En febrero de 2001 el Topo publicaba este relato de nuestro
colaborador y amigo, Higinio Polo, sindicalista presente en la Generalitat en
aquella aciaga noche. Este es su testimonio. Tal vez un día verán la luz
algunas otras dramáticas aventuras que aquella noche sufrieron otros miembros
del Topo.
Una lejana inquietud
EL viejo Topo
2 marzo, 2026
UNA LEJANA
INQUIETUD O VEINTICUATRO HORAS DE LA VIDA DE UN PAÍS
“¡Eh! ¡Ustedes!
¡Apaguen esos
ojos asombrados!”
Vladimir
Maiacovski.
Recibir un
encargo para reconstruir un día de la vida de un país y atreverse a llevarlo a
cabo es algo complicado. Al cronista no le cuesta reconocerlo. Y no sólo por
cuestiones de impericia, aunque se trate exclusivamente de la reconstrucción de
algunas horas que conmovieron a los ciudadanos en una lejana jornada de la que
ahora vamos a cumplir veinte años. Es complicado porque el golpe de Estado del
23 de febrero de 1981, o los distintos golpes que estaban en marcha y que
confluyeron en ese día, es uno de los momentos decisivos de la transformación
política española tras la dictadura franquista.
Por eso juzga
el cronista que lo más razonable, lo más prudente, es centrar el examen en
algún rasgo relevante, y que, aprovechando que veinte años no es nada, qué
febril la mirada, podría limitar el asunto a un episodio concreto de
veinticuatro horas de la vida de un país, o de una mujer, que tal vez sea lo
mismo. Aún así las posibilidades son numerosas: el cronista podría hacer una
descripción de los acontecimientos, o de los riesgos que se corrían entonces, o
de los fantasmas del pasado y de la dictadura que volvía a levantar sus garras.
O examinar las consecuencias que tuvo la intentona militar: por ejemplo la elaboración
de una ley llamada LOAPA, según nos recuerdan nuestros nacionalistas locales
siguiendo la opinión del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Y otras,
que omite.
Veinte años
después de aquel día tal vez lo más atractivo fuese escribir unas líneas épicas
sobre la victoria de la libertad, cerrando los ojos a las miserias que surgen
en los momentos decisivos, pero sabiendo al mismo tiempo que el reproche es
siempre poco elegante. Sin embargo, al cronista le da cierta pereza abandonarse
a la grata evocación de las batallas del pasado. También podría hablarse de las
incógnitas que persisten: son muchas. Y algunas, probablemente, nunca serán
descifradas. No hay lugar para la alarma o el enfado: después de todo ya nos
tenía advertidos Chu En Lai de que, casi doscientos años después de los hechos,
todavía no estábamos preparados para comprender la revolución francesa. Es una
sabiduría oriental que podemos recordar ahora.
Apuntemos
algunas de esas incógnitas: por ejemplo, la lentitud en la actuación del rey.
Un rey extraño, sí, aunque el protocolo nos lo quiere campechano, y lleno de
amor al pueblo. Un monarca que combate el golpe –apuntemos de paso que, en
realidad, dicen los republicanos rojos, se preocupa por el trono- pero tarda
demasiado en decirlo y en hacerlo llegar a la población: una eternidad. Hay que
decir en su descargo que es el monarca de un país pobre, sin apenas teléfonos,
con dificultades de comunicación. Pero tarda demasiado. O traza una sutil
estrategia que veinte años después todavía no puede conocerse en su totalidad.
Veamos: se ha
aducido que los militares habían ocupado las instalaciones de Televisión
Española y no podía, por tanto, emitirse desde allí un mensaje real. Pero los
sublevados abandonan las instalaciones de la televisión a las nueve y diez
minutos de la noche, y el mensaje de Juan Carlos de Borbón se emite más de
cuatro horas después. Demasiado tiempo, en un momento semejante, en el que una
hora podía cambiar el destino del país.
