sábado, 1 de agosto de 2015

CLASES SOCIALES


Lucha sin clases: ¿por qué el proletariado no resurge en el proceso de crisis capitalista?

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Autor(es): Trenkle, Norbert
Herramienta.com.ar


No more Making of the Working Class

XXIII. En contraste con los intentos de salvar a la clase trabajadora mediante la extensión excesiva de sus determinaciones objetivas, están aquellos que argumentan fundamentalmente desde el lado subjetivo. De acuerdo con estos planteamientos, la clase no se define por su lugar en el proceso de producción y valorización, sino que se constituye constantemente de nuevo y atraviesa permanentes cambios, que están sujetos, esencialmente, a la dinámica de la lucha de clases. Esta perspectiva es mucho más abierta, porque enfoca en primer lugar los conflictos, su carácter de proceso y las posibilidades de desarrollo subjetivo contenidas en ellos. Sin embargo aun así se basa en un axioma apriorístico, que precede todos los análisis específicos y restringe su perspectiva: como algo autoevidente, la lucha de clases es presupuesta como un principio transhistórico válido, del que a su vez puede derivarse la clase. “Siempre ya presente en todas las relaciones sociales, la lucha de clases precede a las clases históricas”, escribe la redacción de la revista Fantômas en la editorial de una edición ya citada varias veces aquí (Nº4, 2003, p. 4, énfasis añadido). Sin embargo, este argumento se vuelve circular. Tanto el concepto de clase como el de lucha de clases son definidos de manera arbitraria. Según este enfoque todos los conflictos sociales, serían susceptibles, en principio, de ser declarados como lucha de clases, y todos los que luchan de alguna forma como sujetos de clase, sin haber aclarado, cuáles son los criterios para diferenciar entre los diferentes tipos de luchas y de subjetividades.

De esta manera, el paradigma subjetivista de clase llega, en principio, a resultados iguales que su contraparte objetivista. Porque como obviamente tienen lugar luchas de todo tipo en cada momento en alguna parte del mundo, según esta perspectiva, existe una dinámica permanente de “lucha de clases” y, por lo tanto, de “formación de clase”. El concepto aplicado es tan amplio, que de alguna u otra forma siempre puede ser supuestamente verificado. Pero esta “verificación empírica” está desde siempre determinado por el axioma que lo precede. El resultado se conoce de antemano: el conjunto social no es otra cosa que una totalidad de luchas de clases. No sorprende entonces que los antiguos contrincantes teóricos, “objetivistas” y “subjetivistas”, vayan reconciliándose cada vez más y coexistan en paz (como, por ejemplo, en la edición de Fantômas). Pues cuando se pierde toda precisión conceptual y la “clase” puede ser esto o aquello y desde luego está en todas partes, las antiguas diferencias teóricas ya no desempeñan un papel significativo.

XXIV. Básicamente el problema consiste en que el concepto de lucha de clases aquí es desprendido de su contexto histórico específico, donde tenía sentido: las luchas del movimiento obrero en los siglos XIX y XX. Con esta descontextualización se pierde no sólo el vigor conceptual sino con él la capacidad de diferenciar entre luchas anticapitalistas o emancipatorias en un sentido más amplio, por un lado, y enfrentamientos que más bien corresponden con lo que Hobbes llamó la “guerra de todos contra todos”. Esto es, una vez más, especialmente evidente en Hardt y Negri, que glorifican la lucha diaria por la existencia individual como una forma de expresión de la lucha de clases y carecen de cualquier criterio para diferenciar la violencia puramente regresiva, la competencia generalizada o los movimientos fundamentalistas. El concepto de la “lucha de clases” se torna así una fórmula abstracta y, en última instancia afirmativa, que abarca tanto el estado de guerra permanente de la sociedad capitalista y su desintegración provocada por la crisis global, como los esfuerzos para oponérsele.

Desde luego, muchos representantes de la perspectiva subjetivista de clase tratan de distinguir entre diferentes tipos de lucha en sus análisis empíricos; sin embargo estos esfuerzos flotan en el aire porque no coinciden con la propia base teórica. El paradigma de la lucha de clases descontextualizado no proporciona ningún instrumento conceptual para realizar estas distinciones. Por eso para rescatar aquel paradigma deben recurrir a toda clase de argumentos adicionales, provenientes de otros contextos teóricos, como por ejemplo teorías postmodernistas. Esto explica el carácter totalmente ecléctico de los conceptos postoperaístas  en especial, pero a la vez demuestra que ellos poco pueden contribuir para esclarecer las dinámicas sociales desencadenadas por la crisis global del sistema productor de mercancías.

