sábado, 11 de octubre de 2025

 

Abolir el Mundial

 

Toby MillerJoan Pedro-Carañana

Rebelión

11/10/2025 


Fuentes: El salto [Foto: Pablo G. Sacristán/RFEF]


El fútbol necesita desesperadamente una transformación drástica para interrumpir su impacto medioambiental, la corrupción, las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, el patrocinio de empresas muy problemáticas y el lavado de dinero por parte de las casas de apuestas.

El fútbol es más popular que Jesús de Nazaret y John Lennon juntos. Y a simple vista, parece un pasatiempo poco dañino para el medioambiente: los jugadores solo necesitan una pelota, algo de espacio y ganas de correr. Pero los datos son estremecedores: el fútbol es responsable directo del 0,3-0,4% de las emisiones anuales de dióxido de carbono del mundo, equivalente a las emisiones de Dinamarca. El Wall Street Journal informa que en 2024 este deporte generó más de 30 millones de toneladas métricas de CO2, derivadas del uso de combustibles fósiles como fuente de energía, equivalente a la combustión de 150 millones de barriles de petróleo. Cada partido de la fase final de la Copa Mundial masculina emite entre 44 000 y 72 000 toneladas de gases invernadero, la misma cantidad que 30 000 a 50 000 automóviles en las carreteras británicas cada año. Estudios recientes estiman que las emisiones por la Copa del Mundo oscilan entre 1,65 y 3,63 millones de toneladas de CO₂e durante el periodo 2000-2026.

Consideremos también cómo se fabrica el equipamiento básico del fútbol: botas y balones. Generaciones de canguros han sido sacrificados, con el beneplácito del gobierno australiano, como materia prima para botas de “cuero k”, mientras que las pelotas procedentes de Pakistán se fabrican con cuero sintético derivado del petróleo, caucho y algodón extraídos de especies vegetales, y cuero y pegamento obtenidos de animales sacrificados antes de su vida útil natural. Los 60 millones de balones vendidos en 2010 viajaron desde los talleres de costura de Sialkot hasta los campos de fútbol profesionales de Europa y América. Primero están los talleres de costura, a menudo clandestinos, a los hay que añadir las empresas de transporte, las administraciones de aduanas, los equipos, la industria publicitaria, los minoristas de artículos deportivos y los grandes almacenes. La cadena convierte una bola de 63 rupias (0,62 euros) en un producto que cuesta más de 100 euros.

Pensemos también en el agua y los productos químicos utilizados en la construcción y el mantenimiento de los estadios, la electricidad necesaria para ver los partidos y apostar o informar electrónicamente sobre los mismos y el impacto del turismo.

El patrocinio de empresas con altas emisiones de CO2 es responsable por sí solo del 75% de las emisiones del deporte, pues estimula la demanda de productos y estilos de vida altamente contaminantes. Las grandes multinacionales ecoblanqueadoras utilizan el fútbol para tapar sus vergüenzas medioambientales. Por ejemplo, poco después de que Repsol derramara miles de barriles de petróleo en 1400 hectáreas de la costa del Pacífico peruano en 2022, matando la vida nativa y destruyendo los medios de vida de miles de personas, la empresa firmó un patrocinio con la selección nacional. El lema del proyecto, también asociado con el apoyo a los representantes de jóvenes y mujeres, fue “Veamos el futuro”. En nuestro país, Repsol y Petronor han cerrado un acuerdo para suministrar energía renovable al Athletic Club de Bilbao que supuestamente demuestra el compromiso de la multinacional con la descarbonización. Mientras tanto, la Autoridad de Normas de Publicidad del Reino Unido descubrió que Repsol había distorsionado su compromiso medioambiental al destacar su producción de combustibles sintéticos y biocombustibles, cuando en realidad este tipo de combustibles solo suponen una pequeña fracción de su negocio principal, que sigue siendo los combustibles fósiles.

La candidatura presentada en 2009 por Qatar para el Mundial de 2022 prometió un evento neutro en CO2. El daño causado por la construcción de las instalaciones y la desalinización y el uso del agua en un clima árido se verían compensadas porque, según los organizadores, las generaciones futuras disfrutarían de las instalaciones. Hoy podemos afirmar que los beneficios obtenidos no han repercutido en la población local. Las promesas eran mera propaganda que se quedaron en un “mañana, cadáveres, gozaréis”, citando a Jesús Ibáñez.

