lunes, 9 de marzo de 2026

Creí saber lo que era el genocidio

 

«Creía saber lo que era un genocidio», reflexiona Biljana Vankovska en esta crónica desde el Gaza Tribunal celebrado en Estambul, un proceso prácticamente silenciado por gran parte de los medios occidentales.

Creí saber lo que era el genocidio

Biljana Vankovska

El Viejo Topo

9 marzo, 2026 



Como profesora que ha pasado más de 40 años estudiando cuestiones de guerra y paz, derecho y relaciones internacionales –y, sobre todo, las consecuencias humanas de los conflictos armados–, una vez creí saber qué era el genocidio.

Como testigo de la sangrienta desintegración y asesinato de mi amada patria, Yugoslavia, creí comprenderlo. Durante décadas, he llorado a las víctimas inocentes de esa locura.

Cuando ocurrió el 11-S —justo cuando mi propia Macedonia atravesaba un precario conflicto interno, afortunadamente con menos víctimas—, presentí de inmediato que era el comienzo de una nueva cruzada imperial liderada por Estados Unidos y sus aliados. Observé con profunda preocupación cómo se desarrollaban las atrocidades desde Afganistán e Irak hasta Libia y Siria.

El difunto Robert Fisk era entonces la voz de los que no tenían voz. Solía ​​traducirle sus despachos a mi anciana madre, incapaz de contener las lágrimas —ni las mías— ante sus descripciones de morgues, de cadáveres infantiles, de padres afligidos.

Cuando la tragedia palestina se convirtió en un genocidio declarado en el otoño de 2023, no pude apartar la vista de las escenas perturbadoras. Al contrario, lo mínimo que podía hacer era presenciar y escribir sobre ese pueblo atormentado.

Algunos en mi indiferente entorno se preguntaban por qué hacía esto: por qué veía esos horrores, por qué no vivía simplemente mi tranquila vida de profesora. Decían: «Ya tenemos bastante con nuestros propios problemas».

Pero velaba por el sufrimiento de esos niños y padres porque mi conciencia no me dejaba descansar. Cada noche, antes de reposar la cabeza en la suave almohada, me invadía una oleada de culpa. ¿Cómo podía dormir en paz mientras las bombas caían sobre inocentes en Gaza, mientras los niños morían en las frías noches y las madres ni siquiera podían alimentarlos?

Alguien me dijo que esto era un “trauma secundario”, posiblemente arraigado en algo más profundo.

Ese experto en salud mental no sabía dos cosas.

Primero, crecí con Palestina, al menos en mi pensamiento y en mi sentido de solidaridad. En la escuela, nos hablaban de los desposeídos, despojados de sus tierras, pero tan resilientes como la hierba silvestre. Recaudábamos monedas como gesto de solidaridad infantil y escribíamos cartas a amigos imaginarios de algún lugar lejano.

En segundo lugar, viví para ver el monstruoso regreso de la violencia a mi propia puerta, en un país que una vez creímos líder del Movimiento de Países No Alineados, de la coexistencia pacífica y la solidaridad con los pueblos que luchaban contra el colonialismo.

Todo esto moldeó mi “trauma secundario”.

Y hoy, dos años después de un genocidio transmitido en vivo ante nuestros ojos, me encuentro en un mundo que muestra síntomas mórbidos del colapso de todo lo humano, bello, bueno y justo.

Ah, Gramsci lo entendió bien, aunque nunca vio esta masacre llevada a cabo por aquellos que se llaman a sí mismos «civilizados».

Así que, cuando inesperadamente recibí la invitación para participar en la sesión final del Tribunal Popular de Gaza —un tribunal moral informal creado por la sociedad civil y personas de conciencia—, mi primera sensación fue de sorpresa: una profesora de un país pequeño y casi desconocido llamado a servir. La segunda, una abrumadora sensación de responsabilidad.

Sin embargo, cuando entré en el gran salón de la Universidad de Estambul con mis compañeros «jurados de conciencia», supe por qué estaba allí. No sería difícil, pensé, confirmar lo que todos habíamos presenciado en tiempo real durante dos largos años.

Creía estar preparada para cualquier cosa que oyéramos o viéramos, para cada testimonio grabado y declaración en directo. Creía saber lo que era el genocidio.

Pensé que después de tantas lágrimas, sólo quedaban la conciencia y la razón, listas para pronunciar la verdad: que el sionismo es una de las etapas más feas del hiperimperialismo, y que el genocidio tiene su propia economía política perversa pero rentable, que alimenta el monstruoso apetito de la Muerte misma.

El programa de tres días de la sesión final del tribunal comenzaba temprano cada mañana y se extendía hasta la noche.

Como jurados, nos sentamos sin pausa, escuchando todo lo que se nos presentaba: pruebas, testimonios, análisis periciales. Nuestros cuadernos estaban llenos de notas, aunque, en realidad, estas cosas no se olvidan una vez escuchadas.

Al principio, todavía creía saber qué era el genocidio y que podía soportar la presión psicológica y emocional. Mi único esfuerzo fue mantener la razón clara, la conciencia despierta y la moral intacta.

Pero a medida que pasaban las horas, sentía que la tensión se hacía más pesada, presionando nuestros hombros como si estuviéramos soportando un peso insoportable que habíamos jurado traducir en un veredicto moral final.

Luego vino la sesión sobre los diversos crímenes, que reveló la perversa creatividad del genocidio. Fue entonces cuando se me hizo difícil respirar.

Aun así, escuché atentamente los testimonios sobre la hambruna y el hambre, la utilización de alimentos y agua como armas, el ecocidio: la destrucción del suelo, el arranque de olivos centenarios, el envenenamiento del agua, la prohibición de la pesca.

Y entonces llegamos al homicidio: la destrucción de hogares, la aniquilación de espacios privados de vida, amor y memoria.

El primer testigo, hablando en línea, no pudo ser visto al principio debido a problemas técnicos. Su voz era joven, vacilante, como si se disculpara por su mal inglés.

Pero lo más impactante fue su negativa a hablar de la destrucción en sí. En cambio, describió el hogar que amaba: el pequeño patio, el hermoso árbol bajo el cual se reunían sus amigos mientras su madre les servía café.

Me recordó a mi propia madre y a nuestros propios rituales familiares.

Habló de calidez, de puertas abiertas que nunca estaban cerradas, puertas abiertas a cualquier transeúnte.

