lunes, 4 de octubre de 2021

Victoria Kent, la “feminista que se opuso al voto femenino” frente a Clara Campoamor. (Los hechos acontecen siempre en un tiempo concreto y en unas circunstancias también concretas. Estos dos aspectos hay que tenerlos siempre presentes para su correspondiente análisis y enjuiciamiento. Análisis y enjuiciamiento que deben hacerse en función de los valores y conceptos sociales que imperaban en el momento en que acontecieron. Actuar de otro modo conduce a desvirtuar la naturaleza y sentido de los mismos)

 

Victoria Kent, la “feminista que se opuso al voto femenino” frente a Clara Campoamor

 

Por Juan Luis Valenzuela

Rebelion / España

02/10/2021 

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Fuentes: El plural [Imagen: Clara Campoamor y Victoria Kent]

A los 90 años de la aprobación del voto femenino en España, analizamos el complejo debate político que lo posibilitó

La lucha entre dos feministas El 1 de octubre de 1931 fue un gran día para el avance en la libertad e igualdad de las mujeres españolas. Hoy hace 90 años que las Cortes aprobaron el artículo de la Constitución de la II República por el cual las españolas podrían participar de manera directa en la política con su derecho a votar. El voto femenino se lograba así y las mujeres lo ejercerían de facto en las elecciones de noviembre de 1933.

Miedo a una posible arma que acabase con la república

Algo que ahora se percibe como elemental en cambio no resultó ser un camino fácil. En aquella II República ansiosa de cambios y transformación social, justo es decir que existían en su propio seno sectores que se oponían, o al menos se mostraban remisos, a la aprobación del sufragio universal femenino al pensar que el voto de las mujeres tendría una clara tendencia conservadora y que sería tanto como poner en sus manos «un arma que acabaría con la república». Quienes apostaban por esta tesis apoyaban conceder a las mujeres el derecho a ser elegida, pero, en cambio, negarle el de poder votar, es decir impedirle ser electora.  Otros, también contrarios, plantearon aplazar el debate constitucional y que el voto femenino se recogiese en una ley electoral para que en el supuesto de que las mujeres votasen a la derecha pudiera derogarse de manera fulminante esa norma y con ella eliminar su derecho al voto.

“Influencia de la sacristía y del confesionario»

En todo ese debate hubo ataques a la mujer y declaraciones vejatorias tales como las de que la mujer servía para las labores domésticas y la educación de los hijos, pero que en cuanto a su participación política no era válida por su supuesta “influencia de la sacristía y del confesionario».  El debate fue inmensamente tenso cuando algunos diputados planteaban incluso cierta “incapacidad” de las mujeres para ejercer el voto en las urnas.

En el fondo, además de posiciones netamente retrógradas, se albergaba el temor de que las mujeres diesen una mayoría conservadora y acabasen con el sueño de la joven e incipiente II República.

El peso del  debate y de las dos posiciones contrapuestas recayó sobre dos mujeres, Clara Campoamor y Victoria Kent. Curiosamente un debate parlamentario sobre el derecho de la mujer a ejercer el más esencial derecho democrático en unas Cortes en las que solo había tres diputadas, entre ellas las dos debatientes. Fueron intervenciones apasionadas, de alto nivel pero también de alto voltaje que culminaron a la postre en una decisión histórica.

Un ring parlamentario con dos protagonistas

Como en un ring pugilístico, de una parte se encontraba la madrileña Clara Campoamor, abogada, escritora, política y defensora de los derechos de la mujer. Creadora de la Unión Republicana Femenina​, la mayor defensora del sufragio universal femenino sin limitaciones. En 1931 fue elegida diputada por Madrid por el Partido Radical.
Con 36 años, se convirtió en una de las pocas abogadas españolas del momento y pasó a ejercer su profesión. En 1925 se convirtió en la segunda mujer en incorporarse al Colegio de Abogados de Madrid, curiosamente solo un mes después que Victoria Kent.

Campoamor defiende el sufragio femenino contra su partido

Su posición era nítida y contraria a la de su partido: «Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano”. Y desde la tribuna dejó esta reflexión: «No dejéis que la mujer, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias«. A los falsos liberales contrarios al voto femenino, Clara Campoamor les espetó que «debieron tener más cuidado cuando durante el siglo XIX dejaban que sus mujeres frecuentaran el confesionario y que sus hijos poblaran los colegios de monjas y frailes».

Tras el estallido de la Guerra Civil tuvo que huir de España y se exilió en Suiza. Falleció en Lausana en 1972.

Victoria Kent, la “feminista que se opuso al voto femenino”

Y siguiendo con el símil del ring, del otro lado la malagueña Victoria Kent, la “feminista que se opuso al voto femenino”. Miembro del Partido Radical-Socialista, resultó elegida en 1931 diputada por Madrid. En las elecciones del 16 de febrero de 1936, Victoria Kent fue elegida diputada por Jaén en las listas de Izquierda Republicana. Fue, en el gobierno provisional presidido por Alcalá-Zamora, Directora General de Prisiones en abril de 1931. Era defensora de aplazar la decisión porque no la veía oportuna en ese momento. Ella misma afirmó en la tribuna que renunciaba, temporalmente, a su ideal.  Pero no confundamos su postura eventual con su ideario feminista. Kent fue una luchadora contra la nula participación de las mujeres en la política y combatió el machismo imperante. «No es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República«, defendía la malagueña. Kent y sus aliados temían que las mujeres apoyasen en las urnas de forma masiva a la derecha dando al traste a las reformas progresistas que necesitaba España. La tesis era esperar a que la República se consolidase y, a partir de ahí, apoyar el sufragio femenino que ahora estaba “secuestrado”  por los padres, los maridos o los sacerdotes.

Una luchadora en el exilio

En defensa de su postura no partidaria en ese momento del sufragio femenino alegó lo siguiente: La mujer «para encariñarse con un ideal, necesita algún tiempo de convivencia con el mismo ideal. Si todas las españolas fueran obreras o universitarias y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino». Murió en el exilio en Nueva York tras haber pasado por París (donde fue perseguida por el régimen de Franco tras la invasión nazi) y México.

El Congreso, finalmente, en una decisión muy ajustada aprobó convertir a las mujeres en electoras por 161 votos a favor y 121 en contra. Tras la derrota, Victoria Kent, intentó elimina de manera parcial la norma proponiendo que las mujeres solo pudieran votar en unas elecciones generales luego de haberlo votado en dos elecciones municipales consecutivas. Muchos años después, casi 50 años y ya en democracia,  la malagueña afirmaba que sus posiciones de los años treinta estaban adaptadas a las circunstancias que ya, afortunadamente, eran muy distintas: “Hoy la situación ha cambiado radicalmente, y la mujer se merece el voto porque ha luchado y está capacitada para él”.

Fuente: https://www.elplural.com/politica/espana/victoria-kent-feminista-se-opuso-voto-femenino-frente-clara-campoamor_275747102

 

domingo, 3 de octubre de 2021

Estrategias decrecentistas. (Cuando un orden social se “resquebraja” si lo aplicamos al capitalismo empieza por no ser “resquebrajamiento” (por lo pronto, con el diagnóstico tenemos que andarnos con mucho cuidado cuidadin, puesto que sobre un diagnóstico erróneo de un problema dado es imposible encontrar el remedio adecuado para su solución), sino sencillamente la imposibilidad material de que pueda seguir funcionando dentro de las propias condiciones económicas, políticas e ideológicas que el propio sistema capitalista en su desarrollo ha creado. Siendo esto así, le podemos dar cuantas vueltas queramos y pintarlo del color que más nos guste, incluso poniéndole música, que el problema a resolver se reduce a que puesto que el capitalismo ya no puede seguir funcionando aunque lo mande Dios –que además Dios no se mete en estas cosas- hay que crear unas nuevas condiciones económicas, políticas e ideológicas que hagan posible y permitan que todo el desarrollo económico, político e ideológico que se ha logrado al día de hoy (03.10.2021) pase a disposición y para el desarrollo material y espiritual de todo ser humano, lo que no es cuestión de madre de Dios que listo soy y cuantas cosas sé ni cosas parecidas, sino por la organización social y económica efectiva de los que conformamos la inmensa mayoría de la población de toda la Tierra que somos los trabajadores, empezando por la comunidad de vecinos en la que cada uno viva; la asociación de vecinos; las asociaciones de los pueblos o barrios, etcétera, etcétera y etcétera. Lo que no entendamos, que son innumerables cosas, ya nos buscaremos a quien nos las explique, que nos lo explique, no que lo haga por nosotros. Para hacer las cosas que haya que hacer ya estamos los trabajadores. Y claro es, para esto, lo primero que hay que hacer es dar un salto desde el sofá y ponerse en pie.)


Las estrategias de los movimientos sociales emancipadores se pueden agrupar en tres grandes bloques: frenar la degradación socioambiental, crear marcos culturales ecosociales y construir satisfactores de las necesidades universalizables y resilientes.

Estrategias decrecentistas


Luis González Reyes

El Viejo Topo

3 octubre, 2021 


Las estrategias de los movimientos sociales emancipadores se pueden agrupar en tres grandes bloques: frenar la degradación socioambiental, crear marcos culturales ecosociales y construir satisfactores de las necesidades universalizables (justos) y resilientes. En este artículo lanzo propuestas de cómo abordar estas tres grandes líneas estratégicas con una mirada decrecentista en el actual contexto de crisis civilizatoria.

