martes, 10 de diciembre de 2024

Automatización e IA

 

En el número de diciembre de Monthly Review Foster publica un artículo en el que vuelve sobre un libro de 1974 sobre el proceso de automatización, la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: La degradación del trabajo en el siglo XX.


Automatización e IA


John Bellamy Foster

El Viejo Topo

10 diciembre, 2024 

 


BRAVERMAN, EL CAPITAL MONOPOLISTA Y LA IA: EL TRABAJADOR COLECTIVO Y LA REUNIFICACIÓN DEL TRABAJO

La automatización asociada a los algoritmos diseñados para los ordenadores, que plantea la posibilidad de que las máquinas inteligentes desplacen al trabajo humano, es un tema que ha estado presente durante más de siglo y medio, remontándose a la Máquina Diferencial de Charles Babbage y al famoso tratamiento del «intelecto general» de Karl Marx en los Grundrisse y su posterior concepto del «trabajador colectivo» en El Capital. Sin embargo, fue sólo con el auge del capitalismo monopolista a finales del siglo XIX y principios del XX que la industria a gran escala y la aplicación de la ciencia a la industria pudieron introducir la subsunción «real» en contraposición a la «formal» del trabajo dentro de la producción. Aquí el conocimiento del proceso de trabajo fue sustraído sistemáticamente a los trabajadores y concentrado en la dirección de tal forma que el proceso de trabajo pudo ser progresivamente descompuesto y subsumido dentro de una lógica dominada por la tecnología de las máquinas. Con la consolidación del capitalismo monopolista tras la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de la cibernética, el transistor y la tecnología digital, la automatización de la producción –y en particular lo que ahora llamamos inteligencia artificial (IA)– constituyó una amenaza creciente para el trabajo.

Este cambio fue dramáticamente retratado en la novela de Kurt Vonnegut de 1952, Player Piano, que se basó en su experiencia trabajando para General Electric. Ambientada en un futuro próximo en la ciudad ficticia de Ilium, al norte del estado de Nueva York, Player Piano describe una sociedad que había sido totalmente automatizada, desplazando a casi todos los trabajadores de la producción. A un lado del río que divide la ciudad, en una zona conocida como Homestead, vive la masa de la población, incluidos todos aquellos que no obtuvieron puntuaciones suficientemente altas en una serie de pruebas nacionales, y que en su mayoría están ociosos o empleados en proyectos de reconstrucción y recuperación, en los pocos empleos comerciales que quedan y en el ejército. En general, la población subsiste gracias a la renta básica universal, fijada en niveles muy inferiores a los ingresos salariales que obtenían antes los trabajadores no cualificados, aunque pueden disfrutar de televisores de veintiocho pulgadas. Al otro lado del río viven los ingenieros, gerentes y funcionarios que dan servicio a la maquinaria de producción, también situada a ese lado del río, o que dirigen los asuntos públicos. La novela se centra en cómo el protagonista principal, Paul Proteus, un ingeniero muy estimado, cruza el puente hasta el lado Homestead del río, conoce a gente corriente y se ve envuelto en una revuelta de masas. Al principio de la novela, Proteus explica que «la Primera Revolución Industrial devaluó el trabajo muscular, luego la segunda devaluó el trabajo mental rutinario», mientras que una proyectada Tercera Revolución Industrial se basaría en «máquinas que devalúan el pensamiento humano», descentralizando «el verdadero trabajo cerebral». La inteligencia humana sería sustituida por máquinas, o por lo que pocos años después de la publicación de la novela de Vonnegut se denominaría «inteligencia artificial».

Player Piano de Vonnegut fue producto de la preocupación generalizada por la automatización en la década de 1950. En noviembre de 1958, The Nation publicó un artículo titulado «La depresión de la automatización», en lo que resultó ser una respuesta equivocada a la breve crisis económica de 1957-1958. Las preocupaciones que The Nation y otras publicaciones expresaron en la década de 1950 sobre la automatización creadora de desempleo masivo fueron en su mayoría exageradas en su momento. Sin embargo, el reconocimiento general de que el crecimiento de la industria a gran escala con la consolidación del capitalismo monopolista tras la Segunda Guerra Mundial –junto con la Revolución Científico-Técnica asociada (y la emergente Tercera Revolución Industrial [o Digital]– representaba una alteración fundamental en la relación del trabajo y el capital era una preocupación completamente racional, entonces como ahora. Planteaba cuestiones que se remontaban a la Primera Revolución Industrial del siglo XIX, y que resurgen hoy en una fase de desarrollo aún más avanzada con la difusión de la IA generativa.

Quizá el análisis más perspicaz del estado general de la automatización y su relación con el trabajo en la década de 1950 se originó con el economista marxista y editor de Monthly Review Paul M. Sweezy en una monografía anónima titulada La revolución científico-industrial escrita para la casa de inversiones de Wall Street Model, Roland & Stone en 1957. En ella, Sweezy argumentaba que, mientras que la máquina de vapor había impulsado la Primera Revolución Industrial, la Revolución Científico-Industrial (o Científico-Técnica) fue impulsada por la propia ciencia, un desarrollo que fue posible gracias al auge del capital a gran escala. Esto dio lugar al «científico colectivo», un concepto que tomó de la noción de Marx del trabajador colectivo. Al referirse a la automatización, Sweezy explicó que «el proceso de trabajo», en el que cada vez se incorporaban más máquinas, se caracterizaba por «un bucle» de información en el que participaban tanto los trabajadores como las máquinas. «Cuando el ser humano es sustituido por uno o varios dispositivos mecánicos, el bucle se cierra. El sistema se ha automatizado».

Sweezy se refirió en este contexto a una conferencia del ingeniero, inventor y administrador científico estadounidense Vannevar Bush, en la que Bush teorizó la posibilidad de un coche autoconducido que siguiera la línea blanca de la carretera incluso después de que el conductor se quedara dormido. Las mayores implicaciones económicas y sociales de un nivel tan alto de automatización con máquinas inteligentes, según Sweezy, se debían principalmente al desplazamiento de la mano de obra. «El propósito de la automatización», continuó explicando, «es reducir costes. En todos los casos lo hace ahorrando mano de obra. En algunos casos, también ahorra capital». Con la llegada del transistor, las posibilidades tecnológicas de expansión parecían infinitas. Los ordenadores, predijo Sweezy, se harían no sólo más fiables sino también «de bolsillo». Los radioteléfonos móviles que funcionaban a través de redes también eran factibles y podrían reducirse a tamaños aún más pequeños que el ordenador de bolsillo, para caber en una muñeca. Con la Revolución Científico-Técnica, la automatización y las máquinas inteligentes más versátiles significaron un «desplazamiento hacia los beneficios» y un alejamiento de los salarios en el conjunto de la economía. También significó el desplazamiento concebible de millones de trabajadores.