Cuando finalmente apareció su rostro, vi luz y amor en sus ojos, sin rastro de odio ni amargura. Incluso cuando hablaba de la casa en ruinas y lloraba la pérdida del árbol —ojalá recordara su nombre—, lo hacía a través de la suave luz de sus recuerdos.

Estaba viendo a un sobreviviente de genocidio, pero no esperaba tanta serenidad, tanta compasión. Y entonces se disculpó de nuevo, ¡por su mal inglés!

En ese momento me quebré. Ya no pude contener las lágrimas. Se suponía que debía ser un jurado sereno. Sin embargo, me convertí en una persona común y corriente que solo quería abrazar a ese joven.

Me destrozó de amor.  ¿Por qué? Porque durante horas habíamos estado discutiendo las antiguas raíces ideológicas del sionismo, la maldad del colonialismo, la Nakba (catástrofe), las generaciones de desplazados, el hecho de que en Gaza casi nadie es nativo; todos han sido arrojados a esa enorme prisión al aire libre de dos millones de almas, negados del derecho a regresar a casa.

Y de repente, allí, ante nosotros, estaba la prueba viviente de que incluso en un campo de concentración, la gente no ha perdido la capacidad de amar, de construir, de aprender, de estar juntos.

Si su rostro hubiera reflejado ira, no me habría conmocionado tanto. Pero el amor era lo último que esperaba encontrar, y me destrozó.

Su lamento por la sombra del árbol desaparecido, por la casa destruida, me recordó a una mujer de Srebrenica que, después de enumerar a todos los miembros de su familia muertos en un documental, terminó lamentando la pérdida de su jardín de rosas.

Eso es domicidio: cuando destruyen no sólo tus muros o a tus seres queridos sino también los símbolos de tu vida compartida y de tu ternura.

Sin embargo, la sesión más difícil aún estaba por llegar: la de los crímenes contra el sistema de salud. El cirujano noruego Mads Gilbert, quien trabaja en Gaza desde 2009, había sido mi héroe durante mucho tiempo. Escuchar su testimonio, su grito: «¡Nadie de mi profesión médica ha alzado la voz, aunque saben desde hace décadas lo que está sucediendo!», me conmovió profundamente.

Al terminar la sesión, corrí a estrecharle la mano, a agradecerle su valentía, a confesarle lo avergonzado que me sentía de mi propia profesión académica, tan preocupada por los congresos, los factores de impacto y la “excelencia”, y tan poco por su verdadera misión: servir de conciencia y de consciencia para el mundo.

Me abrazó y me dijo: «No te avergüences de tus lágrimas. Demuestran que eres humano. Sigue luchando, aunque solo tengas lágrimas».

Ese día fue mi catarsis personal. El moderador se me acercó y me entregó el micrófono, aunque no había pedido la palabra. Sin estar preparada, dije lo que me dictaba el corazón:

Llegué aquí creyendo que bastaba con ser profesora y activista, que sabía lo que era el genocidio al verlo. Pero hoy, al escuchar estos testimonios, me di cuenta de que no sé nada del sufrimiento. Estoy viviendo el trauma del genocidio, del que he sido testigo en línea a diario. Perdonen mis lágrimas; quizá no sean propias de mi rol aquí, pero mi copa ha rebosado.

Esta experiencia, y el extraordinario documento que elaboramos juntos —un testimonio no solo del pasado sino también del futuro—, me cambió para siempre. De ahora en adelante, mi lucha contra el genocidio, siempre y en todas partes, quedará marcada y fortalecida como nunca antes.

Por ello, debo mi gratitud a mi querido amigo y colega, el profesor Richard Falk, quien confió en mí lo suficiente como para invitarme a formar parte del jurado. Nos despedimos con la convicción de que esta sesión final estaba lejos de ser el final: aún quedan días oscuros por delante para Gaza. Los buitres coloniales e imperialistas no se detendrán.

Pero tampoco abandonaremos a estas personas que, en las condiciones más inhumanas, han recordado la lección más importante de la vida: no hay rendición. ¡No pasarán! El amor prevalecerá.

Fuente: Globetrotter

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domingo, 8 de marzo de 2026

El Día de la Mujer

 

Con motivo del 8 de marzo, recuperamos este texto de Alexandra Kollontai publicado en 1913. Un recordatorio del origen socialista del Día Internacional de la Mujer y de su sentido como jornada de lucha por la emancipación de las trabajadoras.

El Día de la Mujer

 

Alexandra Kollontai

El viejo Topo

8 marzo, 2026



Texto publicado en 1913 por Alexandra Kollontai, revolucionaria marxista y dirigente bolchevique. En él explica el origen y el sentido del Día Internacional de la Mujer Trabajadora como jornada de lucha del movimiento obrero y de las mujeres trabajadoras.

¿Qué es el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las mujeres de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para la unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia, aunque ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y elocuente a estas preguntas.

El día de la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada día. Hace veinte años las organizaciones obreras sólo tenías grupos dispersos de mujeres en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses tienen más de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000 sindicadas y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los sindicatos y 20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están organizando a sí mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del mundo deben contar cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida, el seguro de maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a las trabajadoras.

Hubo un tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras. Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…

El retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha, como se la despertará?

La socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente. Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada, acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda. Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.

Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses.

Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres, con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…

Así, como miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase.

En el día de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de derechos. Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las mujeres? ¿Por qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para trabajadoras, conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las feministas y sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la diferencia radical entre el movimiento de mujeres socialistas y las sufraguistas burguesas pueden pensar de esa manera.

¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres.

Cada distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de la clase trabajadora.

Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer.

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viernes, 6 de marzo de 2026

La izquierda ausente

 

Un par de páginas de La izquierda ausente de Dominico Losurdo bastan para retratar el paisaje: Occidente se mira al espejo y ve crisis económica, guerra y plutócratas al frente.

La izquierda ausente

 

Domenico Losurdo

El Viejo Topo

6 marzo, 2026 



El historiador futuro no dejará de asombrarse ante un fenómeno que caracteriza a nuestra sociedad y nuestro tiempo. Por un lado no es difícil leer en libros, revistas y periódicos análisis realistas y crudos de la condición actual de Occidente, de los problemas y dramas de nuestro presente. A la crisis económica se suma una crisis política: según prestigiosos autores, se está produciendo un vaciamiento de la democracia, que retrocede ante las grandes fortunas y la «plutocracia». Pero ¿hay en Occidente una izquierda capaz de hacer este análisis y esta denuncia, y a partir de ahí articular un proyecto de lucha y transformación política de lo existente? En lo que respecta a la política internacional, incluso a algunos órganos de prensa que no suelen destacar por su valentía se les escapa la admisión del carácter neocolonial que han tenido las guerras más recientes desencadenadas por Estados Unidos y la OTAN en Oriente Próximo.

