas antes el sindicato había ofrecido quinientos militantes para defender a la Generalitat, pero la ayuda había sido rechazada. Mientras tanto, Radio Nacional de España emitía música militar, evocadora de otros desfiles salvadores, y la imprenta de Comisiones Obreras trabajaba con ritmo frenético imprimiendo miles de octavillas llamando a la huelga general. Eran los únicos: nadie más haría algo semejante. Hasta la sede del sindicato se acercan los que quieren resistir al golpe: militantes cenetistas, entre otros. En la puerta del palacio de la Generalitat, por la que entran los dirigentes de Comisiones Obreras, unos mossos d’esquadra. Su capitán había ido horas antes a ofrecerse a los militares para lo que hiciera falta: por ejemplo, para detener a los que había dentro del palacio que teóricamente defendían. Hay un silencio extraño, y los pasos resuenan en los adoquines. No hay nadie en la plaza, y las muchedumbres no atruenan con sus gritos las calles históricas de la ciudad, de la rosa de fuego. Entran, y ven que los mossos d’esquadra pasean nerviosos. Arriba, tipos cansados, caras conocidas por la televisión, del Parlamento, los ministros del gobierno catalán. De todas formas, poca gente.

Algunos están sentados, derrumbados, con caras fúnebres. El cronista ha podido saber de primera mano las palabras que se cruzaron los rojos de Comisiones Obreras con Jordi Pujol, en el despacho del presidente de la Generalitat. También ha podido conocer algunos temores, y la desolación de algunos rostros, inseguros de permanecer allí. Los que han llegado son hombres jóvenes, que argumentan con pasión; demasiado jóvenes, incluso, y se nota en la audacia de sus convicciones, algo estrafalarias para el gusto del honorable, que se revuelve inquieto. Y notan la curiosidad en el pescuezo, la sensación de la propia importancia, aunque sea transitoria. El honorable está nervioso, con gesto sombrío: unos minutos antes de entrar en su despacho con los dirigentes sindicales ha hablado con el capitán general Pascual Galmés, y éste le ha preguntado su opinión sobre la “solución Armada”. Se teme lo peor. El presidente ha hecho momentos antes un llamamiento por radio diciendo que no hay que hacer nada, y diciéndole al ciudadano que ha hablado con el rey. Pero no parece que eso resuelva gran cosa. Es un rey que nadie sabe qué está haciendo: tampoco el honorable. Corren rumores, algunos poco edificantes, y ninguno de los presentes sospecha en ese momento que veinte años después aún no será posible conocerlos en detalle.

La entrevista del presidente con los dirigentes sindicales transcurre tensa. Y ahora hay otras prioridades, además de saber qué hacen los generales con el sable. La huelga general. El gobernador civil de Barcelona, hombre valeroso, ha dicho que quedan prohibidas las manifestaciones, y las huelgas, y cualquier movimiento en la calle. La autoridad está para eso. Aunque es improbable que les diga lo mismo a los militares. El rictus de Pujol es la virtud cautiva, angustiada, del país: y hasta su ruego al secretario general de las comisiones obreras –“mira el televisor y si sale el rey, avisa”–, enternecedor. Y la discusión desaforada –tabernaria, dicen– con la delegación sindical la cartografía precisa de su impotencia ante el destino. Los argumentos del honorable para convencer a los dirigentes sindicales de que hay que desconvocar la huelga general merecen consignarse, para maravilla de las generaciones futuras: “Si el golpe fracasa no hace falta ninguna huelga general y, si triunfa, la huelga general no sirve para nada” No hay nada más clarividente que el desasosiego. Detrás, dejémoslo dicho, apunta de nuevo el miedo a las muchedumbres, el temor a que la plebe sea de nuevo la encargada de buscar al chacal, y de aplastarlo. Hay que ser justo: entre los hombres que aquella noche están en el palacio de la Generalitat hay uno, Heribert Barrera, que manifiesta su acuerdo con la huelga general y así lo dice ante el honorable Pujol y ante los sindicalistas. Pero el gobierno de la Generalitat dejará clara su posición: hay que mantenerse –dice a los ciudadanos– en disposición de servir los intereses del país y eso debe hacerse, especialmente, desde la normalidad laboral. Y en casa. Pujol creía, y aún cree, que nadie debía ofrecer resistencia y que si llegaban los militares debían dejarse capturar: con dignidad. Curiosas enseñanzas, reflexiones extraídas de la sabiduría convencional de los tiempos, tal vez del largo verano de 1936.

