martes, 10 de marzo de 2020

CORONAVIRUS



Apología del contagio

Rebelion
10/03/2020


Fuentes: ctxt 

Desde que existe el Covid-19 ya no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático

A principios del verano de 1834 la epidemia de cólera que desde hacía dos años se extendía por España causó en Madrid más de 3.000 muertos. El 17 de julio los muy católicos plebeyos del barrio de Lavapiés (o del Avapiés) asaltaron y quemaron los conventos de Madrid, dando muerte a 75 frailes y monjas de las más variadas órdenes instaladas en la capital: jesuitas, franciscanos, mercedarios. Durante los días anteriores –se decía– se había visto a “mujerzuelas” y “mendigos” manipulando de manera sospechosa las fuentes y la víspera del motín popular (“una orgía de caníbales”, según Menéndez y Pelayo) un joven peinero de la calle Carretas que había sido sorprendido mientras vertía unos polvos amarillos en un caño de la Puerta del Sol confesó a golpes que lo hacía por orden de los jesuitas. El delirio inflamó la ciudad. En su novela Un faccioso más y algunos frailes menos, Galdós recoge el episodio describiendo a través de algunos personajes populares el terror paranoico de los madrileños y su tendencia a buscar un culpable. Maricadalso, que acababa de perder a su hija, se enfada mucho cuando el clérigo Gracián habla de una enfermedad oriental que se llama “cólera”: “Eso no es epidemia que venga de las Asias sino malos quereres”, dice; “son los malos, los pillos que quieren que acabe medio mundo para quedarse ellos solos”. Y algunas páginas más adelante, Tablas, amante de Nazaria la carnicera, tras difundirse el rumor del envenenamiento de las aguas, expresa en un corrillo de taberna la obsesión colectiva: “¿Por qué envenenan a la gente? Para acabar con los liberales. Ellos dicen: «No podemos aniquilar a nuestros enemigos uno a uno, pues acabemos con todo el género humano»”. El terror vengativo y ansiolítico se volcó, como un tsunami, sobre los representantes de la Iglesia. 

En los tiempos del coronavirus el mundo se vuelve familiar y antiguo. Cada vez que un pueblo ha tenido que afrontar una amenaza colectiva ha buscado un cuerpo concreto al que atribuir la responsabilidad y en el que localizar el remedio. Es el chivo expiatorio, al que los griegos llamaban pharmakos (de donde nuestra “farmacia”), una víctima escogida al azar en la que se depositaba toda la complejidad de la crisis y cuyo sacrificio o expulsión de la ciudad liberaba a los hombres de todos los peligros. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dice nuestro refranero. Los madrileños en 1834 escogieron a los curas porque apoyaban el carlismo, predicaban virtudes que no cumplían y acusaban a los pobres de provocar la ira de Dios con sus pecados. Cada época y cada pueblo tiene su propio pharmakos. En las últimas semanas, a medida que el coronavirus se ha ido difundiendo por todo el mundo, la fiebre conspiranoica ha adoptado vestiduras contemporáneas; es decir, racistas y/o geopolíticas. Las hay claramente psiquiátricas y las hay pseudocientíficas. Entre las primeras cito la de un chiflado italiano que echa la culpa a las vacunas. Según él, la aparición del coronavirus habría sucedido a la campaña de vacunación obligatoria en China, donde se habrían utilizado sustancias que contienen un “polvo inteligente”, ya inoculado en la sangre de toda la humanidad, que permite “digitalizar” los cuerpos, de manera que “los malos” y los “pillos” –las élites mundiales– pueden activar desde lejos el virus tantas veces como quieran, así como las funciones de los órganos. Entre las pseudocientíficas, que combinan datos reales con elucubraciones fantasiosas, se pueden citar las declaraciones, tan virales en las redes como los virus en los bronquios, de Francis Boyle, un jurista estadounidense especialista en “guerra biológica” que, a partir de la existencia real de un laboratorio P4 en la región de Wuhan, se entrega a calenturientas elucubraciones sobre la antesala vírica de la “tercera guerra mundial”.

