martes, 7 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (9/23)

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

 

Capitulo IX

La paradoja de la revolución de Febrero

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

El alzamiento triunfó. Pero ¿a quién entregó el poder arrebatado a la monarquía? Llegamos al problema central de la revolución de Febrero: ¿Cómo y por qué fue el poder a parar a manos de la burguesía liberal?

En los sectores de la Duma y en la "sociedad" burguesa no se daba importancia a los sucesos iniciados el 23 de febrero. Los diputados liberales y los periodistas patriotas seguían reuniéndose en los salones, discutiendo acerca de Trieste y Flume y afirmando una vez y otra el derecho de Rusia a los Dardanelos. Había sido firmado ya el decreto de disolución de la Duma, y una comisión de ésta estaba aún deliberando urgentemente acerca de la administración municipal. Menos de doce horas antes de la sublevación de los batallones de la Guardia, la "Sociedad del apoyo eslavo" escuchaba tranquilamente el informe anual. "Cuando al salir de dicha reunión, regresaba a casa a pie -recuerda uno de los diputados- , me sorprendió el silencio tétrico y la soledad de las calles, habitualmente animadas." La tétrica soledad se cernía sobre las viejas clases gobernantes y oprimía ya el corazón de sus futuros sucesores.

El 26, la gravedad de la situación apareció evidente, tanto a los ojos del gobierno como de los liberales. En dicho día se entablan negociaciones entre los ministros y los miembros de la Duma sobre la posibilidad de establecer un acuerdo, negociaciones acerca de las cuales los liberales guardaron después silencio absoluto. En sus declaraciones, Protopopov manifestó que los dirigentes del bloque de la Duma habían exigido, como antes, la designación de ministros que merecieran la confianza general del país: "Es posible que esta medida calme al pueblo." Pero el día 26 se produjo, como sabemos, un momento de vacilación en el proceso revolucionario, y, por breves instantes, el gobierno se sintió más fuerte. Cuando Rodzianko se presentó en casa de Golitsin para persuadirle de que presentara la dimisión, el primer ministro, como respuesta, le señaló una cartera que estaba sobre la mesa y que contenía el decreto de disolución de la Duma, con la firma de Nicolás II al pie, pero sin fecha todavía. Ésta la estampó Golitsin. ¿Cómo pudo decidirse el gobierno a dar semejante paso, en un momento en que crecía la presión revolucionaria? La burocracia gobernante se había formado hacía ya tiempo un criterio acerca del particular. "Es indiferente, para el movimiento obrero, que formemos bloque o no. Este movimiento se puede combatir por otros medios, y hasta el Ministerio del Interior ha salido del paso." En agosto de 1915, Goremikin se expresaba ya del mismo modo. De otra parte, la burocracia confiaba en que la Duma, en trance de disolución, no se atrevería a dar ningún paso audaz. Por esa misma época, al tratarse de la disolución de la Duma descontenta, el príncipe Cherbatov, ministro del Interior decía: "Es poco probable que los elementos de la Duma se decidan a declararse abiertamente en rebeldía. Al fin y al cabo, la Duma está compuesta en su inmensa mayoría de cobardes que temen por su pelleja:" El príncipe no se expresaba de un modo muy definido, pero sus palabras respondía, substancialmente, a la realidad. Como se ve, en lucha contra la oposición liberal, la burocracia creía pisar terreno firme.

El 27 por la mañana, los diputados, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, se reunieron en sesión ordinaria. La mayoría de ellos se enteraron allí de que la Duma estaba disuelta. Esto parecíales tanto más inesperado cuanto que todavía la víspera se habían celebrado negociaciones amistosas. "Sin embargo -escribe con orgullo Rodzianko-, la Duma se sometió a la ley, confiando todavía en encontrar salida a la compleja situación creada, y no adoptó ninguna decisión en el sentido de no disolverse y de seguir reunida por la fuerza." Los diputados celebraron una reunión privada, en la cual se confesaron unos a otros su impotencia. El liberal moderado Schidlovski había de recordar, andando el tiempo, no sin cierta malignidad, la proposición presentada por el kadete de extrema izquierda Nekrasov, más tarde uno de los adláteres de Kerenski: "Instaurar una dictadura militar, otorgando plenos poderes a un general popular." Entretanto, los dirigentes del bloque progresivo, que no asistían a la reunión privada de la Duma, emprendían una tentativa práctica de salvación. Llamaron a Petrogrado al duque Mijail y le propusieron encargarse de la dictadura, "obligar" al Ministerio a presentar la dimisión y exigir del zar por hilo directo que "otorgara" un Ministerio responsable. Al tiempo que se sublevaban los primeros regimientos de la Guardia, los jefes de la burguesía liberal hacían la última tentativa para aplastar la insurrección con la ayuda de una dictadura dinástica, a la par que pactaban con la monarquía a costa de la revolución. "La indecisión del gran duque -se lamenta Rodzianko- contribuyó a que se dejara pasar el momento propicio."

El socialista sin partido Sujánov, que en dicho período empieza a desempeñar un cierto papel político en el palacio de Táurida, atestigua la facilidad con que los intelectuales radicales creían lo que deseaban: "Me comunican la noticia política más importante de la mañana de aquel día inolvidable -cuenta en sus extensas Memorias-: la promulgación del decreto disolviendo la Duma, la cual contestó negándose a disolverse y eligiendo un Comité provisional." ¡Esto escribe un hombre que apenas salía del palacio de Táurida, donde se entretenía en tirar de los faldones de la levita a los diputados conocidos! En su Historia de la Revolución, Miliukov, corroborando las manifestaciones de Rodzianko, declara categóricamente: "Después de una serie de discursos calurosos se tomó la decisión de no alejarse de Petrogrado y no la de que la Duma "no se disolvería", como cuenta la leyenda." "No disolverse" hubiera significado tomar sobre sí, aunque fuera con algún retraso, la iniciativa de los acontecimientos. "No alejarse de Petrogrado" significaba lavarse las manos y esperar hasta ver en qué paraban las cosas. Hay, sin embargo, una circunstancia atenuante para la credulidad de Sujánov. El rumor de que la Duma había tomado el acuerdo revolucionario de no someterse al ukase del zar, lo pusieron en circulación precipitadamente los periodistas de la Duma en su Boletín de información, única publicación que, suspendidos los diarios por la huelga general, veía la luz, y como quiera que la insurrección triunfó en el transcurso de aquel mismo día, los diputados no se apresuraron, ni mucho menos, a rectificar el error, manteniendo la ilusión de sus amigos de izquierdas; sólo en la emigración se decidieron a restablecer el imperio de la verdad. El episodio, aunque parece de poca monta, está lleno de significación. El papel revolucionario de la Duma el 27 de febrero fue un mito completo, engendrado por la credulidad política de los intelectuales radicales, jubilosos y asustados por la revolución, que no creían en la capacidad de las masas para llevar las cosas hasta el fin, y que aspiraban a enfeudarse con la mayor rapidez posible a la gran burguesía.

Por fortuna, en las Memorias de los diputados pertenecientes a la mayoría de la Duma se ha conservado el relato de cómo ésta acogió la revolución. Según el príncipe Mansirev, uno de los kadetes de derechas, entre los numerosos diputados reunidos el día 27 por la mañana, no figuraban ni los miembros de la mesa ni los jefes de la fracción ni los dirigentes del bloque progresivo, los cuales estaban ya enterados de la disolución y del levantamiento y preferían dejarse ver lo más tarde posible, con tanta mayor razón cuanto que precisamente en aquellas horas estaban, por lo visto, sosteniendo negociaciones con el gran duque Mijail acerca de la dictadura. "En la Duma reinaba una agitación y un desconcierto generales -dice Mansirev-. Incluso las conversaciones animadas se interrumpieron, y en su lugar no se oían más que suspiros y breves réplicas, tales como "¡Dónde hemos ido a parar!", o se manifestaba el miedo no disimulado por la propia persona." Así hablaba uno de los diputados más moderados y que suspiraba con más fuerza que los otros.

A las dos de la tarde, cuando los jefes se vieron obligados a comparecer en la Duma, el secretario de la mesa llegó con esta noticia gozosa, pero infundada: "Los desórdenes serán pronto sofocados, pues se han tomado medidas." Es posible que por "medidas" entendieran las negociaciones entabladas acerca de la dictadura. Pero la Duma estaba abatida y esperaba oír la palabra decisiva del jefe del bloque progresista. "No podemos adoptar inmediatamente ninguna medida -declara Miliukov- porque desconocemos las proporciones tomadas pro los desórdenes, así como de parte de quién está la mayoría de las tropas, de los obreros y de las distintas organizaciones. Lo conveniente es recoger informes precisos sobre todo esto, para luego examinar la situación, ahora es aún pronto."

¡A las dos de la tarde del 27 de febrero era todavía pronto, para los liberales! "Recoger informes" significaba lavarse las manos y esperar el resultado de la lucha. Pero el discurso de Miliukov, empezado, dicho sea de paso, con el propósito de no llegar a ninguna conclusión, es interrumpido por Kerenski, que, presa de grande agitación, irrumpe en la sala y anuncia que una inmensa multitud de pueblo y de soldados se dirigen al palacio de Táurida con la intención de exigir que la Duma se haga cargo del poder. El diputado radical sabe perfectamente, por lo visto, lo que viene a pedir la inmensa multitud. En realidad, es el propio Kerenski quien primero exige que la Duma tome en sus manos el poder, mientras que ella abriga aún la esperanza de ver sofocada la insurrección. La declaración de Kerenski provoca "un desconcierto general". Sin embargo, aún no ha terminado, cuando le interrumpe un ujier de la Duma que entra corriendo, azorado; los primeros soldados han llegado ya al palacio, los centinelas no les han dejado entrar; el jefe, al parecer, está gravemente herido. Un minuto después, los soldados han allanado ya el palacio de la Duma. Más tarde se dirá en artículos y discursos, que los soldados llegaron para saludar a la Duma y prestar juramento de fidelidad ante ella. Pero lo cierto es que los diputados están todos dominados por un pánico mortal. El agua les llega al cuello. Los jefes cuchichean entre sí. Hay que ganar tiempo. Rodzianko presenta precipitadamente la proposición, que le ha sido sugerida de crear un "Comité provisional". Gritos de aprobación. Pero todos quieren marcharse a casa lo antes posible, pues no están para votaciones. El presidente, no menos asustado que los demás, propone que se confíe la formación del Comité al Consejo de los decanos de la Cámara. Otra vez gritos de aprobación de los pocos diputados que quedan en la sala: la mayoría había tenido ya tiempo de desaparecer. Así reaccionaba, en los primeros momentos revolucionarios, la Duma que acababa de ser disuelta por el zar.

Entretanto, en aquel mismo edificio, pero en una dependencia menos solemne, la revolución se creaba otro órgano. Los caudillos revolucionarios no tuvieron que inventarlo. La experiencia de los soviets de 1905 se había infundido para siempre en la conciencia de los obreros. A cada impulso del movimiento, e incluso en plena guerra, resucitaba casi automáticamente la idea del soviet, y aunque las ideas forjadas respecto a la misión de los soviets diferían profundamente en los bolcheviques y en los mecheviques -los socialrevolucionarios no tenían, en general, ideas firmes acerca de nada-, diríase que la forma misma de organización se hallaba por encima de toda discusión. Los mencheviques, miembros del Comité industrial de guerra, sacados de la cárcel por la revolución, se encontraban en el palacio de Táurida con los militares del movimiento sindical y cooperativo, pertenecientes así mismo al ala derecha, y con los diputados mecnheviques de la Duma Cheidse y Skobelev, y crearon inmediatamente el "Comité ejecutivo provisional del Soviet de los diputados y obreros", que en el transcurso de aquel mismo día fue integrado principalmente con ex-revolucionarios que habían perdido el contacto con las masas, pero que conservaban el "nombre". El Comité ejecutivo, del cual formaban parte asimismo bolcheviques, incitó a los obreros a elegir inmediatamente diputados. La primera reunión fue convocada para aquella misma noche en el palacio de Táurida y se celebró, efectivamente, a las nueve. Esta reunión sancionó la composición del Comité ejecutivo, completándolo con representaciones oficiales de todos los partidos socialistas. Pero no consistía en esto, ni mucho menos, la importancia de la primera reunión de los representantes del proletariado triunfante de la capital. En la reunión pronunciaron palabras de salutación los delgados de los regimientos sublevados. Entre ellos había soldados completamente grises, contusionados, por decirlo así, por la insurrección y que se expresaban aún con dificultad. Pero eran precisamente ellos los que encontraban las palabras justas que ningún tribuno habría sabido encontrar. Fue una de las escenas más patéticas de la revolución, que empezaba a sentirse fuerte y a tener conciencia de la infinidad de las masas que había despertado a la vida, de la grandiosidad de su misión, el orgullo de los éxitos logrados, la emoción gozosa ante el día de mañana, que había de ser aún más radiante que el de hoy. La revolución no tiene aún su ritual, en las calles flota el humo de los disparos, las masas no han aprendido las nuevas canciones, la rebelión transcurre sin orden, sin causa, como un río desbordado; el soviet se ahoga en su propio entusiasmo. La revolución es ya poderosa, pero adolece todavía de una ingenuidad infantil.
En esta primera reunión decidióse unir a la guarnición con los obreros en un soviet común de diputados obreros y soldados. ¿Quién fue el primero que formuló esta proposición? Surgida, sin duda, de distintas partes, o más bien de todas, como un eco de la fraternización de los obreros y soldados, que en este día había decidido en la calle la suerte de la revolución. Sin embargo, no se puede dejar de señalar que, según Schliapnikov, en un principio los socialpatriotas se opusieron a la incorporación del ejército en la política. Desde el momento de su aparición, el Soviet, personificado por el Comité ejecutivo, empieza a obrar como poder. Elige una Comisión provisional de subsistencias, a la cual confía la misión de preocuparse de los insurrectos y de la guarnición en general, y organiza un estado mayor revolucionario provisional -en estos días, todo se llama provisional-, al cual nos hemos referido ya más arriba. Para evitar que sigan a disposición de los funcionarios del antiguo régimen los recursos financieros, el Soviet decide ocupar inmediatamente con destacamentos revolucionarios el Banco de Estado, la Tesorería, la fábrica de moneda y la emisión de papeles del Estado. Los fines y las funciones del Soviet crecen constantemente bajo la presión de las masas. La revolución tiene ya su centro indiscutible. En lo sucesivo, los obreros y los soldados, y no tardando, los campesinos, sólo se dirigirán al Soviet: a sus ojos, el Soviet se convierte en el punto de concentración de todas las esperanzas y de todos los poderes, en el eje de la revolución misma. Y hasta los representantes de las clases poseedoras buscarán en el Soviet, aunque sea rechinando los dientes, defensa, instrucciones y solución para sus conflictos.

Sin embargo, ya en esas primeras horas de la victoria, cuando con una rapidez fabulosa y una fuerza irresistible se estaba gestando el nuevo poder de la revolución, los socialistas que estaban al frente del Soviet buscaban, alarmados, a su alrededor al "amo" verdadero. Estos socialistas consideraban como cosa natural que el poder pasar a manos de la burguesía, y aquí se forma el principal nudo político del nuevo régimen: uno de sus hilos conduce al cuarto en que está instalado el Comité ejecutivo de los obreros y soldados; el otro, al local en que reside el centro de los partidos burgueses.

