jueves, 11 de diciembre de 2014

PUBLICADO EN CRÓNICA DE ARAGÓN

(VIII)

Para una contribución a la crítica de Podemos


La importancia de las clases sociales a la hora de plantear propuestas políticas

La noción  de clase social en el campo marxista es un concepto que puede ser definido de forma objetiva estudiando la relación social y técnica que tiene el trabajador con los medios de trabajo que utiliza en el proceso de producción P, cuya definición previa es imprescindible para entender y explicar las relaciones de producción capitalistas, y por extensión, la sociedad actual que tiene como cimiento el modo de producción capitalista.
Resulta además imprescindible para elaborar los planteamientos políticos teóricos que luego han de ser aplicados a la práctica, con el fin de que la política así aplicada no quede en un barullo de palabras ininteligibles, más o menos bien enlazadas, con sonoridad más o menos agradable al oído, pero sin ningún efecto transformador social práctico.
Así pues, el concepto de “clase social” viene a representar un instrumento teórico de primer orden para el conocimiento práctico de realidades sociales concretas: relación social y relación técnica del trabajador con los medios de trabajo que utiliza en el proceso de producción P en un momento determinado.
El conocimiento concreto extraído de la realidad mediante el análisis de las clases sociales, es el que establece las condiciones objetivas para definir las políticas idóneas para las realidades concretas y determinadas para su transformación. Con ello se erradican las aproximaciones, tópicos, creencias y mentiras ideológicas, previamente construidas mediante el marketing político para ser esparcidas por la sociedad a través de los medios de comunicación.
La política desprovista de la musiquilla palabrera-ideológica y simplista habitual, consiste en esencia en la lucha económica, política e ideológica que los diferentes grupos sociales establecen entre sí para hacer prevalecer sus intereses los unos sobre los otros. De manera que previamente hay que localizar y definir los grupos sociales (clases sociales) que existen en cada barrio, pueblo, ciudad, provincia, comunidad autónoma, Estado u organización supranacional, y decidir en base a datos concretos por cuál de esos grupos sociales en pugna se toma partido.
De esta manera se pasa de la noción democrática más elemental y simple que consiste en el ejercicio formal de la emisión de un voto cada cierto tiempo, a un ejercicio pleno de la misma, que empieza por conocer en primer lugar aquello sobre lo que posteriormente se habrá de decidir, porque al tener que ser conocidas las clases sociales en cada lugar concreto: pueblo, barrio, etc., implica necesariamente que todas las unidades políticas organizativas más elementales de los diferentes partidos que operan en esos lugares1 (Círculos, Agrupaciones, Asambleas, Juntas Locales, etc.), han tenido que participar en la realización y discusiones de esos análisis de las clases sociales, con lo que queda asegurado el conocimiento concreto de las mismas por parte de todos los individuos de cada organización sobre los que posteriormente se habrá de decidir.
Con esta forma de actuación política se va construyendo también el mejor antídoto contra todo tipo de manipulación o dirigismo económico, político e ideológico, al tiempo que se le va restando espacio a la figura del “líder” como cabeza pensante o iluminador de los caminos a seguir, puesto que las políticas concretas que así se conciban para su aplicación, no serán el producto de la cabeza de nadie en particular, al haber surgido del conocimiento de la realidad.
Así, el concepto de clase social por definir algo concreto y constituir un elemento para el conocimiento concreto, al tiempo que sirve de base para definir y establecer las políticas concretas que han de ser aplicadas, se opone frontalmente a la noción de “casta”, palabra normalizada dentro del lenguaje habitual de Podemos, cuya noción no expresa nada en particular, ni sirve de base objetiva sobre la que poder fundamentar políticas concretas que conduzcan a la transformación social, sino que, por el contrario, incita al subjetivismo, a que prevalezcan los sentimientos sobre la razón, lo que implica a su vez cortar hilos para la comprensión de la realidad social, en lugar de tender puentes para comprenderla y hacer que las nuevas ideas (no creencias) transformadoras arraiguen en la más amplia mayoría social posible.
Por tanto, al no tener validez instrumental para el conocimiento de la realidad social ni constituir soporte alguno en el que poder sustentar políticas concretas, el concepto de “casta” se convierte en un obstáculo ideológico, de donde cabe deducir y recomendar encarecidamente la necesidad de abandonar cuanto antes la palabra “casta” del lenguaje político habitual de Podemos.
El origen de las clases sociales y la existencia de las luchas que entre ellas se establece no responde a ninguna ley natural ni a invento personal malévolo de nadie.
