martes, 28 de julio de 2020

Podemos no ha podido y como no despierte no podrá. El saber está en los libros, esto es indiscutible, y en consecuencia, cuanto más se lea y mejor se comprenda lo leído mejor para todos. Yo tengo 72 años, de lo cual no tengo ninguna culpa, desde los 14 años no he dejado de leer, actualmente curso estudios de sociología en un Universidad americana y creo que tengo más de treinta papelitos de esos que sirven para enmarcar y colgar en las paredes para tapar agujeros y grietas, digo esto para dejar sentado que en absoluto me opongo a que se lea ni que se critique en modo alguno al que tenga 19 doctorados (si ha estudiado para ello y sus tesis doctorales las ha hecho él) sino todo lo contrario. Lo que diré y digo es que hay que leer y, especialmente, los trabajadores. De mis estudios no alardeo, porque todo lo que yo haya podido aprender en los libros es el saber de otros. Si acaso presumo de algo es de haber tenido unos padres muy bueno y trabajadores, de estos trabajadores que tuvieron que emigrar en el año 1962 desde la actual Isla Mayor, Sevilla, a Zaragoza. Fueron mis padres, especialmente mi padre, el que me enseñó lo necesario que era el estudio, pero, como los garbanzos no los da Dios, ni se ganan leyendo libros sino trabajando, amigo mío, primero trabajar después estudiar, que es lo que yo he hecho durante toda mi vida. Y, aquí, en el asunto de trabajar, sí puede que se me vaya la mano y diga que soy mejor trabajador de lo que soy, pero de que soy trabajador de cotizar a la seguridad social (de 1962 a 2012) no hay duda. Y por esta razón yo no me fío de ningún salvador de trabajadores que no sea o haya sido trabajador, ni de Pablo Iglesias ni de San Pedro, el santo. Los libros valen, como digo, para aprender, pero no para hacer teorías. Las teorías, al igual que las críticas, se elaboran a partir de los datos que se extraen de la realidad, a los que después de estudiarlos y analizarlos se ordenan lógica y racionalmente o al revés, y se establecen como guía práctica de lo que hay que hacer para conseguir el fin propuesto. Esto lo he aprendido leyendo a Carlos Marx. En el artículo que sigue, Gerardo Muñoz y Alberto Moreiras analizan el fracaso de Podemos. Yo estoy de acuerdo (y esto no es de ahora) en el fracaso de Podemos, y en parte con algunas razones que dan estos dos autores. Las razones que yo opongo al análisis que hacen, es que es un análisis académico o muy académico con un tono muy subido en lo sociológico, y que por ello no tiene aplicación práctica, al menos no lo dicen. Es evidente que la crítica a Podemos hay que hacerla, y si se pudiera comenzar ahora mismo mejor que mañana. Pero esta critica, para que sea tal, se tiene que realizar en los Círculos de Podemos que no existen o no existen de forma generalizada. Yo proponía (y propongo ahora otra vez) en mayo de 2011 (Podemos no había nacido todavía) a los Acampados del 15-M en la Plaza del Pilar de Zaragoza, la creación del la Universidad del Pueblo en la Calle, que fue aprobada y que me cupo la honra de inaugurar dando la primera lección, como puede verse en el segundo artículo que aparece más abajo, cuyo tema fue la explicación de la crisis de 2008 (que continua y que continuará mientras dure el sistema capitalista, a pesar de los botes de pintura histórica que se le han echado por encima al reciente acuerdo del gobierno con la UE) lo que la misma representaba: el principio del fin del sistema capitalista, pero no como estamos viendo, sino como no se quiere ver, que debe ser el centro y punto de referencia de cualquier crítica que se le haga a Podemos o a cualquier otra organización que se califique de izquierdas. Todo tipo de análisis económico y político que se haga, cualquier critica que se realice que no fije el punto de mira en que el modo de producción capitalista a partir de 2008 se convierte en algo materialmente inviable y que en base a ello hay que buscarle una alternativa, se quedará en una buena fuente que proporcionara buenas aguas de borrajas, pero nada más, con el consiguiente y paulatino empeoramiento de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población hasta el estallido final. Como ya están los Círculos no hace falta que nos entretengamos en revivir aquella propuesta mía de la creación de la Universidad en la Calle, pero hay que ponerlos en marcha. Y hay que ponerlos en funcionamiento aunque la dirección actual de Podemos sea reacia a ello.