Apuntes de contexto

Empiezo señalando tres aspectos del contexto con fuertes implicaciones en las estrategias a llevar a cabo. La primera idea es que el colapso de la civilización industrial y del capitalismo global es inevitable. El ineludible decrecimiento global en el consumo de materia y energía conlleva la imposibilidad de sostener nuestro sistema socioeconómico. Un corolario estratégico de este hecho es que las iniciativas decrecentistas, aunque puedan parecer política, sociológica y económicamente alejadas del sentido común, en realidad pueden terminar estándolo mucho más de lo que, con una mentalidad del siglo XX, parece. Nadan a favor de la corriente. Es más, tenemos más posibilidades de que sean mayoritarias que en el siglo XX, pues cuando un orden social se resquebraja, de sus ruinas surgirán inevitablemente otras articulaciones. Este proceso es totalmente indeterminado y está muy abierto. Quienes tengan la capacidad de organizarse, la lucidez de leer bien el contexto y la voluntad de construir satisfactores resilientes, escalables y/o replicables, tendrán muchas posibilidades de influir con fuerza en los cambios sociales para que, del colapso del capitalismo global, surjan órdenes ecosociales.

La segunda idea es que el colapso está sucediendo ya, al menos en sus primeras fases. Para muestra, podemos recorrer la retahíla de hechos absolutamente excepcionales de los últimos meses en todo el globo, todos ellos relacionados con la crisis ecosistémica (pandemia, fenómenos meteorológicos extremos, crisis económica, plagas, incendios, etc.). Y aunque el colapso no hubiera empezado, esto no implicaría que tengamos tiempo para realizar una transición tranquila, porque si queremos tener alguna posibilidad de no superar los umbrales que disparen procesos de degradación climática y ecosistémica, hay que actuar ya y con mucha velocidad. Esta ausencia de tiempo (unida a la aceptación de la incapacidad humana para controlar la complejidad) impone que la transición no podrá ser ordenada y no podemos hacerla en dos fases, que es lo que nos proponen quienes plantean propuestas de Green New Deal bienintencionadas (hay otras que no lo son). No podemos planificar hacer primero lo fácil (un nuevo desarrollo industrial, esta vez basado en las renovables) y luego lo difícil (un decrecimiento en el consumo material y energético).

De la inevitabilidad del colapso y la falta de tiempo surge que nuestras opciones estratégicas van a tener que escoger en muchos casos el mal menor. Llevar hasta sus últimas implicaciones el hecho de que somos ecodependientes supone que la prioridad tiene que ser el sostenimiento de los equilibrios ecosistémicos. Eso quiere decir que, aunque nos parezca horrible un colapso rápido del capitalismo global, es la opción menos mala, pues es la que minimiza la quiebra del funcionamiento de la trama de la vida. Y eso desde una mirada antropocéntrica, pues con una ecocéntrica el desmoronamiento rápido de un sistema tan ecocida como el capitalismo global es una excelente noticia. Pero no solo somos ecodependientes, también somos interdependientes. Por ello, una pésima opción es la degradación de los lazos sociales. De ahí surgen dos prioridades básicas: preservación ambiental y preservación del tejido social para poder satisfacer las necesidades humanas. Todo lo demás (y, ojo, hay muchas cosas en ese “todo lo demás”) sería secundario. Esto nos lleva al primero de los bloques estratégicos.

Resistencia frente a la degradación socioambiental

En nuestras luchas de este tipo seguimos actuando como si los únicos agentes de destrucción socioambiental fuesen el Estado y/o las empresas. Pero si lo que tenemos por delante es un desmoronamiento (o al menos debilitamiento) generalizado de las instituciones sociales y, sobre todo, un cambio considerable de las condiciones ecosistémicas es probable que el principal agente destructor pase a ser el conjunto del sistema planetario. Dicho con un ejemplo, que la preservación de una zona verde no dependa ya solo de la política urbanística del ayuntamiento, sino del grado que alcance la distorsión climática.

Esto no implica que tengamos que retirar el foco de actuación de las Administraciones públicas y privadas, lo que sería una insensatez porque son determinantes y lo seguirán siendo, aunque se vayan debilitando. Lo que supone es que tenemos que aumentar nuestra mirada frente a qué hay que resistir. Aterrizando esto en campañas concretas, probablemente necesitemos unir la resistencia a las alternativas. No solo plantarle cara al ayuntamiento y a la promotora urbanística que quieren cementar el espacio verde, sino hacerlo poniendo en marcha un proyecto permacultural en la zona que sea resiliente frente a la emergencia climática y fije las mayores cantidades posibles de CO2.

Pero hay otro agente más contra el que tendremos que resistir: los movimientos sociales fascistas, que en el contexto de descomposición tendrán fuerza. Esto pasará en gran parte por desactivarlos construyendo marcos culturales y satisfactores de necesidades ecosociales (ver más adelante), pero también por poner cortafuegos en las calles y las instituciones.

Muchas veces, los procesos de resistencia están ligados a los insurreccionales. Simplificando mucho, podríamos decir que hay dos tipos de insurrecciones, aquellas que tienen objetivos políticos que articulan con claridad la insurrección y aquellas que son respuestas poco organizadas frente a agresiones. Las segundas pueden ser el caldo de cultivo perfecto para, en tiempos turbulentos como los que tenemos, justificar socialmente la necesidad de medidas autoritarias de corte reaccionario. De este modo, deberíamos intentar que la resistencia se enmarque en la insurrección con fines políticos ecosociales claros.

Por otro lado, como el proceso de colapso es inevitable, muchas de las políticas contra las que resistimos actualmente irán dejando de tener sentido. Por ejemplo, los tratados de libre comercio e inversión son políticas del siglo XX, no del siglo XXI. Conforme la disponibilidad de combustibles fósiles empiece a menguar ostensiblemente, caerán. Mientras en el siglo pasado las luchas largas tenían más posibilidades de terminar en derrota, en el siglo XXI alargar luchas del siglo XX puede ser una buena estrategia, pues nadaríamos a favor de corriente.

Una cuarta idea parte de analizar lo que implica preservar el tejido social hoy. Durante el siglo XX, la economía global estuvo creciendo. Aunque el reparto de beneficios fue muy desigual, como la tarta aumentaba se produjo un efecto goteo que hizo que los ingresos de amplias capas sociales creciesen. Ese no es el escenario del vigente siglo. Ahora la tarta va a disminuir fruto de un descenso en la disponibilidad energética y material (el PIB tiene una correlación casi lineal con el consumo material y energético). Eso hace mucho más importante la redistribución de la riqueza, pues en caso contrario amplias capas sociales no tendrán la base material para poder tejer socialmente nada. Dicho más en concreto, las expropiaciones, ocupaciones, rentas básicas de las iguales, políticas fiscales fuertemente redistributivas y compañía son más importantes que nunca. Hacer posible esta redistribución pasa por vidas muy austeras en el consumo material y energético del conjunto de la población. Por poner un ejemplo de lo que esto supondría a nivel energético, no solo sería un menor consumo (por ejemplo, menos movilidad o climatización), sino también un consumo distinto (con cortes en los momentos de menor producción de las renovables). Para analizar cómo sería la construcción de estos imaginarios sociales de austeridad, entro en el siguiente bloque de acción.

Marcos culturales ecosociales

Abordar un cambio cultural requiere transformar el sistema educativo, entendiéndolo en un sentido amplio. En este ámbito, cualquier transformación de calado, si solo cuenta con la dinámica y la fuerza interna, es lento y abarca varias generaciones. Sin embargo, no solo contamos con las fuerzas internas (que además son limitadas). Toda la labor de sensibilización que hemos intentado realizar distintos movimientos sociales se está produciendo de golpe y es probable que ese proceso vaya en aumento. Tenemos que ser capaces de nadar con la corriente para aprovechar los shocks que van a producirse como consecuencia del colapso sistémico. Es lo que nos va a permitir dar saltos cualitativos en poco tiempo contando con la tremenda plasticidad del ser humano. Concebir colectivamente que vivimos ante una emergencia civilizatoria es determinante para focalizar todas las capacidades humanas hacia la expansión de la vida y no hacia la reproducción del capital. Esta concepción es determinante, pues cuando sucede permite a las sociedades asumir caminos difíciles y trabajosos.

Por ponerlo con un ejemplo, durante el confinamiento se alcanzó con relativa facilidad y rapidez un amplio consenso social sobre varias ideas fuerza muy relacionadas con el imaginario decrecentista que solo un par de meses atrás parecían totalmente inconcebibles: 1) Se puede poner la salud de las personas por encima de la reproducción del capital. 2) Los servicios que entendimos como fundamentales, quitando militares y policiales, se parecen mucho a los que planteamos desde posiciones decrecentistas. 3) Experimentamos cómo nuestra felicidad no depende del consumo, sino más bien de tender relaciones de calidad con nuestros seres queridos. Sin embargo, esta estrategia tiene múltiples dificultades.

La primera dificultad es que esos aprendizajes culturales son todavía débiles. Necesitamos afianzarlos mucho más. De este modo, una línea de trabajo sería reforzar los aprendizajes sociales emancipadores que se vayan produciendo durante los distintos shocks fruto del colapso. No sería tanto una labor de sensibilización previa, que es lo que solemos hacer, sino más bien posterior.

El segundo desafío es que las derechas también están usando los shocks para proyectar e imponer su orden social. Para ello, utilizan su control de las instituciones y de la economía, pero el vector cultural también resulta central. En el plano cultural, una de sus ideas fuerza es la de la libertad liberal, que implica que el individualismo competitivo es el único orden social posible y deseable. Pero no hablan de libertad liberal, sino solo de libertad en general, y ganar la bandera de la libertad no es cualquier cosa, pues es una necesidad básica de las personas. No es algo que nos podamos permitir perder.