La existencia de unos grupos sociales que viven y se enriquecen a costa y mediante la explotación del trabajo de otros grupos sociales no es en absoluto una constante histórica, sino que aparecen cuando la sociedad ha alcanzado unos determinados niveles de desarrollo económico, es decir, que son producto de la actividad realizada por el propio individuo, consciente o inconscientemente, y por lo tanto, es un producto político en la misma medida que se desarrollan las fuerzas productivas.
En consecuencia las clases sociales no constituyen un invento diabólico del marxismo para sembrar la cizaña donde antes solo reinaba la paz y la fraternidad. Ni siquiera son descubiertas por Marx, que decía lo siguiente: “Ahora, por lo que a mi se refiere, no es a mí a quien corresponde el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna, como tampoco la lucha que libran entre sí en esa sociedad. Historiadores burgueses habían expuesto mucho antes que yo la evolución histórica de esa lucha de clases, y economistas burgueses habían descrito su anatomía económica. Lo que yo he aportado de nuevo es: 1º) demostrar que la EXISTENCIA DE LAS CLASES no está vinculada más que a FASES HISTÓRICAS DETERMINADAS DEL DESARROLLO DE LA PRODUCCIÓN; 2º) que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado; 3º) que esta misma dictadura no representa más que una transición hacia LA ABOLICIÓN DE TODAS LAS CLASES y hacia una SOCIEDAD SIN CLASES. Tontos ignorantes, como Heinzen, que no sólo niegan la lucha de clases, sino la existencia misma de esas clases, muestran tan solo que, a pesar de toda su baba sanguinolenta, de sus aullidos que quieren hacerse pasar por declaraciones humanistas, apoyan las condiciones sociales en las que la burguesía robustece su dominio para el resultado final, para el nec plus ultra de la historia; prueban que no son más que criados de la burguesía, una servidumbre tanto más repugnante cuanto que esos cretinos comprenden menos la magnitud y la necesidad pasajera de ese mismo régimen burgués…”2.
En buena lógica, si las clases sociales aparecen en la historia en determinadas circunstancias y son creación del ser humano, es posible pensar igualmente que también en determinadas condiciones históricas el mismo ser humano que las creó las puede hacer desaparecer.
Para deshacer el error de quienes creen (el concepto de creencia no es el mismo que el de idea) que el modo de producción capitalista es lo que ha existido siempre como si fuera algo dado por la naturaleza, y que por ello no se puede cambiar, dado que es de “insensatos” o de descerebrados utópicos plantearse modificar las leyes de la naturaleza, bastaría un brevísimo repaso a la historia para comprobar los cambios objetivos y subjetivos que se han producido en los órdenes económicos, políticos e ideológicos, desde el productor primitivo hasta el asalariado moderno.
Cuanto más nos acerquemos al origen de la humanidad mejor puede verse la inexistencia de las clases sociales, y más claramente puede encontrarse al individuo formando parte de una comunidad, familia, tribu, horda, etc., unida completamente con fuertes lazos a esa comunidad de la que forma parte en su conjunto y a la naturaleza: la tierra, de donde se obtiene todo lo necesario para la subsistencia.
En esta etapa histórica, que es la más larga de todas las conocidas, aparece el individuo como producto de la naturaleza, como productor y poseedor de los medios de producción y de la tierra. La posesión (no la propiedad privada, cuyo concepto es inexistente en esa etapa histórica) de los medios de producción no la ostenta el individuo a título personal, sino la comunidad a la que pertenece.
El individuo particular es poseedor en tanto en cuanto es un miembro que forma parte de esa misma comunidad, y al mismo tiempo, individualmente posee un control y dominio absolutos sobre los medios de trabajo que utiliza en el proceso productivo P: la mano, el palo, la piedra, el cuchillo, la lanza, el arco y las flechas, etc. El control y el dominio de los instrumentos de trabajo está en función exclusivamente de sus cualidades y facultades personales, por lo que nos encontramos con un sujeto que trabaja y no con un individuo considerado única y exclusivamente como un simple objeto de trabajo, concepción ésta del individuo que es cosa de la modernidad.
Y podemos ver también que todos los individuos realizan el mismo tipo de trabajo sin grandes variaciones, a cambio del cual reciben una parte del producto del trabajo realizado: recolección de frutos, caza, pesca, etc.
La finalidad del trabajo en ese tiempo es el propio individuo3, producir para sí, para la reproducción del propio cuerpo, para el mantenimiento individual, familiar o de toda la comunidad a la que pertenece. Es decir, produce para satisfacer las necesidades, puesto que la producción no está dirigida ni tiene como fin el enriquecimiento individual, sino para crear valores de uso con los que poder cubrir las necesidades.
No se producen mercancías para intercambiar por dinero en el mercado, aunque ocasionalmente pueda existir un excedente de producción que se intercambie (trueque, sin existencia de dinero) con otras comunidades vecinas. Pero estos intercambios no se realizan tomando como base los valores de cambio de los objetos que se intercambian, sino el valor de uso inherente de los objetos intercambiados.
