jueves, 16 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (14/23)

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

  marxists.org


Capitulo XIV

Los gobernantes y la guerra.

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

¿Qué se proponían hacer con esta guerra y con este ejército el gobierno provisional y el Comité ejecutivo?

Ante todo, hay que comprender la política de la burguesía liberal, ya que era ella la que desempeñaba el papel predominante. Exteriormente, la política guerra del liberalismo seguía siendo una política patriótica y agresiva, anexionista, intransigente. En realidad, era una política llena de contradicciones y desleal, que no tardó en convertirse en derrotista.

«Si no hubiera habido la revolución, la guerra se hubiera perdido de todos modos, aun sin la revolución, y es casi seguro que se hubiese concertado una paz separada», escribía más tarde Rodzianko, cuyos juicios no se distinguían por su originalidad, razón por la cual expresaban bastante bien la opinión más extendida entre los elementos liberales conservadores. La sublevación de los batallones de la Guardia no auguraba a las clases poseedoras un triunfo exterior, sino una derrota interior. Y los liberales eran quienes menos ilusiones podían hacerse en este punto, puesto que habían previsto el peligro y luchaban contra él como podían. El inesperado optimismo revolucionario de Miliukov, que declaraba que la revolución no era más que un paso dado hacia la victoria, era, en realidad, el último recurso del desesperado. El problema de la guerra y la paz dejaba de ser, en sus tres cuartas partes, para los liberales, un problema especial. Presentían que no iba a serles dado explotar la revolución a favor de la guerra, y por esto les planteaba de un modo tanto más imperioso otro objetivo: explotar la guerra contra la revolución.

Ante los caudillos de la burguesía rusa planteábanse también, evidentemente, en aquellos momentos, las cuestiones referentes a la situación internacional de Rusia después de la guerra: las deudas y los nuevos empréstitos, los mercados de capitales y de productos. Pero no eran estas cuestiones las que de un modo inmediato informaban su política. Se trataba, no de obtener las condiciones internacionales más ventajosas para la Rusia burguesa, sino de sacar a flote el propio régimen burgués aunque fuera a costa de dejar maltrecha a Rusia para lo futuro. «Ante todo, repongámonos -decía esta clase, herida de muerte-; después, ya veremos de poner las cosas en orden.» Y «reponerse» significaba liquidar la revolución.

Atizar el hipnotismo de la guerra y el estado de espíritu chauvinista era lo único que daba a la burguesía la posibilidad de aliarse políticamente con las masas, ante todo con el ejército, contra los que pretendían llevar adelante la revolución. La aspiración consistía en presentar al pueblo la guerra, herencia del zarismo, con sus aliados y objetivos zaristas, como una nueva guerra en defensa de las conquistas y las esperanzas revolucionarias. Caso de conseguirlo -¿cómo?-, el liberalismo contaba firmemente con poder volver contra la revolución la opinión pública patriótica que ayer le sirviera contra la pandilla rasputiniana. Y si no se podía salvar a la monarquía como suprema instancia contra el pueblo, urgía doblemente aferrase a los aliados: durante la guerra, la Entente representaba, desde luego, una instancia de apelación incomparablemente más poderosa que hubiera podido ser una monarquía propia.

La continuación de la guerra justificaría la conservación del aparato militar y burocrático del zarismo, el aplazamiento de la Asamblea constituyente, la subordinación del interior revolucionario al frente, o, lo que es lo mismo, a los generales que formaban un frente único con la burguesía liberal. Todos los problemas interiores, y muy principalmente el problema agrario, y toa la legislación social, se aplazaban hasta la terminación de la guerra, que, a su vez, se aplazaba hasta la consecución de una victoria en la que los liberales, por su parte, no creían. Y así, la guerra destinada a agotar al enemigo se convertía en una guerra destinada a agotar a la revolución. Es posible que no fuera éste un plan definido, meditado y deliberado cuidadosamente en las sesiones oficiales. Pero ¡para qué! Este plan se desprendía lógicamente de toda la política anterior del liberalismo y del estado de cosas creado por la revolución.