Los nacionalistas. Aman al país con pasión, y el cronista no tiene ningún derecho a poner en entredicho sus sentimientos. Al fin y al cabo la historia está hecha, también, de sentimientos. Mucho menos derecho tiene para ridiculizarlos, como hacen algunos apátridas. En otros lugares de España, lo presentido. Los nacionalistas vascos han huido: el palacio de Ajuria Enea está vacío. Es verdad que no es así en el palacio de la Generalitat. Pero en aquel preciso día de febrero de 1981 puede decirse que los nacionalistas no están, o, al menos, no consideran necesario salir a defender al país. O

confunden al país con la propia piel, algo que no deja de ser legítimo pero que está más cerca de la ofuscación que del amor a la patria, sea la patria que sea, y eso al cronista le importa poco. Tal vez, una confusión inocente, como la de aquel presidente chileno, González Videla, que estaba convencido de que la UNESCO era una cantante rumana.

De manera que los nacionalistas no están. Estaba, sí, el honorable. Nervioso, confundido porque aquellos jóvenes sindicalistas bolcheviques no quieren desconvocar la huelga general. Para Pujol es evidente que la huelga general no ayuda, al contrario, entorpece, crea confusión, puede provocar la reacción militar. Como si algunos generales necesitasen ayudas para blandir el sable. Algunos nacionalistas se dan cuenta de que en el futuro algunos les reprocharán su impotencia. Llueve sobre mojado: después de todo, tampoco estuvieron para defender Barcelona en 1939. Ahora, en ese día de febrero de 1981, es difícil encontrarlos. De hecho, algunos bolcheviques que lo intentan tienen que volver a sus guaridas con la extraña sensación de que otra vez están solos. Y Heribert Barrera, hijo de un viejo anarcosindicalista del pasado republicano español, que dice unas palabras dignas que pocos escuchan, pero que quedan registradas para el futuro –incógnito, tal vez mezquino– que se avecina. Pero, como apunta un diputado nacionalista, todos están preocupados por lo que pueda pasar: “Ens mataran”, dice. Pese a todo los nacionalistas lanzan una consigna: “Cada uno en su casa”. No hay que hacer nada. Contarán después, durante años, que no había que caer en provocaciones, y que cualquier movimiento en falso podía ser contraproducente. Es la sabiduría política, el abandono. Después, algún cronista dirá que vestirán de sensatez y responsabilidad, hasta de patriotismo, lo que sólo era impotencia y derrota.

Los socialistas. No es posible tampoco localizarlos. No son los únicos: en esa noche aciaga hay muchos dirigentes de partidos democráticos a los que no se puede encontrar. Corren, otra vez, rumores, y extrañas historias sobre desapariciones repentinas. Demasiadas personas estaban esa noche en el lugar equivocado. Algunos periodistas cuentan después que los socialistas estaban en las nubes. La desaparición es circunstancial: pocos días más tarde, con el golpe fracasado, ya con el ánimo entero, participarán en primera línea en las manifestaciones, lo que les honra. Tanta era su perplejidad e impotencia ante las sorpresas de la vida, tanto su nerviosismo que ahora, veinte años después, casi recuerdan –si se permite al cronista– el desvalido desorden de aquel ministro del Interior peruano, con Fujimori, que en la operación para cazar a Montesinos, el siniestro jefe de los servicios secretos, decía ante los periodistas: “¡Estamos intentando ubicarle, para saber dónde está!”

La entrevista del presidente de la Generalitat con los hombres de Comisiones Obreras termina mal, sin acuerdos. Unos se van a preparar la huelga, en una noche tensa, sabiendo que todo puede pasar. Otros, después, irán a dormir: Pujol, tras el mensaje de Juan Carlos de Borbón, a las tres de la madrugada. ¿Estaba tranquilo ya? El cronista no puede saberlo. Lo cierto es que aún después de la alocución del monarca persistían muchas dudas: el mismo Juan Carlos de Borbón lee un mensaje ambiguo, en el que no se condena con dureza el intento de golpe de Estado. Habla, sí, de que no puede tolerar que se interrumpa el proceso democrático. Pero no hay condena explícita de los sublevados: la situación no estaba aún clara. De hecho, en la madrugada de ese día llegan nuevas tropas al Congreso de los Diputados: las de Pardo Zancada. Y Sabino Fernández Campos, un militar que era el secretario general de la casa real, autoriza al general Armada para ir al Congreso de los Diputados y postularse ante Tejero como nuevo presidente del gobierno, y resolver así el secuestro de los diputados y del gobierno en la sede parlamentaria. Cuentan que la autorización fue de Fernández Campos, y no de Juan Carlos de Borbón, pero hay muchas cosas oscuras en los movimientos de esa larga noche en Madrid. Un buen hombre, Sabino Fernández, conocedor de las calles barcelonesas. Veinte años después dirá que nunca había visto tanto entusiasmo de los catalanes como cuando entró con las tropas fascistas en Barcelona, en 1939.

