martes, 3 de noviembre de 2015

UCRANIA: ¿HACIA DONDE NOS CONDUCE EL CAPITALISMO?

Ucrania, el sistema-mundo y la geopolítica de la post guerra fría

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Ivan León Zhukovskii / 
Sociología Crítica
02.11.2015
La crisis por la que atraviesa Ucrania desde diciembre de 2013 no constituye un punto más en el desarrollo de las múltiples contradicciones de este país durante la post guerra fría. El análisis de importantes procesos sistémicos de esta formación y de los rasgos constitutivos de la estatalidad ucraniana muestran la tendencia hacia el quiebre difícilmente reversible de su vitalidad. Para Ucrania, los acontecimientos actuales cierran el ciclo iniciado con la desaparición del Comunismo Histórico1 (Fursov, 2007, 2008, 2010), caracterizado por la involución (Burawoy, 2003: 33), sin precedentes, en las estructuras económicas, sociales y políticas de los países ex soviéticos.
Para comprender el origen, sentido y alcance de la actual crisis, ya sistémica, por la que atraviesa Ucrania, y ponderar adecuadamente el rol de las diferentes mediaciones coyunturales, es necesario reproducir el análisis desde los macro procesos que, en última instancia, han dominado y delimitado el desarrollo de la formación ucraniana. En primer lugar, su inserción en el sistema-mundo capitalista tras el colapso de la URSS; en segundo, el régimen político imperante y, por último, el peso del marco geopolítico en el cual este país quedó atrapado desde 1991.
I.
Las últimas décadas del siglo XX estuvieron marcadas por la convergencia del derrumbe del Comunismo Histórico y la entrada del ciclo de acumulación “americano” en su fase financiera, tras el agotamiento de las potencialidades de la reproducción ampliada en los marcos productivos del fordismo. Desde principio de los años setenta, el capitalismo occidental comenzó a sentir el agotamiento del largo crecimiento post bélico. Esta crisis de sobre acumulación y rentabilidad se expresó en una disminución del crecimiento económico y de la tasa de ganancia, así como en una prolongada estanflación, lo cual se vio potenciado aún más por la crisis del petróleo de 1973-1974, en la medida en que los capitales de la periferia petrolera, debido a sus deformaciones estructurales y su carácter dependiente, fluyeron masivamente hacia las estructuras financieras estadounidenses.
Esto, sumado al crecimiento del desbalance entre la capacidad de consumo y la de producción en EE.UU, al crecimiento vertiginoso de su deuda y al abandono del patrón oro por parte de este país en 1971, sentaron las bases para la implementación del proyecto neoliberal. Para el logro de estos objetivos se requería la realización de un conjunto de profundas transformaciones en el sistema capitalista mundial. Ciertamente, el proyecto neoliberal, como mecanismo de regulación del proceso de acumulación a escala global, contenía cuatro macro procesos estrechamente vinculados. En su gran mayoría y en su esencia, cada una de ellos encontraba en la URSS y en el Bloque Oriental una inaceptable barrera de contención.
Estos eran, en primer lugar, la supresión de los “privilegios” que la clase trabajadora había conquistado en el período post bélico; en segundo, un ensanchamiento del sistema-mundo capitalista, mediante la inclusión de nuevas formaciones sociales de la periferia, muchas de ellos no capitalistas, en su lógica de funcionamiento y mediando la desindustrialización en el propio seno de las formaciones del centro; en tercer lugar, la implementación de un grupo de transformaciones políticas, sociales y especialmente económicas, tanto a escala nacional como global, con el fin de garantizar la libre movilidad de los factores de la producción y en cuarto, la aplicación extrema del “gendarmismo” estadounidense, por el cual este país debía fungir como el garante político-militar de los intereses del “centro”, lo cual implicaba, por la propia lógica del sistema, la ausencia de límites al control en esos ámbitos.
Asociado a lo anterior, a lo interno de la URSS también se gestaron las condiciones para el fin de la “desconexión” post bélica y la reinserción en el sistema-mundo capitalista durante la década del setenta, mediante el importante aumento de la importación, de la exportación de hidrocarburos y la asunción de deudas con las estructuras financieras occidentales. En este sentido fueron determinantes el agotamiento del estatismo industrialista (desarrollo extensivo), las influencias exógenas (segunda “guerra fría”) y sobre todo, la fragmentación e intereses de la nomenclatura, en especial de aquella vinculada a las ramas exportadoras. Esta reinserción soviética en el sistema-mundo fue una compleja tendencia, más acentuada en lo económico y de gestación más lenta en lo político, que encontró en el derrumbe de la URSS y en el paracapitalismo2 post soviético su prolongación, sino inevitable, al menos lógica y en correspondencia con el carácter de los procesos internos.
