Análisis especial: el 3 de
enero y la racionalidad imperial contra Venezuela
Diario octubre / enero 11, 2026
Los sucesos del
sábado 3 de enero son archiconocidos; por ende, no haremos una reseña de los
acontecimientos. Más bien, apuntaremos las razones de fondo del ataque
estadounidense en suelo venezolano y secuestro del presidente Nicolás Maduro y
la primera dama Cilia Flores.
Más allá de la
condena ética, persiste una pregunta necesaria: ¿Por qué EE.UU. llegó al
extremo de tomar una decisión de esta magnitud en pleno siglo XXI, a todas
luces nocivo vistos los resultados políticos tanto en el país norteamericano
como en Venezuela?
La respuesta no
está en los discursos de Trump («vamos a gestionar Venezuela») ni en los
eslóganes de Pete Hegseth y MarcoRubio. Más bien se pueden argumentar varias
respuestas, todas nucleadas alrededor de un documento que anunció las acciones
estadounidenses con frialdad técnica semanas antes: la Estrategia de Seguridad Nacional
2025 (ESN).
El Corolario
Trump: cuando la soberanía es una oferta coercitiva
La ESN es un
acto político que reconfigura las reglas del juego en el hemisferio occidental.
En sus 33 páginas, introduce lo que ha llamado el «Corolario Trump a la
Doctrina Monroe», donde no define si un Estado es soberano o no, sino de qué
tipo de soberanía cuenta como legítima para el orden hemisférico
estadounidense.
Sin duda, se
trata de una afirmación ontológica dentro del régimen de excepción que Trump
2.0 intenta establecer en esta parte del mundo.
Porque la
legitimidad ya no depende del régimen interno ni del cumplimiento de normas
internacionales, sino de su compatibilidad con la cadena de valor
estadounidense. La ESN lo formula sin ambigüedades:
· «Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar
fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos
estratégicamente vitales, en nuestro Hemisferio» (p. 15).
· «Los términos de nuestros acuerdos (…) deben ser contratos de fuente única
para nuestras empresas» (p. 19).
·
«Debemos hacer todo lo posible por expulsar a empresas
extranjeras que construyan infraestructura en la región» (p. 19).
Esto implica
que la soberanía de otros se mide por su capacidad para no interferir y,
preferiblemente, facilitar los intereses vitales de EE.UU.
Un Estado puede
ser plenamente reconocido por la ONU, celebrar elecciones y tener control
territorial. Pero si permite que una empresa china construya un puerto, una
mina o una red 5G, su soberanía se vuelve funcionalmente ilegítima. Bajo este horizonte
conceptual nos hemos referido con la soberanía funcional en un análisis especial sobre el
documento.
Venezuela
encarna el desafío máximo para esta doctrina: es el caso-límite. Mantiene
alianzas estratégicas con China, Rusia e Irán; controla recursos críticos sin
entregar su gestión a capitales alineados; y ha desarrollado mecanismos de
intercambio que eluden el dólar y las cadenas de valor estadounidenses.
En este vacío
estructural —donde un país es soberano según el derecho internacional, pero
ilegítimo según la lógica imperial— cualquier medida contra él se vuelve
«razonable». Según la razón impuesta por Washington, no por analogía sino por
relación funcional:
· Las sanciones son «medidas de contención».
· El cerco económico es «restablecimiento de condiciones mínimas de
estabilidad».
·
La agresión militar es «prevención de amenazas».
Y el secuestro
de un presidente constitucional, en este marco, no es una violación de la
soberanía: es una operación técnica de gestión del riesgo. Es por esto por lo
que la ficción del «Cartel de los Soles» ya no es necesaria en
el marco de las justificaciones violatorias.
El derrumbe del
petrodólar
El quid de
la cuestión no son las reservas petroleras de Venezuela —aun siendo las más
grandes del mundo, por lejos—, sino en qué moneda se comercian. Como señala el analista Pepe Escobar:
«El corazón del
asunto no son las reservas petroleras de Venezuela per se, sino el
petróleo denominado en dólares. Imprimir papel higiénico verde infinito
—intrínsecamente sin valor— para financiar el complejo industrial-militar
implica que el dólar siga siendo la moneda de reserva global, incluido el
petrodólar».
Venezuela, para
lograr un marco de resistencia a las sanciones ilegales —de manera efectiva o
no, es otra discusión—, rompió el cerco financiero. La integración al sistema
chino CIPS, el mecanismo SWIFT que está comenzando a proyectar como una
alternativa real al dolarcentrismo sistémico, creaba las condiciones para que
el crudo se pagara en yuanes, rublos o una cesta respaldada por oro.
Ese paso no era
técnico, sino la primera brecha real en el monopolio del dólar petrolero desde
1974.