La gestión del general Armada termina mal. El teniente coronel Tejero le dijo que no reconocía más que a Milans del Bosch como jefe, deshaciendo así la posibilidad de un gobierno Armada. Para los suyos, para los sublevados, fue un hombre torpe el teniente coronel. Pero esa noche, mientras unos iban a dormir y otros a preparar la huelga, era evidente que la situación aún no estaba clara, hasta el punto de que el propio Francisco Laína –responsable del gabinete de secretarios de Estado y gobierno de facto– temía lo peor. Por eso, Comisiones Obreras moviliza a sus hombres y mujeres, y no desconvoca las acciones previstas: se distribuyen por zonas fabriles, por metros y autobuses, organizan piquetes. Sea como sea, lo cierto es que los comunistas del PSUC y de Comisiones Obreras son los únicos que desde el primer momento se lanzan a combatir a los golpistas. La confusión, el miedo, la indefinición, incluso las fugas vergonzosas, harán mella en muchos otros sectores. Hasta la traición aparece. Incluso en la Generalitat había habido personas que se ofrecieron a los militares. Se arrimaban al sol más caliente. Después, cuando a los sublevados les derrota su propia indecisión, entre otras cosas, todo termina. Las veinticuatro horas de la vida de un país están a punto de cerrarse, y con el famoso pacto del capó por el que se rindieron Tejero y Pardo Zancada se abrirá un proceso que culminaría en los tribunales y en la absolución  e la mayoría de los golpistas.

El cronista no ignora que podría escribirse un bonito fresco sobre la serena respuesta del pueblo al golpe fascista. Pero aunque le atrae la lírica, no es posible. Millones de españoles saldrán a la calle, en defensa de la democracia, pero el día 27 de febrero.

Podría abandonarse a la tentación de especular, de hurgar en algunas actitudes poco honorables, pero no es conveniente, y hasta puede parecer poco elegante. Es obligado, sí, dejar constancia de que los nutridos grupos de militantes que llaman a la huelga general y reparten octavillas en el metro y en las fábricas son los de siempre. Claro que tampoco pueden quejarse, al fin y al cabo hacían algo parecido a lo que habían hecho años atrás, y tenían memoria y aprendizaje. De modo que la respuesta de la población será desigual. No en vano a los ciudadanos les llegaron mensajes contradictorios, llamamientos a la calma y convocatorias a la huelga. Después, de nuevo, la amnesia, el olvido, la desmemoria. No hay motivo de queja: ya sabemos que una de las proposiciones fundamentales del maestro es que de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio.

Al otro día, por la tarde, más tranquilos, el monarca recibirá a los dirigentes políticos, entre los que no se encuentra Pujol, envuelto en el palacio de la Generalitat en una leve brisa de rencor, pese a que el honorable casi se había hecho portavoz real en las horas difíciles del golpe. Los nacionalistas siempre se mostrarán dolidos con el gesto. Los socialistas: recompondrán el rostro. Y, después, el buen pueblo, que tiene una memoria personal precisa y es comprensivo, sabrá justificar a sus dirigentes por la angustia de ayer. Incluso les volverá a votar, porque se reconoce en esas caras. Al fin y al cabo está escrito que la prudencia ha de ser siempre la guía de los pueblos. El cronista cree que no hace falta anotar nada más, o apenas alguna enseñanza, ya antigua: la democracia está consolidada mientras el poder del dinero no se inquieta. O veinticuatro horas de la vida de un país, y una lejana inquietud, que sólo añade melancolía y algunas sonrisas, en un país moderno que aún recuerda cuando la gente se lavaba con piedra pómez: los que entonces eran tiernos infantes son ahora aguerridos jóvenes adictos a la noche, que casi ignoran los riesgos que corrieron.

