lunes, 6 de octubre de 2025
jueves, 2 de octubre de 2025
El pantano de Ucrania, ¿por qué Occidente cree su propia propaganda?
El pantano de Ucrania, ¿por qué Occidente cree su propia propaganda?
Rebelión / org
25/08/2025
foto
Fuentes: El tábano economista
Lo principal es esencial a los ojos, Trump felicitó a Zelensky por su traje
(El Tábano Economista)
El infierno
estratégico, se podría argumentar, no es necesariamente un lugar de llamas y
agonía explícita, sino más bien una sala de espejos donde cada decisión se
refleja invertida, distorsionada hasta convertirse en su propia derrota. Es la
siniestra habilidad de tener la verdad frente a los ojos, desnuda y cruda, y
persistir en interpretarla al revés, confundiendo la arrogancia con la
fortaleza, la sumisión con la unidad y, el más grave de todos los errores, un
alto al fuego temporal con la frágil paz duradera. Esta disonancia cognitiva,
este abismo entre la narrativa fabricada y la realidad material, encuentra su
expresión más pura y costosa en el pantano de Ucrania.
Existe un
guion, meticulosamente elaborado, cuya narrativa insiste, con una terquedad
cercana al fervor religioso, en que la operación especial rusa comenzó como un
acto de agresión no provocada un día de febrero de 2022. Algo horrible de decir
o espantoso de contar, que como era de esperar, surgió de la mente revanchista
de un solo hombre, desconectado de cualquier contexto histórico de seguridad
previa.
Cualquier
mención a las causas profundas, a la secuencia de eventos será tachada de
«propaganda del Kremlin». Sin embargo, para comprender el callejón sin salida
actual y la férrea posición de Moscú, es imperativo, por incómodo que resulte,
trazar esa línea histórica, que nunca modificó su narrativa. La expansión
constante de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el
este, desde la disolución de la Unión Soviética en 1991, no es un detalle
anecdótico; es la herida abierta, la grieta tectónica que incubó este
conflicto.
Avanzó
aproximadamente 1.600 kilómetros hacia las fronteras rusas, incorporando a una
decena de países que antes integraban el Pacto de Varsovia; no fue un acto
geopolítico neutral. Fue, en la percepción rusa —y no sin una base de razón—,
el desmembramiento deliberado y progresivo de cualquier arquitectura
de seguridad colectiva euroasiática que pudiera incluir a Moscú
como un socio en pie de igualdad. Ignorar esta lógica fundamental, este casus
belli estructural, es condenarse a no comprender absolutamente nada
del conflicto y menos aún, su discusión.
La prueba más
dolorosa de esta obstinación occidental yace en un documento fantasma, un
camino no tomado que condenó a cientos de miles a una muerte evitable. En la
primavera de 2022, el mundo estuvo al borde de una solución. Según revelaciones
del Wall Street Journal, que
han sido corroboradas por diversas fuentes, existió un borrador de tratado de
paz entre Rusia y Ucrania, un texto de 17 páginas que delineaba el fin del
conflicto.
Sus cláusulas,
ahora vistas desde el presente, parecen provenir de una realidad alterna donde
la sensibilidad prevaleció sobre la arrogancia. Ucrania se comprometía a
restaurar su neutralidad constitucional, abandonando toda aspiración de
ingresar a la OTAN; otorgaba estatus oficial al idioma ruso; aceptaba límites
concretos al tamaño y capacidades de sus fuerzas armadas, renunciando a
albergar armas extranjeras ofensivas, y, lo crucial, reconocía la influencia rusa
en Crimea, a cambio de recibir garantías de seguridad de los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, un mecanismo multilateral que
incluía a Rusia, pero también a potencias occidentales.
Sobre los
territorios de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, el documento preveía un
mecanismo de consulta popular, un referéndum bajo supervisión internacional para
decidir su estatus futuro, un proceso que, de todos modos, Moscú impondría
meses después, en septiembre de 2022. Este acuerdo, por imperfecto que fuera,
hubiera congelado el conflicto, salvado innumerables vidas y preservado la
integridad territorial ucraniana en mucha mayor medida que la catástrofe
actual.
¿Por qué no se
firmó? La respuesta es el núcleo de la tragedia occidental: la creencia
fanática en su propia propaganda. La narrativa de una Rusia al borde del
colapso, estrangulada por sanciones económicas «sin precedentes» y derrotada en
el campo de batalla por un David ucraniano armado por Occidente, se impuso
sobre la realidad. El entonces primer ministro británico, Boris Johnson, fue
enviado a Kiev con un mensaje claro, según múltiples reportes: no se firmará
ningún acuerdo; Occidente proveería todo lo necesario para la victoria.
