martes, 20 de mayo de 2025
Caray, es un genocidio…
La mayor parte de los
medios internacionales de prensa parecen haberlo descubierto ahora: lo de Gaza
es genocidio. Caramba, tiene mérito, no nos habíamos enterado… En fin, dejemos
la ironía y confiemos que los gobiernos cómplices tomen medidas, ahora que lo
saben.
Caray, es un genocidio…
El Viejo Topo
20 mayo, 2025
DE REPENTE LA
MAQUINARIA DE PROPAGANDA PERIODÍSTICA DESCUBRE EL GENOCIDIO. ¿POR QUÉ?
Por Lavinia
Marchetti
Israel está
perdiendo el combate. No el militar sino el moral. Y los que mantuvieron la
boca cerrada durante diecinueve meses, los que hicieron como que no veían, los
que justificaron lo injustificable, ahora empiezan a cambiar de tono.
Es hora de que
las ratas abandonen el barco. Y el barco es el aparato retórico que durante un
año y medio ha apoyado, encubierto y enterrado el genocidio en Gaza. Ahora que
se hunde, todo el mundo busca un salvavidas.
Los editoriales
que hasta ayer permanecieron en silencio se están poniendo brazaletes negros.
El Financial Times habla de vergüenza (mayo de 2025). The
Economist evoca la salida de una guerra que ya no tiene justificación
(mayo 2025). The Independent publica un editorial acusando a
Starmer de silencio cómplice (11 de mayo de 2025). El Guardian pregunta
sin dudarlo: “¿Qué es esto, sino un genocidio? ” (12 de mayo de
2025).
Incluso el
periódico históricamente conservador Times está tomando
postura. Son consejos de redacción, no periodistas individuales. Son
instituciones de prensa que hasta ahora han manejado el marco narrativo y sólo
ahora están cambiando su posición.
Y este cambio
de paradigma está ocurriendo ahora. No en 2023, no en los meses iniciales de la
masacre, no cuando los datos ya hablaban de crímenes de guerra. Es un retraso
estratégico. Una reacción tardía al miedo: de perder lectores, perder votos,
perder la última oportunidad de no ser cómplices, como aquellos que después de
1944 se apresuraron a declararse antifascistas para salvar su conciencia y su
reputación.
Es un reflejo
de un régimen en caída. Como los funcionarios del partido fascista que en 1944
de repente descubrieron que eran antifascistas. Como los jerarcas que, ante la
derrota, dijeron que siempre habían estado en la disidencia. No es una
conversión. Es una forma de evitar pudrirse con el barco. Es la parte más
cobarde de la conciencia: la que no actúa cuando ve el horror, sino cuando
siente que el horror ha agotado su legitimidad.
Sin embargo,
los datos estaban allí. Las imágenes estaban allí. Los niños carbonizados.
Convoyes humanitarios atacados. Los informes de la ONU, las ONG y los
periodistas sobre el terreno. Ya en 2023 Amnistía y Human Rights Watch hablaban
de crímenes de guerra. Ya en noviembre de 2023, más de 750 periodistas firmaron
una carta acusando a los medios de comunicación de normalizar la limpieza
étnica.
El punto de no
retorno llegó entre diciembre y enero, cuando la Corte Internacional de
Justicia reconoció la plausibilidad de la acusación de genocidio. Luego los
bombardeos de Rafah, luego los ataques a los hospitales, luego las imágenes que
ya ni siquiera la prensa encubierta puede filtrar. Y entonces sí, algo se
rompe. Pero no por lástima. Por estrategia. Para evitar ser recordado entre
quienes supieron y callaron.
Mientras tanto,
en Gaza, los números están creciendo. Más de 50.000 muertes en mayo de 2025. En
su mayoría mujeres y niños. Hambre, sed, heridas abiertas. Y entre ellos, más
de 85 periodistas muertos bajo el fuego israelí. En 2024, 124 periodistas
fueron asesinados en todo el mundo, 85 de ellos por fuego israelí durante el
conflicto en Gaza y Líbano.
EL 70% DE LOS
PERIODISTAS DE GUERRA ASESINADOS EN EL MUNDO FUERON ASESINADOS POR ISRAEL. Una
guerra contra los testigos. Una censura que mata. Y entonces hasta la prensa se
rebela. Incluso aquellos que permanecieron en silencio por miedo, ahora hablan
para no ser linchados por la historia.
En el lenguaje
de las redacciones, el genocidio se vuelve plausible. Entonces ya es,
probablemente. Entonces ya es real. No porque hubiera una revelación. Pero ¿por
qué se ha inclinado la balanza del consenso? ¿Por qué los lectores cambian de
opinión? Porque los manifestantes son demasiados. Porque las encuestas muestran
que la confianza se está desplomando. Porque el mercado editorial no perdona a
los que se quedan atrás.
Se llama efecto
resistencia, pero no aparece en los periódicos. Está en los cuerpos que
resistieron antes. En las universidades ocupadas. En periodistas que han
dimitido. En jóvenes que lo perdieron todo por decir la verdad cuando no les
convenía. Ellos son la verdadera resistencia. Los periódicos vienen después.
Llegan cuando pueden. Cuando les es útil. Cuando ya es tarde.
Fuente: Contropiano
«El rearme de la UE podría destruir su economía»
«El
rearme de la UE podría destruir su economía»
TERCERAINFORMACION /
19.05.2025
«Si bien los gastos
militares ya no conocen límites fiscales, los beneficios sociales y el apoyo a
la licencia parental ya están en peligro», señalaron expertos.
Cuartel de la misión de
mantenimiento de la paz de la Unión Europea en Sarajevo, Bosnia y Herzegovina,
el 8 de abril de 2025. Denis Zuberi / Gettyimages.ru
Las intenciones de rearmar a los países de la
Unión Europea podrían afectar a sus economías, según un artículo publicado el lunes
por Político.
