La apuesta del
PSOE es inequívocamente atlantista. Unidas Podemos era consciente de ello. Ante
la próxima cumbre de la OTAN en Madrid, se hacen más visibles las disensiones y
se multiplican los reproches cruzados entre los dos socios de gobierno.
Dos izquierdas y una OTAN
El Viejo Topo
11 junio, 2022
A medida que se
aproxima la fecha de la cumbre de la OTAN en Madrid, se hacen más visibles las
disensiones y se multiplican los reproches cruzados entre los socios del
gobierno de coalición. Por supuesto, nadie quiere una ruptura. No llegará la
sangre al río. Pero la necesidad de afirmar perfiles diferenciados en una
cuestión como ésta, que la guerra de Ucrania ha vuelto de primerísima
importancia, provoca unos chirridos nada beneficiosos para las izquierdas. El
buen desempeño del gobierno de Pedro Sánchez en ámbitos
sociales y económicos queda sumergido por el ruido incesante generado desde la
derecha y la extrema derecha. Para desgastarlo, PP y Vox “sacan
petróleo” – nunca mejor dicho – de una inflación que no es
responsabilidad del ejecutivo, así como del sordo y extendido malestar social,
reflejo de la incierta situación mundial que atravesamos. No es buen momento,
pues, para exhibir disputas entre ministros.
La discusión
quedó zanjada con la formación del gobierno y la entrada de UP en el ejecutivo.
Sin embargo, quienes en su día fuimos partidarios de un acuerdo “a la
portuguesa” – un gobierno monocolor socialdemócrata, apoyado desde el
parlamento por la izquierda alternativa – no podemos por menos que pensar que
esa fórmula hubiese brindado un marco más apropiado para gestionar
contradicciones como las que plantea la relación con la OTAN. (Pero no hay
vuelta atrás, ni tiempo que perder en especulaciones. En cualquier caso,
aquella fórmula no hubiese exigido menos madurez e inteligencia política que la
requerida en las actuales circunstancias). Y es que cada una de las izquierdas
tiene sus razones… y no son solubles unas en las otras. Sin embargo, juntas,
deberían encontrar un camino transitable para que prevalezcan los intereses
democráticos y sociales que las unen.
España forma
parte de la OTAN y la apuesta del PSOE es inequívocamente atlantista. UP era
consciente de ello y – aunque nadie podía imaginarse entonces que iba a
estallar una guerra en suelo europeo – cedió al socio mayoritario la dirección
de la política exterior y de defensa. A pesar de lo dramático e inesperado de
los acontecimientos en el Este, ese tipo de crisis internacionales eran
eventualidades a las que podía tener que hacer frente el gobierno. No lo
olvidemos. Lo cierto es que la brutal agresión de Putin contra
Ucrania no sólo ha revitalizado a la OTAN, sino que ha logrado que sea
percibida por amplios sectores de la opinión pública europea como una alianza
eminentemente defensiva y como un bloque de democracias enfrentadas al
autoritarismo. Suecia, Finlandia y Dinamarca han puesto fin a su histórica
neutralidad y a sus reservas a una plena integración militar operativa. Las
Repúblicas bálticas sólo juran por el paraguas protector de la Alianza frente a
las ambiciones territoriales del Kremlin. Georgia y Moldavia sienten que su
próximo destino se está decidiendo en las planicies de Ucrania. Esos temores
son fundados, pero la realidad es más compleja.
La OTAN no es
un club de democracias avanzadas. Turquía, que acaba de significarse con sus
reticencias a las nuevas adhesiones nórdicas, no constituye precisamente un
ejemplo de liberalismo. Ni tampoco es un socio menor de la Alianza. No hace
falta remontarse a los años de la “guerra fría”. Desde
el bombardeo y la contribución a la dislocación de Libia hasta la prolongada
misión en Afganistán – que concluyó con la entrega de Kabul a los talibanes -,
algunas destacadas intervenciones de la OTAN no se han caracterizado por su
carácter defensivo, ni por su impronta democrática. La debilidad relativa de
sus Estados miembros, empezando por los europeos, hacen de la OTAN un
instrumento tutelado por Washington. Tanto es así que, si los países
latinoamericanos no muestran hoy entusiasmo alguno por la causa de Ucrania, no
es tanto por simpatía hacia Putin como por el lancinante
recuerdo de las intervenciones de Estados Unidos en su “patio trasero”.
Del mismo modo que, cuando París habla de libertad, los países africanos
arrugan la nariz. Hace unas semanas, Mali mostraba la puerta de salida al
contingente francés desplegado en aquel país… mientras recibía a los
mercenarios rusos de la compañía Wagner. Ni Estados Unidos inoculó democracia
en “las venas abiertas de América Latina”, ni las
viejas metrópolis la llevaron nunca a sus posesiones coloniales. Una dolorosa
historia palpita en la memoria de las naciones. Por otra parte, el semblante
actual de las democracias liberales occidentales no resulta de una evolución
natural del capitalismo, sino de las luchas del movimiento obrero, de las
mujeres y de los movimientos sociales por ampliar derechos y libertades. Pero
si las clases dominantes tuvieron margen para ceder ante esas luchas – e
incluso para mantener durante décadas un pacto social que se rompería con la
irrupción del neoliberalismo – fue en gran medida gracias al expolio de los
continentes menos desarrollados. El pesado fardo de los agravios no reparados
de ayer y de las sangrantes desigualdades de hoy determina tales desencuentros.