Obligado a abrazar el camino de la guerra, Miliukov no tenía, naturalmente, por qué renunciar de antemano a llevar su parte en el botín. No olvidemos que la esperanza de que triunfasen los aliados seguía siendo muy grande y había aumentado extraordinariamente al entrar los Estados Unidos en la guerra. Es verdad; la Entente era una cosa y Rusia otra. Los jefes de la burguesía rusa habían aprendido a comprender, en el transcurso de la guerra, que dada la debilidad económica y militar de Rusia, el triunfo de los aliados sobre los imperios centrales tenía que convertirse inevitablemente en su triunfo sobre Rusia, que, fueren cuales fueren las variantes posibles, saldría irremediablemente de la guerra quebrantada y debilitada. Pero los imperialistas liberales habían decidido cerrar conscientemente los ojos ante esta perspectiva. Cierto es que tampoco les quedaba ya otro recurso. Guchkov declaraba sin ambages a sus amigos que sólo un milagro podía salvar a Rusia, y que la esperanza en este milagro era todo su programa como ministro de la Guerra. Para su política interior, Miliukov necesitaba el mito de la victoria. No nos importa saber hasta qué punto creía él personalmente en el triunfo; desde luego, afirmaba tenazmente que Constantinopla sería nuestra. Además, obraba con el cinismo que le era peculiar. El 20 de marzo, el ministro de Negocios Extranjeros trató de persuadir a los embajadores aliados de que se traicionara a Servia, arrancando de este modo la traición de Bulgaria contra los imperios centrales. El embajador francés arrugó el ceño. Pero Miliukov insistió en la «necesidad de renunciar en aquella gestión a las consideraciones sentimentales» y, al mismo tiempo, al neoesclavismo que él mismo había predicado desde los tiempos de la derrota de la primera revolución. Ya Engels escribía a Bernstein en 1882: «¿A qué se reduce todo el charlatanismo paneslavista? A la toma de Constantinopla, y nada más.»

Aquella acusación de germanofilia, más aún de venalidad a los alemanes, que todavía ayer se esgrimía contra la camarilla palaciega, esgrimíase ahora contra la revolución. Conforme pasaban los días, más audaz, clara e insolentemente resonaba esta nota en los discursos y artículos del partido kadete. Antes de apoderarse de las aguas turcas, el liberalismo enturbiaba las fuentes y envenenaba los pozos de la revolución.

Pero no todos los líderes liberales, ni mucho menos, ni todos desde luego de un modo inmediato, adoptaron después de la revolución una actitud de intransigencia ante la guerra. Muchos de ellos se movían aún dentro de la atmósfera del estado de espíritu prerrevolucionario, y enfocaban la perspectiva de una paz separada. Posteriormente, algunos de los dirigentes kadetes hablaban de esto con completa franqueza. El mismo Nabokov ha confesado que ya el 7 de marzo habló de una paz separada con los miembros del gobierno. Algunos elementos del Centro directivo del partido kadete intentaron demostrar colectivamente a su jefe la imposibilidad de continuar la guerra. «Miliukov, con el cálculo frío que le era habitual, demostró -según cuenta el barón de Nolde- que no había más remedio que alcanzar los objetivos de la guerra. El general Alexéiev, que en aquel período se había acercado a los kadetes, apoyaba a Miliukov, afirmando que «el ejército puede ser levantado». Y por lo visto estaba llamado a levantarlo este gran organizador de todas las calamidades del Cuartel general.

Algunos liberales y demócratas, más cándidos, no comprendían la orientación de Miliukov y le consideraban como el hidalgo defensor de la lealtad y la nobleza para con los aliados, como una especie de Don Quijote de la Entente. ¡Disparatado! Después de la toma del poder por los bolcheviques, Miliukov no vaciló ni un instante en dirigirse a Kiev, ocupado entonces por los alemanes, y proponer sus servicios al gobierno de los Hohenzollern, que, a decir verdad, no se dio gran prisa en aceptarlos. El fin inmediato que perseguía Miliukov era precisamente obtener para luchar contra los bolcheviques aquel mismo «oro alemán» con cuyo fantasma había intentado antes mancillar la revolución. A muchos liberales, las apelaciones de Miliukov a Alemania en 1918 les parecieron tan incomprensibles como en los primeros meses de 1917 su programa de destrucción del imperio germano. Aquellas dos conductas no eran más que el anverso y el reverso de la misma medalla. Al disponerse a traicionar a los aliados, como antes a Servia, Miliukov no se traicionaba a sí mismo ni traicionaba a su clase, sino que practicaba consecuentemente la misma política; si su facha no era muy decorosa, no se le culpe a él. Al tantear, todavía bajo el zarismo, el camino de la paz separada, con el fin de evitar la inminente revolución; al exigir la guerra hasta el fin para liquidar la revolución de Febrero, como luego, al buscar la alianza con los Hohenzollern para derribar la revolución de Octubre, Miliukov permanecía siempre fiel a los intereses de los poseedores. Y si no pudo hacer nada en su favor, estrellándose a cada uno de estos intentos contra una nueva muralla, fue porque sus mandantes no tenían salvación.

