viernes, 31 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, 4 DE 25


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA
Tomo II



 marxistsfr.org

Capitulo IV

El mes de la gran calumnia 

El 4 de julio, a hora ya avanzada de la noche, cuando doscientos miembros de los Comités ejecutivos -el de obreros y soldados y el de campesinos- languidecían entre dos sesiones igualmente estériles, llegó hasta ellos un rumor misterioso: acababa de descubrirse que Lenin estaba en relación con el Estado Mayor alemán; al día siguiente publicaría la prensa documentos reveladores. Los sombríos augures de la presidencia, al cruzar la sala para dirigirse a los pasillos, donde ni un instante cesan los conciliábulos, responden de mala gana y con evasivas a las preguntas, incluso a las que su misma gente les hace. En el palacio de Táurida, abandonado casi completamente ya por el público, reina el estupor. ¿Lenin al servicio del Estado Mayor alemán? La perplejidad, el asombro, el júbilo reúnen a los diputados en grupos animados. "Como es natural -advierte Sujánov, muy hostil a los bolcheviques en los días de julio-, ninguno de los hombres ligados realmente a la revolución duda lo más mínimo de que esos rumores son absurdos." Pero los hombres dotados de un pasado revolucionario constituían una minoría insignificante entre los miembros de los comités ejecutivos. Los revolucionarios de marzo, elementos casuales arrastrados por la primera ola, predominaban hasta en los órganos soviéticos dirigentes. Muchos de los diputados provinciales, reclutados entre los escribientes, tenderos, etc., tenían un espíritu francamente reaccionario. Esta gente dió, sin tardar, rienda suelta a su satisfacción: ¡Eso ya lo tenían previsto ellos! ¡Era de esperar!
Asustados por el sesgo inesperado y demasiado brusco que había tomado el caso, los jefes intentaron ganar tiempo. Cheidse y Tsereteli telefonearon a las redacciones de los periódicos aconsejando se abstuvieran de hacer públicas las sensacionales revelaciones hasta que estuvieran plenamente comprobadas. Las redacciones no se atrevieron a negarse a hacer el "favor" que se les pedía desde el palacio de Táurida. Pero hubo una excepción. Un periodicucho amarillo, publicado por Suvorin, el gran editor del Novoye Vremia, sirvió a sus lectores, al día siguiente por la mañana, un documento que tenía todo el carácter de oficioso, en el cual se denunciaba que Lenin recibía dinero e instrucciones del gobierno alemán. La prohibición había sido quebrantada y la sensacional noticia llenaba, un día más tarde, las columnas de toda la prensa. Así se inició el episodio más inverosímil de ese año, rico en acontecimientos: los jefes del partido revolucionario, que durante décadas enteras habían luchado contra los señores coronados y no coronados, eran presentados al país y al mundo entero como agentes a sueldo de los Hohenzoliern. La inaudita calumnia fue arrojada a las masas populares, cuya mayoría aplastante oía, por primera vez después de la revolución .,de Febrero, los nombres de los caudillos bolcheviques. La calumnia se convertía en su factor político de primer orden. Esto hace necesario un estudio más atento de su mecánica.
El sensacional documento tenía su origen en la declaración de un tal Yermolenko. He aquí, según los datos oficiales, quién era ese héroe: En el período comprendido entre la guerra con el Japón y el año 1913, estuvo al servicio del contraespionaje; en 1913, fue separado del ejército -en cuyas filas había llegado a tener el grado de alférez- por razones que se desconocen; en 1914, fue llamado a filas, hecho prisionero honrosamente y tuvo a su cargo la vigilancia policíaca de los prisioneros de guerra. Sin embargo, el régimen del campamento de concentración no era muy del gusto de este espía, y "a petición de los compañeros" -así lo declaró él mismo-, entró al servicio de los alemanes, con miras, ni que decir tiene, patrióticas. Abrióse con esto un nuevo capítulo en su vida. El 25 de abril, Yermolenko fue "trasladado" al frente ruso por las autoridades alemanas, con la misión de volar puentes, dedicarse al servicio de espionaje, luchar por la independencia de Ucrania y llevar a cabo una agitación en favor de la paz separada. Los capitanes alemanes Schiditski y Libers, contratados por Yermolenko para estos fines, le comunicaron, además, de pasada, sin ninguna necesidad práctica, únicamente para darle ánimos, por las trazas, que a más de él trabajaría en el mismo sentido en Rusia... Lenin. Tal era la base de todo el asunto.