La candidatura tuvo éxito, a pesar de que ya había evidencia de compra de votos, y la puesta en marcha del proyecto se tradujo en un desprecio total hacia los derechos laborales y humanos: explotación masiva de trabajadores migrantes, accidentes laborales, salarios irrisorios y jornadas imposibles. Y sobre la supuesta sostenibilidad, los resultados fueron los contrarios a los anunciados. Por ejemplo, la contaminación generada por el aire acondicionado de los estadios para soportar el clima de Qatar, así como los 150 vuelos diarios de los asistentes confirman la sentencia de la revista New Yorker: la FIFA es “una institución rancia”.

La FIFA había afirmado que los ingresos servirían para mitigar las emisiones, una presunción imposible de cumplir. De hecho, se necesitarían plantar 600 millones de árboles para contrarrestar la calamidad climática provocada por Qatar 2022. A pesar de la marca registrada Sustainable FIFA World Cup 2022TM, el expolio ambiental del evento fue mayor que el de cualquier otro Mundial o Juegos Olímpicos de verano. Como de costumbre, Estados Unidos proporcionó la mayor cantidad de turistas internacionales, lo que supuso la emisión de 191 055 toneladas de CO2, incluyendo unas asombrosas 14 700 toneladas producidas por jets privados.

Le Monde expuso la propaganda ambiental como un “espejismo” y Scientific Americancalificó el evento como una “catástrofe climática”. Sin duda, “la Copa del Mundo más sucia” de la historia, bañada en petróleo y corrupción. El colectivo francés Notre Affaire à Tous explicó que: “Al presentar la Copa del Mundo como neutra en carbono, la FIFA hace creer a […] los aficionados que asistir a un evento de este tipo no tiene ningún impacto en el medio ambiente, lo que es claramente incompatible con los viajes internacionales de la Copa que afectan a las emisiones de gases de efecto invernadero”.

La Comisión Suiza para la Equidad recibió quejas de Notre Affaire à Tous junto a Carbon Market Watch (Bélgica), el New Weather Institute de Reino Unido, Alliance Climatique (Suiza), la holandesa Reclame Fossiettvrij, y Fossil Free Football (internacional). La Comisión dictaminó que la FIFA había mentido al afirmar que la Copa era el primer evento de este tipo “totalmente neutro en carbono”.

En 2026, la Copa Mundial masculina se ampliará para incluir 48 selecciones nacionales. Por primera vez, los partidos se celebrarán en tres países enormes: Canadá, México y Estados Unidos, en cuatro zonas horarias, en 16 sedes separadas por varios miles de kilómetros y con un transporte público irrisorio. Se esperan 5,5 millones de espectadores, que necesitarán echar mano del mapa para ubicar las sedes: la Ciudad de México marcará el punto más al sur, Vancouver el del norte, Boston el del este y San Francisco el del oeste. En materia logística, prácticamente todos los desplazamientos serán aéreos debido a una primitiva infraestructura ferroviaria. Radio France se refiere a esto como un “cóctel muy carbonatado”. El New Weather Institute con Scientists for Global Responsibility calcula que las emisiones de la aviación “aumentarán entre un 160% y un 325% en cada uno de los tres torneos en 2026, 2030 y 2034” en comparación con los Mundiales recientes.

Además, en el período programado —pleno verano— el 96% de la población de EEUU experimentó en 2023 calor extremo durante una o más semanas, y 45 ciudades tuvieron temperaturas promedio muy altas. 2024 batió numerosos récords debido a patrones hasta ahora desconocidos de sequía y fuertes lluvias.

Los impactos ambientales en México son horribles. La reserva Primavera de Guadalajara está cerca del estadio Akron. La reserva es el hogar de pumas, una especie casi extinta, venados, águilas reales y aves migratorias. La conservación de la fauna y flora silvestre está en grave riesgo debido al Mundial. La presencia de 50.000 espectadores y 4.000 automóviles, provocará tensiones importantes en los recursos hídricos en Ciudad de México y Monterrey (también junto a un corredor biológico clave).

