sábado, 24 de diciembre de 2016

SANIDAD PÚBLICA: PP-ALA NARANJA-PSOE OPOSITIVO VIA ABSTENCIÓN ANARANJADA: DE DERROTA EN DERROTA HASTA LA DERROTA-RUINA FINAL




EL DESASTRE DEL MODELO LIBERAL EN SANIDAD: EL CASO DE EE.UU.

Rebelión
23.12.2016

Cuando a un trabajador se le despide (y el despido en EEUU es fácil), este o esta pierde no solo su salario, sino también su atención médica (y la de su familia). Esta medida tiene un impacto disciplinario enorme sobre el mundo del trabajo, lo cual explica que EEUU tenga el menor número de días perdidos por huelgas en el mundo capitalista desarrollado.


En el mundo capitalista desarrollado hay básicamente tres formas de financiar y proveer los servicios médicos a la población a nivel de todo el Estado. Uno, que se conoce como el Servicio Nacional de Salud (National Health Service), donde la mayoría de la financiación es pública y la provisión de los servicios es también pública. El segundo modelo es el Seguro Nacional de Salud (National Health Insurance), donde la financiación es pública (a través de un sistema de aseguramiento público) y la provisión de servicios es privada. Y, finalmente, el tercer sistema es el que es financiado privadamente (que se realiza predominantemente a través de aseguramiento privado, siendo las compañías de seguro privadas las que gestionan el sistema sanitario), y en el que la provisión de servicios es también privada. En este modelo, a diferencia de los dos anteriores, la acumulación de beneficios empresariales de carácter privado juega un papel determinante en la configuración del sistema sanitario.

Este modelo, que ha sido promovido activamente por el capital financiero (la banca y las compañías de seguros), tanto a nivel de cada país como a nivel internacional (con el apoyo activo del Banco Mundial y de la Organización Mundial de la Salud, altamente influenciada por el gobierno federal de EEUU), es el modelo liberal (en terminología económica, neoliberal). Es también este modelo el que está siendo promovido por un gran número de economistas en temas sanitarios (de clara sensibilidad liberal) en España, muchos de ellos próximos a la banca. Este modelo es el que existe en EEUU, y es, a todas luces, el sistema más caro (EEUU es el país que se gasta más en sanidad en el mundo, un 17% del PIB), más impopular (el 64% está insatisfecho con la manera como se financia y organiza el sistema sanitario), más ineficiente (el 40% de histerectomías, el 48% de operaciones de cateterismo cardíaco y bypass, el 28% de angiografías, el 40% de angioplastias y el 12% de intervenciones de cataratas son innecesarias) y más inhumano (el 32% de personas que se están muriendo, es decir, que tienen enfermedades terminales, indican estar preocupadas de cómo ellas o sus familiares pagarán las facturas médicas).
Las causas políticas del dominio del modelo liberal
Como siempre ocurre, detrás de cualquier problema económico (y el sistema sanitario en EEUU es un problema económico enorme) hay una causa política: el enorme poder, no solo económico y financiero, sino también político y mediático, de lo que en EEUU se conoce como la Corporate Class (clase corporativa) (es decir, los propietarios y gestores de las grandes empresas financieras, industriales y de servicios que configuran la vida económica del país). Este poder fue el que presionó para que el sistema de financiación de la sanidad no fuera público (como en la mayoría de países de Europa), sino privado, a base de los pagos de los trabajadores y empleados de una empresa y de sus empleadores a las compañías de seguros privadas que, a su vez, contratan con los proveedores (tales como médicos, hospitales, etc.) la provisión de servicios. Así quedó fijado en la ley Taft-Harley (que el presidente Truman vetó pero que el Congreso –controlado por las derechas- aprobó). El mundo financiero, y muy en particular las compañías de seguros, favoreció esta ley que facilitó e hizo posible su gran expansión. Y el mundo empresarial también la apoyó, pues fijaba que el modo de financiar los servicios sanitarios era a través de los convenios colectivos (firmados por los representantes de los trabajadores y por los empresarios), que definen las aportaciones de trabajadores y empresarios a las compañías de seguro privadas, que son las que gestionan el sistema sanitario. Este sistema garantizaba un control por parte de los empresarios sobre su fuerza de trabajo, debido a que no solo los salarios, sino también la asistencia médica del trabajador y de su familia, dependían de su trabajo. Cuando a un trabajador se le despide (y el despido en EEUU es fácil), este o esta pierde no solo su salario, sino también su atención médica (y la de su familia). Esta medida tiene un impacto disciplinario enorme sobre el mundo del trabajo, lo cual explica que EEUU tenga el menor número de días perdidos por huelgas en el mundo capitalista desarrollado.

En este esquema, el nivel de cobertura de un trabajador depende de la fuerza que el sindicato pueda tener en los altamente descentralizados convenios colectivos. En aquellas empresas donde los sindicatos son fuertes, es probable que sus trabajadores tengan una cobertura de sus necesidades asistenciales sanitarias relativamente buena (aunque nunca comparable a lo que cualquier ciudadano tiene en los sistemas nacionales de salud o en los seguros nacionales de salud). Pero si los sindicatos son débiles o no existen, la cobertura sanitaria es menor o inexistente. De ahí la enorme diversidad en los niveles de cobertura sanitaria en EEUU. Y para complicar todavía más la situación, para aquellos que no trabajan, el aseguramiento privado individual es sumamente caro, y prohibitivo en el caso de que tengan una enfermedad crónica.

¿Qué ha hecho el Obamacare?

El primer intento de reforma apareció en las campañas de Jesse Jackson (al cual tuve el placer de asesorar) en 1984 y en 1988, dirigente del movimiento Arco Iris (Rainbow Coalition, que era la alianza de las fuerzas progresistas, sindicatos, movimientos de derechos civiles, ecologistas y feministas dentro del Partido Demócrata), apoyado por los partidos socialista y comunista. Tal movimiento exigió y consiguió que se estableciera un Seguro Nacional de Salud, semejante al sistema sanitario canadiense, que originalmente había tenido un sistema parecido al existente en EEUU hasta que en los años 60 se cambió en una provincia canadiense (Saskatchewan), gobernada por el Partido Socialista canadiense, prohibiendo el aseguramiento privado, pasando este aseguramiento a ser público.

