miércoles, 11 de marzo de 2020

CORONAVIRUS CARCELARIO. A LA CÁRCEL TODOS LOS POLITICOS DE LA A A LA Z QUE HAN PERMITIDO EL DESMANTELAMIENTO DE LA SANIDAD PÚBLICA PARA REGALÁRSELA A LOS LADRONES DE LA SANIDAD PRIVADA



El coronavirus evidencia la importancia de una sanidad pública castigada por los recortes

  • Hoy reluce “la grandeza de la sanidad pública y sus profesionales”, “la joya de la corona de nuestro país”, destaca Mariano Martín-Maestro (CCOO Madrid)
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  • En Madrid “hay menos camas hospitalarias, menos recursos y esto, evidentemente, significa que hay menos capacidad de respuesta”, señala Sánchez Bayle (FADSP)
CUARTO PODER.ES
El miércoles, 11 de marzo de 2020


Fotografía de la saturación de las Urgencias de la Paz en 2017./ @Urgenciaslapaz 

Si el coronavirus hubiera llegado a España antes de la crisis habría habido más recursos para hacerle frente. Los recortes en la sanidad pública afectaron a todo el país, pero en la Comunidad de Madrid la situación deficitaria se ha visto agudizada con el modelo de privatización hospitalaria desarrollado en las últimas dos décadas.

Hoy se pone en evidencia “la grandeza de la sanidad pública y sus profesionales” que son “la joya de la corona de nuestro país”, algo que desgraciadamente vuelven a olvidar nuestros dirigentes políticos cuando acaban “los periodos de crisis”, destaca Mariano Martín-Maestro, coordinador de acción sindical de la Federación de sanidad de CCOO en Madrid.

Desde que llegó la crisis, en la comunidad donde hoy hay un mayor número de contagiados, “hay menos camas hospitalarias, hay menos personal en atención primaria, hay menos recursos y esto, evidentemente, significa que hay menos capacidad de respuesta”, explica a cuartopoder Marciano Sánchez Bayle, médico y portavoz de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP).

Los profesionales de la salud en la Comunidad de Madrid han disminuido, sobre todo en la atención primaria, pero a esto se le añade que la región madrileña ha sido una de las pocas comunidades que ha aumentado su población en este periodo de tiempo. “Madrid es la primera comunidad autónoma que tiene más tarjetas sanitarias por pediatra y por enfermera, y es la segunda por médico de familia. Otro dato significativo es que el 50% de los médicos de toda España que tienen más de 2.000 tarjetas sanitarias están aquí”, explica Sánchez Bayle.

Además, los profesionales han aprovechado para criticar a gestión de la sanidad privada en esta situación de emergencia. La Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (AFEM) ha lanzado un dardo al sector privado por haberse puesto “de perfil” al “evitar el riesgo o traspasarlo a la Sanidad Pública”. El sector privado “está interesado en especializarse en tratar a los enfermos que tienen una rentabilidad asegurada y si el problema de salud tiene una gran complejidad se desatiende”, denuncia Sánchez Bayle.

Profesionales que no descansan y sin la protección adecuada

Los profesionales de la salud madrileña hablan de saturación en las urgencias y falta de camas, una situación que se produce habitualmente en los periodos de la gripe y que se agudiza estos días. Desde CCOO Madrid también advierten de la falta de descanso de los trabajadores, ante la falta de relevos, y de que debería mejorar la atención que reciben al ser contagiados o el material de protección que utilizan para protegerse, a todas luces insuficiente. No obstante, explican que desde la Consejería de Sanidad se ha prometido poner en marcha un número de atención específico para ellos en caso de contagio y más material de protección individual, que llegaría a finales de esta semana.

Desde que comenzó la crisis del coronavirus se han incorporado unos 500 profesionales de la salud en la Comunidad de Madrid, pero para CCOO Madrid no es suficiente. “Seguimos necesitando más contratación de personal para dar cobertura a la situación de crisis. Los profesionales necesitan descansar, reponer fuerzas. No solo necesitamos contratar en los centros hospitalarios, también en atención primaria, el Servicio de Urgencia Médica (SUMMA 112) y las plantillas de los números de atención telefónica”, explica Martín-Maestro.

Con todo, en CCOO Madrid se muestran a favor de las medidas tomadas por la Comunidad de Madrid, en concreto de suspender o retrasar pruebas quirúrgicas e ingresos programados en los centros hospitalarios de la región, así como las pruebas diagnósticas y consultas externas “no preferentes”, con el objetivo de luchar contra la saturación y tener más camas disponibles para la emergencia del coronavirus. También recuerdan que exigen los mismos protocolos de actuación y protección del personal sanitario en los centros privados.