XXV. Uno de los testimonios clave de la teoría de clases subjetivista es el historiador social inglés E. P. Thompson, que siempre enfatizó el aspecto activo en el origen de la clase obrera. En el prólogo a su estudio histórico más importante, que en el original tiene el título programático de The Making of the English Working Class [La formación de la clase obrera en Inglaterra], escribe: “Formación porque es el estudio de un proceso activo, que debe tanto a la acción como al condicionamiento. La clase obrera no surgió como el sol, a una hora determinada. Estuvo presente en su propia formación” (Thompson, 1989, vol. 1, p. 13). Pero desde luego los análisis de Thompson se refieren a procesos enmarcados en una situación histórica muy específica: el desarrollo de la sociedad capitalista entre el último tercio del siglo XVIII y el primer tercio del siglo XIX en Inglaterra. Es obvio que aquella situación difiere de manera fundamental de la situación actual. Estaba caracterizada por una dinámica de marginación y destrucción de condiciones de vida y trabajo relativamente heterogéneas pre y protocapitalistas. Esto se dio bajo la presión unificadora cada vez mayor de la formas de producción y vida capitalista; lo que implicó la generación masiva de “trabajadores doblemente libres”, obligados a vender su fuerza de trabajo si querían sobrevivir. En sus investigaciones, Thompson se concentró en las revueltas y luchas defensivas, provocadas por este proceso, y mostró cómo, a partir de ellas (y también por la experiencia de las derrotas) pudo empezar a conformarse algo así como una conciencia de clase.

XXVI. Fue, sin duda alguna, un aporte muy importante hacer hincapié en estos procesos subjetivos descuidados por el marxismo ortodoxo. Tanto más hay que evitar el extraer los conocimientos adquiridos por Thompson de su contexto histórico, porque lo único que se obtiene de esta manera son abstracciones ahistóricas que no hacen ningún sentido. Si bien la constitución de una conciencia de clase no surgió de modo automático del proceso de valorización del capital que logró imponerse, no obstante este proceso marca el contexto objetivo para esta constitución. Fue la subordinación de todas las relaciones sociales bajo el principio universalista del trabajo abstracto y la producción de mercancías, que provocó aquellas luchas sociales, las cuales contribuyeron a la formación de la clase obrera como sujeto colectivo, en defensa de sus intereses, para un período histórico de más o menos 150 años. Los momentos objetivos y subjetivos de esta constitución de clase se entrelazan estrechamente con efectos  recíprocos. Thompson mismo señala: “La experiencia de clase está determinada en gran medida por las relaciones de producción en las que uno nace -o en las que ingresa en contra de su voluntad. La conciencia de clase es la forma como esta experiencia es interpretada y mediatizada culturalmente: encarnada en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. En contraste con la conciencia de clase, la experiencia de clase está determinada” (Thompson, 1989, p. 8).

XXVII. Si aplicamos esta afirmación a la situación actual, lo primero que llama la atención, es que el marco objetivo dentro del cual las experiencias y los conflictos sociales tienen lugar es fundamentalmente diferente al contexto histórico analizado por Thompson. Hoy no nos encontramos en una situación donde el modo de producción y de vida capitalista recién comienza a imponerse violentamente en la sociedad, destruyendo todo un tejido heterogéneo de formas de vida tradicionales, regidas por normas totalmente diferentes (Thompson habla de la “economía moral”). Más bien: el sistema productor de mercancías se ha generalizado en el mundo y subsumido a todas las relaciones sociales bajo sus principios universalistas; pero a la vez entró en un proceso de crisis global, una crisis, que no solamente es de carácter económico, sino que socava los fundamentos de la sociedad basada en la valorización del capital y pone en marcha una enorme dinámica de desintegración social.

Esta tendencia es exactamente opuesta a los procesos en el siglo XIX que desembocarían en la formación de la sociedad capitalista. La creciente precarización de las condiciones de trabajo y de vida no indica la existencia de un ejército industrial de reserva que más adelante será integrado en la producción masiva en función de la acumulación de capital; al contrario en ella se refleja el hecho de que cada vez más personas a lo largo del mundo se vuelven superfluas para la producción de valor y por lo tanto son excluidas en sentido económico, social y político. Por lo tanto no presenciamos la reconstitución de una nueva clase trabajadora global, sino la creciente descomposición de una sociedad basada en el trabajo abstracto. No se está imponiendo una forma social universalista frente a una pluralidad de modos de vida precapitalistas; más bien esta forma universalista se desintegra por medio de una multiplicidad de conflictos y enfrentamientos muchas veces violentos y hace que los individuos atomizados pierdan todo base sólida bajo los pies. Esta tendencia es universal solo en el sentido de que equivale a un desclasamiento general; pero esto, de por sí es un proceso meramente negativo que no genera una nueva síntesis social de luchas solidarias.