Más tarde, el presidente Clinton (que copió extensamente elementos importantes del programa de Jackson) incorporó tal demanda en su programa (con el cambio sustancial, sobre el programa de Jesse Jackson, de mantener y no sustituir a las compañías de seguros privadas), estableciendo un grupo de trabajo en la Casa Blanca, dirigido por su esposa, Hillary Clinton, en el cual la Rainbow Coalition me pidió que les representara, como científico de su confianza.

La propuesta Clinton, que fue incorporada posteriormente por el candidato, y más tarde presidente, Obama, en su programa, tenía como objetivo intentar reducir el elevadísimo número de estadounidenses que no tenían ninguna cobertura sanitaria (causando más muertes que las producidas por el SIDA). Ahora bien, a pesar de que el título del programa promovido por el presidente Obama se llama Universal Health Care, el hecho es que incluso con el pleno desarrollo de su programa, todavía permanecerían 27 millones de ciudadanos y residentes sin ninguna cobertura, y el doble de este número con cobertura insuficiente. La ley del Obamacare exige que todo ciudadano o residente tenga que tener una póliza de aseguramiento sanitario (de la misma manera que todo propietario de un coche debe tener seguro del coche), sin regular, sin embargo, el precio de la póliza. Y también exige a todos los empresarios que provean aseguramiento privado a sus trabajadores y empleados. Pero el nivel de cobertura obligatorio es muy insuficiente para cubrir las necesidades de la población. El problema mayor es que Obama no se atrevió a enfrentarse con las compañías de seguros (que han financiado gran parte de las campañas de los políticos, incluyendo la del Sr. Obama y la de la Sra. Clinton). Estas adquirirán incluso más poder bajo el mandato del presidente Trump, el cual ha nombrado como Secretary of Health (equivalente a Ministro de Sanidad) a una persona conocida por su oposición a las reformas realizadas por la Administración Obama, empeorando todavía más los problemas creados por la aplicación del modelo liberal en la sanidad de un país, un modelo que los economistas liberales intentan aplicar en España también, promovido por grandes intereses financieros, incluidas compañías de seguros sanitarios privadas que están adquiriendo más y más protagonismo en la sanidad española, expansión facilitada predominantemente por los partidos conservadores de persuasión liberal que han dominado los gobiernos españoles (incluidos los catalanes) en los años de la Gran Recesión.

Vicenç Navarro: Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Director del JHU-UPF Public Policy Center

Fuente:
http://blogs.publico.es/dominiopublico/18832/el-desastre-del-modelo-liberal-en-sanidad-el-caso-de-eeuu/

DISCURSO NAVIDEÑO DE SU MAJESTÁ MANUEL CARLOS I EL CAMPECHANO Y ÚLTIMO DE ESPAÑA DE 2011 (PERO QUE VALE PARA 2016)

SABED el que supiere, entendiere, y que además, tenga ganas de perder el tiempo, que: El discurso navideño que precede de MI majestá Manuel Carlos I el Campechano y Último de España, fue grabado de forma espontánea la noche del 24 de diciembre de 2011 en un hospital de Zaragoza, donde horadamente se ganaba el coscurro hasta la jubilación. La realización y producción corrió a cargo del gran compañero de trabajo y mejor persona, David Langa. Lo que se hace saber para general conocimiento por MI, Manuel Carlos I el Campechano y Último de España, en el V año del reinado, en los prados invernales de Isla Mayor, Sevilla, a la espera de ver si cae la breva, el día 23 de diciembre de Nuestro Señor Jesucristo de 2016. Que los paséis muy bien con vuestros familiares y amigos. Y, mucha salud, porque hambre a buen seguro, no habrá de faltar.

LA ÚNICA MONARQUÍA LEGÍTIMA ES LA DE LOS REYES MAJOS

jueves, 22 de diciembre de 2016

ATENTADO TERRORISTA FINANCIERO EN BERLÍN: ¿SE BUSCA AL ASESINO MATERIAL DEL ATENTADO EN BERLÍN, O SE ESCONDEN A SUS VERDADEROS AURORES?



 Para vergüenza y sonrojo (si es que tuvieran vergüenza, si no, nada) de los mameluconcetes muy bien pagados (con dinero ganado por los trabajadores, pero no recibido por ellos) que se llaman periodistas, pero que no dan un palo al agua para buscar y contrastar lo que dan como información; los políticos de primer nivel y otros leoncetes del habla de la de la economía de menor cuantía.
Fdo.: Manuel sogas Cotano

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NO ES UNA GUERRA "CONTRA EL TERRORISMO", ES UNA GUERRA CONTRA LA HUMANIDAD






04.12.2015
 
 
«Quién controle Europa del Este dominará el Pivote del Mundo, quien controle el Pivote del Mundo dominará la Isla Mundo, quien domine la Isla Mundo dominará el mundo». Halford MacKinder
 
