sábado, 7 de marzo de 2020

SOBRE FEMINISMO

 

La masculinidad de las élites y la ceguera de la izquierda


Fuentes: elsaltodiario.com 
20.08.202
 
El concepto de masculinidad se encuentra directamente relacionado con ser élite o aspirar a serlo. La falta de visión de conjunto de la izquierda es un obstáculo para elaborar estrategias globales.

Vivimos una etapa de crisis de la masculinidad que se ha visto acentuada por la crisis económica. El hombre de la sociedad neoliberal está asistiendo con ansiedad a la ruptura de todas las promesas que se le hicieron. Le prometieron ser el primero, sin embargo, ser el primero no suponía tener buenos derechos sino que los que estén por detrás los tengan peores. 
 
En el pack de la hombría iba incluida la necesidad de tener como plan de vida subir en la escala social pero el ascensor social que iba a llevar a muchos trabajadores a la clase media-alta a base de su esfuerzo está averiado. La escala social no es solo una serie de compartimentos separados en función de su renta sino que también entiende de género. Subes para obtener más poder y obtienes más poder aumentando tu renta o aumentando tu virilidad. Dicho de otro modo, para trepar por la escala social tienes que ser más rico y/o más hombre.

WINNER-LOSERS, COMPETICIÓN ENTRE HOMBRES COMO FORMA DE VIDA 
 
En este momento que nos ha tocado vivir el hombre tiene que ser un winner y, cuando no lo es, está frustrado o se siente fracasado en algún aspecto de su vida laboral y económica, le surge la necesidad de reafirmar su masculinidad por medio de cualquier otra característica de las que identifica como propias del hombre. 
 
¿Cuántos hombres habrán tenido hijos solo para sentirse completos como hombres, porque sentían que era algo que estaban obligados a hacer? De entre esos hombres, ¿cuántos quieren realmente tener hijos? El hombre es el que lleva dinero y comida a casa, el que provee, y para cumplir con ese rol tiene que ser padre. Sería bien difícil calcular la cantidad de paternidades forzadas que irremediablemente pueden dañar a los hijos. 
 
¿Alguien que ha sido padre por obligación va a ser un buen padre? Tal vez sí, pero tiene muchas papeletas para que no se dé el caso. El primer referente (para bien o para mal) de un hijo siempre es su padre, esta figura es la que proporciona al niño las primeras nociones de lo que se espera de un hombre en nuestra sociedad. Si el padre forma los cimientos de la masculinidad del hijo, ¿como iban a ser buenos esos cimientos si en muchos casos se fuerza la paternidad?
La competitividad extrema entre hombres puede llevar a que uno se considere un triunfador siendo un currante de clase baja y humille a un compañero que está en las mismas circunstancias
De entre los valores más representativos del género masculino destaca la competitividad. Cuando el hombre siente su virilidad atacada necesita dejar claro que es más hombre que los demás y, si no puede serlo, humillar al que sea menos hombre que él. La competitividad extrema entre hombres puede llevar a que uno se considere un triunfador siendo un currante de clase baja y humille a un compañero que está en las mismas circunstancias pero que encaja peor en el modelo de masculinidad hegemónica. Porque un hombre no puede ser un nadie, tiene que ser más que los que le rodean.

LA MASCULINIDAD FRENTE A LA POLÍTICA DE LAS EMOCIONES
 
La política tiene que dar salida a los sentimientos del pueblo para lograr seguir viéndose legitimada ante él. El hombre está frustrado y cuando una emoción es compartida se puede decir que es una frustración política. 
 
La respuesta a este sentimiento hasta ahora se ha visto monopolizada con bastante éxito por opciones políticas que van desde la derecha anti-establishment y populista, como Trump o Le Pen, a una derecha ultraconservadora renovada -Vox en España- que prometen una visión de país en la que ‘el hombre vuelva a ser hombre’, devuelto a sus esencias después de haber sido desnaturalizado por las denominadas «ideologías de género» o el «lobby LGTB».
El feminismo es la pelea de un colectivo oprimido, el de las mujeres, contra la estructura del género como autoridad, como poder. No hay lucha más antisistema que el feminismo
Desde la izquierda ha faltado analizar toda esta situación desde la nueva ola de activismo feminista que barre el país cada 8M. Se ha contentado con decir a las feministas un simple ‘vale’, ‘adelante’, ‘seguid por ahí que nosotros, los hombres, nos encargamos del resto’ demostrando una enorme ceguera.
La estructura del género y la estructura de clases son dos pilares de un mismo sistema. Las luchas LGTB y feministas no son políticas sectoriales por mucho que desde algunos altares de la izquierda las miren casi como si de un hobby se tratara. Desde esos enfoques unos se encargan de sus luchas personales, de sus ‘cosas de maricas’ o sus ‘cosas de mujeres’, mientras que otros, aquellos que se llenan la boca de clases sociales, se dedican a cambiar el mundo, a derrumbar el sistema. 
 
