Es muy probable que el
deseo de Trump de anexionarse Groenlandia y Canadá sea una respuesta al
proyecto chino de la Ruta de la Seda Ártica, además de apropiarse de los
recursos de ambas. Quizá por eso Rusia no ve mal el proyecto estadounidense.
Lucha por el Ártico
Eduardo Luque
El Viejo Topo
2 abril, 2025
LA LUCHA POR EL
ÁRTICO: LA LUCHA POR LOS RECURSOS
Groenlandia es
la isla más grande del mundo, con una extensión aproximada de 2.166.086 km².
Está situada en el océano Atlántico Norte, entre el Ártico y el Atlántico, y
aunque forma parte del Reino de Dinamarca, cuenta con un gobierno autónomo. En
las elecciones celebradas el 11 de marzo de 2025, ganaron los “independentistas
moderados”.
La colonización
de Groenlandia comenzó en el siglo X con la llegada de los vikingos, liderados
por Erik el Rojo, quien estableció asentamientos en la costa suroeste.
Posteriormente, en el siglo XVIII, Dinamarca consolidó su dominio sobre la
isla, convirtiéndola en una parte integral de su territorio.
El interés de
Estados Unidos en Groenlandia se remonta a 1867, cuando el presidente Andrew
Johnson propuso la compra de la isla tras la adquisición de Alaska a Rusia. La
compra de Alaska, realizada el mismo año por 7,2 millones de dólares, se
convirtió en una de las mayores adquisiciones territoriales de Estados Unidos.
En paralelo, se barajó la posibilidad de adquirir Groenlandia, aunque la
propuesta no prosperó. La compra de Alaska había sentado un precedente
estratégico en el Atlántico Norte que tendría consecuencias posteriores.
Durante la
Segunda Guerra Mundial, en 1941, Estados Unidos estableció bases militares en
Groenlandia ante el temor de una posible invasión alemana. Estas bases llegaron
a albergar a 15.000 soldados estadounidenses, mientras que la población de la
isla no superaba los 25.000 habitantes, lo que transformó radicalmente la
dinámica social y demográfica del lugar. Finalizada la guerra, el presidente
Harry Truman ofreció en 1946 comprar la isla por 100 millones de dólares en
oro, pero Dinamarca rechazó la propuesta, argumentando que la isla era parte
integral de su territorio. No obstante, la presencia militar estadounidense
continuó consolidándose. En 1956, como resultado de un tratado bilateral, se
estableció la base aérea Pituffik, anteriormente denominada Thule. Esta base
sigue siendo la instalación militar más septentrional de las Fuerzas Armadas de
Estados Unidos, ubicada aproximadamente a 1.200 km al norte del Círculo Polar
Ártico y a unos 1.500 km del Polo Norte.
La explotación
comercial y militar de la zona ártica impone enormes retos. Era una de las
zonas vírgenes del planeta y ahora se verá sometida a una enorme presión tanto
económica como militar para explotar sus recursos. En 1968 ocurrió un grave
accidente en la base de Thule, cuando dos bombarderos estadounidenses chocaron
mientras transportaban cuatro bombas de hidrógeno. Aunque tres de ellas fueron
recuperadas, una nunca fue localizada, contaminando amplias zonas con material
radiactivo. Este desastre puso en evidencia los riesgos de la militarización
del Ártico y el desprecio de Estados Unidos hacia la soberanía danesa (el
gobierno danés ignoraba el tránsito de ese armamento por su territorio) y la
seguridad ambiental de la región.
En 2019, el
expresidente Donald Trump sorprendió al mundo al manifestar su interés en
comprar Groenlandia, calificándolo como una “gran transacción inmobiliaria”.
Aunque la propuesta fue recibida con escepticismo y burlas a nivel
internacional, en realidad respondía a una estrategia cuidadosamente
planificada por el Pentágono. En 2018, el Departamento de Defensa de Estados
Unidos delineó la estrategia conocida como Icebreaker Collaboration Effort
(ICE), que finalmente se concretó en 2024 como un acuerdo tripartito entre
Estados Unidos, Canadá y Finlandia. El objetivo del ICE es desarrollar y
construir rompehielos para facilitar las operaciones en el Ártico, reforzando
la capacidad estadounidense para proyectar poder en la región.
Trump entendió
que asegurar Groenlandia significaría consolidar el acceso al Ártico, ya que, a
través de Alaska, Estados Unidos ya posee aproximadamente el 10% del acceso a
la región. Si adquiriera Groenlandia, sumaría otro 20%, y si lograra incluir a
Canadá como aliado estratégico o incluso como un estado federado, añadiría un
15% adicional. Así, el dominio estadounidense alcanzaría el 45% del Ártico,
frente al 50% de Rusia y el 4% de Noruega. Aunque la propuesta de comprar Groenlandia
pueda parecer extravagante o descabellada, en realidad responde a una lógica
geopolítica pragmática: garantizar el control sobre una región que será
fundamental en el futuro cercano debido al deshielo y al potencial económico y
militar que representa.
La estrategia
de Trump de adquirir Groenlandia debe entenderse en el contexto de un mundo
cada vez más multipolar, donde el equilibrio de poder está en constante cambio.
El interés estadounidense por la región refleja el deseo de contrarrestar la influencia
de Rusia y China, que están desplegando importantes inversiones en
infraestructuras y desarrollando flotas de rompehielos para asegurar sus
propios intereses en el Ártico. China, en particular, está impulsando la
llamada Ruta de la Seda Ártica, que permitiría reducir en un 40% los costos de
transporte entre Asia y Europa en comparación con la ruta tradicional a través
del Canal de Suez. Esto supondría una ventaja comercial estratégica para Pekín,
pero también un riesgo geopolítico si Estados Unidos lograra controlar las
rutas del norte.
Las autoridades
chinas saben de sobra que su gran talón de Aquiles es el estrecho de Malaca,
por donde transita el 25% del comercio mundial y a través del cual China
importa energía y exporta sus productos al resto del mundo. Rusia, en paralelo
al desarrollo de su flota de rompehielos, cuenta con unos 40 (7 de los cuales
son atómicos). Moscú está revitalizando antiguas bases soviéticas, creando
nuevas instalaciones militares y desarrollando flotas de submarinos nucleares,
consciente de que el Ártico se ha convertido en la frontera estratégica más
corta entre América del Norte y Rusia.
La situación en
el Ártico pone de manifiesto que la política internacional de Estados Unidos no
se basa en ideales ni en alianzas permanentes, sino en la defensa de intereses
estratégicos. Es una lección que la UE aún no ha aprendido. Estados Unidos hace
suya la frase del primer ministro inglés Lord Palmerston, quien decía:
“Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes, solo intereses
permanentes”.
El enfoque
unilateral de Estados Unidos refleja una clara intención de asegurar su dominio
en una región que, en pocas décadas, podría convertirse en el eje de las rutas
comerciales globales y una de las mayores fuentes de recursos naturales. Las
acciones de Trump, aunque polémicas y muchas veces presentadas de manera
extravagante, responden a una lógica geopolítica anticipatoria. Por otro lado,
el sometimiento de Europa a los intereses estadounidenses en el contexto ártico
ha dejado en evidencia la debilidad de las instituciones europeas para defender
la soberanía de sus estados miembros.
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