Lo que Miliukov echaba amargamente de menos en los días que siguieron al alzamiento revolucionario fue una ofensiva enemiga, un buen garrotazo alemán asestado en la cabeza de la revolución. Por desgracia suya, los meses de marzo y abril eran poco propicios en el frente ruso, por las condiciones del clima, para operaciones de gran envergadura. Y sobre todo, los alemanes, cuya situación era cada día más grave, habían decidido después de grandes vacilaciones, entregar la revolución rusa a su suerte interior. Sólo el general Lisingen desplegó en Stojod, el 20 y 21 de marzo, una iniciativa personal. El éxito de su operación asustó al gobierno alemán, a la par que llenó de júbilo al ruso. Con el mismo impudor con que en tiempos del zar exageraba el éxito más insignificante, el Cuartel general hinchaba ahora la derrota de Stojod, secundado en sus esfuerzos por la prensa liberal. El pánico, las retiradas y las bajas experimentadas por las tropas rusas se describen ahora con el mismo deleite con que antes se abultaban los prisioneros y el botín. La burguesía y los generales abrazaban a todas luces la senda derrotista. Pero Lisingen fue contenido por sus superiores, y el frente viose nuevamente atascado y puesto a la expectativa por el lodo de la primavera.

El plan de apoyarse en la guerra contra la revolución, sólo podía tener probabilidades de éxito a condición de que los partidos intermedios, seguidos por las masas populares, accedieran a tomar sobre sus hombros el papel de mecanismo de transmisión de la política liberal. El liberalismo era impotente para asociar la idea e la guerra a la de la revolución: no hacía todavía veinticuatro horas, sostenía que la revolución sería funesta para la guerra. Había que imponer esta misión a la democracia. Pero ante ésta, naturalmente, no se podía descubrir el pastel, no se la podía poner al corriente del plan, sino hacerla morder el anzuelo, explotar sus prejuicios, la jactancia de sus líderes, que se tenían por grandes hombres de Estado, su miedo a la anarquía, su respeto supersticioso por la burguesía.

En los primeros días, los socialistas -nos vemos obligados a llamar así, en gracia a la brevedad, a los mencheviques y socialrevolucionarios- no sabían qué hacer con la guerra. Cheidse suspiraba: «Siempre hemos hablado contra la guerra; ¿cómo voy ahora yo a predicar su continuación?» El 20 de marzo, el Comité ejecutivo decidió enviar un mensaje de salutación a Franz Mehring. Con esta pequeña demostración, el ala izquierda intentaba tranquilizar un poco su conciencia socialista, no muy exigente, a la verdad. Con respecto a la guerra, el Soviet seguía mudo. Los jefes temían provocar un conflicto con el gobierno provisional en esta cuestión y ensombrecer la luna de miel del «enlace». Temían también las discrepancias que entre ellos pudiesen surgir. Había en su seno defensistas de la patria y zimmerwaldianos. Pero unos y otros exageraban sus discrepancias. La intelectualidad revolucionaria había sufrido, durante la guerra, en su mayoría, un proceso de aguda degeneración burguesa. El patriotismo, declarado o encubierto, aliaba a los intelectuales con las clases dirigentes y los divorciaba de las masas. La bandera de Zimmerwald con que se cubría el ala izquierda no obligaba a mucho y, al mismo tiempo, permitía no poner al descubierto la solidaridad patriótica con la pandilla rasputiniana. Pero ahora, el régimen de los Romanov había sido derrocado y Rusia veíase convertida en un país democrático, que, desplegando al viento su bandera, en la cual brillaban todos los colores de la libertad, se destacaba sobre el sombrío fondo policíaco de Europa, oprimida por las cadenas de la dictadura militar. ¿Cómo no hemos de defender nuestra revolución contra los Hohenzollern?, exclamaban los nuevos y los viejos patriotas que se hallaban al frente del Comité ejecutivo. Los zimmerwaldianos del corte de Sujánov y Stieklov argüían, sin gran convicción, que la guerra seguía siendo imperialista, puesto que los liberales declaraban que la revolución había de garantizar las anexiones que se habían acordado bajo el zar. «¿Cómo voy a predicar yo la continuación de la guerra?», se preguntaba, preocupado, Cheidse. Pero, como los propios zimmerwaldianos habían tomado la iniciativa de entregar el poder a los liberales, sus objeciones no tenían ninguna fuerza. Después de algunas semanas de vacilaciones y resistencias, llévase a la práctica, con ayuda de Tsereteli, de un modo bastante satisfactorio, la primera parte el plan de Miliukov, y aquellos malos demócratas que se titulaban socialistas, se engancharon al carro de la guerra, prestaron el lomo al látigo de los liberales, e hicieron esfuerzos indecibles por asegurar el triunfo... de la Entente sobre Rusia, y el de América sobre Europa.

