miércoles, 11 de diciembre de 2024

¿Siria al filo del trueque? Las claves de un posible intercambio geopolítico entre Estados Unidos y Rusia

 


¿Siria al filo del trueque? Las claves de un posible intercambio geopolítico entre Estados Unidos y Rusia

“El país árabe queda en una situación crítica y podría acabar convertido en un Estado fallido como Libia”

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-

La repentina y sorprendente caída del gobierno de Bashar al-Assad en Siria ha dejado a analistas, observadores y medios alternativos intentando descifrar un posible reajuste en el tablero geopolítico. Mientras la nueva administración de Estados Unidos, liderada por Donald Trump, se apresta para asumir el mando, surgen indicios de que el destino sirio podría estar siendo utilizado como una pieza de negociación con la Federación Rusa. ¿Se trata de un “toma y daca” en el que Washington cedería en Ucrania a cambio de una retirada táctica rusa en Oriente Medio?

       La situación en Siria, con la repentina caída del Gobierno de Bashar al-Assad, ha provocado un escenario de incertidumbres, con movimientos y respuestas desconcertantes y difíciles de interpretar.

Mientras la información oficial brilla por su ausencia, el terreno se encuentra plagado de conjeturas y especulaciones. Estos indicios sugieren una posible reconfiguración de las esferas de influencia en Oriente Medio, potencialmente ligada al relevo presidencial en Estados Unidos y a las posiciones estratégicas que mantiene la Federación Rusa en otros escenarios, particularmente en Ucrania.

Una hipótesis que gana terreno y que, no obstante, debe manejarse con absoluta prudencia, apunta a un posible “intercambio” entre  estas  dos grandes  potencias capitalistas. Bajo esta lógica, Washington podría estar dispuesto a tolerar algunas de las realidades impuestas por Moscú en el conflicto ucraniano, a cambio de que Rusia modere su proyección militar o retroceda parcialmente en Siria. Esto implicaría una suerte de trueque geopolítico, en el que Oriente Medio y Europa del Este se convertirían en tableros conectados, intercambiando concesiones tácticas y reconocimiento mutuo de esferas de influencia.

Es importante subrayar que hasta el momento no existen pruebas concluyentes ni declaraciones oficiales que puedan respaldar esta hipótesis. La situación exige cautela y una lectura crítica, ya que el hermetismo informativo obliga a trabajar con conjeturas no confirmadas. Sin embargo, la sola posibilidad de que la situación siria esté siendo utilizada como moneda de cambio en negociaciones más amplias refuerza la necesidad de entender el papel de las potencias capitalistas y sus maniobras estratégicas en el actual orden mundial.

    “La historia nos enseña que una vez que un Estado se rige por las reglas del capital, la expansión, la búsqueda de áreas de influencia y la defensa de intereses empresariales internos se convierten en la norma”

 LA HIPÓTESIS DEL “INTERCAMBIO GEOPOLÍTICO”
A pesar de que las fuentes primarias permanecen difusas, algunas páginas especializadas en análisis político internacional, – por ejemplo, los digitales alternativos de noticias y blogs de seguimiento diario a la situación siria y ucraniana, así como foros de discusión entre analistas independientes-, han comenzado a sugerir la existencia de un posible “intercambio” entre las potencias implicadas.

Según comentan, se baraja la posibilidad de que Washington esté dispuesto a “cerrar los ojos” ante determinadas realidades territoriales impuestas por Moscú en Ucrania, aceptando o al menos normalizando de facto la situación resultante tras la intervención rusa, a cambio de que Rusia ceda parte de sus intereses o al menos su proyección militar más visible en Siria.

Estas afirmaciones, que no dejan de ser especulativas, encuentran eco en fuentes diversas. Por ejemplo, en algunos hilos de discusión del portal Moon of Alabama, crítico de la narrativa del establishment occidental,  se ha debatido —con posiciones dispares— la posibilidad de que ante la incertidumbre del relevo presidencial en Estados Unidos, Rusia también pueda mover sus piezas de un modo calculado.

Asimismo, analistas que se expresan en medios como The Saker o SouthFront, conocidos también por brindar cobertura a conflictos bélicos desde una perspectiva no alineada con el discurso occidental mayoritario, han considerado el escenario de un toma y daca: dejar cierto margen a las aspiraciones de Trump de reacomodar la política exterior estadounidense y, a cambio, consolidar determinadas ventajas logradas en Europa del Este.

Cuentas de Twitter (X) como ECSSaharaui parecían apuntar en la misma dirección, con comentarios como: “Tras 13 años de resistencia al imperialismo, Siria ha sido traicionada y vendida al enemigo sionista, ha caído en manos del yihadismo financiado por EE.UU., Reino Unido, Europa, Turquía, “Israel”, Qatar y Arabia Saudí, entre otros”.

 

En ColonelCassad, un blog ruso de análisis militar, se han mostrado recientemente mapas y comentarios que, sin afirmar nada de manera directa, insinúan también un reordenamiento táctico en el terreno sirio. Aunque no constituyan pruebas definitivas, estos indicios y testimonios contribuyen a dar cierta plausibilidad a las hipótesis planteadas.

Fotografía difundida como, supuestamente, la primera instantánea de al-Assad y su esposa tras su llegada a Moscú, donde se le ha concedido asilo a él y a su familia. Fuente: colonelcassad.livejournal.com  (Según otras fuentes la fotografía corresponde a Alepo 2023)


La rendición sin apenas resistencia del Ejército sirio y el Gobierno de al-Assad (*), así como las declaraciones conformistas de la cancillería rusa, instando “a todas las partes  a pactar”, justo después de la toma de poder por parte de los grupos yihadistas, parecen apuntar, igualmente, a un posible acuerdo, del que podría formar parte el propio exilio de al-Ásad y su familia en Moscú, mientras el país árabe queda en una situación crítica que podría desembocar en un Estado fallido como Libia.  

 “Sería una imperdonable imprudencia olvidar que Vladimir Putin,  formó parte del engranaje que presenció y facilitó el tránsito del socialismo hacia  el actual capitalismo oligárquico”

 EL FACTOR TEMPORAL Y EL NUEVO GOBIERNO EN WASHINGTON

En este escenario, se debe prestar especial atención al factor temporal: la asunción de una nueva administración en Washington puede servir de catalizador para replantear alianzas, presiones y repartos informales de “zonas de interés”. Dentro de las hipótesis en circulación, la idea del “trueque” geopolítico colocaría a Siria como una suerte de moneda de cambio en una transacción de gran calado.