La desaparición de la URSS permitió ver las múltiples convergencias entre las determinantes internas y externas del cambio de régimen. Al margen de la condicionante geopolítica, que se visibilizó como el foco principal de los intereses occidentales, el Bloque Oriental debía adecuarse e insertarse en la lógica de la acumulación global, en esencia, mediante el típico diseño depredador de las periferias: liberalización de los factores productivos, potenciación de la explotación de los recursos de mayor rentabilidad en cada caso (mano de obra en el este europeo y recursos naturales en las repúblicas ex soviéticas) y la erosión de todos los factores que hubieran podido tributar al fortalecimiento sistémico de estas formaciones.
Tomando en consideración los rasgos estructurales avanzados de las formaciones del Comunismo Histórico, como los altos niveles de industrialización, urbanización, de la política social, el desarrollo cultural humano y la preparación técnico-profesional y científica, esto implicaba la implementación de un proceso de desposesión (Harvey, 2004, 2005, 2007) sin precedentes en el siglo XX, tanto por su magnitud como por sus características ontológicas. La inserción de nuevas formaciones en el sistema-mundo capitalista (salvo las contadas excepciones de corrimiento hacia el “centro” del sistema), en sus diferentes momentos, ha tenido lugar desde la preeminencia en esas formaciones de modos de producción distintos, más atrasados que el capitalismo. A diferencia, la gran involución en Europa Oriental lo ha sido, sobre todo, en el sentido de la destrucción y sustitución premeditada del estatismo industrialista por un capitalismo periférico y dependiente. El primero constituía un sistema de relaciones sociales de mayor desarrollo histórico, tanto en su materialidad como en sus fundamentos ético-políticos.
En Ucrania, estos procesos, entre tantos impactos destructivos, catalizaron la periferización de la estructura económica que ya se gestaba hacía décadas (Comité estatal de estadísticas de la URSS, 1991: 320)3. En el contexto de la desregulación interna y la extrema debilidad del mando político central, de la desbocada vocación de enriquecimiento de la burocracia y otros agentes económicos portadores del cambio, del estancamiento tecnológico y la limitada competitividad de la industria ucraniana y la aplicación de una política económica y social insuperablemente neoliberal (bajo la dirección directa de “consultores” occidentales), esta apertura a los mercados externos no podía menos que conllevar a una drástica “adecuación” de la estructura económica y social del país. La desindustrialización y la descapitalización de la economía fueron los instrumentos más importantes para este “ajuste”, conllevando, por el encadenamiento de sus efectos, a una reestructuración sistémica de todo el tejido social.
Relativo a la producción, la disminución del PIB durante 1990-1999 fue de 59% y en 2012 este apenas se correspondía con el 70% del nivel de 1990. Si en 1970 Ucrania se ubicaba en el décimo lugar mundial por el PIB (por delante de China), en 2013 ocupó el lugar 53 por el valor nominal y el 42 según la paridad de poder adquisitivo (CIA, 2013). El país continúa explotando, en esencia, la infraestructura productiva soviética, aún en los sectores más “conectados” a los mercados globales, de mayor rentabilidad y mayor aporte al PIB. El promedio del desgaste de los fondos productivos a nivel nacional oscila entre el 60 y 70%, incluyendo el sector metalúrgico (65%) y el químico (70%) (Vadrzha, 2011).
Asimismo, durante las dos décadas de “activismo” en los mercados externos, ha sido marcada la tendencia hacia la primarización de su estructura económica. Entre 1990 y 2012 el peso de la producción de maquinarias disminuyó del 31% al 12% del total de la producción industrial, mientras que el de los metales ferrosos aumentó del 11% al 27% (Gazeta.zn, 2010). Esto ha tenido un claro reflejo en la estructura sectorial de las exportaciones. En 2013 la exportación agrícola, de metales y minerales se correspondió con el 60.3% del total. Si se agregan los productos de la química, los portadores energéticos, los derivados de metales no ferrosos y de la madera, la exportación de productos primarios o derivados con poca o muy poca elaboración supero el 83% del total (Gazeta.zn, 2010).