A la vista de todos están el horror de Gaza y la tragedia que infligen al pueblo palestino el dominio y el expansionismo colonial de Israel. Y no tenemos más remedio que preguntarnos, de nuevo: ¿hay en Occidente una izquierda capaz de oponerse a esta espantosa deriva que ya hoy siembra muerte y destrucción, pero incuba los gérmenes de una conflagración en una escala mucho mayor?

 

En marzo de 2014 Seymour M. Hersh, un periodista estadounidense galardonado con el prestigioso premio Pulitzer, hacía importantes revelaciones sobre el uso de armas químicas el 21 de agosto del año anterior: no, los responsables de esa infamia no habían sido los dirigentes del país, sino los «rebeldes» apoyados por las monarquías reaccionarias del Golfo Pérsico, aliadas de Occidente, y por Turquía, un país miembro de la OTAN y principal protagonista de la provocación y la escenificación, destinadas a levantar una ola de indignación mundial contra los dirigentes sirios y justificar la acción devastadora de los bombarderos con los motores ya encendidos y listos para entrar en acción.

 

En agosto de 2013 hombres de estado, periodistas, divos y divas de la sociedad del espectáculo rivalizaron en pintar del modo más siniestro al enemigo por abatir. Huelga decir que el desenmascaramiento de la mentira tuvo en los distintos órganos de información un eco mucho más reducido que la propagación de esa misma mentira; más valía no dar mucha publicidad al escándalo para que no desacreditara ni comprometiera a la industria de la mentira, pues esta siempre será útil para la preparación de las guerras futuras. Y de nuevo la izquierda brillaba por su ausencia.

 

No había tenido el valor de hacer preguntas y plantear dudas en el momento en que la manipulación era más intensa, y no ha considerado necesario llamar la atención de la opinión pública sobre el desenmascaramiento de la manipulación y, en general, sobre la industria bélica de la mentira que pese a todo sigue floreciendo. De hecho, la izquierda se encoge justo cuando debería reaccionar con más energía ante los procesos de polarización social y redistribución masiva de la renta a favor de las grandes fortunas (a menudo parasitarias), ante la reaparición de guerras coloniales o neocoloniales y la amenaza de guerras a gran escala, ante la restricción y distorsión de la esfera pública provocada por la «plutocracia» y por una industria de la mentira más floreciente, poderosa e invasiva que nunca.

 

Ya se ve con suficiente claridad cuál es la paradoja que requiere una explicación. No podemos dejarle la tarea al historiador futuro, porque los dramas y peligros del presente exigen una toma de conciencia y de responsabilidad aquí y ahora.

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jueves, 5 de marzo de 2026

Capitalismo de muerte

 

Este fragmento del capítulo I del nuevo libro de Andrés Piqueras, publicado en El Viejo Topo, sostiene que la crisis sistémica del capitalismo ha entrado en una fase de guerra abierta, donde la guerra funciona como motor económico y herramienta política de control social.

Capitalismo de muerte

Andrés Piqueras

El Viejo Topo

5 marzo, 2026 



Capítulo I

Capitalismo de guerra. Crecimiento militarizado

Para entender el título y el contenido de este capítulo tenemos que tener en cuenta dos consideraciones básicas. La primera es que la crisis sistémica capitalista ha llegado a su fase bélica abierta. O lo que es lo mismo, la crisis del capital desemboca necesariamente en el recurso de la guerra como dispositivo económico (forma cada vez más privilegiada de crecimiento) y ultraeconómico (al rescate del conjunto de la economía capitalista, lo que conlleva también claros objetivos políticos de control y subordinación, y como consecuencia, de detrimento de las condiciones de vida de la casi totalidad de la población humana), con la consiguiente generalización e intensificación de las dinámicas bélicas y el despliegue mundial de cada vez más modalidades de guerra.

Capital, Estado y Guerra (o dinámicas bélicas de militarización y producción) han ido de la mano desde el principio y a duras penas podrían ser concebibles por separado en el modo de producción capitalista.

“Un sistema en el que la guerra no es un acontecimiento sino una institución, no una crisis sino una función, no una ruptura sino un pivote del sistema (…) La producción de armamentos, la gestión del gasto militar y la guerra son los instrumentos primordiales para asegurar básicamente la dominación de clase” (Lazzarato: 2025).

Sin embargo, es en las crisis profundas o depresiones sistémicas cuando los mecanismos político-sociales y factores económicos asociados a la guerra se intensifican. O también vale la inversa: cuando los factores bélicos más se incorporan a la economía. Si Crisis y Guerra son ya de por sí prácticamente sinónimos, es entonces cuando Capital y Guerra se funden más íntimamente.

A pesar de mezclar la reproducción del capital con los problemas de realización de la plusvalía, fue Rose Luxemburg (1966) una de las grandes figuras del marxismo que anticipó el hecho de que la tendencia del capital hacia su mundialización quedaba de una u otra manera frustrada por su incapacidad para hacerse una forma mundial de producción única, pues para ella el capital no puede existir por sí mismo, sin otras formas de producción 8 9 de las que aprovecharse y sin incorporar constantemente “el afuera capitalista” a su ley del valor. Lo que debiera ser evidente, en cualquier caso, es que dentro de los límites planetarios infraestructurales y de mercado, una pretendidamente ilimitada reproducción ampliada del capital no puede ser realizada, menos a través del mero funcionamiento económico o del “sujeto automático” del valor, sino que precisa indefectiblemente para cualquier posible continuación, de la violencia política y militar.

De manera que

“La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercicio de la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de constitución del Estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña a la proletarización industrial” 9 (Alliez y Lazzarato: 2022: 28) .

La segunda consideración tiene que ver con el declive de la potencia hegemónica del capitalismo en los últimos 75 años: Estados Unidos. Ambos procesos son lógicamente complementarios.