A las tres de la tarde, cuando la victoria en la capital no ofrecía ya la menor duda, el Consejo de los decanos de la Duma eligió un "Comité provisional de miembros de la Duma", compuesto por representantes de los partidos del bloque progresivo, a los que se suman Cheidse y Kerenski. El primero se negó a aceptar; el segundo vacilaba. El título indicaba prudentemente que no se trataba de un órgano oficial de la Duma del Estado, sino de un órgano particular de los miembros de la Duma. A los jefes del bloque progresista no les preocupaba más que una cosa: ponerse a salvo de toda responsabilidad, no atándose de pies y manos. El objetivo del Comité estaba definido con buscada ambigüedad: "Restablecimiento del orden y relaciones con las instituciones y las personas". Ni una palabra acerca del orden que estos caballeros pensaban restablecer ni acerca de las instituciones con las cuales se disponían a ponerse en relación. Ni se atreven a tender aún la mano hacia la piel del oso, porque ¿y si no está muerto, sino sólo gravemente herido? Hasta las once de la noche del 27 de febrero, cuando, según reconoce Miliukov, "se vieron claramente las proporciones tomadas por el movimiento revolucionario, el comité provisional no decidió dar otro paso al frente y hacerse cargo del poder, caído en el regazo del gobierno". Imperceptiblemente, el nuevo órgano, que era un Comité de miembros de la Duma, se convirtió en Comité de esta última; para conservar la continuidad del Estado y del orden jurídico nada mejor que la falsificación. Pero Milliukov guardaba silencio acerca del punto principal: Los jefes del Comité ejecutivo, creado durante aquel día, se habían presentado al Comité provisional con el fin de exigir de éste con insistencia que tomara en sus manos el poder. Esta presión amistosa produjo su efecto,. Posteriormente, Miliukov explica la decisión tomada por el Comité de la Duma, revocando el hecho de que, según él, el gobierno se disponía a mandar tropas adictas contra los revolucionarios "y se corría el peligro de que se entablaran verdaderos combates en las calles de la capital". En realidad, no disponían absolutamente de ningún cuerpo de tropa y la revolución era ya un hecho consumado. Rodzianko había de decir más tarde que, caso de que hubiera renunciado al poder, "la Duma habría sido detenida y sus miembros asesinados por los soldados sublevados y el poder habría caído en manos de los bolcheviques". Esto, naturalmente, es una absurda exageración muy propia del honorable chambelán, pero refleja de un modo inmejorable el estado de espíritu de la Duma, la cual consideraba como un acto de violación política el hecho de que se le entregara el poder.

En estas circunstancias no era fácil tomar una decisión. De un modo particularmente tumultuoso vacilaba Rodzianko, que no se cansaba de preguntar a los demás: "¿Será esto una rebeldía, o no lo será?" El diputado monárquico Chulguin le contestó, según él mismo nos cuenta: "No hay en ello ni sombra de rebeldía; acepte usted como súbdito fiel del zar... Si los ministros se han fugado, alguien tiene que reemplazarles. Caben dos soluciones: o todo se arregla, o no se arregla, y si nosotros no tomamos el poder, lo tomarán otros, lo mismo que esos canallas de las fábricas han elegido ya..." No hay por qué hacer mucho caso de las groseras calificaciones que este gentleman reaccionario aplica a los obreros: la revolución había dado un fuerte pisotón en los pies de estos caballeros. La moraleja es clara: si triunfa la monarquía, estaremos a su lado; si triunfa la revolución, procuraremos escamotearla.

La reunión duró largo rato. Los jefes democráticos esperaban anhelosos los acuerdos. Por fin, Miliukov salió del despacho de Rodzianko, y acercándose con solemne continente a la delegación soviética, declaró: "Hemos llegado a un acuerdo. Somos nosotros quienes tomamos el poder"... "No pregunté a quién se refería al decir nosotros -recuerda Sujánov con entusiasmo-; no quise preguntar nada más. Pero sentí con todo mi ser, por decirlo así, la nueva situación. Tuve la sensación de que la nave de la revolución, empujada en aquellas horas de tormenta a merced de los elementos, izaba la vela, y adquiría estabilidad y equilibrio sobre el agitado oleaje." ¡Qué forma más amanerada de expresarse, para acabar reconociendo prosaicamente la dependencia servil en que se hallaba la democracia pequeño burguesa respecto al liberalismo capitalista! ¡Y qué error tan fatal de perspectiva política! La entrega del poder a los liberales no sólo no prestará estabilidad a la "nave" del Estado, sino que, lejos de eso, se convertirá desde este mismo día en la raíz y fuente de la ausencia de poder de la revolución, en la causa mayor de los caos de la exasperación de las masas, del desmoronamiento del frente primero y, luego, de una guerra civil extrema y desesperada.

Si tendemos la vista por los siglos pasados, el tránsito del poder a manos de la burguesía se nos aparecerá como sujeto a determinadas leyes. En todas las revoluciones precedentes se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos, a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía que había estado prudentemente mirando la revolución por los cristales de su ventana, mientras los demás luchaban. Pero la revolución de Febrero de 1917 se distinguía de todas las que la habían precedido por el nivel político de la clase obrera y por el carácter social incomparablemente más elevado, por un recelo hostil de los revolucionarios hacia la burguesía liberal y como consecuencia de la creación de todo esto en el momento mismo del triunfo, de un nuevo órgano del poder revolucionario: el Soviet, apoyado en la fuerza armada de las masas. En estas condiciones, el paso del poder a manos de una burguesía políticamente aislada y desarmada exige una explicación.

Ante todo, conviene examinar más de cerca la correlación de fuerzas que se formó como resultado de la revolución. ¿Es que la democracia soviética se vio obligada por la situación? Ésta no lo creía así. Ya hemos visto que, lejos de esperar el poder de la revolución, veía en ella un peligro mortal para su situación social de clase. "Los partidos moderados no sólo no deseaban la revolución -dice Rodzianko-, sino que sencillamente la temían. Principalmente, el partido de la Libertad Popular (los kadetes), por el hecho de hallarse en el ala izquierda de los grupos moderados y de tener por ello más puntos de contacto con los partidos revolucionarios del país, estaba más preocupado que ningún otro por la catástrofe que se avecinaba." La experiencia de 1905 les decía con harta elocuencia a los liberales que el triunfo de los obreros y campesinos podía ser tan peligroso para la burguesía como para el zarismo. El desarrollo de la insurrección de febrero no hacía más que confirmar estas previsiones. Por vagas que fueran, en muchos sentidos, las ideas políticas de las masas revolucionarias por aquellos días, la línea fronteriza entre los trabajadores y la burguesía se delineaba, desde luego, de un modo enérgico que no admitía confusiones.

El profesor Stankievich, afín a los círculos liberales y amigo y no adversario del bloque progresista, caracteriza con los siguientes rasgos el estado de espíritu reinante en los medios liberales al día siguiente de la revolución, que no habían podido evitar: "Oficialmente se mostraban entusiasmados, ensalzaban la revolución, vitoreaban a los combatientes por la libertad, se adornaban con cintas coloradas y marchaban bajo las banderas rojas... Pero en el fondo de su alma, en las conversaciones articulares, se horrorizaban, se estremecían y se sentían prisioneros de aquella fuerza elemental hostil que seguía caminos ignorados. No olvidaré nunca la figura voluminosa y respetable de Rodzianko, cuando, con porte de dignidad majestuosa, pero con una expresión de una profunda desesperación y sufrimiento en su pálido rostro, pasaba entre la multitud de soldados que, en actitud desembarazada, invadía los corredores del palacio de Táurida. Oficialmente se proclamaba que "los soldados han venido a apoyar a la Duma en su lucha contra el gobierno"; pero, de hecho, la duma dejó de existir ya desde los primeros días. El mismo rictus podía observarse en el semblante de todos los miembros del Comité provisional de la Duma y de los círculos allegados a él. Se dice que los representantes del bloque progresista, al llegar a sus casas, lloraban histéricamente de impotente desesperación." Este testimonio vivo es de más valor que cuantas investigaciones sociológicas pudieran hacerse para establecer la proporción de fuerzas después de la revolución. Según él mismo nos cuenta, Rodzianko se hallaba estremecido de indignación impotente al ver cómo unos soldados cualesquiera, "obedeciendo órdenes no se sabe de quién", procedían a la detención de los funcionarios del viejo régimen en calidad de presos de la Duma. El buen chambelán se veía convertido en una especie de carcelero de unos hombres de quienes, naturalmente, le separaban ciertas diferencias, pero que, a pesar de todo, eran gentes de su categoría. Asombrado ante tamaña "arbitrariedad", Rodzianko invitó al detenido Scheglovitov a entrar en su despacho; pero los soldados se negaron en redondo a entregarle el odiado funcionario: "Cuando intenté poner de manifiesto mi autoridad -cuenta Rodzianko-, los soldados formaron un estrecho círculo alrededor de los prisioneros, y, con el aspecto más provocativo e insolente, me enseñaron sus fusiles, después de lo cual Scheglovitov, sin que fuera objeto de acusación alguna, fue conducido no sé adónde." ¿Cabe confirmación más elocuente de las palabras de Stankievich, según las cuales los regimientos que se decía que se habían prestado para apoyar a la duma, en realidad la habían suprimido?

El poder estuvo en manos del Soviet desde el primer momento. Los que menos podían hacerse ilusiones sobre el particular eran los miembros de la Duma. el diputado octubrista Schildlovski, uno de los directores del bloque progresista, recuerda: "El Soviet se apoderó de todas las oficinas de Correos y Telégrafos y de Radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las imprentas, de modo que, sin autorización, era imposible cursar un telegrama, salir de Petrogrado o escribir un manifiesto." A esta síntesis inequívoca del balance de fuerzas pos-revolucionarias conviene hacer, sin embargo, una aclaración: el hecho de que el Soviet se hubiera "apoderado" del telégrafo, de los ferrocarriles, de las imprentas debe entenderse en el sentido de que los obreros y empleados de esas empresas no querían someterse más que al Soviet.

No podíamos hallar mejor ilustración a las lamentaciones de Schidlovski que el episodio que se produjo en el momento en que las negociaciones entabladas acerca del poder entre jefes de la Duma y el Soviet se hallaban en su apogeo. La reunión viose interrumpida por el aviso urgente de que Pskov, donde se halla detenido el zar después de vagar por diversas líneas ferroviarias, llamaba a Rodzianko al hilo directo. El todopoderoso presidente de la Duma declaró que se negaba a ir solo al teléfono. "Que los señores diputados obreros y soldados me den escolta o vayan conmigo, pues de lo contrario en Telégrafos me detendrán. ¡Qué queréis -prosiguió todo agitado-, tenéis la fuerza y el poder! Naturalmente podéis detenerme... Acaso nos detengáis a todos. ¡Quién sabe...! Esto ocurría el primero de marzo, cuando no hacía dos días que el poder había sido "tomado" por el Comité provisional, a la cabeza del cual se hallaba Rodzianko.

¿Cómo, a pesar de esta situación, los liberales se vieron en el poder? ¿Quién les dio, y cómo, atribuciones para formar un gobierno fruto de una revolución que temían, contra la cual se resistían, que habían intentado sofocar, que había sido llevada a cabo por masas que les eran adversas, y, por añadidura, con una decisión y una audacia tales que el Soviet de los obreros y soldados, surgido de la insurrección, era, a los ojos de todo el mundo, el amo indiscutible de la situación?

Veamos lo que dice la otra parte, la que cedió el poder: "El pueblo no se sentía atraído por la Duma -dice Sujánov, hablando de las jornadas de Febrero-, no se interesaba por ella y no pensaba en convertirla, ni política ni técnicamente, en el eje del movimiento." Esta confesión es tanto más peregrina cuanto que su autor ha de consagrar todos los esfuerzos, en las horas que siguen, a la entrega del poder al Comité de la Duma del Estado: "Miliukov sabía perfectamente -dice más adelante Sujánov, hablando de las negociaciones del 1 de marzo- que dependía por entero del Comité ejecutivo el que se cediera o no el poder a un gobierno de la burguesía." ¿Cabe expresarse de un modo más categórico? ¿Puede ser más clara la situación política? Y sin embargo, Sujánov, en flagrante contradicción con los hechos y consigo mismo, dice a renglón seguido: "El poder que recoja la herencia del zarismo no puede ser más que burgués... Hay que orientarse en este sentido. De otro modo, no se conseguirá nada, y la revolución se verá perdida." ¡La revolución se verá perdida sin Rodzianko!

Aquí el problema de la correlación viva de las fuerzas sociales se ve suplantado ya por un esquema apriorístico y por una terminología escolástica: estamos ya de lleno dentro del campo del doctrinarismo intelectual. Pero, como veremos más adelante, este doctrinarismo no era platónico ni mucho menos, sino que cumplía una función política, completamente real, aunque caminase con los ojos vendados.

No se crea que citamos al azar a Sujánov. En este primer período, el inspirador del Comité ejecutivo no era su presidente, Cheidse, un provinciano honrado y de cortos alcances, sino precisamente Sujánov, la persona menos indicada del mundo, en general, para dirigir un movimiento revolucionario. Seminarodniki, semimarxista, más bien observador concienzudo que político, más periodista que revolucionario, más razonador que periodista, sólo era capaz de hacer frente a la concepción revolucionaria hasta el momento en que fuese preciso transformarla ya en acción. Internacionalista pasivo durante la guerra, decretó desde el primer día de la revolución que era necesario endosar el poder y la guerra a la burguesía lo antes posible. Teóricamente -es decir, en cuanto a talento, por lo menos para atar cabos- estaba por encima de todos los vocales del Comité ejecutivo de aquel entonces. Pero su fuerza principal consistía en traducir al lenguaje doctrinario los rasgos orgánicos de aquel grupo, a la par heterogéneo y homogéneo: desconfianza en las propias fuerzas, miedo ante la masa y actitud de altivo respeto frente a la burguesía. Lenin decía que Sujánov era uno de los mejores representantes de la pequeña burguesía. Es lo más lisonjero que se puede decir de él.

No hay que olvidar, además, que se trata, ante todo, de una pequeña burguesía de nuevo tipo, de tipo capitalista, de empleados industriales, comerciales y bancarios, de funcionarios del capital de una parte y de burocracia obrera por otra; es decir, de ese nuevo tercer Estado en aras del cual el socialdemócrata alemán Eduard Bernstein, sobradamente conocido, hubo de emprender, a fines del siglo pasado, la revisión del sistema revolucionario de Marx. Para poder dar una respuesta a la pregunta de cómo la revolución de los obreros y campesinos cedió el poder a la burguesía, hay que empalmar a la cadena política un eslabón intermedio: los demócratas y socialistas pequeño burgueses del tipo de Sujánov, los periodistas y políticos de la nueva clase media que enseñaron a las masas que la burguesía era el enemigo. La contradicción entre el carácter de la revolución y el del poder que surgió de ella se explica por las peculiaridades contradictorias del nuevo sector pequeño burgués, situado entre las masas revolucionarias y la burguesía capitalista. En el curso de los acontecimientos posteriores, el papel político de esta democracia pequeño burguesa de nuevo tipo se nos revelará de cuerpo entero. Por ahora, limitémonos a algunas palabras.

En la insurrección participa de un modo directo la minoría de la clase revolucionaria, con la particularidad de que la fuerza de dicha minoría consiste en el apoyo o, por lo menos, en la simpatía que la mayoría le presta. La minoría activa y combativa impulsa hacia adelante inevitablemente, bajo el fuego del enemigo, a los elementos más revolucionarios y abnegados con que cuenta. Es natural que en los combates de febrero ocuparan los primeros puestos los obreros bolcheviques. Pero la situación cambia desde el momento del triunfo, cuando empieza a consolidarse políticamente. A las elecciones para cubrir los órganos e instituciones de la revolución triunfante se llama a masas incomparablemente más extensas que las que han combatido con las armas en la mano. Esto acontece no sólo en las elecciones de los órganos democráticos generales, como las dumas y los zemstvos, y más tarde la Asamblea constituyente, sino también con los de clase, como los soviets de diputados obreros. La mayoría aplastante de los obreros mecheviques, socialrevolucionarios y sin partido apoya a los bolcheviques en su acción directa contra el zarismo. Pero sólo a una pequeña minoría de ellos se le alcanzaban en qué residía la diferencia que separaba a los bolcheviques de los demás partidos socialistas. Al propio tiempo, los obreros todos establecían una línea de demarcación bien definida entre ellos y la burguesía. Esto determinó la situación política creada después del triunfo. Los obreros elegían a los socialistas, esto es, a aquellos que estaban no sólo contra el zarismo, sino también contra la burguesía, y, al obrar así, no establecían distinción alguna entre los tres partidos socialistas. Y como quiera que los mencheviques y los socialrevolucionarios disponían de cuadros intelectuales incomparablemente más considerables, que afluían a ellos de todos los lados y les facilitaban un número enorme de agitadores, las elecciones, incluso en las fábricas, daban una superioridad inmensa a estos grupos.