La mala costumbre de separar en compartimentos estancos diferentes luchas provoca que se obvien las relaciones entre ellas. El error está en pensar que género y clases sociales son cosas diferenciadas cuando se trata de dos conceptos entremezclados difíciles de separar y para acabar con la opresión que ejercen es necesario tener visión de conjunto. No se trata de mujeres contra hombres, no es la «guerra de los sexos» sino que es una lucha por el poder. 
 
El feminismo es la pelea de un colectivo oprimido, el de las mujeres, contra la estructura del género como autoridad, como poder. No hay lucha más antisistema que el feminismo.

EL FEMINISMO Y LAS ÉLITES 
 
A menudo se presenta el debate en el feminismo sobre los ‘techos de cristal’. Se acusa a quienes centran sus reivindicaciones en este concepto de estar utilizando el feminismo como mera herramienta para que un pequeño porcentaje de mujeres se incorpore a la élite. Si bien la crítica es legítima y cargada de verdad, este discurso liberal puede ser útil para los discursos más radicales. Del mismo modo que unas pocas mujeres privilegiadas malvenden la lucha feminista por aumentar su cuota de poder, también la masa feminista puede aprovecharse de esta élite. 
 
Si una mujer privilegiada, en nombre del feminismo, rompe el techo de cristal adquiere una cuota de poder que el sistema tenía reservada para los hombres. Con esto abre la posibilidad de cuestionar la lógica hombre=poder. Si el poder ya no es una característica propia y exclusiva del hombre, de aquel que cumple todos los requisitos de la masculinidad hegemónica, entonces se puede cuestionar por qué tenía ese poder previamente y por qué debería seguir teniéndolo. Se cuestiona el derecho a existir de la élite.
Independientemente de que exista la posibilidad real de hacerlo, subir por la escala social es una necesidad inculcada en los hombres que condiciona todos sus posicionamientos políticos
La masculinidad hegemónica es la mayor representación del poder porque el que lo ostenta no solo tiene que tener la capacidad de aplicarlo, sino que necesita ser percibido como poderoso. Los roles de género en el caso del hombre pueden servir para ser identificado como superior a los demás, te da tu lugar en la jerarquía de clases sociales. La masculinidad encuentra su utilidad como performatividad de las élites y el mejor instrumento de legitimación del sistema de clases. 
 
Ese objetivo recurrente de la izquierda que es la unidad popular, apelar a las luchas colectivas… se vuelve complicado de articular cuando la mitad de la población tiene metido en la cabeza desde niño el principio imperativo de luchar para ser superior que tu hermano, tu vecino o tu compañero de trabajo. Las prácticas de género asientan las clases sociales. 
 
¿Cómo pretendemos tener una clase trabajadora organizada contra las élites si la masculinidad dice a los hombres que deben aspirar a ser élites? La falta de empatía, la competitividad, el individualismo, el egoísmo… Todas características que definen por igual a la masculinidad hegemónica que a las élites poderosas. 
 
Independientemente de que exista la posibilidad real de hacerlo, subir por la escala social es una necesidad inculcada en los hombres que condiciona todos sus posicionamientos políticos. 
 
Cualquier movimiento o ideología que aspire a construir un contrapoder y deje al margen el análisis de la masculinidad se encontrará con que será incapaz de crear sujetos políticos mayoritarios que se encuentren cómodos en una lucha de clases.
 
 
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LOS DE PENSAMIENTO CORTITO Y VIOLENCIA DE SOLERA LARGA: LOS FASCISTAS: SIMPLICIDAD MENTAL Y UNILATERALIDAD, PRETENDEN BORRAR, POBRETES MÍOS, LA FECUNDIDAD DEL PENSAMIENTO MARXISTA



«Comunistas» subiéndose al carro de moda: el feminismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2020.
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febrero 28, 2020


La obra ya clásica de Friedrich Engels «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» de 1884 podemos definirla como una obra magna que analiza la evolución del ser humano y sus relaciones sociales incluyendo la relación entre el hombre y la mujer, es un estudio que desmonta todas las teorías de los ideólogos del orden patriarcal pero también de los grupos feministas de la actualidad que pretenden teorizar sobre la supremacía del género femenino. Los marxistas del siglo XIX y XX ya nos advirtieron que muchos y muchas nos querrían arrastrar a una lucha entre sexos, desviándonos del motor de la historia: la lucha de clases. Por ello es tan necesario refutar a estos movimientos unilateralistas que se desvían en teorías absurdas, muchas de ellas influenciadas por la cultura dominante, y fabricadas precisamente para distraer la atención de los problemas reales, su origen y solución. Se concluye, por tanto, sobre los llamados feminismos que:

«Partiendo de esta realidad, se hace evidente que la lucha planteada por los movimiento feministas en general, y en particular los radicalizados, son el resultado de un planteamiento equivocado de las causas de la eterna discriminación de la mujer como sujeto social, y al hacerlo, obvian los elemento coyunturales que han originado y perpetuado esa realidad, pues parten de la idea de que los miembro del sexo opuesto son el enemigo y de hecho el sujeto a batir, y que la exclusión y falta de derechos del gremio se debe exclusivamente a la implicación directa de los hombres en general y que va en su ser tal «naturaleza represora», o al menos eso es lo que se desprende de sus acciones, documentos, eslóganes, etc». (Equipo de Bitácora (M-L); Feminismos, sus errores de planteamiento y otras especies, 2011)

Aquello de que «el feminismo no va contra el hombre» es una frase cierta entre algunos de sus seguidores honestos que aunque seducidos por muchos de sus dogmas, no llegan hasta tal grado de engaño. Pero esto no se aplica a algunas corrientes del feminismo más famosaos que focalizan su «feminismo» en un odio contra el hombre, al cual de forma idealista consideran como un ser naturalmente «perverso» y «violento», «incapaz de reprimir esos impulsos»:

«La agresividad, la tensión sexual y la relación jerárquica son determinantes genéticos del machismo que se encuentra en todos los hombres». (Germaine Greer, Los hombres y la violencia sexual; citado en: Raquel Osborne, Debates en torno al feminismo cultural, El País, 24 de mayo de 1987)

Este tipo de teorías tienen la misma base científica que decir que la mujer es «débil» e «incapaz de realizar labores que supongan tener una gran inteligencia». Teorías, todas ellas reaccionarias que utilizaron y utilizan tanto los ultraconservadores como las feministas para azuzar al bando «enemigo».

Un ejemplo sería el feminismo de Kate Millet, que llegó a declarar:

«P. ¿Qué significa para ti el amor?

R. Significa gran parte de mi vida. Conozco el amor heterosexual y el homosexual, y como lesbiana he conocido la persecución, la maledicencia y el maltrato. El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa.

P. ¿Es preferible el amor homosexual para las mujeres?

R. Yo creo que para mí, como para otras muchas mujeres como yo en el movimiento, que amamos mujeres, fue algo tan natural como inevitable. La camaradería que fuimos forjando nos llevó a cruzar la barrera sexual simplemente. (…) Vivimos una época en que no sólo el patriarcado, sino la heterosexualidad, están en vías de desaparición, por lo menos como los hemos conocido hasta ahora, que son verdaderas monstruosidades». (El País; Kate Millet: «El amor ha sido el opio de las mujeres», 21 de mayo de 1984)


Aquí, a diferencia de Engels que hizo un estudio pormenorizado del rol y la evolución del amor en las relaciones sociales humanas, ella de forma totalmente subjetiva y demostrando un desconocimiento absoluto concluye que no ha habido relaciones sanas entre hombres y mujeres en miles de años de existencia, que simplemente ha sido el «opio de las mujeres». Decreta sin más que la heterosexualidad va hacia su extinción. Anima a las mujeres a ser homosexuales porque, siempre según ella, la camaraderia que se forja en la militancia feminista –bajo el dogma de que las organizaciones feministas solo admiten a mujeres– hace que se entiendan mejor y compartan experiencias que con los hombres es imposible tener.

Otro ejemplo sería el feminismo kurdo de Abdullah Öcalan. Véase nuestro capítulo: «El movimiento nacionalista kurdo, sus desviaciones anarco-feministas, sus vínculos con los imperialismo y el silencio cómplice de los oportunistas» de 2018.

En España se puede ver como de forma sutil o abierta, distintos políticos e ideólogos del feminismo hegemónico abrazan ese relato: políticas como Irene Montero, Carmen Calvo, Clara Serra, Manuela Carmena; ideólogas como Leticia Dolera, Irantzu Valera; medios de comunicación como el Diario.es, El Público, El País; sindicatos como UGT, CCOO, etc.

August Bebel, uno de los mayores expertos de su época en la cuestión de género, ya desmontó varias de las ideas feministas que hoy resuenan como el llamado «techo de cristal» y la «sororidad» entre mujeres de cualquier clase:

«Lo más notable de estas aspiraciones es que no transcienden el marco del orden social actual. No se plantea la cuestión de si se ha realizado en general algo esencial y radical para la situación de las mujeres. Apoyarse en el orden social burgués, es decir, capitalista, se considera la igualdad de derechos burgués entre el hombre y la mujer como solución definitiva de la cuestión. Uno no es consciente o se engaña en el sentido de que, por lo que se refiere a la libre admisión de la mujer a las profesiones industriales y comerciales, este objetivo se ha alcanzado realmente, y por parte de las clases dominantes recibe el más vigoroso impulso en su propio interés. Pero en las circunstancias dadas, la admisión de las mujeres a todas las actividades industriales ha de tener el efecto de que se acentúe cada vez más la lucha competitiva de las fuerzas del trabajo, y el resultado final es: disminución de los ingresos para la fuerza de trabajo femenina y masculina. (…) Es evidente que esta no puede ser la solución correcta. (…) A la gran mayoría de las mujeres les es indiferente que unos cuantos miles de sus compañeras pertenecientes a las capas mejor situadas de la sociedad lleguen a la enseñanza superior, a la práctica de la medicina o a una carrera científica o administrativa cualquiera. Ello no altera en nada la situación general del sexo. (…) El mundo femenino está especialmente interesado en combatir hombro con hombro con el mundo masculino proletario por todas las normas e instituciones que protegen a la mujer de la degeneración física y moral y le garantizan sus facultades de madre y educadora de los hijos. La proletaria tiene también en común con sus compañeros masculinos de clase y destino la lucha por la transformación radical de la sociedad, a fin de establecer una situación que facilite la completa independencia económica y espiritual de los dos sexos mediante las correspondientes instituciones sociales. Así que no solo se trata de realizar la igualdad de derechos de la mujer con el hombre en el terreno del orden social existente, lo cual constituye el objetivo del movimiento femenino burgués, sino, más aún, de eliminar todas las barreras que hacen que el hombre dependa del hombre, y, por tanto, también un sexo del otro. Esta solución de la cuestión femenina va vinculada a la solución de la cuestión social (…) Todos los socialistas debieran estar de acuerdo con las ideas fundamentales expuestas aquí. Pero no podemos decir lo mismo respecto a la manera en que pensamos realizar los objetivos finales, es decir, cómo deben de ser las medidas e instituciones individuales que fundamentan la pretendida independencia e igualdad de derechos». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

Engels ya ilustró la postura que deberían tomar los marxistas sobre la cuestión salarial en el capitalismo:

«Salarios iguales por un trabajo igual, para ambos sexos, es algo que hasta que quede abolido en general [el trabajo asalariado, se entiende] demandan todos los socialistas, hasta donde sé. Que la mujer trabajadora necesita de una protección especial contra la explotación capitalista debido a sus funciones fisiológicas especiales me parece algo obvio. Las mujeres inglesas que lucharon por el derecho formal de sus congéneres de ser tan explotadas por los capitalistas como los hombres están interesadas, en la mayoría de los casos, directa o indirectamente, en la explotación capitalista de ambos sexos. Admito que me encuentro más interesado en la salud de las generaciones futuras que en la igualdad formal absoluta entre los sexos durante los últimos años del modo capitalista de producción. Estoy convencido de que la igualdad real entre las mujeres y los hombres puede hacerse realidad únicamente cuando la explotación capitalista de ambos haya sido abolida y el trabajo doméstico privado se haya transformado en una industria pública». (Friedrich Engels; Carta a Guillaume-Schack, 5 de julio de 1885)

Efectivamente, los que hoy no se preocupan tanto de «la salud de las generaciones futuras que en la igualdad formal absoluta entre los sexos durante los últimos años del modo capitalista de producción», demuestran de que lado están. Como curiosidad, anotar que cuando Engels habla del trabajo doméstico privado, se refiere al sistema de trabajo en los hogares. Producir en familia para una empresa capitalista, usando tus limitados medios de producción para cumplir con una cuota de producto determinada. En «El Capital», Marx describe estas prácticas como situaciones donde se daban las condiciones de vida más ruines y miserable.

Mientras la mayoría de ramas del feminismo defiende la organización separada entre hombres y mujeres, el marxismo ya condenaba esa absurdo división por sexos como una forma de desviación de la lucha de clases:

«La nueva Unión de Mujeres Cigarreras, que mencioné en mi anterior misiva, se fundó hace tres años. Sus miembros no pertenecen a la Unión masculina de esta profesión, aunque ambas trabajan codo con codo. Para alguien que contemple la situación desde fuera parece deleznable que ambas Uniones no se hayan fusionado pese al trabajo conjunto». (Eleanor Marx; Un nuevo sindicato de mujeres, 1892)

Algunas figuras famosas del feminismo destacaron por luchar por causas progresistas, pero lo importante es valorar a las figuras en su justa medida, cosa que nunca hacen los revisionistas o las feministas –que en muchas ocasiones son lo mismo–, olvidándose de las contradicciones de sus figuras, tapando los aspectos negativos, hasta conservadores y contrarrevolucionarios de sus mitos.

Tenemos a Angela Davis que coqueteó siempre con los movimientos revisionistas y después con las figuras abiertamente neoliberales, pero todavía sigue siendo reivindicada por las feministas y revisionistas como una figura altamente ejemplar. Luego tenemos el caso ya de feministas de la talla de Campoamor que directamente era simpatizante del alzamiento fascista de 1936 y que toda su vida estuvo militando en organizaciones derechistas y antiobreras. Por no remontarnos a figuras del siglo XIX como es el caso del Concepción Arenal, icono del «catolicismo social», reivindicada acríticamente y de forma indiscriminada tanto por feministas como por como por organizaciones derechistas como Partido Popular y Ciudadanos.