Admitamos que hay algo inquietante en la gestión de la crisis. Me refiero, en este caso, al exceso de transparencia. Al contrario de lo que ha ocurrido en crisis precedentes –pensemos, desde luego, en Chernobyl, pero también en la oscurantista gestión de las secuelas del 11-S en EEUU–, donde el pánico de la gente se basaba en la sensación fundamentada de que las autoridades inhibían datos y decisiones para proteger intereses espurios ajenos al bienestar colectivo, aquí la inquietud se deriva de la contundencia desconcertante de las medidas públicas, desproporcionadas (¿o no?) en relación con la gravedad oficial de la amenaza y cuya arbitrariedad, según los países, resulta más bien chocante. En Italia, por ejemplo, se impone un radio de un metro de distancia entre los cuerpos mientras que en Francia se prohíben las aglomeraciones de más de 5.000 personas, dos medidas que revelan el albedrío nacional de los gobiernos, así como la voluntad bastante histriónica de exhibir responsabilidad estatal, lo que algunos interpretan, en precipicio ya un poco complotista, como el ensayo general de un futuro “estado de excepción”. ¿Se nos ha ido de las manos el virus o las medidas tomadas contra él?

Lo cierto, en todo caso, es que esta “transparencia administrativa”, hija de la improvisación emulativa, ha inducido un pánico global muy propicio a las teorías de la conspiración en un mundo en el que todos los poderes –tecnológicos, económicos y políticos– concurren a hacerlas verosímiles. El complotismo se activa siempre, a modo de defensa, frente a lo que no podemos controlar; y digamos que no hay combinación más favorable que la que reúne a un bicho microscópico imprevisible con un contexto civilizacional que nos supera por completo; que integra, verbigracia, lo subhumano inasible con lo suprahumano irrepresentable.

Así que necesitamos más que nunca un chivo expiatorio o pharmakos, ya sea racista, antiimperialista o anticapitalista. ¿Por qué? Porque el complotismo, como la navaja de Ockam, reduce todas las complejidades y abstracciones a una concreción aprehensible y casi táctil y es, por eso mismo, tranquilizador. Tiene algo de amuleto primitivo o ceremonia apotropaica. Nos gustaría creer que sólo existen los hombres, aunque sean malos, y que incluso la máxima destrucción es un negocio humano que nos mantiene en el universo que nosotros mismos hemos creado y que aún podemos dominar. La conspiración, después de todo, es un orden, un sistema, una voluntad; su sujeto es inteligible y, si no siempre neutralizable, es siempre reconocible y, aún más, reconociente: reconoce nuestra existencia individual, aunque sólo sea para acabar con ella. En cuanto a la naturaleza y al poder tecnológico, por el contrario, nos sacan de pronto al exterior, a la intemperie desnuda del origen, donde nuestros cuerpos, hace 100.000 años, estaban expuestos a las mandíbulas ciegas de los depredadores.

El complotismo, en definitiva, niega las dos amenazas que más aterran al ser humano: la contingencia y la naturaleza, que el capitalismo, al menos en el imaginario occidental, parecía haber conjurado para siempre. Y hete aquí que llega un maldito virus coronado, sin cara y sin ojos, y comparece ante nuestros cuerpos armado de dos ideas espantosas.

El coronavirus (una) es aleatorio. Es decir, no ha sido creado por el hombre ni su destino depende en último término de la humanidad. Por un lado, escoge a  sus víctimas sin ningún criterio, del modo más democrático concebible. Como la peste de Atenas, la ‘negra’ medieval, la de Londres o la llamada ‘española’ de hace un siglo, amenaza por igual la vida de pobres y ricos, de plebeyos y nobles, con una ligera indulgencia –menos mal– hacia los subsaharianos, cuyos sistemas sanitarios no resistirían el embate. Un virus es tan subhumano que ni siquiera reconoce nuestras jerarquías sociales y nuestras taxonomías históricas, lo que nos aturde y nos humaniza a la baja. ¡Incluso a los pobres tranquiliza una guadaña con conciencia de clase! Por otro lado, su propia contingencia impide atribuirle la más mínima intención culpable; nos mata sin ningún sentido, ni para él ni para nosotros; no gana nada en un mundo en el que el beneficio es siempre un atenuante y hasta un mérito; lo perdemos todo en un mundo en el que queremos ser al menos castigados por un delito o criminalizados por una resistencia. Preferimos siempre, sí, la mala voluntad al azar ciego.