Era una apuesta
basada en una ilusión, una que el propio New York
Times y otros medios del establishment se
vieron forzados a admitir que había fracasado estrepitosamente tras la
contraofensiva ucraniana del verano de 2023, un esfuerzo monumental que se
estrelló contra las profundas líneas defensivas rusas con un coste humano y
material inaceptable, un desgaste que continuó hasta septiembre de 2024,
sellando el destino del conflicto. La guerra se prolongó no porque Ucrania
pudiera ganar, sino porque Occidente no podía admitir que su estrategia de
derrotar a Rusia era un espejismo. Prefirieron sacrificar la paz posible en el
altar de una victoria imposible.
El 14 de junio
de 2024, en un
discurso fundamental ante los ejecutivos de su Ministerio de
Asuntos Exteriores, el presidente Vladímir Putin enumeró las condiciones para
poner fin a la guerra. Sus condiciones eran, en esencia, las mismas de 2022,
pero ahora endurecidas por el hierro y la sangre de dos años más de guerra: 1)
la desmilitarización de Ucrania, reduciendo drásticamente su potencial
ofensivo; su «desnazificación», un término propagandístico que en la práctica
se traduce en un cambio de élite política en Kiev mediante elecciones; 2) el
restablecimiento permanente de la neutralidad constitucional,
enterrando cualquier aspiración a la OTAN, y, el punto crucial, el
reconocimiento internacional de la «nueva realidad sobre el terreno», es decir,
la anexión rusa de las cuatro regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia
en sus fronteras completas, aunque no las controle totalmente.
Solo una vez
aceptados estos hechos Moscú estaría dispuesto a sentarse a hablar de lo que
Putin llama la «reorganización de la arquitectura de seguridad euroasiática»,
es decir, abordar la causa raíz que ellos identifican: la expansión de la OTAN.
¿Algo ha cambiado? En absoluto. La única diferencia es que ahora Rusia no
negocia desde una posición de buscar un compromiso, sino desde la posición de
una potencia victoriosa que busca la rendición de su adversario y la
formalización de sus ganancias. Occidente, que en 2022 despreció un acuerdo que
hubiera salvado mucho de lo que ahora está perdido, se encuentra ante unas
exigencias mucho más severas.
La intrínseca y
brutal relación entre el avance en el campo de batalla y la mesa de
negociaciones quedó expuesta de manera obscena con la reciente intervención del
presidente Trump reduciendo los 50 días para alcanzar una tregua con Ucrania.
Era el reconocimiento tácito de un hecho incontrovertible para cualquier
analista militar serio: la línea del frente ucraniano se está desintegrando.
Los avances rusos están quebrando la resistencia enemiga, que sufre de una
escasez crítica de soldados, artillería, municiones y defensas aéreas. La
propuesta de Trump de una reunión en Alaska, por surrealista que pareciera, era
un síntoma de desesperación, un intento de Washington de crear una rampa de
salida gestionada antes de que el colapso militar en el teatro europeo se
volviera total e incontestable, arrastrando consigo el prestigio y la
credibilidad de Estados Unidos.
La cumbre de
Alaska, en este sentido, fue una jugada maestra de Putin, una maniobra de soft
power ejecutada con precisión quirúrgica. Le permitió presentarse ante
el mundo no como un paria, sino como un actor global legítimo e
indispensable, recibido en suelo estadounidense para discutir los
términos de la paz, términos que él mismo dictaba. Le otorgó una legitimidad
diplomática que Occidente le había negado durante años y, lo que es más
crucial, le regaló un tiempo invaluable para continuar sus operaciones militares
de desgaste, consolidando sus ganancias territoriales mientras sus oponentes se
distraían con el teatro de la diplomacia. Alaska, como era previsible, no
produjo un avance concreto, pero su mera celebración fue una victoria
propagandística y estratégica para Moscú.
Demostró que,
después de tres años de conflicto y de una retórica belicista sin cuartel, era
la OTAN —o más precisamente— su líder, Estados Unidos, quien, reconociendo su
derrota indirecta, se veía forzada a mendigar una conversación. La pregunta
crucial que flota en el aire es: ¿por qué Rusia, desde su posición de fuerza
abrumadora, extendería este salvoconducto a Washington? ¿A cambio de qué
concedería a Estados Unidos una retirada medianamente digna de este pantano?
La respuesta
parece tejerse en una compleja red de cálculos de largo plazo. Es posible que
el Kremlin vea en Trump a un interlocutor más pragmático, menos ideologizado y
más susceptible de entablar una relación transaccional basada en intereses
mutuos, lejos del moralismo de la administración Biden. Existe la posibilidad
de un gran quid pro quo que trascienda Ucrania: un
entendimiento tácito sobre esferas de influencia que podría abarcar desde la
gestión del Ártico y los recursos energéticos, hasta acuerdos sobre la no
proliferación de cierto tipo de armamentos o incluso una relajación coordinada
de sanciones.