El ejército ejercía su presión en el mismo sentido, pero con una fuerza incomparablemente mayor. Al quinto día de la insurrección, la guarnición de Petrogrado siguió a los obreros. Después del triunfo fue llamada a participar en las elecciones a los soviets. Los soldados elegían confiadamente al que estaba por la revolución, contra la oficialidad monárquica, y que sabía expresarlo bien: éstos resultaban ser los escribientes, los médicos, los jóvenes oficiales de la época de la guerra procedentes del campo intelectual, los pequeños funcionarios militares, es decir, el estrato inferior de la "nueva clase media". Casi todos ellos se inscribieron, a partir de marzo, en el partido de los socialistas revolucionarios, que por su ideología vaga era el que mejor respondía a la situación social intermedia y a la limitación política de estos elementos. Resultado de esto fue que la guarnición se revelase incomparablemente más moderada y burguesa que la masa de los soldados. Pero estos últimos no se daban cuenta de la diferencia, que pronto había de exteriorizarse en la experiencia de los meses próximos. Los obreros, por su parte, tendían a fundirse lo más estrechamente posible con los soldados, a fin de consolidar la alianza conquistada con la sangre y armar de un modo más sólido a la revolución. Y como en nombre del ejército hablaban principalmente los socialrevolucionarios de nuevo cuño, esto tenía que aumentar necesariamente a los ojos de los obreros el prestigio de dicho partido, a la par que el de sus aliados, los mencheviques. Así fue como surgió en los soviets el predominio de los partidos colaboracionistas. Baste decir que hasta en el soviet de la barriada de Viborg desempeñaron un papel preeminente en los primeros tiempos los obreros mencheviques. En aquel período, el bolchevismo latía aún sordamente en el subsuelo de la revolución. Los bolcheviques oficiales estaban representados aún en el soviet de Petrogrado por una minoría insignificante, que, además, no veía con absoluta claridad sus objetivos.

Y he aquí cómo nació la paradoja de la revolución de Febrero. El poder se halla en manos de los socialdemócratas, que no se han adueñado de él por un golpe blanquista, sino por cesión franca y generosa de las masas triunfantes. Estas masas, que no sólo niegan la confianza y el apoyo a la burguesía, sino que la colocan casi en el mismo plano que a la nobleza y a la burocracia y sólo ponen sus armas a disposición de los soviets. Y la única preocupación de los socialistas, a quienes tan poco esfuerzo ha costado ponerse al frente de los soviets, está en saber si la burguesía políticamente aislada, odiada de las masas y hostil hasta la médula a la revolución, accederá a hacerse cargo del poder.

Es necesario ganar su conformidad a toda costa, y como es evidente que la burguesía no puede renunciar al programa burgués, somos nosotros, los "socialistas", los que tenemos que abjurar de nuestro programa: correremos un velo de silencio sobre la monarquía, sobre la guerra, sobre la tierra, con tal de que la burguesía acepte el regalo del poder que le brindamos. Y al mismo tiempo que realizan esta operación, los "socialistas", como burlándose de sí mismos, siguen calificando a la burguesía de enemigo de clase. Guardando todas las formas rituales de los oficios religiosos, se comete un acto de sacrilegio provocativo. La lucha de clases llevada hasta su últimas consecuencias es la lucha por el poder. La característica de toda revolución consiste en llevar la lucha de clases hasta sus últimas consecuencias. La revolución no es más que la lucha directa por el poder. Sin embargo, lo que a nuestros "socialistas" les preocupa no es quitar el poder al llamado enemigo de clase, que no lo tiene en sus manos ni se puede adueñar de él con sus propias fuerzas, sino, al contrario, el entregárselo a toda costa. ¿Acaso no es esto una paradoja? Y esta paradoja tenía por fuerza que causar asombro; aún no se había dado la revolución alemana de 1918 y el mundo no era aún testigo de una grandiosa operación del mismo tipo, pero realizada con mucho más éxito por la "nueva clase media" acaudillada por la socialdemocracia germana.

¿Cómo explicaban su conducta los colaboracionistas? Uno de sus argumentos tenía un carácter doctrinario: puesto que la revolución es burguesa, los socialistas no deben comprometerse tomando el poder; que la misma burguesía responda por ella. Esto sonaba a incorruptibilidad. En realidad, era una máscara de intransigencia con que la pequeña burguesía quería encubrir su servilismo ante la fuerza de la riqueza y de la educación. Los pequeños burgueses consideraban que el derecho de la gran burguesía al poder era un derecho innato, independiente del balance de fuerzas sociales. El origen de esta actitud radicaba en ese movimiento casi instintivo que impulsa de la acera al arroyo para dejar pasar al barón de Rotschild. Los argumentos doctrinarios empleados no eran más que una especie de concesión con que se quería contrapesar la conciencia de la propia insignificancia. Dos meses después, cuando se vio que la burguesía no podía de ningún modo mantener con sus propias fuerzas el poder que le había sido regalado, los colaboracionistas arrojaron sin empacho por la borda sus prejuicios "socialistas" y entran en el Ministerio de coalición, no para sacar de él a la burguesía, sino, por el contrario, para salvarla; no contra su voluntad: en caso contrario, la burguesía amenazaba a los demócratas con arrojarles el poder a la cabeza.

El segundo argumento que se esgrimía para justificar la renuncia al poder, sin ser más serio en el fondo, tenía un aspecto más práctico. Nuestro conocido Sujánov subrayaba en primer término la "dispersión" de la Rusia democrática: "En aquel entonces, la democracia no tenía en sus manos organizaciones de partido, sindicales o municipales más o menos consistentes e influyentes:" ¡Esto parece una burla! ¡Un socialista que habla en nombre de los soviets de obreros y soldados y no dice una palabra de ellos! Gracias a la tradición de 1905, los soviets brotaron como escupidos por la tierra y se convirtieron inmediatamente en una fuerza incomparablemente más poderosa que todas las demás organizaciones que después intentaron rivalizar con ellos (los municipios, las cooperativas y, en parte, los sindicatos). Por lo que se refiere a los campesinos, clase dispersa por naturaleza, gracias a la guerra y a la revolución aparecieron organizados como no lo habían estado nunca: la guerra aglutinaba a los campesinos en el ejército y daba a éste un carácter político. Más de ocho millones de campesinos estaban organizados en compañías y en escuadrones, que inmediatamente se crearon su representación revolucionaria, por mediación de la cual podían ser puestos en pie en cualquier momento a la primera llamada telefónica. ¡Tal era la "dispersión" proclamada por Sujánov!

Podrá decirse que en el momento de resolver la cuestión del poder, la democracia no sabía aún cuál sería la actitud de las tropas del frente. No plantearemos la cuestión de saber si había el menor motivo fundado para temer o esperar que los soldados del frente, exhaustos por la guerra, apoyasen a la burguesía imperialista. Baste con decir que esta cuestión se resolvió plenamente en el transcurso de los dos o tres días próximos, que fueron precisamente empleados por los colaboracionistas para preparar entre bastidores un gobierno burgués. "El 3 de marzo, la revolución era un hecho consumado", dice Sujánov. A pesar de la adhesión del ejército en pleno a los soviets, los jefes de éstos rechazaban con todas sus fuerzas el poder, al que tenían tanto más miedo cuanto mayor era la intensidad con que se concentraba en sus manos.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué unos demócratas, unos "socialistas", que se apoyaban directamente en unas masas como jamás las ha conocido ninguna democracia en la historia, masas que contaban por añadidura con una experiencia considerable, disciplinadas y armadas, organizadas en soviets, por qué, repetimos, esta poderosa democracia, al parecer invencible, podía tenerle miedo al poder? Este enigma, aparentemente indescifrable, se explica por el hecho de que la democracia no tenía confianza en su propia base, la masa les inspiraba miedo. No creía en la consistencia de la confianza en sí misma, y lo que más temía era la "anarquía", esto es, que al tomar el poder se convirtiera, con éste, en un juguete de las llamadas fuerzas elementales desatadas. Dicho en otros términos, la democracia no se sentía llamada a dirigir al pueblo en el momento de su impulso revolucionario, sino que se consideraba el ala izquierda del orden burgués, un tentáculo de este orden burgués tendido hacia las masas. Si se titulaba "socialista", y aún se consideraba como tal, era para ocultar no sólo a las masas, sino a sí misma, su verdadera misión, y sin esta autosugestión es lo cierto que no habría podido cumplirla. Así se resuelve la fundamental paradoja de la revolución de Febrero.

El primero de marzo por la tarde se presentaron en la reunión del Comité de la Duma los representantes del Comité ejecutivo Cheidse, Stieklov, Sujánov y otros, para examinar las condiciones en que los soviets podían apoyar al nuevo gobierno. Del programa de los demócratas quedaban totalmente excluidas las cuestiones relativas a la guerra, la república, la tierra, la jornada de ocho horas; todo se concretaba en una reivindicación: conceder libertad de propaganda a los partidos de izquierda. ¡Gran ejemplo de desinterés para los pueblos y los siglos el de estos socialistas, en cuyas manos se hallaba todo el poder de una nación y de los cuales dependía por entero el conceder o no la libertad de propaganda a los demás y que entregan el poder a sus "enemigos de clase" a condición de que estos últimos les garantice a ellos... la libertad de propaganda! Rodzianko no se atrevía a ir solo a Telégrafos, y decía a Cheidse y Sujánov: "El poder está en vuestras manos; nos podéis mandar detener a todos nosotros." Cheidse y Sujánov le contestan: "Tomad el poder, pero no nos detengáis porque hagamos propaganda." Cuando se estudian las negociaciones de los colaboracionistas con los liberales y, en general, todos los episodios de las relaciones mantenidas en aquellos días entre el ala derecha y el ala izquierda del palacio de Táurida, parece como si en la escena gigantesca en que se desarrolla el drama histórico del pueblo, una pesadilla de comediantes de la legua, aprovechándose de un rincón que queda libre, se dedicasen en un entreacto a representar un sainete vulgar en ropas menores.

Los jefes de la burguesía -hagámosles justicia- no contaban con esto. Seguramente no hubieran temido tanto a la revolución si hubieran contado con esta política por parte de sus jefes. Ciertamente que, de creerlo, también se habrían equivocado, pero acompañando ya a éstos en la equivocación. Temiendo, a pesar de todo, que la burguesía no accedería a tomar el poder ni aun con las condiciones propuestas, Sujánov plantea un ultimátum amenazador: "Nosotros somos los únicos que podemos contener las fuerzas elementales desencadenadas... No hay más salida que una aceptar: aceptar nuestras condiciones." En otros términos: aceptad un programa, que es el vuestro; en compensación, os prometemos domar a la fiera que nos ha dado el poder. ¡Pobres domadores!

Miliukov estaba asombrado. "No se molestaba en disimular -recuerda Sujánov- su satisfacción y su agradable sorpresa." Cuando los delegados del Soviet añadieron, para darse importancia, que sus condiciones era "definitivas", Miliukov incluso se enterneció y les alentó con la frase siguiente: "Sí; escuchándoos, he pensado en el gran paso de avance que ha dado el movimiento obrero desde 1905 para acá..." En este mismo tono de cocodrilo cariñoso habría de hablar en Brest-Litovsk la diplomacia de Hohenzolern con los delegados de la Rada ucraniana, rindiendo homenaje a sus dotes de hombres de Estado, antes de tragárselos. Si la burguesía no se tragó a la diplomacia soviética no fue precisamente gracias a Sujánov ni por culpa de Miliukov.

La burguesía tomó el poder a espaldas del pueblo. No tenía ningún punto de apoyo en las clases trabajadoras, pero con el poder consiguió algo así como un punto de apoyo de segunda mano: los mencheviques y los socialrevolucionarios, elevados a las alturas por la masa, otorgaron un voto de confianza a la burguesía. Si examinásemos esta operación desde el punto de vista de la democracia formal, nos encontraremos ante algo parecido a unas elecciones de segundo grado, en las cuales los mencheviques y socialrevolucionarios desempeñan el papel técnico de eslabón intermedio, esto es, de compromisarios electores de kadetes. Examinada desde el punto de vista político, no hay más remedio que reconocer que los colaboracionistas burlaron la confianza de las masas llamando al poder a aquellos contra los cuales habían sido elegidos. Finalmente, desde un punto de vista más profundo, desde el punto de vista social, la cuestión se plantea así: los partidos pequeñoburgueses, que en las condiciones normales se manifestaban con una jactancia y una suficiencia excepcionales, exaltados a las cimas del poder, se asustaron de su propia inconsistencia y se apresuraron a poner el timón en manos de los representantes del capital. En este acto de postración se puso inmediatamente de manifiesto la terrible inconsistencia de la nueva clase media y su dependencia humillante con respecto a la gran burguesía. Al darse cuenta, o solamente tener la sensación, de que no podrían conservar el poder en sus manos durante mucho tiempo, de que pronto tendrían que cederlo a derecha o izquierda, los demócratas decidieron que era mejor adelantarse a entregarlo hoy a los respetables liberales para no tener que entregárselo mañana a los representantes extremos del proletariado. Pero, aun así, el papel de los colaboracionistas en toda su motivación social no deja de encerrar una felonía para con las masas.

Al otorgar su confianza a los socialistas, los obreros y soldados lo que hacían, sin saberlo, era despojarse del poder político. Cuando se dieron cuenta de la realidad, se quedaron perplejos, se inquietaron, pero no veían aún el modo de salir de la situación creada. Sus propios representantes acudían con argumentos contra los cuales no tenían una respuesta preparada, pero que se hallaban en contradicción con sus sentimientos e intenciones. Ya en el momento de la revolución de Febrero las tendencias revolucionarias de las masas no coincidieron en lo más mínimo con las tendencias colaboracionistas de los partidos pequeñoburgueses. El proletariado y el campesino votaban al menchevique y al socialrevolucionario, no como a conciliadores, sino como a enemigos del zar, del terrateniente y del capitalista. Pero al votarlos levantaban una barrera entre ellos y los fines que perseguían. Ahora no podían ya avanzar sin chocar con la muralla que habían levantado y destruirla. Tal era el sorprendente quid pro quo que se encerraba en las relaciones de clase puestas de manifiesto por la revolución de Febrero.

A la paradoja fundamental de que hemos hablado vino a unirse en seguida una paradoja suplementaria. Los liberales sólo accedían a tomar el poder de manos de los socialistas, a condición de que la monarquía se aviniera a recogerlo de sus propias manos.

Al mismo tiempo, Guchkov y Chulguin, monárquico a quien ya conocemos, se trasladaban a Pskov, para salvar la dinastía, el problema de la monarquía constitucional se convertía en el eje de las negociaciones entabladas entre los dos Comités del palacio de Táurida. Miliukov trataba de persuadir a los demócratas que le llevaban el poder en una bandeja de plata de que los Romanov no podían ser ya peligrosos, de que, aunque había que suprimir, naturalmente, a Nicolás II, el zarevich Alexéiev, bajo la regencia de Mijail, podía muy bien asegurar el bienestar del país: "El uno es un niño enfermo y el otro es un hombre completamente estúpido." He aquí la silueta del candidato a zar, trazada por el monárquico liberal Schidlovski: "Mijail Alexandrovich rehuía toda intervención en los asuntos del Estado y vivía entregado de lleno a la equitación." Asombrosa recomendación, sobre todo, para luchar ante las masas. Después de la huida de Luis XVI a Varennes, Danton proclamó en el club de los jacobinos que un imbécil no podía ser rey. Los liberales rusos entendían, por el contrario, que la imbecilidad del monarca sería la mejor ofrenda para el régimen constitucional. Tratábase ciertamente de un argumento para impresionar la psicología de los bobos izquierdistas, pero tenía un carácter demasiado tosco aun para la gente a quien se destinaba. En los círculos liberales se decía que Mijail era un "anglófilo", sin precisar si su anglofilia se refería a las carreras de caballos o al parlamentarismo. Lo principal era conservar el símbolo tradicional de poder, pues, de lo contrario, el pueblo se imaginaría que no había poder alguno.

