jueves, 5 de noviembre de 2015

UCRANIA: ¿HACIA DONDE NOS CONDUCE EL CAPITALISMO?


Ucrania, el sistema-mundo y la geopolítica de la post guerra fría

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Ivan León Zhukovskii
Sociologia Crítica
02.11.2015

Las limitaciones sistémicas analizadas (involución periférica y tendencia al debilitamiento del centro político) se han visto potenciadas por el marco geopolítico en que Ucrania ha tenido que operar durante el período postsoviético. Este escenario ha estado condicionado, a su vez, por las transformaciones, ya analizadas, en la lógica y dinámica del sistema-mundo capitalista y por los efectos del derrumbe del Comunismo Histórico sobre la correlación de fuerzas en Europa y el Espacio Postsoviético.

En términos geopolíticos, el saldo principal del colapso de la URSS fue una sustancial modificación de la correlación de fuerza a nivel global y particularmente en Eurasia, a favor de las fuerzas políticas y económicas del capitalismo global, del “gendarmismo estadounidense” y en detrimento de Rusia. En este contexto y sobre todo durante el putinismo, el Espacio Postsoviético ha constituido uno de los principales centros de confrontación geopolítica, protagonizada por estos actores (en su dimensión tanto nacional como trasnacional-corporativa) y en menor medida por otros como China, Turquía e Irán.

Por su parte, los impactos de la financiarización del ciclo “americano” de acumulación y el globalismo neoliberal sobre las formaciones estatales han sido diversos. En el plano de las potencialidades y proyecciones externas de los Estados (dependiendo de los niveles de periferización) la tendencia más determinante ha sido la limitación del rango de soberanía y su absorción funcional por parte de los centros integracionistas y de gravitación geopolítica, liderados por los países-centros de la acumulación global. Estos definen la forma en que los países más dependientes quedan integrados en su órbita.

En relación con las antiguas formaciones del Comunismo Histórico y tras los efectos del derrumbe, Rusia solo logró recuperar algunas posiciones con la emergencia del putinismo, abriéndose así una considerable brecha para la influencia en el área de las potencias del centro capitalista. Como resultado, estás formaciones quedaron sujetas a la fuerza de tracción de UE (en la mayoría de los países del Este mediante la formalización de su membresía en la Unión) Estados Unidos o de Rusia. A mayor cercanía e imbricación y mayor fortaleza del centro en cuestión (sobre todo la UE), mayor también ha sido el poder de absorción sobre los países gravitantes.

En el caso de las repúblicas ex soviéticas, en virtud de la debilidad relativa de Rusia como centro de gravitación geopolítica y sobre todo integracionista y de la distancia, también relativa, con UE, Estados Unidos y China, muchas han pretendido aplicar una estrategia exterior de geometría variable y equidistante, intentando obtener beneficios de los vínculos con todas las potencias y explotar las diferencias entre estas.

La situación de Ucrania, sin embargo, desbordo estos marcos, complejos per se. Es cierto que su estrategia externa, al margen del discurso abiertamente “pro europeo”, ha reproducido el clásico formato de “colaboración” sin compromisos excluyentes con UE-Estados Unidos y con Rusia. Sin embargo, como reconocen desde hace décadas muchos expertos, entre ellos importante ideólogos tanto del “gendarmismo estadounidense” como del capitalismo trasnacional (Brzezinski, 1998: 229; Friedman, 2010: 336), este país ocupa un lugar privilegiado, como ningún otro, en diferentes frentes estratégicos rusos, fungiendo como gran perímetro deseguridad.

Tomando en consideración las tendencias del sistema-mundo contemporáneo y las transformaciones que tendrán lugar a raíz de la consolidación del nuevo modelo de acumulación (post “americano”, ¿asiático?, ¿multipolar?) y de las limitaciones rusas para competir en el ámbito productivo, tecnológico y financiero, sin un control activo sobre Ucrania, en el mediano-largo plazo Rusia quedaría en extremo vulnerable y con pocas posibilidades de reproducir su estatalidad y sus actuales marcos territoriales.

La inclusión de Ucrania (en cualquiera de los formas de división territorial-administrativa, unitaria o federalizada) es condición para el éxito del proyecto de integración euroasiático, que es asumido por las autoridadesrusas como la única posibilidad de no sucumbir ante los efectos destructivos de la financiarización neoliberal. En el contexto de las serias limitaciones de la estructura económica rusa, este es un mecanismo de reproducción de su modelo económico extensivo. Por otra parte y, siendo esta quizás su trascendencia mayor para Rusia, constituye un espacio vital de contención contra las imperecederas pretensiones expansivas de la OTAN, que tienen como fin último la anulación de Rusia como sujeto de la política internacional.De aquí se desprende la importancia de Ucrania para el bloque euro-americano: contener, influir, debilitar a Rusia. Un actor totalmente marginal en la división global del trabajo, un paria del capitalismo global se torna protagonista (instrumental) principal de la puja geopolítica entre Estados Unidos, UE y Rusia.

