viernes, 23 de febrero de 2024

Al rescate de Lenin

 

El centenario de la muerte de Vladimir Illich Ulyanov, Lenin, es una ocasión propicia para invitar a las generaciones más jóvenes a recuperar el formidable legado teórico del gran revolucionario ruso, fallecido el 21 de enero de 1924, cuando aún no tenía 54 años.


Al rescate de Lenin


Atilio Borón

El Viejo Topo

23 febrero, 2024 

 

Lenin fue víctima de un grave ataque perpetrado menos de un año después del triunfo de la revolución —más precisamente el 30 de agosto de 1918— por Fanya Kaplan, una activista del anarquismo ruso que lo acusó de haber “traicionado a la revolución”.

Tiempo después, una de las balas alojadas en su pulmón, que no pudo ser extirpada por sus médicos, comenzó a generarle dificultades de todo tipo que escalaron hasta una serie de infartos cerebrales que le provocaron primero una parálisis y finalmente su muerte prematura y, para la causa del socialismo, muerte lamentable.

 

Advertencias necesarias

No hace falta decir que una empresa de este tipo: volver a Lenin, tropieza con no pocos obstáculos. Uno de carácter puramente cuantitativo deriva de que la monumental producción escrita por el líder bolchevique a lo largo de tres décadas comprende –en la segunda edición de sus Obras Completas publicada en Buenos Aires por Editorial Cartago– nada menos que 51 volúmenes, incluidos los cuatro dedicados a índices temáticos, títulos, onomástica y notas complementarias. Lenin no sólo fue un político y estadista excepcional, sino también un escritor prolífico como pocos.

Como relatan sus diversos biógrafos y estudiosos, de joven ya destacó como un estudiante muy talentoso y su carrera política e intelectual posterior ratificó plenamente las prometedoras predicciones hechas sobre él por sus maestros, entre ellos, el padre del hombre que posteriormente sería durante un tiempo jefe del Gobierno Provisional surgido de la Revolución de Febrero, Alexandr Fyodorovich Kerensky.[1]

Una segunda advertencia se refiere entonces al carácter inevitablemente parcial e incompleto de una empresa político-intelectual como la que proponemos. En este caso y teniendo en cuenta el momento especial que vive América Latina y el Caribe –una región cada vez más acosada por un imperio que busca revertir su inexorable decadencia reafirmando su dominio en esta parte del mundo– la tarea de recuperar el análisis de Lenin sobre la coyuntura política y la estrategia y táctica de las fuerzas populares en momentos de inflexión histórica como este es más importante que nunca.

Pero hay muchas otras corrientes del pensamiento leninista que también podrían abordarse, como sus penetrantes análisis sobre el imperialismo en muchos escritos, pero sobre todo en Imperialismo, fase superior del capitalismo; sobre filosofía y epistemología en Materialismo y empiriocriticismo, principal obra filosófica de Lenin; o sus diversos escritos económicos juveniles, entre los que hay que mencionar Contenido económico del populismo ; ¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los socialdemócratas? y su gran obra de síntesis de este período: El desarrollo del capitalismo en Rusia.[2]

Por tanto, esta invitación no pretende convertir a los nuevos actores sociales y políticos en “leninólogos” eruditos sino motivarlos a acercarse al estudio de su pensamiento político, imbricado con las urgencias que plantea en su Rusia natal la inminencia de la revolución y, bajo una perspectiva más amplia, la necesidad de una revolución mundial para poner fin a la dictadura del capital y las atrocidades del imperialismo.

Al formular esta invitación lo hacemos con la convicción de que Lenin es un “autor vivo”; es decir, alguien que es nuestro contemporáneo y cuyas reflexiones son relevantes y esclarecedoras para las luchas emancipadoras que se desarrollan en América Latina y el Caribe.

La recuperación del legado de Lenin es de suma importancia para el momento actual en la región, donde diagnósticos precisos y pronósticos esclarecedores son componentes esenciales del éxito de las luchas populares. Y, en este sentido, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que sus valoraciones de las más diversas situaciones fueron notablemente acertadas.

Fue, sin duda, un protagonista y al mismo tiempo un analista que “vio” mucho más lejos y más profundamente que cualquiera de sus contemporáneos; estuvo dotado de una inusitada capacidad para descifrar toda la complejidad y contradicciones contenidas en un momento histórico donde política, economía e ideología se anudaban bajo las fórmulas más impredecibles que desafiaban el pensamiento convencional de la izquierda. Una prueba más que elocuente la proporciona su convicción inmediata, poco después de llegar a la Estación Finlandia en Petrogrado, poniendo fin a su largo exilio en Suiza, de que lo que los bolcheviques debían hacer era limitar al mínimo indispensable su apoyo al gobierno provisional, gobierno que surgió de la Revolución de Febrero y organizar a las masas para consumar lo antes posible la transición a la revolución socialista.

Prueba de ello es que sus famosas Tesis de Abril no fueron publicadas inmediatamente por el órgano del partido, Pravda, sino tres días después de su discurso, porque Kamenev, Stalin y Bogdanov, los jefes del partido, las consideraron “el delirio de un loco”. E incluso su esposa, Nadezhda Krupskaya, confesó en voz baja a sus amigos sus temores de que “Lenin se hubiera vuelto loco”.[3]

En el mismo sentido, uno de los biógrafos más autorizados de Lenin, el historiador francés Gérard Walter, explica que cuando Lenin fue invitado por los delegados bolcheviques a presentar sus tesis en la sede del Sóviet en el Palacio de Tauride, tras su intervención tuvo que afrontar “un desfile ininterrumpido de oradores que abrumaban a Lenin, uno con sus invectivas y otros con sarcasmo o hipócritas condolencias. Ninguno de sus seguidores se atrevió a salir en su defensa. Ni un solo líder de la organización bolchevique, ni un solo miembro de la redacción de Pravda alzó la voz en defensa del exiliado recientemente regresado a Rusia”.

Evidentemente, Lenin tenía ese ojo de águila que tanto admiraba en Rosa Luxemburg y que casi nadie poseía entre sus compañeros, y a la hora de descifrar los laberintos de la coyuntura la distancia que existía entre él y ellos era inconmensurable. Como en el caso de Fidel, la historia también absolvió a Lenin y demostró que la razón estaba de su lado.[4]

Vicisitudes

Dicho lo anterior, confío en que el propósito de estas líneas sea claro: hacer justicia a uno de los más grandes teóricos y practicantes de la revolución de todos los tiempos. Su nombre ha sido objeto de burlas por traidores y renegados de todo tipo, que han hecho del antileninismo un culto lucrativo celebrado con sofisticados argumentos pseudofilosóficos con la inútil pretensión de descalificar tanto al personaje como a sus ideas. Tal como dice Slavoj Žižek, “si hay un consenso entre (lo que puede quedar de) la izquierda radical de nuestro tiempo es que para resucitar un proyecto político radical debemos olvidar la herencia leninista”.[5] Abandonado por amplios sectores de la izquierda contemporánea, Lenin es odiado sin fisuras por la burguesía y sus aliados, conscientes de su inquebrantable lealtad al proyecto socialista y al ideal comunista de autogobierno de los productores.

Se podría decir sin temor a ser falso que Lenin es uno de los “desaparecidos” más ilustres de los últimos tiempos. Ignorados y cuestionados sin ser comprendidos ni estudiados, algunos sectores de una izquierda bien intencionada pero inmadura y arrogante creen que nada se puede aprender del líder indiscutible de una revolución que, como la rusa, abrió una nueva etapa en la historia de humanidad.

