viernes, 7 de enero de 2022

NOTICIERO RT 04/01/2022 - Decretan el estado de emergencia en todo Kazaj...

La economía en 2022, más nubes que claros. La economía en 2022, más nubes que claros. [El profesor Juan Torres López es uno de los escasísimos intelectuales o científicos sociales honestos que hoy tiene España, y a resultas de esa honestidad intelectual suya llega a conclusiones lógicas. El conocimiento (conclusión lógica de Torres López) precede a la acción. Y esto siempre es inexorablemente así. Pero el paso del conocimiento a la acción no constituye un acto mecánico que se produzca de forma automática sino que es un proceso humano que tiene que ser generado socialmente, construido políticamente. Este aspecto del paso del conocimiento a la acción no se contempla en el artículo de Torres López que se transcribe más abajo por la sencilla razón de que él no plantea erradicación alguna del modo de producción capitalista para ser sustituido por un nuevo modo de producción. Él describe una situación que desde el punto de vista formal-académico y desde su punto de vista merece pocas o ninguna crítica. Cosa distinta es cuando se abandona la formalidad académica oficial y se adentra uno en el terreno científico marxista, el que como cualquier otro aspecto humano no está ni puede estar exento de cuestiones ideológicas (formas de ver e interpretar la realidad). Los que propugnan el mantenimiento del capitalismo bajo alguna de sus innumerables formas, deliberadamente o no, explícitamente o no se sitúan a favor de los intereses de una exigua minoría, la capitalista, es decir, en la esfera ide0lógica del capitalismo frente a los intereses de la inmensa mayoría de la población que representa el trabajo, mientras que la postura radical y contraria, la que adopta el punto de vista favorable a los intereses del trabajo que constituye la inmensa mayoría de la sociedad la representa el marxismo, que por ser ciencia no parte de ninguna suposición imaginada sino de hechos materiales que pueden ser contrastados, y así, en la crisis capitalista de 2008 no ve una crisis que como todas las anteriores en la historia del capitalismo pueda ser superada, como puede ser comprobado empíricamente (con datos) desde entonces a hoy, situación que afianza y corroboran todas las prospecciones capitalistas de futuro que existen, sino la culminación del máximo grado de desarrollo y progreso social que puede llegar el modo de producción capitalista, marcando de esta manera el principio (2008) del proceso historíco de su desaparición como modo de producción histórico dominante para ser sustituido por un nuevo modo de producción histórico más desarrollado y perfecto: el socialismo, que es lo que propugnamos los marxistas (cuando lo propugnemos en la práctica)]

 

 

La economía en 2022, más nubes que claros

 

Por Juan Torres López

Rebelion

 05/01/2022 

 

Fuentes: Ganas de escribir


La mayoría de los economistas y organismos internacionales creyeron que 2022 sería el año de la definitiva normalización de la economía internacional tras la pandemia, después de una recuperación que se presumía potente y sin grandes obstáculos en el que está a punto de finalizar.

A la vista de cómo han ido evolucionando las circunstancias, todo hace indicar que estaban bastante equivocados y que 2022 puede ser otro año lleno de sobresaltos y dificultades económicas.

Como era de esperar desde el momento en que los países ricos acumularon vacunas dejando sin ellas a los más pobres, la pandemia no se acaba. Los sucesivos brotes han supuesto sobresaltos continuos que frenan la actividad económica y aumentan la vulnerabilidad, no solo económica sino también social y política en casi todos los países. Mientras no cambie la estrategia global de vacunación, no habrá recuperación definitiva posible. Las variantes del virus seguirán brotando y las economías volverán a resentirse por la incertidumbre, tensiones y frenazos que ya hemos visto que produce la Covid-19.

Lejos de resolverse en 2022, los desajustes entre oferta y demanda se agudizarán en todas las economías, por tres sencillas razones. Porque no son, como se dice, simplemente coyunturales o producidos por la pandemia sino que venían de antes; porque prácticamente no están recibiendo ningún tipo de respuesta por parte de los gobiernos, mientras que las grandes corporaciones refuerzan los comportamientos que produjeron el problema; y, finalmente, porque se trata de desajustes que se autoalimentan, al provocar incertidumbres y costes que obligan a modificar constantemente las previsiones y expectativas y dificultan la consolidación de estrategias a medio y largo plazo, y porque incentivan -como mecanismo de defensa- la concentración empresarial que desarticula los mercados.

Lo que está ocurriendo, en realidad, es que la globalización de los últimos cuarenta años hace aguas y nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato: China cambia su modelo y estrategia para garantizar su autonomía y Estados Unidos trata de consolidar y reforzar su dominio imperial cuando se debilita su hegemonía económica; mientras que el Reino Unido, Japón, la Unión Europea o Rusia tratan de no verse arrastrados por el vendaval. Todo parece indicar que 2022 puede ser el inicio definitivo de una nueva etapa de guerra fría, uno de cuyos efectos será inevitablemente la creciente tensión geopolítica que perturbará y debilitará cada día más a las economías de todo el mundo.

La industria mundial se encuentra en crisis desde antes de la pandemia; los sistema logísticos y de aprovisionamiento se estaban empezando a reestructurar cuando los confinamientos y sus secuelas los han envuelto en un auténtico caos; los mercados de materias primas siguen siendo coto de la especulación, exacerbada cuando la situación se hace, como ahora, más inestable; los precios de la energía se disparan a causa del agotamiento secular de la oferta, de los conflictos políticos y del gran poder concedido a los oligopolios que dominan la producción y distribución; y el cambio climático, las catástrofes y las amenazas de shocks sistémicos cada vez más presentes y graves, obligarán a asumir costes extraordinarios, se quiera o no, para paliar sus efectos.