Lo primero e importante para poder calibrar el escenario de Caos en que nos hallamos es tener en cuenta que enfrentamos una encrucijada en la que el capitalismo está cayendo en picado y ya no va a volver a ser lo que fue en los países de su núcleo central (esos que se llamaron a sí mismo “ricos”).
En una u otra circunstancia, las élites mundiales y locales están tomando posiciones de cara a mantener el poder o al menos a no ser del todo desplazadas en el nuevo orden que está por surgir.
Las claves de ese orden vienen fijadas por muchos procesos, pero al menos tres son especialmente importantes para entender lo que pasa:
1/ El primero lo venimos arrastrando desde los años 70 del siglo XX y no ha hecho sino crecer: la financiarización económica, social, política y cultural del capitalismo, como resultado de una obturación que cada vez se muestra más insuperable en la esfera de la producción o de la “economía real”.
2/ El segundo es la automatización derivada del trepidante desarrollo de la tecnología (nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial, robótica, neurociencia...).
Estos dos procesos marcan el fin de la era del empleo. El primero por retirar cada vez más fondos de la inversión productiva y destinarlos a la especulación parasitaria. El segundo lo explica por sí mismo.
A ellos hay que sumarle uno más:
3/ El agotamiento de los recursos energéticos y de los materiales básicos para el capitalismo. También de los sumideros que absorben nuestros residuos.
Estos tres procesos interaccionan a veces complementariamente pero a menudo contradictoriamente. Generan profundas divisiones entre las élites locales y mundiales (a veces unas coinciden con las otras), y decantan distintas facciones de la clase capitalista mundial en su cruenta pugna por la ganancia global. Todas esas tendencias están de acuerdo, en cambio, en lo que se refiere a la plusvalía: es decir, en machacar a la población trabajadora de todo el planeta, brutalizando los mercados laborales. Así, la financiarización da oxígeno al proceso productivo automatizado mediante dinero inventado, ficticio. Una y otro atacan frontalmente el empleo, destruyendo también las condiciones sociales: esto marca una Guerra de Clase desde arriba.
Sin embargo, sus dinámicas de interés cortoplacistas divergen en otros puntos.
La Red Financiera Global y el Bloque Imperial-Nacional
El Poder de las finanzas se mueve en redes mundiales que no precisan de los Estados salvo para la coerción de sus poblaciones y para la fuerza militar. La llamaremos Red Financiera Global, que promueve un Imperialismo Global Financiero. Aquí están Wall Street, la City londinense y algunas de las más fuertes plazas financieras mundiales, más, entre otros, la Banca Rotschild, Standard & Poors, con sus piezas clave en la Casa Blanca (el estratega argentino Walter Formento lleva tiempo trabajando sobre esto).
Esta Red se enfrenta a las viejas oligarquías imperiales nacionales, que estaban más vinculadas al capital bancario-productivo, el cual ha ido perdiendo terreno en favor del parasitario-especulativo. Entra también aquí parte del mundo financiero que no logra globalizarse y en conjunto las facciones de las clases dominantes que van perdiendo la carrera capitalista. Al frente de esta facción que va quedando superada están las capas de poder anglo-americanas con anclaje en el Estado imperial clásico. Le daremos el nombre de Bloque Imperial-Nacional. En él se incluyen Warren Buffet, Goldman Sachs, el grupo Rockefeller y el J.P. Morgan (que controla la Esso y la corporación Halliburton), con ejércitos privados como Academi (antiguo Blackwater): son los halcones de Washington. También se vinculan a este Bloque de forma dependiente buena parte de los poderes de la UE, y en especial la Banca franco-alemana-holandesa.
Ambas facciones del Poder Mundial, en las que predominan las élites y los Estados de la Triada (especialmente el Eje Anglosajón), más Canadá y Australia, se enfrentan a los Estados con producción y con recursos energéticos y minerales importantes.
El capital productivo está en China. Los recursos están básicamente en Rusia (Siberia) y en general en el este de Asia (China especialmente). Allí es también donde quedan los últimos grandes reductos del capital productivo (además del de Alemania en Europa). Lo llamaremos Bloque Energético-Productivo.
Sigamos.
En Asia central y occidental (desde Irán hasta Siria), los intereses son contradictorios entre las dos facciones del Poder Mundial. Por eso las profundas disensiones en su seno en torno al Acuerdo con Irán o a la colaboración con Rusia en su lucha contra el fascismo asiático (Daesh, al Qaeda, al-Nusra…). Sin embargo, tanto la Red Financiera Global como el Bloque Imperial-Nacional han estado de acuerdo hasta ahora en crear, financiar, entrenar, organizar y dar cobertura operativa a ese fascismo asiático. El objetivo es destruir cualquier forma de poder estatal capaz de oponerse a su apropiación de recursos energéticos y vías estratégicas de trasporte de los mismos. También posicionarse dominantemente en la zona y debilitar en lo posible, estratégica, económica y energéticamente al Bloque Energético-Productivo.
Esto se ha repetido también en África septentrional (Libia, Somalia, Sudán, y ahora Mali y Nigeria), a través de las franquicias africanas del fascismo asiático. De nuevo el mismo objetivo. De nuevo los mismos resultados: dejar países barbarizados, en manos del fascismo transnacional y de señores de la guerra que no ofrecen obstáculo alguno a una y otra facción del Poder Mundial.
El capitalismo siempre ha echado mano del fascismo o del terrorismo, bien cuando se atasca o bien cuando se ve acorralado. Desde hace cuatro décadas está atascado. En la última década y media se siente además amenazado por el Bloque Energético-Productivo. La utilización de una combinación de ambos de aquellos recursos por unas u otras facciones de Poder Mundial es una constante desde entonces.
La UE en la encrucijada
Donde se cruzan los caminos de la lucha entre ambas facciones (la Red Financiera Global y el Bloque Imperial-Nacional) y entre ellas y el Bloque Energético-Productivo es en la UE. Si Alemania (la UE-alemana) se inclina hacia este último, tenemos una Eurasia prácticamente imbatible. La que fue llamada por el primer estratega moderno internacional, Mackinder, “la Isla Mundo”, añadiendo que quien la dominara, dominaría el orbe.
Pero hoy por hoy Alemania es parte dependiente o subordinada del Bloque Imperial-Nacional (dominado por el Eje Anglosajón). Pero a una u otra facción del Eje Anglosajón (que lidera el mundo desde 1700), aquella posibilidad de un Bloque Energético-Productivo extendido a Europa le produce terror, por lo que ambas están dispuestas a combatirla a todo coste. He aquí el golpe de Estado en Ucrania utilizando esta vez al fascismo europeo (desde entonces en el poder en ese país), para no sólo separar a Rusia de Europa, sino para establecer un foso particular entre Alemania y Rusia. Además, la Red Financiera Global obliga a la UE a emprender sanciones contra Rusia, profundizando aún más en la recesión económica europea. Para aquélla es una labor preventiva debilitar la UE como macro-Estado poderoso: de ahí sus repetidos golpes contra las deudas soberanas y ahora su intento de imponer el TTIP, contribuyendo al hundimiento de las condiciones sociales y laborales en Europa (la Guerra de Clase). El Bloque Energético-Productivo, en cambio, entró en apoyo de la UE, proporcionando tanto liquidez como energía a su economía.
Francia es la báscula de la UE. El gozne entre los países deficitarios y los superavitarios. Su economía real comienza a hundirse y pierde más y más ritmo frente a Alemania. Pero su economía financiero-especulativa es de gran peso en Europa. Es el país por excelencia que representa al “Estado nacional” centralizado y fuerte, el país europeo con más proyección militar-imperialista. Esto hace que Eje Anglosajón le haya escogido para derrocar regímenes laicos en Asia y África y sustituirlos por fascismo disfrazado de Islam. Debilitar Francia es golpear la facción Imperial-Nacional europea y dejar a Alemania más débil, tirando sola de la UE.
La clase capitalista alemana se debate entre seguir con el proyecto UE subordinado al Eje Anglosajón o romper lastre e inclinarse definitivamente hacia Eurasia.
¿Cuál va a ser el próximo paso?
La Red Financiera Global dejará a Israel a su suerte. También a Arabia Saudí y a Turquía. Por eso todos estos países se dan prisa por afianzarse en la zona a través de su instrumento: el fascismo asiático. Al no tener nada que perder representan un enorme peligro, capaz de cualquier locura para obligar al Bloque Imperial-Nacional estadounidense (“los halcones”) a intervenir directamente contra Rusia. La Red Financiara Global no está interesada en un enfrentamiento directo con Rusia y ahora, merced al golpe de París, la parte europea del Bloque Imperial-Nacional puede que esté cambiando también de posición. Francia se ha visto atrapada en la discrepancia de intereses entre las dos facciones en Asia Occidental y África septentrional. De hecho, está virando a toda prisa hacia una posible coincidencia con Rusia en la zona, para atacar ahora realmente al fascismo asiático. Pero quiere arrastrar a Alemania consigo, lo cual cambiaría el sino del Bloque Imperial-Nacional europeo.
Con todo ello el tablero de guerra se complejiza enormemente.
Ese que he llamado “fascismo asiático” tiene poco que ver con el Islam. La religión se usa como coartada y para reclutar dementes dispuestos a inmolarse. En realidad, aquél está integrado ante todo por restos del antiguo ejército iraquí, más ejércitos privados que ya estuvieron en la invasión de Iraq, más mercenarios de numerosos países. Se trata ahora de extender este tejido cancerígeno (con mismos o diferentes nombres) a lugares de Rusia donde haya importantes poblaciones musulmanas. También a las exrepúblicas soviéticas, así como a Irán, India e incluso a la propia China.
Por eso India está empezando a ver la necesidad de apoyar a Rusia (con China también detrás en la sombra) en su lucha contra el fascismo asiático. Su postura será decisiva de cara al fortalecimiento o no del Bloque Energético-Productivo.
Frente a la decadencia ya imparable del Eje Anglosajón, sus recesiones y sus firmes pasos hacia la Guerra de Clase (barbarie laboral y social), del Eje China-Rusia puede asentarse un capitalismo de Estado a contrapelo del actual capitalismo salvaje. El Bloque Energético-Productivo está, en cualquier caso, mucho mejor preparado para la Gran Transición post-capitalista hacia sociedades algo más razonables y sostenibles. Sus alianzas con otros Bloques Energéticos menores, como el del ALBA, pueden ayudar a ello.
Pero eso no quiere decir que se vaya a dar tal resultado porque sí. Las luchas de clase en el interior de este Bloque serán decisivas.
Para las sociedades europeas, como para las de todo el mundo, es vital ayudar a ello. Y para eso es imprescindible recuperar la conciencia y las luchas de clase de cara a iniciar procesos constituyentes que paren el Caos (la Guerra de Clase y la Guerra Militar).
Por eso es importante no dejarse “distraer” demasiado por elecciones “nacionales” que cada vez deciden menos los destinos de las gentes y del mundo. Aquéllas tienen su importancia relativa, pero sin procesos constituyentes no podremos transformar el escenario de Caos en el que estamos.
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ALEPO, ANKARA, BERLÍN: GEOPOLÍTICA DEL DESASTRE



