jueves, 30 de julio de 2015

CLASES SOCIALES


Lucha sin clases: ¿por qué el proletariado no resurge en el proceso de crisis capitalista?

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Autor(es): Trenkle, Norbert
Herramienta.com.ar



Las tentativas de rescatar el sujeto muerto

X. El discurso resucitado sobre la lucha de clases poco aporta al esclarecimiento de esta cuestión. A pesar de que este discurso, de algún modo, tiene en cuenta las transformaciones sociales que tuvieron lugar, finalmente no consigue romper con los patrones metafísicos del concepto  de lucha de clases del marxismo tradicional. Estos patrones se reproducen constantemente a pesar de que el sujeto evocado ya no existe. En otro texto traté de demostrar, que tanto Hardt/Negri como John Holloway reproducen aquellos patrones metafísicos en sus teorías.[3] Aquí quiero dirigir la mirada hacia otros enfoques cuya inclinación metafísica no es tan obvia ya que argumentan de modo más sociológico y empírico. Quiero demostrar que son precisamente los resultados empíricos de sus investigaciones los que desmienten el paradigma de lucha de clases. En el intento de preservar este paradigma mediante todo tipo de agregados, los autores a discutir se enredan en contradicciones insolubles que evidencian el fracaso de esta operación de rescate. Por lo tanto sólo una demolición del edificio tradicional-marxista de pensamiento puede abrir paso a una renovada perspectiva del accionar emancipatorio.

XI. Para comenzar, escuchemos al teórico gramsciano Frank Deppe: “La clase obrera”,  escribe en la revista Fantômas[4], “de ningún modo desapareció, el capitalismo se basa todavía en la explotación del trabajo asalariado, los recursos naturales y las condiciones, sociales y políticas de producción y apropiación de plusvalor. El número de trabajadores en relación de dependencia laboral casi se ha duplicado entre 1970 y 2000 y comprende cerca de la mitad de la población mundial. Esto se debe principalmente al desarrollo en China y otras partes de Asia, donde a resultas de la industrialización grandes partes de la población rural ingresaron al mercado laboral. En los países capitalistas desarrollados, la proporción de trabajadores asalariados es ahora del 90 % y más” (Deppe, 2003, p. 11). Lo que a primera vista llama la atención en este argumento es que opera al menos entre dos significados fluctuantes del concepto de clase trabajadora. Primero Deppe parece identificar a la clase trabajadora, de modo bastante tradicional, con los trabajadores asalariados que, en sentido estricto producen plusvalor y de cuyo plustrabajo se extrae directamente para la valorización del capital. Sin embargo, este concepto de clase desemboca en otro mucho más amplio, el de todos los “trabajadores en relación de dependencia laboral”, con lo que así abarca la “mitad de la población mundial” y en las metrópolis capitalistas incluso casi la totalidad de la población (es decir, más del 90%).

XII. En esta oscilación argumentativa se expresa ya el dilema de los teóricos de las clases. Si la categoría de clase trabajadora es interpretada en el primer significado (conforme a la teoría marxista tal como lo señala explícitamente Deppe), entonces hay que reconocer que se trata de una minoría global que pierde cada vez más importancia a medida que, en los sectores de producción de valor avanzan los procesos de racionalización y hacen superfluo el trabajo en la producción inmediata. En el segundo significado aludido, cabe decir que la ampliación de la categoría de clase obrera a todos los “trabajadores en relación de dependencia” se convierte en un no-concepto pues carece en absoluto de poder de discriminación. Es simplemente otra palabra para el modo de existencia generalizado en la sociedad capitalista, donde las condiciones de vida están mediadas por el trabajo y la producción de mercancías. Para la gran mayoría de la población esto significa estar obligada a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Sin duda, esto representa un aspecto clave de la sociedad capitalista, pero justamente por eso, no proporciona la base conceptual para determinar una división de clases; porque el hecho de poseer solamente una mercancía que ofrecer en el mercado, la mercancía fuerza de trabajo, no es el rasgo distintivo de una parte determinada de la población (la “clase trabajadora”), sino una compulsión generalizada, a la que básicamente todas las personas se encuentran sometidas, independientemente de su  lugar social como también de sus circunstancias concretas de vida.

XIII. Las aporías de la teoría de clases también son evidentes en el caso del historiador Marcel van der Linden, cuyo concepto de clase es aún más amplio que el de Deppe. Según van der Linden: “pertenece a la clase de trabajadores subalternos todo/a portador/a de fuerza de trabajo cuya fuerza está siendo vendida o alquilada a otra persona bajo presión económica o no. Es irrelevante si esta fuerza es ofrecida por el portador o la portadora mismos o si los medios de producción les pertenecen” (van der Linden, 2003, p. 34). Con esta definición, van der Linden quiere dar cuenta del hecho de que en la sociedad productora de mercancías globalizada ha surgido una enorme variedad de situaciones laborales diferenciadas y jerarquizadas que no encajan (más) en el clásico esquema de trabajo asalariado, tal como las formas de trabajo esclavo y semi-esclavo, el trabajo autónomo y subcontratado extremamente precario, pero también el trabajo de subsistencia y reproductivo no remunerado de las mujeres. En consecuencia, van der Linden no habla ya de la clase de “trabajadores asalariados libres”, sino que opta por el concepto más amplio de “trabajadores subalternos” (cf. van der Linden, 2003, pp. 31-33). Sin embargo, esto no resuelve el problema; antes bien lo lleva más lejos que Deppe elevando el concepto de clase a una metacategoría que, en principio abarca casi la totalidad de la personas que viven en la sociedad capitalista y esto es: a casi toda la humanidad.

XIV. Es lógico que un concepto de clase como tal metacategoría generalizada pierde todo poder de determinación. Representa la paradoja de un concepto de la totalidad capitalista que no logra captar esta totalidad adecuadamente, puesto que por un lado, refleja indirectamente el hecho de que el trabajo representa el principio universal de mediación social en el capitalismo; por el otro lado, van der Linden no llega a analizar este principio en lo que es, porque lo identifica desde ya con una categoría social particular, la categoría de clase.
El marxismo tradicional ha considerado siempre la mediación social a través del trabajo como una constante transhistórica de todas las sociedades, mientras que veía la característica específica del capitalismo en el dominio de clase, basado en la extracción del plusvalor y la propiedad privada de los medios de producción. Si reconocemos, sin embargo, que el capitalismo en esencia es una sociedad productora de mercancías y, por lo tanto, una sociedad en la cual los seres humanos establecen sus relaciones sociales a través de la forma de mercancía y dinero, su característica histórica-específica que lo diferencia de todas las otras formaciones sociales previas, consiste en el hecho de que el trabajo (abstracto), es decir la actividad que produce las mercancías y el valor de cambio, constituye y confiere la síntesis de la sociedad.[5]

Desde este punto de vista, el conflicto entre capital y trabajo no representa un antagonismo fundamental, sino un conflicto inmanente entre diferentes categorías sociales correspondientes al sistema de la producción generalizada de mercancías. Y cuanto más formas diferenciadas de vender su fuerza de trabajo se establecen, tanto menos se puede hablar de un conflicto, sino que este se diluye en una multiplicidad de conflictos cuyo único denominador común es el de estar localizados dentro de una totalidad social constituida por el principio universalista del trabajo abstracto.