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domingo, 1 de marzo de 2026

¡En la calle el Topo de marzo! El Viejo Topo

 

A cual más interesante: del canalla Jeffrey Epstein a la delicadísima Chloé Zhao; de Burgaya a Sartre y Beauvoir; de la revisión del franquismo a la recuperación de Maiakovski, de la acerada crítica a los falsos ídolos al debate idelógico-político, esta vez con la aportación de Monereo.

TOPOEXPRESS

¡En la calle el Topo de marzo!

El Viejo Topo

1 marzo, 2026



SUMARIO 458

 

4. Jeffrey Epstein: viaje al vientre de la bestia

Por Martín Alonso Zarza

Líderes políticos mundiales, académicos de alto nivel, millonarios, tecnócratas, financieros, militares, influencers y celebrities, aristócratas y miembros de la familia real británica, entre otros, configuran esa red de corrupción –y crimen, no lo olvidemos– que han revelado los ya famosos papeles Epstein. Una verdadera cleptocracia.

14. Sobre el “olvido institucional” en la Transición.

Entrevista a Sophie Baby

Por Javier Enríquez Román

En Juzgar a Franco. Impunidad, reconciliación, memoria, la historiadora Sophie Baby (París, 1977) desentraña la paradoja de una España pionera en justicia universal (el caso Pinochet) pero laxa con los crímenes de su propia dictadura. En esta entrevista, analiza cómo el “pacto de olvido” de la Transición construyó una impunidad fundacional, conectando esa gestión del pasado con el actual auge de la extrema derecha.

20. ¿A qué herencia renunciamos?

Dialogando con Genís Plana sobre “el viejo topo” de la historia

Por Manolo Monereo

Prosigue aquí un debate inaplazable en torno al momento histórico-político que nos ha tocado vivir, iniciado en números anteriores de esta revista. Concretamente, en su número 456, correspondiente al mes de enero de este año, aparece el artículo de Genís Plana al que alude Monereo.

28. Reflexiones sobre la cuestión feminista

Por Jean Paul Sartre / Simone de Beauvoir

Publicada en el número 3 de El Viejo Topo (diciembre de 1973), esta conversación entre dos gigantes del pensamiento, de dos personas que vivieron de acuerdo a sus convicciones, nos muestra cuánto ha avanzado el feminismo desde aquellas fechas, y cuánto le queda aún de lucha y reflexión para seguir avanzando.

37. Constancia

Por Miguel Candel

¿Quién dijo que no somos constantes? Somos, por ejemplo, constantes en el error. Mucho menos en el esfuerzo. No todos, claro. Los hay siempre esforzados, especialmente en el error. En la política lo vemos con frecuencia, y últimamente más. Mucho más. Demasiado.

40. La razón y sus enemigos.

Entrevista a Josep Burgaya

Por Marc Luque

Josep Burgaya (Barcelona, 1960) acaba de publicar La razón y sus enemigos, un apasionante recorrido por las ruinas de la Modernidad sobre las que hoy se edifica la bastilla posmoderna. Una vuelta a los orígenes, al tribalismo más recóndito, que hoy reconfigura nuestra sociedad bajo el mito de la diversidad. Frente a este escenario, para Burgaya, lejos de la expeditiva vía identitaria, no hay otra respuesta que la fuerza del racionalismo ilustrado.

46. Maiakovski: Escuchad, camaradas descendientes

 Por Higinio Polo

Apasionado bolchevique, amó la revolución, la sátira, las mujeres hermosas y la poesía. Impugnaba el arte burgués, la religión, el capitalismo y la deslealtad. Quería sacar el arte de los museos y llevarlo a la calle, y concebía el futurismo como “la poesía de la ciudad”, repleta de máquinas, tuberías y humo. Atrapado por la depresión, se suicidó un día de abril de 1930.

 54. Ídolos ilusorios

Por Antonio Monterrubio                     

Esos ídolos ilusorios que Monterrubio aquí denuncia, abundan. Algunos son puerilmente insignificantes, centellean un tiempo y se desvanecen en la mediocridad o el silencio. Otros, en cambio, embaucan y pervierten, lideran a masas ingenuas y las someten, casi siempre con su inicial aprobación.