Rebelión
Cuarto Poder
22.12.2016


Habrá que analizar sus consecuencias y alertar sobre los peligros, pero a nadie puede extrañar lo ocurrido. Era cuestión de tiempo. Tanto el asesinato del embajador ruso en Ankara como el atentado de Berlín se inscriben en una lógica imparable que, fruto a su vez de una acumulación histórica anterior, comenzó hace ya cinco años: eso que la revista Esprit llamó “nuevo desorden global” y Pablo Bustinduy, del modo más elocuente, “geopolítica del desastre”.

Para entender ese marco catastrófico que demanda nuevas catástrofes, en un rebote sin fin entre paredes cerradas, conviene abordar el contexto desde la denuncia de una ilusión muy peligrosa que parece imponerse entre la izquierda, y ello precisamente cuando la izquierda retrocede en todo el mundo. Conocidos militantes anti-imperialistas latinoamericanos, por ejemplo, interpretan el asesinato del embajador ruso en Turquía como una “respuesta” al creciente protagonismo de Rusia y China en el mundo, describiendo ese protagonismo, en tono positivo, como “la peor pesadilla para EEUU”. Esta interpretación incurre, a mi juicio, en una doble ceguera. La primera es la de considerar que el pistolero turco, al disparar sobre el diplomático, estaba defendiendo de algún modo los intereses estadounidenses, si es que no estaba dirigido o comandado directamente desde Washington. La segunda, más grave, es la de considerar que una “pesadilla para los EEUU” es necesariamente una liberación para la Humanidad; que cualquier acontecimiento o alianza o cambio geoestratégico que ponga en dificultad a los EEUU se corresponde automáticamente con una erosión del capitalismo y un fortalecimiento de la democracia, la justicia social y los DDHH en todo el mundo.

Se diría más bien que está ocurriendo lo contrario de lo que esperábamos y deseábamos. El declive indudable de los EEUU se corresponde con una desdemocratización radical que anticipa a escala ampliada y global una repetición negra del sangriento siglo XX, pero con una nueva polarización autista y sin esperanza. Estamos de nuevo –podríamos decir– en 1914, si bien no hay ninguna revolución de Octubre a la vista y sí, en cambio, un aumento colosal de las “fuerzas destructivas” y de los imperialismos –y neofascismos– que las gestionan. Los radicales van ganando y, aún más, están ya en los gobiernos; no somos “nosotros” ni “la clase obrera” ni el “proletariado en armas construyendo el socialismo”. Los radicales son los otros y sería un error imaginarse como “alternativa radical” –cuando la “alternativa radical” también son los otros– y no menos apostar por uno de los radicales enfrentados arguyendo que sus bombardeos aéreos, sus violaciones de los DDHH, su autoritarismo y su capitalismo mafioso pone en aprietos a los EEUU. La justa indignación contra un mal concreto no introduce necesariamente en el mundo ningún bien concreto y, si no tenemos recursos para proponer materialmente una alternativa, podemos acabar multiplicando y hasta magnificando los males concretos.