El desprecio por algunos de los temas clásicos del pensamiento leninista: la cuestión de la organización, del partido revolucionario y la necesidad de tomar el poder estatal y desarrollar la conciencia política de las masas, es más que evidente en nuestros días en algunas de las expresiones de una cierta “izquierda posmoderna” que, por su funcionalidad con los intereses del imperio, tiene demasiado de lo primero y muy poco de lo segundo.

Se trata de corrientes políticas que aborrecen todo lo que tenga que ver con la organización de los sujetos de las luchas revolucionarias o incluso reformistas para postrarse a los pies de una supuesta rebelión espontánea de masas y multitudes que no requieren ni organización ni concientización; que, a pesar de sus declaraciones en contrario, caen en una especie de anarquismo romántico respecto del Estado y de la superfluidad de considerar la toma del poder estatal, ya que el mundo puede cambiarse sin esta molesta exigencia; y que, en un alarde de confusión, muestran su desdén por los debates sobre las cuestiones cruciales de estrategia y táctica de la lucha popular.[6]

Es fácil comprender la centralidad que adquiere el legado teórico de Lenin para desmantelar una razón política trastornada disfrazada de “progresismo” amorfo y desdentado, incapaz de desafiar seriamente la dominación del capital.

La sucesión de derrotas experimentadas en los capitalismos metropolitanos por las fuerzas populares a finales del siglo XX afectó no sólo la validez sino también la visibilidad del pensamiento leninista. Aparte de los efectos devastadores de la “revolución” neoconservadora y neoliberal, mencionemos primero la deformación (y el ignominioso colapso después) de lo que, en cierto sentido, podría considerarse como la “gran creación práctica” de Lenin: la Revolución Rusa.

Ambas cosas: la degeneración de la revolución y su colapso tragicómico –resumido en el vídeo de Mijaíl Gorbachev filmado en una tienda Pizza Hut– dañaron seriamente la consideración que merecía el trabajo teórico y práctico de Lenin. Como nos recuerda Gyorg Lukács, Lenin fue “el gran teórico de la práctica revolucionaria y el gran practicante de la teoría revolucionaria”.

Desafortunadamente, el colapso de la Unión Soviética arrastró consigo la herencia teórica de Lenin. Lamentablemente, el inicio del ciclo ascendente de luchas de los movimientos populares latinoamericanos que se inició con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela a principios de 1999, no tuvo la fuerza necesaria para contrarrestar el abandono del leninismo —y del marxismo— por las menguantes fuerzas de contestación en los países capitalistas metropolitanos.[7]

Si los viejos y nuevos adversarios de Lenin se esforzaron por ocultar u oscurecer su legado, sus partidarios a menudo incurrieron en un vicio que esterilizó inexorablemente sus mejores intenciones. De hecho, la canonización de su obra a manos del estalinismo –en el que jugaron un papel decisivo los Fundamentos del leninismo de Stalin– la desfiguró tanto como la demonización que sufrió a manos de teóricos burgueses o viejos izquierdistas arrepentidos de sus pecados de juventud.

La “codificación” del leninismo y la transformación de un marxismo vivo y “guía de acción” en un manual de autoayuda para revolucionarios ingenuos dañó gravemente el trabajo de los movimientos sociales y partidos radicales de Nuestra América. Si la vulgata soviética tuvo consecuencias muy graves a nivel teórico, la práctica política del estalinismo magnificó aún más estos efectos al abortar los estallidos de una auténtica reflexión marxista.

Esto fue sofocado allí donde el marxismo de los “manuales soviéticos” –completamente descalificados por el Che Guevara– prevalecía sin contrapesos, como en la Unión Soviética y los países de Europa del Este.[8]

Y en los territorios del capitalismo avanzado, la combinación de la derrota del impulso revolucionario de la primera posguerra y la imposición de la ortodoxia de los manuales o manuales soviéticos precipitaron la conformación de lo que Perry Anderson llamó “marxismo occidental”, es decir, un marxismo encerrado en una burbuja teórica y completamente alejado de los imperativos de la vida práctica y de las luchas anticapitalistas y antiimperialistas de la época.

Un marxismo enteramente volcado en la problemática filosófica y epistemológica, importante sin duda, pero al precio de renunciar al análisis histórico, económico y político y que convertía al marxismo, por eso mismo, en un saber esotérico encerrado en escritos herméticos irremediablemente distanciados de las urgencias. y necesidades de las masas.[9]

Un marxismo concebido como “un dogma y no como una guía de acción”, revirtiendo el recordado aforismo de Lenin, que de poco o nada sirvió para comprender la complejidad del capitalismo contemporáneo y, mucho menos, para la construcción de un instrumento político capaz de cambiarlo.

En su magnífico mensaje a los jóvenes comunistas soviéticos, Lenin cuestionó lo que significaba “aprender el comunismo”. Su respuesta fue esclarecedora: “Si el estudio del comunismo consistiera únicamente en saber lo que dicen las obras, libros y folletos comunistas, esto fácilmente nos daría exégetas o fanfarrones comunistas, que muchas veces nos causarían daño y perjuicio, porque estos hombres, después de haber leído si hubieran aprendido mucho y hubieran aprendido lo que se explica en los libros y folletos comunistas, serían incapaces de coordinar todos estos conocimientos y actuar como el comunismo realmente exige”.

Y un poco más tarde añadió que “Sin trabajo, sin lucha, el conocimiento libresco del comunismo, adquirido en folletos y obras comunistas, no tiene absolutamente ningún valor, porque sólo continuaría el viejo divorcio entre teoría y práctica, que era el rasgo más nocivo de la vieja sociedad burguesa.

Y concluye su planteamiento encaminado a estimular la formación intelectual y política de una juventud comunista culta, capaz de asimilar críticamente lo que Lenin llama patrimonio histórico de la humanidad con esta frase lapidaria: “El comunista que se enorgullece de serlo, simplemente por haber recibido conclusiones ya establecidas, sin haber realizado un trabajo muy serio, difícil y grandioso, sin analizar los hechos ante los cuales se ve obligado a adoptar una actitud crítica, sería un comunista lamentable. Nada podría ser tan desastroso como una actitud tan superficial”.[10]

Lamentablemente, la dogmatización del marxismo, tan combatida por Lenin, relegó al olvido la undécima tesis de Marx sobre Feuerbach y su llamado a transformar el mundo y no sólo a reflexionar sobre las diferentes formas de interpretarlo. Y, por supuesto, desplazó la formidable obra teórica de Lenin a los estantes más polvorientos de las bibliotecas despobladas.

Por otro lado, cuando los principales movimientos de izquierda y fundamentalmente los partidos comunistas adoptaron el canon “marxista-leninista”, la tradición teórica comunista, un movimiento de “reflexión permanente” dialécticamente integrado con las vicisitudes de su época, quedó congelada en tiempo.[11]

Contrariamente a las recomendaciones de Lenin, el marxismo así concebido degeneró en una doctrina ya “cerrada” y terminada, completamente elaborada, flotando impávida por encima del movimiento histórico. En una palabra: en su rigidez sin vida no lo reflejaba y, si fracasaba en este esfuerzo, difícilmente podría cambiarlo.[12]

Pocas cosas podrían ser más antimarxistas y antileninistas que esta parálisis real de una teoría que, desde sus primeras formulaciones por los jóvenes Marx y Engels en los años cuarenta del siglo XIX, no había hecho más que desarrollarse en estrecho contacto con el mundo cambiante. Realidades de su época, que intentaron “reflejar” con la mayor precisión posible.