De acuerdo al medio, los planes de rearme de
Europa se financiarán en gran medida con deuda. «La deuda pública ya es
elevada, y aumentarla podría perjudicar la economía a largo plazo«,
aclara el periódico.
«Si bien los gastos militares ya no conocen
límites fiscales, los beneficios sociales y el apoyo a la licencia parental
ya están en peligro«, señalan los economistas Tom
Krebs e Isabella Weber.
Al mismo tiempo, los países del bloque
comunitario han acordado en principio las propuestas para un fondo de 150.000
millones de euros (168.300 millones de dólares) destinado a impulsar
la defensa europea, declaró un diplomático de la UE citado
por Reuters.
A principios de marzo, la presidenta de la Comisión
Europea, Ursula von der Leyen, anunció el plan ‘ReArm
Europe’ (Rearmar Europa, en inglés), que contempla un gasto de cerca
de 800.000 millones de euros en la defensa del bloque comunitario.
En el marco del plan, se pide a los Estados
miembros que aumenten su gasto en defensa en una media del 1,5 % de
su producto interior bruto (PIB) con la finalidad de recaudar unos 650.000
millones de euros en los próximos cuatro años.
Los 150.000 millones de euros restantes se
obtendrían mediante eurobonos, con la deuda repartida entre todos los Estados
miembros como vía para aunar recursos y demanda para obtener
mejor acceso a equipos como misiles, aviones no tripulados,
defensas aéreas, sistemas antidrones e inversiones en ciberseguridad.
lunes, 19 de mayo de 2025
Vietnam 50 años
Vietnam 50 años
El Viejo Topo
19 mayo, 2025
VIETNAM CELEBRA
CINCUENTA AÑOS DEL FIN DE SU PERIODO COLONIAL
Hace cincuenta
años, el 30 de abril de 1975, las fuerzas revolucionarias del Ejército Popular
de Vietnam y el Frente de Liberación Nacional entraron en Saigón, entonces
capital de Vietnam del Sur. Dos días antes, en un intento desesperado por
evitar una nueva guerra, Estados Unidos presentó a un “candidato de paz”, el
exgeneral Duong Văn Minh, para que ocupara la presidencia. Fue “Big Minh”, como
se le conocía, quien ordenó a sus fuerzas que se rindieran a las tropas
comunistas, lo que supuso la retirada de las fuerzas estadounidenses ese mismo
día. Finalmente, el 2 de julio de 1976, Vietnam del Norte y Vietnam del Sur se
reunificaron oficialmente bajo la presidencia de Tôn Duc Thắng, un líder comunista de larga trayectoria
que había asumido la presidencia de la
República Democrática de Vietnam (el norte) tras la muerte de Ho Chi Minh en
1969. El tío Tôn, como se le conocía, colaboró estrechamente con el general Le
Duan para unificar el país y reconstruir la economía tras la devastación
causada por sesenta y siete años de colonialismo francés (de 1887 a 1954) y
veintiún años de guerra brutal (de 1954 a 1975).
Es difícil
comprender la situación posterior a 1975 sin una evaluación completa de la
destrucción causada por los veintiún años de guerra. Los comunistas vietnamitas
organizaron un ejército masivo de patriotas que se negaron a rendirse a pesar
de la terrible violencia que les infligió Estados Unidos, la principal potencia
industrial de la época. Entre 1954 y 1975, las fuerzas armadas estadounidenses
lanzaron 7,5 millones de toneladas de bombas sobre Vietnam, Laos y Camboya, más
que las dos millones de toneladas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial en
todos los teatros de operaciones. En Vietnam, los Estados Unidos lanzaron 4,6
millones de toneladas de bombas, incluso durante duras campañas de bombardeos
indiscriminados, como la Operación Rolling Thunder (1965-1968) y la Operación
Linebacker (1972). Entre el armamento utilizado se encontraba el herbicida
químico Agente Naranja, bombas de racimo y bombas incendiarias de gel
combustible llamadas napalm (fabricadas con ácidos nafténico y palmítico).
El uso
del Agente
Naranja tuvo un impacto a largo plazo en la agricultura
vietnamita. Entre 1961 y 1971, Estados Unidos roció más de 20 millones de
galones de herbicidas sobre suelo vietnamita (más de la mitad era Agente
Naranja). Los herbicidas afectaron al menos a 5 millones de acres de tierra,
incluyendo bosques (que sufrieron una deforestación extensiva y una reducción
de un tercio de los manglares) y tierras de cultivo (medio millón de acres
quedaron casi permanentemente inhabitables). Millones de vietnamitas,
especialmente en las zonas rurales, se enfrentaron a terribles problemas de
salud durante generaciones ocasionados por el Agente Naranja (debido a graves
defectos congénitos). Una historia colonial tan dura como la francesa y la
horrible guerra agotaron la vitalidad de la economía (millones de personas, en
su mayoría campesinos, murieron en la guerra) y, tras la reunificación, más de
dos millones de personas abandonaron el país (entre ellas muchos intelectuales,
trabajadores sanitarios, científicos e ingenieros). Esto supuso un enorme reto
para el nuevo país.
El nuevo
Vietnam socialista puso un énfasis enorme en la reconstrucción de la vida del
campesinado, que había soportado el peso de la guerra. Hay dos proyectos de
enorme importancia sobre los que rara vez se ha escrito: los programas
nacionales de alimentación para paliar el hambre, mediante el aumento de la
producción de arroz y la distribución de alimentos de emergencia, y el programa
de desarrollo rural para reconstruir las escuelas, las clínicas médicas y los
sistemas de irrigación, así como para enviar brigadas sanitarias y de
alfabetización con el fin de construir un nuevo vietnamita a partir de las
rígidas jerarquías del antiguo Vietnam (con người mới xã hội chủ nghĩa, “construir una nueva persona”). Contra todo pronóstico, el Partido Comunista
Vietnamita logró iniciar la transformación de la sociedad rural, que había
quedado completamente devastada por la guerra, hasta alcanzar un cierto nivel
de normalidad. El estancamiento de las cooperativas agrícolas debido a la mala
calidad del suelo y a la obsolescencia de los equipos llevó a reconsiderar
seriamente el camino a seguir. Consciente de la necesidad de avanzar en las
fuerzas productivas, el Partido Comunista Vietnamita puso en marcha en 1986 la
política Doi Moi (o Renovación) para atraer nuevas tecnologías y financiación.