La izquierda tiene razón en obsesionarse con Siria. Hay que comenzar por alguna parte. Podríamos empezar por Sykes-Picot o por el pacto del Quincey o por Afganistán o por la más reciente y criminal invasión de Irak. Cualquier punto es al mismo tiempo una condensación y una oportunidad de intervención. Pero es bueno comenzar allí donde de pronto son los pueblos los que toman la palabra. Empecemos en 2011. Una parte de la izquierda insiste en reprochar a esos pueblos –sospechosamente “árabes”– su inoportunidad y torpeza, como culpables de esta nueva geopolítica del desastre, en una acusación semejante a la del juez machista que exime de responsabilidad al violador porque su víctima llevaba una falda corta o tenía pelo y cuerpo o sencillamente respiraba. Si esos pueblos, que no podían ganar, no se hubieran levantado contra el opresor… Este argumento es tan ultraconservador –tan “soviético” si se quiere– que en realidad es tremendamente “de derechas”. Lo es hasta el punto de proporcionar argumentos a las nostalgias imperiales: cuánto mejor hubiera sido que los filipinos hubieran aceptado el yugo español en 1898, más benigno que el estadounidense que lo siguió; y qué error el de los árabes en 1914 al rebelarse contra el imperio otomano, sustituido por el atroz colonialismo inglés y francés; y qué locura la de los palestinos en 1936, cuando se rebelaron contra el protectorado británico sin comprender que iban a caer en las garras de Israel. Eso por no hablar de los revolucionarios rusos que en 1917 no comprendieron que su levantamiento contra el zarismo iba a traer consigo la guerra civil, el estalinismo, los gulags y, setenta años más tarde, la más catastrófica restauración del capitalismo (y del zarismo).

Ahora bien, es cierto que Siria es de alguna manera la vía muerta de la revolución democrática que comenzó en 2011, así como el principio de la desdemocratización que, desde allí, se extiende hoy por el mundo. Siria devuelve el protagonismo a las dictaduras: las ya existentes se envalentonan (Arabia Saudí o Irán), las nuevas son aún más severas que las derrocadas (Sisi en Egipto y la sombra de Hafter en Libia) y las que parecían superadas se contraen (la deriva autoritaria de Erdogan en Turquía). Siria es también la causa de la doble radicalización que caracteriza el neofascismo europeo: el ascenso de la extrema derecha y la reactivación del yihadismo terrorista. Siria es también la causa de la decadencia de la hegemonía estadounidense que, de manera indirecta, explica a su vez el triunfo electoral del neofascista Trump en Washington. Siria es también la causa, en fin, del retorno de la Rusia putinesca, hipernacionalista y mafiosa, a la escena internacional, mediante bombas no menos destructivas ni más liberadoras que las de EEUU en Irak y en Afganistán o las de Israel en Gaza.

De todas estas calamidades, cierto, son responsables los pueblos que reclamaron pacíficamente una pizca de democracia, unos gramos de dignidad, unos centímetros de justicia social y no la dictadura que les respondió con bombas de barril; las potencias occidentales que los abandonaron; las teocracias del golfo que aprovecharon la ocasión para imponer sus agendas; las milicias yihadistas que se nutrieron de huérfanos desesperados y nihilistas europeos y los países –Rusia e Irán– que utilizaron todos los medios a su alcance –los mismos que EEUU tantas veces en América Latina o en Vietnam o en Irak– para sostener hasta el límite a un tirano asesino al que no le gusta que su pueblo tenga pelo y cuerpo y respire. De la desdemocratización del planeta tienen la culpa las mujeres y hombres que pedían democracia, ¿o todos aquellos que, de derechas y de izquierdas, de forma activa o pasiva, los han sacrificado? El paralelismo de la guerra civil española no es ni exagerado ni fraudulento: la victoria allí del fascismo fue el umbral, no lo olvidemos, de la segunda guerra mundial. La diferencia hoy es que la izquierda no juega ningún papel y por lo tanto la “guerra mundial” que se avecina –terror contra terror en metástasis locales– no dejará ningún margen a las luchas democráticas. La democracia ha muerto. Los DDHH –apenas una buena idea– pertenecen al pasado. Asad, gran triunfador, es el modelo; y a la izquierda impotente y vencida le gusta ese modelo porque incluso en EEUU se ha impuesto, como ellos querían, un protodictador. El mundo multipolar es un mundo multidespótico, lo que sin duda es un gran progreso para los que creen que los pueblos del mundo llevan medio siglo pidiendo a gritos (¡libertad! ¡libertad!) bombas multinacionales –rusas, iraníes, chinas, indias, sirias, egipcias– en lugar de solo “americanas”.

No me gusta la palabra “fascismo”. En primer lugar porque funciona ya como una lítote: es decir, a fuerza de utilizarla sin criterio para subrayar la gravedad de un fenómeno ha acabado por quitar importancia a su objeto. A nadie la asusta el “fascismo”, que pertenece al pasado y no define sino nuestro deseo subjetivo de indignación. Y sin embargo hay motivos para asustarse. No sabemos cómo llamar al nuevo fascismo, que es además muy diferente del de los años 20 y 30 del siglo pasado. El fascismo clásico era antirreligioso, anticonservador y “revolucionario”; incluso “anticapitalista” en su discurso y su liderazgo. Al mismo tiempo arraigó y se extendió en una Europa ideológicamente polarizada y realmente revolucionaria que ya no existe. Pero podemos llamar “fascismo” con prudencia a lo que viene –a lo que se está imponiendo– en el sentido de que el fascismo clásico fue el resultado de y acompañó a un proceso de desdemocratización radical, exactamente igual que ahora. Si Siria es, de alguna manera, la fuente contaminante –o una de ellas– la responsabilidad de las grandes potencias y de la propia izquierda en este proceso de desdemocratización es innegable y reprobable. En un mundo en el que ya no hay alternativa sistémica, ni siquiera imaginaria, y en el que los medios de destrucción se han multiplicado al infinito, se va cerrando cada vez más el campo de nuestras elecciones políticas. En un mundo así la lucha por la democracia, los DDHH y la justicia social queda postergada sine die -y prohibida y criminalizada– en nombre de la seguridad física y “cultural”. En un mundo así, entre bombardeos y atentados terroristas, habrá que buscar y encontraremos sin duda buenos motivos egoístas, antropológicos, de pura supervivencia geopolítica, para escoger entre una dictadura u otra: Trump, Putin, Asad, Le Pen o el ISIS. Pero ninguno de esos motivos podrá ser nunca “de izquierdas”.