En 1964, la cuestión del crecimiento de la productividad asociado a la automatización dio lugar a la publicación del documento «La triple revolución», presentado al presidente Lyndon B. Johnson por el Comité Ad Hoc sobre la Triple Revolución. En él, la principal respuesta a lo que se caracterizó como la ruptura de la conexión ingresos-empleos, como resultado del creciente despido de trabajadores industriales, fue promover una renta básica universal. A esto, sin embargo, se opusieron enérgicamente Leo Huberman y Sweezy en un artículo de la revista Monthly Review sobre «La “triple” revolución» en noviembre de 1964. Consideraban la renta básica universal como una política miope del tipo retratado en la novela de Vonnegut, que conduciría a una población dependiente y desmoralizada, reducida a vivir de un sistema de bienestar social muy ampliado pero crónicamente deficiente. En su lugar, abogaban por un movimiento más revolucionario hacia el socialismo, mediante la propiedad pública de los medios de producción y la aplicación de una planificación por y para los trabajadores.

Ninguna de estas cuestiones, sin embargo, fue retomada en El capital monopolista de Paul A. Baran y Sweezy, que se terminó el mismo año en que se produjo el debate sobre la triple revolución (Baran murió en marzo de 1964, y Sweezy evitó introducir nuevos elementos en el libro cuando se publicó en 1966). El Capital Monopolista daba por sentadas las elevadas tasas de explotación y productividad de la industria monopolista-capitalista reflejadas en una «tendencia al alza del excedente». Se detuvieron deliberadamente en un análisis de la transformación del «proceso laboral» junto con «las consecuencias que han tenido los tipos particulares de cambio tecnológico característicos del periodo monopolista-capitalista». En lugar de retomar estas cuestiones, indicaron que estos elementos iban más allá de los límites autoimpuestos de su estudio y que tendrían que abordarse en un tratamiento más exhaustivo del capitalismo monopolista.

De hecho, en ningún lugar de la década de 1960 se abordó sistemáticamente la naturaleza real del proceso laboral, ni en la izquierda ni en las ciencias sociales burguesas. Simplemente se asumió que una tecnología más avanzada, que se consideraba un hecho consumado, mejoraba la cualificación de los trabajadores al tiempo que amenazaba con un desempleo cada vez mayor. Los debates sobre la alienación, influidos por Marx, consideraban que la implacable mecanización y automatización de la producción planteaba «una catástrofe de la esencia humana», en palabras de Herbert Marcuse. Sin embargo, faltaban críticas detalladas y significativas del proceso laboral bajo el capitalismo monopolista.

 

En su prólogo a la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: La degradación del trabajo en el siglo XX (1974), Sweezy iba a destacar esta deficiencia de El capital monopolista con respecto al proceso laboral, al tiempo que consideraba que la obra de Braverman colmaba esta enorme laguna. «Quiero dejar claro», escribió, “que la razón por la que Baran y yo mismo no intentamos de ningún modo colmar esta laguna no fue sólo el enfoque que adoptamos. Una razón más fundamental fue que carecíamos de las cualificaciones necesarias. Un genio como Marx podía analizar el proceso laboral bajo el capitalismo sin haber estado inmediatamente implicado en él, y hacerlo con una brillantez y perspicacia inigualables. Para los mortales de menor categoría, la experiencia directa es una condición sine qua non, como atestigua tan elocuentemente el pésimo historial de diversos «expertos» y «autoridades» académicos en este ámbito. Baran y yo carecíamos de esta experiencia directa de crucial importancia, y si nos hubiéramos aventurado en el tema, con toda probabilidad nos habríamos dejado engañar por muchos de los mitos y falacias que con tanta energía promueven los ideólogos del capitalismo. Después de todo, no hay ningún tema en el que sea tan importante (para el capitalismo) que se oculte la verdad. Como prueba de esta credulidad, citaré sólo un ejemplo: tragarnos entero el mito del tremendo descenso durante el último medio siglo del porcentaje de mano de obra no cualificada.” (véase El capital monopolista, p. 267).

Por el contrario, Braverman tenía una gran experiencia en el proceso laboral monopolista-capitalista y fue capaz de combinarla con una comprensión extraordinariamente profunda del tratamiento que Marx hace de la jornada laboral en El Capital, además de un examen de toda la historia de la gestión moderna y del desarrollo de la maquinaria ahorradora de mano de obra. Sin embargo, mientras que Trabajo y Capital Monopolista de Braverman sirvió para llenar el vacío dejado en El Capital Monopolista de Baran y Sweezy, Braverman tomó al mismo tiempo la descripción de la Revolución Científico-Técnica desarrollada en la monografía de Sweezy, junto con el análisis general de El Capital Monopolista, como base históricamente específica de su propio análisis. Cincuenta años después de la publicación de Trabajo y Capital Monopolista, la obra sigue siendo por tanto el punto de entrada crucial para el análisis crítico del proceso laboral en nuestro tiempo, en particular con respecto a la actual automatización basada en la inteligencia artificial.

 

Marx, Braverman y el trabajador colectivo

El argumento básico de Braverman en El trabajo y el capital monopolista es ahora bastante conocido. Basándose en la teoría de la gestión del siglo XIX, en particular en la obra de Babbage y Marx, fue capaz de ampliar el análisis del proceso laboral arrojando luz sobre el papel de la gestión científica introducida en el capitalismo monopolista del siglo XX por Fredrick Winslow Taylor y otros. Tanto Babbage como el teórico de la gestión del siglo XIX Andrew Ure, Marx y Taylor habían considerado que la división premecanizada del trabajo era primordial y constituía la base del desarrollo del capitalismo maquinista. Así, la lógica de una división del trabajo cada vez más detallada, tal y como se representaba en el famoso ejemplo del alfiler de Adam Smith, podía considerarse como antecedente y lógicamente anterior a la introducción de la maquinaria. En el caso de Babbage, el ejemplo del alfiler de Smith se reconfiguró para dar cuenta de la economía tanto de la manufactura (el primitivo sistema de fábricas bajo cooperación) como de la industria moderna (o maquinofactura). La lógica de la división capitalista del trabajo sentó las bases para los diseños de Babbage de los primeros ordenadores de cálculo, destinados al desarrollo progresivo de la división detallada del trabajo como medio para promover la plusvalía. Por lo tanto, existía una conexión directa en la emergente teoría de la gestión de la Revolución Industrial del siglo XIX entre la división detallada del trabajo, la automatización y el desarrollo del ordenador.

