domingo, 26 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, 22 DE 23


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA



marxists.org

Capitulo XXII

El Congreso de los soviets y la manifestación de junio

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

El primer Congreso de los soviets, que sancionó los planes de ofensiva de Kerenski, se reunió el 3 de junio en Petrogrado, en el edificio de la Academia militar. Acudieron a él 820 delegados con voz y voto y 268 con voz, pero sin voto. Estos delegados representaban a 305 soviets locales y a 53 soviets cantonales y de distrito, a las organizaciones del frente, a los institutos armados del interior del país y a algunas organizaciones campesinas. Tenían voz y voto los soviets integrados por más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo tenían voz. Basándose en estas normas, que, dicho sea de paso, es poco probable que se observaran al pie de la letra, puede calcularse que en el Congreso estaban representadas más de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron datos sobre su filiación política, 285 resultaban ser socialrevolucionarios, 243 mencheviques y 105 bolcheviques; después venían otros grupos menos nutridos. El ala izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas, representaba menos de la quinta parte de los delegados. En su mayoría, el Congreso estaba compuesto por elementos que en marzo se habían hecho socialistas y en junio estaban ya cansados de la revolución. Petrogrado tenía que parecerles una ciudad de locos.
El Congreso empezó aprobando la expulsión de Grimm, un lamentable socialista suizo que había intentado salvar a la revolución rusa y a la socialdemocracia alemana negociando detrás de la cortina con la diplomacia de los Hohenzolern. La proposición presentada por el ala izquierda para que se discutiera inmediatamente la cuestión de la ofensiva que se estaba preparando fue rechazada por una mayoría abrumadora. Los bolcheviques no eran allí más que un puñado. Pero el mismo día y acaso a la misma hora, la conferencia de los Comités de fábrica de Petrogrado votaba, también por una aplastante mayoría, una resolución en la que se decía que sólo el poder de los soviets podía salvar al país.
Por miopes que fueran los conciliadores, no podían dejar de ver lo que estaba sucediendo diariamente a su alrededor. Influido seguramente por los delegados de provincias, Líber, este encarnizado enemigo de los bolcheviques, denunciaba en la sesión del 4 de junio a los ineptos comisarios del gobierno, a quienes en el campo no querían entregar el poder. «A consecuencia de esto, una serie de funciones de la competencia de los órganos del gobierno han pasado a manos de los soviets, incluso cuando éstos no lo deseaba.» Estos hombres se quejaban de sí mismos. Uno de los delegados, maestro de escuela, contaba en el Congreso que durante los cuatro meses de revolución no se había operado el cambio más insignificante en la esfera de la instrucción pública. Los antiguos maestros, inspectores, directores, etc., muchos de ellos antiguos afiliados a las «centurias negras», los viejos planes escolares, los viejos manuales reaccionarios, hasta los viejos subsecretarios del ministerio; todo seguía tranquilamente donde estaba. Sólo los retratos del zar habían sido descolgados para llevarlos al desván, de donde no era difícil, ciertamente, sacarlos para volverlos a sus sitios.
El Congreso no se decidió a levantar la mano contra la Duma ni contra el Consejo de Estado. El orador menchevique Bogdanov justificaba su timidez ante la reacción con el pretexto de que la Duma y el Consejo «no son más que instituciones muertas, inexistentes». Mártov, con su gracejo polémico habitual, replicóle: «Bogdanov propone que se declare la Duma inexistente, pero que no se atente contra su existencia.»
El Congreso, a pesar de la gran mayoría gubernamental, transcurrió en una atmósfera de inquietud e inseguridad. Aquel patriotismo remojado no daba ya más que llamaradas tímidas. Era claro que las masas estaban descontentas y que los bolcheviques eran incomparablemente más fuertes en el país, sobre todo en la capital, que en el Congreso. El debate mantenido entre los bolcheviques y los conciliadores, reducido a su raíz, giraban entorno a este tema: ¿A quién tiene que asociarse la democracia, a los imperialistas o a los obreros? Sobre el Congreso se cernía la sombra de la Entente. La cuestión de la ofensiva estaba resuelta de antemano, los demócratas no tenían más recurso que doblegarse. «En estos momentos críticos -decía Tsereteli, en tono de mentor- no debemos prescindir de ninguna fuerza social que pueda ser útil para la causa popular.» Era el argumento en que se fundaba la coalición de la burguesía. Y como el proletariado, el ejército y los campesinos estropeaban a cada paso los planes de los demócratas, había que declarar la guerra al pueblo bajo el manto de una guerra contra los bolcheviques. Ya hemos visto cómo Tsereteli no tenía inconveniente en «prescindir» de los marineros de Kronstadt para no arrojar de su regazo al kadete Pepliayev. La coalición se aprobó por una mayoría de 443 votos contra 126 y 52 abstenciones.
Las tareas de la inmensa e inconsistente asamblea congregada en la Academia militar de Petrogrado se distinguieron pro el tono pomposo de las declaraciones y la mezquindad conservadora de los cometidos prácticos. Esto imprimió a todas las resoluciones una huella de inutilidad y de hipocresía. El Congreso proclamó el derecho de todas las naciones de Rusia a