En la cabal comprensión de ello es importante considerar que el orden metabólico del capital requiere de estructuras políticas de mando, por más que muchas de sus claves de intervención, e incluso de las formas en que cobran existencia, pasen a menudo desapercibidas para las sociedades. En un capitalismo globalizado pero carente de una entidad política territorial global (algo así como un Estado mundial), buena parte de las estrategias de ese mando vienen ejercidas directa o indirectamente por la potencia dominante, un hegemón, el cual se encarga en mayor medida que ningún otro de crear o recrear, organizar y dirigir el conjunto de instituciones mundiales necesarias para la regulación global del Sistema (a su favor, evidentemente). Desde mediados del siglo XX ese papel le ha correspondido a EE.UU.

Esta formación social imperial, como veladora última del funcionamiento del capitalismo global, se ha encargado desde entonces de establecer el entramado jurídico-institucional valedor de la acumulación de capital a escala planetaria (FMI, BM, ONU, organismos internacionales diversos, el embrión de lo que sería una organización mundial del comercio –el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio–, cumbres de las principales potencias, tribunales de arbitraje internacional, “cooperación al desarrollo”, etc.). Su ambicioso proyecto de construcción del capitalismo global a imagen propia, pasa por un conjunto de dispositivos y medidas tendentes a garantizar la reproducción ampliada del capital a escala interna y global.

Tal poder imperial global estadounidense se ha basado históricamente en tres pilares fundamentales. El primero, la fortaleza sin igual en todo el mundo de su economía (su industria, servicios, comercio, finanzas y tecnología). El segundo, la existencia del dólar como moneda de cambio, de reserva y atesoramiento de la economía mundial. El tercero, su incontestable poder militar.

A ellos se podría añadir un cuarto pilar: su dominio cultural y mediático. El cuasi-monopolio sobre las comunicaciones (donde se incluyen hoy sus 5 gigantes tecnológicos: Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft), incluida internet, ha permitido a EE.UU., y por extensión a las formaciones sociales europeas, seguir “construyendo el relato” del mundo (a semejanza de lo que esas últimas vienen haciendo desde su expansión colonial en el siglo XV). Esta es una fuente de poder que algunos han bautizado como “poder blando”, pero que tiene una materialidad bien firme y constatable: el control de las conciencias condiciona palmariamente el de los hechos.

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miércoles, 4 de marzo de 2026

Imperio

 

Publicado en 2002 por Francisco Fernández Buey, histórico colaborador de El Viejo Topo, este texto ofrece una reflexión crítica sobre la persistencia de la barbarie en la modernidad tardía.

TOPOEXPRESS

Imperio

 

Francisco Fernández Buey

El Viejo Topo

4 marzo, 2026 Francisco Fernández Buey


Primo Levi, reflexionando sobre el Holocausto, escribió que la historia de la barbarie es como un silogismo práctico. La premisa mayor de este silogismo reza así: «Todo extranjero es enemigo». La conclusión del mismo no es única: puede ser el genocidio o el etnocidio, la limpieza étnica o el asimilacionismo, los campos de concentración o los campos de destrucción de otros pueblos, de otras culturas. Por desgracia, la aceptación de la premisa mayor de este silogismo es casi siempre inconsciente para la mayoría de los humanos. Pero siempre que en la historia de la humanidad esta premisa mayor se ha convertido en dogma, mediante la afirmación autoexcluyente de la propia cultura, que se considera a sí misma superior, el resultado ha sido la planificación de la propia barbarie: el holocausto, el quemar todo lo otro, la implantación del infierno sobre la tierra. En el trasfondo del Holocausto está la afirmación arrogante de la Kultur frente a la Zivilisation.

Lo característico del capitalismo posmoderno en la época del Imperio único es que se presenta a sí mismo como vencedor de las fuerzas que causaron el último gran holacausto del siglo XX, pero al mismo tiempo, al afirmar la superioridad de la propia cultura mercantil, quema todo aquello que considera antagonista o enemigo, crea otros holocaustos y los presenta ante la propia opinión pública como necesarios, como respuesta supuestamente «civilizada» ante el riesgo de que aparezca en el horizonte un nuevo Hitler. Avisa de que viene El Lobo y, mientras tanto, convierte en lobos a los paisanos. La paradoja de los nuevos holocaustos es que éstos se presentan como una retorsión del principal Holocausto del siglo XX: el capitalismo posmoderno dice querer hacer modernos a todos los demás, induce en las otras culturas nuevas necesidades y, cuando llega a la conclusión de que estas nuevas necesidades inducidas no pueden ser satisfechas más allá del mundo de los ricos, quema y destruye las tradiciones y culturas que no se adaptan a los designios del Imperio.

[…]

De ese tipo de cinismo dijo Oscar Wilde: «Sabe el precio de cada cosa, pero no sabe el valor de ninguna».

El Imperio se mofa de las banderas de los otros aduciendo que pasaron ya los tiempos de las banderas «provincianas» y a continuación exalta la propia bandera en todas las actividades cotidianas y la impone a otros pueblos a miles de quilómetros de su centro. El Imperio se cisca en la inteligencia crítica y llama «inteligencia» al espionaje. Forma «luchadores de la libertad» donde tiene intereses geoestratégicos y luego, cuando quieren autodeterminarse, los llama terroristas. Se llena la boca con la palabra «libertad» y en las provincias no reconoce otra que la Quinta Libertad, el Séptimo de Caballería posmoderno. Hunde la enseñanza pública universitaria donde la hubo y luego dedica enormes recursos a la compra de intelectuales de los cinco continentes, convierte sus obras en mercancías cosmopolitas y les exige que renuncien a sus orígenes declarando que ha llegado la guerra entre civilizaciones. Dedica importantes sumas a la investigación de medicamentos para combatir las enfermedades de la civilización y luego se lucra con ellos condenando a la muerte a los pobres que no pueden pagarlas.

[…]

El odio no justifica, obviamente, la barbarie de los otros (tan moderna y a veces tan posmoderna, por cierto, como la del Imperio), pero explica la desesperación que conduce a ella. El capitalismo imperial posmoderno exalta constantemente la violencia en los medios de comunicación que domina, fomenta la Sociedad del Rifle, practica la pena de muerte y luego interviene violentamente para combatir la violencia que él mismo ha inducido. El capitalismo imperial posmoderno llama fundamentalismo a la desesperación de los otros y oculta el fundamentalismo propio. De ahí surgen varios holocaustos selectivos y una nueva especie de macartismo global.