El coronavirus (dos) es además impersonal y, si se quiere, abstracto. No podemos dirigirnos a él ni implorarle ni negociar. Es lo completamente otro que convierte a cualquier otro, como potencial portador de algo que no es él mismo, en un enemigo de esa humanidad que sólo se conserva en nosotros. Exactamente igual que el poder de las máquinas y el de las finanzas.

Observemos que contingencia e impersonalidad son los dos rasgos que hemos atribuido convencionalmente a la Naturaleza antagonista, entendida como esa cantidad excedentaria, que creíamos cada vez más pequeña, al orden humano. Lo que está fuera, lo que queda fuera, lo que aún no hemos conseguido interiorizar o ensimismar: qué miedo da todo eso a una civilización solipsista que ha olvidado que de ahí procede también toda verdadera alegría. El virus subhumano que mata es inseparable de la flor parahumana que nos resucita, de la mirada sobrenatural que nos descarrila en el metro.

Así que, enfrentados a la contingencia más abstracta, preferimos, como hace mil años, como hace 50.000 años, la conspiración que nos permite odiar a alguien concreto, aunque sea imaginario, y ser odiados por alguien concreto, aunque no podamos defendernos. Los “pillos” y los “malos” tienen nombre, cara, ojos, voluntad.  Los “pillos” y los “malos” se ocupan de nosotros, ¡menos mal! El complotismo que hace humano al virus contingente e impersonal satisface el mínimo de narcisismo y autoestima sin el cual ni los más humillados y ofendidos pueden sobrevivir.

Ahora bien, lo cierto es que este complotismo milenario es incapaz de ordenar ya la experiencia de desamparo –frente a la contingencia y la abstracción– que nos atenaza a todos en un mundo en el que la Naturaleza se subleva y en el que la biopolítica tecnologizada nos desarbola las brújulas. Esta desazonante sensación de irrealidad, raíz repentina de la realidad sumergida en nuestras tablets y nuestros supermercados, señala un viraje o recodo civilizacional que veníamos acunando o incubando en todas las crisis anteriores. Con independencia del curso que siga la pandemia, podemos señalar tres “efectos antropológicos” que el virus mismo, o su gestión administrativa y mediática, ha introducido ya en nuestras vidas.

El coronavirus (primero) ha revelado en un instante –en un relámpago– nuestra vulnerabilidad o, si se prefiere, nuestra antigüedad. De pronto vivimos en un mundo muy antiguo, formamos parte de un mundo muy antiguo y reaccionamos de un modo muy antiguo. Nuestro miedo arranca el fino velo de nuestras ilusiones de inmortalidad y nos devuelve al primer día del cromagnon, cuando estábamos a merced de las bestias salvajes. No somos ni postmodernos ni cosmopolitas ni cyborgs. No somos ciudadanos del siglo XXI. Transportamos en nuestros cuerpos una historia larguísima que regresa a nosotros cuando menos preparados estamos para asumirla. Volvemos a confundir enfermedad, delito y pecado; volvemos a confundir extranjería y animalidad; volvemos a necesitar un pharmakos de nuestro tamaño o un poco más pequeño/grande, lo bastante próximo para que podamos odiarlo y lo bastante lejano como para que no resulte “contagioso”. La “transparencia administrativa” y sus medidas espectaculares, que quizás cambien nuestras costumbres para mucho tiempo, dan rienda suelta a este redivivo primitivismo que, al mismo tiempo, se ajusta muy bien a la “soltería social” del capitalismo: soltería nacionalista, soltería consumista, soltería racista. El homo con mascarilla, símbolo de la nueva era, es el retorno capitalista a las cavernas.