La ecología solo importa en el fútbol como instrumento de imagen pública de las asociaciones dirigentes, los países anfitriones y los patrocinadores

La Copa del Mundo es “simultáneamente, el mayor festival deportivo del planeta y una sórdida maquinaria comercial que conlleva un enorme coste humano y medioambiental, en beneficio de torturadores, explotadores y codiciosos insaciables”. La ecología solo importa en el fútbol como instrumento de imagen pública de las asociaciones dirigentes, los países anfitriones y los patrocinadores. En lugar de lavado verde y pseudoreformas, el fútbol necesita desesperadamente una transformación drástica para interrumpir su impacto medioambiental, la corrupción, las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, el patrocinio de empresas muy problemáticas y el lavado de dinero por parte de las casas de apuestas. Las afirmaciones de neutralidad de carbono de la Copa del Mundo son solo retóricas. En realidad, se ha convertido en una “Copa del Mundo de lavado verde”.

Somos futboleros, pero no hay alternativa: la fiesta del CO2 debe terminar.

¡Abolir la Copa del Mundo!

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/opinion/abolir-mundial

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PÁNICO EN LA OTAN. LA GUERRA CON RUSIA SERÁ NUCLEAR. PUTIN GOLPEA UCRANI...

jueves, 9 de octubre de 2025

EL GRAN CALDERO DE KLEBAN BYK HA SIDO DESTRUIDO!LAS TROPAS RUSAS AVANZAN...

VLADIMIR PUTIN RESPONDE A UN PERIODISTA ALEMAN Y SORPRENDE A TODOS

Los culpables y sus cómplices

 

Reconocer al Estado de Palestina no es suficiente

Los culpables y sus cómplices

 

 

Benoît Bréville

Rebelión

09/10/2025 


Fuentes: Le Monde diplomatique [Imagen: Youssef Nabil —No One Knows But the Sky (‘Nadie lo sabe, salvo el cielo’), 2019]


Al no imponer realmente sanciones y mantener sus vínculos militares, económicos y diplomáticos con Israel, Europa se ha convertido en cómplice de su brutal campaña.

El presidente francés Emmanuel Macron quería esperar “un momento útil” para reconocer el Estado de Palestina. Cuando España, Irlanda y Noruega optaron por el reconocimiento, en mayo de 2024, aún era demasiado pronto: Suecia solo hacía diez años que había hecho lo propio, el bombardeo de Gaza llevaba apenas ocho meses por entonces, Palestina solo hacía 36 años que había declarado su independencia y únicamente tres cuartas partes de los países del planeta habían dado el paso. Macron bien podía esperar unos meses más.

Le hicieron falta dieciséis. El 22 de septiembre de 2025, subido a la tribuna de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), anunció por fin el reconocimiento francés, justo después de Canadá, el Reino Unido, Australia y Portugal, que le ganaron por la mano la víspera, pero a la vez que Bélgica, Luxemburgo, Malta o Mónaco… “Ha llegado el momento de parar la guerra, los bombardeos en Gaza, las masacres y las poblaciones en fuga”, explicó con voz grave, aunque teniendo buen cuidado de ahorrarle a Israel cualquier amenaza de sanciones y evitando precisar qué fronteras serían reconocidas.

65.000 muertos y 170.000 heridos, el 90% de las viviendas dañadas o destruidas… El momento podía haber llegado antes. Ya el 26 de enero de 2024, el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) hablaba de un “riesgo plausible de genocidio” en Gaza tras constatar que el Ejército israelí mataba deliberadamente a civiles, se esforzaba en destruir infraestructuras vitales y mantenía el territorio en estado de sitio sin que se viera relación con el objetivo oficial de eliminar a Hamás y liberar a los rehenes. En noviembre de 2024, fue el Tribunal Penal Internacional (TPI) el que dio la voz de alarma por “crímenes de guerra” y “crímenes contra la humanidad” y emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y su antiguo ministro de Defensa Yoav Gallant. Los informes se acumulan desde el comienzo de la guerra: ya hablen de destrucción metódica, exterminio o genocidio, todos coinciden en que el propósito de Israel es eliminar al pueblo de Gaza (1).

Muy recientemente, la comisión de investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU llegó a la conclusión de que las masacres cometidas por Israel cumplían cuatro de los cinco criterios que caracterizan un genocidio, de acuerdo con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 (2). Al margen de consideraciones jurídicas, las observaciones de los expertos de la ONU son elocuentes. Decenas de miles de civiles han muerto mientras dormían en sus casas, en hospitales, escuelas, mezquitas, refugios humanitarios o al acudir a un reparto de alimentos. Centenares de periodistas, sanitarios y trabajadores humanitarios han sido objeto deliberado de ataques.