Fue Braverman, siguiendo el ejemplo de Marx, quien introdujo lo que llegó a conocerse como el «principio de Babbage» en la discusión contemporánea del proceso de trabajo en el contexto del capitalismo monopolista de finales del siglo XX, refiriéndose a él como «la ley general de la división capitalista del trabajo». Según este principio (ahora a menudo dividido en dos partes), la división del trabajo en condiciones capitalistas consistía en determinar (1) la menor cantidad de mano de obra necesaria para cada tarea individual, desglosada en sus componentes más pequeños, generando así (2) una economía en los costes laborales, ya que a cada tarea individual se le podía asignar la cantidad más barata de mano de obra necesaria para su realización.

Babbage había explicado los beneficios de la división del trabajo en términos de asignar las tareas menos exigentes (que entonces se consideraba que requerían menos esfuerzo muscular así como menos destreza) a mano de obra femenina o infantil más barata, frente a la mano de obra masculina adulta más cara, tradicionalmente artesanal. «Al dividir el trabajo a realizar en diferentes procesos, cada uno de los cuales requiere diferentes grados de destreza o fuerza», escribió, el propietario “puede comprar exactamente la cantidad precisa de ambos que es necesaria para cada proceso”. “Toda la tendencia de la industria manufacturera”, según Ure, era, si no la de sustituir totalmente el trabajo humano, al menos un medio con el que “disminuir su coste sustituyendo la industria de las mujeres y los niños por la de los hombres, o la de los obreros ordinarios por la de los artesanos capacitados”.

«En la mitología del capitalismo», escribió Braverman, el principio de Babbage se presenta como un esfuerzo para «preservar las escasas capacidades» poniendo a trabajadores cualificados a realizar tareas que «sólo ellos pueden desempeñar» y no malgastar «recursos sociales». Se presenta como una respuesta a la «escasez» de trabajadores cualificados o de personas con formación técnica, cuyo tiempo se aprovecha mejor «eficientemente» en beneficio de la «sociedad». Pero por mucho que este principio se manifieste a veces en forma de respuesta a la escasez de mano de obra cualificada… esta apología es en conjunto falsa. El modo de producción capitalista destruye sistemáticamente todas las competencias allí donde existen y hace surgir las competencias y ocupaciones que corresponden a sus necesidades. Las capacidades técnicas se distribuyen en adelante sobre la base estricta de la «necesidad de saber». La distribución generalizada del conocimiento del proceso productivo entre todos sus participantes se convierte, a partir de este momento, no sólo en «innecesaria», sino en una barrera positiva para el funcionamiento del modo de producción capitalista.

Con el avance de la división detallada del trabajo, como argumentó Marx en su crítica de la producción capitalista, la maquinaria podía introducirse para sustituir totalmente a la mano de obra, generando lo que era potencialmente una producción automática, al tiempo que arrojaba masas de trabajadores a la población excedente relativa, o ejército de reserva de mano de obra, disminuyendo así los costes laborales de forma generalizada. El trabajador, cuando aún estaba presente, quedaba reducido a un apéndice de la máquina. Toda esta tendencia se hizo evidente, como señaló Marx, en el hecho de que la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil en el corazón de la Revolución Industrial en Inglaterra eran mujeres y niños, que fueron superexplotados, recibiendo sólo una pequeña fracción del salario de los trabajadores artesanales masculinos a los que habían sustituido, lo que no era suficiente para la subsistencia. Todo ello alimentó el desarrollo de la industria maquinista y una mayor explotación de los trabajadores, cuyas condiciones –tanto si sus salarios eran altos como si eran bajos– les situaban en una desventaja cada vez mayor en relación con el enorme aparato productivo que su trabajo colectivo había generado, y que se les imponía como un peso muerto para potenciar tanto su explotación como su desplazamiento por las máquinas.

Aún así, para desarrollar aún más la división del trabajo, era necesario acabar con la resistencia de los trabajadores con la ayuda de la ciencia como poder directo dentro de la producción. Esto permitió lo que Marx denominó la subsunción real, por oposición a la meramente formal, del trabajador dentro del proceso de producción capitalista. Como afirma Matteo Pasquinelli en El ojo del amo: Una historia social de la inteligencia artificial: «Marx lo tenía claro: la génesis de la tecnología es un proceso emergente impulsado por la división del trabajo», mientras que la puesta en práctica del principio de Babbage señalaba todo el camino hacia la automatización y el dominio de la máquina como medio para una mayor explotación del trabajo.

La incorporación de la ciencia, personificada por lo que Sweezy llamaría «el científico colectivo», como un nuevo poder emergente dentro de la producción capitalista, sólo fue realmente posible con las economías de escala y la ampliación del mercado asociadas al crecimiento de la gigantesca corporación del capitalismo monopolista. La simple gestión llevada a cabo por el propietario y un puñado de supervisores en el capitalismo de libre competencia de pequeña empresa ya no bastaría para mantener la rentabilidad en las nuevas condiciones de la corporación gigante y multidivisional tras las oleadas de fusiones masivas de finales del siglo XIX y principios del XX.

El nuevo enfoque de la gestión fue mejor captado por Taylor; tanto es así que gestión científica y taylorismo se convirtieron en términos sinónimos. El taylorismo fue resumido por Braverman en términos de tres principios distintos: (1) «disociación del proceso laboral de las habilidades de los trabajadores», (2) «separación de la concepción de la ejecución» y (3) «uso de este monopolio sobre el conocimiento para controlar cada paso del proceso laboral y su modo de ejecución». Aunque Taylor afirmaba que los aumentos salariales eran parte integrante del sistema, al menos en las primeras etapas del empleo de la gestión científica en una industria determinada, el objetivo general era reducir los costes laborales unitarios de los empresarios. «Taylor”, escribió Braverman, “comprendió el principio de Babbage mejor que nadie de su época, y siempre estuvo por encima de todo en sus cálculos… En su primer libro, Shop Management [1903], dijo francamente que las “plenas posibilidades» de su sistema [de gestión científica] «no se habrán realizado hasta que casi todas las máquinas del taller sean manejadas por hombres de menor calibre y logros, y que por lo tanto sean más baratos que los requeridos en el antiguo sistema»». La contribución distintiva de Taylor consistió en articular un imperativo directivo a gran escala para aumentar el control del trabajo, que se aplicaría principalmente a través de la descualificación. Por lo tanto, dentro del taylorismo, sostenía Braverman, «subyace una teoría que no es ni más ni menos que la verbalización explícita del modo de producción capitalista».