El fracaso de Podemos y la insuficiencia de la “hegemonía”
  • "Dado su continuo declive, puede ya afirmarse con cierta confianza que Podemos ha fallado hasta ahora, en términos generales, en su misión histórica"
  • "Tanto la crisis económica como la emergencia del coronavirus han confirmado los ‘límites de la hegemonía neoliberal’"
  • "El declive de Podemos revela una lección importante: si el progresismo ha de tener oportunidad para crear cambio social duradero, deberá ir más allá de la hegemonía"
Firma invitada El martes, 28 de julio de 2020

Pablo Iglesias junto a Miren Gorrotxategi en Durango durante la última jornada de la campaña electoral en Euskadi. / Efe

Gerardo Muñoz y Alberto Moreiras
Las recientes elecciones regionales en Galicia y en el País Vasco han confirmado que el apoyo político a Unidas Podemos se ha desplomado. Como ha sugerido Jorge Lago, un cofundador y ahora exmiembro del partido, Unidas Podemos está ahora en una posición similar, y potencialmente peor, que la que tuvo Izquierda Unida (IU) antes de 2014, es decir, en los márgenes más bien remotos del sistema político, con votantes relativamente fieles, pero reducidos. En la medida en que Unidas Podemos ha absorbido a Izquierda Unida, este resultado es terriblemente pobre: seis años después de la fundación del partido, no se ve ningún progreso en términos de un compromiso social general por el cambio del sistema político y económico. Como sabemos, el partido fue formado tras el movimiento de los indignados (2011-12) con la idea de enfrentar y realizar una transformación radical del sistema político instalado tras la transición española a la democracia en 1978. Hubo un momento, en 2014, cuando pudieron proclamarse de manera entusiasta principal partido nacional en términos de intención declarada de voto, pero, dado su continuo declive, puede ya afirmarse con cierta confianza que Podemos (el nombre original del partido) ha fallado hasta ahora, en términos generales, en su misión histórica. No hay ninguna alegría en decir esto. Aunque es verdad que Unidas Podemos gobierna hoy en coalición con un más poderoso Partido Socialista, y que el secretario del partido, Pablo Iglesias, es Vicepresidente del Gobierno y Ministro de Derechos Sociales en la Moncloa, es difícil sostener, como testifican las elecciones regionales y la enorme pérdida de votos en ambas regiones autónomas, que hayan aprovechado de manera exitosa su posición dentro del gobierno. De cierta manera, Iglesias todavía encarna la posición de un pequeño Rex [qui] regnat et non gubernat. ¿Cómo puede explicarse la espectacular caída de Podemos? En los años venideros, tanto politólogos como historiadores debatirán acerca de las causas y factores que contribuyeron a su fallida apuesta política, pero nos gustaría plantear que su declive no solo se debe a sus problemas específicos de liderazgo, al curso de los acontecimientos históricos, o a la profundización de la fragmentación social y la desorientación de la sociedad – todos estos son, por cierto, factores secundarios. Pero hay algo más: su trabajo teórico-político de base fue inadecuado desde el comienzo. El fracaso de Podemos es también un fracaso de la teoría.
Habilitándose a sí mismo como un partido populista que surgía de las olas de protesta social contra la austeridad y la precarización del 15M, Podemos mantuvo que la teoría de la hegemonía, tal como fue conceptualizada por pensadores políticos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, junto con la teoría del populismo que Laclau propuso a inicios de los años 2000, que incorporaba la teoría de la hegemonía, era el mejor y único modelo para traducir las demandas sociales radicales en una transformación del statu quo político. Incluso pensaban que la hegemonía, en cuanto teorizada por Laclau y Mouffe, ofrecía un camino hacia un nuevo sentido común, capaz de recuperar el compromiso con la democracia que había sido abandonado por las élites institucionales, incluyendo a los socialistas. Nunca pensaron en condiciones españolas específicas, donde las complejidades de la vida política estaban destinadas a hacer de su teoría, a pesar de su genialidad original, un corsé inutilizable. Como sostiene Lago, el Podemos original tenía un diseño claro (aunque, desgraciadamente, demasiado claro) para construir una contra-mayoría capaz de reunir especificidades territoriales dentro de un proyecto nacional-popular. Pero nunca dudaron de que su marco teórico pudiera guiarlos hacia una realización concreta: lo dieron por hecho a través de sus slogans auto-celebratorios sobre híper-liderazgos mediáticos y la construcción equivalencial de “el pueblo”.
La hipótesis de la hegemonía, predicada sobre la unidad popular y dependiente de la unión de las demandas populares bajo un mando autorizado y frente a un antagonismo radical contra la casta reinante, fue usada tan efectiva como torpemente para neutralizar conflictos y disensos dentro del partido, mientras que, al mismo tiempo, se dejaba de lado la construcción de instituciones y una organización de bases sólida y plural. Estaban por la democracia, pero era un tipo de democracia particular. Las cadenas equivalenciales de Laclau y Mouffe terminaron siendo las cadenas de los que querían servir bajo el yugo de Iglesias (o, alternativamente, bajo el de Íñigo Errejón, el segundo al mando). Dejando de lado el doloroso (y, para muchos, imperdonable) error de rehusar facilitar un Gobierno socialista después de las elecciones de 2015, el cénit de tal errancia política se vio durante el segundo congreso del partido en Vista Alegre, en la primavera de 2017, donde los principios imperativos de “unidad” y “consenso” decretados por Pablo Iglesias obstruyeron toda posibilidad de reformas internas, como las propuestas por Íñigo Errejón, quien de manera tímida y excesivamente respetuosa abogó por el pluralismo en el partido, la permeabilidad institucional y una transversalidad social inclusiva. Después de 2017, Podemos perdió su compromiso (y quizá incluso su capacidad) para emprender el proceso necesario de “aprendizaje lento” y atención cuidadosa a la realidad, que filósofos políticos como José Luis Villacañas estaban recomendando – optando por una visión política enraizada en liderazgo vertical, autoritarismo interno y alianzas políticas precarias (y precariamente oportunistas) en las regiones autónomas que se desmoronaron, en todas partes, con el tiempo.