Los investigadores también informaron de numerosas víctimas mortales durante las operaciones de evacuación: “Las fuerzas de seguridad israelíes tenían conocimiento claro de la presencia de civiles palestinos a lo largo de las rutas de evacuación y dentro de las zonas seguras designadas —escriben—. Sin embargo, dispararon contra civiles y mataron a algunos (niños entre ellos) que sostenían banderas blancas improvisadas. Algunos niños, incluidos muy pequeños, recibieron en la cabeza disparos de francotiradores”. Además, el Ejército israelí usa “bombas no guiadas”, muy destructivas y poco precisas, en barrios densamente poblados. Ha destruido casi por completo las infraestructuras sanitarias de Gaza, sus plantas desalinizadoras, sus maternidades y la mayor parte de sus panaderías.

“Israel está lanzando [sobre Gaza] en menos de una semana lo que Estados Unidos lanzaba en Afganistán en un año, en un área mucho más pequeña y mucho más densamente poblada”, afirma un experto militar consultado por los investigadores. En dos años, el territorio ha sido reducido a cenizas y su población (dos millones de personas) se ha visto desplazada en su integridad, a menudo en varias ocasiones.

Tel Aviv añade a los bombardeos incesantes un asedio casi completo. Mientras los gazatíes siguen atrapados en el enclave, las autoridades israelíes han cortado el acceso al agua potable, la electricidad y el gas. También bloquean la entrada de alimentos, carburante, medicamentos y material médico, además de impedir que las organizaciones humanitarias ofrezcan auxilio a la población. Un cuarto de los habitantes de Gaza vive en condiciones cercanas a la hambruna, y el 39% han pasado ya varios días seguidos sin comer.

En cuanto al carácter deliberado de estas acciones —una condición para ser calificadas de genocidio—, a los investigadores no les cabe la menor duda. Los dirigentes israelíes nunca han ocultado su deseo de arrasar la Franja de Gaza y a su población. Es más, lo repiten sin descanso desde el 7 de octubre de 2023: “Desde ahora tenemos un objetivo común: borrar la Franja de Gaza de la faz de la tierra” (Nissim Vaturi, vicepresidente de la Knéset, 7 de octubre de 2023); “Hemos ordenado un asedio total de Gaza. Ni electricidad, ni alimentos, ni agua, ni gasolina. Todo está cortado. Nos enfrentamos a bestias humanas, así que actuamos en consecuencia” (Yoav Gallant, ministro de Defensa, 9 de octubre de 2023). Toda la cadena de mando está implicada: el presidente, el jefe del Gobierno, los ministros, los responsables militares, los coroneles sobre el terreno… Amnistía Internacional recopiló más de un centenar de declaraciones de esta clase entre octubre de 2023 y junio de 2024. Y no han remitido desde entonces. El pasado 19 de marzo, el nuevo ministro de Defensa, Israel Katz, seguía con las amenazas: “Devolved a los rehenes y echad a Hamás. […] La alternativa es la destrucción y la devastación totales”. Algo más tarde, el 6 de mayo, el ministro de Finanzas y dirigente de ultraderecha Bezalel Smotrich anunció que “Gaza será totalmente destruida”. Israel hace lo que dice y dice lo que hace: “Gaza arde”, anunciaba orgullosamente Katz el 16 de septiembre.

Los dirigentes europeos no podrán fingir que no lo sabían. Según el derecho internacional, estaban en la obligación de evitar lo que el TIJ tal vez califique un día de genocidio: “Una obligación de conducta y no de resultado”, aclara la institución. ¿Y qué han hecho? Nada. La Unión Europea, que prevé emitir su decimonoveno paquete de sanciones contra Rusia (solo dos meses después del decimoctavo) para castigarla por su invasión de Ucrania, no ha adoptado la menor medida de represalia contra Israel. Cierto es que solo Estados Unidos está en condiciones de obligar de inmediato a Tel Aviv a que detenga la carnicería: le bastaría con poner fin a sus entregas de armas, que constituyen el grueso del arsenal israelí. Pero los países europeos podían haber actuado a la altura de sus medios, habida cuenta de que no carecían de ellos.

