jueves, 20 de marzo de 2025
Alemania ha vuelto
: Pues sí, Alemania ha
vuelto. Pero ¿qué Alemania? ¿Cuál es la propuesta alternativa? Quizá
reconstruirse frente al enemigo ruso, reconvirtiendo su modelo productivo en
torno a un renovado y ampliado complejo científico, industrial-militar.
Alemania ha vuelto
El Viejo Topo
20 marzo, 2025
ALEMANIA HA
VUELTO: ¿SALVARÁ EL REARME A LA UNIÓN EUROPEA?
“La UE se ha
convertido en la correa de transmisión de la OTAN, cuando no en la rueda de
repuesto, respecto a la totalidad de los asuntos esenciales, empezando por el
gasto militar y el suministro de armas”
Marco
d’Eramo. 2025
Es tan viejo
como nuestro mundo: buscar un saludable y bien plantado enemigo para unir al
pueblo e identificar el enemigo interno. Ambos asuntos están conectados y
forman parte de nuestra experiencia histórica. Rusia da la
talla como antagonista de lujo. Nuestro imaginario está colonizado por
representaciones de un oscuro mal que viene del Este: asiáticos, rusos,
soviéticos y, desde hace años, Putin. Una Unión Europea en crisis
desde que Alemania impuso las políticas de austeridad,
agravada -sí, agravada- por el conflicto ucraniano. El enemigo interno fue
identificado desde el principio: los que se opusieron a la subordinación de
la UE a los intereses estratégicos de los EEUU;
los que denunciaron las políticas dirigidas y organizadas por la OTAN para
aislar, asediar y presionar al país euroasiático; los que defendieron la
necesidad de una salida negociada al conflicto político y militar. Con una
rapidez inusitada, se impuso un discurso único que devino en disciplinario,
estableciéndose un concurso en los medios para ver quien insultaba más y quien
identificaba con mayor precisión a los agentes de Putin.
Con la victoria
de Trump todo parece haber cambiado; sin embargo, hay que tener cuidado con
este Presidente -nos lo enseñó en su anterior mandato-, la distancia entre lo
mucho que dice (y rectifica) y lo que realmente hace puede ser muy grande, a
veces enorme. Lo fundamental, no equivocarse en el diagnóstico. De ganar Kamala
Harris -dada la dramática situación del frente militar ucraniano-
tendría que haber elegido entre la escalada militar o negociar la paz. No había
posiciones intermedias. La diferencia sustancial entre Trump y la candidata
del Partido Demócrata es que aquel no estaba por la escalada y
esta sí. Dicho de otro modo, muchos sabíamos que una de las decisiones
cruciales que se dilucidaban en estas elecciones era la continuidad, ampliada y
multiplicada, de la guerra en Europa. Los dirigentes y los gobernantes de la UE
también lo sabían y por eso apostaron por la señora Harris.
Una de las
criticas favoritas contra los y las políticas populistas es aquello de
“pretender resolver problemas complejos con respuestas simples, con discursos
emotivos y sin rigor”. Lo paradójico es que, cuando nuestros sesudos
tertulianos y escribidores pretenden analizar las decisiones políticas de sus
adversarios o enemigos, sustituyen los argumentos con descalificaciones e
insultos varios, difunden, sin apenas parpadear, los guiones temáticos producidos
por las terminales gubernamentales o reproducen una y mil veces las insidias de
los aparatos encargados de la lucha contra la desinformación en su fatigosa
tarea de ocultar la verdad. Lo que viene a decir, aquí y ahora, Trump es claro:
la escalada militar en Ucrania lleva directamente a la tercera guerra mundial;
no queda otra que “imponer por la fuerza”, por la fuerza de los EEUU, una
salida negociada al conflicto político-militar. Hay que estar atentos. La
“narrativa” es ya distinta; ahora nuestros gobiernos han pasado, en apenas unos
días, de oponerse a cualquier negociación con Putin, de defender la derrota sí
o sí de Rusia (¿qué habrá pasado con su arsenal nuclear?) a ponerse detrás del
odiado Presidente norteamericano y exigir una tregua sin condiciones.