Inseparable del primer punto, el coronavirus (segundo) ha revelado –se dice– la fragilidad de la economía. No es verdad. Y no sólo porque, como bien explica Eric Toussaint, la economía estaba ya en crisis antes de su irrupción. No. El coronavirus no ha revelado la fragilidad de la economía global; lo que ha revelado es su dependencia de los cuerpos –de los cuerpos a los que explota y niega y con cuya “superación” fantasea sin parar material y simbólicamente–. Esta fragilidad podría ser también una oportunidad para decidir qué mundo queremos y habrá que procurar que lo sea, pero mucho me temo que, si “corporalmente” hemos cambiado poco o nada en 40.000 años, las modificaciones culturales sufridas en los últimos decenios, que nos han hecho quizás más conscientes, nos han hecho también más perezosos y menos atentos o, lo que es lo mismo, más idiotas. Nadie –digamos– quiere contagiarse y es lógico; pero se trataría más bien de reivindicar el contagio, de usar el contagio a nuestro favor, de asumir el contagio, al igual que los médicos y sanitarios, como alternativa a un orden abstracto, muy vulnerable a la contingencia, que se pretende libre de límites: de muerte, de dolor, de sacrificio y hasta de aventuras. Y que, igual que confunde la felicidad y el consumo o las guerras y las bodas, lleva mucho tiempo confundiendo la “comunicación” y la vida. Italia, vanguardia siempre de lo mejor y de lo peor, con sus discutidas medidas radicales y sus pánicos nihilistas, nos anticipará el derrotero.

Por último (tercero) y en absoluto anecdótico, no deja de ser inquietante –pábulo de esta sensación de irrealidad radical– el hecho muy paradójico de que el coronavirus, con su escandalosa fragilidad aparejada, ha abolido la muerte. Fruto de la “transparencia administrativa” y del manejo informativo, y del pánico que ambos han inducido, ocurre que desde que existe el Covid-19 ya no se muere nadie. De hecho ocurre que no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático, pese a que sería muy fácil y muy útil asociar pedagógicamente la multiplicación de los virus al acoso capitalista de la Naturaleza; e incluso aprovechar este parón para cuestionar el modelo. El mundo se ha detenido; vivimos un estado de excepción o de cuarentena planetario en el que nos mantenemos a la espera, casi aliviados y casi dichosos de este paréntesis tembloroso que nos invita a dar el mundo por perdido –y a aprovechar para bebernos una última caña en una última terraza siempre veraniega–.

Mientras los “pillos” y los “malos” siguen trabajando.


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lunes, 9 de marzo de 2020

Y DIGO YO, SI NO NOS INFORMAN DE LIBIA, ¿POR QUÉ NOS VAN A INFORMAR DE CÓMO NOS ROBAN LAS PENSIONES; QUÉ ES Y QUÉ SIGNIFICA, A QUIÉN BENEFICIA Y QUIÉNES NEGOCIAN UN TRATADO DE LIBRE COMERCIO O LA CHANCHULLESCA EN QUE SE GASTAN LOS DINEROS DE LOS FONDOS RESERVADOS QUE SON NUESTROS Y NO DEL ESTADO?, POR EJEMPLO, QUE TAMPOCO HAY POR QUÉ MENCIONAR EL CIENTO Y LA MADRE DEL RESTO DE CASOS DEL FOLLETÍN DE SLO CASOS DE CORRUPCIÓN



Aparecen intactos los hospitales de Idlib ‘bombadeados’ por la aviación rusa.

DIARIO OCTUBRE / 07.03.202


Desde el inicio de la ofensiva del ejército sirio contra los yihadistas en Idlib, la ONU ha difundido varios informes de sobre los hospitales destruidos como consecuencia de los bombardeos, señalando especialmente a la aviación rusa como responsable.



Final del formulario
Dichos informes han sido ampliamente divulgados por la prensa asquerosa de siempre, como El Salto Diario, con abundantes menciones al número de civiles muertos y a que Putin es “el emperador de Oriente Medio” (1).

El ejército ruso emprendió una investigación sobre las consecuencia de sus bombardeos. Los resultados de la misma han sido publicados parcialmente por la prensa turca y también por Komsomolskaya Pravda (2) y las fotografías tomadas demuestran que las instalaciones siguen intactas.

Naturalmente, las fotos corresponden a infraestructuras localizadas en las zonas liberadas, de manera que aún no se conocen los efectos de los bombardeos rusos sobre las que siguen bajo control yihadistas.