58. Cine: “Hamnet”, de Chloé Zhao

Sobre el amor, la pérdida y el arte

Por Javier Enríquez Román

62. Libros

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sábado, 28 de febrero de 2026

 

Karl y Eleanor Marx, padre e hija, comparten el mérito de un folleto que fue ampliamente leído como introducción o alternativa a su obra más extensa, El capital, y que sigue siendo relevante hoy en día, afirma la Marx Memorial Library and Workers’ School.

Un clásico marxista

Hemeroteca 

El Viejo Topo

28 febrero, 2026



VALUE, Price and Profit (Valor, precio y beneficio), también publicado como Wages, Price and Profit (Salarios, precio y beneficio), es un folleto basado en las notas manuscritas de Karl Marx para las presentaciones que realizó ante la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional) en Londres en 1865.

El manuscrito completo nunca se publicó durante la vida de Marx. Más tarde, su hija, Eleanor Marx, lo preparó para su publicación y se publicó en 1898.

Ya conocido por sus publicaciones y su activismo, Karl Marx fue elegido miembro del consejo general de la AIT y rápidamente se convirtió en una figura destacada. Otro miembro del consejo y sindicalista británico, John Weston, argumentó que los aumentos salariales eran inútiles porque los precios simplemente subirían para contrarrestarlos. Esto desencadenó un debate sobre si los trabajadores debían organizarse para conseguir salarios más altos.

Marx respondió a Weston con una refutación teórica estructurada, en la que explicaba la relación entre el valor, los salarios, los precios, los beneficios y el trabajo. Sin embargo, su discurso (cuyas notas estaban en alemán y en inglés, incluyendo indicaciones para la intervención) nunca se preparó para su publicación; solo se distribuyó en forma de resúmenes e informes en las actas del consejo de la AIT.

Marx se encontraba en pleno proceso de compilación de El capital (el volumen 1 se publicó dos años más tarde, en 1867) y es posible que prefiriera que la gente leyera esta obra para obtener un tratamiento teórico completo de las cuestiones.

Mucho más tarde, tras la muerte de Karl Marx (1883), su hija Eleanor editó el discurso de su padre como respuesta a otras sugerencias de la izquierda de que podría ser posible alcanzar el socialismo sin revolución.

Engels estaba en ese momento ocupado editando las notas manuscritas de Marx para los volúmenes 2 y 3 de El capital (publicados respectivamente en 1885 y 1894), así como con sus propias contribuciones a la teoría y la práctica marxistas. Tenía en su poder gran parte del material inédito de Marx, encontró el manuscrito original y se lo pasó a Eleanor, cuya iniciativa, inspiración y esfuerzo fueron los responsables de su aparición.

En 15 breves capítulos (unas 20 000 palabras, en la mayoría de las ediciones impresas alrededor de 30 páginas), Valor, precio y ganancia (VPG) presenta muchas ideas clave del análisis en desarrollo de Marx sobre la economía política capitalista, pero de una forma más breve y accesible. Se basa y desarrolla los análisis anteriores de Marx sobre el capitalismo, presentados más concretamente en su folleto Trabajo asalariado y capital.

VPG es, en efecto, un manual básico, una exposición compacta y popular de los argumentos que figuran en el volumen 1 de El capital (apenas se trata el contenido de los volúmenes posteriores). Comienza cuestionando el argumento de Weston (según el cual cualquier beneficio derivado de los aumentos salariales generales se ve necesariamente contrarrestado por los aumentos generales de los precios), argumentando que esto es incorrecto tanto desde el punto de vista lógico como empírico y que es esencial un análisis científico de los salarios y los precios.

A continuación, el folleto resume la teoría marxista del valor-trabajo. Sostiene que el trabajo es la única fuente de nuevo valor y distingue entre la fuerza de trabajo (lo que el empleador «compra») y el trabajo (mayor) que el empleador realmente «obtiene». El valor viene determinado por el «tiempo de trabajo socialmente necesario», que en última instancia determina los precios (aunque la oferta y la demanda pueden influir en las fluctuaciones de los precios); el dinero es un medio de intercambio, no la fuente del valor o del precio en sí mismo.

A continuación, el folleto distingue entre diferentes tipos de «salario». Los salarios «nominales» son el dinero que el empleador paga al empleado; los salarios «reales» son lo que ese dinero permite comprar y los salarios «relativos» son la parte del valor producido que corresponde al trabajador en comparación con la del capitalista.