Por todas esas razones, los precios no se van a moderar en 2022 y eso va a suponer otra fuente añadida de dificultades económicas. No se va a detener su crecimiento, en primer lugar, porque no va a desaparecer el conflicto de intereses y la asimetría de poder en los mercados que está produciendo su subida en medio de los desajustes y tensiones de todo tipo que acabo de mencionar; en segundo lugar, porque los bancos centrales no tienen instrumentos para combatir el tipo de inflación que se está disparando; y, finalmente, porque una vez abierta la espoleta y creadas expectativas de inflación, al no haberse combatido de raíz, las subidas de precios se autoalimentan sin remedio. Cuando los precios industriales están subiendo en algunos países en torno al 35%, es una quimera pensar que la subida podrá detenerse en unos pocos meses, como nos quieren hacer creer los desnortados responsables de los bancos centrales.

Por otro lado, es muy difícil que las economías mejoren sustancialmente en el próximo año cuando ni los gobiernos, ni los bancos centrales que aplican las políticas, ni los economistas de la corriente mayoritaria que las inspiran o proporcionan doctrina, tienen claro qué se debe hacer, ni por qué están haciendo lo que hacen.

A las políticas fiscal y monetaria de nuestro tiempo se les puede decir lo de la copla: ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio. Como ha escrito hace unos días Robert Skildesky, la política monetaria funciona en teoría, pero no en la práctica, y la política fiscal funciona en la práctica, pero no en teoría. El resultado es la improvisación, choques entre unas y otras y respuestas puramente cortoplacistas, aunque con un doble efecto seguro: aumento de la deuda en favor de la banca y la mayor concentración de riqueza en pocas manos de la historia.

Quienes gobiernan las economías lo están haciendo con instrumentos cuyo manual de funcionamiento desconocen o que responde a modelos, situaciones o problemas anteriores, y sería otro auténtico milagro que así se pueda disponer de respuestas y estrategias que garanticen estabilidad, ni siquiera a corto plazo, y la seguridad o certidumbre que precisa la vida económica para desenvolverse sin caídas constantes.

A todo ello cabe unir el viejo problema de la vulnerabilidad extrema del sistema financiero internacional, cada vez más concentrado y expuesto a niveles de riesgo sistémico extraordinarios que trasvasan al aparato productivo, a las empresas y los hogares en forma de sobrecostes, endeudamiento innecesario y falta de asistencia financiera. Un proceso que no sólo no se frena sino que se permite, se financia e incluso se incentiva y que será otro lastre que impedirá la recuperación económica generalizada en 2022.

No se piense que hago un análisis pesimista. Sucede que el mundo es pésimo, como decía José Saramago, de cuyo nacimiento, por cierto, hará un siglo en noviembre del año que empieza.

Es pésimo porque ni aprendemos ni parece que estemos dispuesto a hacerlo.

Por si no lo teníamos claro, la pandemia ha puesto sobre la mesa que la vida en el planeta es frágil, que alterar las leyes naturales tiene consecuencias trágicas y que ni los mercados ni el afán de lucro como único objetivo de la actividad económica pueden proporcionar soluciones adecuadas a los problemas verdaderamente graves de la humanidad.

Hemos podido comprobar fehacientemente que la cooperación, la solidaridad y la salvaguarda prioritaria del interés común no son una mera opción moral sino la estrategia más pragmática para la supervivencia. Se ha demostrado que la intervención del Estado, el conocimiento compartido y la financiación adecuada de los servicios públicos esenciales son la única forma de garantizar el bienestar humano y también la eficiencia o incluso la propia vida de las empresas y el capital privado.

Y estamos comprobando con la sexta ola del coronavirus que no actuar conforme a esos principios vuelve a hacernos frágiles y a exponernos a nuevos riesgos.

Pero ni siquiera tener esas evidencias delante de nuestros ojos nos ha servido para hacer bien las cosas.

Seguimos dejando las manos libres a quienes siembran el desorden; es verdad que los gobiernos y las grandes instituciones utilizan mayor munición, incluso negando sus propias doctrinas previas, como he dicho, pero no dejan de empujar a las economías por el mismo carril que destroza el planeta y multiplica la desigualdad. Se permite que las instituciones que deben defendernos se degraden y -¡seamos claros de una vez!- se fomenta el uso de la mentira y la confrontación civil como un instrumento más para consolidar el poder económico y financiero que domina el mundo.

Puesto que las cosas nunca son completamente blancas o negras, tendremos tendencias económicas contrarias y complejas en 2022, pues ni todos los gobiernos son iguales ni todos los sujetos o grupos sociales con más o menos poder económico se mueven en la misma dirección, o tienen el mismo interés. Pero me temo que la degradación paulatina, la inestabilidad, el desconcierto y el agravamiento de los problemas es lo que más probablemente puede ocurrir cuando no cambian los principios ni el encuadre general en que se mueve la economía.

Fuente: https://juantorreslopez.com/la-economia-en-2022-mas-nubes-que-claros/

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jueves, 6 de enero de 2022

La CIA en la recolonización encubierta de África

 

La CIA en la recolonización encubierta de África

 

Diario octubre / enero 6, 2022

 


En 1958, un año después de independizarse del dominio colonial, Ghana acogió una conferencia de dirigentes africanos, la primera reunión de este tipo en el continente. Por invitación del recién elegido primer ministro de Ghana, Kwame Nkrumah, que aparece en la foto de portada, asistieron más de 300 dirigentes de 28 territorios africanos, entre ellos Lumumba, del todavía Congo belga, y Frantz Fanon, que entonces vivía en la Argelia francesa. Fue una época de potencial ilimitado para un grupo de personas decididas a trazar un nuevo rumbo para sus tierras. Pero el anfitrión quiere que sus invitados no olviden los peligros que les acechan. “No olvidemos tampoco que el colonialismo y el imperialismo pueden seguir llegando a nosotros de otra forma, no necesariamente desde Europa”.