El periodo Doi
Moi ha sido malinterpretado fuera de Vietnam. El Estado vietnamita siguió
controlando el sistema financiero y monetario a través del Banco Estatal de
Vietnam (política monetaria) y el Ministerio de Finanzas (política fiscal y
supervisión de las empresas estatales). Por su parte, el Estado regula
estrictamente los bancos privados y los inversores, restringe y controla los
flujos de divisas mediante estrictos controles de capital y asigna el crédito
para favorecer a sectores estratégicos o a empresas estatales. Gracias al auge
de la economía china y a la importación de nuevas tecnologías de empresas
extranjeras, Vietnam ha registrado altas tasas de crecimiento (más del 7% en
2024), impulsadas por la industria manufacturera y la construcción, con una
contribución modesta de la agricultura, la silvicultura y la pesca. Como
consecuencia, han mejorado la esperanza de vida y los indicadores sociales
generales.
Sin embargo, la
economía sigue siendo vulnerable a las crisis externas, ya que el 87% de su
producto interior bruto proviene de las exportaciones. No obstante, la
creciente demanda dentro del acuerdo de Asociación Económica Integral Regional
de 2020, que dio lugar al mayor bloque comercial del mundo, ha proporcionado a
Vietnam una cartera de clientes diversificada y, por lo tanto, lo ha aislado de
cualquier problema. Dentro de Vietnam, existe una fuerte demanda política para
aumentar el mercado interno y erradicar la pobreza absoluta, especialmente en
las zonas rurales. Esto se ha debatido junto con la campaña del Partido
Comunista para acabar con la corrupción entre los funcionarios y en las
empresas privadas. Un indicador de este enfoque es que, aunque Vietnam es el
mayor exportador de arroz del mundo, no sale arroz del país a menos que se
satisfagan primero las necesidades internas.
En la
conmemoración de la reunificación de Vietnam, To Lam, secretario general del
Partido Comunista, invocó una frase de Ho Chi Minh: “Vietnam es uno, el pueblo
vietnamita es uno. Los ríos pueden secarse, las montañas pueden erosionarse,
pero esa verdad nunca cambiará”. De hecho, el Estado vietnamita y el pueblo
vietnamita luchan por garantizar que los ríos no se sequen y las montañas no se
erosionen, que permanezcan unidos y que su país comience a abolir los viejos
problemas (el hambre, la pobreza, el analfabetismo) que los han azotado durante
siglos. El antiguo secretario general del Partido, Nguyễn Phú Trọng, dijo en este contexto: “Ningún vietnamita debería pasar hambre en la
tierra que su revolución liberó”. Este es un compromiso que el Partido ha
adquirido para poner fin a estas rígidas herencias del pasado. El hecho de que
muchos de estos problemas estén a punto de ser erradicados da a la gente fe en
su sistema.
Fuente:
Globetrotter y
No Cold War Perspectives
domingo, 18 de mayo de 2025
¿Cambio de régimen en Occidente?
¿Ha muerto ya el
neoliberalismo o, por el contrario, regresará en todo su esplendor? ¿Está
gestándose un nuevo orden internacional? ¿Puede el populismo de izquierda hacer
frente a los retos del capital? ¿Cuál está siendo el papel de la clase
intelectual progresista?
¿Cambio de régimen en Occidente?
El Viejo Topo
18 mayo, 2025
En los últimos
años, el cambio de régimen se ha convertido en un término
canónico. Significa el derrocamiento, típica pero no exclusivamente por los
Estados Unidos, de gobiernos de todo el mundo que no le gustan a Occidente,
utilizando la fuerza militar, el bloqueo económico, la erosión ideológica o
alguna combinación de estos para lograrlo.
Pero
originalmente el término significaba algo muy diferente: una alteración
generalizada en el propio Occidente: no la transformación repentina de un
Estado-nación mediante la violencia externa, sino la instalación gradual de un
nuevo orden internacional en tiempos de paz. Los pioneros de esta concepción
fueron los teóricos estadounidenses que desarrollaron la idea de regímenes
internacionales como resultado de acuerdos que aseguraran relaciones económicas
de cooperación entre los principales estados industriales, que podían o no
tomar la forma de tratados. Se creía que este último se había desarrollado a
partir del liderazgo estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial, pero
lo había trascendido con la formación de un marco consensual de transacciones
mutuamente satisfactorias entre los países líderes. El manifiesto de esta idea
fue Poder e interdependencia, una obra coescrita por dos pilares
del establishment de la política exterior de la época, Joseph Nye y Robert
Keohane, cuya primera edición –ha habido muchas– apareció en 1977. Aunque
presentado como un sistema de normas y expectativas que ayudaba a asegurar la
continuidad entre las sucesivas administraciones de Washington al introducir
“mayor disciplina” en la política exterior estadounidense, el estudio de Nye y
Keohane no dejó dudas sobre sus beneficios para Washington. Los regímenes
suelen favorecer a Estados Unidos porque este país es la principal potencia
comercial y política del mundo. Si muchos regímenes ya no existieran, Estados
Unidos seguramente querría inventarlos, como lo ha hecho. A principios de la
década de 1980 se publicaron varios textos en este sentido: un simposio
titulado Regímenes internacionales, editado por Stephen Krasner
(1983); El propio tratado de Keohane, Después de la hegemonía (1984),
y una miríada de artículos eruditos.