Explica que los capitalistas se esfuerzan por mantener bajos los salarios relativos, incluso si los salarios nominales aumentan. Los beneficios surgen porque a los trabajadores se les paga menos que el valor que crean. Esta diferencia es la plusvalía y se materializa en términos monetarios como beneficio.

El folleto concluye que las luchas salariales sí importan, que existe una batalla constante entre los trabajadores y los capitalistas, entre los que realmente producen y los que poseen los medios de producción. Afirma que los sindicatos son esenciales para resistir el aumento de la explotación.

Sin embargo, la emancipación duradera requiere, en última instancia, la abolición del sistema salarial, y no solo la negociación dentro de él.

Dentro de la Primera Internacional, el discurso de Marx tuvo cierta influencia. Los sindicalistas, en particular, valoraban la defensa que Marx hacía de las luchas salariales. Pero el hecho de que no se publicara ampliamente como texto independiente hasta después de la muerte de Marx limitó su impacto potencial. Además, su análisis teórico, desarrollado y presentado en el volumen 1 de El capital, se vio inicialmente limitado por la mayor extensión de este último y su acceso restringido.

La Primera Internacional se disolvió efectivamente en 1876, tras el colapso de la Comuna de París en 1871. En 1889 se fundó una «Segunda Internacional» —la Internacional Socialista— para celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Esta se convirtió en un foro para los grandes debates dentro del socialismo, basados en gran medida en las ideas marxistas.

Tras su publicación como folleto en 1898, Valor, precio y ganancia, de Eleanor Marx, se distribuyó más ampliamente y tuvo un impacto significativo, junto con otras publicaciones de Marx, Engels y otros, utilizadas por los partidos socialistas, los sindicatos y en los programas de educación de los trabajadores como una introducción breve, accesible y claramente redactada a la economía marxista. Se convirtió en un punto de referencia para los debates sobre las luchas salariales, la teoría del valor-trabajo y la relación entre la reforma y la revolución.

Value, Price and Profit sigue siendo hoy en día un texto introductorio breve, fácil de leer e «independiente» a la economía política marxista (y una puerta de acceso accesible a El capital), que ofrece una explicación concisa de la creación de valor, la explotación, el beneficio y la lucha de clases. Sigue siendo muy relevante para cuestiones críticas de la actualidad, como los debates sobre el salario mínimo, el falso «autoempleo» y la economía gig, y las crecientes diferencias entre la remuneración de los propietarios y directivos de las grandes empresas y los salarios de su mano de obra.

VPG cuestiona la narrativa dominante actual, cada vez que se debate en los medios de comunicación la política monetaria, el coste de la vida y las «espirales de salarios y precios», de que los aumentos salariales son intrínsecamente inflacionistas. La realidad es que, tanto en el «núcleo» capitalista como en la economía mundial, la participación del trabajo en la producción de valor está disminuyendo, mientras que la del capital (es decir, sus beneficios) está aumentando. Valor, precio y ganancia explica por qué ocurre esto.

El folleto es uno de los numerosos ejemplos de la edición que Eleanor Marx hizo del archivo de su padre. Sin su iniciativa, no existiría, al menos en la forma clara y concisa en que ella lo produjo. Su defensa del legado de Marx contra el reformismo fue seguida, un par de años más tarde, por la publicación de otra feminista comunista (y judía), Rosa Luxemburg, Reforma o revolución (1900).

Su lucha —contra el reformismo, el gradualismo y el socialismo «utópico»— es tan importante hoy como lo fue entonces.

El argumento final del folleto —que los trabajadores y el movimiento obrero en su conjunto deben luchar por mejores salarios y condiciones y, al mismo tiempo, reconocer que la verdadera emancipación requiere un sistema más allá del trabajo asalariado— sigue siendo tan cierto hoy como lo era en 1865 y 1898.

Fuente: Morning Star, reproducido en ESPAIMARX

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viernes, 27 de febrero de 2026

La catástrofe europea y sus Casandras

 

Ningún miembro del establishment occidental está más concentrado que la UE liderada por Alemania en frustrar todo intento de paz; ninguno está más dedicado a preparar una guerra futura con palabras y hechos.

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La catástrofe europea y sus Casandras

 

Andrea Zhok

El Viejo Topo

27 febrero, 2026 



En la mitología griega, Casandra, la hermana de Héctor, estaba dotada de habilidades adivinatorias, pero Apolo la condenó a permanecer anónima.

