martes, 20 de diciembre de 2016

LAS PENSIONES PÚBLICAS SON SOSTENIBLES. LO QUE NO SE PUEDE SOSTENER ES A UNA CUADRILLA DE BANDIDOS EN EL GOBIERNO, FUERA DE ÉL, COLINDANTES O NO, CON EL ÚNICO PROPÓSITO DE ESTAR ROBANDO CONTINUAMENTE EL PRODUCTO DEL TRABAJO A LOS TRABAJADORES

Para general conocimiento, y en particular, para el de HERRERA Carlos, locutor de ustedes de la Cadena COPE: las pensiones públicas son sostenibles. Y la riqueza la crea el trabajo y no Mariquita la Yeyé hablando en un micrófono. Adiós, adiós, adiós, adiós...


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EDUARDO GARZÓN: "EL SISTEMA DE PENSIONES PUBLICAS ES PERFECTAMENTE SOSTENIBLE"

Eco republicano
18.12.2016


Eduardo Garzón: "el sistema de pensiones públicos es perfectamente sostenible"
Las pensiones siempre han supuesto un asunto muy complejo y polémico. Complejo porque nuestras comunidades occidentales han diseñado un sistema institucional para el pago de las pensiones muy sofisticado que no resulta intuitivo ni fácil de comprender para quienes no se han adentrado mínimamente en él. Y polémico porque al mover mastodónticas cantidades de dinero resulta un botín enormemente atractivo para el capital –particularmente el financiero–, que intenta por todos los medios socavar las bases del sistema público y poder así “liberar” el dinero para hincarle el diente.

En cualquier caso, cuando hablemos de pensiones nunca podemos perder de vista varias cosas importantes que desgraciadamente se suelen olvidar. La primera de ellas es que lo que verdaderamente importa en este asunto no es la cantidad de dinero que haya o deje de haber (en el sitio que sea) para pagar las pensiones, sino si nuestras comunidades son capaces de garantizar un nivel de vida determinado a todas aquellas personas que por edad o incapacidad no estén recibiendo un ingreso por su trabajo. El dinero no nos da de comer, ni nos viste, ni nos cuida, ni nos educa, etc; todo eso lo hacen otras personas con su fuerza de trabajo y ayudadas por máquinas y herramientas, aunque en este sistema económico monetizado lo hagan a cambio de dinero. El dinero no es ni más ni menos que un invento del ser humano para facilitar y poner en marcha esas transacciones y esos servicios; y como tal, puede ser incrementado o reducido a voluntad o incluso sustituido por otro catalizador y medidor que sirva a tal efecto.

Por decirlo de otra forma: mientras tengamos suficientes personas en nuestras comunidades dispuestas a y capacitadas para realizar las actividades que necesitan los pensionistas para vivir bien (cuidar, proveer de alimentos, medicamentos, ropa, calzado, educación, cultura, ocio, etc), el asunto de ver cómo ponemos a estas personas a trabajar será secundario. Podríamos crear más dinero, o pedir dinero prestado, o incrementar los impuestos, o diseñar nuevos medios de pago, o rearticular nuestro sistema de producción y distribución, etc. El “problema” sería menor, de carácter organizativo, y no de falta de recursos y capacidades.

Ni que decir tiene que éste es el caso de nuestras sociedades desarrolladas: los intensísimos avances tecnológicos experimentados en las últimas décadas permiten que hoy día podamos aspirar a un nivel de vida que difícilmente podíamos imaginar hace unos cuantos años. Somos capaces de lograr verdaderos milagros: ponemos a los robots a trabajar por nosotros y a explorar otros planetas, viajamos a la luna, curamos enfermedades que hace poco creíamos incurables, nos comunicamos en tiempo real independientemente del lugar del planeta en el que estemos, viajamos volando de un extremo a otro del globo terráqueo en unas cuantas horas, accedemos a toda la información y conocimiento con sólo un click, etc. Es más que evidente que nuestra capacidad tecnológica nos permite garantizar un nivel de vida digno a toda la población, incluidos los pensionistas, evidentemente. De ahí que no debamos consentir que nos digan que tenemos que vivir peor que antes, por ejemplo, cobrando menores pensiones, porque no es cierto.

Otra cuestión que suele ser olvidada es que los pensionistas no son las únicas personas que no reciben un ingreso por participar en el mercado laboral. De hecho, las que lo hacen suponen solamente algo más de una persona de cada tres, el 36% de la población. El resto: niños hasta los 16 años, personas inactivas, paradas y jubilados suponen el restante 64%. Es decir, en nuestras sociedades altamente monetizadas basta con que ingrese dinero una de cada tres personas para que todo el mundo pueda vivir. Así ha sido además incluso con porcentajes de ocupación inferiores. Por lo tanto, que nos quede bien claro que las sociedades desarrolladas se mantienen perfectamente aunque las personas que ingresen dinero sean minoría. Claro que hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de las personas inactivas, paradas y jubiladas realizan esas actividades de las que hablábamos que son necesarias para la vida (cuidados, provisión de alimento, de ropa, etc) aunque no cobren ni un solo euro por ello. Por eso no podemos perder de vista que lo importante es el trabajo físico e intelectual que se realiza para que vivamos bien, y no el dinero que se canalice de una u otra forma.

En tercer lugar, resulta que ni siquiera nuestro actual sistema público de pensiones se financia con todo ese dinero que se moviliza en el mercado laboral, sino que se nutre casi exclusivamente de una pequeña parte del mismo: las cotizaciones sociales. Esta figura se calcula a partir de los salarios que los empleadores declaran pagar (que, como sabemos, ni siquiera suelen ser el total de los salarios realmente pagados), por lo que suponen sólo una pequeña proporción de todo el dinero que se moviliza en el mercado laboral. Esto sólo ocurre, por cierto, en 8 de los 28 países de la Unión Europea; en el resto la financiación de las pensiones se complementa con otras fuentes de dinero . En consecuencia, con nuestro sistema actual limitamos voluntariamente la capacidad de pagar las pensiones al volumen y nivel de salarios pagados, dejando al margen todo aquel dinero que se moviliza al margen de los salarios: beneficios empresariales, plusvalías, dividendos, intereses de préstamos, etc. De ahí que tras la brutal caída del número de trabajadores y de la cuantía de los salarios experimentada desde 2009 (así como el incremento de prejubilaciones y de reducción de cotizaciones sociales) el sistema actual se haya vuelto insostenible: ingresa menos dinero de lo que paga en pensiones.

Pero que no nos confundan: el sistema es insostenible ahora porque lo han dinamitado con reducciones discrecionales de cotizaciones sociales y con políticas de austeridad y reformas laborales que han disparado el paro y disminuido los salarios, no porque en esencia el sistema estuviese mal pensado (de hecho, había funcionado siempre bien hasta la aplicación drástica de políticas de austeridad a partir del año 2010). Los grandes capitales financieros en su alianza con los mediáticos llevan desde los años 80 del siglo pasado alertando constantemente de que el sistema de Seguridad Social iba a quebrar en los años siguientes. No acertaron en ninguna de sus innumerables predicciones, y sólo lo hicieron 30 años más tarde y de casualidad cuando irrumpió la segunda crisis económica más profunda del siglo XX. Era una estrategia evidentemente interesada para meter miedo y empujar a la gente a firmar planes de pensiones privados que incrementarían los bolsillos de los propietarios de los bancos. Una estrategia compartida también por los propios gobernantes, que ya hace tiempo legislaron para que todos aquellos que contrataran planes de pensiones privados tuviesen bonificaciones fiscales.