Los demócratas escuchaban, se sorprendían amablemente y trataban de persuadir... ¿de que se proclamara la República? No; de que no se resolviera la cuestión de antemano. El tercer punto de las condiciones del Comité ejecutivo estaba concebido así: "El gobierno provisional no debe dar ningún paso que resuelva de antemano la forma de gobierno." Miliukov planteó la cuestión de la monarquía en forma de ultimátum. Los demócratas estaban desesperados. Pero las masas acudieron en su auxilio. En los mítines del palacio de Táurida, absolutamente nadie, no sólo los obreros, sino ni siquiera los soldados, querían un zar, y no había modo de imponérselo. Pero Miliukov intentó nadar contra la corriente y salvar el trono y la dinastía por encima de la cabeza de sus aliados de izquierda. El mismo observa en su Historia de la Revolución que el 2 de marzo, por la noche, la agitación producida por la noticia de que se había dado la regencia a Mijail "se intensificó considerablemente". Rodzianko describe con mucho más relieve el efecto que las maniobras monárquicas de los liberales producían entre las masas. Tan pronto llegó de Pskov con el acta de abdicación de Nicolás II en favor de Mijail, Guchkov, a petición de los obreros, se dirigió desde la estación a los talleres ferroviarios, dio cuenta de lo ocurrido y, después de leer el acta de abdicación, grito: "¡Viva el emperador Mijail!" El resultado fue inesperado. Según cuenta Rodzianko, el orador fue inmediatamente detenido por los obreros, los cuales, al parecer, le amenazaron incluso con fusilarle. "Con gran trabajo, se consiguió libertarle con ayuda de la compañía de servicio del regimiento más próximo." Como siempre, Rodzianko incurre en exageración en los detalles, pero lo sustancial del caso está descrito de un modo fidedigno. El país había vomitado la monarquía de un modo tan radical, que no había modo de hacérsele tragar de nuevo. Las masas revolucionarias no admitían ni tan siquiera la idea de un nuevo zar.

Ante semejante situación, los miembros del Comité provisional fueron apartándose uno tras otro de Mijail, no de un modo definitivo, sino "hasta la Asamblea constituyente; entonces, ya veremos". Sólo Miliukov y Guchkov defendían la monarquía a sangre y fuego y seguían condicionando a este punto su entrada en el gobierno. ¿Qué hacer? Los demócratas entendían que sin Miliukov no era posible formar un gobierno burgués, y que sin gobierno burgués era imposible salvar la revolución. Los ruegos y los reproches fueron infinitos. En la sesión de la mañana del 3 de marzo parecía que había triunfado completamente en el Comité provisional el criterio de la necesidad de "persuadir al gran duque de que abdicara"; es decir, ¡que le consideraban ya como zar! El kadete de izquierda Nekrasov había llegado a redactar incluso un proyecto de abdicación, pero como Miliukov seguía firme en sus posiciones, después de nuevos y apasionados debates, se votó por fin el siguiente acuerdo: "Ambas partes motivarán ante el gran duque sus opiniones, y sin entrar en discusiones ulteriores le confiarán la solución a él mismo." De este modo, aquel "hombre completamente imbécil", a quien el hermano mayor destronado por la insurrección intentaba transmitir el trono, infringiendo incluso la ley de sucesión dinástica, veíase convertido inesperadamente en superárbrito de la forma de gobierno de un país revolucionario. Por inverosímil que parezca, esta reunión, en que debían decidirse los destinos del Estado, se celebró. Con el fin de persuadir al gran duque de que abandonara las cuadras para ocupar el trono, Miliukov le aseguró que había la posibilidad absoluta de reunir fuera de Petrogrado las fuerzas militares necesarias para la defensa de sus derechos. En otros términos, Miliukov, cuando apenas había tenido tiempo de recibir el poder de las manos de los socialistas, elaboraba el plan de un golpe de Estado monárquico. Después de oír los discursos en pro y en contra, que no fueron pocos, el gran duque pidió que se le diera el tiempo necesario para reflexionar. Después de invitar a Rodzianko a pasar a otra habitación, Mijail le preguntó a quemarropa: "¿Me garantizan los nuevos gobernantes sólo la corona, o también la cabeza?" El incomparable chambelán contestó que lo único que podía prometer era morir a su lado en caso de necesidad. Al pretendiente, esto no le convencía en lo más mínimo. Después de su idilio con Rodzianko, Mijail se presentó de nuevo ante los diputados y declaró con "firmeza" que renunciaba al cargo elevado, pero peligroso, para el que se le proponía. Entonces Kerenski, que encarnaba en estas negociaciones la conciencia de la democracia, se levantó solemnemente de la silla y dijo: "¡Sois un noble, alteza!" Y juró que así lo proclamaría por doquier. "El acto de Kerenski -comenta secamente Miliukov- armonizaba mal con la prosa de la decisión tomada." Hay que convenir en ello. La verdad es que el texto de ese interludio no era para exaltarse. A lo que decíamos más arriba acerca del sainete representado en el entreacto, agregamos que la escena aparecía dividida en dos partes por una mampara: en una, los revolucionarios rogaban a los liberales que salvaran al revolución; en la otra, los liberales imploraban a la monarquía que salvara al liberalismo.

Los representantes del Comité ejecutivo se sorprendían sinceramente de que un hombre tan ilustrado y perspicaz como Miliukov se obstinara tanto por una cosa como la monarquía y se declara incluso dispuesto a renunciar al poder si, como propina, no se le daba también a un Romanov. Pero el monarquismo de Miliukov no tenía nada de doctrinario ni de romántico; era, por el contrario, el fruto del cálculo de los propietarios atemorizados. En el carácter no disimulado de este miedo consistía su fatal debilidad. El historiador Miliukov podía apelar fundadamente al ejemplo de Mirabeau, jefe de la burguesía revolucionaria francesa, que tanto se había esforzado también, en su tiempo, por conciliar la revolución con el rey. Mirabeau obraba impulsado, como él, por el miedo de los propietarios por sus propiedades: era más prudente cubrirlas con el pabellón de la monarquía, del mismo modo que la monarquía se cubría en el pabellón de la Iglesia, que no dejarlas al descubierto. Pero en Francia, en 1789, la tradición de poder real estaba aún reconocida por el pueblo, sin hablar de que toda Europa era monárquica. Al apoyar al rey, la burguesía francesa no se divorciaba aún del pueblo; por lo menos, esgrimía contra él sus propios prejuicios. La situación, en la Rusia de 1917, era completamente distinta. Además de los naufragios y averías por que había pasado el régimen monárquico en los distintos países del mundo, la propia monarquía rusa había sufrido ya en 1905 desperfectos irreparables. Después del 9 de enero, el cura Gapón había lanzado su maldición contra el zar y su "raza de víboras". El Soviet de diputados obreros de 1905 se declaraba abiertamente republicano. Los sentimientos monárquicos de los campesinos, con los cuales la misma monarquía había contado durante mucho tiempo y con los cuales cubría la burguesía su monarquismo, no aparecía por ningún lado. La contrarrevolución armada que se levantó más tarde, empezando por Kornilov, repudiaba hipócritamente, pero por ello mismo de un modo más significativo, el poder del zar; ¡tan poco arraigado estaba el sentimiento monárquico en el pueblo! Sin embargo, la misma revolución de 1905, que hirió de muerte a la monarquía, privó para siempre de base a las inconsistentes tendencias republicanas de la burguesía "avanzada". Estos dos procesos se contradecían y se completaban al mismo tiempo. La burguesía, que ya desde las primeras horas de la revolución de Febrero tuvo la sensación de su naufragio, se agarraba a un clavo ardiendo. No necesitaba de la monarquía porque ésta fuera la fe que la unía con el pueblo; al contrario, la burguesía no podía ya oponer a las creencias del pueblo otra cosa que un fantasma coronado. Las clases "ilustradas" de Rusia entraron en la palestra de la revolución no como heraldos del Estado nacional, sino como mantenedores de las instituciones medievales. Como no tenían un punto de apoyo ni en el pueblo ni en sí mismos, lo buscaban fuera de ellas. Arquímedes se comprometía a levantar el mundo si le daban un punto de apoyo para su palanca, Miliukov, por el contrario, buscaba un punto de apoyo para evitar la transformación de la gran propiedad del suelo, y, al hacerlo, se sentía mucho más próximo a los generales zaristas más anquilosados y a los dignatarios de la Iglesia ortodoxa, que a aquellos demócratas caseros, cuya única preocupación era ganarse la confianza de los liberales. Impotente para quebrantar la revolución, Miliukov había decidido firmemente engañarla. Estaba dispuesto a tragarse muchas cosas: los derechos cívicos para los soldados, los municipios democráticos, la Asamblea constituyente, a condición de que se le diera el punto de apoyo de Arquímedes bajo la forma de la monarquía. Miliukov confiaba en convertir paso a paso la monarquía en un eje en torno al cual se reunieran los generales, la burocracia renovada, los príncipes de la Iglesia, los propietarios, todos los descontentos de la revolución , y crear poco a poco, empezando por el "símbolo", un verdadero freno monárquico real que fuese conteniendo a las masas, a medida que éstas se fueran cansando de la revolución. ¡Lo importante era ganar tiempo! Otro de los directores del partido kadete, Nabokov, explicaba posteriormente la ventaja capital que hubiera representado la aceptación de la corona por Mijail: "Habría quedado eliminada la cuestión fatal de la convocatoria de la Asamblea constituyente durante la guerra." Tengamos presente estas palabras: entre Febrero y Octubre, la lucha en torno a la fecha en que había de convocarse la Asamblea constituyente desempeña un papel considerable, con la particularidad de que los kadetes, al tiempo que negaban categóricamente su propósito de dar largas a la convocación de la representación popular, practicaban una política tenaz de aplazamientos. Desgraciadamente para ellos, sólo podían apoyarse para su política en sí mismos, no habiendo podido conseguir, al fin, el manto monárquico, que tanto anhelaban. Después de la deserción de Mijail, Miliukov no pudo ya agarrarse ni a un clavo ardiendo.

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lunes, 6 de marzo de 2017

MOCIÓN DE CENSURA A RAJOY. MECANISMO DEMOCRÁTICO, PERO NO SE SABE SI SERÁ DEL GUSTO DE HERRERA CARLOS, LOCUTOR DE USTEDES DE LA CADENA COPE PARA ESTAR INFORMADOS



PODEMOS anima al PSOE a presentar una moción de censura para echar del gobierno a Mariano Rajoy

Por Kaos. Estado español
06.03.2017
El PSOE está aún a dos meses de las primarias de las que saldrá escogido su nuevo secretario general, pero en Podemos estarían dispuestos a apoyar una moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy, tanto si Pedro Sánchez volviese a estar al frente del partido como si fuese Susana Díaz la elegida para […]

El PSOE está aún a dos meses de las primarias de las que saldrá escogido su nuevo secretario general, pero en Podemos estarían dispuestos a apoyar una moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy, tanto si Pedro Sánchez volviese a estar al frente del partido como si fuese Susana Díaz la elegida para tomar las riendas -si finalmente decide presentar su candidatura-.

El secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique, animaba este lunes al Partido Socialista a dar este paso, para lo que se vería respaldado por el partido morado.

Este domingo, el líder de la formación, Pablo Iglesias, aseguraba en el programa Salvados que su formación estaría dispuesta a secundar al PSOE para expulsar al PP de La Moncloa, y Echenique iba hoy un paso más allá, afirmando que es el Partido Socialista quien debe dar el primer paso.

“Si no lo hace veremos, esperaríamos que la iniciativa fuera suya”; “Hay números para una moción de censura constructiva con un candidato del partido que más diputados pone”, apostillaba.

Agencias/Prensa

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EL POPULISMO, UNA DEFINICIÓN SIN TRAMPA NI CARTÓN





Populismo: Partido Popular y Trump




Javier Fisac Seco
Eco Republicano
05.03.2017



Populismo: Partido Popular y Trump
Hoy la palabra de moda es populismo. Todavía no he escuchado a ningún intelectual, periodista o analista del espíritu en puro estado de abstracción, que sepa lo que está diciendo cuando habla de populismo. No voy a empezar diciendo la obviedad, que la palabra populista la inventó la derecha clerical. Más precisamente el cura italiano Don Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular, y de la expresión, la palabra popular/populista, como alternativa al comunismo, al socialismo y al liberalismo político. ¿Acaso las dictaduras militares católicas y de derechas en Hispanoamérica, África negra y Filipinas, no han sido dictaduras populistas? Esta posición ideológica debería darnos una idea de lo que estamos hablando.


Setenta años antes que Don Sturzo pusiera en marcha el populismo contra las libertades, otro católico, Luis Napoleón Bonaparte inventó el bonapartismo que, como muy rigurosamente analizó Marx en sus ensayos “La guerra civil en Francia” y “La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850”, era una forma de gobierno populista. Algo así como pretendieron ser, en el siglo XVIII, las monarquías ilustradas de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y sin ilustración. O lo que es lo mismo sin formación intelectual y educativa.


Todas las dictaduras populistas impusieron y siguen imponiendo la doctrina cristiana. Luis Napoleón mediante la “ley Falloux”. Mussolini mediante el Concordato que imponía la doctrina cristiana en toda la Italia fascista. Franco, Salazar, Perón, Pinochet…etc., etc., etc. ¿No fueron populistas todas estas dictaduras? Evidentemente las monarquías ilustradas eran algo más. Eran ilustradas y jansenistas.


El populismo, como cualquier sistema político, se sustenta sobre una ideología. El partido Popular, por ejemplo, no tiene como referente la ideología liberal sino la católica. Pues la cita expresamente en sus estatutos. Por lo tanto, la primera definición que deberían hacer todos aquéllos y aquéllas que hablan de populismo es la calificación de ideología. Es una ideología. Qué tipo de ideología.



El populismo es una ideología alternativa a la democracia y a los comunistas, socialistas y liberales. Por sus orígenes cristianos es una ideología mística, interclasista, autoritaria y, en consecuencia, machista, antifeminista y homófoba.


Cualidades de las que Trump no carece, pero de las que tampoco carecen los papas y obispos, como se empeñan en recordarnos reiteradamente, en su condena pública y doctrinal del feminismo, de la igualdad de género, de la homosexualidad y de las libertades de expresión, imprenta, pensamiento, moral…que vienen condenado desde los tiempos del humanismo renacentista.

Las ideologías populistas existen como alternativa al Poder democrático. Y existen desde mucho antes de que el comunismo fuera una amenaza para las derechas y la Iglesia. Porque se engendraron como alternativa ideológica contra el liberalismo. Su expresión más radical y desesperada fueron el fascismo, el nazismo y las dictaduras militares de los años treinta. Y lo siguen siendo en la actualidad. Por lo tanto, no necesitan ser poder para existir. El problema empieza cuando conquistan el Poder.


Esta ideología, favorecida por la desaparición de la “Guerra Fría”, apunta desde las democracias contra los derechos individuales. Que siguen siendo su enemigo principal y común. En esta batalla Trump y la Iglesia católica tienen intereses comunes. Su objetivo es gobernar en el nombre del pueblo, pero sin el pueblo, conservando el mecanismo democrático de elección de los gobernantes, según el modelo calvinista, pero suprimiendo los derechos individuales, ideología de las democracias, por un individuo con deberes. Según los modelos del calvinista Rousseau, que rechazaba los derechos, y de Kant, discípulo de aquel, con su imperativo categórico. Las ideologías totalitarias o teocráticas nunca se sienten cómodas cuando los individuos tienen derechos.