Según esta versión, una vez que Trump se haga con las riendas del poder podría  conceder algo en el tablero ucraniano —acaso una aceptación tácita del nuevo status quo— a cambio de reducir la participación rusa en Oriente Medio, en particular en Siria, donde Moscú mantiene una presencia militar significativa.

Esta situación, de consolidarse, permitiría a la nueva administración norteamericana canalizar su agenda externa hacia otros objetivos, tal vez más vinculados a las disputas comerciales con China o a las tensiones con Irán. Por su parte, el Kremlin podría salir “ganando” en el frente ucraniano —un escenario estratégico fundamental para sus intereses inmediatos— sacrificando posiciones más lejanas o costosas en términos logísticos y políticos.

 LECTURAS POSIBLES DE LA MANIOBRA

Una maniobra de este tipo podría tener varias lecturas: una, que podríamos denominar diplomática, buscaría aliviar la presión sobre el Gobierno ruso en relación con su apoyo al Gobierno sirio, reduciendo la necesidad de  Rusia de mantener una presencia activa y costosa en esta zona para centrarse en la consolidación de sus logros en Ucrania.

Otra, más cruda, pondría de manifiesto cómo las grandes potencias hacen y deshacen alianzas olvidando las retóricas humanitarias cuando resulta más conveniente y colocando a poblaciones enteras en la posición de simples fichas intercambiables. En este escenario, las aspiraciones democráticas o las luchas internas por la soberanía en Siria quedarían subordinadas a un acuerdo entre fuerzas foráneas cuyo objetivo crucial es el de salvaguardar zonas de influencia e intereses corporativos.

Abu Mohamed al Jolani, líder yihadista y ex militante de la organización terrorista Al Qaeda que se perfila como el nuevo “hombre fuerte” en Siria y que Occidente ya ha blanqueado, presentándolo como “pragmático” y “moderado”

 


RUSIA: DE LA URSS A LA OLIGARQUÍA CAPITALISTA

El decisivo papel desestabilizador de los Estados Unidos, Israel y sus aliados regionales y europeos en esta confrontación es de sobras conocido. Menos claridad suele existir, sin embargo, a la hora de categorizar el rol que desempeña la Federación Rusa. Aunque una parte significativa de la opinión pública internacional le atribuye un papel de contrapeso frente al poder estadounidense, y la propia hostilidad de Washington ha empujado a Moscú a este enfrentamiento, es necesario recordar que estamos ante una potencia que —desde el fin de la Unión Soviética— opera abiertamente bajo lógicas capitalistas.

Lejos del modelo social y económico que proclamaba la propiedad común de los medios de producción, la Rusia actual es gobernada por una élite oligárquica que se enriqueció tras el derrumbe de la URSS. Esta élite se consolidó al apropiarse de la propiedad colectiva que correspondía al pueblo soviético, mediante procesos de privatización brutales, desiguales y amañados.

Sería una imperdonable imprudencia olvidar que Vladimir Putin, el actual presidente ruso, antes de convertirse en figura central en la proyección internacional de su país, formó parte del engranaje que presenció y facilitó el desmantelamiento de la URSS y el tránsito hacia  el actual capitalismo oligárquico y que posteriormente llegó a expresar al presidente Bill Clinton su deseo de que Rusia se incorporase a la OTAN justo después de que la coalición bélica occidental hubiera perpetrado la destrucción de Yugoslavia. 

Esta breve mención resulta fundamental a la hora de enmarcar las verdaderas motivaciones de los diferentes actores políticos. Tal y como reconoció abiertamente el ideólogo del imperialismo estadounidense Zbigniew Brzezinski, en su obra El gran tablero mundial, el control de un país como Siria, situado en un punto geopolítico de conexión entre Asia, Europa y África, tenía como uno de sus objetivos estratégicos debilitar a Rusia e Irán, razón por la cual el país árabe pudo beneficiarse de una ayuda de Moscú que años antes nadie prestó a Libia para evitar que fuera destruida por la OTAN y sus aliados yihadistas. Ésta es, obviamente, una coyuntura geoestratégica que cualquier país o gobierno amenazado debe tratar de capitalizar en su favor.  Sin embargo,  resulta absurdo esperar de una potencia como Rusia, cuyo gobierno representa los intereses de la nueva burguesía rusa,  un rol “liberador” en el sentido transformador que muchos, desde posiciones ideológicas supuestamente radicales, desean ver en la actuación de Moscú. No es lógico esperar hoy de Moscú el mismo  tipo de solidaridad internacionalista que en su día pudo ofrecer la Unión Soviética o un país como Cuba a los pueblos de Asia, África y América Latina que luchaban contra la opresión y la explotación colonial.

 

  EL GRAVE ERROR DE IDEALIZAR A RUSIA

A este respecto, conviene señalar que algunas corrientes políticas que se autodefinen de izquierdas, antiimperialistas e incluso “revolucionarias”,  también han depositado una confianza excesiva en la capacidad y la disposición de Rusia para actuar como baluarte frente a la hegemonía occidental.

Aunque esta visión se puede llegar  a comprender por la necesidad de buscar un contrapeso geopolítico a las potencias imperialistas tradicionales, idealizar el papel de la Federación Rusa constituye un grave error de análisis. Como los hechos se han encargado de demostrar históricamente, no existe una potencia capitalista que no atienda, ante todo, a sus propios intereses materiales.

La posibilidad de que Moscú ceda posiciones en Siria a cambio de consolidar sus adquisiciones en Ucrania, entregando al pueblo sirio a un gobierno de integristas islámicos, debería servir como seria llamada de atención: toda confianza excesiva en una oligarquía capitalista que antaño se benefició del desmantelamiento de un sistema igualitario constituye, en el mejor de los casos, una ingenuidad que más tarde o más temprano se acaba pagando.

 

 

 REACCIONES DESDE POSTURAS ANTICAPITALISTAS
No es extraño, pues, que algunos comentarios en la red, provenientes de foros de discusión con simpatizantes del anticapitalismo, muestren desconcierto ante lo que está ocurriendo.

Algunos participantes en espacios virtuales de debate (por ejemplo, en ciertos canales de Telegram especializados en análisis internacional desde posturas autodenominadas “progresistas” o en páginas de Facebook cuyos editores se definen como herederos de tradiciones combativas) han expresado perplejidad y preocupación.

Estos comentaristas manifiestan que, de confirmarse la hipótesis del intercambio geoestratégico, quedarían en entredicho las ilusiones depositadas en el papel que supuestamente Rusia podría haber jugado a favor de proyectos soberanos en el Medio Oriente.