 

Aire de renovación

En el campo de la praxis política, la férrea imposición de la ortodoxia estalinista retrasó durante décadas la apropiación colectiva de algunas contribuciones importantes del marxismo del siglo XX. Baste recordar el retraso en dar a conocer la indispensable contribución de Antonio Gramsci al marxismo, cuyos Cuadernos de la cárcel no estuvieron disponibles, en italiano, en su totalidad, hasta mediados de los años setenta, es decir, cuarenta años después de la muerte de su autor.

Gramsci era visto con gran desconfianza en los partidos comunistas europeos y latinoamericanos a pesar de que más allá de su innegable originalidad su pensamiento reflejaba, al menos en parte, la maduración de ciertas tesis leninistas a la luz de las nuevas condiciones creadas por la reconstrucción reaccionaria de el capitalismo en los años 30.[13]

Por eso cabe resaltar los méritos del intelectual argentino Héctor Agosti, director de los Cuadernos de Cultura publicados por el Partido Comunista Argentino, por haber sido el primero en América Latina en tomar nota de la trascendental importancia de la renovación teórica que encarnaba en la obra de Gramsci y esforzarse por instalar las contribuciones italianas no sólo en los debates dentro de los partidos hermanos de la región sino también entre otras fuerzas de izquierda, igualmente refractarias a las reformulaciones del gran pensador italiano.

La fructífera predicación de Agosti hizo posible la incorporación del rico legado de Gramsci a las discusiones que empezaban a gestarse en los convulsos años sesenta.[14] A mediados de la década siguiente, la obra de Gramsci ya era ampliamente citada y se convirtió en fuente de duras polémicas interpretativas. Esto se debió a que una corriente teórica, arraigada en Europa pero con algunas terminales en América Latina, lo reconstruyó como un tibio socialdemócrata y lejano antecesor del ilusorio eurocomunismo que en pocos años liquidaría a los principales partidos comunistas de Europa, empezando por el de Italia.

En nuestros países, en cambio, la recuperación del legado gramsciano fue en no pocos casos más fiel a la impronta leninista del original. Finalmente, las versiones socialdemócratas no tardaron en desvanecerse al calor de la lucha de clases y las ofensivas del imperialismo, a ambos lados del Atlántico. La deformación europeísta del pensamiento gramsciano exigió un esfuerzo notable para recuperar la sólida herencia teórica del pensador italiano, tarea que ahora debe realizarse, sin más demora, con Lenin.

En América Latina, pero no en Europa, nos hemos reencontrado con el Gramsci legítimo. En una situación mundial tan plagada de peligros como la actual, es urgente hacer lo mismo con la herencia teórica de Lenin.[15]

El peso de la ortodoxia soviética también fue responsable del retraso en la incorporación de la sugerente recreación del marxismo producida a partir de la experiencia china en las obras de Mao Zedong. O el ostracismo en el que cayó la recreación del materialismo histórico surgida de la pluma del gran marxista peruano José Carlos Mariátegui, quien con razón dijo que “entre nosotros el socialismo no puede ser calco ni copia sino creación heroica”.

O la absurda condena de la refinada producción de Gyorg Lukács en Hungría. Más cerca en el tiempo, esa codificación antileninista de las enseñanzas de Lenin (y de Marx) hizo aparecer a Fidel y al Che como si fueran dos aventureros irresponsables, hasta que la realidad y la historia aplastaron con su peso las monumentales estupideces ideadas por los ideólogos soviéticos y sus principales divulgadores aquí y ahí. En resumen: es difícil calcular el daño causado con tal tergiversación del marxismo. ¿Cuántos errores prácticos cometieron los vigorosos movimientos populares ofuscados por las recetas políticas del “marxismo-leninismo”?[16]

De lo anterior se puede inferir que un “regreso a Lenin” no sólo es conveniente sino urgente y necesario. Un Lenin que por supuesto no está exento de errores, algunos de los cuales él mismo se encargó de reconocer, pero cuya relevancia para las luchas emancipadoras de América Latina está fuera de discusión, lo que hace aún más imperdonable ignorar su obra.

Lenin yace bajo los escombros de la Unión Soviética; también bajo la avalancha propagandística de la contrarrevolución neoliberal desde los años ochenta del siglo pasado y los reveses y frustraciones de los movimientos populares en los países capitalistas avanzados. Pero, afortunadamente, su obra sobrevivió a ambas catástrofes y está ahí, como un faro que sigue arrojando luces esclarecedoras.

Con la desaparición de la Unión Soviética, acontecimiento fundamental que dividió en dos la historia de la humanidad al culminar la primera revolución exitosa de las clases subalternas después del primer y más limitado ensayo general de la Comuna de París, debemos retomar un diálogo con el gran revolucionario ruso.

No para imitar o recibir acríticamente sus teorías, como sabiamente aconsejaron Mariátegui, Mella, Che y Fidel, sino para aprender de una conversación. Maquiavelo dijo, en una memorable carta a su amigo Francesco Vettori, fechada el 10 de diciembre de 1513, que una biblioteca es un lugar donde los grandes hombres de la historia —los fundadores de estados y los revolucionarios— acuerdan conversar con quienes buscan en ellos sabiduría y lecciones que surgen de sus experiencias prácticas. Por eso es necesario ir humildemente a la biblioteca y leer la obra de Lenin, un legado precioso al que no debemos renunciar.

Este oportuno y necesario “regreso a Lenin” nos obliga a una nueva relectura del brillante político, intelectual y estadista que fundó la república soviética. Pero el regreso a Lenin no significa releer una colección de “textos sagrados”, momificados y pergaminos, sino regresar a un manantial inagotable del que fluyen enseñanzas, sugerencias y preguntas que conservan su vigencia e importancia en el momento actual.

No sería temerario sino una manifestación de fidelidad al espíritu genuinamente leninista afirmar que las respuestas concretas y específicas ofrecidas por el revolucionario ruso en su obra –casi todas ellas inevitablemente remitidas, como él mismo señaló, a las peculiaridades del momento histórico soviético— tienen menos interés que las preguntas, perspectivas y audaces aperturas mentales contenidas en él, siempre encaminadas a avanzar por el camino de la revolución.

 

Más que un retorno

Por otro lado, no se trata simplemente de volver a una piedra filosofal porque quienes volvemos a las fuentes ya no somos los mismos de antes. Si la historia barrió los restos del estalinismo que nos habían impedido captar adecuadamente el mensaje de Lenin, hizo lo mismo con otros dogmas que nos aprisionaron durante décadas.

Por supuesto, esto no implica tirar por la borda la certeza fundamental de la superioridad ética, política, social y económica del comunismo como forma superior de civilización, la misma abandonada por los fugitivos que se autodenominan “postmarxistas”, que ahora pretenden conferir el regalo de la eternidad al capitalismo y la democracia liberal, y cuestionar algunas certezas “colaterales”, en palabras del epistemólogo Imre Lakatos, de la tradición leninista.

Por ejemplo, los que establecían que la única manera de organizar el partido de la clase obrera era la que Lenin propuso en 1902 en medio de la represión zarista, ignorando que en Lenin hay no una sino cuatro teorías del partido, en correspondencia con el desarrollo de la lucha de clases en Rusia.