Esta batalla contra las libertades, que está impulsando Trump en nombre del pueblo y de dios, ya la viene dando la Iglesia. Su última versión está contenida en una expresión que llaman: “democracia política” contra la “ideología democrática”, considerada, ésta, como la causa de todos los males.


Citando las encíclicas “Centesimus annus” y “Veritatis Splendor” ambas de Juan Pablo II, el jesuita Alejandro Llano, en el artículo: “Claves filosóficas sobre el actual debate cultural” publicado en la revista Humanitas” n º 4, escribe: “ Los límites de la ideología democrática…no es posible defender la vigencia pública de unos principios morales sustantivos y permanentes. Y ello, por una fundamental razón: porque los ciudadanos no están de acuerdo en ningún ideal de la vida buena, de manera que imponerles uno de ellos iría en contra de la libertad individual de pensamiento y expresión, que es el quicio mismo del sistema democrático”. De manera que, una democracia sin ideología democrática o derechos individuales sería una forma moderna de populismo. Esta forma de democracia sin derechos es lo que propone hoy la Iglesia y Trump. El PP ya lo aplica.


Javier Fisac Seco


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CENTENARIO DE LA REVOLUCION RUSA


Centenario de la Revolución rusa

Los bolcheviques toman el poder


 Alexander Rabinowitch
Viento Sur
04.03.2017
[La
editorial La Fabrique acaba de publicar “Les Bolcheviques prennent le pouvoir”*, aparecido inicialmente en inglés en 1976. Este libro de Alexander Rabinowitch tiene el enorme mérito de restituir lo que fue realmente la Revolución rusa en Petrogrado, entonces capital de Rusia y sobre todo epicentro de la revolución: un movimiento de insubordinación generalizada en que las clases dirigentes se mostraban incapaces de imponer su dominación como antes y en que las clases subalternas ya no consentían esa dominación (la definición por antonomasia de una “crisis revolucionaria” según Lenin), y al mismo tiempo un momento de aceleración y de bifurcación políticas, cuyas consecuencias serán ingentes a escala mundial.

En particular, el libro examina con todo detalle la política y la acción de los bolcheviques –tanto de la dirección del partido como de los militantes y las organizaciones intermedias– entre julio y octubre de 1917. Permite salvar el escollo cruzado de una disolución del papel del partido bolchevique (que para algunos no habría hecho más que ir a la zaga de los acontecimientos sin desempeñar ninguna función real más que canalizar la combatividad popular) y de una fetichización del mismo (sea negativa, con los bolcheviques como golpistas y usurpadores, sea positiva, como encarnación política del proletariado ruso).

Leyendo el libro se ve claro que es la dialéctica compleja entre una revuelta popular extremamente potente y creativa, una autoorganización de masas en forma de soviets –en los barrios, las empresas, en el frente, así como en el mundo rural, por todas partes se formaban consejos–, y un partido que logró conquistar una audiencia masiva en las filas del proletariado y estaba decidido a llevar a cabo la revolución (es decir, a derribar el poder capitalista), la que explica el destino de la Revolución rusa entre febrero y octubre de 1917.

Un aspecto importante que se desprende del trabajo magistral de Rabinowitch: el papel específico de Lenin. Aunque su acción fue absolutamente decisiva para enderezar en distintas ocasiones la política de la dirección del partido bolchevique y ofrecer una perspectiva de resolución de la crisis revolucionaria –mediante la insurrección armada–, el libro muestra muy claramente que él no fue en modo alguno el maestro de ceremonias de la revolución de Octubre, contrariamente a lo que da a entender una visión policial o estalinista (que a menudo fueron lo mismo), así como cierta ortodoxia trotskista que demasiado a menudo ha sucumbido a una especie de heroización del dirigente bolchevique.
Una de las razones es que Lenin quedó en lo esencial cortado del movimiento revolucionario (al menos hasta la insurrección de octubre): al estar buscado activamente por la policía tras la insurrección abortada de julio, los bolcheviques temían que lo asesinaran en la cárcel y le ordenaron que se fuera de Petrogrado. Pero hay otra razón, que tiene que ver con tres rasgos cruciales del partido bolchevique que llaman la atención al leer el libro:

– la implantación de masas y la confianza de que goza la organización en las filas del proletariado de Petrogrado (y más allá);

– contrariamente a una posterior redefinición deformada del “leninismo” (que divulgó Zinóviev en 1925 y Stalin acentuó posteriormente), la democracia interna, caracterizada por el vigor de los debates que tuvieron lugar entonces en el partido: pese a que la amenaza de la represión y de la contrarrevolución era permanente, en el seno de la organización podían manifestarse divergencias tácticas y estratégicas muy importantes, que incluso podían salir a la luz pública (a diferencia de lo que será el PC de la Unión Soviética bajo Stalin);

– y la autonomía de las organizaciones intermedias del partido, bien se trate de los comités locales, bien de entidades específicas como la organización militar.

Al menos tanto como la capacidad estratégica propia de Lenin (cuyas posiciones quedaron a menudo en minoría o fueron ignoradas o incluso ocultadas por la dirección ante la militancia), fueron por tanto esta implantación de masas (entre los obreros y soldados especialmente), la democracia interna y la flexibilidad organizativa las que permitieron al partido bolchevique mantener el rumbo en las circunstancias fluctuantes del año 1917. Como escribe Rabinowitch en el epílogo de la obra (p. 446-447): “El éxito fenomenal de los bolcheviques también se debe en buena parte a la naturaleza del partido en 1917. Con esto no me refiero ni al liderazgo tan audaz como decidido de un Lenin –cuya importancia histórica, sin embargo, no se puede negar– ni a la unidad o la disciplina organizativa legendarias de los bolcheviques, que muy a menudo se exageran. Quisiera más bien poner de relieve el carácter relativamente democrático, tolerante y descentralizado de las estructuras del partido y de su modo de funcionamiento, así como el hecho de que en aquel entonces operaba fundamentalmente como un partido de masas abierto, en ruptura clara con el modelo leninista tradicional.”

Prosigue Rabinowitsch: “Ya lo vimos, en 1917, cuando la organización bolchevique de Petrogrado conocía constantes intercambios y debates tan libres como apasionados, en todos los niveles, en torno a cuestiones teóricas y tácticas fundamentales. Los dirigentes que estaban en desacuerdo con la mayoría con respecto a tal o cual asunto tenían la posibilidad de defender sus puntos de vista. Y no era raro que Lenin saliera perdiendo en esas controversias. En 1917, algunos órganos subalternos del partido, como el comité de Petersburgo o la organización militar, gozaban de un grado de autonomía e iniciativa notable. Sus opiniones y sus críticas se tenían en cuenta a la hora de fijar la línea política por parte de la dirección. Y sobre todo, esos órganos subalternos podían adaptar sus tácticas y su mensaje a las características de sus propias bases en un contexto que evolucionaba rápidamente.”

El extracto del libro que se reproduce a continuación muestra lo que fue el método de los bolcheviques en general, y de Lenin en particular: no la inflexibilidad y el sectarismo que se les suele atribuir, sino al contrario, la capacidad de tomarse en serio los cambios súbitos de la coyuntura y de forjar alianzas en función de las circunstancias y de objetivos concretos. Rabinowitch describe cómo, a finales del mes de agosto de 1917, los bolcheviques –y especialmente Lenin– respondieron a la amenaza de un golpe de Estado impulsado por la camarilla reaccionaria constituida alrededor del general Kornílov, que contaba entonces con el apoyo de los sectores conservadores y burgueses que estaban hartos de lo que consideraban, desde la revolución de febrero, un desorden insoportable.

Mientras que tan solo unos días antes Lenin acusó a los partidos menchevique y socialista-revolucionario de desempeñar un papel contrarrevolucionario, acto seguido recomendó constituir un frente anti-Kornílov con esas mismas organizaciones, e incluso imaginaba –también durante algunas semanas– un desarrollo pacífico posible de la revolución, lo que suponía buscar y obtener el apoyo de los mencheviques y de los socialistas-revolucionarios a la idea de una ruptura total con la burguesía (es decir, con Kerenski) y de una transferencia inmediata del poder a los soviets (de los que Lenin pensaba, sin embargo, desde julio, que habían perdido toda funcionalidad revolucionaria).

Si bien la situación actual está muy lejos del año 1917 en Petrogrado, la Revolución rusa todavía tiene mucho que enseñar a aquellos y aquellas que se plantean la ruptura con el orden capitalista y la transformación revolucionaria de la sociedad. En particular permite, sin fetichizarla a modo de “lecciones” inmutables y transparentes, replantear algunas cuestiones complejas sobre el sujeto revolucionario (que no fue únicamente, a todas luces, el proletariado industrial de Petrogrado), la organización política (el partido) –su forma, su papel y sus relaciones con los movimientos populares–, así como la cuestión del poder. Cuestiones que se nos plantean ahora de un modo evidentemente distinto, pero que exigen retomar y reapropiarnos de debates antiguos, so pena de sucumbir a la alternativa mortal del olvido o de la insistencia machacona. Ugo Palheta]

“Todo el poder a los soviets”

Durante todos estos últimos días críticos del mes de agosto, Lenin permaneció en su refugio clandestino en Helsingfors, la capital de Finlandia. En este país, que formaba parte del imperio ruso desde 1809, las aspiraciones nacionales complicaban e intensificaban fuertemente la efervescencia que había seguido a la caída del régimen zarista. Helsingfors también era la base principal de la flota del Báltico, en la que los bolcheviques eran muy activos y tenían una gran influencia. Como en otras partes de Rusia, la conflictividad política y social y el apoyo a los programas de la extrema izquierda crecieron con fuerza a finales del verano y comienzos del otoño de 1917. El tercer congreso regional de los soviets del ejército, de la flota y de los trabajadores de Finlandia, reunido en Helsingfors del 9 al 12 de septiembre, eligió un comité ejecutivo permanente (el comité ejecutivo regional del ejército, la flota y los trabajadores de Finlandia), compuesto casi exclusivamente de bolcheviques y socialistas-revolucionarios (SR) de izquierda. Bajo la presidencia del bolchevique ultrarradical Ivar Smilga, este órgano se autoproclamó autoridad política suprema de Finlandia.

Durante su estancia en Helsingfors, Lenin entró en contacto con los dirigentes socialdemócratas locales. Es muy probable que la fuerza de la izquierda y el carácter cada vez más explosivo de la situación política en Finlandia hayan contribuido a orientar su reflexión sobre los avances ulteriores de la revolución en general. Sin embargo, el líder bolchevique estaba preocupado sobre todo por la política revolucionaria en Petrogrado. Poco tiempo después de su paso por Razliv en Finlandia, el 9 de agosto, había conseguido establecer un sistema de comunicación relativamente fiable con el Comité Central, para el envío de la prensa de Petrogrado, que solía llegar al día siguiente de su publicación por la tarde. Además de la reflexión que acompañaba su lectura voraz de las últimas noticias, parece que repartió su tiempo entre la terminación de El Estado y la revolución y la redacción de comentarios para la prensa bolchevique /1.

Fue el 28 de agosto cuando Lenin recibió las primeras noticias sobre la amenaza del general Kornílov de avanzar sobre la capital, y hasta entrada la noche del 29 no recibió los diarios de la víspera, que informaban sustancialmente del comienzo de la crisis. Sin embargo, ni siquiera entonces había recibido todavía algún ejemplar del diario bolchevique Rabotchiy, por lo que no tenía ni idea de la actitud de su partido. Aun así, en la mañana del día 30, mientras esperaba ansiosamente nuevas informaciones procedentes de Petrogrado, escribió una carta de recomendaciones tácticas al Comité Central que anticipaban un cambio de perspectiva importante, aunque provisional, sobre la cuestión del desarrollo de la revolución. La respuesta inicial de Lenin a la amenaza de una dictadura reaccionaria era que la situación política había experimentado de pronto un cambio fundamental y que por tanto había que revisar la táctica del partido. Dejó de afirmar que los rumores de conspiración contrarrevolucionaria respondían a “una estratagema bien meditada de los mencheviques y los SR”, como todavía había hecho durante la conferencia de Moscú. Por el contrario, llamó a los bolcheviques a unirse a la lucha contra Kornílov.

Sin pronunciarse sobre la cuestión crucial de hasta qué punto los miembros del partido podían permitirse cooperar con los socialistas mayoritarios en los preparativos de la defensa, exhortó a sus camaradas a que evitaran apoyar directamente a Kerenski y trataran de derribarlo. Los bolcheviques debían aprovechar más bien todas las ocasiones para denunciar los puntos débiles y los fallos de Kerenski y presionar al gobierno para que pusiera en práctica “medidas parciales” como la detención de Miliúkov, la entrega de armas a los trabajadores, la repatriación de las fuerzas navales a Petrogrado, la disolución de la Duma de Estado, la legislación sobre la entrega de tierras a los campesinos y la introducción del control obrero en las fábricas.

La aceptación tácita de la colaboración con los demás grupos para combatir a Kornílov y la insistencia en la necesidad de presionar a favor de “medidas parciales” se desmarcaban de las posiciones anteriores de Lenin cuando sostenía que los bolcheviques debían mantener sus distancias con respecto a los mencheviques y los SR y que la tarea prioritaria del partido era la conquista directa del poder por el proletariado en el plazo más breve posible. Como hemos visto, fue esa precisamente la posición adoptada durante los primeros días del mes de agosto por parte de la mayoría de dirigentes del partido en Petrogrado. Esta aprobación inesperada de su línea por parte de Lenin la puso de relieve en una posdata añadida a su carta al Comité Central en la noche del día 30, después de haber recibido un nuevo paquete de diarios de Petrogrado, entre ellos varios ejemplares del Rabotchiy. “Habiendo leído seis números de Rabotchiy después de escribir este texto”, explicaba Lenin, en efecto, “debo decir que nuestros puntos de vista coinciden totalmente /2.”

Esta evolución del pensamiento de Lenin por efecto de la crisis korniloviana apareció de forma todavía más pronunciada en un artículo titulado “A propósito de los compromisos”, que redactó el 1 de septiembre y que se difundió en Petrogrado dos días después. De hecho, resulta difícil interpretar este ensayo como algo distinto de un deseo de marcar las distancias con respecto a las principales hipótesis subyacentes a las directrices del líder bolchevique al sexto congreso: la decadencia de los soviets como instituciones revolucionarias, la quiebra irreversible de los mencheviques y los SR y la absoluta necesidad de tomar el poder por la fuerza. Estimulado por la debilidad y el aislamiento evidentes de Kerenski, impresionado por la energía desplegada por los soviets en la lucha contra Kornílov e intrigado por la hostilidad aparentemente creciente de los mencheviques y los SR a dar continuidad a la colaboración con los Cadetes, Lenin pasó a plantear la posibilidad de retomar el programa táctico “pacifista” de antes de julio, tal como lo defendía la fracción moderada del partido.