Los seres humanos (incluidos los neoliberales) somos seres sociales y, por ello, tenemos interiorizado que la libertad individual tiene que estar limitada para poder convivir. Es más, la libertad (incrementar nuestras posibilidades de acción) realmente se maximiza precisamente por esa coordinación social que limita parcialmente nuestra libertad individual. Así que, la cuestión no está en si hay que restringir libertades individuales, que es de sentido común, sino cuáles hay que limitar y a quién. Ahí está la disputa social. Nuestro mensaje podría ser que solo podemos ser libres si restringimos la libertad de imponer sus deseos a las clases sociales altas. Es decir, que la libertad pasa por la redistribución y la austeridad formando un trío interrelacionado.

El principal problema es que, a nivel global, las clases medias europeas en realidad formamos parte de esas clases altas, lo que hace que nos atraiga el discurso de mantenimiento de privilegios que tiene detrás la libertad liberal (las restricciones al coche son un buen ejemplo). Ante esto, dos ideas. Una es nadar nuevamente a favor de corriente. Conforme las clases medias nos vayamos empobreciendo fruto de la crisis, podrá haber una masa crítica más fuerte que pueda abrazar la triada libertad-reparto-austeridad. La segunda es comunicar con fuerza la libertad que otorga vivir ligero y con congéneres que no te miran con envidia por tus privilegios.

Retomando el hilo, una tercera dificultad de usar los shocks para la transformación emancipatoria es que cuando son repentinos suelen catalizar procesos sociales de apoyo mutuo. Sin embargo, el colapso que estamos viviendo no es un gran desmoronamiento, sino un proceso lento desde el punto de vista vital (durará décadas), en el que viviremos muchos shocks y, al tiempo, procesos de degradación del orden vigente paulatinos y de fondo. En un escenario así, el crecimiento espontáneo del apoyo mutuo lo tiene más complicado y, en contraposición, el sálvese quien pueda insolidario gana enteros. Ante esto, la estrategia de aprovechar los shocks para reforzar el apoyo mutuo e intentar preservarlo durante los procesos de degradación del orden actual más paulatino puede ser una estrategia interesante.

Finalmente, no es suficiente con los aprendizajes que nos generen los shocks. También necesitamos toda una serie de competencias que nos permitan encarar con resiliencia y justicia los escenarios que se están abriendo. Estos pasan por asumir nuestra ecodependencia, nuestra interdependencia y concebirnos como agentes de cambio con posibilidades reales, y para nada nimias, de determinar los cambios sociales. Estos aprendizajes se hacen significativos cuando quien los recibe los concibe como importantes y esto a su vez depende en gran parte de que su comunidad cercana los considere importantes. La construcción de sentido es colectiva. Esta construcción es muy compleja, pero en ella la percepción de la utilidad y de la factibilidad son determinantes. Ahí hay dos líneas de trabajo a desarrollar que tienen mucho que ver con la construcción de alternativas.

Profundizando un poco en cómo construir esa autoconcepción personal como agente del cambio, esto pasa por permitirnos tener sueños ambiciosos, pues los desafíos que tenemos por delante son muy grandes. Si queremos construir sociedades realmente justas, democráticas y sostenibles, tenemos que poder imaginar que es posible satisfacer nuestras necesidades al margen del mercado y del Estado. La imaginación humana, en realidad, no vuela libre, sino que se construye a partir de las experiencias vividas. Por eso, poder desarrollar sueños ambiciosos requiere materializar previamente pequeñas maquetas de ellos. Construir otras formas de tener una vivienda, acceder a los alimentos o educar a nuestras criaturas.

La clave no es solo aprovechar los shocks, sino también otros mimbres sociales que ya existen. Una parte de nuestra sociedad se ha ido permeando de un deseo de buen vivir que pasa, por ejemplo, por dedicar menos horas al empleo, una de las herramientas de transición que se plantean desde el decrecimiento. Traducir a campañas que extiendan estos deseos y los sitúen junto a otros de más difícil digestión, como es la austeridad, podría ser una buena fórmula.

A la hora de ver cómo construimos nuestros parámetros culturales, las prácticas resultan determinantes. Normalmente, adaptamos nuestros valores a los que gratifican las prácticas que llevamos a cabo en nuestro día a día para no vivir fuertes disonancias cognitivas. Es decir, que si en nuestro empleo se gratifica la competitividad y el individualismo (y se gratifica, porque es la forma de preservar dicho empleo), la mayoría de la población adoptamos estos valores en mayor o menor medida. De este modo, en gran parte, la disputa en el plano cultural es una disputa en el plano de las prácticas sociales. Tiene mucho que ver con los satisfactores que construyamos y con su capacidad de ser adoptados por mayorías sociales. Sobre esto entro en el siguiente apartado.

Construcción de satisfactores justos y resilientes

En los apartados anteriores ya he ido desgranando argumentos que muestran la importancia determinante de la construcción de alternativas al capitalismo, pero al menos hay una razón más: algunos de los posibles escenarios futuros son pavorosos y es necesario que los temamos, pues nos pueden dañar hasta el extremo. Sin embargo, a la vez que es importante el miedo, tenemos que ser capaces de sacudírnoslo para poder rendir al máximo como sociedades y no abrazar falsas tablas de salvación, como podrían ser los fascismos. De este modo, el desarrollo de una política decrecentista pasa por generar seguridad. Hay distintos elementos que pueden ayudar en esta tarea, pero el central es construir satisfactores de nuestras necesidades resilientes.

Dicho de otra manera: tenemos que construir colchonetas sociales emancipadoras. Esto puede hacerse no solo a partir de proyectos que tengan este objetivo en su ADN, lo que es obvio, sino también a partir de proyectos con un foco asistencialista (como podría ser un comedor social). Algunas potencialidades de estos proyectos son: 1) Parten de necesidades percibidas por la población. No hay que motivar ni buscar el sentido. 2) Muestran la limitación del Estado y del mercado para satisfacer necesidades y, en contraposición, visibilizan las articulaciones sociales y su importancia. 3) Parten de la práctica, que es más potente como agente educativo que la reflexión. 4) Muestran el poder de lo colectivo. El sí se puede. 5) Focalizan en las necesidades y no en el empleo, desplazando así la centralidad social de este último.

En todo caso, para que este tipo de iniciativas sean realmente emancipadoras son necesarios al menos dos elementos. El primero es que las personas usuarias se conviertan en actrices. Es decir, que sean proyectos que evolucionen hacia la autogestión. El segundo, que transiten desde la redistribución (de alimentos, por ejemplo) a la producción real (de alimentos en este caso).

¿Cómo tienen que ser esos nuevos satisfactores? Una primera idea es que deben ser alegres. Los procesos de cambio son largos y enfrentan múltiples desafíos y sinsabores. Un ingrediente determinante para poder sostener en el tiempo los procesos largos es la alegría. Es lo que nos permite aguantar. También buenas dosis de esperanza activa.

Además, tienen que ser satisfactores no capitalistas. Esto, entre otras cosas, significa que permitan cubrir las necesidades fuera del mercado y sin tener que recurrir a la venta de la fuerza de trabajo. Es decir, que sean satisfactores con mercado (no de mercado) y desalarizados. Serían satisfactores en los que las comunidades, a través de mecanismos de articulación colectiva, construyan autonomía. Por ejemplo, un huerto comunitario productivo destinado al autoconsumo tendría estas características.

En un contexto de emergencia y falta de tiempo es central articular los saltos de escala y la replicabilidad imprescindibles con presteza. Es algo que los procesos de autoorganización colectiva son capaces de realizar, que se puede hacer más rápido si se cuenta con el efecto catalizador (financiación, normativa, políticas) de las instituciones, pero sin confiar en que el Estado como institución que sostiene las jerarquías sociales se vaya a disolver por iniciativa propia.

Aunque la construcción de esos satisfactores ecosociales tiene que tener ambición totalizadora, todavía estamos lejos de que esto sea posible y, sobre todo, el proceso no es un blanco o negro, sino una gradación en la que se puede ir avanzando en grados de autonomía social. Un cambio más realista puede ser aquel que va recuperando espacios de la vida. Primero, los más sencillos, como podría ser la alimentación, y después, otros más complejos, como podría ser la vivienda, pero siempre permitiendo itinerarios distintos para cada persona. Se pueden vislumbrar como iniciativas sectoriales con puntos de intersección.

Como se desprende de todo el texto, de los tres bloques de estrategias (resistir, culturas ecosociales y construir) es el tercero el que considero ahora más importante, pues cataliza al resto.

Artículo publicado originalmente en Viento Sur.