Cuando pase este periodo de emergencia por el coronavirus, desde CCOO Madrid aseguran que seguirán reivindicando más apertura de camas, el aumento del personal sanitario, la apertura de los quirófanos por la tarde y el fin de semana para que haya una atención sanitaria de calidad en la Comunidad de Madrid.

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martes, 10 de marzo de 2020

CORONAVIRUS



Apología del contagio

Rebelion
10/03/2020


Fuentes: ctxt 

Desde que existe el Covid-19 ya no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático

A principios del verano de 1834 la epidemia de cólera que desde hacía dos años se extendía por España causó en Madrid más de 3.000 muertos. El 17 de julio los muy católicos plebeyos del barrio de Lavapiés (o del Avapiés) asaltaron y quemaron los conventos de Madrid, dando muerte a 75 frailes y monjas de las más variadas órdenes instaladas en la capital: jesuitas, franciscanos, mercedarios. Durante los días anteriores –se decía– se había visto a “mujerzuelas” y “mendigos” manipulando de manera sospechosa las fuentes y la víspera del motín popular (“una orgía de caníbales”, según Menéndez y Pelayo) un joven peinero de la calle Carretas que había sido sorprendido mientras vertía unos polvos amarillos en un caño de la Puerta del Sol confesó a golpes que lo hacía por orden de los jesuitas. El delirio inflamó la ciudad. En su novela Un faccioso más y algunos frailes menos, Galdós recoge el episodio describiendo a través de algunos personajes populares el terror paranoico de los madrileños y su tendencia a buscar un culpable. Maricadalso, que acababa de perder a su hija, se enfada mucho cuando el clérigo Gracián habla de una enfermedad oriental que se llama “cólera”: “Eso no es epidemia que venga de las Asias sino malos quereres”, dice; “son los malos, los pillos que quieren que acabe medio mundo para quedarse ellos solos”. Y algunas páginas más adelante, Tablas, amante de Nazaria la carnicera, tras difundirse el rumor del envenenamiento de las aguas, expresa en un corrillo de taberna la obsesión colectiva: “¿Por qué envenenan a la gente? Para acabar con los liberales. Ellos dicen: «No podemos aniquilar a nuestros enemigos uno a uno, pues acabemos con todo el género humano»”. El terror vengativo y ansiolítico se volcó, como un tsunami, sobre los representantes de la Iglesia. 

En los tiempos del coronavirus el mundo se vuelve familiar y antiguo. Cada vez que un pueblo ha tenido que afrontar una amenaza colectiva ha buscado un cuerpo concreto al que atribuir la responsabilidad y en el que localizar el remedio. Es el chivo expiatorio, al que los griegos llamaban pharmakos (de donde nuestra “farmacia”), una víctima escogida al azar en la que se depositaba toda la complejidad de la crisis y cuyo sacrificio o expulsión de la ciudad liberaba a los hombres de todos los peligros. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dice nuestro refranero. Los madrileños en 1834 escogieron a los curas porque apoyaban el carlismo, predicaban virtudes que no cumplían y acusaban a los pobres de provocar la ira de Dios con sus pecados. Cada época y cada pueblo tiene su propio pharmakos. En las últimas semanas, a medida que el coronavirus se ha ido difundiendo por todo el mundo, la fiebre conspiranoica ha adoptado vestiduras contemporáneas; es decir, racistas y/o geopolíticas. Las hay claramente psiquiátricas y las hay pseudocientíficas. Entre las primeras cito la de un chiflado italiano que echa la culpa a las vacunas. Según él, la aparición del coronavirus habría sucedido a la campaña de vacunación obligatoria en China, donde se habrían utilizado sustancias que contienen un “polvo inteligente”, ya inoculado en la sangre de toda la humanidad, que permite “digitalizar” los cuerpos, de manera que “los malos” y los “pillos” –las élites mundiales– pueden activar desde lejos el virus tantas veces como quieran, así como las funciones de los órganos. Entre las pseudocientíficas, que combinan datos reales con elucubraciones fantasiosas, se pueden citar las declaraciones, tan virales en las redes como los virus en los bronquios, de Francis Boyle, un jurista estadounidense especialista en “guerra biológica” que, a partir de la existencia real de un laboratorio P4 en la región de Wuhan, se entrega a calenturientas elucubraciones sobre la antesala vírica de la “tercera guerra mundial”.