¿Qué es lo que inspiró a Yermolenko, o mejor dicho, quién le movió a hacer esta declaración acerca de Lenin? De cualquier modo, no fueron los oficiales alemanes. Un simple cotejo de datos y hechos nos conduce al laboratorio mental del alférez. El 4 de abril, hizo públicas Lenin sus famosas tesis, que implicaban la declaración de guerra al régimen de febrero. El 20-21 tuvo lugar la manifestación armada contra la continuación de la guerra. La campaña contra Lenin se desencadenó como un huracán. El 25, Yermolenko pasó al frente, y en la primera mitad de mayo se puso en contacto con el contraespionaje en el Cuartel general. Los ambiguos artículos periodísticos que hacían ver que la política de Lenin era ventajosa para el káiser, movían a la gente a creer que Lenin fuera un agente alemán. En el frente, los oficiales y los comisarios, en lucha con el irresistible "bolchevismo" de los soldados, se mostraban aún menos escrupulosos en la elección de las expresiones cuando se trataba de Lenin. Yermolenko se sumergió inmediatamente en esa corriente. No tiene importancia saber si fue él mismo quien inventó esa frase absurda relativa a Lenin, si se la dijo algún inspirador o si la amañaron, junto con él, los agentes del contraespionaje. Era tan grande la demanda de calumnias contra los bolcheviques, que la oferta no podía dejar de aparecer. Denikin, jefe del Estado Mayor del Cuartel general y futuro generalísimo de los blancos en la guerra civil, hombre que personalmente no se elevaba muy por encima del horizonte de los agentes del contraespionaje zarista, concedió o fingió conceder gran importancia a la declaración de Yermolenko, y el 16 de mayo la mandó al ministro de la Guerra, acompañada de la carta correspondiente. Es de suponer que Kerenski cambió impresiones con Tsereteli o Cheidse, los cuales contuvieron, seguramente, su noble vehemencia; esto explica que las cosas no pasarán adelante. Kerenski ha dicho posteriormente que Yermolenko había denunciado las relaciones existentes entre Lenin y el Estado Mayor alemán, pero no "de un modo suficientemente fidedigno". Durante mes y medio el informe de Yermolenko-Denikin quedó sobre el tapete. El contraespionaje licenció a Yermolenko por no tener necesidad alguna de él, y el alférez se fue al Extremo Oriente a beberse el dinero que había recibido de dos procedencias diferentes.
Sin embargo, los acontecimientos de julio, que pusieron de manifiesto en toda su magnitud el amenazador peligro del bolchevismo, hicieron pensar de nuevo en las revelaciones de Yermolenko. Este fue llamado urgentemente a Blagoschensk, pero a causa de su falta de imaginación, a pesar de todas las insinuaciones, no pudo añadir ni una palabra más a su primitiva declaración. A pesar de ello, la justicia y el contraespionaje funcionaban a todo vapor. Políticos, generales, gendarmes, comerciantes, gentes de distintas profesiones, eran sometidos a interrogatorio sobre las posibles relaciones criminales de los bolcheviques. Los inconmovibles agentes de la Ocrana zarista observaban en estas indagaciones una prudencia mucho mayor de la que distinguía a los representantes de la justicia democrática. "La Ocrana -decía el ex jefe de la sección de Petrogrado, general Globachov- no tenía, al menos durante el tiempo en que yo estuve a su servicio, ningún dato fehaciente de que Lenin actuara en daño de Rusia y con dinero alemán." Otro agente de la Ocrana, llamado Yakubov, jefe de la sección de contraespionaje de la zona militar de Petrogrado, declara: "No sé nada respecto de las relaciones de Lenin y sus partidarios con el Estado Mayor alemán, como tampoco de lo que se refiere a los recursos utilizados por Lenin." Nada pudo sacarse, en este orden, de los órganos de la policía zarista encargada de vigilar la actuación del bolchevismo desde el momento mismo de su aparición.