Más concretamente, proponía un compromiso con los socialistas mayoritarios que en términos generales seguiría estas pautas: de momento, los bolcheviques abandonarían su reivindicación de traspasar el poder a un gobierno formado por representantes del proletariado y del campesinado pobre y recuperarían oficialmente la consigna de antes de julio, “todo el poder a los soviets”. A cambio de ello, los mencheviques y los SR asumirían el control de un gobierno responsable ante el soviet de Petrogrado. En el conjunto de Rusia, el poder político pasaría a manos de los soviets locales. Los bolcheviques no participarían en el gobierno y conservarían la plena libertad de defender su propio programa. En esencia, “A propósito de los compromisos” expresaba el hecho de que Lenin estaba ahora dispuesto a abandonar la violencia armada y a competir por el poder en el seno de los soviets con medios políticos si los mencheviques y los SR rompían con la burguesía. El líder bolchevique pasó a sostener que esta línea
puede asegurar muy probablemente el progreso pacífico de la revolución en su conjunto y ofrece oportunidades excepcionales de realizar grandes avances en el movimiento mundial hacia la paz y la victoria del socialismo.
El 3 de septiembre, cuando Lenin se disponía a enviar “A propósito de los compromisos” a Petrogrado, se enteró de la creación del Directorio, la reticencia fundamental de la mayoría de los socialistas moderados a proceder a la formación de un gobierno exclusivamente socialista y, por el contrario, sus esfuerzos por organizar un nuevo gabinete de coalición con representantes de la burguesía no pertenecientes a los Cadetes. Bajo la influencia de estas noticias, Lenin añadió una breve posdata a “A propósito de los compromisos”, en la que formuló la siguiente observación pesimista:
Ahora pienso, después de leer los diarios del sábado y domingo, que nuestra oferta de compromiso llega sin duda demasiado tarde. Los pocos días en que el desarrollo pacífico de los acontecimientos todavía era posible pertenecen sin duda, también ellos, al pasado /3.
Sin embargo, Lenin no abandonó ni siquiera entonces totalmente la idea de un curso pacífico. Durante la primera semana y media de septiembre, su interés por un posible “compromiso” se mantuvo vivo, al menos en parte, a la vista de las informaciones que le llegaban sobre las permanentes disensiones internas que desgarraban las filas de los mencheviques y los SR en relación con el futuro gobierno. También estaba al corriente de la creciente antipatía entre Kerenski y los dirigentes socialistas moderados del soviet de Petrogrado, como reflejaba, por ejemplo, la resistencia obstinada del comité de lucha frente a los intentos del gobierno de disolver los comités revolucionarios creados al calor de la crisis korniloviana. En todo caso, veremos a Lenin retomar la cuestión de un posible compromiso con los moderados y la evolución no violenta de los revolución en tres artículos consecutivos: “Las tareas de la revolución”, “La revolución rusa y la guerra civil” y “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución” /4.

En “Las tareas de la revolución”, escrito alrededor del 6 de septiembre, pero no publicado hasta finales de ese mes, Lenin expuso de manera más detallada las propuestas políticas que había formulado primeramente en “A propósito de los compromisos”.
“Una vez el poder en sus manos, los soviets podrían todavía –y esta es probablemente su última oportunidad– asegurar el desarrollo pacífico de la revolución, la elección pacífica de los diputados del pueblo, la lucha pacífica de los partidos en el seno de los soviets /5.”
En “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución”, escrito uno o dos días más tarde (pero publicado el 14 de septiembre), Lenin se extendió sobre la importancia suprema del poder estatal en el desarrollo de toda revolución y sobre el nuevo significado que atribuía a el traspaso inmediato de “todo el poder a los soviets”:
La cuestión del poder no se puede eludir y relegar a un segundo plano, porque es la cuestión fundamental, la que determina todo el desarrollo de la revolución, su política exterior e interior. […] Toda la cuestión, ahora, radica en saber si, sí o no, la democracia pequeño-burguesa ha aprendido algo durante estos seis meses tan importantes, tan ricos en acontecimientos. Si es que no, la revolución está perdida, y únicamente una insurrección victoriosa del proletariado podrá salvarla. Si es que sí, hay que empezar a crear de inmediato un poder estable y firme. […] Únicamente el poder de los soviets podría ser estable; es el único que no podrá ser derribado, ni siquiera en las horas más agitadas y de la más tempestuosa de las revoluciones; únicamente este poder podría asegurar el desarrollo amplio y continuo de la revolución, la lucha pacífica de los partidos en el seno de los soviets.
Centrándose en los mencheviques y los SR, Lenin prosiguió explicando el significado de la consigna “Todo el poder a los soviets”, tal como la había resucitado en “A propósito de los compromisos”:
Sin embargo, la consigna ‘Todo el poder a los soviets’ se entiende muy a menudo, por no decir en la mayoría de los casos, de forma absolutamente equivocada, en el sentido de un ‘ministerio formado por los partidos que tienen la mayoría en los soviets’ […]. ‘El poder a los soviets’ significa una refundición radical de todo el antiguo aparato de Estado, aparato burocrático que impide toda iniciativa democrática; la supresión de este aparato y su sustitución por un aparato nuevo, popular, verdaderamente democrático, el de los soviets, es decir, de la mayoría organizada y armada del pueblo, de los obreros, los soldados y los campesinos; la facultad otorgada a la mayoría del pueblo de hacer gala de iniciativa e independencia, no solo para la elección de diputados, sino también en la administración del Estado, en la aplicación de reformas y de transformación sociales.
Únicamente un régimen de los soviets, venía a decir, tendría el coraje y espíritu de decisión suficientes para instituir un monopolio de los cereales, imponer controles eficaces de la producción y la distribución, limitar la emisión de papel moneda, asegurar un intercambio equitativo de trigo por productos manufacturados, etc., todas estas medidas que resultaban necesarias a causa de los imperativos y las dificultades sin precedentes de la guerra, el grado excepcional de desintegración económica y el peligro de hambruna. Crear un gobierno de este tipo, “valiente y decidido”, equivaldría a instaurar una “dictadura del proletariado y de los campesinos pobres”, cuya necesidad ya había subrayado en sus “Tesis de abril”. Se enfrentaría enérgicamente a Kornílov y sus partidarios y llevaría a cabo inmediatamente la democratización del ejército.

Lenin aseguraba a sus lectores que 48 horas después de su formación, el 99 % de los hombres en uniforme se convertirían en partidarios entusiastas de la dictadura. Entregaría la tierra entre los campesinos y todo el poder a sus comités locales, atrayéndose así el apoyo indefectible de las masas rurales. Únicamente un gobierno fuerte que gozara de una base popular, sostenía el líder bolchevique, sería capaz de aplastar la resistencia de los capitalistas, de manifestar un coraje y una determinación extremas en el ejercicio del poder y de asegurarse el apoyo entusiasta y la abnegación heroica de las masas en uniforme y del campesinado. La entrega inmediata del poder a los soviets, insistía, era la única manera de conseguir avances graduales, pacíficos y ordenados al mismo tiempo/6.

En el último de estos ensayos, “La revolución rusa y la guerra civil”, probablemente terminado de escribir el 9 de septiembre (y publicado el 16), Lenin trató de apaciguar los recelos de los socialistas moderados, que temían que una ruptura con la burguesía provocara una sangrienta guerra civil, sosteniendo, por el contrario, que la amargura y la indignación crecientes de las masas garantizaban que las tergiversaciones con respecto a la formación de un gobierno de los soviets comportarían inevitablemente una sublevación de los trabajadores y una guerra civil que, por mucho que hubiera que hacer lo posible por evitar el baño de sangre que provocaría, concluiría de todos modos con la victoria del proletariado.
[Ú]nicamente la entrega inmediata de todo el poder a los soviets haría que la guerra civil fuera imposible en Rusia”, explicaba. […] “Frente a esta alianza, frente a los soviets de diputados obreros, de soldados y campesinos, cualquier guerra civil desencadenada por la burguesía es impensable, pues esta ‘guerra’ no daría pie ni a una sola batalla.
Para ilustrar su razonamiento, Lenin destacaba la impotencia de la burguesía durante el golpe de Kornílov. La alianza de los bolcheviques, de los SR y de los mencheviques “supuso durante esas jornadas una victoria total sobre la contrarrevolución, conseguida con una facilidad sin parangón en ninguna otra revolución” /7.

El hecho de que esta moderación inaudita de Lenin no fuera acogida sin oposición es una prueba de la libertad de debate que reinaba entonces en el seno de la organización bolchevique. En el momento en que los dirigentes bolcheviques de Petrogrado pudieron leer el artículo “A propósito de los compromisos”, los comités ejecutivos panrusos habían rechazado formalmente la declaración bolchevique del 31 de agosto. Para los editores de Rabotchiy Put’, el tipo de “compromiso” planteado por Lenin parecía impracticable. Uno de los miembros del comité de redacción, Grigori Sokólnikov, recuerda incluso que “A propósito de los compromisos” fue rechazado inicialmente por la redacción. Por insistencia de Lenin, reconsideró esta decisión y publicó el artículo el 6 de septiembre /8.

También se vio expresar objeciones contra los puntos de vista de “A propósito de los compromisos” entre los miembros del comité regional de Moscú /9, conocidos por su radicalismo, y entre algunos dirigentes más izquierdistas del comité de Petersburgo. En el sexto congreso, es decir, apenas cuatro semanas antes, estos últimos habían apoyado, en efecto, las posiciones de Lenin en la cuestión de la ruptura total con los socialistas moderados y de la posibilidad de tomar el poder por las armas, y estaban visiblemente muy consternados ante este cambio de postura de última hora de su líder. Esta reacción de determinados dirigentes locales de Petrogrado se manifestó con motivo de una reunión de análisis de la “situación actual” celebrada por el comité de Petersburgo el 7 de septiembre, al día siguiente de la publicación de “A propósito de los compromisos” /10.

Fue Slutski, en nombre de la comisión ejecutiva del comité, quien abrió el debate sin morderse la lengua. Aunque aceptó la afirmación de Lenin de que las masas y los socialistas moderados se habían radicalizado y la idea de que, en cierto sentido, los soviets habían vuelto a cobrar dinamismo ante la intentona de Kornilov, se rebeló contra la idea de un acercamiento con los mencheviques y los SR, sosteniendo que las principales tareas del partido consistían en evitar que las masas se lanzaran a acciones prematuras y prepararse para utilizar los soviets como centros de combate en la conquista del poder /11. Más adelante, Slutski volvió a tomar la palabra para responder a argumentos favorables al punto de vista de Lenin:
Tanto en las fábricas como entre los campesinos acosados por la pobreza, asistimos a una radicalización. Por tanto, es absurdo hablar hoy de compromiso. ¡Nada de compromiso! […] Nuestra revolución no se asemeja a las que hemos conocido en Occidente. Se trata de una revolución proletaria. Nuestra tarea consiste en aclarar nuestra postura y en prepararnos para un enfrentamiento militar.
En una vena similar, G. F. Kolmin, un pensador independiente que había formado parte de las cabezas locas del partido en julio, rechazó la idea de que los soviets, los mencheviques y los SR hubieran cambiado fundamentalmente a raíz de la intentona de Kornilov:
“Su radicalización no nos brinda ninguna razón para pensar que los soviets adoptarán un rumbo revolucionario. No debemos cambiar de posición. Nuestro objetivo no consiste en ir de la mano con los dirigentes de los soviets, sino en tratar de arrebatar a sus elementos más revolucionarios de su influencia y movilizarlos en nuestras filas.”
También es interesante observar que las observaciones del representante del Comité Central en el comité de Petersburgo, Búbnov, se acercaban más a las opiniones expresadas por Slutski y Kolmin que a las ideas de Lenin expresadas en “A propósito de los compromisos”.
Es difícil determinar el grado de popularidad de estas posiciones radicales entre los miembros del comité de Petersburgo, dado que la discusión del 7 de septiembre sobre la situación actual no dio pie a ninguna resolución final. De todas maneras, del mismo modo que durante el periodo anterior a julio, la idea de una vía pacífica era compatible a corto plazo tanto con las concepciones programáticas de los bolcheviques moderados, como Kámenev –quien consideraba que Rusia no estaba preparada para una revolución socialista y de momento se planteaba a lo sumo la formación de un gobierno de amplia coalición formado exclusivamente por los partidos socialistas, incluidos los bolcheviques, la creación de una república democrática y la convocatoria de una asamblea constituyente–, como con las de dirigentes como Lenin, Trotsky y algunos cuadros locales de Petrogrado. Para estos últimos, la entrega del poder a los soviets y la formación de un gobierno de mencheviques y socialistas-revolucionarios se percibían como una etapa transitoria del desarrollo de una revolución socialista, que debía desembocar rápidamente en la instauración de una dictadura del proletariado y del campesinado pobre.

Está claro que la línea propuesta por Lenin halló un eco favorable entre la mayoría del Comité Central. De hecho, durante las primeras semanas de septiembre, bajo la dirección del Comité Central, los bolcheviques de Petrogrado dedicaron más esfuerzos a tareas acordes con la posibilidad de una evolución pacífica de la revolución que no a la profundización de sus divergencias con los moderados o a preparar a las masas para la conquista armada del poder a corto plazo, de acuerdo con el espíritu de las directrices de Lenin en el sexto congreso. En particular, hicieron todo lo posible por ganar el apoyo de elementos todavía vacilantes del campo menchevique-SR para la idea de una ruptura completa con la burguesía, lo que les permitió ampliar y consolidar la influencia del partido en el seno de las organizaciones de masas (y sobre todo del soviet de Petrogrado) y asegurarse la más amplia representación en las filas de la Conferencia Democrática de Estado. Esta estaba programada ya para mediados de septiembre y había sido concebida por los mencheviques y los SR como el foro en que se resolvería finalmente la cuestión de la coalición y de la naturaleza del nuevo gobierno.

La competición por adquirir influencia en el soviet de Petrogrado mereció una atención especial por parte de los bolcheviques. En la sensacional votación del 31 de agosto, en que una mayoría apoyó el programa político bolchevique, habían participado menos de la mitad de los diputados con derecho a voto. Buena parte de los ausentes eran soldados (un grupo hasta entonces muy influido por los SR), todavía movilizados en posiciones defensivas alrededor de la capital. Por tanto, no es extraño que los socialistas moderados no dieran demasiada importancia a la victoria bolchevique del 31 de agosto, pues confiaban en una pronta inversión de la tendencia.

Para medir sus fuerzas en el soviet de Petrogrado, los estrategas SR y mencheviques aprovecharon la ocasión de la elección de la directiva de este organismo. Desde sus comienzos en marzo, los miembros de la directiva procedían exclusivamente de las filas de estas dos organizaciones. Entre ellos estaban Chjeidse, Tsereteli, Chernov, Dan, Skobélev, Gots y Anisímov, es decir, las figuras públicas más conocidas de los moderados y las que gozaban de la máxima autoridad. Estas eminentes personalidades amenazaban ahora con dimitir en bloque si no se repudiaba formalmente el voto del 31 de agosto y si no obtenían un voto de confianza. Esta estrategia colocaba a los bolcheviques en una posición delicada, pues era posible, e incluso verosímil, que no lograrían reunir suficientes votos para ganar este pulso simbólico. El repudio del voto del 31 de agosto y un voto de confianza a favor de los mencheviques y los SR implicaban un serio cuestionamiento de los recientes éxitos del partido en la acumulación de un apoyo de masas más amplio.

Para descartar la posibilidad de semejante derrota, los bolcheviques trataron de minimizar el significado político del voto sobre la directiva y desviaron la atención sobre cuestiones de procedimiento. Más concretamente, defendieron la idea de que no era justo que la directiva estuviera compuesta únicamente por miembros de la mayoría. En lugar de elegir entre programas políticos opuestos y dejar que los que ganen formen la directiva, como proponían los moderados, los bolcheviques explicaron que sería más democrático reconstituir la directiva sobre una base proporcional, añadiendo cierto número de miembros de grupos que hasta entonces no estaban representados. Esta propuesta les pareció razonable a muchos delegados que se inclinaban a la izquierda, pero que habrían dudado de alinearse con los bolcheviques a riesgo de recusar totalmente a sus propios dirigentes /12. En un esfuerzo por tranquilizar a estos indecisos, Kámenev defendió del modo siguiente la tesis de la representación proporcional:
Si los mencheviques y los SR han podido considerar aceptable una coalición con los Cadetes en la Conferencia de Estado de Moscú, no veo por qué no podrían plantear una política de coalición con los bolcheviques en el marco de este organismo.
El voto crucial sobre los procedimientos de reestructuración de la directiva tuvo lugar al comienzo de la sesión del 9 de septiembre del soviet de Petrogrado. La posición bolchevique alcanzó una exigua mayoría /13. Posteriormente, Lenin criticaría a sus camaradas del soviet por haber defendido la representación proporcional en la elección de la directiva; veía en ello un nuevo ejemplo de aceptación de un grado excesivo de cooperación con los demás grupos socialistas a expensas de los objetivos propios del partido. Sin embargo, la pertinencia de la táctica de la representación proporcional se confirmaría más adelante, durante la misma sesión, cuando el debate sobre otra propuesta de los bolcheviques demostró que estos últimos no disponían todavía de una mayoría fiable en el soviet. En este caso, los cambios propuestos por los bolcheviques en la manera en que debían estar representados los soldados en el soviet fue rechazada por la mayoría de diputados, y los bolcheviques tuvieron que retirar su propuesta de resolución en el último momento para evitar una derrota segura /14.