Igualmente, el aporte de la producción manufacturera al valor agregado de la economía entre 1991 y 2012 disminuyó del 42% al 23%, al tiempo que el de los servicios aumentó del 28% al 66% (Colectivo de autores, 2013: 59). Esta brusca tercerización también es típica de las formaciones periféricas, en las cuales la deformación de la economía y la ausencia de mecanismos de reproducción autocentrada orientan el capital hacia la explotación de los bienes primarios disponibles que gozan de mayor demanda externa y hacia la esfera de los servicios, en muchas ocasiones asociada a dichas rubros de exportación (Amín, 1975).
Una de las consecuencias más directas de la adecuación de la estructura económica ucraniana a la lógica de la periferización ha sido el estancamiento definitivo de la esfera científico-tecnológica. Como resultado de las limitaciones inherentes al estatismo industrialista soviético, la URSS no logró desarrollar ni implementar las tecnologías del quinto paradigma tecnológico (informática y comunicaciones, automática avanzada, genética y farmacología) que fueron revolucionarias durante la década del setenta del pasado siglo y condicionaron los ritmos de desarrollo y competitividad de países y regiones en la división global del trabajo. El cambio de régimen y la involución sistémica en las repúblicas soviéticas perpetuó su atraso tecnológico, cuya magnitudha crecido de manera exponencial durante las dos décadas transcurridas.
En estos momentos, la esfera tecno-productiva ucraniana está dominada en un 95% y a partes iguales por el tipo de producción y de tecnologías del tercer y el cuarto paradigmas tecnológicos, con una tendencia a la disminución del cuarto a favor del tercero (producción de acero, carbón, generación electro energética y aplicación industrial de la química inorgánica), que alcanzó su pico en la década del cincuenta del pasado siglo. Las perspectivas en este sentido no son halagüeñas en lo absoluto, si se toma en consideración que las tecnologías y producciones identificadas con estos paradigmas han sido el destino del 90% de las inversiones en innovación y, más alarmante aún, que el 75% de las inversiones en general se destinan al tercer paradigma tecnológico, el 20% al cuarto paradigma, tan solo el 4.5% al quinto y ninguno al sexto. Como resultado, entre 2003 y 2008 la exportación de bienes de alta tecnología disminuyó del 4.3% al 1.8% del total de las exportaciones (Panchenko, 2009).
Como se puede ver, el bloqueo al desarrollo provocado por el cambio de régimen en Ucrania y sus “ajustes” en las diferentes esferas de la reproducción social, no solo suprimieron toda posibilidad de competir en los mercados de alta tecnología, dominados por las tecnologías del quinto y el sexto paradigmas y que determinaránla vitalidad y funcionalidad de las formaciones estatales en las próximas décadas. Ha conllevado, inclusive, a una tendencia involutiva en la infraestructura tecno-productiva del país, comprometiendo la capacidad de reproducir sus condiciones materiales de sobrevivencia.
Otro de los pilares de la “transición” ucraniana ha sido la descapitalización de la economía. La relación del valor acumulado de los fondos productivos con el PIB en Ucrania en el año 2000 fue del 300%, mientras que para 2010 había disminuido hasta el 236%, mostrando una curva decreciente en extremo alarmante. En Alemania y Francia, por ejemplo, en 2010 este valor fue del 325% y 410% respectivamente, brecha que se antoja mayor si se toma en consideración las notables diferencias de los respectivos PIB (Colectivo de autores, 2013).
En este sentido, llaman la atención los muy bajos niveles de inversión tanto interna como extranjera. El monto de la inversión per cápita en Ucrania, durante el período 2002-2012 fue once veces menor que el de la UE y dos y media y tres veces menor que el de China y Rusia, respectivamente. La comparación con Rusia es la más ilustrativa, si se toma en consideración que el nivel de inversión en este país es muy bajo según el criterio unánime de los especialistas.
Por su parte, el acumulado de la inversión extranjera directa desde 1991 hasta enero de 2014 fue tan solo de 58 mil millones de dólares, de los cuales el 36% provinieron de Chipre e Islas Vírgenes Británicas, paraísos fiscales por excelencia de los capitales post soviéticos (Agencia Unian, 2014). Estos recursos reproducen el ciclo economía domestica – paraíso fiscal buscando la evasión de las cargas tributarias nacionales mediante múltiples fórmulas ilícitas. En cualquier caso, no se deben considerar como inversiones proveniente del exterior. Si se excluyen (y contabilizando la inversión de países como Suiza o Reino Unido, hacia donde también fluyen muchos capitales que evaden las regulaciones ucranianas) el stock acumulado de inversión proveniente del exterior durante más de 20 años ha sido de 36.5 mil millones de dólares, o un insignificante promedio de 1.5 mil millones anuales.