La audaz teoría
de un «Kissinger inverso» —donde Estados Unidos intentaría separar a Rusia de
su alianza estratégica con China— es, aunque extremadamente difícil, un objetivo
lo suficientemente tentador para Washington como para ofrecer concesiones
sustanciales a Moscú. Para Rusia, incluso el simple hecho de flirtear con esta
posibilidad le otorga una ventaja en su relación con Beijing, permitiéndole
negociar desde una posición de mayor fuerza con su poderoso socio oriental,
evitando convertirse en un mero satélite de China. Es un juego de equilibrios
geopolíticos de alto riesgo donde Rusia, astutamente, se posiciona como el
pivote entre dos gigantes enfrentados.
Sin embargo, la
imagen más elocuente de la derrota estratégica europea y su humillante
subordinación no se encontró en las estepas de Ucrania, sino en el Salón Oval
de la Casa Blanca. Como astutamente expuso el analista Alfredo Jalife-Rahme,
dos fotografías valen más que un millón de palabras para capturar el nuevo
orden mundial en ciernes. La primera muestra a Donald Trump junto a un
Volodymyr Zelensky visiblemente incomodo, posando frente a un mapa mural de
Ucrania que, por su ubicación, resulta profundamente sugerente, casi como un
presagio de la amputación territorial que se avecina (bit.ly/3V647wq). La
segunda es aún más devastadora: un grupo de líderes europeos: el Canciller
alemán, el presidente francés, el primer ministro británico, la presidenta de
la Comisión Europea —sentados apretujados en sus sillas, con semblantes ceñudos
y cuerpos encogidos, como colegiales regañados— frente a la imponente mesa de
trabajo de Trump, flanqueada por los bustos vigilantes de Abraham Lincoln y
Theodore Roosevelt, titanes de la unidad y el poder presidencial estadounidense
(bit.ly/4oInf1d).
La imagen es
perfecta: la vieja Europa, arrogante y presumida de su poder, reducida a un coro
de suplicantes expectantes, aguardando mansamente la audiencia del nuevo
emperador para ser informada de su destino. Habían acudido allí con una chispa
de valentía. Creyeron que acompañar a Zelensky les daría peso colectivo. Fue un
error catastrófico de cálculo. El objetivo real de convocarlos, según confesó
un alto funcionario de la administración Trump a Politico,
era precisamente el opuesto: decirles: “Estamos al mando; aprueben todo lo que
digamos».
Esta torpeza
europea no nace solo de la cobardía política; nace de una realidad material
incontestable y aterradora. La capacidad de Europa para librar esta guerra —o
cualquier guerra de alta intensidad contra una potencia como Rusia— sin el
paraguas nuclear, logístico, de inteligencia y militar de Estados Unidos es
simplemente inexistente. El proyecto de autonomía estratégica europea ha sido,
hasta ahora, poco más que un eslogan bonito para discursos en conferencias. Una
retirada abrupta de Estados Unidos, o incluso una reducción sustancial de su
compromiso, dejaría al continente frente a un desastre estratégico de
proporciones históricas. Carece de una fuerza disuasoria creíble por sí sola:
sus stocks de armamento están agotados tras dos años de enviarlos a Ucrania, su
industria militar es lenta, fragmentada e incapaz de escalar en una producción
a la velocidad necesaria.
El movimiento
de Trump al convocar a los europeos fue de una jugada maquiavélica. Tenía un
objetivo dual perfecto. Por un lado, al forzar a los líderes europeos a
presenciar y, por su silencio implícito, avalar la negociación directa con
Zelensky, conviertiendolos en cómplices de cualquier acuerdo desfavorable que
se alcanzara. Sin ellos la idea de que Zelensky, presionado por Trump, aceptar
términos perjudiciales, y pudiera luego volver a Bruselas o Berlín en busca de
refugio entre sus «socios belicistas», quedaba instantáneamente destruida.
Si Europa,
representada por sus máximos líderes, guardó una dócil obediencia en el Salón
Oval, no puede luego desvincularse del resultado. Por otro lado, proporciona a
Estados Unidos la coartada perfecta para una retirada gestionada. Si el acuerdo
finalmente se firma —aunque sea una capitulación encubierta— Washington podrá
presentarlo como un éxito de su diplomacia, caso en contrario se atribuirá
cualquier concesión dolorosa a la «debilidad» o «intransigencia» de los
europeos y de Zelensky.
La narrativa ya
está siendo preparada: «Hicimos lo posible, pero nuestros aliados no estuvieron
a la altura», «Zelensky se aferró a un orgullo nacionalista irresponsable».