Estos testimonios, aunque dispersos y no centralizados, muestran un sentir creciente: el de quienes se ven obligados a reconsiderar un análisis demasiado simplista de las dinámicas internacionales, recordando que el capitalismo, en cualquiera de sus variantes nacionales, no actúa por razones altruistas ni defiende intereses populares a no ser que ello coincida con su conveniencia.

 

 EL VALOR DE UN ANÁLISIS DESMITIFICADOR

En este sentido, el caso sirio recuerda el valor de analizar las dinámicas globales sin caer en visiones románticas de la política internacional. La implicación rusa en Siria respondió en gran medida a la búsqueda de asegurar su presencia en el Mediterráneo Oriental, a través de instalaciones militares estratégicas, así como a la necesidad de proyectar su poder más allá de sus fronteras inmediatas y de evitar la toma de posiciones en la región de un nuevo régimen que respondiera a los interes de Estados Unidos e Israel.

Asimismo, su presencia apuntaló al Gobierno sirio, enemistado con las fuerzas opositoras respaldadas por otros actores internacionales, incluidos aquellos apoyados, directa o indirectamente, por potencias occidentales o regionales.

Sin embargo, si las circunstancias exigen un replanteo y es posible obtener un “premio mayor” en otro tablero —como el ucraniano—, no debería sorprender que Rusia opte por recalibrar sus prioridades, aun a costa de dejar atrás su retórica previa, pretendidamente “antiimperialista”. 

 

 UN “TIRÓN DE OREJAS” A QUIENES CONFÍAN INGENUAMENTE

En este punto es donde cobra relevancia un necesario “tirón de orejas” a quienes, considerándose herederos de corrientes emancipatorias radicales, han visto en esta potencia una esperanza liberadora, sucumbiendo a la tentación de sustituir el clásico -pero plenamente vigente- análisis marxista de clase por las consideraciones meramente geopolíticas actualmente en boga.

La historia nos enseña que una vez que un Estado se rige por las reglas del capital, la expansión, la búsqueda de áreas de influencia y la defensa de intereses empresariales internos se convierten en la norma. Pretender que un régimen así actúe en función de los intereses populares de otro país sin una ganancia tangible es una ilusión peligrosíma.

Esto no significa, ni por asomo, alinearse con las interesadas tesis occidentales que retratan a Rusia como el origen de todos los males, sino comprender que su política exterior – como la de las propias potencias occidentales con EE.UU. a la cabeza – responde también a la lógica del beneficio, la acumulación y el control geopolítico, y no a la búsqueda de la liberación de ningún pueblo ajeno.

 

 UNA DURA LECCIÓN PARA QUIENES BUSCAN LA EMANCIPACIÓN DE LOS PUEBLOS

Aunque resulte incómodo, y nos obligue a ir contra la corriente del pensamiento dominante, es necesario destacar este punto ante quienes se reclaman defensores de proyectos emancipadores. La historia no se escribe con sueños ni con consignas, sino con relaciones materiales y correlaciones de fuerza. Un Estado capitalista, por muy adverso que resulte al poder hegemónico occidental, no deja de moverse por esta lógica del beneficio y la consolidación de su élite interna.

Esa pulsión no depende de la maldad o la bondad  de los personajes que rigen los destinos de un país, sino que la genera la propia dinámica del sistema económico que lo rige. Las poblaciones que han padecido las consecuencias de las intervenciones militares, en Siria, en Ucrania o en tantos otros rincones del mundo, requieren análisis serios y no idealizaciones infundadas.

De momento, solo queda reiterar la cautela: nos encontramos en este momento concreto ante hipótesis y conjeturas. No hay certezas absolutas, pero sí indicios, testimonios y análisis que apuntan hacia la posibilidad de un acuerdo tácito entre las nuevas autoridades norteamericanas y el Kremlin.

Es hora ya, en cualquier caso, de abandonar las ingenuidades y de comprender que mientras no existan  fuerzas políticas realmente comprometidas con la emancipación de los pueblos éstos seguirán siendo meros peones, siempre sacrificables, en el juego del ajedrez geopolítico de las potencias capitalistas.

Nota:

(*) Obviamente, la propia rendición de Al-Assad y su ejército sin presentar ningún tipo de batalla ante este último ataque de las fuerzas yihadistas, tras más de una década de guerra, también deben ser objeto de un análisis global que tenga en cuenta, en su interrelación, tanto los factores internos como los relacionados con los actores externos involucrados en  el conflicto.

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martes, 10 de diciembre de 2024

Automatización e IA

 

En el número de diciembre de Monthly Review Foster publica un artículo en el que vuelve sobre un libro de 1974 sobre el proceso de automatización, la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: La degradación del trabajo en el siglo XX.


Automatización e IA


John Bellamy Foster

El Viejo Topo

10 diciembre, 2024 

 


BRAVERMAN, EL CAPITAL MONOPOLISTA Y LA IA: EL TRABAJADOR COLECTIVO Y LA REUNIFICACIÓN DEL TRABAJO

La automatización asociada a los algoritmos diseñados para los ordenadores, que plantea la posibilidad de que las máquinas inteligentes desplacen al trabajo humano, es un tema que ha estado presente durante más de siglo y medio, remontándose a la Máquina Diferencial de Charles Babbage y al famoso tratamiento del «intelecto general» de Karl Marx en los Grundrisse y su posterior concepto del «trabajador colectivo» en El Capital. Sin embargo, fue sólo con el auge del capitalismo monopolista a finales del siglo XIX y principios del XX que la industria a gran escala y la aplicación de la ciencia a la industria pudieron introducir la subsunción «real» en contraposición a la «formal» del trabajo dentro de la producción. Aquí el conocimiento del proceso de trabajo fue sustraído sistemáticamente a los trabajadores y concentrado en la dirección de tal forma que el proceso de trabajo pudo ser progresivamente descompuesto y subsumido dentro de una lógica dominada por la tecnología de las máquinas. Con la consolidación del capitalismo monopolista tras la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de la cibernética, el transistor y la tecnología digital, la automatización de la producción –y en particular lo que ahora llamamos inteligencia artificial (IA)– constituyó una amenaza creciente para el trabajo.