Para Braverman, toda la lógica contradictoria del modo de producción capitalista y las posibilidades de una respuesta socialista revolucionaria sólo salieron a la luz con la mecanización y la automatización, incluida la introducción de la IA (una forma más avanzada de automatización) dentro de la producción monopolista-capitalista. Aquí el análisis de Braverman se basó fundamentalmente en el concepto de Marx del trabajador colectivo, que Marx utilizó como categoría para abarcar la totalidad de la división detallada del trabajo, la jerarquía del trabajo y la incorporación del conocimiento del trabajo a las máquinas. Incluso en el contexto de mayores niveles de mecanización asociados con la reducción de plantilla y el desplazamiento de trabajadores, el proceso de trabajo, según Marx, seguía siendo orgánicamente, y en términos del valor trabajo como su base, esencialmente el mismo.

El análisis de Marx sobre el trabajador colectivo en El Capital trascendió su discusión sobre el intelecto general en los Grundrisse, escritos alrededor de una década antes. En lo que llegó a conocerse como el «Fragmento sobre las máquinas» de los Grundrisse, el «intelecto general» se incorporó a las máquinas, lo que condujo a la aparente eliminación del trabajo -e incluso del valor trabajo- en la producción con el crecimiento de la automatización. El propio Braverman se referiría en El trabajo y el capital monopolista a la declaración de Marx en el «Fragmento sobre las máquinas», donde Marx había escrito: «El proceso de producción ha dejado de ser un proceso laboral en el sentido de un proceso dominado por el trabajo como su agencia rectora». El “Fragmento sobre las máquinas” se ha utilizado a veces erróneamente en discusiones recientes para argumentar que Marx veía la teoría laboral del valor como progresivamente desplazada por la producción mecanizada y la automatización. Sin embargo, esto ha sido refutado por análisis de cómo el concepto posterior de Marx del trabajador colectivo vino a desmitificar todo el proceso de mecanización y automatización, demostrando tanto la continua centralidad del trabajo como de la teoría laboral del valor.

El planteamiento de Braverman ante la aparente contradicción asociada a la subsunción del proceso laboral a la máquina fue centrarse precisamente en el concepto de Marx del «trabajador colectivo», no sólo como explicación de la sempiterna centralidad del trabajo en la producción, sino también apuntando a nuevas posibilidades revolucionarias. En el trabajador colectivo, el trabajo en su conjunto era visto por Braverman, al igual que Marx, como materializado dentro de un proceso orgánico, abarcando la jerarquía del trabajo y la mecanización.

Comentando la automatización y el trabajador colectivo en El Capital en respuesta a Ure, Marx había escrito: “El Dr. Ure, el Píndaro de la fábrica automática, la describe, por un lado, como «la cooperación combinada de muchos órdenes de obreros, adultos y jóvenes, para atender con asidua habilidad un sistema de máquinas productivas impulsadas continuamente por una fuerza central» (la fuerza motriz); y por otro lado como «un vasto autómata compuesto de diversos órganos mecánicos e intelectuales, que actúan en concierto ininterrumpido para la producción de un objeto común, estando todos ellos subordinados a una fuerza motriz autorregulada.» Estas dos descripciones distan mucho de ser idénticas. En una, el trabajador colectivo combinado aparece como el sujeto dominante [übergreifendes Subjekt], y el autómata mecánico como el objeto; en la otra, el autómata mismo es el sujeto, y los trabajadores son meros órganos conscientes, coordinados con los órganos inconscientes del autómata, y junto con estos últimos subordinados a la fuerza motriz central. La primera descripción [relativa al trabajador colectivo en general] es aplicable a todo empleo posible de la maquinaria a gran escala, la segunda es característica de su utilización por el capital, y por tanto del sistema fabril moderno. Por ello, Ure prefiere presentar la máquina central de la que procede el movimiento no sólo como un autómata, sino como un autócrata. «En estas espaciosas naves, el benigno poder del vapor convoca a su alrededor a sus miríadas de voluntariosos sirvientes».

En este planteamiento contradictorio de las implicaciones de la automatización por parte de Ure, la primera descripción, que corresponde, como sugería Marx, al fenómeno del trabajador colectivo en general, es coherente con el desarrollo de la producción socialista. La segunda corresponde al mito de la máquina en sí, dotada de un intelecto general, y en la que el trabajo está totalmente ausente o reducido a un estado abyecto y descerebrado. Para Ure, «cuando el capital alista la ciencia a su servicio, siempre se enseñará docilidad a la mano de obra refractaria». Para Marx, por el contrario, la respuesta revolucionaria consistía en alistar la ciencia en nombre del trabajador colectivo de forma que potenciara el libre desarrollo social.

Lo que iba a surgir como culminación del propio análisis de Braverman, basado en el de El Capital de Marx, fue el desarrollo de un enfoque revolucionario de la división del trabajo, la mecanización, la automatización y la IA, en el que el trabajador colectivo era, al menos potencialmente, el sujeto activo del trabajo social. Tal visión se oponía fuertemente a las caracterizaciones más maquinizadas -la visión preferida de Ure y Taylor- de un «vasto autómata compuesto de diversos órganos mecánicos e intelectuales» y que funcionaba como el autócrata insuperable de la producción, con los trabajadores reducidos a meros apéndices.

El trabajador colectivo, la IA y la reunificación de la producción

En la crítica de Braverman, la tecnología moderna, incluidas la automatización y la IA en la era digital, representaban en última instancia una poderosa tendencia a reunificar un proceso laboral que había sido degradado por la división capitalista del trabajo. Significativamente, todas las tareas utilizadas por Smith en su ejemplo del alfiler al principio de La riqueza de las naciones estaban ahora unidas en una sola máquina, lo que permitía la reunificación del propio proceso laboral. Sin embargo, el capitalismo en su etapa monopolista, en la que la explotación del trabajo y el proceso de valorización seguían arraigados en el principio de Babbage, trató constantemente de utilizar mayores niveles de mecanización y automatización para reinstituir lo que ahora era una división del trabajo cada vez más arcaica. Como declaró Braverman, «El proceso reunificado en el que la ejecución de todos los pasos está integrada en el mecanismo de trabajo de una sola máquina parecería ahora adecuado para un colectivo de productores asociados, ninguno de los cuales necesita dedicar toda su vida a una sola función y todos pueden participar en la ingeniería, el diseño, la mejora, la reparación y el funcionamiento de estas máquinas cada vez más productivas.» Sin embargo, estas posibilidades técnicamente abiertas al trabajador colectivo como resultado de la evolución de las fuerzas de producción se ven frustradas por las relaciones sociales de producción del capitalismo monopolista. «Así, el modo de producción capitalista impone a los nuevos procesos ideados por la tecnología una división del trabajo cada vez más profunda, por muchas posibilidades de lo contrario que abra la maquinaria».