La principal misión de los conciliadores consistía en injertar el patriotismo en la energía revolucionaria de las masas. De una parte, se esforzaban en resucitar la capacidad combativa del ejército, lo cual era difícil; de otra, intentaban conseguir del gobierno de la Entente que renunciase a las depredaciones, lo cual era ridículo. Tanto en un sentido como en otro, fueron de la ilusión al desencanto y del error a la humillación. Señalemos los primeros jalones de este recorrido.

En las horas de su breve grandeza, Rodzianko se apresuró a publicar u decreto sobre el retorno inmediato de los soldados a los cuarteles y su respeto a la oficialidad. La agitación promovida por este decreto en la guarnición obligó al Soviet a consagrar una de sus primeras sesiones a la cuestión de la suerte que le estaba reservada al soldado. En la atmósfera caldeada de aquellas horas, en el caos de una asamblea que tenía más de mitin que de sesión, bajo el dictado directo de los soldados, cuya acción no pudieron impedir los jefes ausentes, surgió el famoso «decreto número 1», único documento digno de la revolución de Febrero y que era la carta de la libertad otorgada al ejército revolucionario. Sus artículos audaces, que daban a los soldados la posibilidad de abrazar de un modo organizado la nueva senda, ordenaban: la creación de comités directivos en todos los regimientos; la elección de representantes de los soldados en Soviet; sumisión a éste y a sus comités en todas las acciones políticas; conservación de las armas bajo el control de los comités de compañía y de batallón y «no entregarlas a los oficiales bajo ningún concepto»; en el servicio, severa disciplina militar; fuera de él, plenitud de derechos civiles; abolición del saludo fuera de servicio; prohibición de tratar groseramente a los soldados, de tutearlos, etc.

Tales eran los frutos que los soldados de Petrogrado sacaban de haber tomado parte en la revolución. ¿Y podían ser otros? Nadie se hubiera atrevido a ofrecer resistencia. Mientras se preparaba el decreto, los jefes del Soviet estaban absorbidos por más altas preocupaciones; entablaban negociaciones con los liberales, lo cual les facilitaba una coartada de que poder servirse cuando tuvieran necesidad de justificarse ante la burguesía y el mando.

A la par con el decreto número 1, el Comité ejecutivo, al darse cuenta de lo que había hecho, mandó a la imprenta, a modo de contraveneno, un manifiesto dirigido a los soldados, que, so pretexto de condenar los actos en que los soldados hacían justicia a los oficiales por propia iniciativa, exigía la sumisión al viejo mando. Los cajistas se negaron en redondo a componer el documento. Sus democráticos autores no cabían en sí de indignación. ¿Adónde vamos a parar? Sin embargo, sería erróneo suponer que los cajistas desearan represalias sangrientas contra los oficiales. Pero parecíales que requerir a los soldados a someterse disciplinadamente al mando zarista, al día siguiente de la revolución, equivalía a abrir de par en par las puertas de la contrarrevolución. Es cierto que aquellos cajistas se excedieron en sus derechos, pero es que no se sentían tan sólo cajistas: a su juicio, se trataba de la existencia misma de la revolución.