He aquí otra vez el «poder desnudo» del que hablaba el viejo Einstein al acabar la segunda guerra mundial. Un tipo de poder que a él le recordaba la época del ascenso del nacional-socialismo en Alemania. Retorsión de lo que hubo. Esta vez son los musulmanes y asimilados quienes más sufren. Pero conviene recordar, con Levi, que ya en el infierno de Auschwitz se llamaba «musulmanes» a los más desgraciados de entre los desgraciados del campo de exterminio. ¿Una premonición? La última imagen de la dimensión que ha alcanzado el «poder desnudo» ha sido el traslado forzoso de los talibanes afganos desde Kabul a Guantánamo, cuerda de presos organizada con los últimos adelantos tecnológicos que, sin embargo, trae a la memoria alguna de las escenas del Espartaco de Kubrick. Todo un símbolo. Por lo que significaba Kabul, en el corazón de las tinieblas, y por lo que significa Guantánamo, territorio imperial en la isla de Cuba.

Nuevamente en el Imperio. Como dijo Walter Benjamin, no hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie.

¿Hay alguien ahí?

Fuente: La insignia

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martes, 3 de marzo de 2026

Una lejana inquietud

 

En febrero de 2001 el Topo publicaba este relato de nuestro colaborador y amigo, Higinio Polo, sindicalista presente en la Generalitat en aquella aciaga noche. Este es su testimonio. Tal vez un día verán la luz algunas otras dramáticas aventuras que aquella noche sufrieron otros miembros del Topo.

Una lejana inquietud

 

Higinio Polo

EL viejo Topo

2 marzo, 2026 



UNA LEJANA INQUIETUD O VEINTICUATRO HORAS DE LA VIDA DE UN PAÍS

 

“¡Eh! ¡Ustedes!

¡Apaguen esos ojos asombrados!”

Vladimir Maiacovski.

 

Recibir un encargo para reconstruir un día de la vida de un país y atreverse a llevarlo a cabo es algo complicado. Al cronista no le cuesta reconocerlo. Y no sólo por cuestiones de impericia, aunque se trate exclusivamente de la reconstrucción de algunas horas que conmovieron a los ciudadanos en una lejana jornada de la que ahora vamos a cumplir veinte años. Es complicado porque el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, o los distintos golpes que estaban en marcha y que confluyeron en ese día, es uno de los momentos decisivos de la transformación política española tras la dictadura franquista.

Por eso juzga el cronista que lo más razonable, lo más prudente, es centrar el examen en algún rasgo relevante, y que, aprovechando que veinte años no es nada, qué febril la mirada, podría limitar el asunto a un episodio concreto de veinticuatro horas de la vida de un país, o de una mujer, que tal vez sea lo mismo. Aún así las posibilidades son numerosas: el cronista podría hacer una descripción de los acontecimientos, o de los riesgos que se corrían entonces, o de los fantasmas del pasado y de la dictadura que volvía a levantar sus garras. O examinar las consecuencias que tuvo la intentona militar: por ejemplo la elaboración de una ley llamada LOAPA, según nos recuerdan nuestros nacionalistas locales siguiendo la opinión del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Y otras, que omite.

Veinte años después de aquel día tal vez lo más atractivo fuese escribir unas líneas épicas sobre la victoria de la libertad, cerrando los ojos a las miserias que surgen en los momentos decisivos, pero sabiendo al mismo tiempo que el reproche es siempre poco elegante. Sin embargo, al cronista le da cierta pereza abandonarse a la grata evocación de las batallas del pasado. También podría hablarse de las incógnitas que persisten: son muchas. Y algunas, probablemente, nunca serán descifradas. No hay lugar para la alarma o el enfado: después de todo ya nos tenía advertidos Chu En Lai de que, casi doscientos años después de los hechos, todavía no estábamos preparados para comprender la revolución francesa. Es una sabiduría oriental que podemos recordar ahora.

Apuntemos algunas de esas incógnitas: por ejemplo, la lentitud en la actuación del rey. Un rey extraño, sí, aunque el protocolo nos lo quiere campechano, y lleno de amor al pueblo. Un monarca que combate el golpe –apuntemos de paso que, en realidad, dicen los republicanos rojos, se preocupa por el trono- pero tarda demasiado en decirlo y en hacerlo llegar a la población: una eternidad. Hay que decir en su descargo que es el monarca de un país pobre, sin apenas teléfonos, con dificultades de comunicación. Pero tarda demasiado. O traza una sutil estrategia que veinte años después todavía no puede conocerse en su totalidad.

Veamos: se ha aducido que los militares habían ocupado las instalaciones de Televisión Española y no podía, por tanto, emitirse desde allí un mensaje real. Pero los sublevados abandonan las instalaciones de la televisión a las nueve y diez minutos de la noche, y el mensaje de Juan Carlos de Borbón se emite más de cuatro horas después. Demasiado tiempo, en un momento semejante, en el que una hora podía cambiar el destino del país.

No insistamos en ello. Así es la vida. Y, paradojas de la existencia, el monarca será recompensado: parecería que los golpistas trabajaban para él, a juzgar por los resultados: dicen que entonces se consolida la monarquía. Hay otras incógnitas, sí: la trama civil del golpe, la actividad de los que siempre conocen la red oculta de las cosas. Y la actuación de los servicios secretos. Y las orejas de algunas cancillerías. Y hasta saber cómo se forja la habilidad de los máximos dirigentes de la patronal catalana, que conocían de antemano el intento de formar un gobierno Armada. Y las dudas de los capitanes generales, que hoy –si el cronista fuera filósofo y moralista– podrían calificarse de siniestras. Y la financiación de Tejero: el propio general Armada ha hablado de la trama civil que ordena iniciar el golpe al teniente coronel de la Guardia Civil. Y la incógnita que supone la afirmación más terrible, hecha por un teniente general: si hubiesen salido a las calles de Madrid las tropas de la División Acorazada Brunete, una tras otra todas las regiones militares se habrían unido al golpe. Hubiera triunfado.

Veamos algunos detalles. De once jefes militares con región a su cargo, siete estaban a la espera de lo que ocurriese, es decir estaban considerando la posibilidad de apoyar el golpe de Estado, o no veían mal que Milans del Bosch sacase los tanques a la calle.