Como el propio Marx reconoció en su concepción del trabajador colectivo, y como Braverman destacaría en el contexto del capitalismo monopolista, las nuevas posibilidades tecnológicas para la libertad humana, en las que los seres humanos son potencialmente los sujetos de la producción, se vuelven contra ellos. El trabajador se convierte en un mero objeto mercantilizado en un mundo en el que la gestión del capital utiliza la nueva tecnología de las máquinas para reforzar la división detallada del trabajo, tratando a la máquina, cada vez más «inteligente», como sujeto de producción en sí misma. En términos de Braverman, el trabajador colectivo de Marx se degradó a sí mismo bajo el capitalismo monopolista. «Si bien la producción se ha vuelto colectiva y el trabajador individual ha sido incorporado al cuerpo colectivo de trabajadores, éste es un cuerpo cuyo cerebro ha sido lobotomizado o, peor aún, extirpado por completo. Su mismo cerebro ha sido separado de su cuerpo, habiendo sido apropiado por la gerencia moderna como medio de controlar y abaratar la fuerza de trabajo y los procesos laborales».

Pero si la noción de Ure del trabajo colectivo reducido a una lógica de máquina estaba claramente presente bajo el capitalismo monopolista, el trabajador colectivo de Marx, combinado con el científico colectivo de Sweezy, representaba las nuevas posibilidades revolucionarias que surgieron a medida que las máquinas se automatizaban más, incorporando el conocimiento del proceso laboral desarrollado a lo largo de la historia humana. Con una educación más extendida de los trabajadores en ciencia e ingeniería a través de las escuelas politécnicas, posible gracias al aumento de la productividad, esto podría conducir a la reunificación y mejora del trabajo y la creatividad humanos. Irónicamente, cuanto más se hizo factible esto, más se degradó el propio sistema educativo capitalista, manteniendo a los trabajadores bajo el dominio del principio de Babbage, que dependía de la devaluación del conocimiento del trabajador.

De ahí que, en la sociedad monopolista-capitalista, la educación esté cada vez más sometida a la misma lógica que la división detallada del trabajo. El imperativo del sistema a este respecto estaba claro desde el principio. Como escribió Frank Gilbreth, uno de los fundadores de la gestión científica: «Formar a un trabajador significa simplemente capacitarle para llevar a cabo las instrucciones de su programa de trabajo. Una vez que puede hacer esto, su formación ha terminado, sea cual sea su edad». Este principio, unido a la degradación del trabajo, está detrás de la intensa degradación de la educación en las escuelas públicas de Estados Unidos y de otros países. La ciencia, la cultura, la historia y el pensamiento crítico se están eliminando sistemáticamente o se les está restando importancia en los niveles K-12, que se dedican cada vez más, sobre todo en los primeros cursos, a un proceso reductor impuesto por los exámenes estandarizados. Es como si el sistema hubiera encontrado por fin los medios para aprovechar al máximo el adagio del economista político clásico-liberal Adam Ferguson, «La ignorancia es la madre de la industria», subrayando que los trabajadores son más productivos desde el punto de vista del capital cuanto más descerebrados están. La digitalización de la educación, en lugar de ampliar el conocimiento y la creatividad, está conduciendo a lo contrario: a una estandarización implacable. El objetivo parece ser convertir a la mayor parte de la población en lo que C. Wright Mills denominó «robots alegres». Con el auge de los modelos lingüísticos a gran escala, unido al crecimiento de la IA generativa capaz de incorporar masas de entradas de datos y sintetizar artificialmente la información en «redes neuronales» de acuerdo con algoritmos predeterminados, se anima cada vez más a los estudiantes universitarios a utilizar estas tecnologías como sustituto mecánico del aprendizaje real. En lugar de un trabajador colectivo o un científico colectivo, se hace hincapié en la IA como una inteligencia de máquina colectiva.

Detrás de esto, en la morada oculta de la producción, se encuentra la continua degradación del trabajo humano. Google contrató a cien mil trabajadores temporales y subcontratados para escanear libros a gran velocidad al compás de una banda sonora regulada por el ritmo como parte de su plan para digitalizar todos los libros del mundo (se calcula que 130 millones de volúmenes únicos). Aunque el proyecto se ha abandonado en gran medida, se consideraba un mecanismo para el desarrollo de la IA generativa.38 El aumento del número de trabajadores temporales y contratados, que constituyen mano de obra precaria, son las realidades ocultas de la era digital/de la IA, oscurecidas por la mística de la «computación en nube». Los nuevos empleos de plataforma emplean a millones de trabajadores contratados. Las encuestas en línea sobre la mano de obra nacional realizadas por grupos empresariales como el McKinsey Global Institute «indican [que] entre el 25 y el 35 por ciento de los trabajadores» en Estados Unidos han «realizado trabajos atípicos o gigs de forma complementaria o principal en el mes anterior». En 2024, eso significa que al menos 41 millones de personas en Estados Unidos realizan algún tipo de trabajo gig [o de plataforma]», normalmente como trabajadores eventuales. Aunque innumerables puestos de trabajo se ven amenazados por la IA -cuyas estimaciones varían enormemente-, el trabajo no se está desplazando tanto en general como haciéndose más contingente y precario.

Sin embargo, existen tendencias opuestas a esta degradación aparentemente inexorable del trabajo. Surgen inevitablemente nuevas luchas revolucionarias dirigidas a «la reconstitución de la sociedad en su conjunto», como observó célebremente Marx, allí donde el potencial humano en expansión, asociado al desarrollo de las fuerzas productivas, se ve encadenado por las relaciones sociales de producción.40 Las luchas de clase actuales sobre el proceso laboral no se dirigen contra la nueva tecnología digital o la IA, sino contra la reducción de los propios seres humanos a meros algoritmos. El trabajador colectivo como encarnación del intelecto general sólo puede controlar las condiciones de producción en beneficio de la sociedad en su conjunto bajo un socialismo desarrollado, o un sistema igualitario y sostenible de desarrollo humano.

Fuente: Monthly Review

Artículo seleccionado por Carlos Valmaseda para la página Miscelánea de Salvador López Arnal

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lunes, 9 de diciembre de 2024

PÁNICO EN UCRANIA: RUSIA DESTRUYE BASE SECRETA. HUTIES ATACAN OBJETIVO E...

Franz Kafka y el presente

 


Franz Kafka y el presente


 Carlos A. Solero

El Viejo Topo

9 de diciembre de 2024 

 

A pesar de que su vida se apagó hace un siglo Franz Kafka el escritor de origen checo que escribió en alemán no deja de ser nuestro contemporáneo.

En efecto, durante estos años, principalmente desde el comienzo de la pandemia de Covid 19 y cada día uno de los días transcurridos del año en curso ha sido para nosotros omnipresentes el autor de libros como La metamorfosis, El proceso, El castillo y de relatos como EL Fogonero.

También Albert Camus y su célebre ensayo sobre el absurdo El mito de Sísifo.