Sin embargo, cuando la gente, sobre todo si tiene el poder en sus manos, busca obstinadamente, acaba por encontrar algo. Un tal Z. Burstein, considerado oficialmente como comerciante, abrió los ojos del gobierno provisional sobre la existencia de una "organización de espionaje alemán en Estocolmo, dirigida por Parvus", conocido socialdemócrata alemán de origen ruso. Según la declaración de Burstein, Lenin estaba en relación con la organización mencionada por mediación de los revolucionarios polacos Ganetski y Kozlovski. Kerenski ha escrito posteriormente: "Las informaciones, extraordinariamente importantes, pero por desgracia de carácter no judicial, sino policíaco, debían verse confirmadas de un modo incontestable con la llegada a Rusia de Ganetski, que había de ser detenido en la frontera y pasar a ser una pieza de convicción irrecusable contra los dirigentes bolchevistas." Kerenski sabía ya, de antemano, que todo ello tenía que suceder así.
Las declaraciones de Burstein se referían a las operaciones comerciales de Ganetski y Kozlovski entre Petrogrado y Estocolmo. Estas relaciones comerciales, correspondientes a los años de guerra, y en las que, por las trazas, se recurría un sistema de correspondencia convencional, no tenía nada que ver con la política, ni más ni menos que el partido bolchevique no tenía nada que ver con ese comercio. Lenin y Trotsky denunciaron en la prensa a Parvus, que combinaba el buen comercio con la mala política, e invitaron a los revolucionarios rusos a romper toda relación con él. Sin embargo, ¿quién tenía posibilidad de orientarse en todo esto, en el torbellino de los acontecimientos? Lo que parecía evidente era que había en Estocolmo una organización dedicada al espionaje. Y la luz, encendida con poca fortuna por la mano de Yermolenko, brilló desde el otro extremo. Verdad es que también en esto se tropezó con dificultades. El jefe de la sección de contraespionaje del Estado Mayor, príncipe Turkestanov, interrogado por el juez Alexandrov, encargado de aquellos procesos que ofrecían particular importancia, contestó que: "Z. Burstein es persona que no merece ninguna confianza. Burstein es un tipo de hombre de negocios un poco turbio, que no siente repugnancia por ninguna clase de ocupación." Pero, ¿podía la mala reputación de Burstein dar al traste con los manejos encaminados a acabar con el buen nombre de Lenin? No; Kerenski no vaciló en considerar como "extraordinariamente importantes" las declaraciones de Burstein. Las indagaciones rastreaban ahora las huellas de Estocolmo. Las revelaciones del alférez, que servía al mismo tiempo a dos Estados Mayores, y del hombre dedicado a negocios turbios, que no merecía ninguna confianza, sirvieron de base a la fantástica acusación lanzada contra un partido revolucionario al que un pueblo de ciento sesenta millones de almas se disponía a llevar al poder.
Sin embargo, ¿cómo fueron a parar a la prensa los materiales de las averiguaciones preliminares, justamente en el momento en que el fracaso de la ofensiva de Kerenski en el frente empezaba a convertirse en catástrofe, y la manifestación de julio ponía de manifiesto en Petrogrado el irresistible avance de los bolcheviques? Uno de los iniciadores de la empresa, el fiscal Besarabov, relató posteriormente en la prensa, con toda sinceridad, que cuando se vio que el gobierno provisional se encontraba, en Petrogrado, absolutamente falto de fuerza armada en la que pudiera confiar, el mando de la zona decidió realizar una tentativa destinada a provocar una transformación psicológica en los regimientos con ayuda de un medio de eficacia segura. "Se comunicó lo esencial de los documentos a los representantes del regimiento de Preobrajenski, en los que, como pudieron comprobar los presentes, produjo una impresión abrumadora. A partir de ese momento se vio claramente que el gobierno disponía de un arma poderosa." Después de este experimento, coronado por un éxito tan notable, los conspiradores del Departamento de Justicia, del Estado Mayor y del contraespionaje, se apresuraron a comunicar su descubrimiento al ministro de Justicia. Pereverzev contestó que no era posible proceder a una comunicación oficial, pero que los miembros del gobierno provisional "no opondrían ningún obstáculo a la iniciativa particular". Se reconoció, no sin fundamento, que los nombres de los funcionarios judiciales y del Estado Mayor no eran los más apropiados para avalar la cosa; para poner en circulación la sensacional calumnia hacía falta "un político". Valiéndose de la iniciativa particular, los conspiradores encontraron sin dificultad la persona que necesitaban en Alexinski, ex revolucionario, diputado en la segunda Duma, orador chillón e intrigante apasionado, situado un tiempo en la extrema izquierda