No insistamos
en ello. Así es la vida. Y, paradojas de la existencia, el monarca será
recompensado: parecería que los golpistas trabajaban para él, a juzgar por los
resultados: dicen que entonces se consolida la monarquía. Hay otras incógnitas,
sí: la trama civil del golpe, la actividad de los que siempre conocen la red
oculta de las cosas. Y la actuación de los servicios secretos. Y las orejas de
algunas cancillerías. Y hasta saber cómo se forja la habilidad de los máximos
dirigentes de la patronal catalana, que conocían de antemano el intento de
formar un gobierno Armada. Y las dudas de los capitanes generales, que hoy –si
el cronista fuera filósofo y moralista– podrían calificarse de siniestras. Y la
financiación de Tejero: el propio general Armada ha hablado de la trama civil
que ordena iniciar el golpe al teniente coronel de la Guardia Civil. Y la
incógnita que supone la afirmación más terrible, hecha por un teniente general:
si hubiesen salido a las calles de Madrid las tropas de la División Acorazada
Brunete, una tras otra todas las regiones militares se habrían unido al golpe.
Hubiera triunfado.
Veamos algunos
detalles. De once jefes militares con región a su cargo, siete estaban a la
espera de lo que ocurriese, es decir estaban considerando la posibilidad de
apoyar el golpe de Estado, o no veían mal que Milans del Bosch sacase los
tanques a la calle.
Después de todo
hay que amortizar las compras de material de guerra. El capitán general de
Madrid, Quintana Lacaci, se opone al golpe desde el principio. El mismo general
dejó escrito, en un conocido documento, que si hubieran salido las tropas de
Madrid, todas las demás del país se hubieran unido al golpe. Por fortuna, a
veces el destino nos sonríe: dicen que el capitán general Merry Gordon estaba
borracho, y perdió la oportunidad de su vida. Otro motivo relevante: la
discreción de los espías. Al cronista siempre le ha llamado también la atención
el duro trabajo de los servicios secretos, modelo de competencia, aunque haya
que lamentar que a veces parezcan reclutar a sus hombres como hiciera el
Servicio de Inteligencia británico en la segunda guerra mundial: por el color
de sus ojos y obligándolos a asistir a charlas de formación que se iniciaban
con el acreditado método de “Prestad atención, cabrones”. También subsisten
incógnitas sobre la actuación de los Estados Unidos, siempre tan informados,
siempre tan predispuestos a la defensa de la libertad y de la democracia,
siempre tan atentos a las situaciones de crisis en países amigos: hasta que el
golpe no está derrotado no da Washington señales de vida: el presidente Reagan
llamará por teléfono a Madrid en la tarde del día 24 de febrero, cuando todos
los golpistas se han rendido. Pero dejemos esas incógnitas al paciente trabajo
de investigación histórica.
Lo cierto es
que si después de aquel día peligroso ha quedado en la memoria popular la
imagen mil veces repetida del teniente coronel Tejero disparando en las Cortes,
con el tricornio en los luceros, o la de los tanques atravesando las calles
desiertas de Valencia, o, menos, la estampa del general Armada deambulando en
la noche de los lobos, lo cierto, es que hay muchas otras cuestiones en las que
podríamos detenernos: el examen de la actuación de los más altos jefes
militares, las complicidades entre la oficialidad; los servicios secretos
extranjeros –como los norteamericanos–; la actuación de los ayuntamientos; los
temores periodísticos, que se reflejan hasta en la tibieza de los editoriales;
la respuesta desigual en la España profunda. De manera que el cronista podría
entretener al lector con muchas cuestiones. Pero prefiere detener su atención
en un rincón de la península que siempre ha tenido relevancia: Barcelona,
Cataluña. Allí, donde son los comunistas –los dirigentes de Comisiones Obreras
y del PSUC– los que encabezan la respuesta al golpe de Estado.
Fijémonos en un
momento concreto: en la tarde del 23 de febrero de 1981, en las afueras de
Lleida. El cronista está en condiciones de afirmar que los coches pasaban a
toda velocidad por la carretera que iba a Barcelona. Hacía frío, o, al menos,
se lo parecía a la pareja que se dirigía hacia la capital del principado. Dentro
de un coche, conducido por una chica joven, va uno de los dirigentes de las
Comisiones Obreras de Catalunya. Acaba de abandonar Lleida y ha hecho un
llamamiento –sin consultar a nadie– a la huelga general en una asamblea de
delegados sindicales, después de que hayan llegado las noticias del golpe de
Estado. Va reflexionando sobre lo hecho, y está firmemente convencido de que ha
hecho bien, aunque no sabe todavía lo que le espera en Barcelona. Cuando llega
a la ciudad se encuentra con sus camaradas. Las noticias son ya más precisas.