El petrodólar
es el pilar material del poder estadounidense, junto con la industria y
proyección militar padecida. Sin aquel, EE.UU. no puede financiar su déficit (6-7% del PIB), ni su
deuda (más del 120 % del PIB), ni su gasto militar (1,5 billones de dólares para
este año).
El secuestro de
Maduro así buscaba detener la fuga del dólar en el comercio petrolero global,
mientras aseguraba el control sobre Citgo para entregarla al fondo del buitre
financiero Paul Singer (Elliot Investment Management). La filial de PDVSA en
EE.UU., asimismo secuestrada por el marco sancionatorio, es una infraestructura
crítica de poder energético. Su entrega forma parte de una reconfiguración del
hemisferio, a tono con lo referido en la ESN.
La ficción
financiera-especulativa y el esqueleto del saqueo
El capitalismo
contemporáneo, especialmente en su variante estadounidense, ha entrado en una
fase en la que el valor ya no se produce principalmente en la esfera
productiva, sino en la especulación financiera.
Desde los años
1970, y de forma acelerada tras la crisis de 2008, la economía de EE.UU. se ha
desmaterializado: su riqueza se basa en derivados, algoritmos, deuda soberana y
la financiarización de la vida cotidiana. Este proceso no crea valor nuevo (en
términos marxianos), sino que redistribuye y anticipa valor futuro mediante
mecanismos ficticios.
El valor en el
capitalismo actual sigue estando fundado en el trabajo humano; continúa
teniendo raíces materiales. La paradoja radica en que, mientras el capital
financiero-especulativo, transado en Nueva York, se aleja de la producción,
necesita con urgencia reapropiarse de espacios reales de riqueza material para
sostener su ficción.
Venezuela —con
las mayores reservas petroleras del mundo, oro, coltán, biodiversidad
estratégica y soberanía energética— representa un territorio de rescate
ontológico para un capital que ya no sabe cómo crear valor.
Por ello nunca
se ha tratado de «liberar» a Venezuela, sino de reintegrar sus recursos a la
órbita de la acumulación estadounidense, despojándola de su capacidad de
resistencia.
La historia del
capitalismo ha estado marcada por ciclos de expansión y crisis. Pero hoy el
sistema enfrenta una crisis estructural de acumulación: los mercados están
saturados, la tasa de ganancia cae y la innovación tecnológica ya no reactiva
la producción, sino que destruye empleo y valor, según la investigación de los
datos empíricos expuestos por los investigadores Güney Işıkara y Patrick Mokre
(en su libro de 2025 Marx’s Theory of Value at the Frontiers, reseñado por el
economista inglés Michael Roberts).
En este
contexto, el capital ya no puede expandirse «por dentro», sino solo «por
fuera»: mediante desposesión, guerra y reconfiguración forzada de fronteras. De
este horizonte de análisis, Işıkara y Mokre confirman que el ataque
estadounidense contra Venezuela no fue una aventura militar aislada. Veamos.
Entre 1990 y
2020, 70 billones de dólares —el 5,9 % del producto global anual en
industrias productivas— se transfirieron del Sur Global al núcleo imperial, con
EE.UU. y Japón como principales beneficiarios. México, Brasil, Indonesia y
Rusia son grandes «donantes netos» de valor. Esta transferencia no se debe solo
a la explotación laboral, sino también a diferencias en la composición orgánica
del capital (tecnología, productividad).
Sin embargo, el
caso de Venezuela es distinto: al nacionalizar sus recursos y resistir la
lógica extractivista neoliberal, se ha convertido en un obstáculo definitorio
para la reproducción del capital occidental. No solo no entrega valor; lo
retiene. Por eso, la única forma de reintegrarlo al circuito de acumulación es
mediante la fuerza o el cambio de régimen (algo que no logró concretar con el
secuestro del presidente Maduro).
Bajo este
marco, el despliegue militar en el Caribe es, esencialmente, la materialización
de la lógica del capital estadounidense en su fase terminal; cuando ya no puede
negociar, sino imponer su régimen de excepción: Washington solo gana porque es
más depredador.
Venezuela, al
negarse a ser un «espacio de explotación», se convirtió en un obstáculo
sistémico. Su eliminación —política, jurídica, física, como posibilidad de
alternativa— era una necesidad estructural del capital imperial en su fase
terminal.
Y aquí radica
la paradoja letal: cuanto más exige EE.UU. que otros sean «funcionales», más
evidente se vuelve su propia disfunción. Su economía depende de déficits
insostenibles; su clase media, de la que depende su estabilidad interna, está
pulverizada; su cohesión política, fracturada por una oligarquía tecnocrática
que gobierna desde los algoritmos y los fondos de inversión.