de los bolcheviques. A sus ojos, Lenin era un oportunista incorregible. Durante los años de la reacción, Alexinski fundó un grupo de extrema izquierda, a cuyo frente se mantuvo en la emigración, hasta la guerra, para ocupar, tan pronto se declaró esta última, una posición ultrapatriotera y dedicarse inmediatamente a la especialidad de señalar a todo el mundo corno un agente al servicio del káiser. De acuerdo con los patrioteros rusos y franceses del mismo tipo, desarrolló en París una vasta actividad policíaca. La sociedad parisiense de periodistas extranjeros -esto es, de corresponsales de los países aliados y neutrales-, que era muy patriótica y nada retórica, se vio obligada a adoptar una resolución especial, declarando a Alexinski "calumniador impúdico" y a separarlo de sus filas. Alexinski, que llegó a Petrogrado con este atestado después de la revolución de Febrero, intentó, en su calidad de ex hombre de izquierda, colarse en el Comité ejecutivo. A pesar de toda su condescendencia, los mencheviques y los socialrevolucionarios, con su resolución del 11 de abril, le cerraron las puertas y le propusieron que intentara reivindicar su honorabilidad. Esto era fácil de decir. Alexinski, convencido de que deshonrar a los demás era más fácil que rehabilitarse a sí mismo, se puso en contacto con el contraespionaje y dio un gran vuelo a sus instintos de intrigante. Ya en la segunda mitad de julio, encerró en el círculo de su calumnia incluso a los mencheviques. El jefe de éstos, Dan, abandonando su actitud expectativa, publicó una carta de protesta en las Izvestia (22 de julio), órgano oficial de los soviets: "Es hora de poner término a las hazañas de un hombre que ha sido declarado oficialmente calumniador impúdico." ¿No se ve claramente que Fémida, inspirada por Yermolenko y Burstein, no podía hallar mejor intermediario entre ella y la opinión pública que Alexinski? Fue su firma la que adornó el documento acusador.
Entre bastidores, los ministros socialistas, lo mismo que los dos ministros burgueses, Nekrasov y Tereschenko, protestaban de que se hubieran entregado documentos a la prensa. El mismo día en que fueron publicados, el 5 de julio, Pereverzev -del que ya antes de entonces no tenía ningún inconveniente el gobierno en librarse- se vio obligado a presentar la dimisión. Los mencheviques indicaban que esto era una victoria suya. Kerenski afirmaba posteriormente que el ministro había sido depuesto por la excesiva precipitación con que había hecho públicas las revelaciones, con lo cual dificultó la marcha de la instrucción. Con su salida, ya que no con su permanencia en el poder, Pereverzev, en todo caso, satisfizo a todo el mundo.
Ese mismo día se presentó Zinóviev a la mesa del Comité ejecutivo, que estaba reunido, y en nombre del Comité central de los bolcheviques exigió que se tomaran inmediatamente medidas para rehabilitar a Lenin y evitar las posibles consecuencias de la calumnia. La mesa no pudo negarse a que se nombrara una comisión investigadora. Sujánov escribe: "La misma comisión comprendía que lo que había que investigar no era la cuestión de la venta de Rusia por Lenin, sino únicamente las fuentes de que había salido la calumnia." Pero la comisión tropezó con la celosa rivalidad de los órganos judiciales y del contraespionaje, que tenían motivos fundados para no desear intromisiones ajenas en la esfera de su actividad. Cierto es que, antes de esa época, los órganos soviéticos prescindían sin dificultad de los gubernamentales cuando lo consideraban necesario. Pero los acontecimientos de julio imprimieron al poder una notable evolución hacia la derecha; además, la comisión soviética no se daba ninguna prisa a realizar una misión que se hallaba en contradicción manifiesta con los intereses políticos de sus representados. Los jefes conciliadores más serios, los mencheviques, se preocuparon únicamente de salvaguardar formalmente su participación en la calumnia, pero no iban más allá. En todos aquellos casos en que no se podía eludir la contestación directa, se apresuraban en pocas palabras a manifestar que ellos eran ajenos a la acusación; pero no daban ni un paso para apartar el puñal envenenado que se cernía sobre la cabeza de los bolcheviques. El patrón popular de esta política lo había dado en otros tiempos el procónsul romano Pilatos. Pero, ¿es que sin traicionarse a sí mismos podían obrar de otro modo? Sólo la calumnia contra Lenin apartó de los bolcheviques, en los días de julio, a una parte de la guarnición. Si los conciliadores hubieran luchado contra la calumnia, el batallón del regimiento de Ismail habría interrumpido verosímilmente la ejecución de La Marsellesa en honor del Comité ejecutivo y se hubiera vuelto a su cuartel, por no decir al palacio de Kchesinskaya.