¿Por qué Kafka, las recientes resoluciones emitidas por el gobierno nacional restringiendo el acceso a los medicamentos a las jubiladas y jubilados, imponiéndoles la modalidad de uso informático que impide el vínculo directo con seres humanos que asesores a personas mayores sobre cuestiones de importancia, fundamentales para el sostén de su salud genera desosiego, angustia y sufrimiento.

Todo esto es parte de la crueldad planificada por los tecnos burócratas y se parece y mucho a lo que Franz Kafka describe en sus novelas, la maquinaria burocrática corroe el carácter de las personas, daña su salud mental, la deteriora.

Los mecanismos y dispositivos administrativos de lo que Michel Foucault denominó sociedad disciplinaria vigilan, controlan y castigan.

Lo que les toca padecer a los jubilados privados de medicamentos, también les ocurre a las personas con discapacidades  de nacimiento, surgidas de accidentes laborales  o de otro tipo, la mediación maquínica orina una dictadura de nuevo cuño donde “lo no humano” impera de manera taxativa. Lo impersonal nos “transforma en un mero número de expediente y hasta en un código de barras como los objetos.

En las actuales sociedades de control como las llama Gilles Deleuze, el sistema del capital mercancía necesita de la despersonalización para operar con mayor eficacia en el ejercicio de la dominación.

El fetiche de tecnológica tiende a generar una falsa ilusión de autonomía y en realidad lo que hace es ajustar cada vez más los yugos de nuevas esclavitudes.

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Miedo en la OTAN: Rusia Despliega el Oreshnik: Europa en la Mira | TheMXFam

domingo, 8 de diciembre de 2024

LORENZO RAMÍREZ: ¿Qué está pasando realmente en Siria? La relación ocult...

Israel y la guerra de Occidente contra sí mismo

 

Israel y la guerra de Occidente contra sí mismo

 

Por Ramzy Baroud

Rebelion

07/12/2024 

 


Fuentes: Rebelión



Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Las órdenes de detención del Tribunal Penal Internacional (TPI) contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el exministro de Defensa Yoav Gallant son un desastre diplomático para Israel, según The Economist, un «duro estigma» para el dirigente israelí, escribió The Guardian, y un «duro varapalo», según otros.

Pero un término en el que muchos parecen estar de acuerdo es que las órdenes de detención representan un terremoto, aunque muchos dudan de que Netanyahu llegue a sentarse algún día frente a un tribunal.

El sector propalestino, que últimamente representa a la mayoría de la humanidad, se debate entre la incredulidad, el escepticismo y el optimismo. Resulta que, después de todo, el sistema internacional tiene pulso, aunque débil, pero suficiente para reavivar la esperanza de que la rendición de cuentas legal y moral aún es posible.

Esta mezcla de sentimientos y lenguaje fuerte es el reflejo de varias experiencias importantes e interconectadas: una, el exterminio sin precedentes de toda una población que está llevando a cabo Israel contra los palestinos en Gaza; dos, el fracaso absoluto de la comunidad internacional a la hora de detener el espeluznante genocidio en la Franja; y, por último, el hecho de que el sistema jurídico internacional ha fracasado históricamente a la hora de hacer que Israel, o cualquiera de los aliados de Occidente, rindan cuentas ante el derecho internacional.

El verdadero terremoto es el hecho de que es la primera vez en la historia que el TPI exige responsabilidades a un líder proccidental por crímenes de guerra. De hecho, históricamente, la inmensa mayoría de las órdenes de detención y las detenciones efectivas de acusados de crímenes de guerra parecían tener como objetivo el Sur Global,  y África en particular.

Sin embargo, Israel no es un Estado «occidental» ordinario. El sionismo fue un invento colonial occidental, y la creación de Israel sólo fue posible gracias al apoyo incondicional y sin trabas de Occidente.

Desde su creación sobre las ruinas de la Palestina histórica en 1948, Israel ha desempeñado el papel de ciudadela colonial occidental en Oriente Medio. Todo el discurso político israelí se ha adaptado y situado dentro de las prioridades y supuestos valores occidentales: civilización, democracia, ilustración, derechos humanos y similares.

Con el tiempo, Israel se convirtió en gran medida en un proyecto estadounidense aceptado tanto por los liberales como por los conservadores religiosos.

Por lo tanto, no sería exagerado afirmar que la acusación del TPI contra Netanyahu, como representante de la clase política de Israel, y contra Gallant, como líder de la clase militar, es también una acusación contra Estados Unidos.

A menudo se dice que Israel no habría podido llevar a cabo su guerra, por tanto el genocidio, contra Gaza sin el apoyo militar y político estadounidense. Según el sitio web de noticias de investigación ProPublica, en el primer año de la guerra, Estados Unidos envió más de 50.000 toneladas de armamento a Israel.

Los principales medios de comunicación y periodistas estadounidenses también son culpables de ese genocidio. Enaltecieron a los ahora criminales de guerra Netanyahu y Gallant, junto con otros líderes políticos y militares israelíes, como si fueran los defensores del «mundo civilizado» contra los «bárbaros». Los medios de comunicación conservadores los presentaron como profetas que realizaban la obra de Dios contra los supuestos paganos del Sur.

Ellos también han sido acusados por el TPI, una acusación moral y un «duro estigma» que nunca podrá erradicarse.

Cuando Karim Khan, el fiscal jefe deI TPI, solicitó inicialmente las órdenes de detención en mayo, muchos dudaron de su efectividad, y con razón. Los israelíes consideraban que su país contaba con el apoyo necesario para rechazar tales órdenes. Citaron intentos anteriores, incluido un caso judicial belga en el que las víctimas de la brutalidad israelí en Líbano intentaron responsabilizar al ex primer ministro israelí Ariel Sharon de la masacre de Sabra y Shatila. No sólo se desestimó el caso en 2003, sino que Bélgica fue presionada por Estados Unidos para que modificara su propia legislación de modo que no incluyera la jurisdicción universal en caso de genocidio.

Tampoco Estados Unidos se mostró muy preocupado, pues estaba dispuesto  a castigar a los jueces del TPI, difamar al propio Khan y, según un reciente post en las redes sociales del senador estadounidense Tom Cotton, dispuestos a «invadir La Haya».

De hecho, esta no es la primera vez que Estados Unidos, que no suscribió el Estatuto de Roma y por tanto no es miembro del TPI, exhibe sus músculos contra quienes simplemente intentan hacer cumplir el derecho internacional. En septiembre de 2020, el gobierno estadounidense impuso sanciones a la entonces fiscal jefe Fatou Bensouda y a otro alto funcionario, Phakiso Mochochoko.