En la década
siguiente, esta doctrina tranquilizadora sufrió una mutación, con la
publicación del volumen Regime Changes: Macroeconomic Policy and
Financial Regulation in Europe from the 1930s to the 1990s, editado por
Douglas Forsyth y Ton Notermans, uno estadounidense, el otro holandés. El libro
mantuvo, pero aclaró, la idea de un régimen internacional, precisando la
variante que había prevalecido antes de la guerra, basada en el patrón
oro; luego la orden forjada en Bretton Woods, que la sucedió en el período de
posguerra; y finalmente esbozó el final de este último en la década de 1970. Lo
que había reemplazado al mundo establecido en Bretton Woods era un conjunto de
restricciones sistémicas que afectaban a todos los gobiernos,
independientemente de su color, y que consistían en paquetes de políticas
macroeconómicas y financieras que establecían los parámetros de posibles
políticas laborales, industriales y sociales. Si el orden de posguerra había
estado guiado por el objetivo de garantizar el pleno empleo, la prioridad del
período posterior a Bretton Woods fue la estabilidad monetaria. El liberalismo
económico clásico terminó con la Gran Depresión. El keynesianismo de posguerra
había llegado a su fin con la estanflación de los años 1970. El nuevo régimen
internacional marcó el reinado del neoliberalismo.
Éste era el
significado original de la frase “cambio de régimen”, hoy casi olvidado,
borrado por la ola de intervencionismo militar que confiscó el término a
principios de siglo. Una mirada a su uso revela su historia. El término, que
había disminuido desde su llegada en la década de 1970, aumentó repentinamente
a fines de la década de 1990, multiplicándose por sesenta y convirtiéndose,
como observó el historiador John Gillingham, en «el eufemismo actual para derrocar
gobiernos extranjeros».
Sin embargo, la
relevancia de su significado original permanece. El neoliberalismo no ha
desaparecido. Sus características ahora son familiares: la desregulación de los
mercados financieros y de materias primas; privatización de servicios e
industrias; reducción de los impuestos corporativos y sobre el patrimonio;
desgaste o marginación de los sindicatos. El objetivo de la transformación
neoliberal, que comenzó en Estados Unidos y Gran Bretaña bajo los gobiernos de
Carter y Callaghan y alcanzó su máxima velocidad bajo los de Thatcher y Reagan,
fue restaurar las tasas de ganancia del capital –que habían caído prácticamente
en todas partes desde fines de los años 1960– y derrotar la combinación de
estancamiento e inflación que se había instalado una vez que la rentabilidad
había caído.
Durante un
cuarto de siglo, los remedios del neoliberalismo parecieron funcionar. El
crecimiento ha regresado, aunque a un ritmo marcadamente más lento que en el
cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial. La inflación fue la
predominante. Las recesiones han sido breves y superficiales. Las tasas de
beneficio se han recuperado. Los economistas y comentaristas celebraron el
triunfo de lo que el futuro presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos,
Ben Bernanke, llamó la Gran Moderación. Sin embargo, el éxito del
neoliberalismo como sistema internacional no dependió de la reanudación de las
inversiones a los niveles de posguerra en Occidente: esto habría requerido un
aumento de la demanda económica que fue impedido por la represión salarial, un
elemento central del sistema. El sistema se construyó, más bien, sobre una
expansión masiva del crédito, es decir, sobre la creación de niveles sin precedentes
de deuda privada, corporativa y, en última instancia, pública. En Comprar
tiempo, su obra pionera de 2014, Wolfgang Streeck lo describe como un
reclamo sobre recursos futuros que aún no se han producido; Marx lo llamó más
directamente “capital ficticio”. Finalmente, como predijo más de un crítico del
sistema, la pirámide de deuda se derrumbó, provocando el colapso de 2008.
La crisis que
siguió fue, como confesó Bernanke, “una amenaza para la vida” del capitalismo.
En tamaño, fue totalmente comparable al crack de Wall Street de 1929. Durante
el año siguiente, la producción y el comercio mundial cayeron más rápidamente
que en los primeros doce meses de la Gran Depresión. Lo que siguió, sin
embargo, no fue otra Gran Depresión, sino una Gran Recesión: una gran
diferencia.
Un punto de
partida para comprender la posición política en la que se encuentra Occidente
hoy es mirar atrás a la secuencia de acontecimientos de la década de 1930.
Cuando el Lunes Negro golpeó el mercado de valores estadounidense en octubre de
1929, los gobiernos conservadores estaban en el poder en Estados Unidos,
Francia y Suecia, mientras que los gobiernos socialdemócratas estaban en el
poder en Gran Bretaña y Alemania. Sin embargo, todos fueron más o menos
indiscriminadamente fieles a las ortodoxias económicas de la época: el
compromiso con una moneda sólida –es decir, el patrón oro– y un presupuesto
equilibrado, políticas que no hicieron más que profundizar y prolongar la
Depresión. Sólo entre el otoño de 1932 y la primavera de 1933, un lapso de tres
años o más, comenzaron a introducirse programas no convencionales para
contrarrestar la situación, primero en Suecia, luego en Alemania y finalmente
en Estados Unidos. Esto correspondió a tres configuraciones políticas muy
diferentes: la llegada al poder de la socialdemocracia en Suecia, del nazismo
en Alemania y de un liberalismo actualizado en Estados Unidos. Detrás de cada
uno de ellos se encontraban heterodoxias preexistentes, listas para ser
adoptadas por los gobernantes, como lo haría Per Albin Hansson en Suecia,
Hitler en Alemania y Roosevelt en Estados Unidos: la escuela de economía de
Estocolmo, descendiente de Knut Wicksell a Ernst Wigforss, en Suecia; la
valorización de las obras públicas de Hjalmar Schacht en Alemania y las inclinaciones
normativas neoprogresistas de Raymond Moley, Rexford Tugwell y Adolf Berle –el
“grupo de cerebros” original de la Reserva Federal– en Estados Unidos. Ninguno
de estos sistemas estaba plenamente elaborado o era coherente. Schacht en
Alemania y Keynes en Gran Bretaña habían estado en contacto entre sí desde la
década de 1920, pero el keynesianismo propiamente dicho (la Teoría
General del Empleo, el Interés y el Dinero no apareció hasta 1936) no
fue una contribución directa a estos experimentos, aunque todos ellos preveían
un fortalecimiento del papel del Estado. Tales eran los instrumentos técnicos
dispersos de la época.
