jueves, 10 de septiembre de 2015

ESPAÑOLIZAR CATALUÑA O CATALUÑIZAR A ESPAÑA


Camino a las elecciones catalanas del 27-S

La sociedad civil o el “régimen catalán”

Rebelión
09.09.2015

Hay algo que hace a Catalunya completamente distinta al resto de España: Catalunya es una sociedad de clases. Entiéndase, todas las sociedades modernas son sociedades de clases, pero Catalunya lo es en el sentido tradicional e industrial de la palabra, una sociedad amoldada al patrón de su burguesía local, al tiempo que rígidamente segmentada. A diferencia de Madrid en el que por debajo de la oligarquía se extiende el puré indiferenciado de las clases medias y de una amplia mayoría proletaroide más o menos excluida; o incluso del País Vasco donde la burguesía de Neguri siempre quiso ser parte de la gran oligarquía española, Catalunya se distingue por algo que apenas existe en otros lugares: una sociedad civil establecida, rica, omnipresente y aparentemente plural.

Sobre la sociedad civil se han escrito muchas y loables chorradas. La máxima, amén de la más corriente, es la que confunde la forma con el contenido; y asimila el concepto a las organizaciones culturales y sociales, sindicales y patronales que NO dependen del Estado. La teoría liberal más tontuna defiende que una sociedad civil desarrollada es la principal garantía de una democracia desarrollada. Digo “tontuna”, porque la sociedad civil se debería entender al revés, al modo de Gramsci, como lo que complementa y otorga capacidad de consenso a la sociedad política. De forma muy resumida: el mejor Estado es aquel que no existe, que se confunde con la sociedad civil. Se puede así invertir el orden del democratismo más ingenuo: las sociedades con una sociedad civil desarrollada son más estables, menos conflictivas, más pacificadas. Justamente es este “Estado más allá del Estado” lo que añade efectividad a la dominación política, donde se esconde y a la vez se ratifica el hecho de que haya dominantes y dominados.

Pero ¿vale esto para Catalunya, ejemplo arquetípico de “nación sin Estado”? ¿No sería la sociedad civil catalana un imposible “sin el Estado catalán”? He aquí la paradoja: gracias a la construcción de una extensa sociedad civil, la burguesía catalana ha sabido suplir la ausencia de un Estado con una sociedad-Estado. O en otras palabras, las élites catalanas han conseguido gobernar de facto ese país (la Catalunya-nación con aspiraciones de Estado o de cuasi Estado) por medio de una amplia y extensa “sociedad civil”, y esto aun cuando no poseían todas las instituciones de un Estado completo. Así ha sido al menos desde mediados del siglo XIX, desde que la sociedad catalana se partiera en dos (o en tres o en cuatro) dando lugar a alguno de los episodios europeos más abroncados de la lucha de clases.

Traducido a términos más actuales: lo que hoy presenta Mas con su lista Junts pel Sí se podría interpretar como una inversión (muy 15M) de la sociedad civil sobre la sociedad política. Agotada esta última por la escalada de casos de corrupción, el desgaste de llevar a cabo un política de expolio neoliberal (y a favor de las élites catalanas) y una oleada de protestas que se les ha ido demasiadas veces de las manos, la estrategia de Mas ha consistido en poner a la sociedad civil delante de la clase política, una estrategia que no está a disposición de, por ejemplo, la oligarquía española. Paradójicamente también, la exigencia del Estado propio (por timorata y teatral que sea) se ha convertido en solución a la crisis de la sociedad política catalana, esto es, de su clase política.

Se trata de una estrategia brillante y nada fácil de derrotar para aquellos que apuestan por una ruptura en Catalunya (sean o no independentistas). Al igual que la cultura, que sirve para recubrir (y con ello justificar) lo políticamente injustificable, la sociedad civil es per se sinónimo de democracia y de “progresividad”. Nadie osa desafiar a la sociedad civil catalana. Y si no, fíjense hacia donde apunta la política de cambio radical en Catalunya. Sus objetivos suelen ser la monarquía, el PP, la banca, España, pero en ningún caso la sociedad civil catalana. Por ese efecto, lo que esta sociedad civil toca (los Mas y Convergència) tienen una suerte bula “radical” que en otros lugares jamás tendrían.

Frente al “efecto hegemonía” de la sociedad civil catalana, no cabe un camino sencillo. Hasta ahora se han vislumbrado (más que probado) dos vías. La primera, la más conocida, es la de las CUP. Llevando un poco más lejos la interpretación, se podría decir que las CUP juegan a “estirar el Estado catalán”. De un lado, estiran el soberanismo hasta tratar de reventar los límites de las élites catalanas. De otro, estiran la sociedad civil catalana para recrear por abajo una suerte de contraespejo de la misma. Se trata de un trabajo meritorio y a largo plazo. Las CUP, del mismo modo que los llamados movimientos sociales, reivindican la c