Los agentes que Nkrumah temía ya estaban presentes. Poco después de comenzar el acto, la policía ghanesa detuvo a un periodista que se había escondido en una de las salas de conferencias cuando, al parecer, intentaba grabar una sesión a puerta cerrada. Como se descubrió más tarde, el periodista trabajaba en realidad para una organización de fachada de la CIA, una de las varias organizaciones representadas en el evento.

La académica británica Susan Williams pasó años documentando estos y otros ejemplos de operaciones encubiertas de Estados Unidos en los primeros años de la independencia africana. El libro resultante, “Malicia blanca: la CIA y la recolonización encubierta de África” (*), es quizá la investigación más exhaustiva realizada hasta la fecha sobre la participación de la CIA en África a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960. En más de quinientas páginas, Williams rebate las mentiras, los engaños y los alegatos de inocencia de la CIA y otras agencias estadounidenses para revelar un gobierno que nunca dejó que su incapacidad para comprender las motivaciones de los dirigentes africanos le impidiera intervenir, a menudo con violencia, para socavarlos o derrocarlos.

Aunque aparecen algunos otros países africanos, “Malicia blanca” trata esencialmente de dos países que preocupaban a la CIA en aquella época: Ghana y la actual República Democrática del Congo. El atractivo de Ghana para la agencia se basaba simplemente en su lugar en la historia. Al ser la primera nación africana en obtener la independencia, en 1957, y el hogar de Nrukmah -el defensor de la autodeterminación africana más respetado de la época-, el país era inevitablemente una fuente de intriga. El Congo se liberó de sus ataduras coloniales poco después, en 1960. Por su tamaño, su posición cerca de los bastiones de la dominación blanca en el sur de África y sus reservas de uranio de alta calidad en la mina de Shinkolobwe, en la provincia de Katanga, el país se convirtió rápidamente en el siguiente foco de interés -e injerencia- de la CIA en África.

“Este es un punto de inflexión en la historia de África”, dijo Nkrumah a la Asamblea Nacional de Ghana durante una visita del Primer Ministro congoleño Lumumba, pocas semanas después de que comenzara la autonomía del Congo. “Si permitimos que la independencia del Congo se vea comprometida de alguna manera por las fuerzas imperialistas y capitalistas, estaremos exponiendo la soberanía e independencia de toda África a un grave riesgo”.

Nkrumah comprendía muy bien la amenaza y las personas que estaban detrás de ella. Sólo unos meses después de su discurso, Lumumba fue asesinado por un pelotón de fusilamiento belga y congoleño, abriendo la puerta a décadas de tiranía prooccidental en el país.

El asesinato de Lumumba se recuerda ahora como uno de los puntos más bajos de los primeros años de la independencia africana, pero la falta de documentación ha permitido a los investigadores partidistas restar importancia al papel de la CIA. Esta falta de responsabilidad ha permitido que la Agencia aparezca sin culpa, al tiempo que ha reforzado una visión fatalista de la historia africana, como si el asesinato de un funcionario electo fuera sólo otra cosa terrible que “le ocurrió” a un pueblo que no estaba en absoluto preparado para afrontar el reto de la independencia.

Pero, como muestra Williams, la CIA fue de hecho uno de los principales artífices del complot. Pocos días después de la visita de Lumumba a Ghana, Larry Devlin, jefe de la agencia en el Congo, advirtió a sus superiores de un vago complot de toma de posesión en el que participaban soviéticos, ghaneses, guineanos y el Partido Comunista local. Es “difícil determinar los principales factores de influencia”, dijo. A pesar de la total falta de pruebas, estaba seguro de que el “período decisivo” en el que el Congo se alinearía con la Unión Soviética no estaba “muy lejos”. Poco después, Eisenhower ordenó verbalmente a la CIA que asesinara a Lumumba.

Al final, los agentes de la CIA no dirigieron el pelotón de fusilamiento para matar a Lumumba. Pero como deja claro Williams, esta distinción es menor si se tiene en cuenta todo lo que hizo la agencia para ayudar al asesinato. Tras inventar y difundir la falsa trama de una toma de poder prosoviética, la CIA explotó su multitud de fuentes en Katanga para proporcionar información a los enemigos de Lumumba, haciendo posible su captura. Ayudaron a llevarlo a la prisión de Katanga, donde estuvo recluido antes de su ejecución. Williams incluso cita unas líneas de un informe de gastos de la CIA recientemente desclasificado para demostrar que Devlin, el jefe de la estación, ordenó a uno de sus agentes que visitara la prisión poco antes de que se dispararan las balas.

Cuando Nkrumah se enteró del asesinato de Lumumba, lo sintió “de una manera muy vívida y personal”, según June Milne, su asistente de investigación británica. Pero por muy horrible que fuera la noticia para él, el estadista ghanés no se sorprendió.