Admitamos que hay algo inquietante en la gestión de la crisis. Me refiero, en este caso, al exceso de transparencia. Al contrario de lo que ha ocurrido en crisis precedentes –pensemos, desde luego, en Chernobyl, pero también en la oscurantista gestión de las secuelas del 11-S en EEUU–, donde el pánico de la gente se basaba en la sensación fundamentada de que las autoridades inhibían datos y decisiones para proteger intereses espurios ajenos al bienestar colectivo, aquí la inquietud se deriva de la contundencia desconcertante de las medidas públicas, desproporcionadas (¿o no?) en relación con la gravedad oficial de la amenaza y cuya arbitrariedad, según los países, resulta más bien chocante. En Italia, por ejemplo, se impone un radio de un metro de distancia entre los cuerpos mientras que en Francia se prohíben las aglomeraciones de más de 5.000 personas, dos medidas que revelan el albedrío nacional de los gobiernos, así como la voluntad bastante histriónica de exhibir responsabilidad estatal, lo que algunos interpretan, en precipicio ya un poco complotista, como el ensayo general de un futuro “estado de excepción”. ¿Se nos ha ido de las manos el virus o las medidas tomadas contra él?

Lo cierto, en todo caso, es que esta “transparencia administrativa”, hija de la improvisación emulativa, ha inducido un pánico global muy propicio a las teorías de la conspiración en un mundo en el que todos los poderes –tecnológicos, económicos y políticos– concurren a hacerlas verosímiles. El complotismo se activa siempre, a modo de defensa, frente a lo que no podemos controlar; y digamos que no hay combinación más favorable que la que reúne a un bicho microscópico imprevisible con un contexto civilizacional que nos supera por completo; que integra, verbigracia, lo subhumano inasible con lo suprahumano irrepresentable.

Así que necesitamos más que nunca un chivo expiatorio o pharmakos, ya sea racista, antiimperialista o anticapitalista. ¿Por qué? Porque el complotismo, como la navaja de Ockam, reduce todas las complejidades y abstracciones a una concreción aprehensible y casi táctil y es, por eso mismo, tranquilizador. Tiene algo de amuleto primitivo o ceremonia apotropaica. Nos gustaría creer que sólo existen los hombres, aunque sean malos, y que incluso la máxima destrucción es un negocio humano que nos mantiene en el universo que nosotros mismos hemos creado y que aún podemos dominar. La conspiración, después de todo, es un orden, un sistema, una voluntad; su sujeto es inteligible y, si no siempre neutralizable, es siempre reconocible y, aún más, reconociente: reconoce nuestra existencia individual, aunque sólo sea para acabar con ella. En cuanto a la naturaleza y al poder tecnológico, por el contrario, nos sacan de pronto al exterior, a la intemperie desnuda del origen, donde nuestros cuerpos, hace 100.000 años, estaban expuestos a las mandíbulas ciegas de los depredadores.

El complotismo, en definitiva, niega las dos amenazas que más aterran al ser humano: la contingencia y la naturaleza, que el capitalismo, al menos en el imaginario occidental, parecía haber conjurado para siempre. Y hete aquí que llega un maldito virus coronado, sin cara y sin ojos, y comparece ante nuestros cuerpos armado de dos ideas espantosas.

El coronavirus (una) es aleatorio. Es decir, no ha sido creado por el hombre ni su destino depende en último término de la humanidad. Por un lado, escoge a  sus víctimas sin ningún criterio, del modo más democrático concebible. Como la peste de Atenas, la ‘negra’ medieval, la de Londres o la llamada ‘española’ de hace un siglo, amenaza por igual la vida de pobres y ricos, de plebeyos y nobles, con una ligera indulgencia –menos mal– hacia los subsaharianos, cuyos sistemas sanitarios no resistirían el embate. Un virus es tan subhumano que ni siquiera reconoce nuestras jerarquías sociales y nuestras taxonomías históricas, lo que nos aturde y nos humaniza a la baja. ¡Incluso a los pobres tranquiliza una guadaña con conciencia de clase! Por otro lado, su propia contingencia impide atribuirle la más mínima intención culpable; nos mata sin ningún sentido, ni para él ni para nosotros; no gana nada en un mundo en el que el beneficio es siempre un atenuante y hasta un mérito; lo perdemos todo en un mundo en el que queremos ser al menos castigados por un delito o criminalizados por una resistencia. Preferimos siempre, sí, la mala voluntad al azar ciego.

