martes, 17 de junio de 2008

¡Y YO SIN SABERLO!

Vivir para ver. Yo me tenía por hombre pacífico y modosito, nada estalinista, porque jamás endosé mala palabra ni fuera de tono a determinada señora, y porque nunca le canté el do-re-mi-fa-sol-la-si a un tonto de Caspe que conozco y, ¡cuidado que le tuve ganas! Santo para mÍ que soy por esto.
Y a más a más, que diría un buen catalán con el negocio a punto de caramelo, puse tierra de por medio entre la cuestión de pólvoras y municiones en la cosa militar en cuantico me di cuenta de que las balas hacían pupita y que de los proyectiles de los lanzagranadas salían con una mala virgen que para qué les quiero seguir contando.
Pero aquello de pacífico y de modosito, agua pasada, palabrita de Jesusín, o sea, de Jesús, el Hijo de Dios. Me lo ha hecho ver Jorge Semprún.
Este escritor; excomunista de postín del PCE y exministro de unos de los gobiernos de Felipe González, va y me saca de aquella angelical inocencia mía que me embargaba. Y todo por haberle leído en el País una entrevista que le hacen con motivo de una nueva novela que el hombre saca al mercado: "Veinte años y un día" Habrá que comprarla, leerla y criticarla, ¡faltaría más!
Dice en esa entrevista Semprún, que fue el propio Stalin reunido con una comisión de comunistas españoles el que dijo que ya estaba bien de tanto tiroteo y tanta leche del maquis contra la guardia civil y tropa del Régimen franquista, y que a por la reconciliación nacional a través de las escasas brechas democráticas que dejaba el sindicato vertical, por donde habría de salir años más tarde el embrión de lo que hoy conocemos como Comisiones Obreras. ¡Joder que agudo el Stalin, y yo sin saberlo!
O sea, quiere decirse, que teniéndome yo por pacífico y modosito, cuando echaba aquellas hojas clandestinas por el Arrabal zaragozano al punto de la mañana, y si se terciaba, que se terciaba, a media tarde, y que cuando pegaba aquellos hermosos cartelones en los costados de los autobuses de la Van Hool a media noche y en el letrero gordo del cine del Barrio Oliver, poniéndome la manos echas un asco de aquella cola asquerosa, pidiendo libertad sindical, amnistía, huelga general y lo que fuera de menester, no hacía más que cumplir los deseos de Stalin. Aquel Stalin que era más malo que unas calenturas.
Y, para colmo de los colmos y redondeo total de este cachondeo, yo no pertenecí jamás al Partido Comunista de España, aunque unos amigüetes míos (con mucha visión comercial de futuro) y con la sana intención de amedrentar a los agricultores cuando yo iba a darles alguna charla de Cooperativismo, o lo que aquello pudiera ser, se preocupaban grandemente de atribuirme tal honor.
Doy por sabido porque la cosa está más clara que la sopa de un asilo, que una sociedad comunista, es aquella en la que las clases sociales no existen, puesto que la clase explotadora, la que posee los medios de producción de hecho o de derecho no tendría razón de ser, dado que no habría clase a la que explotar, puesto que no habría gente que tuviera la imperiosa necesidad de vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, porque cada cual recogería el producto integro de su trabajo, menos aquella parte que tuviera que ser empleada en la cosa publica y en el mantenimiento de los que no pudieran trabajar por razón de salud o edad.
Igualmente, tampoco tendría razón de ser un estado político represor al servicio de las clases más poderosas, dado que una