En aquellos primeros días, cuando la suerte de los oficiales que retornaban a los regimientos interesaba extraordinariamente tanto a los soldados como a los obreros, la organización socialdemócrata «interdepartamental», que simpatizaba con los bolcheviques, planteaba la cuestión con audacia revolucionaria. «Para que no os engañen los aristócratas y los oficiales -decía el manifiesto lanzado a los soldados por dicha organización-, elegid vosotros mismos vuestros comandantes de pelotón, compañía y regimiento. No aceptéis más que a los oficiales en los que tenéis confianza». Pero ¿qué ocurrió? Aquella proclama, que respondía plenamente a la situación, fue inmediatamente secuestrada por el Comité ejecutivo, y Cheidse la calificó, en un discurso, de provocadora. Los demócratas, como vemos, no tenían el menor reparo en coartar la libertad de prensa cuando se trataba de asestar agolpes a las fuerzas revolucionarias. Por fortuna, su propia libertad andaba también bastante maltrecha. Los obreros y soldados que apoyaban al Comité ejecutivo como su órgano supremo enmendaban en los casos importantes la política de los directivos por medio de su intervención directa.

A los pocos días de esto, el Comité ejecutivo intentaba ya desvirtuar, mediante el «decreto número 2», el número 1, circunscribiendo su campo de acción a la región militar de Petrogrado. Fue inútil. El decreto número 1 era inderrogable, por la sencilla razón de que no creaba nada nuevo, sino que se limitaba a consignar l que era ya realidad visible en el interior del país y en el frente, y no había, quieras o no, más remedio que acatar. Cuando tenían enfrente a los soldados hasta los diputados liberales rehuían hablar del «decreto número 1». Sin embargo, en los dominios de la gran política, este decreto audaz se tornó en el argumento principal de la burguesía contra los soviets. A partir de este momento, los generales derrotados descubrieron en el «decreto número 1», el obstáculo principal que les había impedido vencer a los alemanes. A Alemania se achacaban los verdaderos orígenes del decreto. Los conciliadores no cesaban de justificarse, y excitaban los nervios de los soldados, intentado arrebatarles con la mano derecha lo que les habían dado con la izquierda.

Entre tanto, en el Soviet la mayoría de los diputados ya no exigían que los jefes y oficiales se nombrasen por elección. Los demócratas se inquietaron. Falto de mejores argumentos, Sujánov recurría al arma de la intimidación, diciendo que la burguesía a quien se había entregado el poder no accedería a reconocer en la milicia el principio electivo. Los demócratas se refugiaban a ojos vistas detrás de Guchkov. Los liberales ocupaban en su juego el mismo lugar que la monarquía había de ocupar, según ellos, en el juego del liberalismo. «Cuando abandoné la tribuna para volverme a mi sitio -cuenta Sujánov- tropecé con un soldado que me cerraba el paso, y, esgrimiendo el puño ante mis ojos, gritaba furiosamente y hablaba de los señores que no habían sido nunca soldados.» Después de aquel «exceso», nuestro demócrata, perdiendo definitivamente el equilibrio, corrió en busca de Kerenski, y gracias a esto «se echó tierra al asunto como se pudo». Era la único que esta gente sabía hacer.

Durante dos semanas había podido fingir que no se daban cuenta de la guerra. Pero la ficción no podía durar. El 14 de marzo, el Comité ejecutivo presentó al Soviet un proyecto de manifiesto: «A los pueblos de todo el mundo», redactado por Sujánov. La prensa liberal se apresuró a calificar el documento, que unía a los conciliadores de derecha y de izquierda, de «decreto número 1» de la política exterior. Pero este juicio era tan falso como el documento sobre el que recaía. El «decreto número 1» era la respuesta honrada de la masa a los problemas que planteaba al ejército la revolución. El manifiesto del 14 de marzo no era más que una respuesta pérfida de los de arriba a las objeciones que les habían formulado honradamente los soldados y obreros.

El manifiesto expresaba, naturalmente, el anhelo de una paz democrática sin anexiones ni indemnizaciones. Pero los imperialistas occidentales habían aprendido a servirse de esta fraseología mucho antes que la revolución de Febrero.