En consonancia con la orientación general de los mencheviques, el ministro de la Gobernación, Tsereteli, que tomó sobre sí la responsabilidad de las detenciones de los bolcheviques efectuadas poco después, juzgó necesario, es verdad, bajo la presión de la minoría bolchevista, declarar, en la reunión del Comité ejecutivo, que personalmente no sospechaba que los jefes bolchevistas fueran culpables de espionaje, pero que les acusaba de complot y de levantamiento armado. El 13 de julio, Líber, al presentar la resolución que, en el fondo, ponía al partido bolchevique fuera de la ley, consideró necesario hacer la siguiente reserva: "Personalmente, considero que la acusación lanzada contra Lenin y Zinóviev no tiene fundamento alguno." Estas declaraciones eran acogidas por todo el mundo silenciosa y sobriamente; a los bolcheviques les parecían de un carácter evasivo indigno, y los patriotas las juzgaban superfluas, pues eran desventajosas.
El 17 de julio, Trotsky, en su discurso pronunciado en la reunión de ambos Comités ejecutivos, decía: "Se crea una atmósfera insoportable, en la cual os asfixiáis lo mismo que nosotros. Se lanzan sucias acusaciones contra Lenin y Zinóviev. (Una voz: "Es verdad".) (Rumores. Trotsky prosigue.) Por lo visto, en la sala hay gente que ve con agrado esas acusaciones. Aquí hay gente que se ha acercado a la revolución por ser el sol que más calienta. (Rumores. El presidente intenta durante largo rato restablecer el orden a campanillazos.) Lenin ha luchado por la revolución durante treinta años. Yo lucho desde hace veinte contra la opresión de las masas populares, y no podemos dejar de sentir odio al militarismo alemán... Sólo puede abrigar sospechas contra nosotros a ese respecto quien no sepa lo que es un revolucionario. He sido condenado por un tribunal alemán a ocho meses de cárcel, por mi lucha contra el militarismo germánico... Y esto lo sabe todo el mundo. No permitáis que nadie de los que están en esta sala diga que somos agentes a sueldo de Alemania, porque ésa no es la voz de unos revolucionarios convencidos, sino la voz de la vileza. (Aplausos.)." Así aparece descrito este episodio en la prensa antibolchevista de aquel entonces. Los periódicos bolchevistas habían sido ya suspendidos. Sin embargo, es necesario aclarar que los aplausos partían únicamente del sector izquierdista, muy reducido; parte de los diputados lanzaba aullidos de odio, la mayoría guardaba silencio. Así y todo, nadie, ni aun los agentes directos de Kerenski, subió a la tribuna para sostener la versión oficial de la acusación o a lo menos encubrirla de un modo indirecto.
En Moscú, donde la lucha entre los bolcheviques y los conciliadores tenía, en general, un carácter suave, para tomar en octubre formas más duras, la reunión de ambos soviets, el de obreros y el de soldados, acordó el día 10 de julio "publicar y fijar por las calles un manifiesto con el fin de indicar que la acusación de espionaje lanzada contra la fracción de los bolcheviques, es una calumnia y una intriga de la contrarrevolución". El Soviet de Petrogrado, que dependía más directamente de las combinaciones gubernamentales, no dio ningún paso, en espera de las conclusiones de la comisión investigadora, la cual, sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de iniciar su actuación.