Después de todo hay que amortizar las compras de material de guerra. El capitán general de Madrid, Quintana Lacaci, se opone al golpe desde el principio. El mismo general dejó escrito, en un conocido documento, que si hubieran salido las tropas de Madrid, todas las demás del país se hubieran unido al golpe. Por fortuna, a veces el destino nos sonríe: dicen que el capitán general Merry Gordon estaba borracho, y perdió la oportunidad de su vida. Otro motivo relevante: la discreción de los espías. Al cronista siempre le ha llamado también la atención el duro trabajo de los servicios secretos, modelo de competencia, aunque haya que lamentar que a veces parezcan reclutar a sus hombres como hiciera el Servicio de Inteligencia británico en la segunda guerra mundial: por el color de sus ojos y obligándolos a asistir a charlas de formación que se iniciaban con el acreditado método de “Prestad atención, cabrones”. También subsisten incógnitas sobre la actuación de los Estados Unidos, siempre tan informados, siempre tan predispuestos a la defensa de la libertad y de la democracia, siempre tan atentos a las situaciones de crisis en países amigos: hasta que el golpe no está derrotado no da Washington señales de vida: el presidente Reagan llamará por teléfono a Madrid en la tarde del día 24 de febrero, cuando todos los golpistas se han rendido. Pero dejemos esas incógnitas al paciente trabajo de investigación histórica.

Lo cierto es que si después de aquel día peligroso ha quedado en la memoria popular la imagen mil veces repetida del teniente coronel Tejero disparando en las Cortes, con el tricornio en los luceros, o la de los tanques atravesando las calles desiertas de Valencia, o, menos, la estampa del general Armada deambulando en la noche de los lobos, lo cierto, es que hay muchas otras cuestiones en las que podríamos detenernos: el examen de la actuación de los más altos jefes militares, las complicidades entre la oficialidad; los servicios secretos extranjeros –como los norteamericanos–; la actuación de los ayuntamientos; los temores periodísticos, que se reflejan hasta en la tibieza de los editoriales; la respuesta desigual en la España profunda. De manera que el cronista podría entretener al lector con muchas cuestiones. Pero prefiere detener su atención en un rincón de la península que siempre ha tenido relevancia: Barcelona, Cataluña. Allí, donde son los comunistas –los dirigentes de Comisiones Obreras y del PSUC– los que encabezan la respuesta al golpe de Estado.

Fijémonos en un momento concreto: en la tarde del 23 de febrero de 1981, en las afueras de Lleida. El cronista está en condiciones de afirmar que los coches pasaban a toda velocidad por la carretera que iba a Barcelona. Hacía frío, o, al menos, se lo parecía a la pareja que se dirigía hacia la capital del principado. Dentro de un coche, conducido por una chica joven, va uno de los dirigentes de las Comisiones Obreras de Catalunya. Acaba de abandonar Lleida y ha hecho un llamamiento –sin consultar a nadie– a la huelga general en una asamblea de delegados sindicales, después de que hayan llegado las noticias del golpe de Estado. Va reflexionando sobre lo hecho, y está firmemente convencido de que ha hecho bien, aunque no sabe todavía lo que le espera en Barcelona. Cuando llega a la ciudad se encuentra con sus camaradas. Las noticias son ya más precisas.

A las 6 y 22 minutos de la tarde un teniente coronel de la Guardia Civil ha entrado con sus tropas en el Congreso de los Diputados. Es un tipo burdo, sin educación. Pasan largas horas, y llegan después noticias de que en Valencia pasean los tanques por las calles, y el parte de las nueve de la noche de Televisión Española no se emite. Nadie sabe nada del rey. Pasarán todavía muchas horas antes de que aparezca en la pantalla.

Lo hará a la 1 y 15 minutos de la madrugada. El presidente de la Generalitat, Pujol, según afirma, ha hablado dos veces con él, y le ha pedido tranquilidad. El honorable dice por radio poco antes de las diez que todo está dentro de la normalidad. Sin embargo está muy nervioso, lo que se contradice con esa normalidad, y el monarca aún no ha dicho nada públicamente. Veinte años después explicarán historias de capitanes del ejército en televisión que impiden emitir proclamas, y lo hará el mismo monarca, pero en ese momento Pujol sabe que si el rey puede hablar con él también podría hacerlo con las emisoras de radio, aunque fuera por teléfono, y condenar con firmeza el golpe. Pero no lo hace. Tal vez por eso el honorable presidente está nervioso, y, después, alzará la voz a los dirigentes sindicales que van a verle; él, un hombre educado.

Hay que decir en su descargo que la situación no era ninguna broma. Incluso en Barcelona, donde parecía que los militares no intentaban nada, el propio teniente general Pascual Galmés hablaba con el general Armada en una noche de equívocos, y mandos sublevados daban orden a los carros de combate del Regimiento de Caballería Numancia de Sant Boi de Llobregat de que se preparasen para salir hacia la capital catalana. Tanques para entrar de nuevo en Barcelona, como en 1939. ¿Encontrarían resistencia los carros de combate? Por si acaso, algún dirigente patronal había estudiado los meses anteriores a Gramsci para imaginar cuál podía ser la actitud obrera si cambiaban las tornas: después de todo los partidos de izquierda habían estado a un paso de ganar las elecciones al Parlament de Catalunya el año anterior. Las cosas de la vida: dirigentes del Fomento del Trabajo Nacional, la benemérita patronal catalana, estudiando a un dirigente comunista italiano que había muerto en las cárceles del fascismo.

Era razonable que el presidente de la Generalitat estuviera nervioso. Las noticias indicaban que muchos capitanes generales eran cómplices del golpe. Después se conocería la singular actuación de los tenientes generales Merry Gordon, de Sevilla; Elícegui Prieto, de Zaragoza; y Campano López, de Valladolid. Además de Milans del Bosch, en Valencia. Pero no eran los únicos, distintas fuentes publicadas en los últimos años confirman que otros jefes militares estaban dispuestos a apoyar el golpe de Estado: había confianza, a veces admiración, hacia Milans del Bosch. También ambiciones personales: algún general se mostraba predispuesto al golpe militar pero consideraba que Armada no sería tan buen presidente del gobierno como él mismo; y ambigüedad calculada, indefinición, temor a quedar en el bando perdedor, la indecisión humana que lleva a muchos a esperar a ver para sumarse al golpe.