Este cambio fue dramáticamente retratado en la novela de Kurt Vonnegut de 1952, Player Piano, que se basó en su experiencia trabajando para General Electric. Ambientada en un futuro próximo en la ciudad ficticia de Ilium, al norte del estado de Nueva York, Player Piano describe una sociedad que había sido totalmente automatizada, desplazando a casi todos los trabajadores de la producción. A un lado del río que divide la ciudad, en una zona conocida como Homestead, vive la masa de la población, incluidos todos aquellos que no obtuvieron puntuaciones suficientemente altas en una serie de pruebas nacionales, y que en su mayoría están ociosos o empleados en proyectos de reconstrucción y recuperación, en los pocos empleos comerciales que quedan y en el ejército. En general, la población subsiste gracias a la renta básica universal, fijada en niveles muy inferiores a los ingresos salariales que obtenían antes los trabajadores no cualificados, aunque pueden disfrutar de televisores de veintiocho pulgadas. Al otro lado del río viven los ingenieros, gerentes y funcionarios que dan servicio a la maquinaria de producción, también situada a ese lado del río, o que dirigen los asuntos públicos. La novela se centra en cómo el protagonista principal, Paul Proteus, un ingeniero muy estimado, cruza el puente hasta el lado Homestead del río, conoce a gente corriente y se ve envuelto en una revuelta de masas. Al principio de la novela, Proteus explica que «la Primera Revolución Industrial devaluó el trabajo muscular, luego la segunda devaluó el trabajo mental rutinario», mientras que una proyectada Tercera Revolución Industrial se basaría en «máquinas que devalúan el pensamiento humano», descentralizando «el verdadero trabajo cerebral». La inteligencia humana sería sustituida por máquinas, o por lo que pocos años después de la publicación de la novela de Vonnegut se denominaría «inteligencia artificial».

Player Piano de Vonnegut fue producto de la preocupación generalizada por la automatización en la década de 1950. En noviembre de 1958, The Nation publicó un artículo titulado «La depresión de la automatización», en lo que resultó ser una respuesta equivocada a la breve crisis económica de 1957-1958. Las preocupaciones que The Nation y otras publicaciones expresaron en la década de 1950 sobre la automatización creadora de desempleo masivo fueron en su mayoría exageradas en su momento. Sin embargo, el reconocimiento general de que el crecimiento de la industria a gran escala con la consolidación del capitalismo monopolista tras la Segunda Guerra Mundial –junto con la Revolución Científico-Técnica asociada (y la emergente Tercera Revolución Industrial [o Digital]– representaba una alteración fundamental en la relación del trabajo y el capital era una preocupación completamente racional, entonces como ahora. Planteaba cuestiones que se remontaban a la Primera Revolución Industrial del siglo XIX, y que resurgen hoy en una fase de desarrollo aún más avanzada con la difusión de la IA generativa.

Quizá el análisis más perspicaz del estado general de la automatización y su relación con el trabajo en la década de 1950 se originó con el economista marxista y editor de Monthly Review Paul M. Sweezy en una monografía anónima titulada La revolución científico-industrial escrita para la casa de inversiones de Wall Street Model, Roland & Stone en 1957. En ella, Sweezy argumentaba que, mientras que la máquina de vapor había impulsado la Primera Revolución Industrial, la Revolución Científico-Industrial (o Científico-Técnica) fue impulsada por la propia ciencia, un desarrollo que fue posible gracias al auge del capital a gran escala. Esto dio lugar al «científico colectivo», un concepto que tomó de la noción de Marx del trabajador colectivo. Al referirse a la automatización, Sweezy explicó que «el proceso de trabajo», en el que cada vez se incorporaban más máquinas, se caracterizaba por «un bucle» de información en el que participaban tanto los trabajadores como las máquinas. «Cuando el ser humano es sustituido por uno o varios dispositivos mecánicos, el bucle se cierra. El sistema se ha automatizado».

Sweezy se refirió en este contexto a una conferencia del ingeniero, inventor y administrador científico estadounidense Vannevar Bush, en la que Bush teorizó la posibilidad de un coche autoconducido que siguiera la línea blanca de la carretera incluso después de que el conductor se quedara dormido. Las mayores implicaciones económicas y sociales de un nivel tan alto de automatización con máquinas inteligentes, según Sweezy, se debían principalmente al desplazamiento de la mano de obra. «El propósito de la automatización», continuó explicando, «es reducir costes. En todos los casos lo hace ahorrando mano de obra. En algunos casos, también ahorra capital». Con la llegada del transistor, las posibilidades tecnológicas de expansión parecían infinitas. Los ordenadores, predijo Sweezy, se harían no sólo más fiables sino también «de bolsillo». Los radioteléfonos móviles que funcionaban a través de redes también eran factibles y podrían reducirse a tamaños aún más pequeños que el ordenador de bolsillo, para caber en una muñeca. Con la Revolución Científico-Técnica, la automatización y las máquinas inteligentes más versátiles significaron un «desplazamiento hacia los beneficios» y un alejamiento de los salarios en el conjunto de la economía. También significó el desplazamiento concebible de millones de trabajadores.

En 1964, la cuestión del crecimiento de la productividad asociado a la automatización dio lugar a la publicación del documento «La triple revolución», presentado al presidente Lyndon B. Johnson por el Comité Ad Hoc sobre la Triple Revolución. En él, la principal respuesta a lo que se caracterizó como la ruptura de la conexión ingresos-empleos, como resultado del creciente despido de trabajadores industriales, fue promover una renta básica universal. A esto, sin embargo, se opusieron enérgicamente Leo Huberman y Sweezy en un artículo de la revista Monthly Review sobre «La “triple” revolución» en noviembre de 1964. Consideraban la renta básica universal como una política miope del tipo retratado en la novela de Vonnegut, que conduciría a una población dependiente y desmoralizada, reducida a vivir de un sistema de bienestar social muy ampliado pero crónicamente deficiente. En su lugar, abogaban por un movimiento más revolucionario hacia el socialismo, mediante la propiedad pública de los medios de producción y la aplicación de una planificación por y para los trabajadores.

Ninguna de estas cuestiones, sin embargo, fue retomada en El capital monopolista de Paul A. Baran y Sweezy, que se terminó el mismo año en que se produjo el debate sobre la triple revolución (Baran murió en marzo de 1964, y Sweezy evitó introducir nuevos elementos en el libro cuando se publicó en 1966). El Capital Monopolista daba por sentadas las elevadas tasas de explotación y productividad de la industria monopolista-capitalista reflejadas en una «tendencia al alza del excedente». Se detuvieron deliberadamente en un análisis de la transformación del «proceso laboral» junto con «las consecuencias que han tenido los tipos particulares de cambio tecnológico característicos del periodo monopolista-capitalista». En lugar de retomar estas cuestiones, indicaron que estos elementos iban más allá de los límites autoimpuestos de su estudio y que tendrían que abordarse en un tratamiento más exhaustivo del capitalismo monopolista.