Incluso se especula con la posibilidad de orquestar una «revolución de colores»
en Kiev para derrocar a un Zelensky que, una vez firmada la paz, se convertiría
en un recordatorio viviente de la derrota y cuyo alto nivel de corrupción
—documentado por Transparencia International y otros— lo hace extremadamente
vulnerable a ser usado como chivo expiatorio. Su principal motivación para
mantenerse en el poder, más allá del patriotismo, podría ser muy pragmática: la
inmunidad judicial. Sin la presidencia, podría enfrentar no solo el ostracismo
político, sino la prisión.
El momento más
surrealista y revelador de toda esta tragicomedia geopolítica ocurrió cuando,
en medio de la reunión con los europeos y Zelensky presentes, Trump llamó por
teléfono a Vladimir Putin y, en un alarde de teatro diplomático, le ofreció
organizar una cumbre inmediata con Zelensky y él estar presente. La respuesta
de Putin, transmitida a todos los presentes, fue una maestría del desdén: No tienes que
venir. Quiero verlo personalmente.
Fue la
confirmación final de que la guerra se terminará en los campos de batalla,
mientras un presidente estadounidense negocia directamente con el Kremlin el
futuro de Europa, con los líderes europeos reducidos a espectadores mudos y
consentidos de su propia irrelevancia. Es el compendio de la pérdida de
soberanía, el costo final de haber creído su propia propaganda y haber
dilapidado, en una sucesión interminable de errores, cualquier oportunidad de
forjar un destino estratégico propio.
El nuevo eje
del mundo gira en torno a Moscú y Washington, las causas principales del
conflicto no se han movido, por lo que la paz, parece bastante lejana.
miércoles, 1 de octubre de 2025
Localizados en el Estado francés más de 320 grupos fascistas
Localizados en el Estado francés
más de 320 grupos fascistas
Un panorama en
el país de la “Liberté, Égalité, Fraternité” realmente preocupante.
Insurgente.org / 30.09.2025
Así lo certifica el medio independiente de investigación francés StreetPress. Este medio ha identificado y geolocalizado a más de 320 grupos y secciones de la extrema derecha extraparlamentaria. Estos, sumados a la extrema derecha parlamentaria genera un panorama en el país de la “Liberté, Égalité, Fraternité” realmente preocupante.
El proyecto,
desarrollado tras una investigación participativa que comenzó en 2023, permite
visualizar de manera detallada (ver imagen de cabecera) la distribución de
estos grupos, que van desde organizaciones identitarias,
“nacional-revolucionarias”, hasta círculos ultracatólicos, monarquistas y
eclécticos.
Según el estudio de StreetPress, la mayoría de estas
organizaciones mantienen una actividad regular fuera de los canales institucionales,
vinculándose con prácticas militantes y, en muchos casos, practicando
modalidades diferentes de violencia directa organizada.
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martes, 30 de septiembre de 2025
Moldavia, enclave estratégico
Moldavia
es una pieza importante de la estrategia geopolítica destinada a asegurar el
dominio occidental del mar Negro. Controlar Moldavia implica controlar
Transnistria, donde viven más de un cuarto de millón de rusos.
Moldavia, enclave estratégico
El Viejo Topo
30 septiembre, 2025
CENTINELA DEL
ESTE: FABRICAR EL MIEDO PARA MILITARIZAR EUROPA
Las
provocaciones otanistas se suceden con una cadencia programada, siempre en la
misma dirección: promover un estado de guerra entre los países de la Alianza
Atlántica y Rusia.
A finales de
febrero, sin pruebas y con gran aparato mediático, se acusó a Moscú de haber
cortado los cables submarinos de energía y comunicaciones de Internet en el mar
Báltico. El ministro de Defensa alemán de entonces, Boris Pistorius, llegó a
calificarlo de “sabotaje”. Sin embargo, la noticia se derrumbó poco después:
las autoridades de EE. UU. y de varios países occidentales concluyeron que no
había habido tal provocación. Pero el daño ya estaba hecho: titulares, portadas
y discursos alarmistas habían sembrado la sospecha.
Reino Unido se
sumó al coro acusando a Rusia de un ciberataque contra su sistema nacional de
salud. Finalmente, el propio gobierno británico admitió que no existió tal
ofensiva y que solo lo planteaban como una “hipótesis futura”. Fue un engaño
consciente, amplificado por medios que en suelo británico alimentan una intensa
campaña de demonización de todo lo ruso.
El guion se
repitió poco después: primero fue la supuesta interferencia del GPS del avión
que trasladaba a Ursula von der Leyen a Polonia, noticia atribuida a un
periodista anónimo y desmentida después por el propio gobierno búlgaro. El caso
fue aprovechado por el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, para advertir
que “todos estamos en el flanco oriental, ya sea que vivamos en Londres o en
Tallin”, un mensaje diseñado para situar a toda Europa en estado de alerta.