El discurso de
America First revela, en el fondo, una profunda inseguridad: es la voz de quien
teme perder el control. Por ello, Trump (y Rubio y Miller y etc.) buscaba un
golpe de efecto que pudiera soliviantar el propio ánimo narcisista.
La debacle
civilizatoria
Pero más allá
de lo económico, la operación del 3 de enero revela algo aún más grave: el
colapso civilizatorio del proyecto estadounidense.
Trump, Rubio y
Hegseth no invocaron la Carta de la ONU, ni el derecho internacional, ni
siquiera el pretexto del «libre comercio». Lo justificaron con una retórica
apocalíptica, con las etiquetas removibles del narcotráfico, el terrorismo y
las «amenazas inminentes».
Esta retórica
es el lenguaje de una potencia que ha perdido su brújula, que ya no sabe qué
futuro ofrecer al mundo; ni siquiera a sus propios ciudadanos.
Y detrás de la
retórica, está la práctica: más de 100 personas asesinadas en el Caribe —entre
venezolanos, colombianos, trinitenses, etc.— sin juicio, sin testigos, sin base
legal; el uso de drones, bombarderos y marines sin autorización del Congreso;
la invención de la categoría de «combatientes ilegales» para evadir las Convenciones
de Ginebra. Se trata de ejecuciones extrajudiciales encubiertas bajo el
pretexto de la «guerra contra el narcotráfico», pero que en la práctica
constituyen operaciones de carácter militar dirigidas desde el alto nivel
político estadounidense.
Y el ataque
contra Venezuela representa la lógica última de un sistema sin proyecto: cuando
ya no puede seducir, intimida; si ya no puede convencer, elimina.
Porque, a todas
luces, EE.UU. enfrenta una crisis de legitimidad civilizatoria. El capitalismo
estadounidense prometió democracia, progreso y bienestar, pero ha generado
desigualdad extrema, racismo sistémico, destrucción ecológica y una cultura del
individualismo depredador. La clase media se desintegra; la esperanza de vida
disminuye; la salud mental colapsa. El modelo ya no seduce ni siquiera en su
propio territorio.
Frente a esta
pérdida de hegemonía cultural, el establishment recurre a una religión
sustituta: el nacionalismo imperial. La «Doctrina Donroe» y el MAGA son
consignas políticas, sí, pero sobre todo ritos de duelo por una grandeza
perdida. En este contexto, Venezuela se convierte en el chivo expiatorio
perfecto: su demonización y amenaza de destrucción permite —en teoría—
reunificar simbólicamente a una sociedad fracturada.
Esta lógica se
expresa en una racionalidad necropolítica (tomando nuevamente el concepto de
Achille Mbembe): el poder ya no gestiona la vida, sino que decide quién puede
ser encarcelado sin juicio, secuestrado sin derechos o bombardeado sin
justificación. Nada de lo ocurrido el 3 de enero fue un incidente aislado, sino
la normalización de la excepción.
La política exterior estadounidense se ha convertido en terapia colectiva para
una civilización en duelo, donde cada amenaza militar es un acto de fe en un
poder que ya no cree en sí mismo: solo en la fuerza, y de ahí lo peligroso (que
ya es mucho decir).
Sobre todo,
frente a la oligofrenia de un ricachón narcisista instalado en la Casa Blanca
que encarna a la perfección la desesperación imperial.
El espejo roto
El 3 de enero
no fue un «golpe exitoso»: lo podemos comprobar en las calles de Venezuela, en
la estabilidad política provista por la continuidad administrativa del Estado
con la presidenta (e) Delcy Rodríguez al frente. Pero sí fue la primera
ejecución pública del Corolario Trump, más allá del despliegue caribeño: una
doctrina que reemplaza la soberanía jurídica por la soberanía funcional, el
derecho internacional por la gestión técnica del riesgo y la diplomacia por la
coerción estructural.
En ese acto de
fuerza, EE.UU. reveló su debilidad más profunda: ya no puede imponer su orden
mediante el consenso, ni siquiera mediante el miedo sostenido. Necesita secuestrar
presidentes, asesinar civiles a mansalva y fabricar enemigos existenciales para
mantener la ilusión de control.
Bajo este
régimen de realismo imperial, Venezuela constituye una excepción histórica
—imperfecta, contradictoria, pero real— que ha logrado, contra todo pronóstico,
mantener el control estatal sobre sus recursos estratégicos.
Lo que
representa un peligro para los intereses estadounidenses y para el orden
depredador que ha sostenido al capital occidental durante décadas.
Podríamos
afirmar, sin sospecha demagógica o meramente propagandística, que no se temía a
Maduro, sino a que su ejemplo se multiplicase.
Y en eso, el
fracaso ya está escrito: mientras Venezuela siga existiendo —repetimos: como
posibilidad de alternativa—, el orden funcional del imperio decadente no
estará completo.
Fuente: Misión
Verdad

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