White Malice es un triunfo de la investigación de archivos, y sus mejores momentos son cuando Williams deja hablar a los actores de ambos bandos. Aunque los libros sobre la independencia de África suelen presentar a Nkrumah y a sus compañeros como paranoicos y desesperadamente idealistas, al leer sus palabras junto a una montaña de pruebas de las fechorías de la CIA, uno comprende que el miedo y el idealismo eran respuestas totalmente pragmáticas a las amenazas de la época. La visión de Nkrumah sobre la unidad africana no era la quimera de un político ingenuo e inexperto; era una respuesta necesaria a un esfuerzo concertado para dividir y debilitar el continente.

En el propio país de Nkrumah, el gobierno estadounidense no parece haber llevado a cabo una política de asesinatos directos. Pero sí actuó de otras maneras para socavar al dirigente ghanés, justificando a menudo sus estratagemas con el mismo tipo de racionalizaciones paternalistas que los británicos habían utilizado antes. Estos esfuerzos culminaron en 1964, cuando los especialistas en África Occidental del Departamento de Estado de Estados Unidos enviaron un memorando a G. Mennen Williams, jefe del Departamento de Estado de Estados Unidos. Mennen Williams, jefe de asuntos africanos del departamento, titulado “Propuesta de programa de acción para Ghana”. El memorándum establecía que Estados Unidos debía iniciar “esfuerzos intensos” que incluyeran “guerra psicológica y otros medios para disminuir el apoyo a Nkrumah en Ghana y fomentar la creencia entre el pueblo ghanés de que el bienestar y la independencia de su país requieren su destitución”. En otro expediente de ese año, un funcionario de la Oficina de Relaciones de la Commonwealth británica menciona un plan, aparentemente aprobado en los niveles más altos del Servicio Exterior, para “ataques a Nkrumah secretos y no atribuibles”.

El nivel de coordinación entre los gobiernos de dentro y fuera de Estados Unidos puede haber escandalizado a Nkrumah, quien, hasta el final de su vida, estaba al menos dispuesto a creer que la CIA era una agencia deshonesta, que no rendía cuentas a nadie, ni siquiera a los presidentes estadounidenses.

“Malicia blanca” deja pocas dudas, si es que las hay, de que la CIA hizo un gran daño a África en los primeros días de su independencia. Pero mientras Williams presenta numerosos casos en los que la CIA y otras agencias socavaron gobiernos africanos, a menudo de forma violenta, la estrategia más amplia de la CIA en África -aparte de negar uranio y aliados a la Unión Soviética- sigue siendo opaca. Lo que llamamos “colonización”, tal y como la practican Gran Bretaña, Francia, Bélgica y otros países, implica una vasta maquinaria de explotación -escuelas para formar a los niños en la lengua de los amos, ferrocarriles para agotar los recursos del interior-, todo ello mantenido por un ejército de funcionarios.

Pero incluso en el Congo, la presencia de la CIA era relativamente pequeña. Los enormes presupuestos y la libertad para hacer casi todo lo que quisiera en nombre de la lucha contra el comunismo le dieron una influencia desmesurada en la historia de África, pero sus cifras nunca rivalizaron con las burocracias coloniales a las que debía sustituir.

Williams muestra cómo la CIA conspiró con empresarios que se beneficiaban de los gobiernos africanos prooccidentales en el Congo y Ghana. Pero lejos de ser una práctica sistemática de extracción, los planes de la agencia para África parecen a menudo llenos de contradicciones.

Esto es especialmente cierto tras el asesinato de Lumumba; un exceso de secretismo sigue impidiendo un recuento completo. Pero los documentos que han sido arrancados de las manos de la Agencia detallan una multitud de operaciones aéreas de la CIA en el Congo, en las que participaron aviones propiedad de empresas de fachada de la CIA y pilotos que eran a su vez personal de la CIA. Durante un periodo de agitación, la agencia parecía estar en todas partes del país a la vez. “Pero”, escribe Williams, “es una situación confusa en la que la CIA parece haber estado en varios caballos a la vez yendo en diferentes direcciones”. La agencia “apoyó la guerra de [el presidente secesionista de Katangan, Moses] Tshombé contra la ONU; apoyó la misión de la ONU en el Congo; y apoyó la fuerza aérea congoleña, el brazo aéreo del gobierno de Leopoldville”.

Por contradictorios que parezcan estos esfuerzos, todos ellos, escribe Williams, “contribuyeron al objetivo de mantener todo el Congo bajo la influencia estadounidense y proteger la mina de Shinkolobwe de cualquier incursión soviética”.

Incluso si estos planes contradictorios compartieran un objetivo común, no es descabellado preguntarse si debemos considerarlos como colonialismo —neo o no— o más bien como la respuesta esquizofrénica de una agencia ebria de poder. En “Malicia blanca”, la capacidad de la CIA para cometer asesinatos y sembrar la discordia se pone de manifiesto. Sin embargo, su capacidad para gobernar lo es menos.

(*) https://www.publicaffairsbooks.com/titles/susan-williams/white-malice/9781541768284/

FUENTE: mpr21.info

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China firma un acuerdo con la Celac: ¿cuáles son los puntos clave?

 

China firma un acuerdo con la Celac: ¿cuáles son los puntos clave?

(La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es un mecanismo intergubernamental de diálogo y concertación política. Incluye a los treinta y tres (33) países de América Latina y el Caribe. Surge con el compromiso de avanzar en el proceso gradual de integración de la región, haciendo un sabio equilibrio entre la unidad y la diversidad política, económica, social y cultural de los 600 millones de habitantes de América Latina y el Caribe.)

Diario octubre / enero 5, 2022

 


Pekín y los Estados miembro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) acordaron el mes pasado adoptar el Plan de Acción Conjunto China-Celac para la Cooperación en Áreas Clave (2022-2024), según un comunicado publicado en la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores del país asiático.