Mientras Errejón, el segundo líder más importante en ese momento, y su errejonismo tuvo el potencial de reformar Podemos, su posición política minoritaria actual también habla de las deficiencias del principio de la hegemonía que todavía enmarca, de manera obstinada y contra toda evidencia, su práctica política. Errejón tuvo al menos dos oportunidades para alejarse del modelo hegemónico de Podemos: primero en el Congreso de Vista Alegre de 2017, cuando fue sólidamente vencido por el ala de partido de Iglesias, y luego en 2019, al crear una plataforma política en alianza con el Partido Verde Español (EQUO), Más Madrid, que terminó perdiendo el Gobierno de Madrid ante el Partido Popular (PP). Desde entonces, el errejonismo en cierto modo también ha abandonado una visión nacional, favoreciendo en su lugar una retórica ecológica en conjunción con aliados nacionalistas territoriales que también generó crisis interna. El hecho de que el errejonismo eligiera una estrategia “de búnker” no habla solamente de la falta de estrategia institucional heredada de Podemos: también hace explícita una posición defensiva basada, en última instancia, en ideales abstractos de orden, popularismo, y soberanías regionales, como si su destino fuera el de preservarse a sí mismos como ejército de reserva de una izquierda futura. Si para Unidas Podemos la hegemonía, en aplicación caída de la teoría general de Laclau, trabaja como un aparato para nombrar y luego representar la fidelidad al liderazgo central, el mismo principio de la hegemonía sirve al errejonismo como una respuesta política cazalotodo para una recomposición de la izquierda en tiempos más democráticos y bajo mejores condiciones. Pero no sucederá, o no para ellos. En un escenario social cada vez más fragmentado, la clausura teórica de la hegemonía que da forma a la praxis política de este grupo progresista termina siendo una parálisis. Los límites de la teorización general de Laclau al nivel de la política efectiva han operado como grilletes y anteojeras que han destruido en gran medida la fuerza política inicial de Podemos y no pueden hacer mucho por restaurar Más Madrid o el errejonismo a ningún lugar particularmente prometedor.
Por años hemos sugerido que es necesario pensar más allá de la hegemonía. La teoría de la hegemonía, si bien es una descripción brillante de la construcción política en general, es también un principio inadecuado e insuficiente para la construcción social en el camino de una democratización basada en la igualdad. Como la periodista Lucía Méndez nos ha recordado recientemente, la noción de posthegemonía (en particular en la versión de Jon Beasley-Murray) era más cercana en algunos aspectos importantes al espíritu inicial de Podemos, los vinculados de manera más orgánica con el movimiento del 15M, pero fue rápidamente abandonada a favor de una así llamada latinoamericanización de la política española, esto es, a favor de una apuesta por una construcción popular-nacional que es el principal referente para la teoría del populismo de Ernesto Laclau. Hay también un giro concomitante y quizá en última instancia más profundo hacia un gramscismo pedagógico, que tiene el mérito de reconocer algunas limitaciones de la teoría reductiva de Laclau y Mouffe, pero que se mueve hacia una especie de larga marcha de la historia que probablemente no tiene aplicación política inmediata. El énfasis en producción de think-tanks para la formación de militantes (la “autodisciplina” gramsciana del trabajador que se prepara para el despliegue de la ley histórica) es otro aspecto de un componente pedagógico en la nueva cultura política que parece obsoleto y, en última instancia, contra-productivo.
De todas maneras, para que todos estos diseños tengan una oportunidad política real, debe adoptarse un nuevo marco operacional al margen del dogmatismo hegemónico, en particular si existe interés en evitar los errores de los últimos años, que pueden haberse vuelto ya, paradójicamente, demasiado cómodos para muchos. Una operacionalización posthegemónica de la práctica democrática no constituye ni doctrina política ni ningún nuevo concepto civilizacional. Debe usarse como un indicador de la práctica política que busca favorecer la producción del disenso y la subsecuente negociación del conflicto, en vistas a una simbolización igualitaria, en una sociedad rápidamente fragmentada que no es ni será dependiente de principios hegemónicos, ni querrá serlo, para conseguir cohesión social. Lejos de ser una condición de creación de “el pueblo”, ese horror unificador es precisamente lo que el pueblo no quiere, y ya ha rechazado, para cualquiera que tenga oídos para oír.
Para concluir, Lago está en lo correcto al declarar que tanto la crisis económica como la emergencia del coronavirus han confirmado los “límites de la hegemonía neoliberal”. Debemos también extender esta tesis a la inadecuación del concepto mismo de hegemonía, que ha probado ser incapaz, una y otra vez, de enmendar las fracturas de la democracia más allá de la mera conquista temporal y la administración fortuita del poder estatal, como hemos visto en la experiencia de varios gobiernos latinoamericanos de la marea rosa. La teoría de la hegemonía, en las manos de algunos autoproclamados intelectuales orgánicos, cuando es usada como el modelo preferido para la práctica política, no puede hacer mucho más que servir de palanca para una clase metropolitana políticamente involucrada y teóricamente adoctrinada. El declive de Podemos revela una lección importante: si el progresismo ha de tener oportunidad para crear cambio social duradero, deberá ir más allá de la hegemonía, que es un concepto que en última instancia pertenece a la gramática de la política militante del siglo veinte, pero que no es apropiado para navegar la naturaleza heterogénea de las muy complejas sociedades contemporáneas.
*Gerardo Muñoz enseña en la Universidad de Lehigh, Pensilvania. Su más reciente publicación es La fisura posthegemónica (Doblea editores, 2020). @GerardoMunoz87
*Alberto Moreiras es profesor en la Universidad de Texas A&M. Sus más recientes publicaciones son Sosiego siniestro (Guillermo Escolar Editor, 2020) y Manual de infrapolítica (La Oficina ediciones, 2020). @MoreirasAlberto