La primera, sintetizada en 1902 en ¿Qué hacer? Se construyó teniendo en cuenta la situación de clandestinidad en la que debía actuar la socialdemocracia rusa; una segunda, donde tras la revolución de 1905 propone un formato similar al del partido socialdemócrata alemán; una tercera, ya en el vértigo de la historia que va de febrero a octubre de 1917 donde el partido como agente y vanguardia de la revolución es sustituido por los soviets; y una cuarta, y última, ya consolidado el triunfo de la revolución, y en el que el partido reaparece con fuerza como estructura organizativa pero también educativa e instrumento para la creación de una nueva civilización y una nueva cultura de masas, anticipándose a lo que haría Gramsci.

Posteriormente lo desarrollará con más detalle en sus Cuadernos de la cárcel.[17] Dudosas y efímeras “certezas colaterales”, como dijimos anteriormente, que por ejemplo conferían un carácter universal y necesario a una determinada táctica política, como la insurrección; o que, en la apoteosis de la irracionalidad política, consagrara a la Tercera Internacional como un nuevo Vaticano con centro en Moscú y dotado de los dones papales de la infalibilidad en todo lo relativo al curso de la lucha de clases en el resto del mundo.

Dado que todo eso ha desaparecido y vivimos los inicios de una nueva era, es posible, y también necesario, como dijimos anteriormente, proceder a una nueva lectura de la obra de Lenin, en la certeza de que puede constituir un aporte muy valioso para guiarnos en los desafíos y luchas de nuestro tiempo. Es un retorno creativo y prometedor: no volvemos a lo mismo, ni somos los mismos, ni tenemos la misma actitud. Tampoco el contexto histórico que nos rodea es el mismo.

En nuestra América asistimos, desde finales del siglo pasado, a un despertar de los pueblos y al avance de las luchas por la construcción de una alternativa al neoliberalismo asfixiante que nos agobia. La Revolución Cubana ha demostrado su extraordinaria resiliencia ante los criminales e incesantes embates del imperialismo, y hoy la acompañan varios gobiernos de la región que han roto definitivamente el aislamiento con el que el imperio intentó someterla y destruirla.

Venezuela, Nicaragua y Bolivia lo vienen haciendo desde hace muchos años, mientras México, Brasil, Colombia y Honduras, así como otros países de la zona, vienen desafiando dignamente los edictos imperiales y fortaleciendo sus relaciones con la isla de la esperanza, mientras los demás al menos intentan mantener buenas relaciones con La Habana.

Dije antes que quienes proponemos el regreso a Lenin somos diferentes porque como militantes hemos sido atravesados por la evolución de la historia latinoamericana –tanto por sus triunfos como por sus derrotas y frustraciones– y, supuestamente, hemos tomado nota de sus consecuencias y lecciones. Pero lo que persiste y se acentúa día a día es el compromiso con la creación de una nueva sociabilidad, con la inaplazable necesidad de superar un tipo histórico de sociedad como es el capitalismo, incorregible desde el punto de vista de la justicia, la humanidad y la preservación del bien ambiente.

Comprometidos con una lucha implacable y cada vez más abierta contra el imperialismo, no podemos ignorar las lecciones del proceso revolucionario ruso. No sólo los derivados de él sino también los que emanan de otros, como los chinos, los vietnamitas y, más cerca de nosotros, los cubanos.

No copiarlas porque como bien recordaba Julio Antonio Mella en el obituario escrito con motivo de la muerte de Lenin, “no se trata de implantar en nuestro medio copias serviles de revoluciones hechas por otros hombres en otros climas; en algunos puntos no entendemos ciertas transformaciones, en otros nuestro pensamiento es más avanzado pero estaríamos ciegos si negáramos el paso adelante dado por el hombre en el camino hacia su liberación”.[18]

En esta misma línea encontramos la categórica frase de Mariátegui de que el socialismo “no puede ser copia y copia sino creación heroica de nuestros pueblos”, eco lejano de aquella brillante intuición de Simón Rodríguez cuando aseguraba que “o inventamos o nos erramos”.  Leer a Lenin, entonces, con la actitud mental de un Mella, un Mariátegui, un Rodríguez y, por supuesto, más cerca de nosotros, del Che y Fidel.

Este último dijo más de una vez que “cada vez que copiamos nos equivocamos”; El Che, por su parte, advirtió que “el marxismo es sólo una guía para la acción. Se han descubierto grandes verdades fundamentales, y a partir de ellas, utilizando como arma el materialismo dialéctico, se interpreta la realidad en cada lugar del mundo. Por eso ninguna construcción será igual; todos ellos tendrán características peculiares, propias de su formación”.[19]

Este primer centenario del paso de Lenin a la inmortalidad es un estímulo para que nos lancemos, sin vacilaciones de ningún tipo, a esta imprescindible recuperación y difusión de una obra de tan extraordinaria riqueza como la contenida en la vasta producción teórica del revolucionario ruso.

Sugiero, como punto de partida, la lectura de los textos contenidos en el volumen titulado “Entre dos revoluciones”, en los que Lenin analiza la revolución de febrero y todos sus vaivenes hasta culminar con la toma del Palacio de Invierno y el triunfo de la Revolución de Octubre. Ni que decir tiene que textos como ¿Qué hacer?, o “Comunismo “de izquierda”: un trastorno infantilEl Estado y la RevoluciónEl marxismo y el EstadoLa revolución proletaria y el renegado Kautsky también son esenciales. A esto agregaría, para empezar, dos artículos breves pero sumamente esclarecedores: “Sobre el Estado” y uno especialmente dirigido a la juventud en la construcción del socialismo, “Las tareas de las Ligas Juveniles”.

Estoy seguro de que equipados con estas armas de la crítica teórica estaremos en mejores condiciones para afrontar con éxito los grandes desafíos que plantea la lucha por la Segunda y Definitiva Independencia de “Nuestra América”, como designó José Martí a los países de la región.

Fuente: Observatorio de la crisis.

Notas:

[1] Según Edmund Wilson en su clásico Hacia la estación Finlandia (Madrid: Debate, 2021; edición original de 1940).

[2] Todos ellos son materiales de fácil acceso, por lo que nos abstenemos de alargar este artículo con citas bibliográficas extensas de cada uno de ellos. Respecto al Materialismo y empiriocriticismo, vale la pena recordar la elogiosa observación que sobre este escrito hizo nada menos que Karl Popper, especialmente en vista de la ligereza con la que algunos intelectuales de izquierda estigmatizan hoy las reflexiones filosóficas de Lenin. Cfr. Slavoj Zizek: Revolución a las puertas (Londres: Verso 2002).

[3] Žižek, op. cit., pág. 5.

[4] Cfr. Gérard Walter, Lenin (Barcelona: Grijalbo, 1967), p. 280.

[5] Cfr. Slavoj Žižek, op. cit. pag. 3.

[6] Nos referimos, como es obvio, a la conocida obra de autores como Antonio Negri y Michael Hardt, por un lado, y John Holloway, por otro. En relación con el primero, remito al lector a mi Imperio e imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Buenos Aires: CLACSO, 2002), también disponible en biblioteca repositorio.clacso.edu.ar/bitstream/CLACSO/15705/1/imperio.pdf. Sobre la teorización de Holloway ver mi “La selva y la polis. Preguntas sobre la teoría política del zapatismo*”, en Revista Chiapas (México: No. 12, 2001), también disponible en clacso.org.ar/libreria-latinoamericana/buscar_libro_detalle.php ?campo=autor&texto=&id_libro=388 .