El marco
geoestratégico de la guerra de Ucrania, más allá de sus contendientes directos,
es el de una tensión creciente entre el declinante poderío americano y la
ambición expansionista de China. Es decir, una disputa por la hegemonía del
mercado mundial y el control de las materias primas. En ese contexto, la OTAN
encorseta a las potencias europeas, venidas a menos, y contribuye a alinearlas
tras los cálculos estratégicos americanos. Por encima de la naturaleza de los
regímenes políticos, se trata de un enfrentamiento global de naturaleza
imperialista, no de una confrontación entre democracia y dictadura.
Ahora bien,
presentar la cosa en esos términos ideológicos no es mera propaganda “atlantista”. Hay
una parte importante de verdad, a la que se aferra la socialdemocracia. Ese
conflicto global va tomando forma a través de episodios concretos, que tienen
su propio grosor y características. Es el caso de la invasión de Ucrania por
parte del régimen autocrático ruso. No sólo la resistencia ucraniana es
legítima, sino que Putin está librando un combate de fondo
contra la Unión Europea, tratando de dinamitar un proceso de integración que,
tras la pandemia, va tiñéndose de federalismo. Putin agita el
hambre en África – descargando las culpas de la crisis alimentaria sobre Europa
– y cuenta con que la inflación haga tambalearse a los gobiernos occidentales.
Pero, si el amo del Kremlin se saliese con la suya, quienes se fortalecerían
serían la extrema derecha y los nacional-populismos. En ningún caso la
democracia, ni la izquierda en cualquiera de sus versiones. Ciertamente, Pedro
Sánchez podía haber moderado un tanto sus loas a la OTAN en los actos
de celebración del cuarenta aniversario de la adhesión de España. La Alianza
dista mucho de ser ese dechado de virtudes que ensalzó el presidente del
gobierno. Pero su discurso tampoco podía ir por otros derroteros en las
actuales circunstancias. Y, desde luego, la apuesta de Sánchez,
situándose junto a Ucrania, es acertada. La izquierda alternativa se equivocaría
si pusiese en entredicho o debilitase esa postura de la socialdemocracia. Putin no
es ningún contrapeso progresista a los desmanes occidentales.
Al mismo
tiempo, la crítica a la OTAN es legítima y necesaria. La fórmula portuguesa a
la que antes me refería hubiese permitido formularla con mayor claridad, sin
llevar las desavenencias al consejo de ministros. Pero aquí hace falta una
seria reflexión por parte de la izquierda. Por ahora, esa crítica tendrá poco
recorrido en una opinión pública europea que oscilará entre el temor a Putin y
la irritación frente a las privaciones ocasionadas por la guerra. (Un enfado
que, de ser capitalizado por la extrema derecha, no redundaría precisamente en
un avance del pacifismo). El único camino que cabe explorar es el del desarrollo
de la autonomía diplomática y de defensa de la UE. Algo difícilmente
realizable si no es bajo un ascenso de las izquierdas en sus principales
países. Y, aún así, no resultará sencillo vencer la resistencia de las
soberanías nacionales, por más que su invocación corresponda a la nostalgia de
una grandeza perdida antes que a la realidad de unas metrópolis disminuidas en
la nueva economía-mundo. Francia está convencida de que, dado que dispone de
la “force de frappe” nuclear, debería ostentar
naturalmente la jefatura de un ejército europeo. Pero las circunstancias están
empujando, una vez más, en el sentido de una mayor integración. O bien los
gastos de defensa devienen cada vez más conjuntos y armonizados en torno a un
diseño compartido, o bien las partidas militares desequilibrarán los
presupuestos nacionales, con nefastas consecuencias para el gasto social. Sólo
una Europa unida y autónoma puede aspirar a preservar conquistas sociales y
libertades, desempeñando un papel pacificador en la arena internacional y
proyectando la imagen de una democracia con la que puedan identificarse los
pueblos anhelantes de progreso.
No está, ni
mucho menos, garantizada la eclosión de esa Europa, que hoy permanece
encorsetada en la OTAN. Las dos izquierdas deben escucharse y debatir en los
marcos apropiados, sin anatemas, para contribuir a ello. La izquierda crítica
tiene que hacerse cargo de los límites en los que se mueve la socialdemocracia.
Y, en la crisis abierta por la guerra, entender que el choque que se libra en
Ucrania no admite lavarse las manos. Hay margen para una unidad entre las
izquierdas a lo largo de un buen trecho. Por su parte, y más allá de sus
compromisos, el PSOE debería aceptar la legitimidad de la discusión estratégica
sobre las alianzas militares. ¡Cuidado con las ironías fáciles acerca de
supuestas “posiciones residuales”! Que cuestionar la pertenencia a
la OTAN parezca una actitud a contracorriente, inviable en estos momentos, no
quiere decir que esa postura carezca de fundamento, ni que el tumultuoso
desarrollo de los acontecimientos no vaya a ponerla a la orden del día, de un
modo u otro, en un momento dado. En realidad, al hablar de la OTAN, entramos de
lleno en el debate sobre el futuro de Europa, sobre los peligros que la amenazan
y sobre su construcción federal; una construcción que comporta necesariamente
una vital dimensión de defensa.
Fuente: Blog de Lluís Rabell.
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