sábado, 5 de noviembre de 2016

ACUMULACIÓN CAPITALISTA O BIENESTAR SOCIAL







  LIBERALISMO FRENTE A SOCIALISMO: EL FUTURO DE LA HUMANIDADEN JUEGO






Por Andres Herrero
Kaos en la Red
04.11.2016                   

Liberalismo y Socialismo son los dos sistemas político-económicos que se disputan la organización de la sociedad.


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El neoliberalismo, doctrina oficial del capitalismo, presume de ser el que más riqueza crea, en tanto que el socialismo se preocupa de repartirla equitativamente.

Dos concepciones antagónicas del mundo que difieren totalmente en sus estrategias, comportamientos, métodos y fines.

Hasta el momento el liberalismo ha logrado imponerse con claridad a su rival pese a tener que efectuar ciertas concesiones durante la guerra fría, como la creación del Estado de Bienestar; concesiones que ha ido retirando tan aprisa como su éxito le permitía hacerlo sin poner en peligro su hegemonía.

Para poder compararlos debidamente, la Tabla de Valores Explícitos recoge las premisas fundamentales que inspiran a ambos modelos, y la Tabla de Valores Implícitos las consecuencias que se derivan de ellas:
 
LIBERTAD O VIDA HUMANA.


Fue el gran padrino del credo liberal, Friedrich von Hayek, Premio Nobel de Economía el que en 1974, sentenció durante una visita al Chile de Pinochet i que no todas las libertades eran buenas, porque:
  • Un dictador puede gobernar de manera liberal, lo mismo que una democracia puede gobernar con una total falta de liberalismo.
»Prefiero una dictadura liberal a un gobierno democrático en el que todo liberalismo esté ausente, porque la democracia constituye tan solo un instrumento al servicio de la libertad que de ninguna manera tiene la misma categoría que ella.

»Desgraciadamente, la libertad está gravemente amenazada por el afán de la mayoría, compuesta por gente asalariada, de imponer sus criterios y opiniones a los demás (los miembros de la élite, se supone).

Más que los votos, las torturas, abusos y ejecuciones de una dictadura liberal constituyen el mejor camino hacia la libertad:

«Aunque es cierto que equiparar mecánicamente a Hayek y los neoliberales con Pinochet constituye un simplismo injusto, porque a aquéllos les basta el mercado, mientras que al dictador chileno le bastaron las armas, no puede olvidarse que, en puridad, a ambos les sobra la democracia». ii

Los liberales piensan que la democracia tiene que estar al servicio del mercado, porque no es la democracia, sino el mercado, el que nos hace libres. Su libertad no es la de un hombre un voto, sino la de un dólar un voto. iii Libertad de clase que exige limitar el poder del gobierno, pero no el de los amos del dinero.

Los liberales convierten la Libertad en un dios absoluto que se sitúa por encima de todo, incluida la Vida Humana, y aunque algunos de sus seguidores objeten ofendidos que también ellos consideran la vida el máximo bien, si fuera cierto, nadie se quedaría sin trabajo ni ingresos, sin techo, desahuciado y arrojado a la calle con su familia, ni se moriría de hambre, de frío o por falta de cuidados médicos, habiendo en el mundo recursos, medicinas, comida y viviendas suficientes para todos.

Pero para despejar cualquier duda, el propio Mr. Hayek se encargó de precisar que «una sociedad libre exige el mantenimiento de vidas, pero no de todas las vidas (sólo las de primera obviamente), y que las únicas reglas morales son las que conducen al cálculo de esas vidas: la propiedad y el contrato».

Sólo el que posea fortuna, tendrá libertad y sobrevivirá. Coherente con esa filosofía sin escrúpulos, Hayek rechazó que se proporcionara ayuda a los miles de africanos que perecían de hambre a causa de la sequía, argumentando que:

– Me opongo absolutamente. No tenemos porque asumir tareas que no nos corresponden. Debe operar la regulación natural.

Fuera viejos, pobres e improductivos. Planteamiento secundado al milímetro por su correligionario y Premio Nobel de Economía en 1976, Milton Friedman, que respondió así a la esposa del politólogo Herman Kahn, cuando ésta le propuso hacer algo para mejorar la atención médica pública a los más necesitados:

– Señora Kahn, ¿a santo de qué desea usted subsidiar la producción de huérfanos y de enfermos?

El que quiera derechos que se los pague. El que quiera libertad que la compre. El Mercado ha decretado que sólo el que el que tenga dinero, comerá. Que el precio de los alimentos lo determine la especulación en la bolsa de Chicago, no le preocupa, porque no es asunto de su incumbencia.