Sea como sea, cuando toda figura no es analizada de forma objetiva, cuando simplemente es reivindicada de forma acrítica, para ensalzarla de forma artificial, ocurre lo mismo que cuando se niega subjetivamente todo mérito de una figura sin entender en su contexto, se cae en la caricatura.

Por tanto no, el feminismo no es sinónimo de marxismo, es un movimiento de origen burgués y con muchas ramificaciones de movimientos aburguesados o pequeño burguesas como se ve en la actualidad. Una corriente contra la cual grandes luchadoras del marxismo siempre quisieron marcar distancia por razones obvias:

«Así como sobre la cuestión bélica, el Congreso puntualizó la diferencia existente entre la típica liga pacifista burguesa, que clama al cielo «¡Paz, paz!» donde no existe tal paz, y el partido de la paz económica, el partido socialista, que quiere acabar con las causas mismas de la guerra. Del mismo modo ocurre en tanto a la cuestión de la mujer, ante la que el Congreso diferenció entre el partido de las «defensoras de los derechos de la mujer», que no reconocían ninguna lucha de clases sino que hablaban de una lucha de sexos, perteneciendo este partido al elenco de partidos de la clase poseedora en tanto que anhelan derechos que constituirían una injusticia contra sus hermanas de clase obrera, y el partido que realmente es el partido de las mujeres; el partido socialista, que cuenta con un conocimiento fundamentado de las causas económicas de la actual situación desventajosa de la mujer trabajadora y que las llama a una lucha común junto a los hombres de su clase contra su enemigo común: los hombres y mujeres de la clase capitalista». (Eleanor Marx; ¿Cómo debemos organizarnos?, 1892)

Esto no es solo común al feminismo o al movimiento pacifista, es común a toda corriente con un monotema, con una visión unilateral, que se piensa más versado que una doctrina holística como el marxismo:

«Algunos de los ecologistas niegan y atacan abiertamente al marxismo bajo la acusación de que «el pensamiento marxista es un modelo productivista que no tienen en cuenta la cuestión medioambiental», a veces incluso ponen de ejemplo manifiesto a los regímenes históricos o presentes capitalistas del revisionismo –lo que demuestra hasta qué puntos ha hecho mella el triunfo del revisionismo en el ideario colectivo–. Pero quién proclama todos estos ataques hacia el marxismo son los mismos «movimientos unilateralistas» como el feminismo, el animalismo, el tercermundismo y otras corrientes alejadas de la lucha de clases, que mienten por desconocimiento o a conciencia alegando que «el marxismo no ha profundizado en la cuestión de la mujer», que «no entiende la idiosincrasia de los animales» o que no se ha preocupado de conocer «las causas del atraso de los países subdesarrollados y ponerles solución». Afirmaciones del todo ridículas ya que el marxismo es la única corriente que ha dado una respuesta científica a las causas de estos problemas y propuesto soluciones a las mismas. (…) Solamente el marxismo tiene en su seno una doctrina científica que puede dar solución a todos estos temas como son la cuestión nacional, la cuestión de género, la cuestión ecológica o la cuestión antifascista. Por ello el marxista considera estúpido insistir a bombo y platillo que él o su partido es «ecologista» o «antifascista», pues su doctrina cubre y da respuesta a todas las contradicciones nacidas de las relaciones de producción capitalistas, y lo hace de una forma mucho más clara y seria que los elementos que «solo» se centran en un tema en específico. El marxista como tal, no satura sus mensajes de eslóganes ecologistas para «cumplir con la causa», sino que da una explicación materialista de las causas del fenómeno y propone soluciones reales, lucha por aplicarlas, y tiene conciencia que el principal obstáculo para hacerlas cumplir son las clases explotadoras y parasitarias, a las cuales sabe que debe eliminar o de otra manera no será posible aplicarlas». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Es claro que estas gentes que proclaman la unicidad de feminismo y marxismo:

«Olvidan que feminismo y marxismo son irreconciliables, aunque intenten apellidar al feminismo con los eufemismos de «clase» que quieran. Los intentos de apellidar al ecologismo, al nacionalismo, o al feminismo de «marxista», no es sino un intento de intentar pasar la mercancía revisionista». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2017)

Pero claro es, que para los oportunistas siempre les es más fácil seguir los mitos de moda para intentar pescar en río revuelto». (Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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jueves, 5 de marzo de 2020

MIEMBROS DEL FRENTE OBRERO LE HACEN A PABLO IGLESIAS LO QUE ESTE HACÍA HACE UNOS AÑOS



Frente Obrero: ¿Qué hay detrás del grupo que ha realizado un escrache a Pablo Iglesias?