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El PSOE protege a Casado (PP) y no lo cita a declarar en el caso de corrupción conocido como «operación Kitchen». (El gobierno de España, del que me barrunto que para mí forma parte Unidas Podemos, social comunista y rojo hasta las trancas, según el PP y suspiritos de España, VOX, le echa una manita al compi partido del PP, también social comunista y rojo hasta las trancas, al impedir que su presidente, Casado, entre de cabeza a dar alguna que otra explicación en la comisión del Congreso que investiga el tutti frutti de la corrupción amiga del PP. Yo de mayor quiero ser eso, corrupto amigo. )

 

El PSOE protege a Casado (PP) y no lo cita a declarar en el caso de corrupción conocido como «operación Kitchen»

INSURGENTE.ORG /2 octubre 2021


Hoy por ti, mañana por mi. El PSOE no quiere que Pablo Casado comparezca en la comisión de investigación sobre la llamada ‘operación Kitchen’ en el Congreso de los Diputados. Los de Sánchez no han incluido en su lista de comparecientes al líder del PP para dar explicaciones sobre el supuesto uso de recursos del Ministerio del Interior para intentar obstaculizar la instrucción del ‘caso Bárcenas’ durante el Gobierno de Mariano Rajoy. El PSOE alega que la lista de comparecientes que ellos han registrado es «coherente, seria y acorde a la información y los documentos» que manejan y a las distintas pruebas que han ido saliendo a lo largo de la comisión.

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sábado, 2 de octubre de 2021

China y la «prosperidad común»


La actuación del presidente Xi Jinping contra los multimillonarios y su llamamiento a reducir la desigualdad para lograr la denominada prosperidad común supone otro giro en la dirección política en zig-zag de la élite china en las últimas décadas.

China y la «prosperidad común»

Michael Roberts

El Viejo Topo

2 octubre, 2021



En mayo, el gobierno chino estableció una zona especial para implementar la «prosperidad común» en la provincia de Zhejiang, donde también se ubican las sedes de varias importantes corporaciones de Internet, entre ellas Alibaba. Y el mes pasado, el presidente de China, Xi Jinping, anunció planes para difundir la «prosperidad común», anunciando una dura represión contra las élites ricas, incluido el creciente grupo de multimillonarios tecnológicos de China. En su reunión de agosto, el Comité Central de Finanzas y Economía, presidido por Xi, confirmó que la «prosperidad común» era «un requisito esencial del socialismo» y debería ir de la mano de un crecimiento de alta calidad.Durante la última quincena, la administración tributaria se comprometió a tomar medidas enérgicas contra los evasores de impuestos y multó a Zheng Shuang, una de las actrices más populares del país, con 46 millones de dólares por evasión de impuestos. La Corte Suprema declaró ilegal la semana laboral de 72 horas, común en muchas empresas del sector privado. Y el Ministerio de Vivienda dijo el martes que limitaría los aumentos anuales de los alquileres residenciales en un cinco por ciento. Y una nueva capa de funcionarios ha sido arrestada por corrupción.

Además, el gobierno se está moviendo para restringir que las empresas nacionales coticen en las bolsas de valores de EEUU, una medida que amenaza con restringir el crecimiento de las empresas de tecnología que habían llegado a simbolizar las tasas récord de crecimiento económico chino y el surgimiento de jefes de empresas ricas. Los años de especulación desenfrenada por parte de empresas privadas multimillonarias en alianza con algunos funcionarios locales y nacionales para hacer lo que quisieran, incluida la usurpación del control estatal del sistema bancario minorista, han terminado.

Los multimillonarios en general, y los mega-ricos beneficiarios de la industria de la tecnología en particular, ahora luchan por apaciguar al partido con donaciones caritativas y mensajes de apoyo. El sitio web de comercio electrónico que cotiza en Nasdaq, Pinduoduo, se comprometió a principios de este año a donar sus ganancias del segundo trimestre y todas las ganancias futuras para ayudar al desarrollo agrícola de China hasta que las donaciones alcancen al menos 10 mil millones de yuanes ($ 1.5 mil millones). La medida provocó que sus acciones subieran un 22%. Tencent, que cotiza en Hong Kong, al leer las mismas señales de Beijing, reservó 50.000 millones de yuanes para programas de asistencia social que apoyan a las comunidades de bajos ingresos, lo que elevó los compromisos filantrópicos de este año a un total de 15.000 millones de dólares.

El anuncio de los planes de «prosperidad común» fue precedido por el arresto del secretario general del Partido Comunista de Hangzhou (capital de Zhejiang), Zhou Jiangyong, por parte de funcionarios anticorrupción. Se rumorea que sus familiares se habían enriquecido con inversiones en acciones locales de Internet.

La represión de los gigantes tecnológicos y los intentos de los multimillonarios de hacerse con el control de los sectores bancario y minorista de consumo de China también han destruido rápidamente las esperanzas de los inversores extranjeros. Los explosivos precios de las acciones del sector tecnológico chino se han revertido.

El objetivo declarado de la «prosperidad común» es «regular los ingresos excesivamente altos» a fin de garantizar la «prosperidad común para todos». Y es bien sabido que China tiene un nivel muy alto de desigualdad de ingresos. Su índice gini de desigualdad de ingresos es alto para los estándares mundiales, aunque ha retrocedido en los últimos años.

China: índice de desigualdad de ingresos de gini (cuanto mayor es el índice, mayor es la desigualdad)

Fuente: Banco Mundial.

La medida de desigualdad Gini se utiliza para medir la desigualdad general en ingresos y riqueza. En riqueza, los valores gini son mucho más altos que los valores correspondientes para la desigualdad de ingresos o cualquier otro indicador de bienestar estándar. La desigualdad de riqueza de China es menor que en Brasil, Rusia o India, pero aún mayor que en Japón o Italia.

Informe de riqueza de Credit Suisse 2021

En mi opinión, hay dos razones por las que Xi y su mayoría en la dirección del Partido Comunista chino han lanzado ahora el proyecto de «prosperidad común». La primera es la experiencia de la pandemia de COVID. Al igual que en las principales economías capitalistas, la pandemia ha revelado a la población china la existencia de enormes desigualdades, no solo de ingresos sino también del aumento de la riqueza de los multimillonarios, que han cosechado enormes beneficios durante el COVID mientras que la mayoría de los chinos, especialmente los grupos de ingresos medios han sufrido confinamientos y cierres, pérdida de ingresos y aumento del costo de vida.  La proporción de riqueza personal de los multimillonarios de China se ha duplicado del 7% en 2019 al 15% del PIB actual.

Si se permitiera que esto continuara, se empezarían a abrir brechas en el PC y el apoyo del partido entre la población. Xi quiere evitar otra protesta en la Plaza de Tiananmen como la de 1989 como consecuencia del enorme aumento de la desigualdad y la inflación bajo las reformas del «mercado social» de Deng. Como lo expresó Xi en un largo discurso en julio a los miembros del partido: “Lograr la prosperidad común es más que un objetivo económico. Es un tema político importante que incide en la base de la gobernanza de nuestro Partido. No podemos permitir que la brecha entre ricos y pobres siga creciendo, que los pobres sigan empobreciéndose mientras los ricos continúan haciéndose más ricos. No podemos permitir que la brecha de la riqueza se convierta en un abismo infranqueable. Por supuesto, la prosperidad común debe realizarse de una manera gradual que considere plenamente lo que es necesario y lo que es posible y se adhiera a las leyes que rigen el desarrollo social y económico. Al mismo tiempo, sin embargo, no podemos darnos el lujo de quedarnos sentados y esperar. Debemos ser proactivos para reducir las diferencias entre las regiones, entre las zonas urbanas y rurales y entre los ricos y los pobres. Debemos promover el progreso social integral y el desarrollo personal integral, y defender la equidad social y la justicia, para que nuestra gente disfrute de los frutos del desarrollo de una manera más justa. Deberíamos asegurar que las personas tengan un sentido más fuerte de realización, felicidad y seguridad y hacerlas sentir que la prosperidad común no es un lema vacío, sino un hecho concreto que pueden ver y sentir por sí mismos”. (los subrayados son míos).

Como admitió perceptivamente Xi en este discurso sobre la desaparición de la Unión Soviética: “La Unión Soviética fue el primer país socialista del mundo y una vez disfrutó de un éxito espectacular. Al final, sin embargo, colapsó, principalmente porque el Partido Comunista de la Unión Soviética se separó del pueblo y se convirtió en un grupo de burócratas privilegiados preocupados solo por proteger sus propios intereses (subrayados míos). Incluso en un país modernizado, si un partido gobernante da la espalda al pueblo, pondrá en peligro los frutos de la modernización».

La otra razón de la iniciativa política de Xi es que, a pesar de la rápida recuperación de la economía china de la recesión pandémica global, el COVID no ha sido erradicado en China o en otros lugares y esto ha llevado a una desaceleración del crecimiento. En agosto, la producción industrial se revirtió, cayendo a un mínimo de 18 meses, mientras que la principal encuesta del sector de servicios muestra que el sector recibió un golpe aún mayor y se contrajo por primera vez desde marzo pasado.

Indicador de actividad empresarial Markit (compuesto) para China – ahora por debajo de 50 (contracción)

Rana Mitter, historiadora y directora del Centro de China de la Universidad de Oxford, comentó: “Los funcionarios del partido temen que los gigantes tecnológicos y las personas que los dirigen estén fuera de control y deban ser controlados. Y luego debemos agregar la determinación de Xi de ser nominado el próximo año para un tercer mandato que ahora permiten los cambios en la constitución».  Los capitalistas de China imaginaron que podrían actuar de la misma manera que los de las economías del G7, invirtiendo en propiedades, tecnología financiera y medios de consumo y acumular enormes deudas para hacerlo. Pero el COVID obligó al gobierno a intentar frenar el aumento de la deuda inmobiliaria y corporativa. Esto ha llevado a la quiebra de varias empresas de bienes raíces y empresas de «banca en la sombra». La gigantesca empresa inmobiliaria Evergrande está luchando por pagar 300.000 millones de dólares de deudas y ahora se espera que quiebre, a menos que el estado la saque de apuros. Evergrande afirma emplear a 200.000 personas e indirectamente genera 3,8 millones de puestos de trabajo en China.