Al final, la hábil estrategia de los bolcheviques en el soviet de Petrogrado dio sus frutos. Cuando se anunciaron los resultados de la votación del 9 de septiembre sobre la representación proporcional, los socialistas mayoritarios que formaban la directiva saliente abandonaron la sala en una reacción airada, así que el 25 de septiembre se procedió a reorganizar completamente la dirección del soviet. La directiva pasó a estar formada entonces por dos SR, un menchevique y cuatro bolcheviques (Trotsky, Kámenev, Rýkov y Fédorov); Trotsky sustituyó a Chjeidse en la presidencia /15.

Paralelamente, la dirección del partido también seguía con mucha atención los preparativos de la Conferencia de Estado. En un telegrama del 4 de septiembre, dirigido a los 37 comités del partido de todo el país y en una carta suplementaria de la misma fecha, los dirigentes bolcheviques habían subrayado la importancia de una nutrida representación en esa conferencia; encarecieron a los militantes que se familiarizaran con la composición de la conferencia y que obraran, en la medida de lo posible, por lograr que salieran elegidos miembros del partido. Todos los delegados elegidos con el apoyo de los bolcheviques debían presentarse a su llegada a la capital en el cuartel general del grupo bolchevique en el soviet, en el Smolny, para recibir instrucciones /16.

La esperanza de que la Conferencia Democrática de Estado recusara la política de coalición y adoptara medidas con vistas a la formación de un nuevo gobierno exclusivamente socialista se desvaneció estrepitosamente cuando se conoció el origen respectivo de los 1 198 delegados. Estaban representados los soviets obreros, campesinos y de soldados, dumas municipales, comités del ejército, sindicatos y una docena de otras instituciones menos importantes. Sin embargo, la proporción de escaños otorgados a los soviets de trabajadores urbanos y de soldados, así como a los sindicatos, organizaciones en las que los bolcheviques tenían más influencia, era baja en comparación con la representación atribuida a los soviets rurales, los gobiernos locales y las cooperativas, todavía dominados por los moderados.

Ni siquiera en estas condiciones abandonaron los bolcheviques completamente la esperanza de que la conferencia concluyera con la formación de un gobierno socialista. En su reunión del 13 de septiembre, el Comité Central asignó a Trotsky, Kámenev, Stalin, Miliutin y Rýkov la tarea de redactar una plataforma ad hoc para presentar en la conferencia /17. Basada en parte en los escritos de Lenin de comienzos de septiembre, el texto en cuestión partía de la hipótesis de que todavía era posible una evolución pacífica de la revolución y de que la conferencia podía y debía concluir con la formación de un gobierno revolucionario /18.

Al igual que el artículo de Lenin “A propósito de los compromisos”, la plataforma bolchevique para la Conferencia Democrática de Estado era esencialmente un llamamiento dirigido a los antiguos partidarios de la política de coalición para que rompieran con la burguesía y una expresión de confianza en los soviets como órganos de un gobierno revolucionario. La plataforma declaraba sin ambages que los bolcheviques no habían tratado de tomar el poder en contra de la voluntad de la mayoría de las masas trabajadoras y que no se les ocurriría hacerlo. En términos parecidos a los de Lenin, se afirmaba que en virtud de la plena libertad de agitación y de la continua regeneración de los soviets desde la base, es dentro de estos últimos donde tendría lugar la lucha por la influencia y el poder /19. Sin embargo, al mismo tiempo la plataforma divergía de “A propósito de los compromisos” en la medida en que no descartaba la posibilidad de que los bolcheviques formaran parte de un gobierno de los soviets /20; parece que esto fue obra de la influencia de Kámenev.

En la víspera de la Conferencia Democrática de Estado se vio claramente que los recelos de la extrema izquierda con respecto a la probable composición de este órgano estaban justificados. Entre los delegados que llegaban a Petrogrado y estaban dispuestos a manifestar abiertamente su adscripción, 532 se declararon SR (de ellos, 72 SR de izquierda), 530 mencheviques (de ellos, 56 mencheviques-internacionalistas), 55 socialistas populares y 17 sin afiliación partidaria. Solamente había 134 bolcheviques /21.

No obstante, en los debates preliminares en los grupos de delegados de cada partido y en las reuniones de delegados por afiliación institucional, se vio de inmediato que no había consenso entre los moderados sobre la cuestión crucial de continuar o no la política de coalición con los partidos no socialistas; las divergencias importantes que habían aparecido al respecto después de la intentona de Kornílov incluso se habían profundizado. El malestar de numerosos dirigentes mencheviques y SR, que hasta entonces se habían mostrado fieles al gobierno provisional, lo puso de manifiesto el menchevique Bogdánov el primer día de la conferencia:
En esta terrible coyuntura, hemos de reconocer sin ilusión que carecemos de toda autoridad gubernamental; asistimos a un verdadero vals de ministros en el seno del gabinete, exactamente igual que en la época del zarismo. El resultado de este vaivén ministerial incesante es un gobierno totalmente ineficaz, y es a nosotros a quien incumbe la responsabilidad de esta situación. […] No me resulta agradable, como partidario que soy de la política de coalición, tener que concederlo, pero hay que reconocer que la causa principal de esta parálisis gubernamental es precisamente el hecho de que se trata de un gabinete de coalición /22:
De este modo, a medida que se desarrollaba la Conferencia Democrática de Estado, los dirigentes bolcheviques de Petrogrado creían poder percibir todavía algunos signos alentadores que reforzaban su esperanza de que una mayoría de delegados acabaran votando a favor de la ruptura con Kerenski y de la formación de un gobierno socialista homogéneo. A esta esperanza persistente se refería Zinóviev en un editorial publicado en portada del número del 13 de septiembre de Rabotchiy Put’, que sin duda circuló ampliamente entre los delegados recién llegados a Petrogrado:
La cuestión principal a que se enfrenta hoy cualquier revolucionario es saber si todavía existen posibilidades de un desarrollo pacífico de la revolución y qué hay que hacer para reforzar esas posibilidades. Es preciso responder que estas posibilidades dependen fundamentalmente de la adopción de un compromiso concreto, de un acuerdo definido entre la clase obrera, que se adhiere plenamente a la línea de nuestro partido, y las masas adeptas de la democracia pequeño-burguesa, que siguen la línea de los SR y los mencheviques. […] Un acuerdo con las fuerzas democráticas pequeño-burguesas es deseable y, en unas condiciones que conocemos bien, posible. […] La conferencia panrusa que se inaugura dentro de poco todavía puede abrir la puerta a esta salida pacífica /23.
La Conferencia Democrática de Estado inició sus trabajos, en la tarde del 14 de septiembre, bajo los oropeles del teatro Alexandra (hoy teatro Pushkin). Esta venerable sala de espectáculos de la época zarista, cuyos palcos, platea y anfiteatro estaban repletos de delegados venidos de todas partes de Rusia, ofrecía ahora una apariencia sumamente insólita. Los lujosos acolchados de las butacas y de los palcos se confundían con el océano escarlata de las banderas revolucionarias. En el escenario, la escenografía mostraba una gran sala con varias puertas flanqueadas de palmeras y enebros falsos. Los miembros de la directiva estaban sentados detrás de una larga mesa estrecha que ocupaba toda la longitud del proscenio; delante de la mesa, un atril revestido de rojo llevaba la inscripción: “¡Prohibido fumar!”

La esperanza bolchevique de que se formara un nuevo gobierno con ocasión de la Conferencia Democrática de Estado quedó reflejada en la alocución oficial pronunciada en nombre del partido por Kámenev en la sesión inaugural y en los comentarios realizados al día siguiente por Trotsky ante los delegados bolcheviques. En su largo discurso, Kámenev declaró que el balance de los gabinetes de los últimos seis meses impedía albergar la mínima confianza en las políticas propuestas por Kerenski. Subrayó que la situación se había deteriorado tanto que ahora ya no cabía perseverar en las experiencias de coalición gubernamental. La incapacidad del gobierno para sofocar el movimiento contrarrevolucionario en el seno del ejército, así como las medidas equivocadas en materia de política agraria, de abastecimiento de alimentos y de política internacional, no podían atribuirse a tal o cual ministro socialista, sino a la influencia política de la burguesía como clase:
No hay ni un solo ejemplo de revolución en la que la realización de los ideales de los trabajadores no haya provocado el terror de las fuerzas contrarrevolucionarias. […] Si las fuerzas democráticas no tienen la voluntad de tomar ahora el poder, deben decirse a sí mismas con toda sinceridad: ‘No confiamos en nuestras propias capacidades y, por consiguiente, son los Burishkin y los Kishkin /24 quienes deben asumir las responsabilidades en nuestro lugar, nosotros no sabemos qué hacer con ellas.’ […] Pueden ustedes redactar perfectamente un programa que cumpla los requisitos de la democracia obrera, pero es utópico creer que ese programa será aplicado realmente de forma sincera por la burguesía. […] La única orientación posible es que el poder estatal sea entregado a las fuerzas de la democracia; no a los soviets de diputados de obreros y soldados, sino a los órganos de la democracia que están muy bien representados aquí. Debemos instaurar un nuevo gobierno y una institución ante la cual este gobierno sea responsable /25.
En las directrices que transmitió a los delegados bolcheviques, Trotsky explicó que, en la medida de lo posible, su objetivo prioritario debía ser el de convencer a la conferencia de que rechazara toda coalición con las clases privilegiadas y tomara la iniciativa de organizar un nuevo gobierno; una vez coronada por el éxito, esta iniciativa sería el primer paso hacia la entrega del poder a los soviets /26.

Vale la pena observar que mientras Kámenev defendía la creación de un gabinete de amplia coalición democrática (que reflejara la diversidad de los grupos invitados a la Conferencia Democrática de Estado) y estaba en contra de un régimen basado exclusivamente en los soviets, Trotsky abogaba a su vez por la entrega íntegra del poder a estos últimos. Esta diferencia importante expresaba dos concepciones fundamentalmente divergentes sobre el desarrollo de la revolución rusa que pronto alimentarían una de las controversias internas más feroces y más significativas de la historia del bolchevismo. No obstante, en el contexto específico que nos ocupa aquí, lo importante es que tanto Kámenev como Trotsky, a semejanza de la mayoría de los bolcheviques de Petrogrado, vieran con buenos ojos los trabajos de la Conferencia Democrática de Estado y las perspectivas de una evolución pacífica de la revolución.

Vista la moderación que prevalecía entre los bolcheviques en aquel periodo, y dado que desde comienzos de septiembre el propio Lenin alentaba este enfoque, cabe imaginar la consternación que cundió entre las filas de los dirigentes del partido cuando el 15 de septiembre recibieron dos cartas escritas por Lenin entre el 12 y el 14 del mismo mes, en las que abandonaba completamente las posiciones moderadas expresadas en “A propósito de los compromisos” y exhortaba a los bolcheviques a asumir la tarea de preparar un levantamiento armado a la mayor brevedad posible.

Lenin tenía al parecer varios motivos que se reforzaban mutuamente para efectuar un giro tan radical. Citemos en primer lugar, entre los factores determinantes: la fuerza de las posiciones de la extrema izquierda en Finlandia; el apoyo mayoritario al programa bolchevique en los soviets de Moscú y Petrogrado, además de una serie de otros soviets regionales; la propagación masiva de revueltas de los campesinos hambrientos de tierras en el medio rural; la desintegración creciente de las fuerzas armadas en el frente y las reivindicaciones cada vez más insistentes de los soldados a favor de una paz inmediata; los signos de agitación revolucionaria en las filas de la marina alemana. Todos estos procesos parecen haber animado en Lenin la esperanza de que la toma del poder por los bolcheviques contaría con un fuerte apoyo en las ciudades y no chocaría con ninguna oposición sustancial en las provincias y en el frente.

Además, podía pensar que la formación de un gobierno verdaderamente revolucionario en Rusia catalizaría la rebelión de las masas en los demás países europeos. Está claro que a partir del momento en que el líder bolchevique concibió la posibilidad de una solución rápida del problema de la creación de un gobierno de extrema izquierda, su interés por la perspectiva de un “compromiso” con los partidos socialistas moderados amainó. Por otro lado, y de una manera un poco contradictoria, parece que Lenin estaba realmente alarmado ante la posibilidad de que el gobierno lograra de un modo u otro frenar el impulso revolucionario negociando una paz separada, entregando Petrogrado a los alemanes, manipulando las elecciones a la asamblea constituyente o provocando una insurrección popular desorganizada. También le preocupaba al parecer la eventualidad de que, si el partido temporizaba durante demasiado tiempo, empezara a perder su influencia entre las masas y resultara incapaz de detener la deriva de Rusia hacia la completa anarquía.
La primera de las cartas de Lenin, dirigida a la sazón al Comité Central y a los comités de Moscú y Petersburgo, comenzaba así:
Habiendo obtenido la mayoría en los soviets de diputados obreros y de soldados de ambas capitales, los bolcheviques pueden y deben tomar el poder. Pueden porque la mayoría activa de los elementos revolucionarios del pueblo de ambas capitales basta para arrastrar a las masas, para vencer la resistencia del adversario, para aniquilarlo y para conquistar el poder y conservarlo.
La Conferencia Democrática de Estado, insistió,
no representa a la mayoría del pueblo revolucionario, sino únicamente a los dirigentes pequeño-burgueses conciliadores”. ¿Por qué debían los bolcheviques tomar el poder “justamente hoy”? Porque según Lenin, “la rendición inminente de Petrogrado nos ofrecerá muchas menos oportunidades”.
Correspondía a los dirigentes locales decidir sobre el terreno el mejor momento para iniciar un levantamiento; en lo que respecta a la dirección del partido, debía aprovechar de inmediato la presencia en Petrogrado del equivalente a un congreso del partido para emprender la tarea de organizar “la insurrección armada en Petrogrado y Moscú (y en la región), la conquista del poder, el derrocamiento del gobierno”. Tomando el poder tanto en Moscú como en Petrogrado (a Lenin no le importaba mucho quién debía comenzar), concluyó Lenin, “venceremos sin ninguna duda, con toda seguridad” /27.

En su segunda misiva, titulada “El marxismo y la insurrección” y dirigida únicamente al Comité Central, Lenin sostuvo que “considerar la insurrección como un arte” no era en absoluto blanquismo, sino un principio fundamental del marxismo. Para triunfar, escribió, la insurrección debe apoyarse, no en un complot, no en un partido, sino en el proletariado y en el impulso revolucionario del pueblo. En suma, la insurrección debía producirse en el apogeo de la actividad de la vanguardia del pueblo y en el instante en que las vacilaciones eran más fuertes en las filas del enemigo. Cuando se cumplían estas condiciones, negarse a considerar la insurrección como un arte equivalía a “traicionar al marxismo, […] traicionar a la revolución”.