El coronavirus (dos) es además impersonal y, si se quiere, abstracto. No podemos dirigirnos a él ni implorarle ni negociar. Es lo completamente otro que convierte a cualquier otro, como potencial portador de algo que no es él mismo, en un enemigo de esa humanidad que sólo se conserva en nosotros. Exactamente igual que el poder de las máquinas y el de las finanzas.

Observemos que contingencia e impersonalidad son los dos rasgos que hemos atribuido convencionalmente a la Naturaleza antagonista, entendida como esa cantidad excedentaria, que creíamos cada vez más pequeña, al orden humano. Lo que está fuera, lo que queda fuera, lo que aún no hemos conseguido interiorizar o ensimismar: qué miedo da todo eso a una civilización solipsista que ha olvidado que de ahí procede también toda verdadera alegría. El virus subhumano que mata es inseparable de la flor parahumana que nos resucita, de la mirada sobrenatural que nos descarrila en el metro.

Así que, enfrentados a la contingencia más abstracta, preferimos, como hace mil años, como hace 50.000 años, la conspiración que nos permite odiar a alguien concreto, aunque sea imaginario, y ser odiados por alguien concreto, aunque no podamos defendernos. Los “pillos” y los “malos” tienen nombre, cara, ojos, voluntad.  Los “pillos” y los “malos” se ocupan de nosotros, ¡menos mal! El complotismo que hace humano al virus contingente e impersonal satisface el mínimo de narcisismo y autoestima sin el cual ni los más humillados y ofendidos pueden sobrevivir.

Ahora bien, lo cierto es que este complotismo milenario es incapaz de ordenar ya la experiencia de desamparo –frente a la contingencia y la abstracción– que nos atenaza a todos en un mundo en el que la Naturaleza se subleva y en el que la biopolítica tecnologizada nos desarbola las brújulas. Esta desazonante sensación de irrealidad, raíz repentina de la realidad sumergida en nuestras tablets y nuestros supermercados, señala un viraje o recodo civilizacional que veníamos acunando o incubando en todas las crisis anteriores. Con independencia del curso que siga la pandemia, podemos señalar tres “efectos antropológicos” que el virus mismo, o su gestión administrativa y mediática, ha introducido ya en nuestras vidas.

El coronavirus (primero) ha revelado en un instante –en un relámpago– nuestra vulnerabilidad o, si se prefiere, nuestra antigüedad. De pronto vivimos en un mundo muy antiguo, formamos parte de un mundo muy antiguo y reaccionamos de un modo muy antiguo. Nuestro miedo arranca el fino velo de nuestras ilusiones de inmortalidad y nos devuelve al primer día del cromagnon, cuando estábamos a merced de las bestias salvajes. No somos ni postmodernos ni cosmopolitas ni cyborgs. No somos ciudadanos del siglo XXI. Transportamos en nuestros cuerpos una historia larguísima que regresa a nosotros cuando menos preparados estamos para asumirla. Volvemos a confundir enfermedad, delito y pecado; volvemos a confundir extranjería y animalidad; volvemos a necesitar un pharmakos de nuestro tamaño o un poco más pequeño/grande, lo bastante próximo para que podamos odiarlo y lo bastante lejano como para que no resulte “contagioso”. La “transparencia administrativa” y sus medidas espectaculares, que quizás cambien nuestras costumbres para mucho tiempo, dan rienda suelta a este redivivo primitivismo que, al mismo tiempo, se ajusta muy bien a la “soltería social” del capitalismo: soltería nacionalista, soltería consumista, soltería racista. El homo con mascarilla, símbolo de la nueva era, es el retorno capitalista a las cavernas.

Inseparable del primer punto, el coronavirus (segundo) ha revelado –se dice– la fragilidad de la economía. No es verdad. Y no sólo porque, como bien explica Eric Toussaint, la economía estaba ya en crisis antes de su irrupción. No. El coronavirus no ha revelado la fragilidad de la economía global; lo que ha revelado es su dependencia de los cuerpos –de los cuerpos a los que explota y niega y con cuya “superación” fantasea sin parar material y simbólicamente–. Esta fragilidad podría ser también una oportunidad para decidir qué mundo queremos y habrá que procurar que lo sea, pero mucho me temo que, si “corporalmente” hemos cambiado poco o nada en 40.000 años, las modificaciones culturales sufridas en los últimos decenios, que nos han hecho quizás más conscientes, nos han hecho también más perezosos y menos atentos o, lo que es lo mismo, más idiotas. Nadie –digamos– quiere contagiarse y es lógico; pero se trataría más bien de reivindicar el contagio, de usar el contagio a nuestro favor, de asumir el contagio, al igual que los médicos y sanitarios, como alternativa a un orden abstracto, muy vulnerable a la contingencia, que se pretende libre de límites: de muerte, de dolor, de sacrificio y hasta de aventuras. Y que, igual que confunde la felicidad y el consumo o las guerras y las bodas, lleva mucho tiempo confundiendo la “comunicación” y la vida. Italia, vanguardia siempre de lo mejor y de lo peor, con sus discutidas medidas radicales y sus pánicos nihilistas, nos anticipará el derrotero.