Esta organización también realizó un acto contra Íñigo Errejón, así como pintadas a los principales partidos del arco parlamentario

ELPLURAL.COM
Miércoles, 4 de marzo de 2020 



Frente Obrero durante una manifestación. Twitter 

Este miércoles Pablo Iglesias ha sufrido un escrache realizado por jóvenes del partido político Frente Obrero. Durante una intervención del vicepresidente segundo del Gobierno en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, donde el dirigente impartía clase antes de dar el salto a la política, los protestantes han entrado en el salón de actos y han interrumpido la conferencia 'Reaccionarismo y fascismo en el siglo XXI' al grito de “fuera vende obreros de la facultad”.

Una organización que persigue “reconstruir el movimiento obrero en España, la izquierda obrera, para luchar por una República Popular y Federal que sea la garantía de recuperar la soberanía nacional española y de asegurar un futuro de conquistas para los trabajadores”. Así es como ellos se definen en su página web, aunque la relevancia pública, más allá de su contenido programático -derrocamiento de la monarquía, salida de la UE y de la OTAN, establecimiento de una república federal, amnistía para los presos políticos, favorecimiento del derecho de autodeterminación…-, han encontrado relevancia mediática a través de los escraches o las pintadas realizadas en sedes de los principales partidos del arco parlamentario.

Especialmente críticos han sido con las formaciones de izquierdas. Bajo consignas como “contra nuestra traición, nuestra organización”, Frente Obrero marcaba agrupaciones del PSOE, Podemos, Ciudadanos y el Partido Popular hace apenas un año, días antes de la celebración de las elecciones nacionales del 28 de abril.

Antes de ello, en febrero de 2019 realizaron un escrache al fundador de Podemos y otrora número dos de Pablo Iglesias, Íñigo Errejón. Cuando el actual líder de Más País realizaba un acto público en el barrio de Hortaleza: “Los obreros votan a Vox por algo”, llegaron a gritarle durante su intervención.

Pero esta no fue la única manifestación pública que Errejón escuchó: “Además de poner carril bici, huertos y gilipolleces, la vida de los trabajadores no ha cambiado nada”, le espetaron, calificándolo de “traidor” y prosiguiendo en su crítica: “Os dedicáis a poner parches a un sistema que no se puede parchear, no vais a la raíz del problema y habéis dejado a los trabajadores. La culpa de que haya partidos fascistas es vuestra”.

Ramificación del Partido Marxista – Leninista

Frente Obrero es una integración de varias “organizaciones sociales, revolucionarias y sindicales”. El gran núcleo de su militancia activa forma marte del Partido Marxista-Leninista, especialmente crítica con la deriva adoptada por Unidas Podemos en los últimos años.

De hecho, en su estatuto fundacional recogen la idea de que únicamente hay una lucha verdadera, que debe ser defendida “sólo mediante una lucha revolucionaria sin cuartel”. Un manifiesto dirigido a aquellos que “apuesten por algo que rompa con la decadencia actual de la izquierda progresista y acomplejada”.

“Queda claro que IU y Podemos son partícipes y garantes del circo político para engañar a los obreros, son culpables de mantener la explotación que sufre nuestra clase, son un parche para mantener la situación existente, no son parte del cambio, de la transformación necesaria de nuestra sociedad”, han llegado a manifestar, arremetiendo contra Pablo Iglesias y su núcleo duro.

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LOS DE PENSAMIENTO CORTITO Y VIOLENCIA DE SOLERA LARGA, LOS FASCISTAS: SIMPLICIDAD MENTAL Y UNILATERALIDAD, PRETENDEN BORRAR, POBRETES MÍOS, LA FECUNDIDAD DEL PENSAMIENTO MARXISTA



«Comunistas» subiéndose al carro de moda: el feminismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2020.
 
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febrero 28, 2020




El feminismo lo ha inundado todo, hasta el punto que en la cultura vemos aparecer grupos de música feministas de distintos géneros musicales como ya comentamos en otros documentos. La irrupción de nuevas tribus urbanas y géneros musicales ha sido absorbida por el feminismo, o mejor dicho se ha creado una simbiosis:

«Cuando no se puede ejercer la represión como años atrás, aunque de vez en cuando lo hacen o directamente se cree que es mejor utilizar otros medios, ofertan condiciones más alienantes de control y han creado esta forma de tribus, fácilmente controlables porque sus actos son consumistas y rara vez piensan, hemos llegado a un punto en que la incultura es un valor. Estos impresentables ignoran que no existe mayor radicalidad que en la cultura, ¿por qué se creerán que existen ellos sino como producto del sistema? (Risas) En la juventud hay una predominancia por lo lumpen. En el caso de muchas bandas de música «feministas» también he visto que caen en esto. Algunas son un bodrio, artísticamente hablando, pero encima copian a la perfección al machista que las agrede en su vocabulario y gestos. En cuanto la parafernalia de sus adornos y maquillajes son los que dictaminan el mercado al que dicen odiar… y si encima añades que algunas de estas feministas se denominan también como «comunistas» … menos mal que los clásicos no las pueden ver, se preguntarían ¿en qué nos hemos equivocado? (Risas) Son lumpen, la consecuencia del sistema, o, mejor dicho: de cuando el sistema hace las cosas muy bien como para engañarlos con movimientos «anticontestatarios» y «antisistema» tan poco lesivos para el sistema como los movimientos de los 60 que todos tenemos en mente». (Comentarios y reflexiones de José Luis López Omedes a Bitácora (M-L), 2019)