1. Hospital de la ciudad de Al-Salam: no se encontraron daños en el edificio.

2. Hospital Nacional de la ciudad de Maarrat Al-Nouman: se registran múltiples daños como resultado de los bombardeos de artillería, no de los bombardeos aéreos, como se indica en el informe de la ONU.

3. Edificio de ambulancias y clínica de Maarrat Al-Nouman: no hay daños en el edificio. Ahora las instalaciones sanitarias acogen a los soldados del ejército sirio que resultaron heridos en los combates.

4. Policlínica en Kfar Rumania: no se detectaron daños.

5. Centro médico en Deir East: hay daños causados por el bombardeo de artillería, no por ataques aéreos.

(1) https://www.elsaltodiario.com/siria/putin-emperador-en-oriente-medio
(2) https://www.donetsk.kp.ru/daily/27100.4/4173616/


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CORONAVIRUS



Crece la chinofobia alimentada por el miedo y la desinformación

Cuando las alarmas no sonaron

Rebelión
 07/03/2020 


 Fuentes: Le Monde Diplomatique 

Dada la hiperconectividad del siglo XXI, el brote de COVID-19, nacido en Wuhan, se expandió rápidamente a escala global. Además del drama sanitario, la pandemia ha provocado una parálisis económica general, el descontento popular hacia el gobierno chino y reacciones de chinofobia. Una crisis múltiple con consecuencias impredecibles.

El 29 de enero de 2019, cuatro investigadores de la Academia China de Ciencias lanzaron una advertencia. “Es muy probable que los futuros brotes de coronavirus similares al SARS o al MERS se originen en los murciélagos, y existe una mayor probabilidad de que esto ocurra en China”, publicaron los virólogos Yi Fan, Kai Zhao, Zheng-Li Shi y Peng Zhou en la revista Viruses. Las alarmas, sin embargo, no sonaron. 

Once meses después, una misteriosa neumonía afectaba a varios habitantes de Wuhan, una floreciente megaciudad de 11 millones de personas, en el este de China.

Uno de los primeros en detectarla fue Li Wenliang, un médico de 34 años del Hospital Central de Wuhan, quien el 30 de diciembre pasado intentó alertarles a sus colegas en un grupo de chat online sobre siete casos de un virus que se asemejaba al SARS, aquel que había provocado una epidemia global en 2003. 

Li sospechaba que los casos provenían del mercado de pescados y mariscos Huanan, en Wuhan, y los pacientes fueron puestos en cuarentena en su hospital.

Cuatro días más tarde, el joven médico recibió una visita de funcionarios de la Oficina de Seguridad Pública que lo amenazaron por propagar rumores y comentarios falsos que “podrían perturbar el orden social”, obligándolo a firmar una declaración diciendo que no causaría más problemas. 

Un mes después, Li Wenliang fallecía en una cama de la misma institución donde trabajaba. En un mensaje publicado en la red social Weibo, el hospital confirmó la noticia: “En la lucha contra la epidemia de la neumonía del nuevo coronavirus, el oftalmólogo de nuestro hospital Li Wenliang desafortunadamente resultó infectado. Li murió pese a todos los esfuerzos para reanimarlo. Lamentamos profundamente su fallecimiento”.

Inmediatamente, la muerte de Li Wenliang –hoy considerado un héroe– causó indignación. El Partido Comunista había subestimado la gravedad del virus e intentado mantenerlo en secreto. Recién el 20 de enero, tras semanas de encubrimiento, China declaró la emergencia a raíz del brote e impuso un bloqueo completo a Wuhan. 

Para entonces ya habían surgido casos en otras regiones del país asiático justo antes de las vacaciones del Año Nuevo Lunar. “El coronavirus se había propagado en la ciudad y sus alrededores durante más de un mes antes de que se tomaran medidas efectivas”, dice el epidemiólogo Yang Gonghuan, ex subdirector del Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades. 