Bruselas es el principal socio comercial de Israel, su segundo proveedor de armas y unos de los lugares favoritos de los israelíes para irse de vacaciones. Los dirigentes del Viejo Continente habrían podido suspender la exención de visado de la que se benefician los israelíes, imponer sanciones individuales a la mayoría de sus autoridades, decretar un embargo sobre el material militar. También podrían haber suspendido el acuerdo de asociación y libre comercio vigente entre Bruselas y Tel Aviv (una medida, por lo demás, prevista en su artículo 2 en caso de vulneración por una de las partes de los derechos humanos y los principios democráticos). Pero no han hecho nada de eso. En su lugar, los Gobiernos francés, italiano, griego y belga han autorizado que buques cargados de armas con destino a Israel hicieran escala en sus puertos. Y Macron permitió en dos ocasiones (febrero y abril de 2025) que Netanyahu atravesara el espacio aéreo francés pese a la orden de arresto del TPI.

Los dirigentes europeos no solo son cómplices por pasividad e inacción. También han proporcionado apoyo material constante a Tel Aviv. En el marco del programa Horizon Europe, Bruselas sigue concediendo subvenciones a universidades y empresas israelíes que colaboran con su Ejército. Desde el 7 de octubre de 2023, el club comunitario ha dado su aprobación a más de 130 proyectos de este género con la participación de Israel Aerospace Industries (uno de los mayores fabricantes de armamento del país), el Weizmann Institute of Science (responsable de la mayoría de trabajos sobre armas nucleares en Israel) o la Universidad Ben-Gurión (que trabaja en tándem con la escuela de pilotos de la Fuerza Aérea israelí) (3). Bruselas también financia empresas europeas que venden material al Ejército israelí (BAE Systems, Leonardo, ThyssenKrupp Rheinmetall o Rolls-Royce, entre otras).

Por último, desde el principio de la guerra, Tel Aviv ha podido contar con un apoyo político casi indefectible. Los dirigentes europeos empezaron por reproducir el discurso israelí presentando de entrada el sangriento ataque del 7 de octubre como un acto de terrorismo islamista y antisemita. A continuación, no dejaron de afirmar el “derecho de Israel a la legítima defensa”, incluso cuando Tel Aviv agredió unilateralmente y por sorpresa a Irán en junio de 2025. También han seguido manteniendo relaciones cordiales con sus homólogos israelíes. El presidente israelí Isaac Herzog, encargado de transmitir la buena nueva israelí por todo el mundo, fue recibido con honores en el Elíseo en julio de 2024, y sigue siendo recibido con los brazos abiertos en los países que tiene a bien visitar: Hungría e Italia en febrero de 2025, Alemania en mayo, Letonia, Lituania y Estonia en agosto, Reino Unido en septiembre.

Persecución de la sociedad civil

Muy diferente es el trato que reciben los defensores de los palestinos, quienes denuncian un genocidio y piden que se respete el derecho internacional. En Francia, Alemania o Italia se han prohibido manifestaciones pacíficas, así como conferencias o mítines de apoyo a Gaza. Activistas y diputados acusados de justificar los ataques del 7 de octubre han recibido citaciones y han sufrido detención preventiva y persecución por apología del terrorismo. El pasado 30 de abril, el ministro del Interior francés, Bruno Retailleau, incoaba el procedimiento de disolución del colectivo Urgence Palestine con la fantasiosa excusa de que promovía la violencia. El 11 de septiembre, la policía registraba el domicilio del director de publicación de la página web de la Unión Judía Francesa por la Paz, de nuevo en el marco de una investigación por apología del terrorismo. Días después, justo en el momento en que Macron anunciaba el reconocimiento francés del Estado de Palestina, Retailleau instaba a los prefectos a recurrir sistemáticamente al derecho administrativo para castigar a los concejales que colgaran la bandera palestina en la fachada de sus ayuntamientos.

Cuando no son acosados por la policía o los jueces, los defensores de Palestina son calumniados por los medios de comunicación. Desde el 7 de octubre de 2023, los diputados y militantes de Francia Insumisa han sido tachados casi diariamente de antisemitismo, con total impunidad, en las cadenas del grupo Bolloré, en Le Point y Le Figaro, a veces en France Inter y en las columnas de Le Monde o de Mediapart. Una acusación injuriosa que también han sufrido los humoristas Guillaume Meurice y Blanche Gardin, el investigador Pascal Boniface, la filósofa Judith Butler… Nadie está a salvo: una palabra, por insignificante que sea, puede desatar la conjura.