A continuación,
Rumanía y Polonia acusaron a Rusia de violar su espacio aéreo con drones
militares, lo que Moscú negó categóricamente. Las autoridades polacas, de
hecho, fueron incapaces de precisar cuántos drones habrían entrado en su
territorio: primero hablaron de dos, luego de diez, más tarde de veinte.
Además, los drones habrían tenido que recorrer unos 1.000 km desde su base de
lanzamiento, cuando su autonomía real no supera los 700. El único daño
reportado se produjo en una vivienda particular, cerca de la frontera
ucraniana, causado por un misil lanzado por un caza polaco.
Mark Rutte,
secretario general de la OTAN, dio el siguiente paso: anunció la Operación
Centinela del Este, concebida para “proteger” el flanco oriental de Europa. En
realidad, se trataba de una operación política y militar ya preparada de
antemano. Su objetivo era legitimar la militarización acelerada, utilizando el
miedo para justificar el rearme.
Se aprovechó el
caso de los drones polacos para inventar una excusa: Rusia habría lanzado
drones contra países aliados. Un ejemplo perfecto de cómo un rumor se pretende
transformar en una “amenaza existencial”.
A todo ello se
sumó el cierre de aeropuertos en Dinamarca por el sobrevuelo de varios drones
(atribuido, evidentemente, a Rusia). La respuesta militar fue inmediata:
Francia desplegó aviones Rafale en Polonia, Alemania duplicó el número de
Eurofighters y Reino Unido envió cazas Typhoon. Rumanía también se incorporó al
guion denunciando un supuesto ataque con drones rusos y convocando al embajador
de Moscú, en un gesto claramente coreografiado. Todo ello acompañado por
declaraciones inflamadas y titulares que buscan confirmar la tesis prefabricada
de la “amenaza rusa”.
En este clima,
Polonia y Ucrania reavivan la idea de cerrar los cielos ucranianos, sabiendo
que una zona de exclusión aérea significaría el inicio de un conflicto directo
entre la OTAN y Moscú. Dmitri Medvédev, vicepresidente del Consejo de Seguridad
de la Federación Rusa, lo dijo sin rodeos: si los países aliados dan ese paso,
estallará una guerra abierta. Desde el Kremlin, el propio secretario de prensa
Dmitri Peskov fue aún más tajante: la OTAN ya está en guerra contra Rusia al
brindar apoyo directo e indirecto al régimen de Kiev, una idea compartida
incluso por el siempre cauto ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov.
Desde
Washington y Bruselas, las declaraciones se amontonan, se contradicen y luego,
como hemos visto, se desmienten. Todo responde a un mismo patrón: generar temor
para cohesionar a la OTAN subordinando a Europa al dictado de Washington.
La histeria que
se pretende provocar en los países fronterizos con Ucrania no es una simple
maniobra electoral: responde a un objetivo estratégico. Ese objetivo es el
control del mar Negro, un nodo vital para dominar el tránsito marítimo,
energético y comercial, donde Odesa —junto a Crimea— se perfila como pieza
clave. Para la OTAN, la UE y el Reino Unido, Ucrania y Moldavia representan un
frente decisivo para contener a Rusia.
Desde la Guerra
de Crimea (1853-1856), Londres sueña con controlar la salida al mar Negro como
vía para frenar la influencia rusa en la región. Documentos y acuerdos
recientes entre Reino Unido y Kiev revelan que integrar Odesa bajo control
occidental es la finalidad estratégica, en un contexto marcado por la derrota
militar del ejército ucraniano.
Macron, por su
parte, necesita una victoria militar frente a Rusia para reflotar su imagen
pública, hundida en apenas un 17 % de aceptación. Moldavia se convierte, así,
en una pieza más de la estrategia geopolítica destinada a asegurar el dominio occidental
del mar Negro y negar a Rusia cualquier salida marítima estratégica sin
supervisión. Controlar Moldavia implica presionar a Transnistria —enclave donde
viven más de un cuarto de millón de rusos y donde están desplegados unos 1.500
efectivos en misión de paz—. No solo sería una victoria simbólica (humillar a
Rusia conquistando una exrepública soviética), sino también un paso decisivo
para alterar el equilibrio militar y económico en la región, asegurando una
posición dominante que convertiría a Europa Oriental en un peón clave del
tablero anglosajón.
En este marco,
la Unión Europea ha intensificado su apoyo a Moldavia en los últimos años,
especialmente desde 2022, cuando le concedió el estatus de candidato. En junio
de 2024, la UE abrió formalmente las negociaciones de adhesión con el país.