Por último (tercero) y en absoluto anecdótico, no deja de ser inquietante –pábulo de esta sensación de irrealidad radical– el hecho muy paradójico de que el coronavirus, con su escandalosa fragilidad aparejada, ha abolido la muerte. Fruto de la “transparencia administrativa” y del manejo informativo, y del pánico que ambos han inducido, ocurre que desde que existe el Covid-19 ya no se muere nadie. De hecho ocurre que no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático, pese a que sería muy fácil y muy útil asociar pedagógicamente la multiplicación de los virus al acoso capitalista de la Naturaleza; e incluso aprovechar este parón para cuestionar el modelo. El mundo se ha detenido; vivimos un estado de excepción o de cuarentena planetario en el que nos mantenemos a la espera, casi aliviados y casi dichosos de este paréntesis tembloroso que nos invita a dar el mundo por perdido –y a aprovechar para bebernos una última caña en una última terraza siempre veraniega–.

Mientras los “pillos” y los “malos” siguen trabajando.


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lunes, 9 de marzo de 2020

Y DIGO YO, SI NO NOS INFORMAN DE LIBIA, ¿POR QUÉ NOS VAN A INFORMAR DE CÓMO NOS ROBAN LAS PENSIONES; QUÉ ES Y QUÉ SIGNIFICA, A QUIÉN BENEFICIA Y QUIÉNES NEGOCIAN UN TRATADO DE LIBRE COMERCIO O LA CHANCHULLESCA EN QUE SE GASTAN LOS DINEROS DE LOS FONDOS RESERVADOS QUE SON NUESTROS Y NO DEL ESTADO?, POR EJEMPLO, QUE TAMPOCO HAY POR QUÉ MENCIONAR EL CIENTO Y LA MADRE DEL RESTO DE CASOS DEL FOLLETÍN DE SLO CASOS DE CORRUPCIÓN



Aparecen intactos los hospitales de Idlib ‘bombadeados’ por la aviación rusa.

DIARIO OCTUBRE / 07.03.202


Desde el inicio de la ofensiva del ejército sirio contra los yihadistas en Idlib, la ONU ha difundido varios informes de sobre los hospitales destruidos como consecuencia de los bombardeos, señalando especialmente a la aviación rusa como responsable.



Final del formulario
Dichos informes han sido ampliamente divulgados por la prensa asquerosa de siempre, como El Salto Diario, con abundantes menciones al número de civiles muertos y a que Putin es “el emperador de Oriente Medio” (1).

El ejército ruso emprendió una investigación sobre las consecuencia de sus bombardeos. Los resultados de la misma han sido publicados parcialmente por la prensa turca y también por Komsomolskaya Pravda (2) y las fotografías tomadas demuestran que las instalaciones siguen intactas.

Naturalmente, las fotos corresponden a infraestructuras localizadas en las zonas liberadas, de manera que aún no se conocen los efectos de los bombardeos rusos sobre las que siguen bajo control yihadistas.

1. Hospital de la ciudad de Al-Salam: no se encontraron daños en el edificio.

2. Hospital Nacional de la ciudad de Maarrat Al-Nouman: se registran múltiples daños como resultado de los bombardeos de artillería, no de los bombardeos aéreos, como se indica en el informe de la ONU.

3. Edificio de ambulancias y clínica de Maarrat Al-Nouman: no hay daños en el edificio. Ahora las instalaciones sanitarias acogen a los soldados del ejército sirio que resultaron heridos en los combates.

4. Policlínica en Kfar Rumania: no se detectaron daños.

5. Centro médico en Deir East: hay daños causados por el bombardeo de artillería, no por ataques aéreos.

(1) https://www.elsaltodiario.com/siria/putin-emperador-en-oriente-medio
(2) https://www.donetsk.kp.ru/daily/27100.4/4173616/


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