A las 6 y 22
minutos de la tarde un teniente coronel de la Guardia Civil ha entrado con sus
tropas en el Congreso de los Diputados. Es un tipo burdo, sin educación. Pasan
largas horas, y llegan después noticias de que en Valencia pasean los tanques
por las calles, y el parte de las nueve de la noche de Televisión Española no
se emite. Nadie sabe nada del rey. Pasarán todavía muchas horas antes de que
aparezca en la pantalla.
Lo hará a la 1
y 15 minutos de la madrugada. El presidente de la Generalitat, Pujol, según
afirma, ha hablado dos veces con él, y le ha pedido tranquilidad. El honorable
dice por radio poco antes de las diez que todo está dentro de la normalidad.
Sin embargo está muy nervioso, lo que se contradice con esa normalidad, y el
monarca aún no ha dicho nada públicamente. Veinte años después explicarán
historias de capitanes del ejército en televisión que impiden emitir proclamas,
y lo hará el mismo monarca, pero en ese momento Pujol sabe que si el rey puede
hablar con él también podría hacerlo con las emisoras de radio, aunque fuera
por teléfono, y condenar con firmeza el golpe. Pero no lo hace. Tal vez por eso
el honorable presidente está nervioso, y, después, alzará la voz a los
dirigentes sindicales que van a verle; él, un hombre educado.
Hay que decir
en su descargo que la situación no era ninguna broma. Incluso en Barcelona,
donde parecía que los militares no intentaban nada, el propio teniente general
Pascual Galmés hablaba con el general Armada en una noche de equívocos, y
mandos sublevados daban orden a los carros de combate del Regimiento de
Caballería Numancia de Sant Boi de Llobregat de que se preparasen para salir
hacia la capital catalana. Tanques para entrar de nuevo en Barcelona, como en
1939. ¿Encontrarían resistencia los carros de combate? Por si acaso, algún
dirigente patronal había estudiado los meses anteriores a Gramsci para imaginar
cuál podía ser la actitud obrera si cambiaban las tornas: después de todo los
partidos de izquierda habían estado a un paso de ganar las elecciones al Parlament
de Catalunya el año anterior. Las cosas de la vida: dirigentes del Fomento del
Trabajo Nacional, la benemérita patronal catalana, estudiando a un dirigente
comunista italiano que había muerto en las cárceles del fascismo.
Era razonable
que el presidente de la Generalitat estuviera nervioso. Las noticias indicaban
que muchos capitanes generales eran cómplices del golpe. Después se conocería
la singular actuación de los tenientes generales Merry Gordon, de Sevilla;
Elícegui Prieto, de Zaragoza; y Campano López, de Valladolid. Además de Milans
del Bosch, en Valencia. Pero no eran los únicos, distintas fuentes publicadas
en los últimos años confirman que otros jefes militares estaban dispuestos a
apoyar el golpe de Estado: había confianza, a veces admiración, hacia Milans
del Bosch. También ambiciones personales: algún general se mostraba
predispuesto al golpe militar pero consideraba que Armada no sería tan buen
presidente del gobierno como él mismo; y ambigüedad calculada, indefinición,
temor a quedar en el bando perdedor, la indecisión humana que lleva a muchos a
esperar a ver para sumarse al golpe.
Nada nuevo. La
historia está llena de situaciones semejantes, y el cronista comprende las
dudas de la milicia. A las once y media de la noche, tres dirigentes de
Comisiones Obreras entran en el Palau de la Generalitat. Llegan con una huelga
general convocada. Horas antes el sindicato había ofrecido quinientos
militantes para defender a la Generalitat, pero la ayuda había sido rechazada.
Mientras tanto, Radio Nacional de España emitía música militar, evocadora de
otros desfiles salvadores, y la imprenta de Comisiones Obreras trabajaba con
ritmo frenético imprimiendo miles de octavillas llamando a la huelga general.
Eran los únicos: nadie más haría algo semejante. Hasta la sede del sindicato se
acercan los que quieren resistir al golpe: militantes cenetistas, entre otros.