Además, desplegó la Misión de Asociación de la UE en Moldavia (EUPM), con un
presupuesto de más de 19,8 millones de euros, destinada a proporcionar
asesoramiento estratégico en el ámbito de la seguridad electoral.
Es clave en
esta estrategia que Maia Sandu siga en la presidencia en las cruciales
elecciones del 28 de septiembre. No en vano, la UE promovió el cuestionado
proceso electoral de 2024 que renovó su mandato: Sandu, antigua funcionaria del
Banco Mundial, estuvo a punto de perder el referéndum de adhesión a la UE e
incluso la propia presidencia. Fue decisivo el voto de la emigración,
ampliamente potenciado desde Occidente: para 600.000 censados en la UE se
instalaron 240 colegios electorales y se financiaron viajes; en cambio, para
los cerca de 500.000 moldavos censados en Rusia se habilitaron apenas dos
urnas.
La sociedad
moldava, y no sin motivos, ha desconfiado de la casta política prooccidental
que ha gobernado el país. Entre 2012 y 2014, dirigentes proeuropeos en el poder
organizaron una estructura financiera que permitió hacer desaparecer 1.000
millones de dólares (el 12 % del PIB). Señalados y perseguidos, los autores del
desfalco —conocido como “Landromat”— encontraron refugio en países de la UE,
que nunca respondieron a las demandas de extradición de la justicia moldava.
Con esos fondos, la Fundación Open Dialog financió sucesivas campañas hasta
llevar a Sandu a la presidencia. Como en el caso rumano de 2024, la UE solo
admite como democráticas las elecciones que le son favorables.
En este
momento, la tensión política interna se agrava con la represión previa a los
comicios del 28 de septiembre. En las últimas semanas, las autoridades moldavas
han detenido a activistas de la oposición bajo el pretexto de medidas de
seguridad nacional. Para los críticos con el gobierno de Sandu, las detenciones
buscan silenciar la disidencia y consolidar el poder del Partido de Acción y
Solidaridad (PAS). Estas acciones, sumadas a la estrategia electoral y a la
presión externa, configuran un escenario de creciente confrontación.
La provocación
actual no debe entenderse como una mera escalada aislada: forma parte de una
estrategia deliberada de desestabilización diseñada para provocar a Rusia y
justificar la apertura de un segundo frente.
Evidentemente,
el objetivo final es más ambicioso que el caso moldavo: Europa —y, en
particular, el Reino Unido— busca instalar y controlar militarmente Odesa. La
presencia militar francesa en Moldavia añade un elemento de tensión adicional.
Tropas desplegadas en la frontera rumana y en el interior del país bajo mando
de la UE podrían convertirse en un factor clave si los resultados electorales
no favorecen los intereses prooccidentales. En tal escenario, no puede
descartarse una intervención directa, similar a otras operaciones occidentales
en Europa del Este, con el objetivo de asegurar la alineación estratégica de
Moldavia y el asalto a Transnistria.
En definitiva,
la situación moldava no puede entenderse sin vincularla a un diseño estratégico
mayor, donde elecciones, manipulación del voto exterior, represión interna y
presencia militar forman parte de un mismo engranaje. Moldavia emerge como
nuevo escenario de confrontación geopolítica, un tablero donde se dirimen los
intereses de la OTAN y donde el control de Odesa se perfila como clave de la
próxima fase de competencia entre Occidente y Rusia.
Conclusión
La Guerra de
Crimea, hace 150 años, fue en esencia una lucha por el acceso al Mediterráneo y
el control marítimo frente a Rusia. Hoy la historia parece repetirse: Reino
Unido, la OTAN y la UE impulsan una estrategia sistemática para convertir a
Moldavia y Odesa en un nuevo frente oriental, replicando los objetivos de hace
siglo y medio.
Odesa se
presenta como la pieza central para establecer el control militar en el mar
Negro, mientras que Moldavia sería la puerta de entrada a esa proyección
estratégica. Esto revela que la confrontación actual no es un conflicto
aislado, sino parte de una continuidad histórica: los intereses geopolíticos de
Occidente mantienen la misma lógica de contención y control que en la Guerra de
Crimea, adaptada ahora a las condiciones del siglo XXI.
lunes, 29 de septiembre de 2025
Que un Fondo buitre sea propietario de un medio de información conlleva titulares así… [España]
Que un Fondo buitre sea
propietario de un medio de información conlleva titulares así…
Insurgente.org / 29.09.2025
Una de las victorias de la mal llamada «Transición» fue incrustar al Grupo Prisa (El País, Cadena SER, Editorial Santillana…) como un medio de comunicación referente de la «izquierda». Su consumo masivo se convirtió en santo y seña de los intereses de grupos empresariales que utilizaban el señuelo progre para divulgar el anticomunismo más zafio, la reconciliación con el fascismo y los nuevos valores monárquicos y capitalistas como sinónimo de «democracia» y «libertades». Incluso un imputado por torturas y asesinatos y alto cargo en el franquismo como Rodolfo Martín Villa, fue presidente de Sogecable (empresa ligada a Prisa). Poco más que añadir.