Por el contrario, quienes orquestan estas campañas de difamación y reproducen la propaganda israelí se hacen acreedores a todos los honores. La humorista de France Inter Sophia Aram lleva dos años riéndose de los que denuncian un genocidio en Gaza (el “guirigay de la indignación fácil”, la “buena conciencia de la izquierda”, los “tontainas”…). Aram defiende la política israelí en toda circunstancia (“Admito que estoy a favor de la desnuclearización de Irán por parte de Israel”) y se dedica a propagar la equiparación entre antisemitismo y antisionismo (“Quienes hablan de ‘antisionismo’, que no es sino antisemitismo, a menudo son los mismos que tienden a llamar al jabón ‘gel de ducha sólido’”). El 14 de julio, el ministro francés de Exteriores la condecoró con la Legión de Honor. Se trata de la recompensa oficial de un nuevo negacionismo que toda una galaxia de influencers extiende por doquier a bombo y platillo: “No hay intención genocida, pero es que tampoco hay efecto genocida”, “No hay una hambruna en Gaza”, repite Bernard-Henri Lévy (Radio J, 29 de junio de 2025).

Una visión optimista de la marcha del mundo condena a los revisionistas al basurero de la historia y promete, más tarde o más temprano, la liberación a los pueblos oprimidos. Pero es a la aniquilación a donde Israel, su aliado estadounidense y sus cómplices europeos y árabes están llevando a Palestina y a los palestinos. En ausencia de acciones —no digamos ya de sanciones—, el reconocimiento de París y las capitales occidentales suena como un viático para su viaje a los infiernos. Como un adiós.

Notas:

(1) Véase Akram Belkaïd, “Israel, acusado de genocidio en Gaza”Le Monde diplomatique en español, enero de 2025.

(2) “Legal analysis of the conduct of Israel in Gaza pursuant to the Convention on the Prevention and Punish of the Crime of Genocide”, Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 16 de septiembre de 2025.

(3) Mark Akkerman y Niamh Ní Bhriain, “Partners in crime. EU complicity in Israel’s genocide in Gaza”, Transnational Institute, Ámsterdam, junio de 2024.

Benoît Bréville es el director de Le Monde diplomatique

Fuente: https://mondiplo.com/los-culpables-y-sus-complices

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La importancia de la clase trabajadora

 

La clase trabajadora se siente abandonada, y en buena medida lo está. Terreno abonado en el que crece la ultraderecha, sobre todo entre los jóvenes, que no conocieron el dolor que antes causó. Mientras, el progresismo realmente existente sigue en las nubes.


La importancia de la clase trabajadora

 

Yanis Varoufakis

El Viejo Topo

9 octubre, 2025 

 

Un espectro acecha a Occidente: el espectro de una clase trabajadora a la que se le ha cerrado el acceso a la política. A lo largo de decenas de años, seducidas por los cantos de sirena de la «tercera vía» de Bill Clinton, Tony Blair y Gerhard Schröder, las fuerzas de centroizquierda abandonaron el lenguaje de la lucha de clases.

Pero en su prisa por convertirse en respetables y demostrar que eran gestores más eficientes y justos del capitalismo, dejaron de hablar de explotación y optaron por ignorar el antagonismo inherente —incluso la violencia— de la relación entre el capital y el trabajo. Eliminaron por completo del discurso político las palabras, los gestos, la forma de ser y las aspiraciones de los trabajadores. Y luego denigraron a sus antiguos electores calificándolos de «deplorables».

Cuando la movilidad descendente y la insolvencia se apoderan de grandes zonas del interior, donde una clase trabajadora que antes se sentía orgullosa ahora se siente abandonada y de las que los partidos establecidos apartan la mirada, surge el anhelo de un nuevo proyecto de restauración de la dignidad, de un relato que enfrente a un «nosotros» colectivo contra un «ellos» poderoso. Hace una década, un narrador venenoso con un siglo de experiencia en llenar esos vacíos entró en uno nuevo: la extrema derecha xenófoba.

Los movimientos y líderes que los centristas tildaron torpemente de «populistas» no son quienes crearon ese anhelo, sino que simplemente lo explotaron con el cinismo de un monopolista experimentado que descubre un mercado sin explotar. Desde las zonas obreras del sur del Pireo, a un tiro de piedra de donde escribo estas líneas, hasta los antiguos suburbios «rojos» de París o Marsella, podemos ver cómo hay bloques de votantes que pasan de los partidos comunistas y socialdemócratas a aquellos creados por los herederos políticos de Mussolini y Hitler. Al igual que sus antecesores, estos camaleones políticos se presentan como los abanderados de una clase obrera marginada. Mientras tanto, en los Estados Unidos, los supremacistas blancos, los fundamentalistas cristianos, los señores tecnofeudales y los antiguos votantes demócratas ya hartos vibran juntos apasionadamente en una coalición que se ha hecho ya dos veces con la Casa Blanca.