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Acampada Zaragoza inaugura la Universidad del Pueblo en la Calle con un taller sobre Economía Política
25. mayo 2011 | Por Redacción | Categoria: AragónHoy destacamos
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>>> La asamblea ha decidido desarrollar herramientas de Democracia 2.0 para procesar la ingente cantidad de propuestas que están recibiendo


Zaragoza.- Acampada Zaragoza inauguró ayer a mediodía la Universidad del Pueblo en la Calle con un taller sobre Economía Política a cargo del columnista y escritor sevillano afincado en Zaragoza, Manuel Sogas.

Con la ayuda de una pizarra y un sistema de megafonía, Sogas fue desgranando ante unas doscientas personas los entresijos del funcionamiento del modo de producción actual, con especial atención a todo lo relacionado con la crisis del sistema, el mercado del trabajo y la obtención de los beneficios empresariales.

Así el ponente explicó que “la crisis capitalista objetivamente es una interrupción en el proceso de acumulación del capital, llegado un momento en el que la tasa de beneficio del capital cae por debajo de lo que se establece como mínimo necesario para que el capital siga creciendo”.

Sogas incidió también en que, en toda sociedad “hay una estructura económica (que es la que decide cómo se produce), una estructura política (que es la que regula a la estructura económica), y una estructura ideológica (que es la que legitima a las dos anteriores)”, por lo que “actuar contra la crisis capitalista es actuar contra estas tres estructuras”.

Desde el público se apuntaron diversas cuestiones como la dificultad que tienen las pequeñas y medianas empresas españolas para competir en igualdad con las macrofactorías chinas donde la gente trabaja 7 días a la semana, 12 horas cada día, por menos de 50 euros al mes; las incoherencias económicas que encierra la Unión Europea; o el papel de los medios de comunicación en la sociedad.

Por la tarde tuvo lugar un segundo taller sobre Asamblearismo, en el que Elsa Navarra expuso ante decenas de personas las ventajas e inconvenientes de los modelos asambleario y representativo de intervención social.

Democracia 2.0

En cuanto al funcionamiento de la Acampada, desde la comisión de Comunicación informaron ayer de que se van a implantar herramientas de Democracia 2.0 “para agilizar el procesamiento de la ingente cantidad de sugerencias y proposiciones que nos están llegando de todos los ciudadanos que están participando y colaborando con nosotros”.

Según Daniel Ayuda, uno de los expertos que están desarrollando la iniciativa, “este sistema está relacionado con experiencias como Open Data Open Government que ya funcionan en otros lugares, y su finalidad es incrementar la participación ciudadana en los asuntos públicos a través de la red”.




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