[7] Hemos examinado esta cuestión con gran detalle en Atilio A. Boron y Paula Klachko, Segundo TurnoEl resurgimiento del ciclo progresista en América Latina y el Caribe (Buenos Aires: Ediciones Luxemburgo y Editorial de la UNDAV, 2023). Un proceso aún en marcha, con retrocesos y avances, pero que ha abierto una perspectiva esperanzadora para los países de la región en un contexto global tan complicado y amenazante como el actual. Otros artículos vinculados al pensamiento de Lenin se pueden encontrar en la Antología Esencial que recopila artículos y extractos de libros publicados en los últimos 50 años. El título es Bitácora de un navegante. Teoría política y dialéctica de la historia latinoamericana (Buenos Aires, 2020) Descarga gratuita en: biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/bitstream/CLACSO/15654/1/Atilio-Boron-Antologia-esencial.pdf .

[8] Con su habitual dosis de ironía el Che se refirió a aquellos manuales o manuales como “ladrillos soviéticos”. Véanse sus duras críticas a las tesis expuestas en esos manuales en sus Apuntes Críticos de la Economía Política (La Habana, Cuba: Ocean Press, 2006).

[9] Cfr. Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental (Londres: Verso, 1976).

[10] Todas estas citas provienen de “Las tareas de las ligas juveniles”, texto fechado en octubre de 1920 incluido en el tercer volumen de sus Obras escogidas en tres volúmenes, ampliamente disponible en Internet.

[11] La adopción del canon “marxista-leninista” fue un proceso muy complejo que no podemos examinar en detalle aquí. Sólo subrayemos que la brutal agresión de las fuerzas del capitalismo mundial primero, en los primeros años de la Revolución Rusa, y del imperialismo estadounidense más tarde, contra la Unión Soviética, limitó enormemente los grados de libertad que los partidos comunistas (con sus intelectuales) del resto del mundo podría tener en relación con las directivas provenientes de Moscú y las orientaciones teóricas que de allí emanaban.

[12] Reflexión proviene de reflectere , que en latín significa “volver, volver atrás”. Por extensión, reflejar una luz o una realidad determinada. Un dogma no tiene la menor capacidad de reflejar la dialéctica cambiante de la historia, y eso es lo que pasó con el “marxismo-leninismo”.

[13] Hemos planteado en varios trabajos esta inseparable continuidad entre la reflexión del revolucionario ruso y la obra de Gramsci. Véase, entre otros, Atilio A. Boron y Oscar Cuéllar, “Apuntes críticos sobre la concepción idealista de la hegemonía”, en Revista Mexicana de Sociología (México), Año XLV. vol. XLV. No. 4. (octubre/diciembre de 1983): 1143–77.

[14] Agosti fue un gran intelectual marxista, autor de una vasta obra. Como director de Cuadernos de Cultura tradujo y publicó numerosas cartas de Gramsci. Y, en sus libros, aplica creativamente las categorías gramoscianas. Véase especialmente El Mito Liberal (Buenos Aires: Procyón, 1959) y Nación y Cultura, también publicados por la misma editorial el mismo año. Un texto precursor es Echeverría (Buenos Aires: Editorial Futuro, 1951). Más detalles sobre este proceso se pueden consultar en la obra de Alexia Massholder: The Comunist Party and its IntellectualsPensamiento y acción de Héctor P. Agosti (Buenos Aires: Ediciones Luxemburgo, 2014).

[15] Junto a Agosti, es necesario mencionar la obra de Rodney Arizmendi, líder del Partido Comunista del Uruguay, estudioso de la obra de Lenin pero en clave más cercana a la del marxismo soviético. A pesar de esto, su libro más importante, Lenin, la Revolución y América Latina (Buenos Aires: Pueblos Unidos, 1974) mantiene su importancia para comprender la política latinoamericana de los años sesenta y setenta.

[16] Un examen del impacto negativo del marxismo-leninismo en el pensamiento revolucionario cubano, y en el vibrante marxismo de ese país, se encuentra en El corrimiento hacia el rojo, el excelente texto de Fernando Martínez Heredia (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2001). Consulte especialmente su capítulo sobre “La izquierda y el marxismo en Cuba”. Cabe señalar que este impacto estuvo lejos de limitarse a este país: se verificó en todos los países de América Latina. La obra antes mencionada del Che abunda en ejemplos de las repercusiones negativas de la ortodoxia soviética.

[17] Consulte nuestro estudio introductorio a ¿Qué hacer? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburgo, 2004).

[18] Julio Antonio Mella, “Lenin coronado”, (1924), reproducido en Revista Contracorriente , Año 5, 1999. https://marxismocritico.com/2015/08/31/lenine-coronado-los-nuevos-libertadores/

[19] Ernesto Che Guevara: “Sobre la construcción del partido”, en Obras Completas , Tomo I (Legasa, Buenos Aires, 1995), págs. 180. Un análisis de las concepciones políticas del Che y sus enseñanzas se puede encontrar en el incisivo texto por Néstor Kohan, Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder (Buenos Aires, Editorial Nuestra América-La Rosa Blindada, 2003. Segunda edición corregida y aumentada que incluye un nuevo prólogo de Michael Löwy. Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 2005) y del ya citado Fernando Martínez Heredia: El Che y el socialismo (México: Editorial Nuestro Tiempo, 1989) y Las ideas y la batalla del Che (Casa Editorial Ruth 2010).

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jueves, 22 de febrero de 2024

El peligro que nos amenaza

 

El mundo ha entrado en zona de peligro, y la posibilidad de un conflicto que nos involucre a todos (y nuclear, por añadidura, si se tercia) es bien real. La espoleta la conocemos desde Tucídides y la guerra entre Esparta y Atenas. La trampa está dispuesta.


El peligro que nos amenaza


Ernesto Gómez de la Hera

El VIEJO TOPO

22 febrero, 2024 



Después de un corto periodo de tiempo en que disminuyeron, los gastos militares están subiendo drásticamente en todo el mundo occidental. Obviamente la fabricación de armas siempre ha sido un gran negocio, en el capitalismo y antes del capitalismo, pero reducir la implicación de este incremento al asunto del beneficio sería caer en un estrecho economicismo, que ocultaría más cosas de las que aclararía.

En efecto, las armas y los ejércitos que las usan son determinantes para mantener el Poder, que es el objetivo principal de todo bloque gobernante. Y cuando los medios normales de mantener la Hegemonía –la Política y sus herramientas– fallan, se pasa a continuar por otros medios: la guerra, como dijo Clausewitz. Por eso estamos asistiendo ahora a un incremento constante de los gastos militares. Estos son imprescindibles en un momento en que los conflictos militares, o la amenaza de ellos, se extienden por el planeta. Y quien está detrás de ello es la autodenominada Comunidad Internacional. Comunidad que, traducido al román paladino, no es más que un conjunto de unos 49 estados: una cuarta parte de los miembros de Naciones Unidas y muchísimo menos en porcentaje respecto a la población mundial. Aunque sí que poseen, todavía, una parte muy superior de la riqueza planetaria, lo que conlleva, también, que sean los causantes de la inmensa mayoría de los atentados medioambientales que sufrimos los 8.000 millones de habitantes de la Tierra. El consumismo occidental (entre el 70% y el 80% de los recursos extraídos de la biosfera) es la causa de la crisis medioambiental, aunque los recursos se extraigan o fabriquen en el Sur global.