El gobierno tuvo que actuar para frenar la expansión desenfrenada de la inversión improductiva y especulativa. El último Informe de Estabilidad Financiera del Banco Popular de China (banco central) establece que entre 2017-2019, «el índice de apalancamiento macro general se ha estabilizado en alrededor del 250%, lo que ha ganado margen para aumentar los ajustes anticíclicos en respuesta a la epidemia». En otras palabras, el gobierno podría brindarle al fondo el apoyo necesario para superar la depresión del COVID. Pero el BPC admite que “bajo el impacto de la epidemia en 2020, la tasa de crecimiento del PIB nominal se ralentizará, la cobertura macroeconómica aumentará y el coeficiente de apalancamiento macro aumentará gradualmente. Se espera que vuelva gradualmente a una tendencia básicamente estable». Por lo tanto, la deuda aumentará a medida que China entre en 2022.

El informe del BPC afirma que tiene bajo control todas las operaciones bancarias en la sombra y otras operaciones financieras de riesgo: “el orden financiero se ha limpiado y rectificado de manera integral. Las instituciones de préstamos en línea P2P en funcionamiento han cesado sus operaciones, la recaudación de fondos ilegal, los juegos de azar transfronterizos y los bancos clandestinos y otras actividades financieras ilegales se han frenado de manera efectiva, los fondos de capital privado, los lugares de negociación de activos financieros y otras resoluciones de riesgos han logrado un progreso positivo y se ha reforzado la supervisión de las grandes empresas de tecnología financiera«.

Pero el informe también revela que hay una sección de líderes del PC que realmente quieren seguir adelante con la apertura del sistema financiero chino controlado por el estado al capital (incluido el capital extranjero), y estas opiniones son sólidas dentro de los banqueros con educación occidental en el país. El informe del BPC dice que quiere “continuar profundizando la reforma y la apertura, promover aún más la reforma orientada al mercado de las tasas de interés y los tipos de cambio, avanzar de manera constante en la reforma del mercado de capitales y promover el desarrollo de alta calidad del bono mercado. Con la premisa de prevenir riesgos de manera efectiva, continuar expandiendo la apertura financiera de alto nivel». Aparentemente, los funcionarios del BPC estiman que incluso una mayor relajación de las regulaciones financieras reducirá el riesgo.

Por otro lado, Xi y sus partidarios quieren controlar las payasadas del «salvaje oriente» de los sectores financieros en Shangahi y Shenhzen. Xi ahora propone establecer una nueva bolsa de valores en Beijing para atraer a las empresas nacionales a cotizar en el país en lugar de en el extranjero. Esto es parte de la estrategia para reducir la dependencia de la inversión extranjera.

Según los ‘expertos’ en China en Occidente, esta represión de las finanzas, la propiedad y la tecnología privada es un suicidio para el crecimiento de China. Estos expertos creen que China no puede sostener su anterior milagro de crecimiento basado en la propiedad estatal, la planificación y la inversión y, en cambio, debe permitir que los mercados dominen la política económica y la inversión. El Banco Mundial ha sido líder en la promoción de esta estrategia para China durante décadas. El entonces presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, dijo en una conferencia de prensa en Beijing. «Como saben los líderes de China, el modelo de crecimiento actual del país es insostenible». La llamada trampa de los países de ingreso medio predice que las economías tienden a estancarse en un cierto nivel de desarrollo, una vez que los salarios han aumentado y el crecimiento de la productividad se vuelve más difícil. A principios de 2012, el Banco Mundial y el Centro de Investigaciones para el Desarrollo, un grupo de expertos del Consejo de Estado de China, publicaron un informe de 473 páginas que detallaba las reformas que el país tendría que emprender para evitar la «trampa de los ingresos medios» y ascender a las filas de las naciones de altos ingresos: es decir, dejar que las fuerzas del mercado se desaten.

El banquero de inversiones, George Magnus, un supuesto experto en China, ha argumentado durante mucho tiempo el viejo truco de que “a niveles de ingresos más altos, las economías se vuelven demasiado complejas para la gestión de mando y control por parte de los individuos. Los sistemas son cada vez más lo que importa. Las reglas transparentes, predecibles y aplicadas de manera justa permiten que las fuerzas del mercado asuman el trabajo de dirigir la actividad económica, aumentando la eficiencia y permitiendo que la innovación florezca ”. Magnus, quien dedicó un capítulo a la trampa de los ingresos medios en su libro de 2018 Red Flags: Why Xi’s China is in Jeopardy, argumenta que al perseguir estas políticas y estrategias,«El gobierno de China reprimirá los incentivos y la innovación, y hará que sea aún más difícil generar el crecimiento de la productividad que todos los países de ingresos medianos altos necesitan para evitar la trampa de los ingresos medios«.

He abordado todos estos argumentos en publicaciones anteriores, por lo que no volveré a entrar en detalles. Pero la realidad es que China ya está a punto de obtener un estatus de altos ingresos, según lo define el Banco Mundial. Según el umbral actual del Banco Mundial y las previsiones del Fondo Monetario Internacional, el país debería alcanzar ese objetivo antes de 2025. De hecho, como ha escrito Arthur Kroeber, jefe de investigación de Gavekal Dragonomics en China : “¿Esta desfalleciendo China? En una palabra, no. La economía de China está en buena forma y los legisladores están aprovechando esta fortaleza para abordar problemas estructurales como el apalancamiento financiero, la regulación de Internet y su deseo de hacer de la tecnología el principal impulsor de la inversión». Kroeber se hace eco de mi opinión de que: “Sobre una base promedio de dos años, China está creciendo alrededor del 5 por ciento, mientras que Estados Unidos está muy por debajo del 1 por ciento. Para fines de 2021, EEUU debería recuperar su tendencia prepandémica de crecimiento anual del 2.5 por ciento. Durante los próximos años, China probablemente seguirá creciendo a casi el doble de la tasa de Estados Unidos».

Según un informe reciente de Goldman Sachs, la economía digital de China ya es grande, representa casi el 40% del PIB y está creciendo rápidamente, contribuyendo con más del 60% del crecimiento del PIB en los últimos años. “Y hay un amplio margen para que China digitalice aún más sus sectores tradicionales”.   La participación de economia digital de China en el PIB aumentó del 2,1% en el primer trimestre de 2011 al 3,8% en el primer trimestre de 2021. Aunque China todavía está por detrás de Estados Unidos, Europa, Japón y Corea del Sur en su participación de la economía digital en el PIB, la brecha se ha ido reduciendo con el tiempo. No es de extrañar que Estados Unidos y otras potencias capitalistas estén intensificando sus esfuerzos para contener la expansión tecnológica de China.

En un informe, la Fed de Nueva York admite que si China mantiene este ritmo de expansión, “está bien encaminada hacia el status de altos ingresos … Después de todo, el crecimiento del ingreso per cápita ha promediado el 6.2 por ciento en los últimos cinco años, lo que implica que se duplica aproximadamente cada once años, y el ingreso per cápita ya está cerca del 30 por ciento del nivel de EEUU».  Pero la Fed de Nueva York argumenta que no podrá hacerlo ya que la población activa está disminuyendo y no habrá un aumento suficiente en la productividad del trabajo para compensarlo.He cuestionado este pronóstico en una nota anterior.

La razón por la que la Fed de Nueva York, así como muchos keynesianos y otros críticos del «milagro» chino, son tan escépticos es que están partiendo de un modelo económico de crecimiento diferente. Están convencidos de que China solo puede tener «éxito» (¡como las economías del G7!) si su economía depende de la inversión rentable de empresas privadas en un «mercado libre». Y, sin embargo, la evidencia de los últimos 40, e incluso 70 años, es que un modelo económico de planificación dirigido por el estado como el de China ha tenido mucho más éxito que sus pares de ‘economía de mercado’ como India, Brasil o Rusia.

Como dijo Xi en su discurso: “China es ahora la segunda economía más grande del mundo, la nación industrial más grande, el mayor comerciante de bienes y el mayor poseedor de reservas de divisas. El PIB de China ha superado los 100 billones de yuanes RMB y se sitúa en más de 10.000 dólares estadounidenses en términos per cápita. Los residentes urbanos permanentes representan más del 60% de la población, y el grupo de ingresos medios ha aumentado a más de 400 millones. Particularmente dignos de mención son nuestros logros históricos de construir una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos y eliminar la pobreza absoluta, un problema que ha plagado a nuestra nación durante miles de años ”.

Por el contrario, las lecciones del colapso financiero mundial y la Gran Recesión de 2009, la prolongada depresión que siguió hasta 2019 y el impacto económico de la recesión pandémica son que la introducción de más producción capitalista con fines de lucro no sostendrá el crecimiento económico y, ciertamente, no generará la «prosperidad común».

De hecho, es el sector capitalista de China el que está en problemas y amenaza la prosperidad futura de China. El sector capitalista de China está sufriendo (como lo está en las principales economías capitalistas). La rentabilidad ha caído, lo que reduce la capacidad o la voluntad de los capitalistas chinos de invertir de forma productiva. Por eso la especulación con inversiones improductivas se ha «descontrolado» también en China. Lejos de la necesidad de reducir el papel del estado, el crecimiento futuro de China a través de un aumento en la productividad del trabajo, a medida que la fuerza laboral total se reduce en tamaño, dependerá de la inversión estatal en tecnología, mano de obra cualificada y «prosperidad común».