En el 2020 y en medio
de una severa crisis financiera, el Grupo vendió acciones, amplió capital, y
fue el tristemente célebre Fondo buitre Black Rock que se hizo con un
importante porcentaje de la empresa.
Eran
pocos y…
La derechización de PRISA, por si había dudas, se hizo aún mayor, Este domingo 28 de septiembre confirma que está unido a la nueva campaña de mentiras y fake news con otros medios «progres» (The Guardian, Le Monde…) para justificar el gasto en «Defensa» del 5% o similar que exige Trump y la OTAN para hostigar a Rusia. Vean:
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Mentiras europeas
No está claro por
qué deben morir los palestinos para que los alemanes puedan expiar sus pecados
en paz. 20.000 niños, según Save the Children, murieron (datos de mayo) por
disparos en la cabeza y el corazón; también aproximadamente 30.000 mujeres.
Mentiras europeas
El Viejo Topo
29 septiembre, 2025
Mientras la
Comisión Europea propone su 19º paquete de sanciones contra Rusia y continúa
repitiendo los mismos errores que cometió en el pasado –armando aún más a la
OTAN oriental y a Kiev, para que Moscú se sienta aún más amenazada y continúe
su brutal ofensiva en Ucrania–, nada comparable está sucediendo en Medio
Oriente, donde el Estado de Israel está liquidando a los palestinos en Gaza y
está a punto de anexionarse casi toda Cisjordania y Jerusalén Oriental,
ocupadas desde 1967.
Con la
excepción de España e Irlanda, que se muestran inflexibles con Netanyahu, se
sugieren algunas sanciones europeas, pero no una prohibición del envío de
armas. Y no se excluye a Horizon: las subvenciones a Israel del programa
científico europeo ascienden a 100 millones de euros, más 442,75 millones para
la empresa militar Rafael. Italia, Alemania, Austria, la República Checa y
Hungría se oponen a la exclusión. Un vídeo promocional de Rafael muestra el
dron Spike FireFly (pagado por nosotros, los europeos)
atacando a un civil palestino indefenso.
La presidenta
de la Comisión, Von der Leyen, propuso suspender partes del acuerdo comercial
(aranceles sobre ciertos productos) y sancionar a los ministros Smotrich, Ben
Gvir y nueve “colonos violentos” en Cisjordania.
Biden ya lo
había hecho en febrero y noviembre de 2024, sancionando a 33 colonos sin éxito.
Es poco probable que los colonos, Smotrich y Ben Gvir se vayan de vacaciones a
Europa. También en este caso, al igual que con las sanciones contra Moscú, se
están adoptando las mismas medidas, creyendo que producirán resultados
diferentes.
Las medidas se
proponen en Bruselas, a sabiendas de que Alemania, Italia y Hungría las
vetarán. Se dice constantemente que Alemania se comprende a sí misma, debido al
genocidio de Hitler, pero Italia no. En realidad, ninguna se comprende. No está
claro por qué deben morir los palestinos para que los alemanes puedan expiar
sus pecados en paz. Tampoco porque Berlín no expía nada. Al prometer la
«defensa militar más sólida de Europa» y ordenar a los hospitales que aumenten
el número de camas para los heridos en una guerra que se predice inminente, los
líderes alemanes demuestran que han olvidado los 27 millones de muertos rusos
en la guerra de liberación de Hitler y, por lo tanto, han dejado de expiar sus
pecados.
Sin embargo, el informe de la
Comisión Independiente de Investigación sobre Gaza , encargada
por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y presidida por Navi Pillay, quien
anteriormente dirigió el Tribunal Internacional sobre el genocidio de los
tutsis en Ruanda en 1994, habla con claridad. El informe se publicó
simultáneamente con las discusiones europeas sobre Kiev y Moscú; la naturaleza
de los crímenes israelíes que enumera no es en modo alguno comparable al
conflicto en Ucrania, pero pocos periódicos (Il Manifesto, Il Fatto Quotidiano)
han presentado en sus portadas otra constatación de que está en marcha un
genocidio en Gaza, comenzando con la masacre del 7 de octubre de 2023, cometida
por Hamás. El mismo silencio sepulcral recibió el informe del 16 de junio de
Francesca Albanese, Relatora Especial de la ONU para los derechos humanos en
los territorios ocupados. Como mucho, se habló de la sanción impuesta por Trump
al autor del informe, publicado por la editorial de Il Fatto, PaperFirst.