Las cosas han
cambiado mucho en estos tres años de guerra en Ucrania. El genocidio del pueblo
palestino y la entera situación de Asia Occidental clarifica
el sentido y la orientación de esta “gran transición” geopolítica que estamos
viviendo y que se acelera por momentos. Digámoslo sin rodeos: lo que se está
produciendo es una gigantesca redistribución del poder a escala planetaria; es
decir, lo que se está redefiniendo es el papel de las grandes potencias y sus
relaciones, la posición del Sur del mundo en el nuevo orden internacional en
gestación, la reforma sustancial de las instituciones internacionales y las
nuevas funciones de las Naciones Unidas y el derecho
internacional. Bien, digan lo que digan las instituciones de la Unión Europea y
de los gobiernos que la componen, su papel en esta “gran transición”, en esta
mutación histórica-mundial es secundario, aliado subalterno de un bloque de
poder organizado y dirigido por los EEUU. La UE hará, a final, lo que Donald
Trump decida. Más allá de las protestas, de los lamentos, de las
añoranzas de la espléndida etapa de Biden. Su única posibilidad es crear un
escenario que obligue al Presidente norteamericano a cambiar de opinión; en eso
andan, de la mano del gobierno británico con la complicidad suicida de Zelensky.
Nuestros
gobernantes siguen haciendo enormes esfuerzos para separar el conflicto
ucraniano del genocidio del pueblo palestino. Nada más alejado de la realidad:
ambas son manifestaciones de una política que tiene en su centro la defensa de
un “Orden Internacional” basado en unas normas que han permitido a Israel intervenir
militarmente más allá de sus fronteras cuando lo ha considerado oportuno,
violar las normas fundamentales del derecho internacional e incumplir
sistemáticamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. Un “Orden” y unas “normas” que han permitido operaciones militares
ilegales en Somalia, Afganistán, Yugoslavia, Irak, Libia, Siria,
Yemen… Se entiende el comportamiento de nuestros dirigentes, relacionar Gaza,
Cisjordania con Ucrania pone de manifiesto
dramáticamente el doble rasero y la hipocresía que han sustentado sus prédicas
moralizantes, sus discursos altisonantes sobre valores y libertades, su defensa
postiza de la democracia y de los derechos sociales.
Hay un dato que
da mucha información sobre la radicalidad y la hondura de los cambios que se
están operando en el mundo. El Sur Global, la mayoría de nuestro planeta, no
tiene la misma percepción, la misma mirada, sobre los conflictos y sobre el comportamiento
de nuestros gobernantes. Para ellos (en su centro los BRICS) son
políticas de poder, manifestaciones de un Occidente colectivo que se aferra
económica y militarmente a sus viejos privilegios, a su control imperial del
mundo. Luego votan lo que votan en la asamblea de la ONU o en los organismos
internacionales, sabiendo que la transición hacia un mundo multipolar es una
gran oportunidad para conquistar más autonomía económica, más capacidad para
hacer políticas sociales y mayores opciones para un desarrollo más justo e
inclusivo. Es algo más que el declive norteamericano, se trata del principio
del fin de una larga hegemonía político-militar, económica y cultural de
Occidente.
El Consejo, la
Comisión de la Unión Europea, los gobiernos de la OTAN tampoco son capaces de
asumir que todo el conjunto de sanciones contra Rusia no solo no la han
quebrado financiera y comercialmente, sino que, al contrario, han tenido como
consecuencia fortalecer su complejo militar, científico e industrial, implementar
un eficaz proceso de sustitución de importaciones y, lo fundamental, cambiar a
fondo su modelo productivo y sus formas de gestión. Las sanciones hacen daño
siempre, pero obligan a cambiar a los países que las sufren; el gobierno ruso
parece haber descubierto potencialidades en su economía, en su infraestructura
técnico-científica y en su dominio de las condiciones financieras y comerciales
internacionales desconocidas para los estrategas euroamericanos. De nuevo un
viejo problema: subestimar al pueblo ruso y a sus cuadros sociales. Lo más
significativo es que la imposición de sanciones a quién más ha perjudicado ha
sido precisamente a Europa en su conjunto y, específicamente, a Alemania.