La amenaza invisible

Hasta mediados de febrero, la Comisión Nacional de Salud de China había reportado más de 75.000 casos de COVID-19 –nombre oficial de la enfermedad asignado por la Organización Mundial de la Salud (OMS)– y al menos 2.000 muertes. Además, más de 800 casos habían sido confirmados en otros 25 países. Pero, debido a que muchos no se detectan (o reportan), el total real sería probablemente mucho más alto.

El responsable de la crisis actual es un organismo minúsculo, un virus identificado como 2019-nCoV. Provoca síntomas similares a los de la gripe, como fiebre y tos, dificultad respiratoria grave, dolores musculares y sensación generalizada de cansancio.

“Un rompecabezas con muchas piezas faltantes” lo llamó The British Medical Journal por lo poco que se conoce de él. Lo que se sabe es que pertenece a la familia de los coronavirus, que incluye al SARS (síndrome respiratorio agudo severo) y al MERS (síndrome respiratorio del Medio Oriente), responsables de dos de las epidemias más mortales en las últimas dos décadas. Es decir, el 2019-nCoV es una nueva versión de un viejo enemigo. Este virus respiratorio en particular parece propagarse de persona a persona con bastante rapidez a través de las gotitas respiratorias que las personas producen cuando tosen, estornudan o al hablar.

Entre los casos reportados a la Organización Mundial de la Salud, el 15% son graves, el 3% son críticos y el 82% son leves. La tasa de mortalidad general estimada es de alrededor del 2%, pero fuera de la provincia de Hubei –cuya capital es Wuhan– la cifra es de alrededor de 0,05% o menos, no muy lejos de la mortalidad observada con la gripe estacional.

A medida que aumentan los casos en China y en el resto del mundo, los enigmas se multiplican. “No sabemos si el virus puede propagarse antes de que aparezcan los síntomas –afirma Trevor Bedford, biólogo de la División de Vacunas y Enfermedades Infecciosas del Fred Hutchinson Cancer Research Center, en Estados Unidos–. No sabemos qué proporción de personas infectadas probablemente mueran.”

Cada vez hay más pruebas de que el nuevo virus es menos letal que el que causó el SARS, pero posiblemente sea más contagioso. Y casi no afecta a los niños. 

El nuevo coronavirus es el último ejemplo de una enfermedad que saltó de animales a nuestra especie (véase “Regalos envenenados”, p. 24). El VIH pasó de los chimpancés a los humanos en la década de 1930. En cuanto al MERS, detectado en 2012 en Arabia Saudita, se cree que provino de camellos.

No todas las enfermedades zoonóticas causan enfermedades graves, pese a que el virus del Ébola, por ejemplo, mata a la mayoría de las personas que infecta.

Gracias a las vacunas se han erradicado enfermedades como la viruela y la poliomielitis, y las muertes por enfermedades transmisibles han disminuido en todo el mundo. Pero desde 1970, se han descubierto más de 1.500 nuevos patógenos. Alrededor del 70% de ellos son de origen animal.

Una razón por la que los virus zoonóticos pueden ser mortales es porque los seres humanos carecemos de inmunidad preexistente a ellos. “Es una batalla que nunca ganas –dice Peter Doherty, un investigador en Melbourne que ganó el Premio Nobel de Medicina en 1996 por descubrir cómo el sistema inmunitario reconoce las células infectadas por virus–. Los organismos mutan, aparte de cualquier otra cosa, por lo que requiere vigilancia constante e investigación constante.”

A diferencia de lo que ocurría hace cien años, las epidemias en el siglo XXI se extienden más rápido y más lejos que nunca. Los brotes que antes se limitaban a un país o incluso un continente ahora pueden volverse globales muy rápidamente.

A fines de 2002, el SARS surgió en la provincia meridional china de Guangdong, luego se extendió rápidamente a través de la frontera y mató a 774 personas desde Asia hasta Canadá. En 2009, un nuevo virus de la gripe, H1N1, avanzó en todo el mundo en dos meses y se estima que provocó entre 151.000 y 575.000 muertes. Ahora, 2019-nCoV viajó a cuatro continentes en aproximadamente cinco semanas.