En la puerta del palacio de la Generalitat, por la que entran los dirigentes de
Comisiones Obreras, unos mossos d’esquadra. Su capitán había ido horas antes a
ofrecerse a los militares para lo que hiciera falta: por ejemplo, para detener
a los que había dentro del palacio que teóricamente defendían. Hay un silencio
extraño, y los pasos resuenan en los adoquines. No hay nadie en la plaza, y las
muchedumbres no atruenan con sus gritos las calles históricas de la ciudad, de
la rosa de fuego. Entran, y ven que los mossos d’esquadra pasean nerviosos.
Arriba, tipos cansados, caras conocidas por la televisión, del Parlamento, los
ministros del gobierno catalán. De todas formas, poca gente.
Algunos están
sentados, derrumbados, con caras fúnebres. El cronista ha podido saber de
primera mano las palabras que se cruzaron los rojos de Comisiones Obreras con
Jordi Pujol, en el despacho del presidente de la Generalitat. También ha podido
conocer algunos temores, y la desolación de algunos rostros, inseguros de
permanecer allí. Los que han llegado son hombres jóvenes, que argumentan con
pasión; demasiado jóvenes, incluso, y se nota en la audacia de sus
convicciones, algo estrafalarias para el gusto del honorable, que se revuelve
inquieto. Y notan la curiosidad en el pescuezo, la sensación de la propia
importancia, aunque sea transitoria. El honorable está nervioso, con gesto
sombrío: unos minutos antes de entrar en su despacho con los dirigentes
sindicales ha hablado con el capitán general Pascual Galmés, y éste le ha
preguntado su opinión sobre la “solución Armada”. Se teme lo peor. El
presidente ha hecho momentos antes un llamamiento por radio diciendo que no hay
que hacer nada, y diciéndole al ciudadano que ha hablado con el rey. Pero no
parece que eso resuelva gran cosa. Es un rey que nadie sabe qué está haciendo:
tampoco el honorable. Corren rumores, algunos poco edificantes, y ninguno de
los presentes sospecha en ese momento que veinte años después aún no será
posible conocerlos en detalle.
La entrevista
del presidente con los dirigentes sindicales transcurre tensa. Y ahora hay
otras prioridades, además de saber qué hacen los generales con el sable. La
huelga general. El gobernador civil de Barcelona, hombre valeroso, ha dicho que
quedan prohibidas las manifestaciones, y las huelgas, y cualquier movimiento en
la calle. La autoridad está para eso. Aunque es improbable que les diga lo
mismo a los militares. El rictus de Pujol es la virtud cautiva, angustiada, del
país: y hasta su ruego al secretario general de las comisiones obreras –“mira
el televisor y si sale el rey, avisa”–, enternecedor. Y la discusión desaforada
–tabernaria, dicen– con la delegación sindical la cartografía precisa de su
impotencia ante el destino. Los argumentos del honorable para convencer a los
dirigentes sindicales de que hay que desconvocar la huelga general merecen
consignarse, para maravilla de las generaciones futuras: “Si el golpe fracasa
no hace falta ninguna huelga general y, si triunfa, la huelga general no sirve
para nada” No hay nada más clarividente que el desasosiego. Detrás, dejémoslo
dicho, apunta de nuevo el miedo a las muchedumbres, el temor a que la plebe sea
de nuevo la encargada de buscar al chacal, y de aplastarlo. Hay que ser justo:
entre los hombres que aquella noche están en el palacio de la Generalitat hay
uno, Heribert Barrera, que manifiesta su acuerdo con la huelga general y así lo
dice ante el honorable Pujol y ante los sindicalistas. Pero el gobierno de la
Generalitat dejará clara su posición: hay que mantenerse –dice a los
ciudadanos– en disposición de servir los intereses del país y eso debe hacerse,
especialmente, desde la normalidad laboral. Y en casa. Pujol creía, y aún cree,
que nadie debía ofrecer resistencia y que si llegaban los militares debían
dejarse capturar: con dignidad. Curiosas enseñanzas, reflexiones extraídas de
la sabiduría convencional de los tiempos, tal vez del largo verano de 1936.