El informe de
la Comisión Pillay, publicado el 16 de septiembre, certifica que Israel cometió
cuatro de los cinco crímenes enumerados en la Convención de las Naciones Unidas
sobre el Genocidio en Gaza: (1) matar a miembros del «grupo palestino» como
tal; (2) causar graves daños físicos o mentales a los miembros del grupo; (3)
someter al grupo a condiciones de vida calculadas deliberadamente para provocar
su destrucción física, total o parcial; (4) aplicar medidas destinadas a
impedir los nacimientos dentro del grupo. En cuanto a la intención e incitación
al genocidio, el informe acusa al presidente israelí Isaac Herzog, al primer
ministro Benjamin Netanyahu y al exministro de Defensa Yoav Gallant. La
Comisión no ha concluido su labor. Ahora se centrará en Cisjordania, que está
siendo anexada, y en Jerusalén Oriental ocupada.
Es recomendable
leer el Informe completo, ya que revela un hecho evidente. La guerra desatada
por Netanyahu tras el 7 de octubre no es una guerra tradicional y no se parece
en nada a la de Ucrania. Resulta indecente que los noticieros comiencen cada
emisión mencionando los «dos frentes de guerra»: Europa y Palestina. En Gaza no
hay dos ejércitos opuestos como en Ucrania. Tampoco es una guerra asimétrica,
entre soldados y guerrilleros. Desde el principio, ha sido una guerra mortífera
dirigida contra civiles palestinos, culpables de existir como pueblo, y
reduciéndolos deliberadamente al hambre y la sed. No hay otra explicación para
la muerte de 20.000 niños, según Save the Children (datos de mayo; casi todos
murieron por disparos en la cabeza y el corazón, lo que confirma que niños,
recién nacidos y mujeres embarazadas son objetivos directos); de
aproximadamente 30.000 mujeres (las prisioneras «han sufrido violencia sexual y
violación»); de ancianos incapaces de obedecer las reiteradas órdenes de
evacuación. Del 7 de octubre al 21 de julio, las bombas «cayeron sobre hospitales
1.844 veces, matando a pacientes y personal médico». El derecho de Israel a
defenderse no tiene nada que ver con esto.
Prueba de que
se trata de matar a un pueblo y a sus descendientes —su futuro— son las páginas
sobre la destrucción de las salas de maternidad en una docena de hospitales. A
esto se suma el ataque a la clínica de FIV Al-Basma en diciembre de 2023: se
destruyeron aproximadamente 4.000 embriones y 1.000 muestras de esperma y
óvulos no fecundados. «Según se informa, el centro atendía a entre 2.000 y
3.000 pacientes al mes, realizando entre 70 y 100 procedimientos de FIV al mes.
El asedio de Gaza y la consiguiente falta de nitrógeno líquido, utilizado para
mantener fríos los tanques de almacenamiento, supusieron un desafío
considerable para el funcionamiento de la clínica y la preservación del
material reproductivo. El material reproductivo almacenado se perdió por
completo cuando el banco de genes fue atacado. Durante el ataque, el
laboratorio de embriología fue alcanzado directamente y todo el material
reproductivo almacenado en el laboratorio fue destruido». El informe afirma que
no existe información creíble sobre el uso de la clínica con fines militares y
advierte: existen pruebas de que las autoridades israelíes «sabían que el
centro médico se dedicaba a la fertilidad […]. Pretendían destruirlo. Por ello,
la Comisión considera que la destrucción fue una acción destinada a impedir los
nacimientos entre los palestinos de Gaza». Esta es una de las principales
acusaciones por el delito de genocidio.
Los Estados
europeos no son los únicos responsables de la complicidad en la furia sin
precedentes de Israel contra la población civil, también lo son las
administraciones estadounidenses, cuya asistencia es crucial. El 9 de
septiembre, Netanyahu bombardeó a los negociadores de Hamás en Doha (6
muertos), violando la soberanía de Qatar y asestando un golpe grave, aunque no
definitivo, a las negociaciones de tregua mediadas por Qatar, Egipto y Estados
Unidos. El 15 de septiembre, el mismo día en que comenzó la toma de la ciudad
de Gaza, se celebró en Doha una cumbre de emergencia de líderes árabes y
musulmanes, pero, salvo las condenas, no se tomó ninguna medida contra la
aniquilación de los palestinos. El comentarista Jack Khouri, en el periódico
israelí Haaretz, concluyó: «El régimen militar israelí en la Franja comenzó el
día en que los líderes árabes se reunieron en Doha. Los libros de historia lo
recordarán. Así fue como cayó la ciudad de Gaza».
Fuente: Sinistrainrete