La cuestión más
dramática sigue siendo la del frente militar en Ucrania. Visto con cierta
perspectiva, sorprende el triunfalismo de los gobiernos europeos y de la
Administración norteamericana ante el potencial técnico-militar ruso. Es como
si se creyesen su propia propaganda. Una “guerra limitada” es un modo de
organizar la contienda militar caracterizada por un fuerte (auto)control
político, con normas no escritas pero existentes y con relación permanente con
el “otro “lado. Los límites y las reglas se ajustan permanentemente y su lógica
gobierna el proceso. Guerra de desgaste, sin duda, que ha ido cumpliendo sus
objetivos, superando retos extremadamente complejos, donde poco a poco se fue
imponiendo el arte operacional ruso y su modo específico de relacionar recursos
y logística. Lo político-militar y lo técnico-militar se ha ido engarzando en
el espacio y en el tiempo. En el propio conflicto bélico se aprecia que se
trata de una guerra por delegación entre la OTAN y Rusia, donde los ucranianos
ponen la totalidad sus recursos humanos, materiales y organizativos. De hecho, Ucrania
depende económica, financiera, tecnológica y militarmente de una dirección
político-estratégica dirigida por políticos, asesores, técnicos y cuadros de la
estructura de la Alianza Atlántica. A pesar de lo que dicen hoy los dirigentes
europeos, Biden y su equipo siempre supieron que Ucrania nunca
ganaría la guerra; el objetivo era propiciar un conflicto largo e intenso que
debilitara seriamente a la economía rusa, provocara una fuerte crisis social y,
con un poco de suerte, la caída de Putin. Las cosas no han salido, una vez más,
como se esperaba y Rusia esta ganando y el frente militar ucraniano debilitado
y con grave riesgo de desplome.
Lo dicho:
escalada o negociación. Pero el problema es que la Unión Europea, sus
dirigentes, se ha comprometido tanto y con tal ímpetu que no le queda otra que
seguir en la partida y jugársela ampliando los límites del conflicto, rebasando
las líneas rojas y haciendo intervenir a otros actores. ¿Dónde está el dilema?
Que sin la presencia activa y la dirección de los EEUU no es viable. Se lo dijo
Trump a Zelensky delante de medio mundo: si soy tu ventaja y tu única
posibilidad de ganar, yo impongo las condiciones. Hay otra cuestión no menor:
que Putin tiene su propia estrategia negociadora que puede o no coincidir con
la del Presidente norteamericano.
En un contexto
tan dinámico y tan pleno de dificultades, el que será nuevo canciller, Friedrich
Merz nos dice que Alemania ha vuelto, lema bien pensado y,
sin duda, inquietante, no solo para rusos o bielorrusos, sino para muchos
europeos, incluidos no pocos alemanes. La pregunta es obligada: ¿qué Alemania
regresa? Por lo pronto, vuelve un país con una grave crisis económica, obligado
a cambiar de modelo productivo-energético, en proceso de desindustrialización,
social y territorialmente fracturado; con un sistema político en mutación y con
sustanciales problemas de identidad como nación y pueblo. Como dice, quizás
exagerando, Wolfgang Münchau: un país Kaput. ¿Cuál es
la propuesta alternativa? Reconstruirse frente al enemigo ruso, reconvirtiendo
su modelo productivo en torno a un renovado y ampliado complejo científico,
industrial-militar. En su núcleo, el “partido de la guerra” compuesto por
democratacristianos, socialdemócratas y verdes. Tampoco hay que engañarse demasiado.
Más allá de las grandilocuentes declaraciones sobre cordones sanitarios y demás
muros de contención, los que terminarán convirtiéndose en aliados naturales del
nuevo militarismo alemán serán las fuerzas de la extrema derecha. Nacionalismo
y militarismo van de la mano siempre.