Esos estados son todos satélites de uno de ellos: los EE.UU. Lo son en mayor o menor medida. El más reciente dossier del Instituto Tricontinental de Investigación Social analiza que hay una serie de anillos concéntricos en los que están situados, con EE.UU. en el centro, en diversas posiciones (Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, serían los más cercanos) todos ellos. Esta sedicente Comunidad que, en esta forma, lleva casi cien años dominando el planeta (y con pequeñas diferencias en el elemento central, dos siglos[1]), está hoy fracturada por múltiples grietas que podrían provocar un cambio sistémico. Y no se están quedando de brazos cruzados ante ello.

Durante ese tiempo, el tiempo del ascenso del capitalismo luego pasado a su fase imperialista, ese Occidente global dominó, directamente o por la vía financiera, todo el mundo. Dominó la producción, agraria e industrial, las finanzas y la fuerza militar. Si bien hubo un periodo, en la segunda mitad del siglo XX, en que lo último fue desafiado por el campo socialista. Pero tras el derrumbe de la URSS, EE.UU. pudo cantar victoria, pensando que la historia se había acabado. Nada más lejos de la verdad. La gran crisis del 2008 sólo se pudo afrontar insistiendo aún más en la financiarización de la economía. Esto trajo consigo una mayor desindustrialización occidental. Los países donde radica, a partir de entonces, la mayoría de la producción y el suministro de energía son ajenos a Occidente. Obviamente con la salvedad de la industria militar. Y esta salvedad prueba, de nuevo, que la fuerza y la guerra, aunque esta adopte ahora formas distintas (guerra híbrida), son la “ultima ratio” para la defensa del Hegemón.

El ascenso de los países ajenos al control occidental supone ya, como decíamos, que ellos ocupan el primer lugar a la hora de la producción industrial, si bien el consumo de esa producción sigue haciéndose principalmente en Occidente. Esta situación repercute también en el sistema financiero. Este, desde Bretton Woods, está basado en el dólar y es esto, sobre todo desde que en 1971 dejó de estar el dólar respaldado por el oro, lo que garantiza que EE.UU., al poder imprimir dólares sin más gasto que el papel y la tinta precisas para hacerlo, marque las reglas financieras mundiales. De aquí procede que el Banco Mundial, el FMI y los grandes bancos occidentales puedan extraer, en forma de intereses de la deuda, gigantescos beneficios de lo que hoy se llama Sur global. Además la dolarización permite la política de sanciones unilaterales e ilegales, que en los últimos tiempos se han aplicado cada vez a más países por parte de EE.UU. y sus satélites. Sanciones que, a veces, adoptan la forma de rapiña directa, como los depósitos bancarios mantenidos en Occidente requisados a Irán, Rusia y otros países.

Lógicamente esto crea una resistencia y de ella nacen opciones que cada día tienen más importancia. La más conocida son los BRICS, que hoy ya agrupan a diez países (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Etiopía, Egipto, Irán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos). No es cierto, como algunos ilusamente dicen, que estos países conformen un bloque con una voluntad política común. En realidad sus alianzas y conductas son muy disímiles, aparte de seguir teniendo motivos de enfrentamiento entre ellos (China e India siguen manteniendo un contencioso fronterizo y Egipto y Etiopía mantienen otro por la nueva presa etíope en el Nilo Azul, por citar un par de casos). Pero todos son países (los grupos de poder interno de cada uno) que no desean someterse a nadie. Son países que ya tienen, en conjunto, un peso decisivo, y mayor que el G-7 occidental, en la economía mundial. Son países que continúan usando mayormente el dólar como moneda de intercambio, pero están haciendo intentos de disminuir este uso, ya que saben que él les ata. Y, sobre todo, conocen que sus contrapartes occidentales pueden hacer que esos billetes no sean más que papel. Y este es un gran incentivo, por ejemplo para un país como Arabia Saudí, que continúa siendo (lo vemos en su triste papel ante el genocidio de los palestinos) aliado militar de EE.UU., pero sabe que la gran cantidad de petrodólares que tiene podría ser requisada rápidamente.

Nunca ha habido una potencia hegemónica que cediera su poder sin resistirse a ello y los EE.UU. no están dispuestos a ser el primer caso. Hoy en día hay un gran enfrentamiento interno en el interior de la oligarquía política que controla EE.UU., pero todos los sectores son unánimes a la hora de querer seguir manteniendo EE.UU. como la única superpotencia mundial. Y están aplicando todas las medidas que consideran necesarias para ello, sean las que sean. Lo que sucede es que algunas de las cosas que funcionaban en el pasado ya no funcionan hoy. Un ejemplo es eso del orden basado en reglas. Ese orden que, según ellos, no es respetado por quienes les desafían y que les autoriza a ellos, en consecuencia, a tomar todas esas medidas, como sanciones, bloqueos, guerras preventivas… Pero esas reglas jamás se definen más que como la voluntad desnuda de los EE.UU. Y su aplicación contraviene constantemente otras reglas que sí están claramente definidas: las reglas del Derecho Internacional Público que se halla en los Pactos Internacionales aprobados por Naciones Unidas (y no está de más recordar que EE.UU. es el país que menos de esos pactos ha ratificado). Si atendemos a todo esto (vid. un reciente artículo de John Dugard en el Leiden Journal of International Law) comprenderemos porqué ya nadie cree que EE.UU. y sus satélites son los defensores, como ellos se autoproclaman, de la causa de la Democracia y la Justicia. Así pues, cuando las máscaras fallan no queda más que la fuerza bruta, con lo que hoy de aquella frase famosa de Theodore Roosevelt “habla suavemente y lleva un gran garrote”, sólo subsiste el garrote. Lo grave es que hoy ese garrote son las armas nucleares.

La sedicente Comunidad Internacional tiene ante sí, no en su contra, países que tienen un poder considerable (los BRICS+5 mencionados). No están en su contra, pero eso no obsta para que así sea visto por quienes se creen bendecidos por dios e investidos de un destino manifiesto. Desde luego quienes creen esas cosas han de ver como enemigos a todos cuantos, al ascender su poder y no ser dependientes de ellos, pueden aspirar a ser sus iguales. Esto se junta con la gran influencia que tienen en EE.UU. eso que llaman “think tanks”. Hace poco ha aparecido un libro de Glenn Diesen, gran conocedor de la materia, llamado “The Think Tank Rackett: Management the Information War with Russia”. El libro pone de manifiesto la estrecha ligazón entre esas fundaciones y las grandes empresas gringas, aunque esto ya era sabido. Lo mismo que el juego de puertas giratorias que existe entre ellas y el personal político bipartidario. Lo que es quizá más novedoso es la mediocridad intelectiva que dirige hoy esas fundaciones y como esa mediocridad contagia a quienes toman las decisiones militares y políticas.

Las guerras, híbridas o directas, que EE.UU. y sus satélites han emprendido en los últimos años con la intención de detener el declive occidental (Iraq, Afganistán, Siria, Libia…), no han producido el efecto deseado. Han arrasado países y sociedades enteras y costado millones de vidas, pero han terminado con ignominiosas retiradas. Y es que la sedicente Comunidad Occidental posee los medios para destruir cualquier país, pero carece de las tropas necesarias para asegurar su dominio. Y esto es lo que han aprendido esos rivales que temen ser los siguientes objetivos de la agresión occidental. Ahora saben que Occidente no respeta la Carta de Naciones Unidas, ni el Derecho Internacional, nacidos un día en su seno. Son ellos, precisamente, quienes apelan a esa Carta y ese Derecho, pero, a la vez, están decididos a usar también las armas para defenderse.