En la Historia todo ha empezado siempre ya. Pero todo empezó esta vez porque unos pueblos locos quisieron respirar y reclamaron democracia, justicia y dignidad. Y todos los gobiernos y todos los partidos –sin excepción– corrieron a enterrarlos e imponer, contra ellos, contra todos nosotros, un neofascismo global. Alepo, Ankara, Berlín son algunos de sus terrenos de juego.


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OTAN, ¿BRAZO ARMADO PACIFICO-MILITAR PARA EL ROBO DE LAS PENSIONES DE LOS TRABAJADORES?


    
  

Ignacio Fernández Toxo: El llamamiento de un miserable

Kaos en la red
Por Máximo Relti para Canarias Semanal
22.12.2016
El Secretario General de Comisiones Obreras llama a una intervención militar en Siria.








Por fin, tras múltiples cabildeos con la dirigencia de la “izquierda” socialdemócrata, el Secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo, se ha atrevido a asomar su patita y dejar clara cuál es su posición en relación con la guerra de Siria. Este mismo martes, 20 de diciembre, el dirigente de CC.OO. solicitó en un comunicado hecho público en la mañana de ese día, que la “comunidad internacional frene la brutalidad y la represión en Alepo”.

     Si se atiende a la “solicitud” del dirigente de este sindicato amarillo, podría creerse que la guerra de Siria comenzó  anteayer. La terrible verdad es, sin embargo, que durante nada menos que cuatro años  el pueblo sirio ha venido soportando una cruenta intervención extranjera en su territorio,  protagonizada  por  grupos  del yihadismo ultraconservador que han estado públicamente  financiados por países occidentales  tales como los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, así como por las monarquías feudales reaccionarias de Oriente Medio.

      Durante el transcurso de esa guerra casi  400.000 sirios han perdido la vida como consecuencia de  la acción de esos grupos terroristas, cuyas imágenes de violencia y terror han sido contempladas por todos aquellos que han deseado informarse de lo que realmente  estaba sucediendo en ese país.
         Durante todo ese tiempo, los medios de comunicacion occidentales,cómplices necesarios de los proyectos militares e injerencistas de sus respectivos gobiernos, han silenciado miserablemente la gigantesca tragedia que se estaba desarrollando en Siria.

 Y es  ahora, justamente cuando el Ejército sirio y sus aliados rusos, iraníes y libaneses  están acabando con los grupos de asesinos que han aterrorizado ese territorio durante casi un lustro, cuando el presidente Rajoy, los medios de comunicación y la “izquierda” del sistema, de repente,  ponen el grito en el cielo reclamando que  “pare la guerra”. Tras ese pacifismo de último minuto se esconde, realmente, el hecho de que la OTAN y sus aliados no contaban con una derrota de los contigentes militares que que ellos mismos habian pertrechado y actuaban en ese territorio bajo sus órdenes, sino todo lo contrario.

        Resulta difícil creer, pues, que el desesperado llamamiento  realizado este martes por el Secretario General de CC.OO., para que “la comunidad internacional intervenga en Siria” pueda ser inocente. Responde, sin duda,  a una estrategia combinada entre los gobiernos europeos, la “izquierda”institucional y los medios de comunicación.

    Ignacio Fernández Toxo se atreve a alegar ahora que:

        “los gobiernos deben dar cumplimiento a aquello comprometido en la Convención de Ginebra, la Carta de los Derechos Fundamentales de Naciones Unidas y en las directivas europeas vigentes y, si no quieren hacerlo, que tengan el coraje de decirle al mundo que retiran su firma de esas convenciones”.

Que este sujeto hable a estas alturas  de la Convención de Ginebra y laCarta de los Derechos fundamentales de las Naciones Unidas  solo puede interpretarse como una  ironía tan macabra como repugnante, tratándose de lo que se trata. Durante años, yihadistas jaleados y financiados por las potencias hegemónicas  han sido protagonistas de un enfrentamiento que violaba todos los acuerdos internacionales sobre  la independencia de los pueblos. Sin embargo, jamás se escuchó ni un solo susurro salido de la boca de Fernández Toxoreclamando la paz y la no injerencia extranjera en los asuntos internos de Siria.Por ello, su presente conducta no puede interpretarse ni como un error ni como un desvarío. Se trata, simplemente, de una concertada  conspiración de la que, probablemente, algún día tendremos conocimiento.

¿QUIÉNES SON “LA COMUNIDAD INTERNACIONAL”?

    En el comunicado dado a conocer este martes el dirigente sindical  expresaba,  textualmente, que:
  “Tras la caída de Alepo por las fuerzas gubernamentales del régimen de Bashar Al Asad y las masacres ocurridas en esta ciudad, Comisiones Obreras expresa su absoluta repulsa y condena por la brutalidad de la represión en la ciudad siria”.

      La verdad es que sólo un canalla o un amnésico puede atreverse a hablar, solo ahora, de que lo que se está produciendo en Siria es brutalidad y represión. A través de las redes sociales hemos podido visualizar , – dia sí, día no- lo que era   realmente la brutalidad de los degollamientos a través de los primeros planos que nos ofrecían, con todo lujo de macabros detalles, los cameramans del yihadismo ultraconservador. ¿No  se asomó nunca entonces el Secretario general de CCOO a los vídeos de youtube u otros servidores más directos para contemplar la auténtica  brutalidad?   Y si lo hizo, ¿por qué no se atrevió a emitir ni un solo comunicado de protesta o de solidaridad con los degollados, una buena parte de ellos cristianos, por cierto?

   Por otra parte, cada día  les va a resultar más difícil a quienes se sitúan al lado de las potencias hegemónicas hablar inocentemente de la “Comunidad internacional”, como si  ese concepto abstracto fuera una expresión beatífica de la neutralidad, la justicia  y la paz.

        Hay que esforzarse mucho para no recordar que fue esa misma“comunidad” la que intervino hace cinco años en Libia, convirtiendo a ese país en lo que hoy se ha dado en llamar “un Estado fallido”. No puede uno tampoco  olvidar que fue esa “comunidad internacional”  la que , encabezada por las tropas estadounidenses, se instaló en Afganistán, sumiendo a ese país en una guerra infinita.