La comparación a la que se están entregando muchos con el período de entreguerras puede llevarnos por mal camino si no tenemos cuidado, pero resulta pertinente. Y aunque la tendencia de la izquierda a tildar de fascistas a todos los oponentes conservadores o centristas resulta inexcusable, lo cierto es que el fascismo está ahora en el aire. ¿Cómo podría ser de otra manera? Cuando quedó abandonada la clase trabajadora en todo Occidente, resultó fácil devolverle su esperanza con la promesa de un renacimiento nacional basado en una ficticia Edad de Oro.

Una vez que mordieron el anzuelo, el siguiente paso fue desviar su ira de las fuerzas socioeconómicas que los habían llevado a la pobreza hacia una nebulosa conspiración: los «globalistas», el «Estado profundo» o algún complot dirigido por George Soros para «reemplazarlos» en su propio terruño. Aprovechando el entusiasmo así inspirado, los políticos de ultraderecha comienzan a apuntar contra las élites liberales, los banqueros, los extranjeros ricos en el extranjero y los extranjeros pobres en el país, personas a las que se puede retratar como usurpadores de la Edad de Oro y obstáculos para el renacimiento nacional.

 

Entonces (y sólo entonces) llega el rechazo de la lucha de clases, descartando la representación política de los intereses económicos de la clase trabajadora. La ira dirigida a los propietarios norteamericanos que cierran la fábrica local y la trasladan entera a Vietnam se redirige contra los trabajadores chinos. La furia dirigida al banco que embargó la casa familiar se convierte en odio hacia los abogados judíos, los médicos musulmanes y los jornaleros mexicanos. Cualquiera que les recuerde que el capital se acumula devorando, desplazando y, finalmente, deshaciéndose del trabajo de personas como ellos, viene a ser tratado como traidor a la patria.

En la década de 2020, al igual que en la de 1920, la ultraderecha ha surgido a raíz de este proceso. No ocurrió de la noche a la mañana. El proceso de pérdida de las clases trabajadoras, inicialmente hacia la desesperanza y finalmente hacia la mentalidad fascista, comenzó con el fin de Bretton Woods en 1971. Pero, ¿qué es lo que desencadenó la transformación de la extrema derecha de un movimiento de protesta dentro de la política conservadora a una fuerza autónoma que toma el poder, arrasa sin pudor las instituciones liberales burguesas y se embarca en un proyecto de aniquilación del «bolchevismo cultural», término tan caro al corazón de Joseph Goebbels?

Hay dos acontecimientos que llaman la atención. En primer lugar, la crisis financiera mundial de 2008, el momento 1929 de nuestra generación, llevó a los centristas en el poder a imponer una dura austeridad a la clase trabajadora, al tiempo que extendían la solidaridad «socialista» patrocinada por el Estado a las grandes empresas. En segundo lugar, al igual que en los años 20 y 30, los centristas y los conservadores no fascistas temían y detestaban más a la izquierda democrática que a la derecha autoritaria.

La lección para la izquierda resulta dolorosamente clara. Centrarse exclusivamente en la identidad —en la raza y el género— mientras se ignora la realidad material de las clases constituye un error estratégico catastrófico. Significa desarmarse ante un enemigo que ha convertido en arma la historia misma a la que han renunciado los partidos de centroizquierda.

La tarea consiste en integrar las luchas vitales contra el racismo y el patriarcado en una crítica renovada y sólida del poder de clase. Debemos recuperar el vocabulario de la solidaridad y la explotación, demostrando que el verdadero enemigo de los trabajadores no es el inmigrante, sino el rentista, el señor tecnofeudal, el patrono monopsonista y el financiero que trata su futuro como un derivado sobre el que especular. Líderes nuevos como el candidato a la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani, deben contribuir a encontrar una síntesis que se transmita a la totalidad de la persona.

La alternativa supone seguir siendo espectadores de nuestra propia tragedia política, viendo cómo se despacha a las personas olvidadas por la izquierda a luchar en una fantasía derechista de pureza nacional. La clase trabajadora es importante. Es hora de empezar a actuar en consecuencia.