Tres años de
desempleo masivo habían generado poderosas fuerzas ideológicas en todos los
países: un reformismo socialdemócrata mucho más audaz en la noción de Folkhemmet,
la Casa del Pueblo, en Suecia; el nazismo, que se autodenominó die
Bewegung, el Movimiento, en Alemania; y en Estados Unidos el papel dinámico
del comunismo estadounidense en los sindicatos y entre los intelectuales, que
forzó la concesión de reformas laborales y de seguridad social por parte de una
administración demócrata que por su propia voluntad difícilmente las habría
implementado. Finalmente, en el contexto de los tres acontecimientos en el
mundo capitalista se vislumbraba el éxito sin precedentes de la Unión Soviética
al evitar el colapso, con pleno empleo y tasas de crecimiento rápido, lo que
hizo que la idea de la planificación económica fuera atractiva en todo el mundo
capitalista. Sin embargo, se necesitaría un shock mucho mayor y más profundo
que el desplome de Wall Street para poner fin a la depresión global a la que
había conducido e institucionalizar la ruptura con las ortodoxias del
liberalismo económico clásico. Fue el abismo de la Segunda Guerra Mundial lo
que lo causó. Cuando se restableció la paz, nadie podía dudar de la existencia
de un sistema internacional diferente –que combinaba el patrón oro, políticas
monetarias y fiscales anticíclicas, niveles altos y estables de empleo y
sistemas formales de bienestar– ni del papel que las ideas de Keynes habían
desempeñado en su consolidación. Después de 25 años de éxito, fue la
degeneración de este régimen hacia la estanflación lo que desató el
neoliberalismo.
El escenario
tras el colapso de 2008 fue completamente diferente. En Estados Unidos, la
ayuda política llegó de inmediato. Bajo la administración de Obama, los bancos
y las compañías de seguros fraudulentos y las empresas automotrices en quiebra
fueron rescatadas con enormes infusiones de fondos públicos que nunca
estuvieron disponibles para una atención médica decente, escuelas, pensiones,
ferrocarriles, carreteras, aeropuertos, sin mencionar el apoyo a los ingresos
de los más pobres. Se desató un estímulo fiscal masivo, ignorando la disciplina
presupuestaria. Para apoyar al mercado de valores, bajo el cortés eufemismo
de flexibilización cuantitativa, el banco central ha creado dinero
a gran escala. En silencio y desafiando su mandato, la Reserva Federal rescató
no sólo a los bancos estadounidenses en problemas, sino también a los europeos,
con transacciones ocultas al Congreso y al escrutinio público, mientras el
Tesoro se aseguraba –en estrecha colaboración tras bastidores con el Banco
Popular de China– de que no hubiera ninguna vacilación por parte de China en
comprar bonos del Tesoro. En resumen, una vez socavadas las
instituciones centrales del capital, todos los dictados de la economía
neoliberal fueron arrojados al viento, con dosis de remedios megakeynesianos
que superaban la propia imaginación de Keynes. En Gran Bretaña, donde la crisis
golpeó más rápidamente que en otros países europeos, estos remedios llegaron
hasta la nacionalización temporal de lo que el talento estadounidense para el
eufemismo burocrático ha llamado “activos problemáticos”.
¿Todo esto
significó un repudio del neoliberalismo y un giro hacia un nuevo régimen
internacional de acumulación? En absoluto. El principio fundamental de la
ideología neoliberal, acuñado por Thatcher, siempre ha sido el acrónimo
femenino TINA: No hay alternativa. Aunque las medidas para dominar la crisis
parecían, y en gran medida lo fueron, tabú, a juzgar por los estándares
neoclásicos, en esencia se redujeron a un cuadrado matemático, o cubo, de la
dinámica subyacente de la era neoliberal, a saber, la expansión continua del
crédito por encima de cualquier aumento de la producción, en lo que los
franceses llaman una fuite en avant –una huida hacia adelante.
Así, una vez que las medidas requeridas por la emergencia estabilizaron el
sistema, la lógica del neoliberalismo comenzó a avanzar nuevamente, país tras
país.
En Gran
Bretaña, que fue el primero en este proceso, la despiadada imposición de
medidas de austeridad ha reducido el gasto de las autoridades locales a niveles
miserables y ha recortado las pensiones universitarias. En España e Italia se
ha revisado la legislación laboral para facilitar el despido sumario de
trabajadores y aumentar el trabajo precario. En Estados Unidos se mantuvieron
los drásticos recortes de impuestos a las corporaciones y a los ricos, mientras
se aceleró la desregulación en los sectores de energía y servicios financieros.
En Francia, que históricamente llegó tarde a la carrera por el neoliberalismo
pero ahora compite por un lugar en la vanguardia, se ha lanzado algo así como un
programa thatcherista en toda regla: privatización de las industrias públicas,
legislación para debilitar a los sindicatos, exenciones fiscales a las
empresas, reducciones en el empleo del sector público, recortes a las
pensiones, reducciones en el acceso a las universidades, aparentemente
encaminándose hacia un ajuste de cuentas social en la línea del aplastamiento
de los mineros por parte de Thatcher, un giro en las relaciones de clase del
cual el capital británico nunca ha mirado atrás.