Habría que
hablar, por mucho que le pese a nuestros posmodernos, de la “venganza de la
historia”. Alemania está donde le interesa a británicos y norteamericanos, y,
aparentemente, solo aparentemente, donde quiere Francia. Es tan viejo
como la Europa del siglo XX: encelar al toro alemán frente a la roja muleta
rusa. No voy a citar aquello de que la historia se repite; esta vez ni rima.
Quien realmente vuelve es una Eurasia en pleno proceso de reorganización
espacio-temporal fundado en un acuerdo entre tres Estados-civilización: Rusia, China e Irán.
Macron cometerá el mismo error –y con las mismas consecuencias– que Mitterrand con
el euro: intentar controlar a Alemania militarizando la Unión Europea. El
presidente francés cree que esta vez puede obtener ganancias gracias a su
arsenal nuclear y a las dimensiones de su complejo militar-industrial. Se
equivoca de estrategia y de mundo.
No puede
extrañar que sea una alemana, la señora Von der Leyen (antigua
ministra de defensa, por lo demás) quien, como presidenta de la Comisión
Europea –este es su segundo mandato– dedique sus mejores energías a pensar,
como diría el señor Borrell, en términos geopolíticos, es decir, en términos de
poder, que es cómo funciona la “jungla” mundial. La clave, una decidida y audaz
política de seguridad y defensa, complementaria de la OTAN, encaminada a frenar
a Rusia. Su eje vertebrador, un plan de rearme de 800.000 mil millones,
disponiendo de inmediato 150.000 millones a cargo del presupuesto comunitario.
No es este el momento de hacer un análisis pormenorizado de la propuesta, solo
tomar nota de un dato fundamental: la UE intenta, de nuevo, superar su crisis y
la desafección que genera, impulsando la carrera armamentista y la
militarización de la política y la sociedad.
No se trata de
un nuevo inicio, tampoco de un renacimiento, es una fuga hacia adelante. Una
huida de la realidad de unas elites políticas y culturales que son incapaces de
entender que el mundo, su mundo ya no es el que era. El europeísmo soberano
parece ser que es su última trinchera. Pasa lo de siempre, los que niegan el
concepto mismo de soberanía, los mismos que consideran obsoleto y peligroso
reivindicar el Estado Nacional, ahora pretenden recrear un patriotismo armado
europeo. Es curioso: años y años, criticando el dispositivo
político-estratégico populista para terminar copiándolo sin grandeza,
identificando un enemigo externo que permita sumar y unificar las demandas
sociales de seguridad, orden y justicia. El operativo no llega a los de abajo,
no llega a las mayorías sociales, es una batalla entre élites que se da con
tanta crudeza porque no existe una izquierda social y cultural digna de las
tradiciones del movimiento obrero organizado europeo, al menos, por ahora.
Mientras un
actor ha desaparecido del escenario mediático- político: ¿quién? Los que mandan
y no se presentan a las elecciones, los grandes poderes económico,
financieros-empresariales y comunicacionales. Ellos siempre ganan, saben que
serán los grandes beneficiados del rearme y de la carrera armamentista, que
seguirán sin pagar impuestos y que continuarán imponiendo políticas y agenda a
una clase dirigente cada vez más aislada socialmente, decadente y mediocre.
Termino como
empecé, con una cita de Marco d’Eramo; por cierto, su libro “Dominio”,
traducido al español en el 2022, es imprescindible para conocer los mecanismos
del poder en este mundo cada vez más ancho y ajeno.
“El servilismo
de Europa a los Estados Unidos nunca ha sido tan claro como en la transición
entre los gobiernos de Biden y Trump: precisamente porque los miembros de la
Unión Europea se habían sumado con diligencia y entusiasmo a la guerra y le
habían prodigado armas, miles de millones y credibilidad política a la misma,
se han visto desplazados por el giro de 180º que el presidente electo Donald
Trump había declarado que le daría a la guerra, encontrándose así en la
incómoda posición beligerante de quien es más papista que el Papa” .
Fuente: Nortes
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