        Quienes cuentan con más de 40 años de edad, podrán recordar también cómo en la década de los años 90 esa misma “comunidad internacional”descuartizó a un país, Yugoslavia, convirtiéndolo en un mosaico de piezas enfrentadas,  con el claro objetivo de hacerlo más manejable  para los intereses económicos y estratégicos del gran capital europeo y estadounidense.

 Todo esto lo sabe Ignacio Fernández Toxo. Él no es un hombre ignorante.  Esa es la razón por la que no tenemos ningún reparo en decir aquí y ahora que el dirigente de Comisiones Obreras, un sindicato con una gran historia, sin duda, pero con un presente infame, es,  simplemente, un miserable.

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martes, 20 de diciembre de 2016

LAS PENSIONES PÚBLICAS SON SOSTENIBLES. LO QUE NO SE PUEDE SOSTENER ES A UNA CUADRILLA DE BANDIDOS EN EL GOBIERNO, FUERA DE ÉL, COLINDANTES O NO, CON EL ÚNICO PROPÓSITO DE ESTAR ROBANDO CONTINUAMENTE EL PRODUCTO DEL TRABAJO A LOS TRABAJADORES

Para general conocimiento, y en particular, para el de HERRERA Carlos, locutor de ustedes de la Cadena COPE: las pensiones públicas son sostenibles. Y la riqueza la crea el trabajo y no Mariquita la Yeyé hablando en un micrófono. Adiós, adiós, adiós, adiós...


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EDUARDO GARZÓN: "EL SISTEMA DE PENSIONES PUBLICAS ES PERFECTAMENTE SOSTENIBLE"

Eco republicano
18.12.2016


Eduardo Garzón: "el sistema de pensiones públicos es perfectamente sostenible"
Las pensiones siempre han supuesto un asunto muy complejo y polémico. Complejo porque nuestras comunidades occidentales han diseñado un sistema institucional para el pago de las pensiones muy sofisticado que no resulta intuitivo ni fácil de comprender para quienes no se han adentrado mínimamente en él. Y polémico porque al mover mastodónticas cantidades de dinero resulta un botín enormemente atractivo para el capital –particularmente el financiero–, que intenta por todos los medios socavar las bases del sistema público y poder así “liberar” el dinero para hincarle el diente.

En cualquier caso, cuando hablemos de pensiones nunca podemos perder de vista varias cosas importantes que desgraciadamente se suelen olvidar. La primera de ellas es que lo que verdaderamente importa en este asunto no es la cantidad de dinero que haya o deje de haber (en el sitio que sea) para pagar las pensiones, sino si nuestras comunidades son capaces de garantizar un nivel de vida determinado a todas aquellas personas que por edad o incapacidad no estén recibiendo un ingreso por su trabajo. El dinero no nos da de comer, ni nos viste, ni nos cuida, ni nos educa, etc; todo eso lo hacen otras personas con su fuerza de trabajo y ayudadas por máquinas y herramientas, aunque en este sistema económico monetizado lo hagan a cambio de dinero. El dinero no es ni más ni menos que un invento del ser humano para facilitar y poner en marcha esas transacciones y esos servicios; y como tal, puede ser incrementado o reducido a voluntad o incluso sustituido por otro catalizador y medidor que sirva a tal efecto.

Por decirlo de otra forma: mientras tengamos suficientes personas en nuestras comunidades dispuestas a y capacitadas para realizar las actividades que necesitan los pensionistas para vivir bien (cuidar, proveer de alimentos, medicamentos, ropa, calzado, educación, cultura, ocio, etc), el asunto de ver cómo ponemos a estas personas a trabajar será secundario. Podríamos crear más dinero, o pedir dinero prestado, o incrementar los impuestos, o diseñar nuevos medios de pago, o rearticular nuestro sistema de producción y distribución, etc. El “problema” sería menor, de carácter organizativo, y no de falta de recursos y capacidades.

Ni que decir tiene que éste es el caso de nuestras sociedades desarrolladas: los intensísimos avances tecnológicos experimentados en las últimas décadas permiten que hoy día podamos aspirar a un nivel de vida que difícilmente podíamos imaginar hace unos cuantos años. Somos capaces de lograr verdaderos milagros: ponemos a los robots a trabajar por nosotros y a explorar otros planetas, viajamos a la luna, curamos enfermedades que hace poco creíamos incurables, nos comunicamos en tiempo real independientemente del lugar del planeta en el que estemos, viajamos volando de un extremo a otro del globo terráqueo en unas cuantas horas, accedemos a toda la información y conocimiento con sólo un click, etc. Es más que evidente que nuestra capacidad tecnológica nos permite garantizar un nivel de vida digno a toda la población, incluidos los pensionistas, evidentemente. De ahí que no debamos consentir que nos digan que tenemos que vivir peor que antes, por ejemplo, cobrando menores pensiones, porque no es cierto.

Otra cuestión que suele ser olvidada es que los pensionistas no son las únicas personas que no reciben un ingreso por participar en el mercado laboral. De hecho, las que lo hacen suponen solamente algo más de una persona de cada tres, el 36% de la población. El resto: niños hasta los 16 años, personas inactivas, paradas y jubilados suponen el restante 64%. Es decir, en nuestras sociedades altamente monetizadas basta con que ingrese dinero una de cada tres personas para que todo el mundo pueda vivir. Así ha sido además incluso con porcentajes de ocupación inferiores. Por lo tanto, que nos quede bien claro que las sociedades desarrolladas se mantienen perfectamente aunque las personas que ingresen dinero sean minoría. Claro que hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de las personas inactivas, paradas y jubiladas realizan esas actividades de las que hablábamos que son necesarias para la vida (cuidados, provisión de alimento, de ropa, etc) aunque no cobren ni un solo euro por ello. Por eso no podemos perder de vista que lo importante es el trabajo físico e intelectual que se realiza para que vivamos bien, y no el dinero que se canalice de una u otra forma.