A partir de esto, Lenin procedió a explicar por qué una insurrección inmediata estaba “en el orden del día”. Estableció un contraste entre la situación actual y la que prevalecía en julio, cuando el partido no contaba todavía con el apoyo del proletariado; ahora, a raíz de las persecuciones de que habían sido víctimas y de la experiencia de Kornílov, los bolcheviques disponían de una mayoría en los soviets de Moscú y Petrogrado. En julio no existía un impulso revolucionario en el conjunto del país, y la intentona de Kornílov había suscitado precisamente este impulso. Finalmente, los adversarios de los bolcheviques estaban muy decididos entonces, mientras que ahora se mostraban llenos de vacilaciones. “[N]o habríamos conservado el poder los días 3 y 4 de julio”, concluyo Lenin,
porque antes de la aventura de Kornílov, el ejército y la provincia habrían podido marchar sobre Petrogrado. Hoy, la situación es totalmente distinta. […] Todas las condiciones objetivas de una insurrección coronada por el éxito se cumplen.
Hacia el final de este texto, Lenin solicitó que el Comité Central consolidara el grupo bolchevique en la Conferencia Democrática de Estado “sin miedo a dejar a los indecisos en el campo de los indecisos”. Le instó a redactar una breve declaración (“cuanto más breve y más tajante, mejor”)
subrayando de la manera más categórica la inoportunidad de largos discursos, la inoportunidad de los ‘discursos’ en general, la necesidad de una acción inmediata para salvar la revolución, la necesidad absoluta de una ruptura completa con la burguesía, de la destitución de todos los miembros del gobierno actual, […] la necesidad de traspasar inmediatamente todo el poder a manos de la democracia revolucionaria dirigida por el proletariado revolucionario.
Los bolcheviques, “[d]espués de leer esta declaración, después de haber reclamado decisiones y no palabras, actos y no resoluciones escritas”, debían enviar “a todo nuestro grupo a las fábricas y los cuarteles”. Al mismo tiempo, considerando la insurrección como marxistas, es decir, como un arte, debían organizar sin demora
el estado mayor de los destacamentos insurreccionales, distribuir [sus] fuerzas, enviar a los regimientos más seguros a los puntos más importantes, cercar el teatro Alexandra, ocupar la fortaleza Pedro y Pablo [y] detener al estado mayor general y al gobierno.
También debían
movilizar a los obreros armados, convocarlos a una lucha definitiva y encarnizada, ocupar simultáneamente el telégrafo y el teléfono, instalar nuestro estado mayor de la insurrección en la central telefónica, conectarlo por teléfono con todas las fábricas, todos los regimientos, todos los centros de la lucha armada /28.
No es extraño que la reacción inicial de los dirigentes bolcheviques de Petrogrado a estos mensajes de Lenin fuera harto similar a la que había acogido anteriormente sus “Cartas desde lejos”. “Estábamos todos estupefactos”, recordará Bujarin algunos años después /29. Varios miembros del Comité Central abandonaron a toda prisa el teatro Alexandra para reunirse en su propio cuartel general en sesión secreta de urgencia para discutir sobre las cartas de Vladímir Ilíich. En esta reunión no solo participaron los miembros del Comité Central presentes normalmente en la capital y responsables de la gestión cotidiana de los asuntos del partido (a saber, Bubnov, Djerzinski, Ioffe, Miliutin, Sverdlov, Sokolonikov, Stalin y Uritski), sino también Kámenev, Kolontai y Trotsky (era la segunda reunión del Comité Central a la que este asistía desde su salida de la cárcel), los moscovitas Bujarin, Lómov, Noguin y Rýkov, así como Stepán Chaumian, representante de la organización bolchevique en el Cáucaso.

Casi todos habían recibido una copia de las cartas de Lenin antes de la deliberación /30. Lo que se ha publicado de este debate es muy fragmentario /31. El comité entendió de común acuerdo que sería oportuno programar rápidamente una reunión sobre las cuestiones tácticas. Stalin propuso que se hiciera circular más ampliamente las cartas de Lenin, pero esta propuesta fue rechazada, pese al hecho de que la primera misiva estuviera dirigida específicamente no solo al Comité Central, sino también a los comités de Moscú y de Petersburgo. Por el contrario, la mayoría de los presentes parecían desear que se destruyeran discretamente. Bujarin sostuvo más tarde que el Comité Central calibró la posibilidad de quemar las cartas, e incluso que decidió por unanimidad hacerlo /32. Según el acta oficial del debate, el comité votó a favor de conservar una sola copia de cada carta y adoptar medidas para evitar que cundiera el nerviosismo.

Según Lómov, una de las mayores preocupaciones del Comité Central en aquel momento era
lo que podía suceder si las cartas llegaban a manos de los trabajadores de Petrogrado […] y de los comités de Moscú y de Petersburgo, pues ello habría provocado de inmediato enormes disensiones en nuestras filas. […] Temíamos que si las palabras de Lenin llegaban a los trabajadores, serían muchos los que dudarían de lo acertado de la posición adoptada por el conjunto del Comité Central /33.
Para mayor seguridad, el Comité Central concluyó el debate del 15 de septiembre confiando a dos de sus miembros, que trabajaban respectivamente con la organización militar y el comité de Petersburgo (eran Sverdlov y Bubnov), la responsabilidad de velar por que en los cuarteles y las fábricas no circulara ningún llamamiento a la acción inmediata al estilo del preconizado por Lenin.

De momento, por tanto, los llamamientos de Lenin al derrocamiento del gobierno provisional fueron rechazados sin más ceremonia. Si cabe señalar un cambio de actitud pública de los bolcheviques durante la Conferencia Democrática de Estado tras la recepción de los mensajes de Lenin, no es más que el hecho de que Trotsky comenzara a descartar la posibilidad de que de esta surgiera un gobierno cuya creación fuera una primera etapa hacia la entrega del poder a los soviets. Ahora insistía categóricamente en la entrega directa del poder político a los soviets. Este cambio sutil, pero importante, se puso de manifiesto el 18 de septiembre, en una reunión de los delegados de los soviets de obreros y soldados a la conferencia. Trotsky emprendió allí una encendida polémica con Mártov, quien se expresó a favor de la formación de un gobierno socialista amplio que incluyera a representantes de todos los principales grupos invitados a la conferencia. Trotsky sostuvo, por el contrario, que, vista la composición de la Conferencia Democrática de Estado, era sumamente imprudente confiarle poderes gubernamentales, y que de hecho era necesario entregar el poder a los soviets, que se habían acreditado como fuerza política enérgica y constructiva /34.

De todos modos, los bolcheviques no cejaron en sus esfuerzos por convencer a los delegados a la conferencia de que debían romper con la burguesía y adoptar las primeras medidas encaminadas a la creación de un gobierno revolucionario. Así, en la sesión del 18 de septiembre, dieron lectura formalmente a la declaración oficial del partido sobre la cuestión del gobierno, es decir, de la plataforma autorizada por el Comité Central el 13 de septiembre, que como hemos visto se inspiraba en parte en el artículo de Lenin “A propósito de los compromisos”. Esa noche, respondiendo a los llamamientos de los bolcheviques, 150 delegados de las fábricas y unidades de Petrogrado se manifestaron delante del teatro Alexandra para apoyar la formación de un gobierno exclusivamente socialista. Por tanto, en vez de abandonar la conferencia y convocar a las masas para la insurrección, como proponía Lenin, el partido movilizó a los obreros y soldados para presionar a la Conferencia Democrática de Estado e incitarla a adoptar una línea más radical /35.

Para Lenin, la presentación de la plataforma bolchevique en la Conferencia Democrática de Estado era una señal innegable de que la dirección del partido rechazaba las tesis expuestas en sus misivas de mediados de septiembre. No cabe duda de que se sintió todavía más perturbado al leer la edición del 16 de septiembre de Rabotchiy Put’, que incluía su ensayo “La Revolución rusa y la guerra civil”, debidamente atribuido a su autor. No solo el Comité Central había tomado medidas para que el conjunto del partido no se viera influido por sus llamamientos a un levantamiento inmediato, sino que también se ocupaba de difundir sus puntos de vista anteriores para dar la impresión de que el líder bolchevique seguía manteniendo las posiciones moderadas que había defendido la semana anterior.

Este fue el momento en que Lenin decidió volver de inmediato a Petrogrado, a pesar de que el Comité Central se lo había prohibido expresamente, según la explicación oficial porque le preocupaba su seguridad. El 17 de septiembre, o poco tiempo después, sin autorización del Comité Central /36, Lenin viajó de Helsingfors a Vyborg, a 130 kilómetros de la capital, y avisó a Krupskaya y Svérdlov –pero no al Comité Central– de que estaba firmemente decidido a volver a Petrogrado /37.

* Alexander Rabinowitch, Les bolcheviques prennent le pouvoir. La révolution de 1917 à Petrograd, París, La Fabrique, 2016.

Notas:
1/ G. S. Rovio, Kak Lenin skryvalsja u gel’singforsskogo policmajstera, En Institut Marksizma-leninizma pri CK KPSS, Lenin v 1917 godu, vospominanija, Moscú, 1967, p. 148-156 ; Starcev, V. I. Lenin v avguste 1917 goda, p. 121-130 ; Starcev, O nekotoryh rabotah V. I. Lenina pervoj poloviny sentjabrja 1917 g., en A. L. Fraiman, (dir.), V. I. Lenin v oktjabre i v pervye gody sovetskoi vlasti, Leningrado, 1970, p. 30-31 ; H. M. Astrahan y cols., Lenin i revoliucija 1917 g., Leningrado, 1970, p. 277-284 ; Norman E. Saul, Lenin’s Decision to Seize Power: The Influence of Events in Finland , Soviet Studies, abril de 1973, p. 491-505 ; M. M. Koronin, V. I. Lenin i finskie revoljucionery, Voprosy Istorii, 1967, n° 10, p. 11-17.

2/ Lenin, PSS, vol. 34, p. 119-121.

3/ Ibid., p. 133-139.

4/ Los historiadores occidentales apenas han prestado atención a estos escritos. Entre los historiadores soviéticos que trataron de dilucidar de forma precisa la evolución de las opiniones de Lenin, estas cartas son objeto de una gran confusión y ocasionalmente de amargas disputas. Esto se debe en particular al hecho de que toda discusión abierta sobre el apoyo proclamado de Lenin a un desarrollo pacífico de la revolución en septiembre de 1917 y sobre la relación entre sus opiniones al respecto y las de la dirección del partido en Petrogrado se consideraba tabú. También se debe en parte al desfase entre la redacción de estos ensayos y su publicación; aparentemente, hasta hace muy poco no se ha realizado un intento prudente de comprobar la fecha exacta de su elaboración. Para diferentes puntos de vista, véase A. M. Sovokin, O vozmožnosti mirnogo razvitija revoljucii posle razgroma kornilovščiny, Voprosy Istorii KPSS, 1960, n° 3, p. 50-64; B. I. Sandin, Lenin o sootnošenii mirnogo i vooružennogo putej razvitija revoljucii posle razgroma kornilovščiny, Učenye zapiski Leningradskogo gosudarstvennogo pedagogičeskogo instituta, vol. 195, vyp. 2 (1958), p. 213-232; S. N. Frumkin, V. I. Lenin o vozmožnosti mirnogo razvitija revoljucii, Učenye zapiski Riazanskogo gosudarstvennogo pedinstituta, vol. 19 (1958), p. 29-51; Starcev, O nekotoryh rabotah V. I. Lenina pervoj poloviny sentjabrja 1917 g., p. 28-38 ; N. Ja. Ivanov, Nekotorye voprosy krizisa ‘pravjaščih verhov’ i taktika bol’ševikov nakanune oktjabr’skogo vooružennogo vosstanija, en I. I. Minc, Lenin i oktjabr’skoe vooružennoe vosstanie v Petrograde: Materialy Vsesojuznoj naučnoj sessii sostojavšejsja 13-16 nojabrja 1962 g. v Leningrade, Moscú, 1964, p. 202-214. Salvo en las ediciones más recientes de las obras de Lenin, estos ensayos están recopilados en orden cronológico de su publicación, es decir, entre el 14 y el 27 de septiembre. Un análisis definitivo de las pruebas textuales internas ha llevado a V. I. Startsev a concluir que los tres extractos habían sido redactados antes de los que solía creerse (o sea, entre el 6 y el 9 de septiembre).

5/ Lenin, PSS, vol. 34, p. 229-238.

6/ Ibid., p. 200-207.

7/ Ibid., p. 214-228.

8/ Sokól’nikov, Kak podhodit’ k istorii oktjabrja, p. 165; Oktjabr’skoe vooružennoe vosstanie, vol. 2, p. 188.

9/ Véase Perepiska sekretariata CK RSDRP(b) s mestnymi partijnymi organizacijami, vol. 1, p. 186-187.

10/ Las actas de esta reunión están reproducidas en Pervyj legal’nyj Peterburgskij komitet, p. 259-270.

11/ Slutski presentó una resolución de la comisión ejecutiva que no se publicó y que al parecer reflejaba claramente su posición.

12/ Sobre esta cuestión véase Trockij, Sočinenija, vol. 3, 1ª parte, p. 435-436.

13/ El resultado fue de 519 votos a favor del plan bolchevique, 414 a favor de la resolución socialista moderada y 67 abstenciones.

14/ Todas las unidades de la guarnición de Petrogrado, independientemente de su tamaño, tenían derecho a un representante por lo menos en el soviet de Petrogrado, mientras que la representación de los obreros se ajustaba a la regla de un diputado por mil trabajadores. En la práctica, esto creaba un gran desequilibrio entre los soldados, entre los que los SR eran relativamente fuertes, y los obreros, entre los que la influencia de los bolcheviques era muy fuerte. Desde el comienzo del mes de agosto, los bolcheviques trataron sin éxito de eliminar esta desventaja proponiendo que hubiera un representante por cada unidad de mil soldados, como en el caso de los obreros.

15/ Vladimírova, Hronika sobytii, vol. 4, p. 269.

16/ Perepiska sekretariata CK RSDRP(b)s mestnymi partijnymi organizacijami, vol. 1, p.

 35; Komissarenko, “Dejatel’nost’ partii bol’ševikov”, p. 300.

17/ Protokoly Central’nogo komiteta, p. 49.

18/ A este respecto, véase V. I. Starcev, Iz istorii prinjatija rešenija ob organizacii vooružennogo vosstanija, en “Lenin i oktjabr’skoe vooružennoe vosstanie v Petrograde”, p. 472.
19/ Protokoly Central’nogo komiteta, p. 49-54 ; Trockij, Sočinenija, vol. 3, 1ª parte, p. 293-298, p. 351-357; véase también Oktjabr’skoe vooruzbennoe vosstanie, vol. 2, p. 196 y 206.

20/ A este respecto, véase Reiman, Russkaja revoljucija, vol. 2, p. 271.

21/ Isvestia, 17 de septiembre, p. 7.

22/ Soldat, 17 de septiembre, p. 3.

23/ Rabočij Put’, 13 de septiembre, p. 1-2.

24/ A. A. Burishkin era un industrial moscovita y Kishkin un Cadete de Moscú; ambos participaban entonces en las conversaciones con Kerenski sobre un futuro gobierno.

25/ Las informaciones periodísticas sobre el discurso de Kámenev divergen notablemente. Véase Rabočij Put’, 17 de septiembre, p. 2-3 ; Isvestiya, 15 de septiembre, p. 5 ; Novaya Žizn’, 15 de septiembre, p. 5.

26/ Isvestiya, 16 de septiembre, p. 5.

27/ Lenin, PSS, vol. 34, p. 239-241.
28/ Ibid., p. 242-247.

29/ N. I. Bujarin, Iz reči tov. Buharina na večere vospominanii v 1921 g., PR, 1922, n° 10, p. 319.

30/ E. D. Stasova, Pis’mo Lenina v CK partii, en Vospominanija o V. I. Lenine, 5 vol., Moscú, 1969, vol. 2, p. 454.

31/ Protokoly Central’nogo komiteta, p. 55.

32/ Bujarin, Iz reči tov. Buharina na večere vospominanii, p. 319.

33/ G. Lómov, V dni buri i natiska, PR, 1927, n° 10 (69), p. 166.

34/ Novaja Žizn’, 19 de septiembre, p. 5.

35/ Oktjabr’skoe vooružennoe vosstanie, vol. 2, p. 208-209.

36/ A. Šotman, Lenin nakanune oktjabrja, en O Lenine, 4 vol., Moscú y Leningrado, 1925, vol. 1, p. 116.

37/ N. Krupskaja, Lenin v 1917 godu, en O Vladimire ll’iče Lenine: Vospominanija 1900-1922, Moscú, 1963, p. 208 ; K. T. Sverdlova, Jakov Mihajlovič Svérdlov, Moscú, 1960, p. 283.


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