El documento, dividido en siete apartados, aborda la cooperación política y de seguridad. Ambas partes se comprometen a fortalecer los contactos y reuniones de alto nivel entre sus líderes y representantes, destacando que en 2024 se podría celebrar una cumbre del Foro China-Celac.

También han decidido trabajar juntos para facilitar la implementación de la resolución 1540 de la ONU con el fin de “avanzar de manera efectiva en el desarme y la no proliferación de armas de destrucción masiva”. Asimismo, buscarán luchar contra todas las formas de terrorismo y manifestaciones de delincuencia organizada transnacional, incluido el tráficio ilícito de armas, el lavado de dinero y la ciberdelincuencia.

Cooperación económica y 5G

Por otro lado, Pekín y la Celac pretenden fortalecer los intercambios entre las entidades de promoción comercial y de inversiones y las asociaciones comerciales, así como promover la cooperación pragmática entre empresas.

China buscará brindar un “apoyo clave” a proyectos estratégicos que beneficien el desarrollo económico y social sostenible de dichas naciones, sobre todo el de los pequeños Estados insulares en desarrollo, Estados bajos litorales y países del istmo centroamericano.

Las partes aspiran ampliar la cooperación agrícola bilateral y multilateral, fortalecer los intercambios científicos, tecnológicos y académicos, y mejorar los intercambios y la cooperación en el uso civil pacífico de la energía y la tecnología nucleares para promover el desarrollo económico y el bienestar de las personas, así como para enfrentar los retos que presenta el cambio climático.

En este sentido, Pekín y la Celac han acordado incrementar la cooperación en infraestructura digital, equipos de telecomunicaciones, 5G, big data, computación en la nube, inteligencia artificial, Internet de las cosas, ciudades inteligentes, entre otras cuestiones, además de explorar la construcción de laboratorios conjuntos.

Campo aeroespacial y desarrollo sostenible

Por otro lado, se comprometen a fortalecer los intercambios y la cooperación en el campo aeroespacial, la aviación civil, las políticas públicas en la industria energética y sus recursos, el turismo, el transporte y la protección ambiental.

Las partes también han acordado intensificar el diálogo sobre políticas en salud pública, profundizar la solidaridad y la cooperación en lo que respecta a la pandemia del covid-19, erradicar la pobreza, promover el aprendizaje mutuo sobre las civilizaciones de China y los Estados que conforman la Celac y preservar la diversidad cultural.

Por último, el país asiático y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños aseguran que desean implementar de manera activa la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible con el objetivo de lograr un “desarrollo global más sólido, más verde y equilibrado, a fin de no dejar a nadie atrás”.

FUENTE: RT / CubaSí

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miércoles, 5 de enero de 2022

El Manifiesto Comunista - Marx y Engels (3/3)

Puturru de Fua - Reyes Majos

La desertificación está dejando la Tierra estéril, pero hay una solución que todavía está a nuestro alcance

 

La desertificación está dejando la Tierra estéril, pero hay una solución que todavía está a nuestro alcance

 

Por David R. Montgomery 

Rebelion

05/01/2022 


Fuentes: The Guardian [Imagen: En España aproximadamente un quinto de toda la tierra está en alto riesgo de desertificación. Fotografía: David Ramos/GettyImages]



Traducido por Eva Calleja

La expansión de las tierras áridas está dejando a países enteros enfrentados a la hambruna. Es hora de cambiar la manera en la que pensamos sobre la agricultura.

Este verano las olas de calor sin precedentes y los dramáticos incendios en el sur de Europa y en el oeste norteamericano fueron duros recordatorios de que la crisis climática está aquí.  Pero mientras el mundo se calienta, también hay una crisis más silenciosa y menos conocida desarrollándose bajo nuestros pies.  La desertificación, durante mucho tiempo vista como una crisis que principalmente afecta a las naciones en desarrollo, está llegando también a Europa y Norteamérica, a medida que las sequias cada vez extremas tuestan los suelos ya degradados por las prácticas agrícolas y de pastoreo convencionales.

En España, por ejemplo, aproximadamente un quinto de toda la tierra está ahora en alto riesgo de desertificación, como también lo está la tierra agrícola en Italia, Grecia y el oeste de Norteamérica.

La desertificación es un proceso que convierte las tierras fértiles en tierras áridas debido a la interacción  entre los efectos de la actividad humana y los extremos climáticos.  La degradación del suelo es la disminución de su capacidad para mantener cultivos y ganado, ya sea por la erosión de su capa superficial fértil o por la pérdida de su capacidad de retener el agua, materia orgánica rica en nutrientes y la vida que lo mantiene.  Las praderas semiáridas como el Sahel y las llanuras del oeste de Norteamérica son las más vulnerables debido a que la perdida de la vegetación nativa resistente a las sequias puede desencadenar  una degradación rápida del suelo y una pérdida de productividad agrícola.

Sin embargo, un clima cambiante no es la única causa detrás de la desertificación. Cómo tratamos la tierra, cómo cultivamos y pastoreamos, también importa. Los suelos sanos y llenos de vida retienen mejor la humedad que cae sobre los campos agrícolas.

La desertificación es un problema creciente. Una auditoria de la UE de 2018 encontró que, solo en Europa, un área dos veces la superficie de Portugal había entrado en un alto riesgo de desertificación en la década anterior.  En décadas recientes 13 estados de la EU se declararon afectados debido a que la región mediterránea experimentó una expansión significativa de las tierras áridas (regiones con baja pluviometría).  Se estima que la degradación del suelo cuesta decenas de miles de millones de euros al año en la UE, y sin embargo, la manera en la que los agricultores tratan el suelo sigue prácticamente sin regular en ambos lados del Atlántico en lo que se refiere a la salud del suelo.