Pese a todo, ahora está de moda eso de presentar un «feminismo marxista», como dicen muchos tinglados revisionistas en España:

«Es el momento de que el feminismo recupere la tradición de lucha que hace décadas perdió, alejándose de posiciones interclasistas, integrándolo en la lucha de clases e intrínsecamente ligado a la emancipación del proletariado». (Reconstrucción Comunista; 8 de marzo: por un feminismo de clase y combativo, 2013)

Algo que han venido haciendo con su eslogan revisionista «¡Por un feminismo de clase!». Un eslogan que a su vez es copiado del brézhnevista PCPE que proclama «¡Por un feminismo de clase y combativo»!

«Por todo ello, y entendiendo el feminismo de clase como una parte orgánica integrante del resto de movimiento obrero». (Partido Comunista de los Pueblos de España; Qué diferencia al feminismo de clase del feminismo burgués, 13 de noviembre de 2013) 

De nuevo una vez más nos encontramos con la falsedad histórica del llamado «feminismo marxista», diciendo que «los comunistas necesitan el feminismo» como si los comunistas no tuviesen una postura propia en la cuestión de género o directamente manipulando la historia diciendo que «los comunistas siempre han sido feministas» cuando salta a la vista histórica que los comunistas siempre han estado en contra de las explicaciones idealistas del feminismo sobre la cuestión de género.

Y la tesis absurda y antimarxista de que siempre ha habido un «feminismo proletario» y un «feminismo burgués», lo cierto es que terminológicamente hablando, y haciendo honor a la propia historia, el feminismo siempre ha sido un movimiento eminentemente burgués por mucho que los revisionistas nos quieran rescribir la historia para ganar votos y simpatías entre los círculos feministas:

«¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del Estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufragistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora». (Aleksandra Kolontái; El Día de la Mujer, 1913)

Clara Zetkin diría sobre esto mismo:

«El comunismo, el gran emancipador del sexo femenino, no puede ser solamente el resultado de la lucha común de las mujeres de todas las clases por la reforma del sistema burgués en la dirección indicada por las reivindicaciones feministas, no puede ser solamente el resultado de una lucha contra la posición social privilegiada del sexo masculino. El comunismo sólo y únicamente puede ser realizado mediante la lucha común de las mujeres y hombres del proletariado explotado contra los privilegios, el poder de los hombres y mujeres de las clases poseedoras y explotadoras». (Clara Zetkin; Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920)

Salvo que seas un idealista y manipulador histórico no le puedes pedir al feminismo que se abstraiga de su visión de clase burguesa y que luche por el socialismo:

«En sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase (…) A pesar de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no debe perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la liberación de las mujeres no puede completarse». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Es más, incluso las figuras feministas que han tenido alguna simpatía por el proletariado, sino adoptan el marxismo, acaban naufragando en propuestas «parche», reformistas, irreales para los problemas verdaderos de los trabajadores:

«Las feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas incluso dicen estar a favor del socialismo –en un futuro lejano, por supuesto– pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad, que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan cómodamente familiar». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)
Pero claro, si eres un oportunista político, por supuesto que puedes proclamar que hasta los movimientos feministas luchan en pro del socialismo, ¿no existe gente que proclama que hasta el Papa lo hace? ¿Dónde está el límite? Pues depende de la graduación de las lentes revisionistas que uses.

Como decía Kolontái, una de las mayores luchadoras de los derechos de la mujer: el feminismo poco ha hecho históricamente por los derechos de la mujer –o mejor dicho de los derechos de las mujeres trabajadoras–, y esto tiene su razón económica histórica:

«Las mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los hombres profesionales, apegados a sus «pequeños y cómodos puestos de trabajo», y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta lucha dio lugar al «feminismo»: el intento de las mujeres burguesas de permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí mismas con orgullo como la «vanguardia del movimiento de las mujeres». Se olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica, como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.

Entonces, ¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que las feministas se enorgullecen tanto.