Nada nuevo. La historia está llena de situaciones semejantes, y el cronista comprende las dudas de la milicia. A las once y media de la noche, tres dirigentes de Comisiones Obreras entran en el Palau de la Generalitat. Llegan con una huelga general convocada. Horas antes el sindicato había ofrecido quinientos militantes para defender a la Generalitat, pero la ayuda había sido rechazada. Mientras tanto, Radio Nacional de España emitía música militar, evocadora de otros desfiles salvadores, y la imprenta de Comisiones Obreras trabajaba con ritmo frenético imprimiendo miles de octavillas llamando a la huelga general. Eran los únicos: nadie más haría algo semejante. Hasta la sede del sindicato se acercan los que quieren resistir al golpe: militantes cenetistas, entre otros. En la puerta del palacio de la Generalitat, por la que entran los dirigentes de Comisiones Obreras, unos mossos d’esquadra. Su capitán había ido horas antes a ofrecerse a los militares para lo que hiciera falta: por ejemplo, para detener a los que había dentro del palacio que teóricamente defendían. Hay un silencio extraño, y los pasos resuenan en los adoquines. No hay nadie en la plaza, y las muchedumbres no atruenan con sus gritos las calles históricas de la ciudad, de la rosa de fuego. Entran, y ven que los mossos d’esquadra pasean nerviosos. Arriba, tipos cansados, caras conocidas por la televisión, del Parlamento, los ministros del gobierno catalán. De todas formas, poca gente.

Algunos están sentados, derrumbados, con caras fúnebres. El cronista ha podido saber de primera mano las palabras que se cruzaron los rojos de Comisiones Obreras con Jordi Pujol, en el despacho del presidente de la Generalitat. También ha podido conocer algunos temores, y la desolación de algunos rostros, inseguros de permanecer allí. Los que han llegado son hombres jóvenes, que argumentan con pasión; demasiado jóvenes, incluso, y se nota en la audacia de sus convicciones, algo estrafalarias para el gusto del honorable, que se revuelve inquieto. Y notan la curiosidad en el pescuezo, la sensación de la propia importancia, aunque sea transitoria. El honorable está nervioso, con gesto sombrío: unos minutos antes de entrar en su despacho con los dirigentes sindicales ha hablado con el capitán general Pascual Galmés, y éste le ha preguntado su opinión sobre la “solución Armada”. Se teme lo peor. El presidente ha hecho momentos antes un llamamiento por radio diciendo que no hay que hacer nada, y diciéndole al ciudadano que ha hablado con el rey. Pero no parece que eso resuelva gran cosa. Es un rey que nadie sabe qué está haciendo: tampoco el honorable. Corren rumores, algunos poco edificantes, y ninguno de los presentes sospecha en ese momento que veinte años después aún no será posible conocerlos en detalle.

La entrevista del presidente con los dirigentes sindicales transcurre tensa. Y ahora hay otras prioridades, además de saber qué hacen los generales con el sable. La huelga general. El gobernador civil de Barcelona, hombre valeroso, ha dicho que quedan prohibidas las manifestaciones, y las huelgas, y cualquier movimiento en la calle. La autoridad está para eso. Aunque es improbable que les diga lo mismo a los militares. El rictus de Pujol es la virtud cautiva, angustiada, del país: y hasta su ruego al secretario general de las comisiones obreras –“mira el televisor y si sale el rey, avisa”–, enternecedor. Y la discusión desaforada –tabernaria, dicen– con la delegación sindical la cartografía precisa de su impotencia ante el destino. Los argumentos del honorable para convencer a los dirigentes sindicales de que hay que desconvocar la huelga general merecen consignarse, para maravilla de las generaciones futuras: “Si el golpe fracasa no hace falta ninguna huelga general y, si triunfa, la huelga general no sirve para nada” No hay nada más clarividente que el desasosiego. Detrás, dejémoslo dicho, apunta de nuevo el miedo a las muchedumbres, el temor a que la plebe sea de nuevo la encargada de buscar al chacal, y de aplastarlo. Hay que ser justo: entre los hombres que aquella noche están en el palacio de la Generalitat hay uno, Heribert Barrera, que manifiesta su acuerdo con la huelga general y así lo dice ante el honorable Pujol y ante los sindicalistas. Pero el gobierno de la Generalitat dejará clara su posición: hay que mantenerse –dice a los ciudadanos– en disposición de servir los intereses del país y eso debe hacerse, especialmente, desde la normalidad laboral. Y en casa. Pujol creía, y aún cree, que nadie debía ofrecer resistencia y que si llegaban los militares debían dejarse capturar: con dignidad. Curiosas enseñanzas, reflexiones extraídas de la sabiduría convencional de los tiempos, tal vez del largo verano de 1936.

Los nacionalistas. Aman al país con pasión, y el cronista no tiene ningún derecho a poner en entredicho sus sentimientos. Al fin y al cabo la historia está hecha, también, de sentimientos. Mucho menos derecho tiene para ridiculizarlos, como hacen algunos apátridas. En otros lugares de España, lo presentido. Los nacionalistas vascos han huido: el palacio de Ajuria Enea está vacío. Es verdad que no es así en el palacio de la Generalitat. Pero en aquel preciso día de febrero de 1981 puede decirse que los nacionalistas no están, o, al menos, no consideran necesario salir a defender al país. O

confunden al país con la propia piel, algo que no deja de ser legítimo pero que está más cerca de la ofuscación que del amor a la patria, sea la patria que sea, y eso al cronista le importa poco. Tal vez, una confusión inocente, como la de aquel presidente chileno, González Videla, que estaba convencido de que la UNESCO era una cantante rumana.

De manera que los nacionalistas no están. Estaba, sí, el honorable. Nervioso, confundido porque aquellos jóvenes sindicalistas bolcheviques no quieren desconvocar la huelga general. Para Pujol es evidente que la huelga general no ayuda, al contrario, entorpece, crea confusión, puede provocar la reacción militar. Como si algunos generales necesitasen ayudas para blandir el sable. Algunos nacionalistas se dan cuenta de que en el futuro algunos les reprocharán su impotencia. Llueve sobre mojado: después de todo, tampoco estuvieron para defender Barcelona en 1939. Ahora, en ese día de febrero de 1981, es difícil encontrarlos. De hecho, algunos bolcheviques que lo intentan tienen que volver a sus guaridas con la extraña sensación de que otra vez están solos. Y Heribert Barrera, hijo de un viejo anarcosindicalista del pasado republicano español, que dice unas palabras dignas que pocos escuchan, pero que quedan registradas para el futuro –incógnito, tal vez mezquino– que se avecina. Pero, como apunta un diputado nacionalista, todos están preocupados por lo que pueda pasar: “Ens mataran”, dice. Pese a todo los nacionalistas lanzan una consigna: “Cada uno en su casa”. No hay que hacer nada. Contarán después, durante años, que no había que caer en provocaciones, y que cualquier movimiento en falso podía ser contraproducente. Es la sabiduría política, el abandono. Después, algún cronista dirá que vestirán de sensatez y responsabilidad, hasta de patriotismo, lo que sólo era impotencia y derrota.