Los
nacionalistas. Aman al país con pasión, y el cronista no tiene ningún derecho a
poner en entredicho sus sentimientos. Al fin y al cabo la historia está hecha,
también, de sentimientos. Mucho menos derecho tiene para ridiculizarlos, como
hacen algunos apátridas. En otros lugares de España, lo presentido. Los
nacionalistas vascos han huido: el palacio de Ajuria Enea está vacío. Es verdad
que no es así en el palacio de la Generalitat. Pero en aquel preciso día de
febrero de 1981 puede decirse que los nacionalistas no están, o, al menos, no
consideran necesario salir a defender al país. O
confunden al
país con la propia piel, algo que no deja de ser legítimo pero que está más
cerca de la ofuscación que del amor a la patria, sea la patria que sea, y eso
al cronista le importa poco. Tal vez, una confusión inocente, como la de aquel
presidente chileno, González Videla, que estaba convencido de que la UNESCO era
una cantante rumana.
De manera que
los nacionalistas no están. Estaba, sí, el honorable. Nervioso, confundido
porque aquellos jóvenes sindicalistas bolcheviques no quieren desconvocar la
huelga general. Para Pujol es evidente que la huelga general no ayuda, al
contrario, entorpece, crea confusión, puede provocar la reacción militar. Como
si algunos generales necesitasen ayudas para blandir el sable. Algunos
nacionalistas se dan cuenta de que en el futuro algunos les reprocharán su
impotencia. Llueve sobre mojado: después de todo, tampoco estuvieron para
defender Barcelona en 1939. Ahora, en ese día de febrero de 1981, es difícil
encontrarlos. De hecho, algunos bolcheviques que lo intentan tienen que volver
a sus guaridas con la extraña sensación de que otra vez están solos. Y Heribert
Barrera, hijo de un viejo anarcosindicalista del pasado republicano español,
que dice unas palabras dignas que pocos escuchan, pero que quedan registradas
para el futuro –incógnito, tal vez mezquino– que se avecina. Pero, como apunta
un diputado nacionalista, todos están preocupados por lo que pueda pasar: “Ens
mataran”, dice. Pese a todo los nacionalistas lanzan una consigna: “Cada uno en
su casa”. No hay que hacer nada. Contarán después, durante años, que no había
que caer en provocaciones, y que cualquier movimiento en falso podía ser
contraproducente. Es la sabiduría política, el abandono. Después, algún
cronista dirá que vestirán de sensatez y responsabilidad, hasta de patriotismo,
lo que sólo era impotencia y derrota.
Los
socialistas. No es posible tampoco localizarlos. No son los únicos: en esa
noche aciaga hay muchos dirigentes de partidos democráticos a los que no se
puede encontrar. Corren, otra vez, rumores, y extrañas historias sobre
desapariciones repentinas. Demasiadas personas estaban esa noche en el lugar
equivocado. Algunos periodistas cuentan después que los socialistas estaban en
las nubes. La desaparición es circunstancial: pocos días más tarde, con el
golpe fracasado, ya con el ánimo entero, participarán en primera línea en las
manifestaciones, lo que les honra. Tanta era su perplejidad e impotencia ante
las sorpresas de la vida, tanto su nerviosismo que ahora, veinte años después,
casi recuerdan –si se permite al cronista– el desvalido desorden de aquel
ministro del Interior peruano, con Fujimori, que en la operación para cazar a
Montesinos, el siniestro jefe de los servicios secretos, decía ante los
periodistas: “¡Estamos intentando ubicarle, para saber dónde está!”
La entrevista
del presidente de la Generalitat con los hombres de Comisiones Obreras termina
mal, sin acuerdos. Unos se van a preparar la huelga, en una noche tensa,
sabiendo que todo puede pasar. Otros, después, irán a dormir: Pujol, tras el
mensaje de Juan Carlos de Borbón, a las tres de la madrugada. ¿Estaba tranquilo
ya? El cronista no puede saberlo. Lo cierto es que aún después de la alocución
del monarca persistían muchas dudas: el mismo Juan Carlos de Borbón lee un
mensaje ambiguo, en el que no se condena con dureza el intento de golpe de Estado.
Habla, sí, de que no puede tolerar que se interrumpa el proceso democrático.
Pero no hay condena explícita de los sublevados: la situación no estaba aún
clara. De hecho, en la madrugada de ese día llegan nuevas tropas al Congreso de
los Diputados: las de Pardo Zancada. Y Sabino Fernández Campos, un militar que
era el secretario general de la casa real, autoriza al general Armada para ir
al Congreso de los Diputados y postularse ante Tejero como nuevo presidente del
gobierno, y resolver así el secuestro de los diputados y del gobierno en la
sede parlamentaria. Cuentan que la autorización fue de Fernández Campos, y no
de Juan Carlos de Borbón, pero hay muchas cosas oscuras en los movimientos de
esa larga noche en Madrid. Un buen hombre, Sabino Fernández, conocedor de las
calles barcelonesas. Veinte años después dirá que nunca había visto tanto
entusiasmo de los catalanes como cuando entró con las tropas fascistas en
Barcelona, en 1939.