Incluso quienes querían que se exigieran responsabilidades por el genocidio israelí tenían dudas, sobre todo porque gobiernos occidentales proisraelíes, como el de Alemania, dieron un paso al frente para impedir que se emitieran las órdenes de detención. Los retrasos injustificados en los procedimientos contribuyeron al escepticismo, sobre todo porque de repente el propio Khan estaba siendo procesado por supuesta «conducta sexual inapropiada».

Sin embargo, después de todo esto, el 21 de noviembre se emitieron las órdenes de detención, en las que se acusaba a Netanyahu y Gallant de presuntos «crímenes de guerra» y «crímenes contra la humanidad», siendo los otros delitos punibles dentro de la jurisdicción de la CPI el genocidio y la agresión.

Teniendo en cuenta que el más alto tribunal del mundo, la Corte Internacional de Justicia (CIJ), ya ha determinado que es plausible que los actos de Israel puedan equivaler a genocidio y que actualmente está investigando el caso, Israel, como Estado, y los principales dirigentes israelíes se han convertido de repente, y merecidamente, en enemigos de la humanidad.

Aunque es correcto y legítimo argumentar que lo realmente importante es el resultado tangible de estos casos -poner fin al genocidio al tiempo que se responsabiliza a los criminales de guerra israelíes-, no debemos pasar por alto el significado más amplio de estos acontecimientos trascendentales.

La CIJ y el TPI son esencialmente dos instituciones occidentales creadas para vigilar el mundo reforzando el doble rasero resultante del sistema internacional dominado por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial.

Son el equivalente legal del acuerdo de Bretton Woods, que regulaba el sistema monetario internacional para servir a los intereses occidentales de Estados Unidos. Aunque, en teoría, defendían valores universalmente encomiables, en la práctica sólo servían como herramientas de control y dominio del orden occidental.

Durante años, el mundo ha estado en un proceso de cambio evidente e irreversible. Nuevas potencias surgían y otras se reducían. La agitación política en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia no eran más que reflejos de la lucha interna en las clases dirigentes occidentales. El increíble ascenso de China, la guerra en Europa y la creciente resistencia en Oriente Próximo han sido consecuencia y aceleradores de ese cambio.

De ahí la constante exigencia de reformas en el sistema internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial para reflejar de forma más equitativa las nuevas realidades mundiales. A pesar de la resistencia estadounidense-occidental al cambio, las nuevas formaciones geopolíticas siguieron produciéndose, a pesar de todo.

El genocidio de Gaza representa un momento decisivo en esta dinámica global. Esto quedó reflejado en el lenguaje utilizado por Karim Khan cuando solicitó las órdenes de detención, haciendo hincapié en la credibilidad del tribunal. «Para eso tenemos un tribunal», dijo en una entrevista exclusiva con CNN el 20 de mayo. «Se trata de la aplicación igualitaria de la ley. Ninguna persona es mejor que otra. Ninguna persona es santa en ningún sitio».

El énfasis en la credibilidad es aquí una culminación de la evidente pérdida de credibilidad en todos los frentes. Esto no debería sorprender, ya que fue Occidente, el autoproclamado paladín de los derechos humanos, la misma entidad política que abanderó, defendió y sostuvo el genocidio israelí.

Aunque a uno le gustaría creer que las órdenes de detención del TPI se dictaron exclusivamente por el bien de las víctimas del genocidio israelí, numerosas pruebas sugieren que la imprevista medida fue un intento desesperado de Occidente por salvar la poca credibilidad que había mantenido hasta ese momento.

El gobierno de Estados Unidos, violador impenitente de los derechos humanos, ha mantenido su firme postura en defensa de Israel, culpando al TPI por las órdenes de detención, no a los criminales de guerra israelíes por cometer el genocidio.

Sin embargo, el conflicto en Europa ha sido mucho más palpable, reflejado en la postura de Alemania, que dijo que «examinaría detenidamente» las órdenes de detención, pero que es «difícil imaginar que hagamos arrestos sobre esta base».

Uno mantiene la esperanza de que los cambios de las potencias mundiales acaben salvando el derecho internacional de la hipocresía y el oportunismo de Occidente. Pero lo que está claro por ahora es que el propio conflicto de Occidente no hará sino ganar impulso. ¿Serán los que crearon la amenaza sionista israelí las mismas potencias que la derriben? Cabe dudarlo.

Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros el último de los cuales es These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es investigador senior no residente en el Centro para el Islam y Asuntos Globales (CIGA, por sus siglas en inglés) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net

Fuente: https://www.counterpunch.org/2024/12/03/israel-and-the-wests-war-on-itself/

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Primer ministro sirio confirma la caída del presidente Bashar al Assad

 

Primer ministro sirio confirma la caída del presidente Bashar al Assad

 

DIARIOOCTUBRE / diciembre 8, 2024

 

Una fuente militar siria dijo que el mando del Ejército Árabe Sirio informó a los oficiales y jefes militares de la caída de Bashar al Assad.


Los extremista radicales confirmaron su entrada en Damasco sin que se registraran mayores señales de despliegue militar por parte de las fuerzas árabes sirias. Foto: EFE

El primer ministro sirio, Muhammad al-Jalali confirmó este domingo la caída del gobierno del presidente Bashar al Assad y señaló que está dispuesto a entregar el poder pacíficamente.

El anunció de Muhammad al-Jalali se dio después de conocerse la toma de la capital siria por grupos extremistas y declaró estar dispuesto a «cooperar» con cualquier dirección elegida por el pueblo y con cualquier medida encaminada a «entregar» el poder.

Por su parte una fuente militar siria dijo a la agencia Reuters que el mando del Ejército Árabe Sirio informó a los oficiales y jefes militares de la caída de Bashar al Assad.

Al asumir el control de la capital siria, los grupos radicales extremistas anunciaron que se hicieron del control de la radio, la televisión pública y de varias instituciones sirias.

https://twitter.com/teleSURtv/status/1865609782645706991?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E1865609782645706991%7Ctwgr%5Eff01498296ff32b686a3b6b15b9d045a858a2e84%7Ctwcon%5Es1_&ref_url=https%3A%2F%2Fwww.inoreader.com%2F

Los extremista radicales confirmaron su entrada en Damasco sin que se registraran mayores señales de despliegue militar por parte de las fuerzas árabes sirias.

Los últimos puntos de resistencia militar siria fueron evacuados, permitiendo que los grupos armados tomaran el control de estas zonas de manera estratégica y sin enfrentamientos prolongados.

La ofensiva terrorista lanzada la semana pasada desde la provincia de Idlib por una coalición islamista liderada por el grupo armado Hayat Tahrir al Sham ha desencadenado la mayor escalada de la guerra civil en Siria desde 2019.