Las condicionantes de esta centralidad ucraniana se han visto potenciadas durante los últimos años por importantes tendencias negativas tanto para Estados Unidos-UE como para Rusia. En el primer caso, las limitaciones del modelo de acumulación vigente han devenido en un debilitamiento del centro capitalista y del potencial hegemónico estadounidense, sobre todo en materia económica. Esto se ha acompañado, dialécticamente, del fortalecimiento de las posiciones de los llamados actores emergentes, que si bien han sido producto de la evolución de la economía-mundo hacia el paradigma transnacional y un nuevo ciclo de acumulación, no es un resultado deseado por la estatalidad de los centros de la acumulación global.

Rusia, por su parte, atraviesa una crisis interna en todos los ámbitos. A las limitaciones sistémicas vinculadas a su involución periférica, se le yuxtaponen los efectos coyunturales de la inconclusa crisis global. Las serias limitaciones, cada vez mayores, para reproducir el modelo económico extensivo, extractivo y depredador, constituyen el telón de fondo sobre el cual se explayan serias dificultades para lograr, al menos, un mínimo crecimiento económico y de la producción industrial y, particularmente desde las elecciones parlamentarias de 2011, contener los efectos de la ruptura del consenso putiniano a nivel social y del carácter monolítico del sistema político10. El saldo general es un estrechamiento de los márgenes de maniobra de Vladimir Putin y su entorno a lo interno de Rusia, dificultades cada vez mayores para reproducir la gobernabilidad, niveles aceptables de consenso y los mecanismos para la descongestión de la tensión social. Pero, sobre todo, el entendimiento, estéril, del papel que en este sentido desempeñan las grandes limitaciones sistémicas, inherentes a la involución periférica, que pesan sobre el país y cuya reversión no constituye un objetivo de la élite rusa.

Ante esta suma de dificultades, que dejan al descubierto serias brechas para la reproducción del sistema, la élite política rusa ha puesto en marcha una estrategia general de” defensa y contención”. Este se ha expresado, a nivel interno, en una agresiva política de control social, mediante actos normativos y/o administrativos “reguladores” de la conducta social (flujo de la información, la libertad de expresión y las manifestaciones de las minorías sexuales, entre otros), así como una política penal que ha expandido el ámbito de la tipificación y el alcance de la interpretación del derecho. A nivel externo y en el mismo sentido, durante el segundo mandato de Putin ha sido marcada la tendencia al aumento de la confrontación con las potencias centrales, en especial con Estados Unidos.

La crisis ucraniana y la anexión de Crimea fue el colofón de un proceso precedido desde 2012 por la negativa de Putin de acudir a la Cumbre del G-8 en Camp David, la promulgación de la Ley de “Dima Yakovlev”11, el otorgamiento de asilo político a Edward Snowden y la activa postura en contra de la agresión militar contra Siria. Esto se ha visto acompañado, a lo interno, de un fuerte discurso nacional-patriotero y antiestadounidense y un considerable aumento del gasto militar, como mecanismos de control y “cohesión” interna y mensaje de contención a los actores externos. Procesos similares han sido relativamente comunes en determinadas fases de desarrollo de las formaciones semiperiféricas (subimperiales), sobre todo durante sus crisis sistémicas. El factor político-militar es determinante en estas formaciones, como resultado de las limitaciones estructurales de sus economías. Es justamente la existencia de un centro político fuerte y su capacidad para reproducir la gobernabilidad a nivel interno y controlar los espacios geopolíticos bajo su “mando”, lo que más las distingue de las formaciones periféricas.

Esta es una de las razones por las cuales la oligarquía ucraniana ha evitado por todos los medios formalizar la inclusión del país en el Espacio Económico Unificado12, proyecto integrador liderado por Rusia que, según la mayoría de los expertos, es la opción más beneficiosa para la economía ucraniana, si se toma en cuenta, además, que hubiera venido acompañado de medidas “políticas” vitales para este país, como la disminución del precio del gas. En esta vocación anti rusa han sido determinantes el temor del gran capital ucraniano de ser absorbido por sus pares rusos, (incluyendo el capital estatal) inconmensurablemente más fuertes, así como la agresividad en las proyecciones expansivas de estos últimos, que le han permitido dominar ramas íntegras de la industria ucraniana y hacerse de un nicho importante en el sector financiero de este país. En 2013, el valor acumulado de los capitales de los diez primeros oligarcas ucranianos fue de 32 mil millones de dólares, mientras que el de sus pares rusos fue cinco veces mayor, superando los 150 mil millones de dólares. La diferencia es aún mayor, si se toma en consideración el capital estatal ruso, sobre todo el bancario, cuya capitalización es decenas de veces superior a las de las principales entidades bancarias ucranianas.

Además y no menos importante, en sus lazos con las estructuras financieras occidentales se deja ver una vez más la matriz compradora de la oligarquía ucraniana. Es en el “centro” del sistema-mundo donde la élite económica de este país se legitima, resguarda sus capitales y ubica la sede legal de muchas de sus compañías, además de constituir el mercado europeo uno de los destinos principales de sus exportaciones.