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miércoles, 8 de octubre de 2025

DIRECTO.PÁNICO EN LA OTAN. RUSIA SORPRENDERÁ AL MUNDO.UCRANIA ATACÓ A CI...

DOLOROSA RETIRADA UCRANIANA EN DONETSK. LAS TROPAS RUSAS SIGUEN AVANZAND...

 

Tarde o temprano, Europa tendrá que elegir si sigue en el vagón de cola del imperialismo estadounidense y su vocación por la guerra, o si decide jugar sus cartas en el marco de la cooperación multipolar. Por ahora la cosa no pinta bien.


Las líneas del frente

Andrea Zhok

El Viejo Topo

8 octubre, 2025 


No sé cuánta cobertura mediática ha recibido este asunto, pero Israel y Estados Unidos claramente están preparando un nuevo ataque contra Irán.

El traslado masivo de aviones estadounidenses de reabastecimiento a bases cercanas a territorio iraní, el despliegue del 38% de todos los sistemas antimisiles estadounidenses (THAAD) para cubrir territorio israelí y el ultimátum –que se supone inaceptable– que la administración estadounidense ha dado al gobierno iraní, exigiendo no solo el cese de todas las actividades de enriquecimiento de uranio, sino también la eliminación de todos los misiles iraníes de alcance medio (aquellos capaces de alcanzar Israel), parecen ser el preludio de la continuación de la «Guerra de los Doce Días».

Este frente se está reabriendo, mientras que el frente venezolano pende de un hilo, con la flota estadounidense frente a las costas de Venezuela, el bombardeo cíclico de barcos que, según Estados Unidos, son buques de contrabando y las peticiones de renuncia de Maduro.

Todo esto ocurre mientras la administración estadounidense se encuentra en un «cierre patronal», deteniendo todas las actividades gubernamentales no esenciales y amenazando con despidos masivos.

Como se ha dicho repetidamente, al menos en esta página, la profunda crisis de la hegemonía estadounidense, el proceso de desdolarización y la aparición de competidores capaces de despojar a Estados Unidos de sus ventajas económicas tradicionales lo están empujando a ejercer sin restricciones el único poder en el que aún goza de una clara ventaja global: el poderío militar.

Estamos entrando en la fase más peligrosa, y probablemente la más sangrienta, de la crisis del imperio estadounidense.

En este punto, Europa debe decidir si sigue a Estados Unidos en su desesperado y letal aventurerismo –diseñado en última instancia solo para beneficiar a la potencia hegemónica– o si se forja un papel de tercero en un marco multipolar.
Por ahora, las clases dominantes europeas se han alineado sin dudar con el liderazgo estadounidense, con la esperanza de que el tiburón al mando les deje parte de su cadáver.

En cuanto a las poblaciones europeas –deshabituadas desde hace tiempo a pensar políticamente–, el juego sigue abierto, sobre todo porque el frente pasa por Gaza. En el atolladero mental general que caracteriza a las poblaciones acostumbradas a razonar con esquemas sensacionalistas, los trágicos acontecimientos en Gaza han logrado (laboriosamente) romper el muro de la negación mediática y ahora desafían los patrones internalizados de pertenencia. Algunas de las certezas previas se han puesto en duda: la de estar «del lado correcto de la historia», del lado de los «derechos humanos», del «derecho internacional», de la «libertad de prensa, expresión y pensamiento», etc.
El frente está claro para cualquiera que tenga ojos para ver.

EE. UU., Israel, con el Reino Unido y Alemania inmediatamente detrás, en un lado.

Del otro lado se encuentran China, Rusia, inmediatamente después de Irán y Venezuela, y, como fuerza simbólica, apoyada por los dos anteriores, Palestina.

El primer grupo, que atraviesa una crisis en su modelo económico-industrial, busca, ejerciendo la superioridad militar que le queda, un margen para la «extracción de valor» que le permita mantenerse a flote (ya sean recursos naturales rusos, venezolanos o iraníes, la Franja de Gaza, etc.).

El segundo grupo, en expansión económica y tecnológica y con vastos recursos naturales, no tiene interés en fomentar el conflicto y busca estrategias para consolidar su seguridad regional, enmarcándolas en el marco de la cooperación multipolar.

Este es el verdadero juego en marcha; este es el juego en el que pronto tendremos que decidir qué lado tomar.
Y, en cualquier caso, habrá un precio que pagar.

Fuente: Andrea Zhok

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