En tercer lugar, resulta que ni siquiera nuestro actual sistema público de pensiones se financia con todo ese dinero que se moviliza en el mercado laboral, sino que se nutre casi exclusivamente de una pequeña parte del mismo: las cotizaciones sociales. Esta figura se calcula a partir de los salarios que los empleadores declaran pagar (que, como sabemos, ni siquiera suelen ser el total de los salarios realmente pagados), por lo que suponen sólo una pequeña proporción de todo el dinero que se moviliza en el mercado laboral. Esto sólo ocurre, por cierto, en 8 de los 28 países de la Unión Europea; en el resto la financiación de las pensiones se complementa con otras fuentes de dinero . En consecuencia, con nuestro sistema actual limitamos voluntariamente la capacidad de pagar las pensiones al volumen y nivel de salarios pagados, dejando al margen todo aquel dinero que se moviliza al margen de los salarios: beneficios empresariales, plusvalías, dividendos, intereses de préstamos, etc. De ahí que tras la brutal caída del número de trabajadores y de la cuantía de los salarios experimentada desde 2009 (así como el incremento de prejubilaciones y de reducción de cotizaciones sociales) el sistema actual se haya vuelto insostenible: ingresa menos dinero de lo que paga en pensiones.

Pero que no nos confundan: el sistema es insostenible ahora porque lo han dinamitado con reducciones discrecionales de cotizaciones sociales y con políticas de austeridad y reformas laborales que han disparado el paro y disminuido los salarios, no porque en esencia el sistema estuviese mal pensado (de hecho, había funcionado siempre bien hasta la aplicación drástica de políticas de austeridad a partir del año 2010). Los grandes capitales financieros en su alianza con los mediáticos llevan desde los años 80 del siglo pasado alertando constantemente de que el sistema de Seguridad Social iba a quebrar en los años siguientes. No acertaron en ninguna de sus innumerables predicciones, y sólo lo hicieron 30 años más tarde y de casualidad cuando irrumpió la segunda crisis económica más profunda del siglo XX. Era una estrategia evidentemente interesada para meter miedo y empujar a la gente a firmar planes de pensiones privados que incrementarían los bolsillos de los propietarios de los bancos. Una estrategia compartida también por los propios gobernantes, que ya hace tiempo legislaron para que todos aquellos que contrataran planes de pensiones privados tuviesen bonificaciones fiscales.

También es imprescindible que dejemos de pensar en términos demográficos cuando hablemos de pensiones. Por muy intuitivo que pueda parecer, no nos debe importar la relación entre número de pensionistas y de trabajadores. Ése es el debate en el que se encuentra cómoda la élite capitalista porque le resulta favorable a sus intereses: le basta con aferrarse al fenómeno del baby boom y al envejecimiento de la población para advertir de la insostenibilidad del sistema público de pensiones y sugerir su privatización. Pero la realidad es que la cantidad de jubilados y trabajadores no define la sostenibilidad del sistema; lo hace la productividad. Si el mismo número de trabajadores crean ahora más producto que antes, serán capaces de atender las necesidades de mayor número de jubilados que antes. Por lo tanto, lo que importa no es tanto la relación entre el número de trabajadores y de pensionistas sino la cantidad de riqueza que sean capaces de generar los trabajadores. Y cuando hablamos de generar riqueza no nos estamos refiriendo a la cantidad de cotizaciones sociales que se pagan en el mercado laboral, sino a la cantidad de necesidades de los jubilados que son capaces de cubrir las personas de nuestra sociedad (trabajadoras dentro del mercado laboral y fuera).

Si imaginamos una comunidad en la que sólo hubiese una persona cubriendo las necesidades de toda la población jubilada, entenderíamos que esa persona tendría muchísimo trabajo por delante porque tendría que proveerles la alimentación, la vestimenta, el calzado, los medicamentos, los cuidados, los productos de consumo, etc. Pero imaginemos también por un momento que el desarrollo tecnológico ha avanzado tanto que nuestro protagonista podría cubrir todas esas necesidades gracias a la ayuda de todo tipo de robots y de máquinas. En ese caso, veríamos claro que lo importante no es la relación entre el número de trabajadores y el número de jubilados, sino la productividad que los trabajadores tengan (la cantidad de bienes y servicios que sean capaces de crear). Y la productividad en nuestras comunidades no ha dejado de aumentar a ritmos vertiginosos gracias al progreso tecnológico: hace cincuenta años el 30% de la población activa española trabajaba en agricultura; hoy únicamente lo hace el 5%, pero ese 5% produce mucho más que el 30% anterior. Y sabemos que el progreso tecnológico continúa liberándonos de grandes cargas de trabajo.

Además, tampoco es que el objetivo de asegurar las pensiones sea muy ambicioso: en nuestro país tenemos un sistema de pensiones públicas muy poco generoso que no requiere demasiado gasto público. Estamos muy por debajo de la media europea: según datos de Eurostat, gastamos 2,3 puntos porcentuales del PIB menos que la media de la Eurozona en pensiones de jubilación (y 0,8 puntos porcentuales menos en el total de pensiones). El 70% de las pensiones pagadas no superan los 1.000 euros mensuales. El 20% de las pensiones contributivas y la totalidad de las no contributivas están por debajo del umbral de pobreza. Y aunque el gasto total irá aumentando con el tiempo debido a la evolución demográfica, se estima que en 2030 nuestro gasto en pensiones será prácticamente lo mismo que hoy gasta Alemania.

En definitiva: hoy día tenemos capacidad de sobra para cubrir las necesidades de todos los jubilados, ya sea mediante un incremento de ingresos por cotizaciones sociales derivado de un aumento del empleo, mediante la agregación de nuevas fuentes de financiación de las pensiones, o incluso mediante cualquier otro tipo de medio de pago (propio o ajeno a este sistema económico). El problema, como siempre, es político-económico y no técnico, y concretamente de redistribución de la renta y riqueza. Los enemigos de lo público llevan muchos años intentado deteriorar el sistema de pensiones con el objetivo de que gane atractivo su oferta alternativa. Una alternativa basada en planes de pensiones privados gestionados por entidades financieras que, por cierto, sólo sirven para acrecentar las fortunas del capital financiero porque ni siquiera garantizan una rentabilidad mínima al ahorrador: según un estudio de la IESE Business School , de 313 fondos privados de pensiones españoles, 58 tuvieron rentabilidad negativa (los ahorradores perdieron dinero) y 233 tuvieron una rentabilidad mínima, inferior al IBEX-35 y a la deuda pública. Un robo a mano armada (otro más) que no podemos consentir bajo ningún concepto. Salgamos a la calle y expliquémosle a todo el mundo que el sistema de pensiones públicos es perfectamente sostenible si hay voluntad política, que nadie se tiene por qué quedar sin cobrar su pensión pública, y que ni se les ocurra contratar un fondo privado de pensiones.

Eduardo Garzón

Fuente: Blog del autor

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