Fuente: Penn World Tables 10.1 IRR series

La represión de Xi contra los multimillonarios y su llamamiento a reducir la desigualdad es otro giro en la dirección política en zig-zag de la élite burocrática china: desde los primeros años de rígida planificación estatal hasta las reformas de «mercado» de Deng en la década de 1980; desde la privatización de algunas empresas estatales en la década de 1990; al regreso a un control estatal más firme de las «alturas dominantes» de la economía después de la recesión mundial en 2009; la relajación del crédito especulativo después de eso; y ahora una nueva ofensiva contra el sector capitalista para lograr la «prosperidad común».

Estos zigzags son inútiles e ineficaces. Ocurren porque el liderazgo de China no rinde cuentas a su pueblo trabajador; no hay órganos de democracia obrera. No hay planificación democrática. Solo los 100 millones de miembros del PC tienen voz en el futuro económico de China, y eso es realmente solo en la cúspide de la pirámide. La otra razón de los zigzags es que China está cercada por el imperialismo y sus aliados tanto económica como militarmente. El capitalismo sigue siendo el modo de producción dominante fuera de China, si no dentro. La «prosperidad común» no puede lograrse adecuadamente mientras las fuerzas del capital permanezcan dentro y fuera de China.

Publicado originalmente en el blog de Michael Roberts. Traducción de G. Buster en Sin Permiso.

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viernes, 1 de octubre de 2021

Afganistán. Un país llamado desolación

 

¿Qué propósitos escondía la ocupación estadounidense de Afganistán? Veinte años después, ¿por qué las tropas norteamericanas se retiran del país? ¿Washington seguirá influyendo sobre Kabul o se impondrán las agendas de otros países dispuestos a colaborar con el talibán? ¿Cabe esperar una reconfiguración geopolítica de Asia Central?


Un país llamado desolación


Higinio Polo

El Viejo Topo

1 octubre, 2021 


Cuando el último día de agosto de 2021 el general de división Chris Donahue subió en Kabul al avión de carga estadounidense C-17, se cerraba la guerra más larga de las que ha participado Estados Unidos. Habían transcurrido veinte años de muerte y devastación en Afganistán. Tras el caos en el aeropuerto internacional, donde los soldados norteamericanos llegaron a disparar contra la multitud, el mundo contempló la destrucción de documentos y material bélico, los últimos bombardeos con drones que asesinaron a siete niños que jugaban en un patio de Kabul, y la retirada del último militar norteamericano, que mostraba la humillación y la vergüenza del país que todavía pretende dirigir el planeta. Atrás, quedan numerosas matanzas, impunes por el momento, como la que exterminó a treinta campesinos afganos, en 2019, en la provincia de Nangarhar, que el Pentágono achacó a un «error» de los drones. Afganistán ha padecido muchos errores semejantes. Cuando despegaba el último avión norteamericano, Blinken, el viejo ‘halcón’ que dirige el Departamento de Estado, declaraba que su país dirigirá su diplomacia con Afganistán desde Doha, la capital aliada de una monarquía medieval.

Mientras tanto, en el Pentágono, ante la prensa, el general Kenneth F. McKenzie, un veterano de las sangrientas campañas en Iraq y Afganistán, jefe del United States Central Command (USCENTCOM), Comando Central estadounidense, intentaba dar la impresión de que su país no abandonará a todos aquellos colaboracionistas con la ocupación estadounidense que se han quedado atrás, varados en un país en manos del talibán. Y el jefe del Pentágono, el general Lloyd Austin, declaraba su orgullo por la misión, aunque no podía esconder la evidencia de la humillación. Dejaban atrás un Afganistán donde no solo vuelven a gobernar aquellos que Estados Unidos desalojó veinte años atrás, sino que ni siquiera han conseguido desmantelar las bases del terrorismo islamista, objetivo que sirvió de pretexto para la invasión. Porque la invasión de Afganistán no fue soviética, sino estadounidense: la URSS había firmado un tratado con el gobierno revolucionario afgano de Najibulá, y acudió a su solicitud de ayuda. En la conmoción de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos entró a sangre y fuego en el país unas semanas después, armado de la seguridad de su enorme poder militar y de la avidez del programa neocon (Project for the New American Century que agrupó a los Bush, Cheney, Wolfowitz, Rumsfeld, Perle y otros). Pero los planes definidos por los neocon eran demasiado ambiciosos.

Pese a algunas iniciativas, visibles sobre todo en Kabul, Estados Unidos no ha reconstruido el país, y lo abandona como el mayor productor de opio del mundo, con redes de traficantes de las que participan sus protegidos en el país, aunque algunos, como el primer presidente que impusieron, Hamid Karzai, negocien con los talibán e incluso critiquen a sus antiguos protectores norteamericanos. Washington tampoco deja organismos democráticos: tras una fachada electoral levantada para consumo del mundo, han gobernado de facto los ‘señores de la guerra’, beneficiarios y cómplices de la corrupción, del robo de las ayudas internacionales, del tráfico de drogas y de los subsidios, y las instituciones democráticas han sido siempre una mentira, con elecciones fraudulentas y gobiernos títeres. Las dos décadas de ocupación norteamericana y de la OTAN han sido un magnífico negocio para las empresas de armamento, las compañías de mercenarios, los intermediarios y traficantes de droga, los comisionistas de la guerra, los políticos corruptos estadounidenses y afganos, y los grupos de notables colaboracionistas. Ha servido también como campo de pruebas de nuevas armas y formas de bombardeos letales. Pero veinte años de ocupación es demasiado tiempo, y afectaba gravemente al presupuesto: según un estudio de la Universidad Brown, en esas dos décadas Estados Unidos ha gastado en Afganistán 2’3 billones de dólares y 243.000 personas han muerto a causa de la guerra. Además, Washington necesita limitar la carga de Oriente Medio para concentrarse en la «contención» de China.

El pacto con los talibán en Doha para la retirada militar norteamericana fue gestado por el gobierno Trump. Obedecía al objetivo de limitar el gasto, tan gravoso para el presupuesto, al temor de seguir sufragando una guerra interminable, a la reorganización de su dispositivo militar para orientarlo hacia los océanos Índico y Pacífico y el Mar de China meridional, y a la esperanza de Trump de que la finalización de la guerra afgana le reportaría beneficios electorales para ganar las elecciones de 2020 ante Biden. Pero los estrategas del Pentágono y del Departamento de Estado calcularon mal, basando decisiones en informes que estaban lejos de responder a la realidad, como había puesto de manifiesto ya en 2019 The Washington Post publicando los «The Afghanistan Papers», donde muchos responsables militares y políticos reconocían las mentiras con que los gobiernos de Bush, Obama y Trump ocultaron la verdad sobre la situación en el país.

Estados Unidos no esperaban un desenlace tan rápido: los helicópteros, blindados y aeronaves abandonados en los hangares son la constatación de una humillante estampida, que ha alarmado a sus propios aliados: Dominic Raab, ministro de Asuntos Exteriores británico, intentaba explicar en la Cámara de los Comunes el incuestionable desastre, aludiendo a que los informes de los servicios secretos compartidos por los británicos con los norteamericanos negaban, pocas semanas antes de su caída, que Kabul estuviese en riesgo de pasar a manos de los talibán.

Con el fin de la guerra, el nuevo régimen debe gestionar el gasto público, además de la difícil situación en que queda el país. Los talibán son un movimiento local, con ramificaciones en Pakistán, que forma parte del confuso mundo del fascismo islamista, y cuyos milicianos son incluso más extremistas que los de veinte años atrás, aunque sus actuales dirigentes intentan un ejercicio de pragmatismo ante la dura realidad del país: afirman que su nuevo gobierno impondrá la sharia, es decir un conjunto de disposiciones y leyes que creen son voluntad divina (aunque en su interpretación discrepen de otros grupos islamistas), pero deberán regirse por algunas concesiones porque no disponen de técnicos y funcionarios para reactivar el aparato del Estado, y su aparente moderación es una muestra de que pretenden negociar con otros sectores de la sociedad afgana y encontrar un acomodo internacional que les permita el acceso a capitales, fuentes de financiación e inversiones, más allá del que puedan facilitar Arabia, Qatar y Pakistán, ahora que los fondos aportados por Estados Unidos se han terminado. Es posible incluso que el mulá Abdul Ghani Baradar y los suyos incluyan en el gobierno a representantes de las minorías (uzbekos, tayikos, etc.) y de los sectores que gobernaron con los norteamericanos, como indican sus negociaciones con Karzai y Abdullah, aunque siempre subordinados al talibán. Sus dirigentes afirman que van a gobernar para terminar con la corrupción, y saben que si la ayuda internacional desaparece, la crisis y la hambruna serán inevitables. Si los talibán quieren acabar con el cultivo de la adormidera, como hicieron en su anterior gobierno, deberán asegurar otros medios de vida a los campesinos que la siembran. Y van a gobernar impregnados del viejo anticomunismo islamista y con resortes neoliberales semejantes a los que impone la autocracia saudí. Y saben que Estados Unidos puede convivir perfectamente con ello, como hace con Riad. Deben afrontar los problemas de la gobernación: Afganistán necesita alimentos, vacunas contra la Covid-19, medicamentos; padece la falta de recursos, inexperiencia, falta de técnicos: la reapertura parcial del aeropuerto de Kabul ha sido posible gracias a los controladores enviados por Qatar. Los talibán quieren recibir ayudas de China, Rusia, Pakistán, Turquía, de los países árabes, y también de la Unión Europea y de Estados Unidos. La «ayuda humanitaria» no depende de condiciones políticas, pero sí las tienen las «subvenciones al desarrollo».