De hecho, en ningún lugar de la década de 1960 se abordó sistemáticamente la naturaleza real del proceso laboral, ni en la izquierda ni en las ciencias sociales burguesas. Simplemente se asumió que una tecnología más avanzada, que se consideraba un hecho consumado, mejoraba la cualificación de los trabajadores al tiempo que amenazaba con un desempleo cada vez mayor. Los debates sobre la alienación, influidos por Marx, consideraban que la implacable mecanización y automatización de la producción planteaba «una catástrofe de la esencia humana», en palabras de Herbert Marcuse. Sin embargo, faltaban críticas detalladas y significativas del proceso laboral bajo el capitalismo monopolista.

 

En su prólogo a la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: La degradación del trabajo en el siglo XX (1974), Sweezy iba a destacar esta deficiencia de El capital monopolista con respecto al proceso laboral, al tiempo que consideraba que la obra de Braverman colmaba esta enorme laguna. «Quiero dejar claro», escribió, “que la razón por la que Baran y yo mismo no intentamos de ningún modo colmar esta laguna no fue sólo el enfoque que adoptamos. Una razón más fundamental fue que carecíamos de las cualificaciones necesarias. Un genio como Marx podía analizar el proceso laboral bajo el capitalismo sin haber estado inmediatamente implicado en él, y hacerlo con una brillantez y perspicacia inigualables. Para los mortales de menor categoría, la experiencia directa es una condición sine qua non, como atestigua tan elocuentemente el pésimo historial de diversos «expertos» y «autoridades» académicos en este ámbito. Baran y yo carecíamos de esta experiencia directa de crucial importancia, y si nos hubiéramos aventurado en el tema, con toda probabilidad nos habríamos dejado engañar por muchos de los mitos y falacias que con tanta energía promueven los ideólogos del capitalismo. Después de todo, no hay ningún tema en el que sea tan importante (para el capitalismo) que se oculte la verdad. Como prueba de esta credulidad, citaré sólo un ejemplo: tragarnos entero el mito del tremendo descenso durante el último medio siglo del porcentaje de mano de obra no cualificada.” (véase El capital monopolista, p. 267).

Por el contrario, Braverman tenía una gran experiencia en el proceso laboral monopolista-capitalista y fue capaz de combinarla con una comprensión extraordinariamente profunda del tratamiento que Marx hace de la jornada laboral en El Capital, además de un examen de toda la historia de la gestión moderna y del desarrollo de la maquinaria ahorradora de mano de obra. Sin embargo, mientras que Trabajo y Capital Monopolista de Braverman sirvió para llenar el vacío dejado en El Capital Monopolista de Baran y Sweezy, Braverman tomó al mismo tiempo la descripción de la Revolución Científico-Técnica desarrollada en la monografía de Sweezy, junto con el análisis general de El Capital Monopolista, como base históricamente específica de su propio análisis. Cincuenta años después de la publicación de Trabajo y Capital Monopolista, la obra sigue siendo por tanto el punto de entrada crucial para el análisis crítico del proceso laboral en nuestro tiempo, en particular con respecto a la actual automatización basada en la inteligencia artificial.

 

Marx, Braverman y el trabajador colectivo

El argumento básico de Braverman en El trabajo y el capital monopolista es ahora bastante conocido. Basándose en la teoría de la gestión del siglo XIX, en particular en la obra de Babbage y Marx, fue capaz de ampliar el análisis del proceso laboral arrojando luz sobre el papel de la gestión científica introducida en el capitalismo monopolista del siglo XX por Fredrick Winslow Taylor y otros. Tanto Babbage como el teórico de la gestión del siglo XIX Andrew Ure, Marx y Taylor habían considerado que la división premecanizada del trabajo era primordial y constituía la base del desarrollo del capitalismo maquinista. Así, la lógica de una división del trabajo cada vez más detallada, tal y como se representaba en el famoso ejemplo del alfiler de Adam Smith, podía considerarse como antecedente y lógicamente anterior a la introducción de la maquinaria. En el caso de Babbage, el ejemplo del alfiler de Smith se reconfiguró para dar cuenta de la economía tanto de la manufactura (el primitivo sistema de fábricas bajo cooperación) como de la industria moderna (o maquinofactura). La lógica de la división capitalista del trabajo sentó las bases para los diseños de Babbage de los primeros ordenadores de cálculo, destinados al desarrollo progresivo de la división detallada del trabajo como medio para promover la plusvalía. Por lo tanto, existía una conexión directa en la emergente teoría de la gestión de la Revolución Industrial del siglo XIX entre la división detallada del trabajo, la automatización y el desarrollo del ordenador.

Fue Braverman, siguiendo el ejemplo de Marx, quien introdujo lo que llegó a conocerse como el «principio de Babbage» en la discusión contemporánea del proceso de trabajo en el contexto del capitalismo monopolista de finales del siglo XX, refiriéndose a él como «la ley general de la división capitalista del trabajo». Según este principio (ahora a menudo dividido en dos partes), la división del trabajo en condiciones capitalistas consistía en determinar (1) la menor cantidad de mano de obra necesaria para cada tarea individual, desglosada en sus componentes más pequeños, generando así (2) una economía en los costes laborales, ya que a cada tarea individual se le podía asignar la cantidad más barata de mano de obra necesaria para su realización.

Babbage había explicado los beneficios de la división del trabajo en términos de asignar las tareas menos exigentes (que entonces se consideraba que requerían menos esfuerzo muscular así como menos destreza) a mano de obra femenina o infantil más barata, frente a la mano de obra masculina adulta más cara, tradicionalmente artesanal. «Al dividir el trabajo a realizar en diferentes procesos, cada uno de los cuales requiere diferentes grados de destreza o fuerza», escribió, el propietario “puede comprar exactamente la cantidad precisa de ambos que es necesaria para cada proceso”. “Toda la tendencia de la industria manufacturera”, según Ure, era, si no la de sustituir totalmente el trabajo humano, al menos un medio con el que “disminuir su coste sustituyendo la industria de las mujeres y los niños por la de los hombres, o la de los obreros ordinarios por la de los artesanos capacitados”.