La fuga de capitales, uno de los rasgos inconfundibles de la dependencia periférica, completa el sistema de mecanismos de descapitalización de la economía ucraniana. Según el estudio realizado por la organización Tax Justice Network, Ucrania se ubica en el noveno lugar entre los países que más capitales han “exportado” hacia los paraísos fiscales, lista liderada por China y Rusia (Taxjustice, 2012). Según este estudio, la fuga de capitales de la Ucrania post soviética ha sido de 165 mil millones de dólares, aunque estos datos pudieran ser conservadores, si se toma en consideración que, según estadísticas oficiales ucranianas, tan solo entre 2010 y 2011 este indicador alcanzo los 56 mil millones de dólares (SEEU, 2013: 345). Aún así, el contraste de la cifra que propone Tax Justice Network es elocuente: es mayor que el PIB del 2011, que el presupuesto de 2012 y la deuda externa del país de enero de 2014. Además, la fuga anual desde 1991 equivaldría a 8 mil millones de dólares, muy superior al promedio anual de la inversión extranjera en Ucrania (1.5 miles de millones de dólares).
La desindustrialización y descapitalización han ido de la mano de otros procesos conexos, todos dialécticamente interrelacionados y constitutivos de la dependencia externa. Entre ellos se destaca la exportación de mano de obra ucraniana-cerca de un tercio de la población laboralmente activa – (Dergachiov, 2011)4, el muy bajo aporte de la remuneración salarial al PIB, el carácter en extremo limitado del mercado interno, los altos niveles de endeudamiento externo (140 mil millones de dólares en 2013 o el 80% del PIB, habiendo sido el cuarto deudor del FMI en 2010), la reproducción de una corrupción sistémica que atraviesa todo el tejido socio-económico (en 2012 ocupaba el lugar 134 entre los países de mayor contención de la corrupción, según la organización Transparency International, “superada” en Europa solo por la burocracia rusa ) y el crónico desbalance del comercio exterior.
En relación con este último, en 2013 el saldo comercial negativo ucraniano fue del 8% (Colectivo de autores, 2013). Esta es una limitación extendida de aquellas economías periféricas que no gozan de las “bondades” del factor energético. Esto explica porqué, siendo muy similares las estructuras económicas de Ucrania y Rusia, durante la última década la segunda ha gozado de un sólido superávit comercial. La diferencia entre ambos países es, en esencia, cuantitativa, resultado de las diferencias de los precios entre los hidrocarburos y otras materias primas como los metales, que han constituido el principal rubro exportador de Ucrania y del peso hipertrofiado de los hidrocarburos en la economía rusa (SEEU, 2011, 2013)5. Sin embargo, también han influido otros factores, como las distintas políticas arancelarias, mucho menos protectoras en el caso ucraniano (Colectivo de autores, 2013)6.
Durante los últimos años ha crecido paulatinamente el peso de las exportaciones de productos agrícolas ucranianos, equiparándose durante 2012 y 2013 con los metales como los principales rubros exportadores. Esta tendencia ha estado determinada por las diferentes trayectorias de los precios de estos bienes en los mercados externos y se engarza orgánicamente con el ciclo interno de explotación de los recursos en Ucrania. Según estudios del economista ucraniano Aleksei Komarov, el pico de máxima explotación del carbón, el petróleo y los metales en este país tuvo lugar durante la década del setenta del pasado siglo, como resultado de la gran demanda interna en la URSS. Con posterioridad, las curvas han sido sostenidamente descendentes. En el caso de la explotación de la tierra, este pico no ha sido alcanzado aún (Komarov, 2013).
Esta convergencia de factores se acompaña del interés de actores inter (tras) nacionales, como la UE y sobre todo China. Con este último se firmaron importantes acuerdos de compraventa y explotación de tierras, muchas de las cuales todavía se encuentran en régimen de propiedad estatal (Romanenko, 2013). De esta manera, con mucha seguridad la actividad agropecuaria será cada vez más el área (una de los pocas) de mayor “conexión” con las fuerzas económicas del capitalismo global. El escenario más probable será la latifundización del campo y la desvalorización de la producción agrícola, en la medida en que disminuirá el peso de los productos elaborados bajo los influjos de la competencia europea y aumentará el de las materias primas (granos).