Vemos pues, repasando la historia, entre otras cosas, que lo natural en el individuo no es el trabajo asalariado, sino el de productor para sí mismo y para satisfacer sus necesidades individuales y sociales. Vemos que la propiedad individual de los medios de producción no es imprescindible ni determinante, ni mucho menos, condicionante objetivo de la producción. Y también vemos que el individuo mantiene unos fuertes lazos de dependencia con aquello que le permite su subsistencia material y espiritual y de sus relaciones sociales con los miembros que componen la sociedad (comunidad) en la que vive y a la que pertenece, de la que es producto y productor a la vez, y en la que influye y a la vez es influido, dentro de la cual nace, se desarrolla y muere, porque el individuo no podría existir fuera y al margen de la sociedad, porque no es ni autosuficiente ni libre, en el sentido absoluto con el que lo intenta presentar la ideología burguesa (la capitalista), dado que depende del aire que respira, del alimento que toma, del tiempo para dormir que necesita, etc., de donde se deduce fácilmente que la “libertad individual” proclamada y elevada a los altares más sagrados de la burguesía, no es más que una creación política artificiosa (puramente ideológica) a medida de sus intereses.
El individuo no es absolutamente libre ni autosuficiente. Ni siquiera en la ficción literaria4. La noción de “libertad individual” en el contexto burgués capitalista, que se consagra como verdad divina e indiscutible, no se refiere en absoluto a la necesidad de derribar los obstáculos materiales y psicológicos que el individuo encuentra en su vida y que le impiden desarrollar todas las facultades y cualidades que posee como persona, sino que queda circunscrita y ceñida a la libre actuación de los grandes capitalistas para derribar cuantos obstáculos le salgan al paso, sin control ni límite alguno que dificulten o impidan acumular y concentrar capitales, aunque para ello tengan que sumir en la miseria material y espiritual a la inmensa mayoría de la población para beneficio propio y de la exigua minoría que representan.
La esclavitud tuvo en su tiempo el carácter de algo natural (la misma consideración oficial que hoy tiene el capitalismo), ya que era algo creado por las fuerzas de la naturaleza, o sea, por voluntad divina, que así había dispuesto el estado de las cosas.
Para mantener la concepción natural de la esclavitud (al igual que hoy para mantener lo “natural” del capitalismo) sólo eran necesarias dos cosas: 1) olvidar (o desconocer) que, antes de que apareciera la esclavitud, la Humanidad llevaba funcionando millones años sin que fuera conocida, ni teóricamente ni en la práctica, y 2) pasar por alto que el proceso de trabajo de cooperación simple que realizaba el individuo primitivo se tuvo que transformar en un proceso de producción más complejo que requería determinadas especializaciones en el trabajo, es decir, una determinada división social del trabajo que implicaba la necesidad de que unos nuevos grupos sociales se separaran de las tareas directas de la producción para dedicarse a las de administración y control de esa producción que se había vuelto más compleja, mientras otros grupos sociales permanecían ligados directamente a las tareas de la producción.
Con la esclavitud el individuo da un paso hacia la “libertad” con respecto de su estado primitivo, al romper las “ataduras” que lo unían y sujetaban a la tierra y a la comunidad a la que pertenecía, para quedar completamente “libre” a la absoluta disposición del esclavista, del amo, que es en realidad el que adquirió efectiva y plena libertad de disponer a su entera voluntad de la suerte del esclavo y los suyos. Por ello, lo primero que hace el esclavista es rebajarlo de su categoría de humano a la de animal de trabajo, al que el amo tiene la obligación de alimentar, de proveerle de un techo para descansar y de procurarle las condiciones adecuadas (facilitarle hembras) con el fin de que reproduzca más fuerza de trabajo, que es el único objeto de la existencia del esclavo, exactamente igual que cualquier otro animal de trabajo.
El guerrero primitivo que vencía a otro guerrero, si no lo mataba en el combate, lo mataba después para comérselo y adquirir así la fuerza y la destreza del vencido, hasta que cae en la cuenta de que le es mucho más útil no matarlo, hacerlo prisionero, esclavizarlo y ponerlo a trabajar y apropiarse del producto del trabajo realizado.
La esclavitud con respecto a la historia anterior (en la que no se conocía el modo de producción esclavista), representa un avance social, un desarrollo histórico, en el sentido de que se desarrollan las fuerzas productivas por la introducción del esclavo en el sistema productivo, que dicho hoy con ironía, representó en su día la tecnología punta del momento que condujo a un incremento de la productividad y de la riqueza; una riqueza que no revierte en el esclavo, a pesar de ser su productor, sino en el amo al que pertenece, para aumento del disfrute y del bienestar material de éste.
Al modo de producción esclavista lo sustituye el modo de producción feudal, que al igual que el primero, también pasa a tener la consideración de “orden natural divino”, porque “así Dios lo quiso desde el principio de los tiempos”.