La amenaza de desertificación y de la degradación del suelo aumentará a medida que progresa la crisis climática.  Un informe de 2018 encontró que la degradación de la tierra ya afecta al bienestar de al menos 3.2 miles de millones de personas, más de un tercio de la humanidad. Entre 1982 y 2015 las prácticas insostenibles de uso de la tierra ya desertificaron un 6% de las tierras áridas del mundo.  Globalmente, se estima que el área de tierras áridas aumente en un 23% este siglo.

Ya se prevé que el aumento de temperatura reducirá las cosechas de cultivos básicos como el trigo, el arroz, el maíz y la soja en un 3-7% por cada 1ºC de aumento. En el estado de Washington, por ejemplo, este año las cosechas de trigo han disminuido a la mitad debido a una sequía devastadora. Madagascar se enfrenta ahora a una hambruna provocada por el cambio climático.

Pero no son solo las sequias las que provocan el problema. Las prácticas agrícolas que degradan el suelo reducen la resiliencia de los cultivos debido a que el empeoramiento de las condiciones afecta las cosechas. Las tierras áridas son particularmente sensibles a la degradación por el laboreo y el sobrepastoreo. Si continua, la degradación del suelo aumentará aún más la amenaza a la producción agrícola en regiones de las que la humanidad depende para alimentarse.

Mirando atrás en la historia, es claro que la desertificación y la degradación del suelo no son problemas nuevos.  Desde la llegada de la agricultura, la humanidad ha degradado hasta un tercio de la tierra potencialmente cultivable del mundo.  Este patrón refleja tanto una larga historia de erosión provocada por el arado, como la adopción más reciente de prácticas agrícolas modernas que agotan la materia orgánica y perturban los ecosistemas del suelo.  Desafortunadamente, estamos repitiendo el problema a escala global.

Las prácticas ahora convencionales de cultivo y pastoreo que degradan el suelo dejan a los agricultores de todo el mundo cada vez más dependientes de grandes cantidades de fertilizantes y plaguicidas químicos. El declive de la salud del suelo debido al agotamiento dela materia orgánica y de la vida del suelo es un problema crítico cada vez más reconocido.

Según un informe de la EU de 2015 vamos camino de degradar otra tercera parte de la tierra cultivable global en el curso de este siglo.  Estamos dejando la tierra más frágil y a nuestros cultivos más vulnerables al mismo tiempo que el cambio climático está creando presiones medioambientales sin precedentes.

Para combatir y revertir la creciente amenaza de desertificación y degradación de los suelos necesitamos reducir las emisiones de carbono y cambiar la manera en la que cultivamos.  No tenemos que reaprender lecciones de las sociedades pasadas que degradaron sus suelos.  Pero para evitar su suerte necesitamos reorientar nuestra agricultura en torno a prácticas de cultivo y pastoreo que regeneren la salud del suelo.

Hace varios años, visité y escribí sobre granjas y ranchos de todo el mundo que habían restaurado la fertilidad de tierras antes degradadas.  Vi como la agricultura y el pastoreo regenerativo basado en prácticas de creación de suelos pueden revertir su degradación, reconstruir la salud del suelo y hacer que las granjas sean más resilientes ante fenómenos meteorológicos extremos, mientras que se mantienen buenas cosechas.  Pero se necesita reemplazar las prácticas agrícolas convencionales que dependen de un laboreo intensivo y del uso masivo de fertilizantes químicos por prácticas que priorizan la salud del suelo.

Además de los intensos esfuerzos para reducir las emisiones de carbono derivadas de los combustibles fósiles, necesitamos un impulso global sostenido para reconstruir la salud de los suelos agrícolas del mundo.  Afortunadamente, esto último puede ayudar con lo primero.  Las prácticas agrícolas que crean suelos sanos convierten el dióxido de carbono capturado de la atmosfera en materia orgánica para el suelo. Mientras que el potencial de los suelos para secuestrar carbono sigue siendo intensamente debatido, incluso las estimaciones más prudentes ayudarían a ralentizar el cambio climático.

El suelo es el cimiento de la vida en la Tierra. A medida que nos enfrentamos a un siglo con condiciones meteorológicas cada vez más volátiles y con una población en aumento,  lo necesitamos en sus mejores condiciones para sustentarnos.  La humanidad debe tomarse en serio nuestra responsabilidad colectiva intergeneracional para conservar la salud y la fertilidad de nuestra tierra, sin importar donde vivamos.

David R. Montgomery es profesor de geomorfología en la Universidad de Washington, y autor de Tierra: La erosión de la civilizaciones (Dirt: TheErosion of Civilizations ) y  Cultivando una revolución: Devolver la salud a nuestros suelos (Gorwing a Revolution:Bringingoursoil back tolife).

Fuente: https://www.theguardian.com/commentisfree/2021/sep/02/desertification-barren-solution-famine-agriculture?

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Treinta años sin la Unión Soviética

 

Treinta años sin la Unión Soviética

 

Por Higinio Polo 

Rebelion

04/01/2022 


Fuentes: Mundo Obrero


Se han cumplido ahora treinta años de la destrucción de la Unión Soviética.