«En la mitología del capitalismo», escribió Braverman, el principio de Babbage se presenta como un esfuerzo para «preservar las escasas capacidades» poniendo a trabajadores cualificados a realizar tareas que «sólo ellos pueden desempeñar» y no malgastar «recursos sociales». Se presenta como una respuesta a la «escasez» de trabajadores cualificados o de personas con formación técnica, cuyo tiempo se aprovecha mejor «eficientemente» en beneficio de la «sociedad». Pero por mucho que este principio se manifieste a veces en forma de respuesta a la escasez de mano de obra cualificada… esta apología es en conjunto falsa. El modo de producción capitalista destruye sistemáticamente todas las competencias allí donde existen y hace surgir las competencias y ocupaciones que corresponden a sus necesidades. Las capacidades técnicas se distribuyen en adelante sobre la base estricta de la «necesidad de saber». La distribución generalizada del conocimiento del proceso productivo entre todos sus participantes se convierte, a partir de este momento, no sólo en «innecesaria», sino en una barrera positiva para el funcionamiento del modo de producción capitalista.

Con el avance de la división detallada del trabajo, como argumentó Marx en su crítica de la producción capitalista, la maquinaria podía introducirse para sustituir totalmente a la mano de obra, generando lo que era potencialmente una producción automática, al tiempo que arrojaba masas de trabajadores a la población excedente relativa, o ejército de reserva de mano de obra, disminuyendo así los costes laborales de forma generalizada. El trabajador, cuando aún estaba presente, quedaba reducido a un apéndice de la máquina. Toda esta tendencia se hizo evidente, como señaló Marx, en el hecho de que la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil en el corazón de la Revolución Industrial en Inglaterra eran mujeres y niños, que fueron superexplotados, recibiendo sólo una pequeña fracción del salario de los trabajadores artesanales masculinos a los que habían sustituido, lo que no era suficiente para la subsistencia. Todo ello alimentó el desarrollo de la industria maquinista y una mayor explotación de los trabajadores, cuyas condiciones –tanto si sus salarios eran altos como si eran bajos– les situaban en una desventaja cada vez mayor en relación con el enorme aparato productivo que su trabajo colectivo había generado, y que se les imponía como un peso muerto para potenciar tanto su explotación como su desplazamiento por las máquinas.

Aún así, para desarrollar aún más la división del trabajo, era necesario acabar con la resistencia de los trabajadores con la ayuda de la ciencia como poder directo dentro de la producción. Esto permitió lo que Marx denominó la subsunción real, por oposición a la meramente formal, del trabajador dentro del proceso de producción capitalista. Como afirma Matteo Pasquinelli en El ojo del amo: Una historia social de la inteligencia artificial: «Marx lo tenía claro: la génesis de la tecnología es un proceso emergente impulsado por la división del trabajo», mientras que la puesta en práctica del principio de Babbage señalaba todo el camino hacia la automatización y el dominio de la máquina como medio para una mayor explotación del trabajo.

La incorporación de la ciencia, personificada por lo que Sweezy llamaría «el científico colectivo», como un nuevo poder emergente dentro de la producción capitalista, sólo fue realmente posible con las economías de escala y la ampliación del mercado asociadas al crecimiento de la gigantesca corporación del capitalismo monopolista. La simple gestión llevada a cabo por el propietario y un puñado de supervisores en el capitalismo de libre competencia de pequeña empresa ya no bastaría para mantener la rentabilidad en las nuevas condiciones de la corporación gigante y multidivisional tras las oleadas de fusiones masivas de finales del siglo XIX y principios del XX.

El nuevo enfoque de la gestión fue mejor captado por Taylor; tanto es así que gestión científica y taylorismo se convirtieron en términos sinónimos. El taylorismo fue resumido por Braverman en términos de tres principios distintos: (1) «disociación del proceso laboral de las habilidades de los trabajadores», (2) «separación de la concepción de la ejecución» y (3) «uso de este monopolio sobre el conocimiento para controlar cada paso del proceso laboral y su modo de ejecución». Aunque Taylor afirmaba que los aumentos salariales eran parte integrante del sistema, al menos en las primeras etapas del empleo de la gestión científica en una industria determinada, el objetivo general era reducir los costes laborales unitarios de los empresarios. «Taylor”, escribió Braverman, “comprendió el principio de Babbage mejor que nadie de su época, y siempre estuvo por encima de todo en sus cálculos… En su primer libro, Shop Management [1903], dijo francamente que las “plenas posibilidades» de su sistema [de gestión científica] «no se habrán realizado hasta que casi todas las máquinas del taller sean manejadas por hombres de menor calibre y logros, y que por lo tanto sean más baratos que los requeridos en el antiguo sistema»». La contribución distintiva de Taylor consistió en articular un imperativo directivo a gran escala para aumentar el control del trabajo, que se aplicaría principalmente a través de la descualificación. Por lo tanto, dentro del taylorismo, sostenía Braverman, «subyace una teoría que no es ni más ni menos que la verbalización explícita del modo de producción capitalista».

Para Braverman, toda la lógica contradictoria del modo de producción capitalista y las posibilidades de una respuesta socialista revolucionaria sólo salieron a la luz con la mecanización y la automatización, incluida la introducción de la IA (una forma más avanzada de automatización) dentro de la producción monopolista-capitalista. Aquí el análisis de Braverman se basó fundamentalmente en el concepto de Marx del trabajador colectivo, que Marx utilizó como categoría para abarcar la totalidad de la división detallada del trabajo, la jerarquía del trabajo y la incorporación del conocimiento del trabajo a las máquinas. Incluso en el contexto de mayores niveles de mecanización asociados con la reducción de plantilla y el desplazamiento de trabajadores, el proceso de trabajo, según Marx, seguía siendo orgánicamente, y en términos del valor trabajo como su base, esencialmente el mismo.

El análisis de Marx sobre el trabajador colectivo en El Capital trascendió su discusión sobre el intelecto general en los Grundrisse, escritos alrededor de una década antes. En lo que llegó a conocerse como el «Fragmento sobre las máquinas» de los Grundrisse, el «intelecto general» se incorporó a las máquinas, lo que condujo a la aparente eliminación del trabajo -e incluso del valor trabajo- en la producción con el crecimiento de la automatización. El propio Braverman se referiría en El trabajo y el capital monopolista a la declaración de Marx en el «Fragmento sobre las máquinas», donde Marx había escrito: «El proceso de producción ha dejado de ser un proceso laboral en el sentido de un proceso dominado por el trabajo como su agencia rectora». El “Fragmento sobre las máquinas” se ha utilizado a veces erróneamente en discusiones recientes para argumentar que Marx veía la teoría laboral del valor como progresivamente desplazada por la producción mecanizada y la automatización. Sin embargo, esto ha sido refutado por análisis de cómo el concepto posterior de Marx del trabajador colectivo vino a desmitificar todo el proceso de mecanización y automatización, demostrando tanto la continua centralidad del trabajo como de la teoría laboral del valor.