Los liberales alegan en su favor que gracias al capitalismo la población del mundo es hoy día mayor que nunca. Hecho tan incuestionable como que también existen más pollos, terneras y cerdos que nunca alojados en granjas industriales… ¿pero se puede llamar vida, al hecho de sobrevivir a cualquier precio, desposeído de lo más elemental y sometido a la voluntad ajena?, ¿viven acaso los esclavos?

Vivir es algo más que respirar o percibir salarios de miseria, y una existencia desarrollada en condiciones infrahumanas, sin libertad, deja de ser una vida, para convertirse en una carga.
La supremacía del dinero sobre la vida constituye la primera línea roja insalvable que separa al liberalismo del socialismo.

Porque, cuando falta la vida, la libertad sobra
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LA PROPIEDAD PRIVADA.

El liberalismo es una elaborada construcción ideológica destinada a justificar la Propiedad Privada, elevarla a los altares y convencernos de que la posesión de bienes, cuantos más mejor, constituye la vía óptima para el progreso de la humanidad en general y la personal en particular.

La coartada perfecta para la desigualdad.

Ahora bien, si nadie ha creado la tierra, los ríos, los bosques y recursos naturales, ¿cómo puede considerarse legítima su apropiación, en virtud del derecho de pernada, del yo llegué primero? Aunque nosotros marquemos el territorio con cercas y títulos de propiedad, y los animales con heces, unos y otros actuamos del mismo modo.

Estamos ante la primera, pero no la única, de las muchas liberalidades que los liberales se confieren graciosamente. Por no mencionar las herencias: la flagrante contradicción que representa la posesión y disfrute de bienes que uno no se ha ganado.

Veneran la Propiedad Privada como un ídolo pagano, al que todos los sacrificios humanos que se le ofrezcan para que se muestre propicio: esclavitud, explotación laboral, despidos, precariedad, recortes, revoluciones, guerras, cárceles, delincuencia, drogadicción, violencia, desigualdad y miseria, etc., les parecerán siempre insuficientes.

Mi yate antes que tu hambre.

Las libertades que el liberalismo concede a los seres humanos se resumen en:
  1. Enriquecerse sin límites.
  1. Pasarse toda la vida al servicio de los ricos o morirse de hambre.
Un menú de lujo. Mayor magnanimidad no cabe, aunque hasta sus fans más incondicionales reconocerán, que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, ser libre, cuando no se tiene nada más que la propia vida para vender a cambio de lo que a uno quieran darle.
Sin duda el bien más valioso y el peor pagado.

Los liberales denominan Propiedad Privada a la Riqueza con mayúsculas. Con suma habilidad, se han sacado de la manga invisible el as del Mercado: ese juego trucado de ganadores y perdedores, mezcla de especulación, manipulación, tráfico de influencias, corrupción, fraudes, trampas, dobles varas de medir, monopolios, recalificaciones, rescates financieros, leyes a la carta, evasión de impuestos, información privilegiada y paraísos fiscales, que da a cada cual lo que se merece.

Lógicamente, si los leones no comparten, los humanos no vamos a ser menos que ellos, aunque hay que señalar en favor de las fieras que, como no conocen la ambición, una vez saciado su apetito, dejan en paz a las demás criaturas, cosa que nosotros no hacemos, porque con nada nos conformamos…. razón por la que 60 personas disponen de los mismos recursos para vivir que 3.500 millones, la mitad de la población del planeta. Con el agravante añadido de que las bestias no engañan, ni encubren sus apetitos depredadores con los buenos modales de la educación.

La libertad planteada como patente de corso para acumular riqueza sin freno ni medida, o como oportunidad para desarrollar una existencia sin privaciones ni servidumbres, ensancha aún más la brecha existente entre ambos modelos.

Los seres humanos no son libres de elegir si desean alimentarse o no, sino que están obligados a hacerlo. Su libertad comienza a partir del momento en que tienen cubiertas sus necesidades vitales. Algo que el liberalismo torna imposible, al trasplantar al seno de la sociedad humana la libertad de la selva: la misma competencia entre desiguales a la hora de disputarse el bocado y la misma libertad de depredación, llevando hasta sus últimas consecuencias el precepto de Mandeville, de que «nada es más natural con el curso de las cosas que unas criaturas vivan a costa de otras» iv, que el león se coma al antílope, el pez grande al chico, el fuerte al débil y la multinacional al obrero.