Si algo enseñan las actuales campañas militares, en Ucrania y Oriente Próximo, es que la capacidad de proyección de fuerza y el poder de fuego de EE.UU. y sus aliados principales (Reino Unido e Israel) tiene límites, pues su inmensa capacidad destructiva lo es respecto a poblaciones inocentes, pero no sobre las fuerzas armadas enemigas. La elección por armas cada vez más sofisticadas hace crecer el costo de su fabricación y el de usarlas, además de enriquecer a las empresas armamentistas que reciben los billones que se desvían de los presupuestos públicos hacia ellas. Sin embargo no parecen frenar a quienes utilizan armas más baratas, más sencillas y fáciles de manejar y más numerosas. Y que también se pueden proteger mejor de la artillería misilística. Además de que en el campo de batalla el número de hombres sigue siendo determinante. Por si esto fuera poco la dispersión de fuerza (no olvidemos que EE.UU. tiene más de 800 bases rodeando el planeta) es buena para atemorizar y controlar, pero muy mala cuando hay que combatir. Sobre todo cuando has de moverte por líneas exteriores y los enemigos designados por EE.UU., China y Rusia, ocupan eso que se llama el “heartland”, el centro más poblado y rico en recursos del planeta.

Todo junto hace que haya quienes hablan de la bancarrota de EE.UU., pero eso está muy lejos de ser cierto. Mientras sus opositores están lejos de formar un bloque sólido, como advertíamos más arriba, los EE.UU., como demuestra la conducta de los gobiernos de la UE y otros, tienen perfectamente disciplinados a sus satélites. Sus recursos económicos, aunque ya no sean abrumadoramente superiores, siguen siendo enormes. Su potencial en armamento no convencional es el mayor que existe (además del nuclear hemos de considerar su arsenal biológico) y están decididos a usarlo para mantener su status. EE.UU. no sólo es la única potencia nuclear que ha usado esas armas contra población civil, sino que es la única cuya doctrina nuclear se basa en lo que llaman contrafuerza. Es decir, la capacidad de lanzar un primer ataque nuclear contra los centros directivos y los arsenales nucleares de sus enemigos, con la idea de que eso impediría la represalia y les permitiría a ellos seguir indemnes. Esta doctrina es considerada una locura por los mayores expertos en la materia, pero es defendida por las mediocridades que pueblan esos “think tanks” que mencionábamos. Esta es la razón de que la situación mundial sea ahora tan peligrosa. Seguramente el riesgo de que estalle un conflicto nuclear, que nunca podría ser limitado y se extendería rápidamente, no ha sido jamás tan grande en los últimos 40 años, desde la instalación de los misiles de crucero en Europa. Y entonces había un masivo movimiento pacifista en países como Alemania, Reino Unido y España, mientras que ahora no existe tal cosa. Toda la oposición que hallan, hoy en día, los EE.UU. y sus satélites proviene de estados que protegen sus propios intereses y no desean someterse a los de aquellos. Esos estados, aunque es cierto que son más respetuosos (no dejan de vulnerarlo en alguna ocasión) con el Derecho Internacional, no representan ninguna esperanza auténtica para la humanidad trabajadora y no llegan a la media docena los que proclaman querer superar el capitalismo.

En conclusión, el resultado final de toda esta confrontación de voluntades es impredecible y podría ser catastrófico. Pero esto no quiere decir que nuestra propia voluntad equivalga a cero (vid. la carta de Engels a J. Bloch del 21-9-1890). Por débiles que seamos ahora, por difícil que sea el actuar dentro de una UE que sigue teniendo una situación privilegiada en la jerarquía mundial y cuyos dirigentes han decidido atar su suerte a la de EE.UU., no podemos limitarnos a observar. Es el momento de agitar, de hacer ver los peligros, de señalar al mayor responsable de los mismos y de unir solidariamente nuestra suerte a la de los millones de personas humildes que fuera de este “jardín” (Borrell dixit) padecen, por ahora mucho más que nosotros, las consecuencias de las decisiones de quien manda en la sedicente Comunidad Internacional.

Fuente: https://www.cronica-politica.es/el-peligro-que-nos-amenaza/

Nota:

[1] Hoy está de moda hablar del fin de los cinco siglos de dominio occidental o de cómo la globalización empezó también por entonces. Pero eso no se sostiene en la realidad. Si, por ejemplo, en 1790 al emperador Qianlong le hubieran dicho que China estaba controlada por Occidente, cuando eran ellos quienes representaban la mayor parte del PIB mundial de aquel entonces, no cabe duda de que hubiera mostrado su desprecio a quien se lo dijera. En cuanto a considerar que el Galeón de Manila representaba algo semejante a la globalización, se trata de algo sencillamente ridículo. Durante los 250 años que funcionó la travesía Manila-Acapulco las mercancías trasladadas son menos de las que un único portacontenedores post panamax, de los centenares que circulan ahora por el océano, puede transportar. Fue hace dos siglos, con la eclosión del modo de producción capitalista, cuando Occidente controló, de verdad, el planeta.

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miércoles, 21 de febrero de 2024

Abuelito Sorprende al Mundo con su Guitarra y Voz en un Bolero Ecuatoria...

Hegel y Marx. Alienación y la idea comunista

 


Hegel y Marx. Alienación y la idea comunista


Publicado el 21 de febrero de 2024 / Por Marlon Javier López

KAOSENLARED

 

Uno de los grandes temas de la Fenomenología del Espíritu y, de la filosofía de Hegel en general es el de la alienación y su superación en la historia. Hegel concibe la obra como una introducción a su sistema filosófico. Su definición de filosofía implica una visión alejada del sentido común, este último nos arrastra a concebir la realidad como una colección de objetos individuales separados de nosotros. El saber filosófico, o como Hegel le denominaba, la “ciencia”, difiere fundamentalmente del sentido común en este sentido. Para el saber verdadero, la realidad no consiste en una suma de objetos individuales, sino que estos encuentran su verdad en el todo: “la verdad es el todo”, escribiría en la Fenomenología del Espíritu (Hegel, 2017, p. 15). 

Sin embargo, la conciencia de este saber, que Hegel denomina como saber absoluto, debe ser lograda por medio de un proceso de aprendizaje, en el que se ponen a prueba todas las formas de verdad alternativas. La exposición adquirirá una dimensión lógico histórica (Lukács, 1970), ya que Hegel pretende demostrar el camino al conocimiento no como el resultado de las especulaciones de un individuo, sino como el logro de la humanidad en su desarrollo como especie. 