La derrota americana afectará a su diplomacia y prestigio, a su influencia política, a la proyección de su fuerza militar, incluso a su hegemonía en la OTAN, y centrará su actividad en el «pivote hacia Asia» que lanzaron Obama y Hillary Clinton. Estados Unidos invadió Afganistán movido por el ansia de venganza por los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero también porque pretendía diseñar el nuevo mapa de Oriente Medio, controlar los yacimientos de hidrocarburos y las rutas de abastecimiento, con el dominio del gasoducto que uniría Turkmenistán y la India a través de Afganistán. También, para asegurar que las antiguas repúblicas soviéticas no volvieran a agruparse bajo la dirección de Moscú, hundiendo una cuña en el corazón del continente, y ampliando su dispositivo militar con nuevas bases en una región desde la que podía monitorizar, y eventualmente atacar, a China, Rusia e Irán. Washington no perdía de vista que, apenas tres meses antes, Pekín y Moscú habían creado la Organización de Cooperación de Shanghái, con el implícito pero no confesado objetivo de evitar la hegemonía norteamericana sobre las antiguas repúblicas soviéticas centroasiáticas.

Esa aventura se cierra ahora con un régimen teocrático en Afganistán al que se puede calificar de fascista aunque tenga también otras características, propias del islamismo radical, que debe lidiar con los opositores del Panjshir (con el hijo de Maud, el viejo ‘señor de la guerra’) y con Daesh, Estado Islámico en Iraq y Levante-Jorasán (EIIL-J, dirigido por veteranos del yihadismo creado y financiado por Estados Unidos contra los soldados soviéticos, y por desertores del talibán). Las milicias talibán son un conjunto de hombres reclutados entre los sectores más pobres de la población afgana, que reciben su salario de ‘señores de la guerra’ que controlan el mercado de la droga, y de potencias que les financian como Arabia, Qatar y Pakistán, y también de jóvenes campesinos que querían vengarse porque vieron morir a muchos de los suyos en el diluvio de bombas que Estados Unidos lanzó: lo hicieron en 2001, con miles de ataques aéreos y no dejaron de bombardear durante veinte años. El nuevo gobierno afgano de Baradar convertirá esas milicias en el nuevo ejército afgano, aunque encontrará obstáculos: muchos de los trescientos mil militares del ejército que organizaron Estados Unidos y la OTAN con Karzai y Ghani han quedado a la intemperie (aunque muchos solo existían en la nóminas que cobraban altos mandos y políticos del régimen títere de Washington), y una parte intentará buscar nuevos patrocinadores; por otra parte, la lealtad de muchos grupos que han hecho de la guerra su forma de vida es precaria, como muestra la historia de la organización muyahidin de Jalaluddin Haqqani, cuya red luchó contra la república de Daud (el defenestrador del último rey afgano), atacó al gobierno comunista de Najibulá recurriendo a saqueos, decapitaciones y violaciones, trabajó para Estados Unidos, cobró de la CIA, más tarde colaboró para los servicios secretos pakistaníes (ISI) y después se hizo talibán cuando las tropas del mulá Omar conquistaron Kabul, y combatió a las tropas norteamericanas, cobrando también de Arabia y de los Emiratos Árabes Unidos. Su hijo, Sirajuddin Haqqani, es ahora ‘hombre fuerte’ en el gobierno del mulá Baradar. Pero Estados Unidos intentará acomodarse a la nueva situación e incluso mantener bases militares en Afganistán. No abandona la región, quiere seguir influyendo, directamente y a través de su alianza con Arabia y las monarquías del golfo, e Israel, y quiere mantener una cierta inestabilidad en Afganistán para evitar que China desarrolle proyectos económicos en el país.

Para el gobierno de Pekín no hay duda de que la lógica de la retirada norteamericana de Iraq y Afganistán, sin admitir la derrota, radica en el hecho de que Estados Unidos necesita concentrar sus fuerzas en la contención de China, y Oriente Medio se había convertido en un pesado fardo. Pese a su distancia y prevención con los talibán, China ha celebrado el final de la ocupación militar estadounidense y afirma respetar la soberanía afgana. Está también dispuesta a colaborar en la reconstrucción del país, siempre que deje de ser un refugio del terrorismo islamista: es una de las condiciones que pone Pekín para su cooperación económica, aunque en el seno del movimiento seminarista coexisten diferentes posiciones al respecto. Suhail Shaheen, portavoz talibán, ha declarado que esperan la colaboración de China en la reconstrucción, y aunque Pekín se muestra muy prudente ante la situación en el país, y espera la evolución de los acontecimientos, está dispuesto a facilitar asistencia humanitaria y ayuda para superar la devastación. El uzbeko Abdul Salam Hanafi, dirigente talibán y uno de los responsables de la oficina del movimiento en Qatar, mantiene conversaciones con el ministerio de Asuntos Exteriores chino, y se declara partidario de que Afganistán participe en el desarrollo de la nueva ruta de la seda. Pero otros asuntos acaparan también la atención de China: está alerta a la actividad de los destacamentos terroristas, y teme que grupos uigures utilicen Afganistán como base para sus ataques en el Xinjiang. Le preocupa también el mercado de la droga: bajo la dominación norteamericana, Afganistán se convirtió en el mayor productor del mundo de heroína, casi el noventa por ciento del total, y una parte de ese volumen fue introducido clandestinamente en China.

Y no olvida la exigencia de responsabilidades por una de las guerras más sangrientas del siglo XXI: en el debate sobre la resolución del Consejo de Seguridad acerca de la situación en Afganistán, donde China y Rusia se abstuvieron, el embajador chino exigió a Estados Unidos que dejase de bombardear a la población civil afgana y afirmó que debía tener responsabilidad penal por el asesinato de civiles. Además, China ha exigido públicamente que se investiguen los crímenes cometidos por Estados Unidos y la OTAN durante sus dos décadas de ocupación, a través de una comisión internacional. Aunque Estados Unidos no tiene la menor intención de hacerlo: dos días después de su retirada, el Pentágono calificaba de «justo» el bombardeo que acabó con la vida de siete niños en Kabul, justificándolo porque consideraban que el coche donde jugaban era una amenaza terrorista inminente.

China quiere, sobre todo, estabilidad en la región: le preocupa la llegada de islamistas al Xinjiang, y le preocupa la actividad de los grupos monitoreados por la CIA y el Pentágono, consciente de que siguen siendo uno de sus instrumentos de intervención, desde Siria a Irán pasando por Pakistán o el Cáucaso. También recela de la actividad del uigur Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), que fue creado en Pakistán en la década de los noventa y que mantiene lazos con la CIA norteamericana. El ramal pakistaní de la nueva ruta de la seda padece los embates de «misteriosos» grupos terroristas, y del Ejército de Liberación de Beluchistán (ELB), que se adjudicó el atentado de julio de 2021 en Dasu que causó la muerte de nueve ingenieros chinos, y que volvió a repetirse con el atentado contra trabajadores chinos de la autopista Gwadar Eastbay Expressway Projet que forma parte del ‘Corredor económico chino-pakistaní’, sin ser reivindicado. En el Beluchistán operan otros grupos terroristas, como Tehreek-i-Taliban Pakistan (TTP), que mantiene excelente relación con los talibán afganos, y el Mossad interviene en la región en su plan de acoso al vecino Irán. Washington califica como terrorista al ELB, pero sus servicios secretos lo respaldan extraoficialmente por dos motivos: es útil para atacar intereses chinos en Pakistán, y podrían aumentar su apoyo para lograr la fragmentación del Pakistán si Islamabad fortalece sus lazos económicos con Pekín. India también apoya al ELB, como carta contra Pakistán, eterno rival. La retirada norteamericana de Afganistán va a influir también en otros escenarios que interesan a Pekín: el Mar de China meridional, el estrecho de Taiwán, y todo el arco marítimo que va desde Japón hasta Singapur, así como la evolución del QUAD, el foro estratégico creado por Cheney y el japonés Abe, donde Estados Unidos pretende consolidar un frente político y militar con Japón, India y Australia para acosar a China.

Rusia critica también con dureza la aventura norteamericana, y considera a los talibán un sanguinario grupo terrorista, aunque es consciente de que deberá enfrentarse a los litigios que crea el nuevo régimen. Por ello, como Washington y Pekín, ha mantenido contactos con los talibán y definirá su actitud conforme al proceder del nuevo régimen teocrático. Putin ha calificado la situación en Afganistán como una catástrofe, y quiere evitar una desestabilización que afecte a Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, convertido este último en una dictadura hermética, aunque con intereses para hacer llegar sus hidrocarburos a través de Afganistán. China también está preocupada por esa hipótesis desestabilizadora, porque algunas rutas de transporte atraviesan esa región y además es fuente de hidrocarburos, y su apuesta por la cooperación económica en la región es bien vista por Moscú, consciente de que si abre paso contribuirá a la estabilidad en Afganistán y limitará los riesgos y las amenazas para las repúblicas de Asia central, con las que Rusia quiere seguir recomponiendo los lazos con que estaban unidas a ella en la Unión Soviética. Pero esas previsiones dependen de la actuación norteamericana, y Moscú no olvida los antecedentes y la responsabilidad de los servicios secretos estadounidenses en el envío y la infiltración terrorista en Chechenia y el Cáucaso ruso y su actividad desde Azerbeiján, uno de los centros operativos de la CIA en la región.