Violando el referéndum de marzo de 1991, donde la gran mayoría de la población de las repúblicas soviéticas votó por la conservación de la URSS, los tres conspiradores (el presidente ruso, Yeltsin; el ucraniano Kravchuk y el bielorruso Shushkévich) que se reunieron a espaldas de Gorbachov en el bosque de Białowieża el 8 de diciembre de 1991, junto a la frontera polaca, disolvieron la Unión protagonizando un golpe de Estado que recibió el inmediato apoyo de todos los poderes occidentales. Los tres de Białowieża se revelarían después como unos corruptos y ladrones. Yeltsin era un demagogo que supo engañar a la población rusa: se hizo elegir como defensor de Lenin y giró en unos meses a imponer el capitalismo de bandidos.

La operación contó con la complicidad de Estados Unidos, que conocía las intenciones de los conjurados y abonaba la partición del país. En el trasfondo había una desmedida ambición de poder del turbio y borracho Yeltsin: quería todo el poder del Kremlin y para ello debía expulsar a Gorbachov, y la forma de conseguirlo era disolver la Unión Soviética.

Cuando Gorbachov fue informado por Shushkévich del acuerdo de disolución de la URSS, el pusilánime presidente se sintió incapaz de oponerse a la conjura, debilitado por el fuego cruzado de quienes encabezaron con el vicepresidente Yanáyev la intentona fracasada de agosto de 1991 para apartarlo del poder y quienes como Yeltsin y los dirigentes nacionalistas conspiraban en el desorden creado por la perestroika. Gorbachov podía haber resistido, ejerciendo su poder como presidente de la URSS, pero fue un funesto gobernante: abandonó y dejó el campo libre a Yeltsin. Si el proyecto de Gorbachov era la renovación del socialismo y del país, se rodeó de los peores dirigentes para hacerlo, como Yakovlev o Shevardnadze. Yakolev admitiría después que en los años de la perestroika trabajaba para liquidar el Partido Comunista. Además, las decisiones de Gorbachov desorganizaron la economía y crearon un creciente caos que aprovecharon los enemigos del socialismo.

Sigue asombrando cómo personajes de la calaña de los tres de Białowieża pudieron llegar a puestos tan relevantes en el PCUS: los comunistas rusos explican hoy que una parte de la organización había degenerado. Los Yeltsin, Kravchuk, Shushkévich, el kazajo Nazarbáiev, el uzbeko Karímov, el azerí Mutallibov y otros, vieron la ocasión propicia para apoderarse de la riqueza del país: todos ellos disolvieron el partido comunista en sus repúblicas y acabaron organizando partidos derechistas: empezaba el tiempo de los ladrones, que aún no ha terminado. También asombra que muchos intelectuales creyeran a un sujeto como Yeltsin, un corrupto, hipócrita y borracho que, dos años después, en 1993, bombardearía el parlamento ruso causando una matanza en Moscú.

Ahora, con ocasión del treinta aniversario de la disolución, Kravchuk fue entrevistado en la televisión rusa y siguió con sus armas de tramposo: «Si Białowieża fue un golpe de Estado, ¿por qué nadie se rebeló?», dijo. Ocultó que Gorbachov había dimitido como secretario general y hecho un llamamiento para disolver el partido ya en agosto de 1991, y que el día 29 de ese mismo mes el Partido Comunista fue prohibido en toda la Unión Soviética, y sus locales incautados, y que en las repúblicas gobernaban oportunistas como el uzbeko Karímov que pasó de apoyar la intentona de Yanáyev a prohibir el Partido Comunista en Uzbekistán. Los millones de comunistas soviéticos carecían de dirección, y todas las organizaciones del partido estaban prohibidas: también comenzaba la persecución.

En el tránsito al capitalismo murieron millones de personas. La traición llegó tan lejos que había agentes de la CIA en el gobierno de Yeltsin e incluso en las instalaciones nucleares, que diseñaron la privatización y el robo de la propiedad pública. Los golpistas de Białowieża sabían que la mera persistencia de la Unión Soviética era un impedimento para sus objetivos de gángsters. Sin embargo, pese a la represión, el comunismo no ha desaparecido: el partido comunista ruso, reorganizado, continúa siendo la principal fuerza política del país, aunque le roben las elecciones, como ocurrió en 1996 con Yeltsin o en los recientes comicios a la Duma.

La destrucción de la Unión Soviética dio inicio a un nuevo ciclo de explotación y latrocinio en el mundo y estimuló la voracidad imperialista de Estados Unidos, que quiso someter al planeta sin temor a la oposición soviética, aunque fracasó, y después llegó China. Pero esa es otra historia, aunque sea la misma.

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Los (supuestos) límites del capitalismo. Los (supuestos) límites del capitalismo. [Lo que no tiene límite es la voracidad del capitalista por hacer crecer los capitales. Pero el capitalista que puede ser alto, bajo, feo, guapo, pervertido moral, moreno o rubio no es el capitalismo. Punto primero a tener en cuenta por los trabajadores. Y, esto no es ocurrencia mía sino el resultado de los estudios realizados por Marx y Engels, entre otros, acerca del modo de producción capitalista. Qué otra cosa representa la crisis de 2008 más que el principio del fin del proceso histórico que inexorablemente conducirá (mecánicamente o automáticamente no, hermano, que se habla de un proceso histórico) a la extinción histórica del modo de producción capitalista como modo de producción dominante (que lo siento paisano tener que utilizar términos marxistas, pero que no hay otros para poderse entenderse). Hasta 2008 el capitalismo cumple su función histórica de desarrollar todas las fuerzas productivas que condujeron al progreso social. A partir de esta fecha, y en tus gafas encomiendo estas líneas patrona de la vista Santa Lucia de mi vida y mi corazón, ¿alguien ha podido ver –yo digo ver, no creer en nada por aquí, nada por allí, solución de la crisis, social y que no me hagas reír María Luisa- desde 2008 a esta parte algún signo de desarrollo de las fuerzas productivas o algún síntoma de progreso social? ¿Lo visto de desde 2008 a esta parte no es más bien un mazacote macizón de regreso social –quiere decirse, queridos, empeoramiento generalizado de las condiciones de vida cada vez más intenso y extenso para cada vez más gente? ¿No será esto el “límite” del capitalismo? Ea, pues venga, como buenos amigos, cada mochuelo a su olivo, pero sin discutir que es muy temprano y a leer El Capital que es mucho gueno, maño. Más liao que la pata un romano, pero mucho gueno, que eso ya lo he dicho. Sí, sí, lo de maño también lo he dicho.]