Funciona el sálvese quien pueda y el tanto tienes, tanto vales. Quien no sea rentable, perecerá. Bienvenida sea la competencia en pie de desigualdad y la hegemonía del más apto. Devorar o ser devorados es la cuestión. Con la mano invisible convertida en un puño, los poderosos se han erigido en los máximos predadores de sus semejantes, transformando la desigualdad social creación suya, en desigualdad natural, obra del cielo. Porque que el hijo de un león sea un león y no una gacela, es obra de la naturaleza, pero que el hijo de un rey sea un rey, o el heredero de un rico, rico, es cosa nuestra.

Sostienen los liberales que si la selva se autorregula ¿por qué no va a hacer lo mismo el Mercado que opera con sus mismos esquemas de funcionamiento?, ¿por qué ponerle puertas al campo, si la Riqueza ya se encarga de premiar a los mejores y la regulación natural de eliminar a los superfluos?

Criterio excluyente que rechaza tajantemente el cardenal Sandoval señalando que «si trabajando mucho, uno se hiciera rico, los burros serían millonarios». Revolución equina que no ha estallado, salvo alguna coz intempestiva. Igual que nadie ha trabajado más que los esclavos, ni obtenido menos a cambio, a pesar de ser sus dueños los más fervientes partidarios de la libertad.

El apellido, mercado, que le ponen a la misma, indica que se trata de una libertad de las mercancías y no de las personas. Porque que el Mercado sea libre, no implica que los humanos lo sean también, sino que la explotación tiene que ser libre, sin reglas, siguiendo el mandato de Mandeville de que «la mayor riqueza es poseer una multitud de pobres laboriosos, porque de ellos se derivan todas las comodidades y bienes».

Método infalible de hacer fortuna que en la Inglaterra colonial alcanzó su apogeo con el tráfico de esclavos y la opresión de los pueblos indígenas.

LA COMPETENCIA Y LA DESIGUALDAD.

El liberalismo defiende que cada individuo se ha de sacar las castañas del fuego por sí sólo, demostrando su valía en dura competencia con los demás. Principio universal que choca frontalmente con los privilegios de cuna y posición que él mismo fomenta, y que requeriría suprimir las herencias para que se cumpliera. Pero nada de eso sucede y poco tiene que ver nacer en el seno de la familia Rockefeller, con hacerlo en la de una cajera de supermercado o de un taxista.

La riqueza engendra inevitablemente una sociedad de clases. De personas de primera, de segunda y de tercera, con diferentes posibilidades vitales en función de su diferente patrimonio.

Funcionamiento elitista que sitúa al liberalismo en las antípodas del socialismo. Porque riqueza implica no sólo tener más, sino sobretodo ser más. Al rico todo se le perdona, mientras que al pobre de todo se le acusa. A los ricos se les respeta y hace la ola, mientras que a los pobres se les desprecia y pisotea. El rico goza de impunidad y el pobre de presunción de culpabilidad.

Al liberalismo se le podría calificar con mucha mayor propiedad (privada por supuesto), de elitismo. La desigualdad que suscita, invalida la supuesta igualdad de todos ante la ley, y convierte a ésta en la principal arma de los poderosos para presionar, subyugar y despojar a la mayoría, confirmando una vez más que «el derecho civil sirve para que los ricos roben a los pobres, y el derecho penal para impedir que los pobres roben a los ricos» v. Desigualdad que plantea un serio problema de convivencia y de orden público a la sociedad.

Porque, mientras que en el reino animal, las fieras, como el león, el cocodrilo o la boa, se bastan y sobran a sí mismas para proteger su botín, los humanos necesitan leyes, gobiernos, guardias, guardaespaldas, jueces, cárceles, soldados, armas y ejércitos, para conservarlo y mantenerlo a salvo.

Por esa razón los liberales abogan por un Estado Mínimo, de carácter represivo, con impuestos lo más bajos posibles que aseguren sus posesiones, mientras que el socialismo se decanta por unos impuestos suficientes, que permitan a todos, y no solo a los más afortunados, disponer de los servicios esenciales de sanidad, educación, vivienda, desempleo, pensión, etc.

Los liberales rechazan la progresividad impositiva, el tributar conforme a la capacidad económica de cada uno, y en su lugar optan por gravar el consumo: el litro de gasolina, el kilowatio de luz y la barra de pan que todos, ricos o pobres, pagan por igual. Sólo en materia de impuestos y cargas fiscales se muestran partidarios de repartir el esfuerzo a partes iguales y justo es reconocérselo.

Visto desde su óptica, el estado de bienestar es incompatible con el bienestar del mercado, porque si se puede hacer negocio con la salud y la educación de la gente, ¿por qué renunciar a él?

A los liberales la justicia social