Tanto Rusia como el bloque euro americano atraviesan fases críticas en su desarrollo. Como resultado, cada uno, desde sus potencialidades y necesidades y por métodos distintos, ha aumentado su activismo externo buscando reposicionarse en los marcos de un sistema-mundo en metamorfosis. De esta manera, la escalada de la tensión entre estos dos polos de la geopolítica es un resultado lógico, emergiendo Ucrania como el centro de operaciones y el eslabón más débil.

La fuerza de la financiarización globalizada y sus contradicciones internas, han obligado a Rusia a acelerar la integración regional, ejerciendo, durante los últimos años y hasta el momento previo al inicio de la crisis política en Ucrania, fuertes presiones sobre la dirección de este país. Esto se acompañó, por su parte, de una no siempre consistente, pero activa política europea para la firma con Ucrania de un acuerdo de libre comercio, buscando la clarificación de la apuesta geopolítica de este país y el debilitamiento estratégico de Rusia.

Aquí, sin embargo, cabe distinguir el alcance para Ucrania de los intereses y proyectos de ambos polos. La estrategia de la UE no incluye la integración económica, sino, quizás la más depredadora de las formas de “inclusión” en la órbita de un centro de acumulación-integración-gravitación geopolítica: la liberalización del comercio. Para la UE y en especial para Estados Unidos, en última instancia priman los objetivos geopolíticos. En el caso de Rusia, se ha perfilado con claridad un concepto integral de absorción estratégica, inclusivo de la integración socio-económica y el control geopolítico.

De esta manera, la política ucraniana de compromisos no excluyentes con UE-Estados Unidos y Rusia ha llegado a su fin. El alineamiento es inevitable, aunque se expresará de formas distintas y complejas en dependencia del escenario que se imponga como resultado de la crisis: fragmentación del país, federalización o mantenimiento del formato estatal unitario. El detonante formal de la actual crisis fue, justamente, la inminencia de la firma del acuerdo de libre comercio entre Ucrania y la fuerte presión que ejerció Rusia para impedirlo.

El alineamiento geopolítico de Ucrania era y es inevitable, al menos en el marco de una estatalidad unitaria. Sin embargo, en contradicción solo aparente, esto es cada vez más un objetivo imposible. La ruptura ideo-política entre diferentes regiones del país, exacerbada al extremo con la actual y genocida guerra civil, el rechazo radical de la influencia rusa o euro americana (en dependencia de la regiones) y el carácter irreversible de la presión de los centros de gravitación geopolítica (en especial de Rusia), prácticamente anulan toda posibilidad de una asociación geopolítica a favor de uno de los bloques, que sea a su vez efectiva y vinculante para los diferentes centros de poder en Ucrania.

Aunque no se excluye la fragmentación, el escenario federalizado – que formó parte de la agenda rusa desde el inicio de la confrontación -, pudiera constituir la opción de compromiso ante la crítica situación actual, quedando excluida ya la reproducción del estatus quo unitario. La fragmentación, el más “noble” de los escenarios, es al mismo tiempo el que mayores complejidades augura, en la medida en que obligaría a conciliar el mayor número de variables.

En cualquier caso, a pesar de los impactos negativos que ha tenido sobre la economía europea y de Rusia, el período de confrontación militar en Ucrania se extenderá aún más, propulsado por la estrategia belicista de EE.UU. y de la dirigencia ucraniana, que prolongan el estado de guerra en Donetsk y Lugansk. A pesar de los dos acuerdos de alto al fuego firmados en Minsk, la política “real” ha ido contracorriente con el cumplimiento de estos objetivos, en especial por parte de la dirigencia ucraniana.

La táctica estadounidense es constitutiva de la estrategia de caotización global que emana de su matriz gendármica, además de constituir un efectivo mecanismo de desestabilización contra Rusia. Este viene a complementar la guerra económica que ha afectado la economía rusa durante el 2014.

Las autoridades ucranianas, por su parte, reproducen el marco de la confrontación y exacerban el uso de la figuración enemiga, buscando extender la endeble legitimidad interna y evadir la responsabilidad por la paupérrima situación socio-económica. Sin embargo, la explosión interna – tanto económica como política – es cuestión de tiempo, y solo el recurso al nacional-chovinismo más primitivo ha podido aparcar sus manifestaciones más destructivas.

El marco geopolítico cada vez más constreñido y hostil ha asestado un golpe terminal a la estatalidad ucraniana, en la medida en que ha multiplicado exponencialmente el impacto de sus grandes contradicciones sistémicas. La disfuncionalidad socio-económica, la debilidad de la instancia política central, la ruptura aún mayor de los lazos nacional-identitarios y la incapacidad de Kiev de restablecer el control sobre las regiones del oriente del país, contradicen los más elementales rasgos de la estatalidad: la soberanía del poder político y laterritorialidad. Los contextos interno y externo no auguran posibilidades a la reversión de estas grandes tendencias, que según las premisas de este estudio, definen las características y vitalidad de Ucrania como Estado-nación y sujeto (objeto) de las relaciones internacionales y del capitalismo global.

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