“Hemos creado un mundo interconectado y dinámicamente cambiante que brinda innumerables oportunidades a los microbios”, dice Richard Hatchett, ex asesor de Estados Unidos en emergencias de salud pública y actual CEO de Coalition for Epidemic Preparedness Innovations.

Colaboración global

A los pocos días de la notificación del 2019-nCoV, los científicos en China rápidamente aislaron y secuenciaron el virus, e hicieron algo poco común en el actual escenario geopolítico: compartieron los datos con la comunidad de investigación internacional, acelerando los esfuerzos globales para desarrollar diagnósticos, vacunas y terapias.

“Esto es un gran avance en la salud pública global”, destaca Bedford, quien recientemente actualizó la información científica en la conferencia de la AAAS (Asociación Estadounidense para el Avance de las Ciencias) en Seattle, donde presentó Nextstrain (nextstrain.org), un proyecto de código abierto para seguir en tiempo real la evolución de los patógenos. “Lamentablemente este intercambio rápido, abierto y transparente de información científica sobre este brote está siendo amenazado por rumores y desinformación sobre sus orígenes. No hay evidencias de manipulación genética alguna”, afirma.

El investigador se refiere a un polémico y discutido artículo que sugiere que el Instituto de Virología de Wuhan podría ser el origen del brote de COVID-19. “Estamos en medio de la era de la desinformación de las redes sociales y estos rumores y teorías de conspiración tienen consecuencias reales, incluidas las amenazas de violencia que se han producido a nuestros colegas en China”, señala el ecólogo de enfermedades Peter Daszak, uno de los 27 científicos de nueve países que rechazaron enérgicamente estos rumores en una declaración publicada por The Lancet.

La velocidad de detección de estos virus es crucial para abordar la amenaza y limitar o prevenir la propagación. En el caso del virus del Ébola y el SARS se tardó demasiado tiempo: para cuando se los identificó ya habían mutado, volviéndose más peligrosos.

Cuando los investigadores chinos publicaron la secuencia genética del nuevo coronavirus, comenzó una carrera mundial. Casi una docena de compañías farmacéuticas lanzaron programas para desarrollar medicamentos o vacunas contra el 2019-nCoV. El Reino Unido anunció que invertirá 20 millones de libras para la investigación. La Fundación Bill y Melinda Gates prometió hasta 100 millones de dólares para ayudar a contener el brote. El billonario Jack Ma, co-fundador del Grupo Alibaba Group, aportará 14 millones para los mismos esfuerzos.

En este caso, las vacunas son preferibles a las drogas, pues inmunizar a las personas contra las infecciones es la mejor manera de prevenir la propagación de la enfermedad y proteger a poblaciones enteras. Por esta razón, ya se están realizando pruebas para ver cómo funciona una existente vacuna experimental contra el SARS en casos de 2019-nCoV. Pero se estima que tomará como mínimo un año.

Por eso, también se están organizando ensayos con medicamentos antivirales. Uno de los candidatos es la droga Remdesivir, de la farmacéutica Gilead Sciences Inc., desarrollado para tratar el Ébola y las infecciones causadas por el virus Marburg. El primer paciente estadounidense de coronavirus, en el estado de Washington, recibió el medicamento después de que su condición empeoró. El día después de la infusión mejoró, según los resultados reportados en el New England Journal of Medicine.

En China se está ensayando también una combinación de dos medicamentos: Umifenovir, un medicamento antigripal usado exclusivamente en Rusia y China, y Darunavir, otro fármaco antirretroviral. Las autoridades afirmaron que los primeros resultados con estos dos medicamentos han sido favorables, pero no se dispone de mucha información al respecto.

Parálisis general y descontento

El pequeño virus está sacudiendo el proyecto expansivo del presidente chino Xi Jinping. La epidemia ya se siente tanto en la economía china como en la global. 

Los precios del petróleo han caído un 20% en el último mes debido a la menor demanda de China. Hyundai Motor suspendió las líneas de producción en sus fábricas de automóviles en Corea del Sur debido a la escasez de piezas fabricadas en China. Levi Strauss & Co. clausuró su gran local que había abierto semanas atrás en Wuhan, al igual que Apple cerró temporalmente todas sus oficinas y tiendas por precaución. Y las aerolíneas han reducido los vuelos dentro y fuera del país.