Fuente: telesurtv.net

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SIRIA. Una caída tan inesperada como sospechosa

 

SIRIA. Una caída tan inesperada como sospechosa

 

La caída de Siria crea un peligroso precedente. Con su victoria, el imperialismo vuelve a envalentonarse en esa castigada región y en todo el mundo

 

Insurgente.org / 08.12.2024

 


Todo ha sido tan rápido e incluso tan fácil para los terroristas que, cuando menos, la caída del gobierno sirio de Bashar Asad levanta sospechas. En los lugares claves (en Damasco, por ejemplo) el tan combativo Ejército sirio apenas ha ofrecido resistencia.

Cabe preguntarse dónde estaba Rusia, que en la anterior embestida contra Siria jugó un papel decisivo en su defensa. Ahora su inacción ha sido lo más notable. Ha estado ahí, pero de manera muy poco convincente, de lo contrario, en el peor de los casos, la caída de Siria no habría sido tan rápida. De Irán, en lo que le corresponde, podríamos decir más de lo mismo.

La caída de Siria crea un peligroso precedente. Con su victoria, el imperialismo vuelve a envalentonarse en esa castigada región y en todo el mundo.

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Tras la orden dada al ejército de Siria de no enfrentar a los grupos agresores en diversas ciudades, las fuerzas opositoras se infiltraron sin resistencia en la capital, Damasco, y tomaron el control, según reportes de la agencia Reuters.

Según esta misma fuente, citando a oficiales el Ejército del país árabe, el Gobierno de Bashar Asad habría caído tras varios días de ataques y operaciones de grupos terroristas que han vuelto a sumir a Siria en una crisis política y social. Además, los combatientes también habrían ingresado a Damasco, mientras los militares abandonan sus posiciones.

Reuters citó a dos altos funcionarios sirios para asegurar que el presidente Bashar al-Assad abandonó Damasco con destino desconocido.

Por su parte, según Rusia Today, el primer ministro sirio, Muhammad al-Jalali, se declaró a la espera de nuevos tiempos, y prometió estar en el Consejo de Ministros en la mañana, listo para cualquier medida de entrega.

En cuanto a Estados Unidos se refiere, según el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, decir que el presidente Joe Biden y su equipo siguen de cerca los acontecimientos en Siria, manteniéndose en contacto constante con los socios regionales.

Por otra parte, según diversos reportes, los terroristas abrieron las prisiones del país, incluida la de Sednaya, ubicada a unos 30 kilómetros al norte de esta capital.

Mientras, las televisoras nacionales comenzaron a trasmitir programas con el logotipo de la antigua bandera del país (con franjas verde, blanca y negra, además de tres estrellas), en lugar de la adoptada en 1980 (rojo, blanca y negra con dos estrellas).

En medio de la crisis, Arabia Saudita, Jordania, Egipto, Iraq, Qatar, Irán, Türkiye y Rusia reclamaron una solución política a la guerra y advirtieron que la situación allí es un peligro para Oriente Medio y el mundo.

Todo ha sucedido tras una sorpresiva ofensiva hace 12 días de la alianza islamista.

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Si Rusia afloja en Siria, aflojará en todos los frentes

 

Si Rusia afloja en Siria, aflojará en todos los frentes

 

DIARIOOCTUBRE / diciembre 7, 2024



Con muy poco los yihadistas han hecho mucho en Siria. La intervención de Turquía, otro actor por delegación, no es pretexto suficiente para explicar el fracaso del ejército regular, pero también de Rusia e Irán, que tenían la cabeza puesta en otros lugares.

No se puede dejar ningún trabajo sin terminar, y menos una guerra. No se puede dejar a los terroristas a sus anchas en Idlib, bajo la tutela de de un país como Turquía. Que no hayan proclamado un califato no es excusa. Los han dejado prepararse durante cuatro años y en tres días han capturado Alepo, que es la segunda ciudad más grande de Siria.

Rusia no puede caer otra vez en la trampa de dejar el trabajo sin terminar en Ucrania. No puede congelar la guerra. Debe terminarla definitivamente y enviar un aviso a sus vecinos, desde el Báltico hasta el Cáucaso. De lo contrario los imperialistas no les van dejar un minuto de tranquilidad.

Además, si Rusia quiere hacer las cosas bien, debe hacerlas por sí misma. No puede contar con aliados y socios circunstanciales. Los iraníes estaban demasiado ocupados con Palestina y Líbano.

Erdogan le ha apuñalado por la espalda, y no es la primera vez. Turquía nunca ha dejado de trabajar para la OTAN, ni tampoco de dirigir a los yihadistas que operan en el norte de Siria. Sin el MIT, su servicio de inteligencia, el ataque terrorista contra Alepo habría sido imposible.

Los acuerdos internacionales son papel mojado si no están respaldados por la fuerza bruta. Los últimos ejemplos son los de Misk de 2014 o el firmado en 2020 en Astaná. La captura de Alepo es una burla directa a un trato que convirtió a Rusia, Irán y Turquía en países garantes de Siria, un papel que ninguno de ellos ha cumplido.

Los días 11 y 12 de noviembre se celebró en Astaná la 22 reunión internacional sobre Siria en el “formato Astaná”, y sobre sus resultados se emitió una declaración conjunta. Más papel mojado.

La caída de Alepo no se pudo producir sin la traición de los generales sirios, sin la huida de sus subordinados, sin que el frente quedara expuesto y sin que muchas armas quedaran se abandonadas en manos de los yihadistas. Es poco probable que esto hubiera sido posible si Damasco hubiera sido plenamente consciente de la situación, incluida la lealtad y el profesionalismo de sus oficiales superiores.

Para que los dirigentes sean conscientes de la situación es necesario tener fuentes de información sobre el terreno y un organismo capaz de recopilarlos, analizarlos y transmitirlos de manera oportuna.

Rusia no puede ceder en Siria. Si lo hace, sucumbirá en todas partes. La coincidencia en el tiempo de acontecimientos como la escalada en Ucrania, los ataques de largo alcance contra el interior de Rusia, el ataque al sistema bancario ruso, la crisis en Abjasia, la desestabilización en Georgia y la crisis en torno a Alepo no son accidentales.

Al imperialismo los nievos misiles Oreshnik no le han impresionado en absoluto y ha respondido intensificando significativamente sus esfuerzos para presionar a Rusia en todos los frentes.

El éxito en Alepo puede alentar a los imperialistas a atacar en otros puntos. Rusia debe mantener unidas todas sus líneas y estar preparada para afrontar nuevos desafíos.

Si Rusia todavía tenía dudas sobre la pertinencia de las negociaciones, la situación actual en Siria debe haberles convencido de que tienen que abordar la cuestión ucraniana de forma definitiva, que no deje lugar a dudas.

Fuente: mpr21.info

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