 

Los (supuestos) límites del capitalismo

 

Raúl Zibechi

El Viejo Topo

3 enero, 2022 


 


Durante mucho tiempo una parte de los marxistas aseguraron que el capitalismo tiene límites estructurales y económicos, fincados en leyes que harían inevitable su (auto) destrucción. Esas leyes son inmanentes al sistema y se relacionan con aspectos centrales del funcionamiento de la economía, como la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, analizada por Marx en El capital.

Esta tesis dio pie a que algunos intelectuales hablaran del derrumbe del sistema, siempre como consecuencia de sus propias contradicciones.

Más recientemente, no pocos pensadores sostienen que el capitalismo tiene límites ambientales que lo llevarían a destruirse o por lo menos a cambiar sus aspectos más depredadores, cuando en realidad lo que tiene límites es la propia vida en el planeta y, muy en particular, la de la mitad pobre y humillada de su población.

Hoy sabemos que el capitalismo no tiene límites. Ni siquiera las revoluciones han podido erradicar este sistema ya que, una y otra vez, en el seno de las sociedades posrevolucionarias se expanden relaciones sociales capitalistas y desde dentro del Estado resurge la clase burguesa encargada de hacerlas prosperar.

La expropiación de los medios de producción y de cambio fue, y seguirá siendo, un paso central para destruir el sistema, pero, a más de un siglo de la revolución rusa, sabemos que es insuficiente, si no existe un control comunitario de esos medios y del poder político encargado de gestionarlos.

También sabemos que la acción colectiva organizada (lucha de clases, de géneros y de colores de piel, contra las opresiones y los opresores) es decisiva para destruir el sistema, pero esta formulación también resulta parcial e insuficiente, aunque verdadera.

La actualización del pensamiento sobre el fin del capitalismo, no puede sino ir de la mano de las resistencias y construcciones de los pueblos, de modo muy particular de zapatistas y kurdos de Rojava, de los pueblos originarios de diversos territorios de nuestra América, pero también de los pueblos negros y campesinos, y en algunos casos de lo que hacemos en las periferias urbanas.

Algunos puntos parecen centrales para superar este desafío.

El primero es que el capitalismo es un sistema global, que abarca todo el planeta y debe expandirse permanentemente para no colapsar. Como nos enseña Fernand Braudel, la escala fue importante en la implantación del capitalismo, de ahí la importancia de la conquista de América, ya que le permitió, a un sistema embrionario, desplegar sus alas.

Las luchas y resistencias locales son importantes, pueden incluso doblegar al capitalismo a esa escala, pero para acabar con el sistema es imprescindible la alianza/coordinación con movimientos en todos los continentes. De ahí la tremenda importancia de la Gira por la Vida que estos días realiza el EZLN en Europa.

El segundo es que no se destruye el sistema de una vez para siempre, como debatimos durante el seminario El pensamiento crítico frente a la Hidra capitalista, en mayo de 2015. Pero aquí hay un aspecto que nos desafía profundamente: sólo la lucha constante y permanente, puede asfixiar el capitalismo. No se lo corta de un tajo, como las cabezas de la Hidra, sino de otro modo.

En rigor, debemos decir que no sabemos exactamente cómo terminar con el capitalismo, porque nunca se ha logrado. Pero vamos intuyendo que las condiciones para su continuidad y/o resurgimiento deben acotarse, someterse a control estricto, no por un partido o un Estado, sino por las comunidades y pueblos organizados.

El tercer punto es que no se puede derrotar el capitalismo si a la vez no se construye otro mundo, otras relaciones sociales. Ese mundo otro o nuevo, no es un lugar de llegada, sino un modo de vivir que en su cotidianidad impide la continuidad del capitalismo. Las formas de vida, las relaciones sociales, los espacios que seamos capaces de crear, deben existir de tal modo que estén en lucha permanente contra el capitalismo.

El cuarto es que, mientras exista Estado, habrá chance de que el capitalismo vuelva a expandirse. En contra de lo que pregona cierto pensamiento, digamos progresista o de izquierda, el Estado no es una herramienta neutra. Los poderes de abajo, que son poderes no estatales y autónomos, nacen y existen para evitar que se expandan las relaciones capitalistas. Son, por tanto, poderes por y para la lucha anticapitalista.

Finalmente, el mundo nuevo posterior al capitalismo no es un lugar de llegada, no es un paraíso donde se practica el buen vivir, sino un espacio de lucha en el que, probablemente, los pueblos, las mujeres, las disidencias y las personas de abajo en general, estaremos en mejores condiciones para seguir construyendo mundos diversos y heterogéneos.

Creo que si dejamos de luchar y de construir lo nuevo, el capitalismo renace, incluso en el mundo otro. El relato del Viejo Antonio que dice que la lucha es como un círculo, que empieza un día pero nunca termina, tiene enorme actualidad.

Artículo publicado originalmente en La Jornada.

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