El 5 de julio, Lenin, conversando con Trotsky, preguntó a éste: "¿No cree usted que nos fusilarán?" Sólo en el caso de existir este propósito, podía explicarse que se hubiera puesto el sello oficial a la monstruosa calumnia. Lenin consideraba a sus enemigos capaces de llevar hasta el fin la empresa que habían iniciado, y llegaba a esta conclusión: había que hacer todo lo posible para no caer en sus manos. El 6 por la tarde llegó Kerenski del frente, imbuido del estado de espíritu de los generales, y exigió que se adoptasen medidas decisivas contra los bolcheviques. Cerca de las dos de la madrugada, el gobierno tomó el acuerdo de encausar a todos los dirigentes del "levantamiento armado" y disolver los regimientos que habían participado en el motín. El destacamento de soldados mandado al domicilio de Lenin, para proceder a la detención de éste y a un registro domiciliario, hubo de limitarse a lo último, pues el dueño de la casa no estaba ya en ésta. Lenin no se había movido aún de Petrogrado, pero se ocultaba en el domicilio de un obrero, y exigió que la comisión investigadora soviética les oyera a él y a Zinóviev, en condiciones que excluyeran una encerrona por parte de la contrarrevolución. En la instancia remitida a la comisión, Lenin y Zinóviev decían: "En la mañana del viernes 7 de julio, se comunicó a Kámenev, desde la Duma, que la comisión se presentaría hoy en el lugar convenido, a las doce del día. Escribimos estas líneas a las seis y media de la tarde del 7 de julio, y hacemos constar que hasta ahora la comisión no se ha presentado ni nos ha hecho saber nada... La responsabilidad por el aplazamiento del interrogatorio no recae en nosotros."
La actitud de la comisión soviética al evitar la investigación prometida, dejó a Lenin definitivamente convencido de que los conciliadores se lavaban las manos, reservando a los guardias blancos la tarea de acabar con nosotros. Los oficiales y los "junkers", que entretanto habían devastado ya la imprenta del partido, agredían y detenían en la calle a todo aquel que protestaba de la acusación de espionaje lanzada contra los bolcheviques. Entonces Lenin tomó resueltamente la decisión de ocultarse, para escapar, no a la investigación, sino a posibles medidas de violencia.
El 15, Lenin y Zinóviev explicaban en el periódico bolchevista de Cronstadt -que las autoridades no se habían atrevido a suspender- por qué no consideraban hacedero ponerse en manos del poder: "De la carta del ex ministro de Justicia, Pereverzev, publicada en el número del domingo de Novoye Vremia, se desprende de un modo evidente que el "proceso" relativo al espionaje de Lenin y de otros, ha sido tramado por el partido de la contrarrevolución. Pereverzev reconoce con toda franqueza haber puesto en circulación acusaciones no probadas, con el fin de provocar el furor (expresión literal) de los soldados contra nuestro partido. Esto lo confiesa el que hace dos días era ministro de Justicia. En el momento actual, la Justicia no ofrece en Rusia ninguna garantía. Entregarse a las autoridades significaría entregarse a los Miliukov, a los Alexinski, a los Pereverzev, a los contrarrevolucionarios enfurecidos, para quienes las acusaciones lanzadas contra nosotros no son más que un simple episodio de la guerra civil." Para comprender ahora el sentido de las palabras referentes al "episodio" de la guerra civil, bastará recordar la suerte de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg. Lenin sabía ver en el futuro.
Al mismo tiempo que los agitadores del campo enemigo contaban en todos tonos que Lenin había salido de Alemania en un torpedero, según unos, en submarino, según otros, la mayoría del Comité ejecutivo se apresuraba a condenar la actitud de Lenin al negarse a comparecer ante los jueces. Los conciliares, al prescindir del fondo político de la acusación y de las circunstancias en ésta había sido formulada, se presentan como los defensores de la justicia pura. Era ésta la posición menos desventajosa que aún podían disponer. La decisión adoptada por el Comité ejecutivo el 13 de julio, no sólo consideraba "completamente inadmisible" la conducta de Lenin y Zinóviev, sino que exigía de la fracción bolchevista que condenara a sus jefes "de un modo inmediato, categórico y claro". La fracción rechazó unánimemente la exigencia del Comité ejecutivo. Sin embargo, entre los bolcheviques, por lo menos en las esferas dirigentes, había quien vacilaba a cuenta de la actitud adoptada por Lenin, de eludir la instrucción. Entre los conciliadores, aun entre los que se hallaban más a la izquierda, la desaparición de Lenin provocó una indignación general, no siempre hipócrita, como puede apreciarse en el ejemplo de Sujánov. A éste, como es sabido, el carácter calumnioso de las informaciones del contraespionaje no le ofreció la menor duda desde el principio. "La absurda acusación -escribía- se ha disipado como el humo. Nadie ha podido probarla y la gente ha dejado de creer en ella." Pero para Sujánov eran un enigma las causas que habían inducido a Lenin a eludir la instrucción. "Eso era algo incomprensible, sin precedentes. Aun en las condiciones más desfavorables, cualquier otro hubiera exigido la instrucción y el juicio." Sí, cualquier otro hubiera podido hacerlo. Pero ese "cualquier otro" no hubiera podido convertirse en blanco del odio furioso de las clases dirigentes. Lenin no era "cualquier otro", y ni un solo momento olvidó la responsabilidad que sobre él pesaba. Lenin sabía sacar todas las consecuencias de la situación y hacer caso omiso de las oscilaciones de la "opinión pública" en aras de los fines a que estaba subordinada toda su vida. El quijotismo y la "pose" le eran igualmente ajenos.