Un punto de inflexión fundamental será el pasaje del señorío y el siervo, un pasaje que de acuerdo a múltiples pensadores fue decisivo en la formación del pensamiento de Marx. Aunque recientemente se ha cuestionado tal influencia (Arthur, 1983), es indudable que las implicaciones de la argumentación que Hegel realiza en dicho pasaje lo sitúan en una posición bastante cercana a la desarrollada por Marx posteriormente. En resumen Hegel se vale de la figura del señor y el siervo para ilustrar la lucha por el reconocimiento implicada en la existencia humana. Las personas no son lo que son en abstracto, su identidad se constituye de manera social. Así pues, dos autoconciencias lucharán a vida o muerte para obtener cada una el reconocimiento de la otra. Una cede por temor, convirtiéndose en el siervo, mientras que la otra se alza como el amo que obtiene el reconocimiento de la otra. Sin embargo en un giro dialéctico inesperado, la conciencia sometida se revela como la auténtica, pues el amo, quien inicialmente había mostrado su independencia absoluta (lo cual se revela en la ausencia de miedo ante la muerte), ahora depende del trabajo del siervo para sobrevivir. Este último, por el contrario obtiene el reconocimiento derivado del uso que reciben los productos de su trabajo. 

En la medida en que el esclavo se enfrenta a una realidad hostil y ajena está alienado, sin embargo, lo mismo acontece con el amo, quien solo obtiene el reconocimiento de un esclavo, más no de otra autoconciencia libre como él. El reconocimiento del esclavo no significa nada. Más aún, se ha vuelto dependiente, siervo de su siervo, mientras el esclavo va superando la limitación que el mundo externo representa para él, lo ha transformado por medio de su trabajo, de modo que ya no le parece tan hostil. Es notable, dice Lukács, viendo en esta línea argumentativa demasiadas semejanzas con Marx, que el progreso de la historia se produzca por medio del trabajo (Lukács, 1970, p. 463). 

El siervo pues se libera, supera su condición alienada, pero lo hace de una manera limitada. Las formas de la conciencia que representan esta etapa: el estoicismo, el escepticismo y el epicureísmo representan al mismo tiempo las escuelas filosóficas predominantes en la antigüedad romana. Son una respuesta subjetiva a la alienación que predominaba en aquel mundo. Hegel explica por qué el cristianismo tenía que desarrollarse bajo estas condiciones. Lo que aquellas escuelas filosóficas expresaban era el rechazo ante una realidad que los individuos no podían soportar. El despotismo de los emperadores romanos no dejaba lugar para el surgimiento de una consciencia de lo universal. Sin embargo, aquella era anhelada y dicho anhelo vino a ser llenado por el cristianismo (Stewart, 2021, p. 49-50). 

En su explicación del cristianismo Hegel reproduce el esquema desarrollado en el pasaje del amo y el esclavo. Dios, dirá, para ser un ser pleno, necesita el reconocimiento de otro ser consciente. Es con el fin de satisfacer esa condición que se aliena a sí mismo, creando el mundo en el que habitamos. En este mundo necesariamente debe surgir un ser a su semejanza en virtud del cual pueda ser reconocido. En este esquema, de acuerdo con Hegel, la humanidad se reconoce en lo absoluto, al mismo tiempo que Dios obtiene pleno reconocimiento y existencia suprema. Sin embargo, para que aquella sea completa, Dios debe devenir hombre, deviniendo tanto divino como humano. La humanidad podrá ahora reconocerse plenamente en lo divino (Stewart, 2021).

No obstante, esta superación de la alienación también es defectuosa. Puesto que dicha reconciliación ocurre en el ámbito de la fé y de lo simbólico. Para que sea completa debe tener lugar en el ámbito de la razón. Hegel nuevamente reproduce el mismo esquema, pero ahora en la esfera de lo político. En su Filosofía del Derecho, Hegel defenderá que las instituciones políticas modernas representan el triunfo de la razón y la plena realización del ser humano. Al hacerlo, Hegel sostiene que el reino de la libertad ha sido conquistado, de la mano con el saber absoluto. Con ello, Hegel implica que la humanidad por fin ha alcanzado una condición en la cual puede realizar plenamente su potencial, poniendo fin a una historia de alienación. Es solo en el Estado Moderno que la voluntad general se reconcilia con “el saber y querer propio de la particularidad” (Hegel, 1999, p. 380). 

Hegel de este modo identifica a la sociedad moderna como el reino de la razón y la libertad, implicando con ello una superación de la alienación meramente subjetiva. En el mundo moderno los seres humanos se reconocen como libres, sin embargo ¿lo son realmente?. Es aquí donde se centra la crítica que el joven Marx realizará tempranamente en contra de uno de sus más grandes maestros. Es notable que en este punto Marx reproduce plenamente el procedimiento hegeliano. Aquel que había señalado todas las formas de superar la alienación como insuficientes, terminó aceptando una superación así misma insuficiente. La actitud crítica, signo y sello de la dialéctica hegeliana, se detiene al afrontar los problemas políticos de su propia época. Al criticarlo acerrimamente, Marx no hacía más que ser fiel a su método. 

Hegel dibuja con agudeza el carácter alienado del mundo moderno, pero se equivoca al señalar que el Estado moderno implica su superación. Para Hegel los estamentos, al mediar entre la generalidad del Estado y la particularidad de la sociedad civil, aseguran la reconciliación de estos dos extremos. La prueba de ello es que la sociedad, gracias a esta acción mediadora en la esfera política puede funcionar como un todo. Para Marx, esto representa una construcción meramente especulativa. En lugar de esforzarse por comprender la lógica del mundo moderno, Hegel se esfuerza por encontrar en el mundo moderno determinaciones del “concepto lógico” (Marx, 1982, p. 403).  Así pues, Marx distingue un problema en el seno mismo de la filosofía de Hegel. Por un lado, el elemento especulativo de su método, y por otro la agudeza empírica que Hegel demuestra al estudiar la realidad social”. 

La alienación no es un fenómeno que surja como resultado de la necesidad de actualizar a Dios en el mundo real, no es un fenómeno que se proponga el mero reconocimiento de la humanidad para cobrar plena conciencia de sí. Es aquí donde Marx encuentra la limitación de la crítica que Hegel desarrolla sobre el mundo moderno y sobre la historia en general. El antagonismo, la alienación, es un proceso real que persiste y que debe ser superado en el mundo real. La humanidad debe luchar, para lograr la superación de la alienación en su carácter histórico social y no simplemente como fenómeno de la conciencia. Este estado pleno de emancipación y libre de alienación es lo que el joven Marx entendió como comunismo. Aunque esta crítica no agota la riqueza del pensamiento de Hegel, así como de su propuesta política, demuestra la fecundidad de la crítica marxiana, la cual no hace más que seguir con fidelidad los pasos trazados por el propio maestro.

 

Referencias:

Arthur, Chis (1993) Hegel’s Master-Slave Dialectic and a Myth of Marxology. New Left Review, November-December, pp. 67–75

Hegel, G. F. W. (2017) Fenomenología del Espíritu. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Hegel G. F. W. (1987) Lecciones sobre Filosofía de la Religión v. 3 La religión consumada. Madrid: Editorial Alianza.

Hegel, G. F. W. (2017) Fenomenología del Espíritu. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Hegel, G. F. W. (1999) Principios de la Filosofía del Derecho. Barcelona: Edhasa.

Lukács, G. (1970) El Joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista. Barcelona: Ediciones Grijalbo.

Marx, C. (1982). Escritos de Juventud.Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.Stewart, J. (2021). Hegel’s Century: Alienation and Recognition in a Time of Revolution. Cambridge University Press.

Imagen de portada: Sammenstilling av to fotografier fra 1860-årene av Karl Marx (1818-1883, til venstre) og Friedrich Engels (1820-1895). Marx og Engels  Av Friedrich Karl Wunder/George Lester. Lisens: Falt i det fri (Public domain)

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