¿Cómo fue todo
esto posible? ¿Cómo fue posible que un shock tan traumático para el sistema
como la crisis financiera global y el descrédito en que inevitablemente cayeron
sus principales organismos y administradores fuera seguido por un retorno tan
completo a la normalidad? Dos condiciones fueron decisivas para
este resultado paradójico. En primer lugar, a diferencia de la década de 1930,
no había paradigmas teóricos alternativos dispuestos a socavar y reemplazar el
predominio de la doctrina neoliberal. El keynesianismo, que después de 1945 se
había convertido en el denominador común de lo que había sido tamizado a través
de la trilladora de la guerra por las tres tendencias contendientes de la
década de 1930, nunca se había recuperado de su debacle en los conflictos de clases
de la década de 1970. La matematización había anestesiado desde hacía tiempo
gran parte de la disciplina económica contra cualquier tipo de pensamiento
original, dejando completamente marginadas anomalías como la Escuela de la
Regulación en Francia o la Escuela de la Estructura Social de la Acumulación en
los Estados Unidos1. Los teoremas
neoliberales de “expectativas racionales” o “equilibrio del mercado” pueden
parecer hoy absurdos, pero no había mucho que pudiera reemplazarlos.
Detrás de esta
ausencia intelectual –y ésta fue la segunda condición de la aparente inmunidad
del neoliberalismo al deshonor– estaba la desaparición de cualquier movimiento
político significativo que exigiera con fuerza la abolición o la transformación
radical del capitalismo. A finales del siglo, el socialismo en sus dos
variantes históricas, revolucionaria y reformista, había sido barrido de la
escena en la zona atlántica. La variante revolucionaria: aparentemente, con el
colapso del comunismo en la URSS y la desintegración de la propia Unión
Soviética. La variante reformista: aparentemente, con la extinción de todo
rastro de resistencia a los imperativos del capital en los partidos
socialdemócratas de Occidente, que ahora se limitan a competir con partidos
conservadores, demócrata-cristianos o liberales en su implementación. La
Internacional Comunista fue clausurada ya en 1943. Sesenta años más tarde, la
llamada Internacional Socialista incluyó entre sus filas al partido gobernante
de la brutal dictadura militar de Mubarak en Egipto.
Sin embargo,
otro aspecto de la globalización ha tenido un efecto más ambiguo. Los
principios neoliberales implican la desregulación de los mercados: la libre
circulación de todos los factores de producción; en otras palabras, la
movilidad a través de las fronteras no sólo de bienes, servicios y capital,
sino también de mano de obra. Lógicamente ello significa inmigración. En la
mayoría de los países, las empresas han utilizado durante mucho tiempo a los
trabajadores inmigrantes como un ejército de reserva de mano de obra de bajo
costo, cuando se necesitaba oferta y las circunstancias lo permitían. Pero en
el caso de los Estados, era necesario sopesar consideraciones puramente
económicas frente a otras más sociales y políticas. A este respecto, Friedrich
von Hayek –la mente más grande del neoliberalismo– ya había insertado una
reserva, una advertencia. La inmigración, advirtió, no puede tratarse como si
fuera simplemente una cuestión de mercados de factores, ya que, a menos que se
controle estrictamente, podría amenazar la cohesión cultural del estado
anfitrión y la estabilidad política de la sociedad misma. Thatcher también
estableció un límite en este sentido. Sin embargo, por supuesto, persistieron
las presiones para importar o aceptar mano de obra extranjera barata, incluso
cuando la producción se subcontrataba cada vez más en el extranjero, ya que
muchos servicios domésticos o desagradables, rechazados por la población local,
no podían, a diferencia de las fábricas, exportarse, sino que debían realizarse
localmente. A diferencia de casi todos los demás aspectos del orden neoliberal,
nunca se ha alcanzado un consenso estable en el establishment sobre esta
cuestión, que ha seguido siendo un eslabón débil en la cadena TINA.
Si observamos
las revueltas populistas contra el neoliberalismo, se dividen, como todos
saben, en movimientos de derecha e izquierda. En este sentido, repiten el
patrón de las revueltas contra el liberalismo clásico después de su debacle:
fascistas a la derecha, socialdemócratas o comunistas a la izquierda. Lo que
diferencia a las revueltas de hoy es la falta de ideologías o programas
articulados de manera comparable, de algo que equivalga a la coherencia teórica
o práctica del propio neoliberalismo. Se definen por aquello a lo que se
oponen, mucho más que por aquello a lo que están a favor. ¿Contra qué
protestan? El sistema neoliberal de hoy, como el de ayer, encarna tres
principios: el aumento de la riqueza y de las diferencias de ingresos, la
abolición del control y la representación democráticos y la desregulación de
todas las transacciones económicas posibles. En resumen: desigualdad,
oligarquía y movilidad de factores. Éstos son los tres objetivos centrales de
los levantamientos populistas. Donde estas insurgencias divergen es en el peso
que dan a cada elemento, es decir, contra qué segmento de la paleta neoliberal
dirigen la mayor hostilidad. Los movimientos de derecha se centran notoriamente
en el último factor, la movilidad, jugando con las reacciones xenófobas y
racistas hacia los inmigrantes para ganar un amplio apoyo entre los sectores
más vulnerables de la población. Los movimientos de izquierda se oponen a este
movimiento, identificando la desigualdad como el principal mal. La hostilidad
hacia la oligarquía política establecida es común a los populismos tanto de
derecha como de izquierda.
Históricamente,
existe una clara división cronológica entre estas diferentes formas del mismo
fenómeno. El populismo contemporáneo surgió primero en Europa, donde todavía
hoy existe la gama más amplia y diversa de movimientos.
Las fuerzas
populistas de derecha se remontan a principios de la década de 1970. En
Escandinavia, estas tomaron la forma de las revueltas libertarias antiimpuestos
de los Partidos del Progreso en Dinamarca y Noruega, fundados en 1972 y 1973
respectivamente. En Francia, el Frente Nacional fue fundado en
1972, pero recién a comienzos de los años 1980 obtuvo una modesta tracción
electoral como partido nacionalista de derecha y antiinmigrante, con cierto
atractivo para la clase trabajadora y fuertes connotaciones racistas.
Más tarde, en
la misma década, el liderazgo del Partido de la Libertad en Austria fue asumido
por Jörg Haider, quien adoptó una plataforma similar, mientras que más al norte
surgieron los Demócratas de Suecia como un grupo de extrema derecha sobre una
base xenófoba muy similar.