Las actividades de la vida diaria se han paralizado en gran parte de China: las universidades de todo el país permanecen cerradas y los temores sobre la propagación del virus también han alterado los planes para numerosas conferencias científicas y de tecnologías, como el Mobile World Congress de Barcelona.

Según el especialista en bioseguridad Michael Osterholm, de la Universidad de Minnesota, 153 medicamentos cruciales, desde píldoras para la presión arterial hasta tratamientos para derrames cerebrales, se fabrican principalmente en China, y se teme que el 2019-nCoV pueda afectar su producción y exportación. 

Wuhan, epicentro del brote de coronavirus, ha estado aislada del mundo desde el 23 de enero en una cuarentena masiva con permanentes controles de temperatura de sus habitantes y con hospitales saturados. Durante la noche se escuchan gritos como “Wuhan jiāyóu!” (que significa “vamos” o “mantente fuerte”) desde las ventanas de los departamentos. La gente ha acuñado el término “Yún chī fàn”, que significa “comida por nube” y refiere a la nueva costumbre de almorzar o cenar acompañados de familiares y amigos a través de videollamadas.

Allí, la sensación de estar atrapado en una zona de infección está alimentando el descontento con el gobierno y no se sabe en qué va a derivar. Durante el brote de Ébola de 2014 en África, los residentes del vecindario de West Point de Monrovia, la capital de Liberia, se amotinaron después de ser sometidos a una cuarentena sorpresa.

Además de los esfuerzos científicos de cooperación internacional, lo único positivo de la crisis es que China ha reducido temporalmente las emisiones de CO2 en un cuarto. 

Pandemias de odio

En 2018, en una charla en la Sociedad Médica de Massachusetts, Bill Gates señaló que el mayor peligro para la humanidad no era la inteligencia artificial o las armas nucleares sino una epidemia que podría matar a 30 millones de personas en seis meses. “El mundo necesita prepararse para las pandemias de la misma manera seria que se prepara para la guerra”, indicó el fundador de Microsoft, quien desde su fundación ha buscado combatir enfermedades como la malaria y la tuberculosis.

Lo cierto es que a medida que el virus se expande por el mundo, otro tipo de pandemia –potencialmente más temible y sombría– crece: la chinofobia, un sentimiento anti-chino alimentado por el miedo y la desinformación.

Históricamente, en todas las sociedades se ha señalado a los extranjeros como vectores del crimen, el terrorismo y las enfermedades. En este caso, los llamados a prohibir el movimiento de personas de ascendencia asiática son tendencia en las redes sociales.

Los nombres que reciben las enfermedades no ayudan. Al brote actual se lo conoció en un primer momento como la “gripe de Wuhan”. Se puede recordar también los azotes de la “gripe española” –que se estima que mató entre 1918 y 1920 a más de 40 millones de personas en todo el mundo– a pesar de que el virus que la provocó no se originó en España: los primeros casos se registraron en la base militar de Fort Riley de Estados Unidos el 4 de marzo de 1918. 

El virus del Ébola lleva el nombre de un río en la República Democrática del Congo. El virus del Zika es conocido por un bosque de Uganda, donde se lo descubrió por primera vez en 1974. Y los Hantavirus están vinculados al área del río Hantan en Corea del Sur.

Lo llamativo es que no se trata de un protocolo universal: el VIH, descubierto en Nueva York en 1980, no es “NYC-1” y la infección por SARM (Staphylococcus aureus resistente a la meticilina) no es la “peste de Boston”, ciudad en la que se registraron los primeros casos.

“La historia demuestra que identificar una nueva enfermedad por su lugar de origen puede conducir a la estigmatización así como influir en las percepciones de riesgo –indica Mari Webel, historiadora de la salud pública de la Universidad de Pittsburgh–. Es importante para la solidaridad global con la población muy afectada de Wuhan acostumbrarse a decir COVID-19 e insistir en que otros hagan lo mismo.”

Federico Kukso. Periodista científico, miembro de la comisión directiva de la World Federation of Science Journalists. Autor de Odorama: Historia cultural del olor, Taurus, 2019.


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