El planteamiento de Braverman ante la aparente contradicción asociada a la subsunción del proceso laboral a la máquina fue centrarse precisamente en el concepto de Marx del «trabajador colectivo», no sólo como explicación de la sempiterna centralidad del trabajo en la producción, sino también apuntando a nuevas posibilidades revolucionarias. En el trabajador colectivo, el trabajo en su conjunto era visto por Braverman, al igual que Marx, como materializado dentro de un proceso orgánico, abarcando la jerarquía del trabajo y la mecanización.

Comentando la automatización y el trabajador colectivo en El Capital en respuesta a Ure, Marx había escrito: “El Dr. Ure, el Píndaro de la fábrica automática, la describe, por un lado, como «la cooperación combinada de muchos órdenes de obreros, adultos y jóvenes, para atender con asidua habilidad un sistema de máquinas productivas impulsadas continuamente por una fuerza central» (la fuerza motriz); y por otro lado como «un vasto autómata compuesto de diversos órganos mecánicos e intelectuales, que actúan en concierto ininterrumpido para la producción de un objeto común, estando todos ellos subordinados a una fuerza motriz autorregulada.» Estas dos descripciones distan mucho de ser idénticas. En una, el trabajador colectivo combinado aparece como el sujeto dominante [übergreifendes Subjekt], y el autómata mecánico como el objeto; en la otra, el autómata mismo es el sujeto, y los trabajadores son meros órganos conscientes, coordinados con los órganos inconscientes del autómata, y junto con estos últimos subordinados a la fuerza motriz central. La primera descripción [relativa al trabajador colectivo en general] es aplicable a todo empleo posible de la maquinaria a gran escala, la segunda es característica de su utilización por el capital, y por tanto del sistema fabril moderno. Por ello, Ure prefiere presentar la máquina central de la que procede el movimiento no sólo como un autómata, sino como un autócrata. «En estas espaciosas naves, el benigno poder del vapor convoca a su alrededor a sus miríadas de voluntariosos sirvientes».

En este planteamiento contradictorio de las implicaciones de la automatización por parte de Ure, la primera descripción, que corresponde, como sugería Marx, al fenómeno del trabajador colectivo en general, es coherente con el desarrollo de la producción socialista. La segunda corresponde al mito de la máquina en sí, dotada de un intelecto general, y en la que el trabajo está totalmente ausente o reducido a un estado abyecto y descerebrado. Para Ure, «cuando el capital alista la ciencia a su servicio, siempre se enseñará docilidad a la mano de obra refractaria». Para Marx, por el contrario, la respuesta revolucionaria consistía en alistar la ciencia en nombre del trabajador colectivo de forma que potenciara el libre desarrollo social.

Lo que iba a surgir como culminación del propio análisis de Braverman, basado en el de El Capital de Marx, fue el desarrollo de un enfoque revolucionario de la división del trabajo, la mecanización, la automatización y la IA, en el que el trabajador colectivo era, al menos potencialmente, el sujeto activo del trabajo social. Tal visión se oponía fuertemente a las caracterizaciones más maquinizadas -la visión preferida de Ure y Taylor- de un «vasto autómata compuesto de diversos órganos mecánicos e intelectuales» y que funcionaba como el autócrata insuperable de la producción, con los trabajadores reducidos a meros apéndices.

El trabajador colectivo, la IA y la reunificación de la producción

En la crítica de Braverman, la tecnología moderna, incluidas la automatización y la IA en la era digital, representaban en última instancia una poderosa tendencia a reunificar un proceso laboral que había sido degradado por la división capitalista del trabajo. Significativamente, todas las tareas utilizadas por Smith en su ejemplo del alfiler al principio de La riqueza de las naciones estaban ahora unidas en una sola máquina, lo que permitía la reunificación del propio proceso laboral. Sin embargo, el capitalismo en su etapa monopolista, en la que la explotación del trabajo y el proceso de valorización seguían arraigados en el principio de Babbage, trató constantemente de utilizar mayores niveles de mecanización y automatización para reinstituir lo que ahora era una división del trabajo cada vez más arcaica. Como declaró Braverman, «El proceso reunificado en el que la ejecución de todos los pasos está integrada en el mecanismo de trabajo de una sola máquina parecería ahora adecuado para un colectivo de productores asociados, ninguno de los cuales necesita dedicar toda su vida a una sola función y todos pueden participar en la ingeniería, el diseño, la mejora, la reparación y el funcionamiento de estas máquinas cada vez más productivas.» Sin embargo, estas posibilidades técnicamente abiertas al trabajador colectivo como resultado de la evolución de las fuerzas de producción se ven frustradas por las relaciones sociales de producción del capitalismo monopolista. «Así, el modo de producción capitalista impone a los nuevos procesos ideados por la tecnología una división del trabajo cada vez más profunda, por muchas posibilidades de lo contrario que abra la maquinaria».

Como el propio Marx reconoció en su concepción del trabajador colectivo, y como Braverman destacaría en el contexto del capitalismo monopolista, las nuevas posibilidades tecnológicas para la libertad humana, en las que los seres humanos son potencialmente los sujetos de la producción, se vuelven contra ellos. El trabajador se convierte en un mero objeto mercantilizado en un mundo en el que la gestión del capital utiliza la nueva tecnología de las máquinas para reforzar la división detallada del trabajo, tratando a la máquina, cada vez más «inteligente», como sujeto de producción en sí misma. En términos de Braverman, el trabajador colectivo de Marx se degradó a sí mismo bajo el capitalismo monopolista. «Si bien la producción se ha vuelto colectiva y el trabajador individual ha sido incorporado al cuerpo colectivo de trabajadores, éste es un cuerpo cuyo cerebro ha sido lobotomizado o, peor aún, extirpado por completo. Su mismo cerebro ha sido separado de su cuerpo, habiendo sido apropiado por la gerencia moderna como medio de controlar y abaratar la fuerza de trabajo y los procesos laborales».

Pero si la noción de Ure del trabajo colectivo reducido a una lógica de máquina estaba claramente presente bajo el capitalismo monopolista, el trabajador colectivo de Marx, combinado con el científico colectivo de Sweezy, representaba las nuevas posibilidades revolucionarias que surgieron a medida que las máquinas se automatizaban más, incorporando el conocimiento del proceso laboral desarrollado a lo largo de la historia humana. Con una educación más extendida de los trabajadores en ciencia e ingeniería a través de las escuelas politécnicas, posible gracias al aumento de la productividad, esto podría conducir a la reunificación y mejora del trabajo y la creatividad humanos. Irónicamente, cuanto más se hizo factible esto, más se degradó el propio sistema educativo capitalista, manteniendo a los trabajadores bajo el dominio del principio de Babbage, que dependía de la devaluación del conocimiento del trabajador.