En la génesis
de las tres formaciones hubo elementos neofascistas, que fueron desapareciendo
una vez que lograron una presencia electoral significativa. En la década de
1990, surgió en Italia la Liga Norte, que tenía raíces antifascistas, surgió el
UKIP en Gran Bretaña y los partidos daneses y noruegos, antaño libertarios, se
convirtieron en fuerzas antiinmigrantes. A principios de la década siguiente,
los Países Bajos crearon su propio Partido de la Libertad, que combinaba
perspectivas libertarias e islamófobas. Diez años más tarde, Alternative
für Deutschland repitió el modelo holandés en Alemania. Todos estos
partidos de derecha se han pronunciado contra la corrupción política y el
cierre de sus establecimientos nacionales y contra los dictados burocráticos de
la Bruselas de la Unión Europea. Todos, con la única excepción de la AfD
(fundada en 2013), precedieron al colapso de 2008.
Las fuerzas
populistas de izquierda son mucho más recientes: surgieron recién después de la
crisis financiera mundial de 2008. En Italia, el Movimiento Cinco
Estrellas se remonta a 2009. En Grecia, Syriza ,
todavía un grupo pequeño cuando Lehman Brothers colapsó en Nueva York, se
convirtió en una fuerza electoral significativa en 2012. En España, Podemos se
formó en 2014. Jean-Luc Mélenchon creó La Francia Insumisa en
2016. El momento de esta ola deja claro que son las desigualdades
socioeconómicas del neoliberalismo, y no su debilitamiento de las fronteras
etnonacionales, las que han impulsado el populismo de izquierda. Ésta es una
distinción fundamental entre los dos tipos de revuelta contra el orden actual.
No se trata, sin embargo, de un abismo insalvable, pues no sólo hay una
superposición general en el rechazo común a la colusión y la corrupción de los
establishment políticos de cada país, sino también, en algunos casos, una
contigüidad en la defensa común de los sistemas de bienestar amenazados y, en
otros casos, en la preocupación por las presiones de la inmigración. Bajo el
liderazgo de Marine Le Pen, el Frente Nacional se ha
posicionado consistentemente a la izquierda del Partido Socialista Francés en
la mayoría de las cuestiones de política interior y exterior, excepto la
inmigración, al tiempo que plantea críticas al régimen de François Hollande que
a menudo son indistinguibles de las de Mélenchon. En Italia, sin embargo,
el Movimiento Cinco Estrellas, cuyo voto en el parlamento fue en
general impecablemente radical, ha expresado repetidamente su alarma por el
creciente flujo de refugiados a Italia. Otro gesto común a casi todos los
matices del populismo en Europa ha sido la rebelión contra la flagrante
confiscación de la democracia por parte de las estructuras de la Unión Europea
en Bruselas.
El problema, de
hecho, es más general. Ningún populismo, ni de derecha ni de izquierda, ha
producido aún un remedio eficaz para los males que denuncia.
En términos
programáticos, los oponentes contemporáneos del neoliberalismo todavía operan
en gran medida en la oscuridad. ¿Cómo podemos abordar seriamente la desigualdad
sin provocar inmediatamente una huelga de capital? ¿Qué medidas se pueden
prever para responder al enemigo golpe por golpe en este terreno en disputa y
salir victoriosos? ¿Qué tipo de reconstrucción, ahora inevitablemente radical,
de la democracia liberal existente sería necesaria para acabar con las oligarquías
que ha engendrado? ¿Cómo desmantelar el Estado profundo, organizado
en todos los países occidentales para la guerra imperial, clandestina o
abierta?
¿Qué
reconversión económica podemos imaginar para combatir el cambio climático sin
empobrecer a las sociedades ya pobres de otros continentes? El hecho de que
falten tantas flechas en el carcaj de una oposición seria al statu quo no es,
por supuesto, sólo culpa de los populismos actuales. Refleja la contracción
intelectual de la izquierda en sus largos años de retroceso desde la década de
1970 y la esterilidad, durante ese período, de lo que alguna vez fueron
corrientes originales de pensamiento al margen de la corriente dominante. Se
pueden citar propuestas correctivas que varían de un país a otro: el “Medicare”
en Estados Unidos, la renta garantizada para los ciudadanos en Italia, los
bancos públicos de inversión en Gran Bretaña, los impuestos Tobin en Francia y
otras similares. Pero en lo que se refiere a una alternativa integral e
interconectada al statu quo, el armario todavía está vacío. Si un partido o
movimiento populista llega al poder ahora, basta con mirar el destino tránsfuga
de Syriza en Grecia para ver el resultado probable para la izquierda –en la
oposición, un rebelde contra los dictados de la UE, y en el cargo, un
instrumento subordinado a ella– o para la derecha, la estandarización de la
noche a la mañana de la primera presidencia de Trump, que avivó las llamas de
la complacencia y la desigualdad del establishment el día de la toma de
posesión y no hizo nada al respecto una vez en la Casa Blanca. Desde el punto
de vista político, el neoliberalismo no ha corrido grandes riesgos.
¿Estamos
presenciando finalmente la llegada de un cambio de régimen en Occidente, ya
anunciado varias veces en este siglo? Éste es el mensaje de un reciente best
seller de un destacado historiador estadounidense simpatizante de Biden, The
Rise and Fall of the Neoliberal Order: America and the World in the Free Market
Era, de Gary Gerstle, que sugiere que, desde diferentes direcciones,
Sanders y Trump asestaron golpes tan efectivos a la encarnación del
neoliberalismo de Hillary Clinton que, bajo el gobierno de Biden, se allanó el
camino para que el equilibrio entre ricos y pobres en la sociedad
estadounidense comenzara a alterarse y los beneficios de la política industrial
dirigida por el gobierno se hicieran visibles para millones de personas.