Los socialistas. No es posible tampoco localizarlos. No son los únicos: en esa noche aciaga hay muchos dirigentes de partidos democráticos a los que no se puede encontrar. Corren, otra vez, rumores, y extrañas historias sobre desapariciones repentinas. Demasiadas personas estaban esa noche en el lugar equivocado. Algunos periodistas cuentan después que los socialistas estaban en las nubes. La desaparición es circunstancial: pocos días más tarde, con el golpe fracasado, ya con el ánimo entero, participarán en primera línea en las manifestaciones, lo que les honra. Tanta era su perplejidad e impotencia ante las sorpresas de la vida, tanto su nerviosismo que ahora, veinte años después, casi recuerdan –si se permite al cronista– el desvalido desorden de aquel ministro del Interior peruano, con Fujimori, que en la operación para cazar a Montesinos, el siniestro jefe de los servicios secretos, decía ante los periodistas: “¡Estamos intentando ubicarle, para saber dónde está!”

La entrevista del presidente de la Generalitat con los hombres de Comisiones Obreras termina mal, sin acuerdos. Unos se van a preparar la huelga, en una noche tensa, sabiendo que todo puede pasar. Otros, después, irán a dormir: Pujol, tras el mensaje de Juan Carlos de Borbón, a las tres de la madrugada. ¿Estaba tranquilo ya? El cronista no puede saberlo. Lo cierto es que aún después de la alocución del monarca persistían muchas dudas: el mismo Juan Carlos de Borbón lee un mensaje ambiguo, en el que no se condena con dureza el intento de golpe de Estado. Habla, sí, de que no puede tolerar que se interrumpa el proceso democrático. Pero no hay condena explícita de los sublevados: la situación no estaba aún clara. De hecho, en la madrugada de ese día llegan nuevas tropas al Congreso de los Diputados: las de Pardo Zancada. Y Sabino Fernández Campos, un militar que era el secretario general de la casa real, autoriza al general Armada para ir al Congreso de los Diputados y postularse ante Tejero como nuevo presidente del gobierno, y resolver así el secuestro de los diputados y del gobierno en la sede parlamentaria. Cuentan que la autorización fue de Fernández Campos, y no de Juan Carlos de Borbón, pero hay muchas cosas oscuras en los movimientos de esa larga noche en Madrid. Un buen hombre, Sabino Fernández, conocedor de las calles barcelonesas. Veinte años después dirá que nunca había visto tanto entusiasmo de los catalanes como cuando entró con las tropas fascistas en Barcelona, en 1939.

La gestión del general Armada termina mal. El teniente coronel Tejero le dijo que no reconocía más que a Milans del Bosch como jefe, deshaciendo así la posibilidad de un gobierno Armada. Para los suyos, para los sublevados, fue un hombre torpe el teniente coronel. Pero esa noche, mientras unos iban a dormir y otros a preparar la huelga, era evidente que la situación aún no estaba clara, hasta el punto de que el propio Francisco Laína –responsable del gabinete de secretarios de Estado y gobierno de facto– temía lo peor. Por eso, Comisiones Obreras moviliza a sus hombres y mujeres, y no desconvoca las acciones previstas: se distribuyen por zonas fabriles, por metros y autobuses, organizan piquetes. Sea como sea, lo cierto es que los comunistas del PSUC y de Comisiones Obreras son los únicos que desde el primer momento se lanzan a combatir a los golpistas. La confusión, el miedo, la indefinición, incluso las fugas vergonzosas, harán mella en muchos otros sectores. Hasta la traición aparece. Incluso en la Generalitat había habido personas que se ofrecieron a los militares. Se arrimaban al sol más caliente. Después, cuando a los sublevados les derrota su propia indecisión, entre otras cosas, todo termina. Las veinticuatro horas de la vida de un país están a punto de cerrarse, y con el famoso pacto del capó por el que se rindieron Tejero y Pardo Zancada se abrirá un proceso que culminaría en los tribunales y en la absolución  e la mayoría de los golpistas.

El cronista no ignora que podría escribirse un bonito fresco sobre la serena respuesta del pueblo al golpe fascista. Pero aunque le atrae la lírica, no es posible. Millones de españoles saldrán a la calle, en defensa de la democracia, pero el día 27 de febrero.

Podría abandonarse a la tentación de especular, de hurgar en algunas actitudes poco honorables, pero no es conveniente, y hasta puede parecer poco elegante. Es obligado, sí, dejar constancia de que los nutridos grupos de militantes que llaman a la huelga general y reparten octavillas en el metro y en las fábricas son los de siempre. Claro que tampoco pueden quejarse, al fin y al cabo hacían algo parecido a lo que habían hecho años atrás, y tenían memoria y aprendizaje. De modo que la respuesta de la población será desigual. No en vano a los ciudadanos les llegaron mensajes contradictorios, llamamientos a la calma y convocatorias a la huelga. Después, de nuevo, la amnesia, el olvido, la desmemoria. No hay motivo de queja: ya sabemos que una de las proposiciones fundamentales del maestro es que de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio.

Al otro día, por la tarde, más tranquilos, el monarca recibirá a los dirigentes políticos, entre los que no se encuentra Pujol, envuelto en el palacio de la Generalitat en una leve brisa de rencor, pese a que el honorable casi se había hecho portavoz real en las horas difíciles del golpe. Los nacionalistas siempre se mostrarán dolidos con el gesto. Los socialistas: recompondrán el rostro. Y, después, el buen pueblo, que tiene una memoria personal precisa y es comprensivo, sabrá justificar a sus dirigentes por la angustia de ayer. Incluso les volverá a votar, porque se reconoce en esas caras. Al fin y al cabo está escrito que la prudencia ha de ser siempre la guía de los pueblos. El cronista cree que no hace falta anotar nada más, o apenas alguna enseñanza, ya antigua: la democracia está consolidada mientras el poder del dinero no se inquieta. O veinticuatro horas de la vida de un país, y una lejana inquietud, que sólo añade melancolía y algunas sonrisas, en un país moderno que aún recuerda cuando la gente se lavaba con piedra pómez: los que entonces eran tiernos infantes son ahora aguerridos jóvenes adictos a la noche, que casi ignoran los riesgos que corrieron.

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