De ahí que, en la sociedad monopolista-capitalista, la educación esté cada vez más sometida a la misma lógica que la división detallada del trabajo. El imperativo del sistema a este respecto estaba claro desde el principio. Como escribió Frank Gilbreth, uno de los fundadores de la gestión científica: «Formar a un trabajador significa simplemente capacitarle para llevar a cabo las instrucciones de su programa de trabajo. Una vez que puede hacer esto, su formación ha terminado, sea cual sea su edad». Este principio, unido a la degradación del trabajo, está detrás de la intensa degradación de la educación en las escuelas públicas de Estados Unidos y de otros países. La ciencia, la cultura, la historia y el pensamiento crítico se están eliminando sistemáticamente o se les está restando importancia en los niveles K-12, que se dedican cada vez más, sobre todo en los primeros cursos, a un proceso reductor impuesto por los exámenes estandarizados. Es como si el sistema hubiera encontrado por fin los medios para aprovechar al máximo el adagio del economista político clásico-liberal Adam Ferguson, «La ignorancia es la madre de la industria», subrayando que los trabajadores son más productivos desde el punto de vista del capital cuanto más descerebrados están. La digitalización de la educación, en lugar de ampliar el conocimiento y la creatividad, está conduciendo a lo contrario: a una estandarización implacable. El objetivo parece ser convertir a la mayor parte de la población en lo que C. Wright Mills denominó «robots alegres». Con el auge de los modelos lingüísticos a gran escala, unido al crecimiento de la IA generativa capaz de incorporar masas de entradas de datos y sintetizar artificialmente la información en «redes neuronales» de acuerdo con algoritmos predeterminados, se anima cada vez más a los estudiantes universitarios a utilizar estas tecnologías como sustituto mecánico del aprendizaje real. En lugar de un trabajador colectivo o un científico colectivo, se hace hincapié en la IA como una inteligencia de máquina colectiva.

Detrás de esto, en la morada oculta de la producción, se encuentra la continua degradación del trabajo humano. Google contrató a cien mil trabajadores temporales y subcontratados para escanear libros a gran velocidad al compás de una banda sonora regulada por el ritmo como parte de su plan para digitalizar todos los libros del mundo (se calcula que 130 millones de volúmenes únicos). Aunque el proyecto se ha abandonado en gran medida, se consideraba un mecanismo para el desarrollo de la IA generativa.38 El aumento del número de trabajadores temporales y contratados, que constituyen mano de obra precaria, son las realidades ocultas de la era digital/de la IA, oscurecidas por la mística de la «computación en nube». Los nuevos empleos de plataforma emplean a millones de trabajadores contratados. Las encuestas en línea sobre la mano de obra nacional realizadas por grupos empresariales como el McKinsey Global Institute «indican [que] entre el 25 y el 35 por ciento de los trabajadores» en Estados Unidos han «realizado trabajos atípicos o gigs de forma complementaria o principal en el mes anterior». En 2024, eso significa que al menos 41 millones de personas en Estados Unidos realizan algún tipo de trabajo gig [o de plataforma]», normalmente como trabajadores eventuales. Aunque innumerables puestos de trabajo se ven amenazados por la IA -cuyas estimaciones varían enormemente-, el trabajo no se está desplazando tanto en general como haciéndose más contingente y precario.

Sin embargo, existen tendencias opuestas a esta degradación aparentemente inexorable del trabajo. Surgen inevitablemente nuevas luchas revolucionarias dirigidas a «la reconstitución de la sociedad en su conjunto», como observó célebremente Marx, allí donde el potencial humano en expansión, asociado al desarrollo de las fuerzas productivas, se ve encadenado por las relaciones sociales de producción.40 Las luchas de clase actuales sobre el proceso laboral no se dirigen contra la nueva tecnología digital o la IA, sino contra la reducción de los propios seres humanos a meros algoritmos. El trabajador colectivo como encarnación del intelecto general sólo puede controlar las condiciones de producción en beneficio de la sociedad en su conjunto bajo un socialismo desarrollado, o un sistema igualitario y sostenible de desarrollo humano.

Fuente: Monthly Review

Artículo seleccionado por Carlos Valmaseda para la página Miscelánea de Salvador López Arnal

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Franz Kafka y el presente

 


Franz Kafka y el presente


 Carlos A. Solero

El Viejo Topo

9 de diciembre de 2024 

 

A pesar de que su vida se apagó hace un siglo Franz Kafka el escritor de origen checo que escribió en alemán no deja de ser nuestro contemporáneo.

En efecto, durante estos años, principalmente desde el comienzo de la pandemia de Covid 19 y cada día uno de los días transcurridos del año en curso ha sido para nosotros omnipresentes el autor de libros como La metamorfosis, El proceso, El castillo y de relatos como EL Fogonero.

También Albert Camus y su célebre ensayo sobre el absurdo El mito de Sísifo.

¿Por qué Kafka, las recientes resoluciones emitidas por el gobierno nacional restringiendo el acceso a los medicamentos a las jubiladas y jubilados, imponiéndoles la modalidad de uso informático que impide el vínculo directo con seres humanos que asesores a personas mayores sobre cuestiones de importancia, fundamentales para el sostén de su salud genera desosiego, angustia y sufrimiento.

Todo esto es parte de la crueldad planificada por los tecnos burócratas y se parece y mucho a lo que Franz Kafka describe en sus novelas, la maquinaria burocrática corroe el carácter de las personas, daña su salud mental, la deteriora.

Los mecanismos y dispositivos administrativos de lo que Michel Foucault denominó sociedad disciplinaria vigilan, controlan y castigan.

Lo que les toca padecer a los jubilados privados de medicamentos, también les ocurre a las personas con discapacidades  de nacimiento, surgidas de accidentes laborales  o de otro tipo, la mediación maquínica orina una dictadura de nuevo cuño donde “lo no humano” impera de manera taxativa. Lo impersonal nos “transforma en un mero número de expediente y hasta en un código de barras como los objetos.

En las actuales sociedades de control como las llama Gilles Deleuze, el sistema del capital mercancía necesita de la despersonalización para operar con mayor eficacia en el ejercicio de la dominación.

El fetiche de tecnológica tiende a generar una falsa ilusión de autonomía y en realidad lo que hace es ajustar cada vez más los yugos de nuevas esclavitudes.

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