Admitiendo que “los vestigios del orden neoliberal permanecerán con nosotros
durante años y quizás décadas”, concluye sin embargo con la firme afirmación de
que “el propio orden neoliberal se ha derrumbado”. En cierto sentido, una
crítica aún más dura del costo socioeconómico después de Reagan viene de un ex
admirador del propio Reagan, el banquero indio-estadounidense Ruchir Sharma, ex estratega
global jefe de Morgan Stanley, en What Went Wrong with
Capitalism. Su leitmotiv es que “las crisis financieras periódicas –que
estallaron en 2001, 2008 y 2020– ahora se desarrollan en el contexto de una
crisis diaria y permanente de colosal mala asignación de capital”, resultado de
enormes inyecciones de dinero fácil en las economías avanzadas por los bancos
centrales para sostener tasas de crecimiento en constante descenso. Estos
torrentes de dinero desembolsados por el Estado son la verdad última y
predominante de este período. Tarde o temprano, advierte Sharma, se producirá
un shock trascendental en el sistema. ¿Qué remedio podría traer? La respuesta
de Sharma es: volver a un Estado más pequeño y a una moneda más estricta, la
receta clásica de Mises y Hayek: el neoliberalismo hecho realidad nuevamente.
Estos
veredictos contradictorios no son en sí mismos nuevos. Eric Hobsbawm proclamó
“La muerte del neoliberalismo” ya en 1998. Doce años después, Colin Crouch, no
menos antisistema, llegó a la conclusión opuesta, titulando su libro sobre sus
desventuras “La extraña no-muerte del neoliberalismo”, una sentencia que
reiteró hace un año en un texto titulado “El neoliberalismo: aún por
sacudirse su envoltura mortal”. Éstas fueron las conclusiones de un enemigo
declarado del orden neoliberal. Jason Furman, asistente especial de Bill
Clinton, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Obama y admirador del
modelo de gestión de Walmart, es un convencido exponente de ello. En un
artículo de fondo en Foreign Affairs, titulado “El espejismo
posneoliberal”, Furman lanza una vigorosa réplica a pensadores como
Gerstle, atribuyendo la pérdida de la Casa Blanca por parte de los demócratas a
la locura de abandonar la disciplina económica ortodoxa con vastos e incontinentes
programas de gasto que no lograron sus objetivos. Furman describe los costos y
los beneficios del mandato de Biden con gran cantidad de detalles
condenatorios: la inflación, el desempleo, las tasas de interés y la deuda
pública fueron más altas en 2024 que en 2019. Entre 2019 y 2023, los ingresos
familiares ajustados a la inflación cayeron y la tasa de pobreza aumentó. “A
pesar de los esfuerzos por aumentar el crédito fiscal por hijo y el salario
mínimo”, continúa, “ambos eran sustancialmente más bajos, en términos reales,
cuando Biden dejó el cargo que cuando lo asumió”. A pesar de todo su énfasis en
los trabajadores estadounidenses, Biden fue el primer presidente demócrata en
un siglo que no amplió permanentemente la red de seguridad social. En resumen:
“Los políticos nunca deberían volver a ignorar los principios básicos en pos de
soluciones heterodoxas fantasiosas”. Lo que ha sido rechazado como ortodoxia
neoliberal está vivo y coleando, y ofrece la única salida.
¿Un régimen
internacional que se hunde o se levanta de nuevo como Lázaro? El estancamiento
en los veredictos de estos expertos tiene una contraparte en el panorama
político, donde el conflicto entre el neoliberalismo y el populismo, los
adversarios que se han enfrentado en todo Occidente desde principios del siglo,
se ha vuelto cada vez más explosivo, como lo demuestran los acontecimientos de
las últimas semanas, incluso cuando, a pesar de todos sus aparentes compromisos
o reveses, el neoliberalismo conserva la ventaja. El primero ha sobrevivido
sólo gracias a que continúa reproduciendo lo que amenaza con derrocarlo,
mientras que el segundo ha crecido en tamaño sin avanzar ninguna estrategia
significativa. El estancamiento político entre ambos no ha terminado: no se
sabe cuánto durará.
¿Significa esto
que hasta que un conjunto coherente de ideas económicas y políticas, comparable
a los paradigmas keynesianos o hayekianos del pasado, tome forma como una forma
alternativa de gestionar las sociedades contemporáneas, no podemos esperar un cambio
serio en el modo de producción existente? No necesariamente. Fuera de las zonas
centrales del capitalismo, se han producido al menos dos alteraciones de gran
alcance sin que ninguna doctrina sistemática las haya imaginado o propuesto de
antemano. Una de ellas fue la transformación de Brasil con la revolución que
llevó a Getúlio Vargas al poder en 1930, cuando las exportaciones de café en
las que se basaba la economía del país se desplomaron y la recuperación se
inició pragmáticamente mediante la sustitución de importaciones, sin el
beneficio de ninguna previsión previa. La otra, aún de mayor alcance, fue la
transformación, después de la muerte de Mao, de la economía de China en la era
de la reforma presidida por Deng Xiaoping, con el advenimiento del sistema de
responsabilidad familiar en la agricultura y el inicio, por parte de las
empresas urbanas y aldeanas, del estallido de crecimiento económico más
espectacular y sostenido registrado en la historia –una vez más improvisado y
experimental, sin teoría preexistente de ningún tipo. ¿Serán estos casos quizás
demasiado exóticos como para tener alguna relevancia para el corazón del
capitalismo avanzado? Lo que los hizo posibles fue la magnitud del shock y la
profundidad de la crisis que sufrió cada sociedad: el colapso en Brasil, la
Revolución Cultural en China, equivalentes tropicales y orientales de los
golpes infligidos a la autoestima occidental en la Segunda Guerra Mundial. Si
alguna vez disminuyera la incredulidad ante la posibilidad de una alternativa
en Occidente, es probable que la oportunidad fuera algo similar.
Nota
[1] También
añadiría la teoría del circuito monetario en Italia y la teoría evolutiva de
los negocios y el progreso tecnológico en Gran Bretaña y los Estados
Unidos, ed.
Fuente: London Review
of Books