La gestión del
general Armada termina mal. El teniente coronel Tejero le dijo que no reconocía
más que a Milans del Bosch como jefe, deshaciendo así la posibilidad de un
gobierno Armada. Para los suyos, para los sublevados, fue un hombre torpe el
teniente coronel. Pero esa noche, mientras unos iban a dormir y otros a preparar
la huelga, era evidente que la situación aún no estaba clara, hasta el punto de
que el propio Francisco Laína –responsable del gabinete de secretarios de
Estado y gobierno de facto– temía lo peor. Por eso, Comisiones Obreras moviliza
a sus hombres y mujeres, y no desconvoca las acciones previstas: se distribuyen
por zonas fabriles, por metros y autobuses, organizan piquetes. Sea como sea,
lo cierto es que los comunistas del PSUC y de Comisiones Obreras son los únicos
que desde el primer momento se lanzan a combatir a los golpistas. La confusión,
el miedo, la indefinición, incluso las fugas vergonzosas, harán mella en muchos
otros sectores. Hasta la traición aparece. Incluso en la Generalitat había
habido personas que se ofrecieron a los militares. Se arrimaban al sol más
caliente. Después, cuando a los sublevados les derrota su propia indecisión,
entre otras cosas, todo termina. Las veinticuatro horas de la vida de un país
están a punto de cerrarse, y con el famoso pacto del capó por el que se
rindieron Tejero y Pardo Zancada se abrirá un proceso que culminaría en los
tribunales y en la absolución e la mayoría de los golpistas.
El cronista no
ignora que podría escribirse un bonito fresco sobre la serena respuesta del
pueblo al golpe fascista. Pero aunque le atrae la lírica, no es posible.
Millones de españoles saldrán a la calle, en defensa de la democracia, pero el
día 27 de febrero.
Podría
abandonarse a la tentación de especular, de hurgar en algunas actitudes poco
honorables, pero no es conveniente, y hasta puede parecer poco elegante. Es
obligado, sí, dejar constancia de que los nutridos grupos de militantes que
llaman a la huelga general y reparten octavillas en el metro y en las fábricas
son los de siempre. Claro que tampoco pueden quejarse, al fin y al cabo hacían
algo parecido a lo que habían hecho años atrás, y tenían memoria y aprendizaje.
De modo que la respuesta de la población será desigual. No en vano a los
ciudadanos les llegaron mensajes contradictorios, llamamientos a la calma y
convocatorias a la huelga. Después, de nuevo, la amnesia, el olvido, la
desmemoria. No hay motivo de queja: ya sabemos que una de las proposiciones
fundamentales del maestro es que de lo que no se puede hablar, hay que guardar
silencio.
Al otro día,
por la tarde, más tranquilos, el monarca recibirá a los dirigentes políticos,
entre los que no se encuentra Pujol, envuelto en el palacio de la Generalitat
en una leve brisa de rencor, pese a que el honorable casi se había hecho
portavoz real en las horas difíciles del golpe. Los nacionalistas siempre se
mostrarán dolidos con el gesto. Los socialistas: recompondrán el rostro. Y,
después, el buen pueblo, que tiene una memoria personal precisa y es
comprensivo, sabrá justificar a sus dirigentes por la angustia de ayer. Incluso
les volverá a votar, porque se reconoce en esas caras. Al fin y al cabo está
escrito que la prudencia ha de ser siempre la guía de los pueblos. El cronista
cree que no hace falta anotar nada más, o apenas alguna enseñanza, ya antigua:
la democracia está consolidada mientras el poder del dinero no se inquieta. O
veinticuatro horas de la vida de un país, y una lejana inquietud, que sólo
añade melancolía y algunas sonrisas, en un país moderno que aún recuerda cuando
la gente se lavaba con piedra pómez: los que entonces eran tiernos infantes son
ahora aguerridos jóvenes adictos a la noche, que casi ignoran los riesgos que
corrieron.
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