Estos mecanismos económicos de la desposesión y la dependencia en Ucrania han tenido su más brutal reflejo en la esfera social. La estructura económica decadente y periférica ha moldeado una estructuración y estratificación social similar, marcada por la devaluación de la riqueza social acumulada durante el periodo soviético, la reproducción de niveles de vida inferiores a la media global y una acentuada desigualdad social.
El PIB per cápita ucraniano fue en 2013 de 3500 dólares, ocupando el lugar 115 a nivel global, decenas de veces inferior al de la media de los países desarrollados, tres veces y medio menor que el de Rusia y por debajo de diez países africanos (CTH, 2013). Ucrania ocupó en 2013 el lugar 78 en la lista del Índice de Desarrollo Humano, posición que hubiera podido ser inferior aún de no ser por la remanencia de infraestructuras sociales vinculadas a la salud pública y la educación heredadas de la URSS, pero que poco tienen que ver con las políticas que en esas esferas ha llevado a cabo el país en las últimas dos décadas.
Los niveles de pobreza, aunque han tendido a disminuir, son muy altos: en 2012, por debajo de ese umbral vivía el 21.4% de la población, según los datos estadísticos oficiales, que tradicionalmente tienden a ser modificados según criterios de conveniencia gubernamental. El salario medio, por su parte, en 2012 fue de 213 dólares mensuales, más de dos veces inferior al de Rusia (512 dólares). Los ucranianos que pueden adquirir bienes de larga duración, pero de uso muy extendido hace décadas, como refrigeradores y televisores, en 2012 eran solamente el 4.9% de la población y el por ciento que no puede adquirir los productos alimenticios básicos, creció en los últimos años del 13.7% al 17.5%. Estos datos ubican a Ucrania por debajo de la mayoría de los países ex soviéticos. En este mismo sentido, una familia ucraniana destina el 52% de sus gastos a la compra de alimentos, siendo el indicador más alto de toda Europa y el Espacio Postsoviético –Moldova, 41%, Belarús, 39%, Rusia, 29%-, (Colectivo de autores, 2013).
Finalmente, se pueden adicionar otros datos comparativos que ubican a Ucrania lejos de la media mundial en importantes indicadores sociales. En 2012 ocupaba el primer lugar global por los desechos nucleares per cápita dentro del país y el primero en Europa por el ritmo de crecimiento de enfermos de SIDA entre la población adulta, el quinto lugar mundial por el consumo de alcohol per cápita (16.5 litros) y el décimo (entre 217 países) por la cantidad de reclusos por 100 mil habitantes (Uainfo, 2012).
Como se puede inferir, gran parte de la población ucraniana reproduce un régimen de vida de sobrevivencia, siendo estos datos en extremos elocuentes como expresión social de la destrucción de las condiciones de reproducción material y espiritual en la formación social ucraniana.
Más aún, uno de los saldos de los “ajustes” sistémicos y estructurales en los países del Espacio postsoviético, sobre todo en Ucrania y Rusia, que al momento del derrumbe habían alcanzado mayor desarrollo, fue una gran crisis demográfica que hizo disminuir la población en millones de habitantes; particularmente en el caso ucraniano la merma fue de 6 595 000 entre el 1 de enero de 1993 y el 1 de enero de 2014 (SEEU, 2011, 2013; Naidenov, 2013).La disminución de la cantidad de habitantes, en sobre posición histórica, retrotrajo al país a la población existente en ese territorio en 1965, lo cual se corresponde con las “adecuaciones temporales” que tuvieron lugar en la esfera de la producción, en donde la involución hizo retrotraer algunos sectores a niveles previos a la década del cincuenta del siglo XX.
“Crisis demográfica” es una formulación menos incisiva para denominar lo que ha sido realmente un sistemático genocidio (Glaziev, 1999: 148; Batchikov, et al. 2003: 310) de los pueblos constitutivos del Comunismo Histórico, en especial de aquellos que, como Ucrania, se insertaron de la forma menos favorable en los marcos del capitalismo global. A diferencia de Rusia (que logró en 2011 superar la población de 1991), en Ucrania todos los años comprendidos entre 1994 y 2014 se han saldado con datos negativos, tendencia que deberá mantenerse durante los próximos años. La supresión física de las poblaciones ha sido el resultado final y más lamentable del impacto de los “ajustes” económicos sobre los seres humanos y no ha sido solamente un efecto colateral del cambio de régimen: ha constituido un objetivo en sí mismo del capitalismo global en su fase de expansión neoliberal, como condición para la redistribución de los recursos a favor de la acumulación global7.

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