Hoy, y desde hace algún tiempo, en Europa, comprender los procesos en curso no requiere poderes proféticos divinos. Basta con una buena formación histórica y política y no dejarse aturdir a diario por los narcóticos de los medios.

La Europa de hoy está llena de Casandras que gozan del dudoso privilegio de ver continuamente, en retrospectiva, que tenían razón, mientras que los que estaban completamente equivocados siguen colgándose medallas en el pecho, sin conmoverse por sus propios fracasos.

Por eso, oír al canciller alemán Merz alzar la voz contra el estado de bienestar alemán que aún perdura y pedir sacrificios para alimentar una nueva carrera armamentista es casi reconfortante para todos aquellos (y no son pocos) que recuerdan la Alemania de Schaüble, la Alemania que sermoneaba a la Europa del Sur (conocida cariñosamente por el acrónimo PIGS) sobre productividad y moralidad, mientras utilizaba la influencia de un euro artificialmente infravalorado para impulsar sus propias exportaciones.

Alemania, que destripó literalmente a Grecia entre 2011 y 2016 (vengándose por lo de 1945), explicó que simplemente no era posible ayudar a la solvencia de Grecia porque habría sido un caso de «riesgo moral».

Alemania, según una larga tradición, se presentó como virtuosa, frugal, productiva, constitutivamente superior y destinada sólo por un destino cínico y cruel, que la había visto como perdedora en la Segunda Guerra Mundial, a un papel de actor secundario en el mundo.

¿Y cuál era el modelo económico que el genio alemán proponía como sabiduría económica y virtud moral? Sencillo: apostar todo a una balanza comercial positiva, a un superávit exportador constante.

¿Y cuáles fueron las claves del éxito de esa estrategia?

Más simple aún: 1) bajos costes energéticos (con suministros procedentes de Rusia), 2) compresión salarial (en parte en su propio mercado interno, pero sobre todo entre sus propios contratistas, como Italia), y finalmente 3) la ya mencionada subvaluación del euro (una moneda común cuyo valor era el promedio de los países menos desarrollados industrialmente).

Esta ingeniosa estrategia económica fue un ejemplo clásico de una política de “empobrecimiento del vecino”: una política económica que apostaba todo al empobrecimiento relativo de los vecinos.

Hoy, Alemania, tras haber entrado en recesión en 2023 y 2024, cierra 2025 con un doloroso +0,2%, con un sector industrial en continua contracción, tanto cíclica como tendencial.

Ahora bien, cuando hace años hubo intentos de explicar (incluso mediante documentos públicos, campañas de recogida de firmas, etc.) que una estrategia que empobrecía el mercado interno de Europa para conquistar mercados mediante las exportaciones no era sólo socialmente injusta sino también fundamentalmente idiota, creo que todos recordamos cómo nuestra prensa servil abrazó con entusiasmo el cliché alemán, exigiendo austeridad, exigiendo una «reducción del perímetro del Estado», exigiendo una inseguridad laboral generalizada como «estímulo a la productividad».

Hoy, cuando la Europa liderada por Alemania ha perdido el sector energético sobre el que se asentaba, cortando lazos con Rusia (por supuesto, por razones de moralidad superior, como es bien sabido); hoy, cuando el desastre alemán arrastra consigo a Europa (de nuevo, un desastre imperecedero), una Europa privada de un mercado interior capaz de sostener la producción; hoy, cuando la Unión Europea ha logrado la notable hazaña de combinar una política de explotación de las clases trabajadoras con una política despiadada hacia los países en dificultades, y al mismo tiempo perdedora para su propio gran capital, hoy sería el momento de darse la satisfacción de haber tenido siempre razón.

Pero esta satisfacción se nos niega, porque para remediar la catástrofe que hemos creado, la misma clase dominante que la creó nos empuja a remediarla alimentando vientos de guerra.

Ningún miembro del establishment occidental está más concentrado que la UE liderada por Alemania en frustrar todo intento de paz; ninguno está más dedicado a preparar una guerra futura con palabras y hechos.

En la Odisea y la Orestíada, Casandra fue tomada como rehén por Agamenón, predijo al rey la catástrofe que le esperaba (la conspiración de Clitemnestra), pero, una vez más, permaneció sin ser escuchada.

Y esta vez pereció en la catástrofe posterior.

Lamento decirlo, pero predecir todos los desastres sin derrocar el poder que los gestiona es inútil.

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