El ‘apartheid’ vacunal es un espejo del capitalismo
El Viejo Topo
07.06.2021
La pandemia no
sólo está generando un gran impacto mundial en pobreza, enfermedad y muerte
sino también una gran desigualdad en la vacunación. A mediados de abril, se
habían aplicado más de 900 millones de dosis de vacunas, pero los países ricos
recibieron el 85% por sólo el 0,2% en los más pobres. En mayo, se estima que
más de tres cuartas partes de las vacunas han sido administradas en apenas 10
países. Mientras tanto, el continente africano apenas ha recibido el 1% de las
vacunas, aunque tiene el 15% de la población mundial. Al tiempo que en muchos
países ricos entre una tercera y dos terceras partes de la población ya han
recibido al menos una dosis, en países como Siria o Congo apenas una o dos de
cada 10.000 personas la han recibido. De hecho, mientras en algunos países
ricos ya se está vacunando a jóvenes y grupos de bajo riesgo, en países como
Chad, Tanzania o Burkina Faso ni tan siquiera ha sido posible vacunar al
personal sanitario. Si se hubieran repartido de forma equitativa los 1.670
millones de dosis de vacunas distribuidas en el mundo, ya se habría inmunizado
a los profesionales sanitarios y personas mayores del planeta. El propio
director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom
Ghebreyesus, ha denunciado que existe una desigualdad escandalosa, señalando
que “un pequeño número de países que fabrican y compran la mayoría de las
vacunas controlan el destino del resto del mundo”.
Si las vacunas
fueran realmente un bien común de toda la humanidad, se podría atenuar (y
probablemente controlar) el impacto global de la pandemia, pero,
lamentablemente, ese deseo se contrapone a la realidad de un sistema neoliberal
de producción y distribución de vacunas en el que grandes laboratorios
farmacéuticos compiten por ganar cuotas de mercado y obtener beneficios
enormes. La vacunación incluye su financiación y distribución, un proceso
básicamente público, así como su control, producción y comercialización, de
carácter privado. Y es que el enorme poder del complejo farmacéutico-industrial
global (Big Pharma) influye decisivamente en el poder político
(parlamentos, partidos e instituciones) para cambiar leyes, controlar precios y
patentes, tener ganancias y con ello aumentar su poder global aún más. Por
ejemplo, aunque países como India, Sudáfrica y otras decenas más trataron de
suspender temporalmente los derechos de propiedad intelectual sobre las
patentes durante la pandemia, la Unión Europea, los EE.UU. y otros países ricos
lo han impedido tras ser presionados por el lobby farmacéutico.
En el caso
concreto de la UE, la vacunación muestra a las claras las prioridades de una
entidad dirigida por una elite parásita (cuando no corrupta), sujeta en gran
medida al poder financiero-empresarial. No es por casualidad que en la UE la
vacunación haya sido un proceso desigual y lento (tres o cuatro veces peor que
en el Reino Unido o EE.UU.), lo que ha generado un elevado sufrimiento y
mortalidad que en buena medida podía haberse evitado. Primero, por la
opacidad de las negociaciones de los contratos con las farmacéuticas,
donde la información ha sido sistemáticamente ocultada, así como por la
ineficacia en las decisiones y recomendaciones tomadas por una
burocracia ineficiente que han generado confusión, escepticismo o incluso
perplejidad entre la ciudadanía. Ejemplos de ello son la necesidad de mantener
el equilibrio de poder interno franco-alemán con un pedido inicial de 300
millones de vacunas a BioNTech (alemana) y otros tantos a Sanofi (francesa),
desdeñando y posponiendo durante meses los pedidos a AstraZeneca, o la lentitud
de actuación y retrasos en los trabajos realizados por la Agencia Europea de
Medicamentos (EMA) que regula la seguridad y eficacia de los productos
farmacéuticos (por ejemplo demorando la aprobación de la vacuna rusa Sputnik
V). Y segundo, por la sumisión de la Comisión Europea a los lobbies al
servicio de las grandes corporaciones (en la UE hay 15.000 lobistas a tiempo
completo). Big Pharma gasta muchos millones de euros anuales
para presionar a la UE permitiendo que las farmacéuticas reciban mucho dinero
por adelantado, renegocien al alza los precios e incluso incumplan contratos
firmados sin cláusulas que les obliguen a cumplir los plazos acordados o ser
sancionados.
Detrás de
repetidas apelaciones para lograr “salud para todos”, que “nadie quede atrás”,
o que las vacunas son “un bien público universal”, el modelo neoliberal de
vacunación representa un enorme negocio económico y un modelo geopolítico
insolidario en el que los gobiernos de los países ricos han acaparado
masivamente vacunas practicando el “yo voy primero”. Por ejemplo, tras
aprobarse las tres primeras vacunas, el 85% quedó en manos de Canadá, EE.UU. y
otros países ricos que reservaron muchas más vacunas de las necesarias para
proteger a su población. Entretanto, la distribución caritativa de un pequeño
porcentaje mediante el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 (COVAX) de
la OMS no ha servido más que para encubrir cómo funciona un sistema mercantil y
neocolonial que en las actuales condiciones sólo permitiría vacunar a toda la
población mundial como muy pronto a finales de 2022. El actual “apartheid”
vacunal es especialmente macabro porque parece probable que el coronavirus
permanezca con nosotros mucho tiempo y que sigan surgiendo nuevas variantes que
alarguen, compliquen o incluso empeoren la evolución de la pandemia. De hecho,
la propia OMS reconoce que en apenas cinco meses de 2021 se han registrado más
casos y muertes por covid-19 que en todo el año 2020. El capitalismo neoliberal
no sólo es un sistema incompatible con el bienestar y salud de la población
mundial, sino que, preso de su lógica mercantil y de obtener ganancias
inmediatas, es incapaz de prevenir a medio y largo plazo la crisis pandémica o
la emergencia climática. Ante una pandemia, las vacunas deben ser un bien común
de la humanidad que no puede estar sujeto a patentes y al control privado. Como
nos enseña la historia, sólo una gran movilización de ciudadanos, movimientos
sociales y partidos políticos del Norte y del Sur Global puede
permitir democratizar integralmente la investigación, desarrollo y distribución
de vacunas y lograr así una “vacuna solidaria” que proteja a toda la humanidad.
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