La Unión Europea teme las consecuencias de la derrota norteamericana, y no se atreve a sacar conclusiones: buena parte de sus miembros fueron arrastrados a una guerra en Afganistán y ni siquiera les consultaron cuando Washington decidió la retirada, y ahora teme una nueva oleada de refugiados, un «éxodo masivo hacia Europa» como lo definió el ministro de Asuntos Exteriores italiano, problema con el que Estados Unidos no debe lidiar: al igual que ocurrió con la guerra y el éxodo sirio, cuyo promotor fue Washington, la posible llegada masiva de refugiados afganos afectará a Europa y no a Estados Unidos. Afectará también a los países vecinos. Según cifras de ACNUR, en 2020, dos millones doscientos mil refugiados afganos se encuentraban en Irán y Pakistán, mientras que en Estados Unidos apenas había dos mil. Estados Unidos, pese a ser el principal responsable de la devastación y la crisis, se desentiende del problema, mientras los ministros de Justicia e Interior de la Unión Europea proponen «ayudar» a los países limítrofes de Afganistán, con el estrafalario argumento de que los refugiados «deben quedarse en la región». Es decir, la Unión Europea quiere comprar con dinero la voluntad de algunos gobiernos, como hizo con Turquía para frenar a los refugiados sirios.

Bruselas ha decidido establecer una delegación (como camuflaje de embajada) en Kabul y plantea cinco condiciones al talibán: que no se convierta en refugio del terrorismo, que respete los derechos humanos y los de las mujeres y que permita la libertad de prensa en el país, además de formar un gobierno amplio e «inclusivo» (que los  talibán ya preparan y Pakistán impulsa), que permita la libre salida del país de quienes opten por ello y una justa gestión de la ayuda humanitaria. En realidad, la Unión Europea sabe que ninguna de esas condiciones va a cumplirse, pero le sirven para justificar su permanencia en el país, aunque de momento no reconozcan formalmente la dictadura talibán. Después de todo, tampoco esas condiciones son cumplidas por Arabia, Qatar o los Emiratos Árabes Unidos, sin que ello suponga el menor obstáculo para que mantengan magníficas relaciones con la Unión Europea y con Estados Unidos. Hablar de la Unión Europea es hablar de Berlín y París, y si la Comisión de Bruselas defiende mantener el diálogo con los talibán, es por temor a perder influencia en el país y en la región. La solitaria Gran Bretaña, tras el Brexit, permanece como solícito aliado de Estados Unidos, sin que ello le suponga más reconocimiento internacional ni mayor influencia. Afecta también a Europa, la desairada posición de la OTAN, que ha sufrido un golpe demoledor, llegando Jens Stoltenberg incluso a reconocer que su función en Afganistán era de mera ayuda a Estados Unidos, olvidadas ya las falaces proclamas de libertad y democracia con que disfrazaron una operación imperialista más. Todo ello debería afectar a los países miembros, y mientras Francia sigue jugando con la idea de un ejército europeo, sin mayores consecuencias aunque la Unión decida la creación de un «fuerza de reacción rápida», idea mal acogida por Estados Unidos y Stoltenberg, otros países, como España, deberían iniciar el proceso para liquidar las bases norteamericanas, que ni sirven para la defensa de cada país ni ayudan a definir una nueva política exterior europea que abandone la subordinación a Washington y tienda la mano a Pekín y Moscú.

La India es uno de los grandes perdedores de la caída del gobierno Ghani, al que apoyaba, y el nuevo gobierno afgano aviva su enemistad con Pakistán, con quien se enfrenta en Cachemira a través de grupos terroristas que convierten a esa región en un peligroso polvorín por la posesión de armas nucleares de Delhi e Islamabad. Pakistán acusa además a la India de «sabotear» la paz en Afganistán, y se niega a asumir sus responsabilidad en los frecuentes atentados en terrirorio indio, donde operan decenas de organizaciones terroristas, muchas con dependencia del ISI pakistaní. Junto a ello, las diferencias con Pekín se mantienen, agravadas por el riesgo  que representa el QUAD al que Estados Unidos arrastró a Delhi. Y la presencia en el gobierno talibán de Sirajuddin Haqqani (hijo de Jalaluddin Haqqani, activo organizador del terrorismo contra la India) inquieta en Delhi: los Haqqani, hoy en el bando talibán, son los feroces asesinos muyahidin organizados por Washington que en 1987 rodeaban la ciudad de Jost, durante el gobierno de Mohammad Najibulá de la República Democrática de Afganistán aliada de la Unión Soviética. Los Haqqani son expertos en organizar atentados suicidas.

A su vez, Pakistán, que estuvo en el origen del nacimiento talibán, y en el de los muyahidin que crearon y financiaron Estados Unidos y Arabia, sigue siendo su principal apoyo. Pocos días después del fin de la ocupación norteamericana, el 4 de agosto, el general Faiz Hameed llegaba a Kabul para discutir la composición del nuevo gobierno afgano. Casi dos millones de afganos viven refugiados en el país, pero Islamabad no quiere admitir más. Los generales pakistaníes son aliados de Washington, y su gobierno quiere mantener también buena relación con Pekín y Moscú, mientras que Irán (que influye culturalmente en Afganistán: el darí, lengua oficial junto al pastún, es un dialecto del persa) desconfía de Pakistán, aliado a su vez de Arabia y gran enemigo de Teherán en muchos de los conflictos regionales. Islamabad quiere controlar la frontera con Afganistán, y que no perjudique a China, y se compromete a seguir vigilando el terrorismo del TTP (los Tahrik-e-Taliban pakistaníes, muy activos con coches-bomba), de Daesh, y del ETIM (Movimiento Islámico de Turkestán Oriental, que Estados Unidos, con Trump y Pompeo, borró de su lista de organizaciones terroristas en su campaña antichina), aunque su capacidad para hacerlo es limitada. En Pakistán operan más de diez grupos islamistas que recurren al terrorismo, y no hay que olvidar que los atentados han causado en las dos últimas décadas decenas de miles de muertos pakistaníes y que, de hecho, ha sido el país más afectado por la guerra afgana.

Irán, otro régimen teocrático en la región, está enfrentado a Arabia e Israel, y duramente afectado por las sanciones económicas norteamericanas. Pese a su patente enemistad con Estados Unidos, apoyó a las tropas norteamericanas para derribar el gobierno talibán en 2001, aunque la larga ocupación posterior hizo cambiar a los ayatolás iraníes de estrategia: temían que Afganistán pudiese convertirse en plataforma para atacar a Irán.

Arabia conecta con los talibán, a quienes apoya y sirve de modelo para gobernar, y quiere aumentar su influencia en la región, mientras Qatar, donde se desarrollaron las negociaciones con Trump, mantiene una relación cercana con el mulá Baradar, apoya a los talibán, y va a colaborar en la gobernación del país. Emiratos Árabes Unidos reconoció el anterior gobierno talibán, y junto a Qatar ya han enviado ayuda humanitaria a Kabul. A su vez, Turquía, pese a ser miembro de la OTAN, mantiene buenos lazos con los talibán, e incluso ha ofrecido ayuda para volver a poner en funcionamiento el aeropuerto internacional  y otros organismos: junto a Qatar se ofrece para gestionar el aeropuerto de Kabul, tal vez con ayuda holandesa.

El nuevo emirato islámico talibán, con el mulá Abdul Ghani Baradar (que fue joven muyahidin contra la República Democrática de Afganistán) como jefe del gobierno, y el siniestro ulema Haibatulá Ajundzadá (que se encargó de aplicar la sharía tras la victoria talibán de 1996) como guía supremo y emir, domina ya la totalidad del país, tras la toma del Panjshir.

Estados Unidos fue a Afganistán para vengarse, y para desarrollar un plan de dominio planetario que tenía en Oriente Medio un objetivo central. Hoy, llora por sus últimos soldados muertos, por los dos mil quinientos militares y cuatro mil mercenarios caídos, pero no repara en los centenares de miles de muertos que ha causado su implacable máquina de guerra. Ahora las diversas piezas del rompecabezas de Oriente Medio se recomponen, aunque sigue la guerra en Siria, Israel no ha renunciado a impedir el poder atómico de Irán, aun a costa de la guerra, Arabia sigue apoyando el terrorismo wahabita y el fascismo islamista, y Turquía juega con el espejismo otomano. El talibán va a tener serias dificultades para gobernar, y ya ha empezado a aplicar la venganza y los castigos del yihadismo, aunque necesite mostrar un rostro más moderado para afianzar su poder ante el mundo. El ansiado final de las guerras afganas no debería suponer dejar el país en manos del fascismo islamista.

En Afganistán no ha muerto el imperialismo norteamericano, aunque ha recibido una derrota que tendrá grandes consecuencias estratégicas. Pero las ansias de dominación imperial siguen ahí, sobre todo porque Washington va a seguir utilizando su extensa red militar en el mundo (800 bases operativas) y no quiere renunciar a su hegemonía planetaria. Ha perecido el viejo proyecto que quiso hacer del siglo XXI el siglo americano, y enfrenta el temor a la decadencia y la conversión definitiva de China en la mayor potencia económica del mundo. Y, aunque sea un difícil objetivo, tras la montaña de mentiras y el horror de la guerra que termina, el mundo debería llevar ante un tribunal internacional a todos los presidentes norteamericanos que, desde George W. Bush, han bombardeado sin piedad las tierras afganas. La ocupación norteamericana ha terminado, pero continua la guerra contra China, y no podemos saber que deparará el futuro a Afganistán, ese país llamado desolación.

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