XXVIII. Los movimientos sociales en la primera mitad del siglo XIX en Inglaterra analizados por Thompson surgieron a partir de la experiencia de verse confrontados con la marginación de las condiciones de vida no capitalistas y protocapitalisas, incompatibles con el modo de producción del capitalismo industrial. Frente a esta experiencia colectiva y ante la tremenda imposición del trabajo en las fábricas, se desarrollaron formas de solidaridad práctica y patrones culturales comunes, y al mismo tiempo se constituyó una identidad colectiva de clase trabajadora. Sin embargo, un proceso tal ya no puede tener lugar, porque falta el centro de gravitación para focalizar y unificar las luchas heterogéneas. Pero esta descentralización del campo social no solo abrió paso para una pluralidad de movimientos emancipatorios más allá del tema del trabajo, como movimientos feministas y ecologistas, sino también fomentó la masiva proliferación de corrientes sectarias, fundamentalistas y reaccionarias de todo tipo. Son justamente estas corrientes las que, a nivel global, han ganado una atracción enorme, porque ofrecen no solo apoyo material para su clientela sino sobre todo un sustento subjetivo para los individuos expuestos a la compentencia total o, marginados como superfluos para el capitalismo.

Pero este sustento no es para nada emacipatorio. Más bien reproduce y refuerza los momentos más regresivos y represivos de la subjetividad moderna en vez de superarlos. Aquí no surge una nueva Working Class, sino que se forman colectivos sociales que ofrecen un marco dentro del cual los individuos son formateados, según las condiciones de la sociedad capitalista, para que puedan seguir funcionando a nivel precario, sin autoreflexión crítica alguna.

XXIX. Sin embargo, la fragmentación social causada por la crisis capitalista no sólo desencadena los momentos regresivos de la subjetividad moderna, sino activa también una multiplicidad de impulsos y aspiraciones emancipatorios. Pero como éstos han perdido su centro de gravedad, históricamente constituido por la lucha de clases, se ven continuamente expuestos al peligro de reproducir por sí mismos las tendencias centrífugas del proceso de crisis capitalista. Por lo tanto se da el desafío de reformular una perspectiva de lucha anticapitalista global, que sea capaz de vincular todas las diferentes luchas de carácter emancipatorio sin falsas unificaciones ni jerarquizaciones. Un punto de enfoque común sin duda tiene que ser el enfrentar las tendencias de desintegración social a causa de la crisis y a los movimientos y las corrientes regresivas, que se generan a partir de estos procesos. Pero esta vinculación no se deduce a partir de presupuestas determinaciones objetivas o subjetivas (como el punto de vista de clase o la lucha de clases). Sólo puede emerger de la cooperación consciente de movimientos sociales que aspiran a la abolición de la dominación en todas sus manifestaciones, y no sólo como una meta abstracta y distante, sino también dentro de sus propias estructuras y relaciones internas.

XL. Lo que puede contribuir a la teoría crítica y el análisis de la crisis global es nombrar posibles puntos de partida para realizar estas vinculaciones. Si algo podemos aprender de las investigaciones de Thompson, es la importancia de la experiencia práctica/concreta para la constitución de los movimientos sociales. Por eso son de especial importancia aquellos procesos en los cuales tiene lugar la resistencia a las imposiciones del capitalismo, sustrayéndose a los intentos jerárquicos, populistas y autoritarios de integración, así como las luchas reivindicativas que aspiran a generar estructuras auto-organizadas. Tales movimientos (como los zapatistas, la corriente autónoma de los piqueteros y otros movimientos de base) obviamente son minoritarios a nivel mundial y constantemente están amenazados por la marginación y la cooptación. Sin embargo, aunque sean contradictorios en muchos aspectos, en ellos se encuentran los momentos embrionarios que apuntan a la perspectiva de una liberación de la totalidad capitalista. El futuro no pertenece a la lucha de clases, sino a una lucha emancipatoria sin clases.


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