Lenin vivió unas semanas con Zinóviev, en las afueras de Petrogrado, cerca de Sestroreztk, en el bosque. La noche, hasta cuando llovía, debían pasarla en un montón de heno. Lenin atravesó como fogonero la frontera finlandesa en una locomotora, y se ocultó en el domicilio del jefe de policía de Helsingfors, que era un ex obrero de Petrogrado; luego se acercó más a la frontera rusa, a Viborg. Desde fines de septiembre residió secretamente en Petrogrado, para aparecer de nuevo en público, después de casi cuatro meses de ausencia, el día de la insurrección.
Julio fue el mes de la calumnia desenfrenada, descarada y victoriosa; en agosto empezó ya a decrecer. Un mes, exactamente, después de haber sido puesta en circulación la calumnia, Tsereteli, fiel a sí mismo, consideró necesario repetir en la reunión del Comité ejecutivo: "Al día siguiente de las detenciones, al contestar públicamente a las preguntas de los bolcheviques, dije: no sospecho que los líderes bolcheviques acusados de ser instigadores de la insurrección de los días 3-5 de julio estén en relación con el Estado Mayor alemán." Decir menos era imposible; decir más, desventajoso. La prensa de los partidos conciliadores no fue más allá de las palabras de Tsereteli. Pero como éste, al mismo tiempo, denunciaba encarnizadamente a los bolcheviques como auxiliares del militarismo alemán, la voz de los periódicos conciliadores se fundía políticamente con el resto de la prensa, que trataba a los bolcheviques no de "auxiliares" de Ludendorff, sino de agentes a sueldo del mismo. Las notas más altas, en ese coro, correspondían a los kadetes. El periódico de los profesores liberales moscovitas, Ruskie Viedomosti, comunicaba que al efectuarse el registro en la redacción de la Pravda, se había encontrado una carta alemana en la cual un barón, Gaparanda, "saluda la actuación de los bolcheviques" y prevé "la alegría que esto producirá en Berlín". El barón alemán de la frontera finlandesa sabía muy bien las cartas de que tenían necesidad los patriotas rusos. La prensa de la sociedad ilustrada, que se defendía contra la barbarie bolchevista, aparecía llena de noticias análogas. ¿Daban crédito los profesores y abogados a sus propias palabras? Admitirlo, al menos por lo que se refiere a los jefes de las capitales, significaría tener un concepto excesivamente pobre de su sentido político. Ya que no las consideraciones psicológicas y de principio, las consideraciones prácticas y, ante todo, las financieras, habían de hacer aparecer ante ellos lo absurdo de la acusación. El gobierno alemán podía, evidentemente, ayudar a los bolcheviques no con ideas, sino con dinero. Pero era precisamente de dinero de lo que carecían los bolcheviques. El centro del partido en el extranjero luchó durante la guerra con grandes apuros; un centenar de francos se le antojaba una gran suma, el órgano central salía una vez cada mes, cada dos meses, y Lenin contaba cuidadosamente las líneas de la composición para no salirse del presupuesto. Los gastos de la organización de Petrogrado durante la guerra representaron unos pocos miles de rubios, que fueron empleados principalmente en la impresión de hojas clandestinas; en dos años y medio se imprimieron sólo en Petrogrado 300.000 ejemplares de estas últimas. Después de la revolución, la afluencia de miembros y de recursos aumentó, ni que decir tiene, extraordinariamente. Los obreros contribuían de muy buena gana a las suscripciones a favor del Soviet y de los partidos soviéticos. "Los donativos, las cuotas de toda clase y las colectas a favor del Soviet -decía en el primer congreso de los soviets el abogado Bramson, trudovik-, empezaron a afluir al día siguiente de estallar nuestra revolución... Era verdaderamente conmovedor la constante romería de gente que acudía con esos donativos al palacio de Táurida, desde las primeras horas de la mañana hasta muy avanzada la noche. "Más adelante, los obreros ayudaron materialmente a los bolcheviques, con mejor voluntad to