Nos resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia de la lucha del proletariado por su liberación». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

El marxismo por tanto siempre ha estado en contra del feminismo por sus consignas sexistas y enfocadas a la autosatisfacción de un núcleo reducido de la población –las burguesas–:

«Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase. (…) Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al «sexo débil». Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. (…) Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la «igualdad moral» entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de millones de proletarias que allanan la senda a la «mujer nueva», en la lucha por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las feministas?». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Otra autora marxista proclamaría en semejante tono crítico:

«En la praxis, la realización de las reivindicaciones feministas conduce esencialmente a una modificación del sistema capitalista en favor de las mujeres y las adolescentes de las clases poseedoras, mientras la abrumadora mayoría de proletarias, de las mujeres del pueblo trabajador, se ven tan expuestas como antes, en su calidad de oprimidas y explotadas, a que se manipule su personalidad y a que se menosprecien sus derechos y de sus intereses». (Clara Zetkin; Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920)
¿Cuál es la postura del marxismo frente a la cuestión de género? ¿Y versus el movimiento feminista?:

«No cabe duda de que existe una cuestión femenina. Pero para nosotros, que somos agraciados de contarnos entre la clase obrera, bien por nacer entre sus filas o por trabajar para su causa, está claro que el asunto pertenece a la cuestión general del movimiento obrero. Podemos comprender y simpatizar –e incluso ayudar cuando fuese necesario– con el movimiento de las mujeres de clase media-alta en pos de los derechos más básicos para la mujer, pues estos derechos beneficiarán asimismo a la mujer trabajadora. Lo he dicho claramente: ayudar cuando fuese necesario. ¿No nos enseña el «Manifiesto Comunista» que es nuestro deber apoyar cualquier movimiento progresista que beneficie de uno u otro modo a la causa del proletariado, pese a que este movimiento no sea el nuestro? Si cada una de las demandas de estas mujeres se cumpliese hoy, nosotras las mujeres trabajadoras seguiríamos donde estamos hoy día: trabajando largas horas por unos salarios ignominiosos bajo condiciones deplorables. Seguiríamos hundidas en la única decisión entre la prostitución y la hambruna. Si se cumpliesen hoy todas esas demandas [de las feministas] sería aún más claro que nunca que las mujeres trabajadoras encontrarían en las mejores de estas mujeres [feministas] a su peor enemigo; que tendrían que luchar contra éstas tan arduamente como sus hermanos de clase contra los capitalistas. (…) Para nosotros ya no se trata de una «cuestión femenina» tomada desde el punto de vista burgués, así como no existe una «cuestión masculina». Allí donde las mujeres burguesas demandan derechos que nos son de ayuda también a las mujeres proletarias, lucharemos junto a ellas, del mismo modo que los hombres proletarios no rechazaron el derecho a voto porque proviniese de la clase burguesa. Nosotras no rechazaremos ninguna ventaja, pese a que se haya conseguido por y para las mujeres burguesas y, queriendo o no, nos haya beneficiado también a nosotras. Aceptamos estas ventajas como armas, armas que nos capacitan para luchar mejor de la mano de los hombres de nuestra clase. No somos mujeres en lucha contra los hombres, sino el proletariado en lucha contra sus explotadores». (Eleanor Marx; Sindicatos de mujeres en Inglaterra, 1892)


Esto algunos oportunistas lo interpretan con el ser simpáticos y condescendientes con las teorías y prácticas del feminismo, acabar absorbidos totalmente por ellas como ocurre con organizaciones como Podemos y algunos grandes y pequeños partidos revisionistas.

Todos los clásicos del marxismo ya nos advirtieron sobre el llamado feminismo y algunas de sus corrientes que se aventuran a hablar de todo menos del origen real de esa desigualdad manifiesta entre el hombre y la mujer en la sociedad dividida en clases sociales:

«Hace más de un siglo, Marx y Engels, los grandes maestros y líderes del proletariado mundial, definieron científicamente las causas reales de la desigualdad entre el hombre y la mujer. Demostraron que la esclavización de la mujer por el hombre no procedía de factores fisiológicos o físicos, sino de la naturaleza del orden explotador, del establecimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción. Desde entonces, la lucha de las mujeres progresistas por la liberación y la emancipación comenzó a dar sus primeros pasos seguros y a asumir proporciones mayores, hasta crecer y fortalecerse lo suficiente como para transformarse en una inquietante preocupación de las sociedades con clases antagónicas. Engels ha indicado de manera genial que el nacimiento de la propiedad privada y la institucionalización de la herencia constituyen las premisas económicas fundamentales de la monogamia en la que la mujer está completamente sometida al hombre. Los teóricos burgueses y revisionistas silencian deliberadamente la causa real de los antagonismos entre el hombre y la mujer, esto es, la propiedad privada, y avivan las llamas de la lucha entre sexos. Reducir la lucha de la mujer por su emancipación a los límites de la lucha exclusivamente dentro de la familia significa divorciarla de la gran causa del proletariado, que busca abolir la propiedad privada capitalista, la fuente de todos los males y de todo tipo de desigualdad». (Partido del Trabajo de Albania; La mujer albanesa una gran fuerza de nuestra revolución, 1978)

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