En nombre de una paz duradera, honrada, «democrática», se disponía Wilson, precisamente por aquellos días, a lanzarse a la guerra. El honorable míster Asquith hacía en el parlamento una clasificación científica de las anexiones, de la cual se deducía de un modo irrefutable que debían condenarse por inmorales todas aquellas que se hallaran en contradicción con los intereses de la Gran Bretaña. Por lo que a la diplomacia francesa se refiere, toda su aspiración consistía en dar la expresión liberal más perfecta a su codicia de tendero y usurero. El documento soviético, al cual no se puede negar una sinceridad un poco simplista, caía fatalmente en la órbita de la hipocresía francesa oficial. El manifiesto prometía «defender enérgicamente nuestra propia libertad» contra el militarismo extranjero. Precisamente éste era el tópico de que se venían sirviendo los socialpatriotas franceses desde el mes de agosto de 1914. «Ha llegado el momento de que los pueblos tomen en sus manos la resolución del problema de la guerra y de la paz», proclamaba el manifiesto, cuyos autores acababan de confiar, en nombre del pueblo ruso, la resolución de este magno problema a la gran burguesía. Dirigiéndose a los obreros de Alemania y Austria-Hungría, el manifiesto decía: «¡No sigáis sirviendo de instrumento de rapiña y de violencia en manos de los reyes, los terratenientes y los banqueros!» Estas palabras encerraban la quintaesencia de la falsedad, pues los jefes del Soviet no habían ni siquiera pensado en romper la alianza que los ataba a los reyes de la Gran Bretaña y de Bélgica, al emperador del Japón, y a los terratenientes y banqueros de su propio país y de los de la Entente. Al mismo tiempo que entregaban la dirección de la política exterior a Miliukov, que pocos días antes se disponía a convertir la Prusia oriental en una provincia rusa, los jefes del Soviet invitaban a los obreros alemanes y austrohúngaros a seguir el ejemplo de la revolución rusa. Aquella teatral abjuración de la matanza no cambiaba nada; eso, el propio papa lo hacía. Por medio de frases patéticas contra las sombras de los banqueros, los terratenientes y los reyes, los conciliadores, convertían la revolución de Febrero en un instrumento de los reyes, los terratenientes y los banqueros de carne y hueso. Ya en el mensaje de salutación al gobierno provisional. Lloyd George veía en la revolución rusa la prueba de que «la guerra actual, es substancialmente, la lucha por el gobierno popular y la libertad». El manifiesto del 14 de marzo s solidarizaba «substancialmente» con Lloyd George y prestaba una valiosa ayuda a la propaganda militarista de Norteamérica. El periódico de Miliukov estaba cargadísimo de razón cuando decía que el «manifiesto -que comenta con el típico tono pacifista- desarrolla, en el fondo, la ideología que nos une a todos nosotros con nuestros aliados». No importa que los liberales rusos atacasen furiosamente el manifiesto ni que la censura francesa no lo dejase pasar; ello se debía al miedo a la interpretación que daban a este documento las masas revolucionarias, crédulas aún.

Este manifiesto, escrito por un zimmerwaldiano, representaba un triunfo del ala patriótica. Los soviets locales recogieron la seña, y la consigna «¡Guerra a la guerra!» se decretó inadmisible. Hasta en los Urales y en Kostroma, donde los bolcheviques tenían fuerzas, fue por unanimidad aprobado el patriótico manifiesto. La cosa no tenía nada de sorprendente, puesto que ni el Soviet de Petrogrado había reaccionado contra el documento de los bolcheviques.

Pocas semanas después venció y fue puesta al cobro una parte de aquella letra de cambio aceptada. El gobierno provisional emitió un empréstito de guerra bautizado, naturalmente, de «empréstito de la libertad». Tsereteli esforzábase en demostrar que, puesto que el gobierno cumplía «en general» sus compromisos, la democracia tenía el deber de apoyar el empréstito. En el Comité ejecutivo, la oposición reunió más de la tercera parte de los votos. Pero en la reunión plenaria del Soviet (22 de abril), sólo votaron contra el empréstito 112 diputados, siendo el total casi de dos mil. De esto han sacado algunos la conclusión de que el ejecutivo estaba más a la izquierda que el Soviet. Pero esto no es cierto. Ocurría, simplemente, que el Soviet era más honrado que el Comité ejecutivo. Si la guerra era la defensa de la revolución, había que dar dinero para aquella, apoyar el empréstito. El Comité ejecutivo no era más revolucionario, sino más evasivo. Vivía de equívocos y reservas. Apoyaba, «en general», al gobierno, criatura suya, y sólo asumía sobre sí la responsabilidad de la guerra «en la medida en que...» Estas mezquinas astucias no llegaban a las masas. Los soldados no podían combatir «en la medida en que» ni morir simplemente «en general».

A fin de consolidar el triunfo de la razón de Estado sobre la arbitrariedad popular, el 1º de abril el gobierno puso oficialmente a la cabeza de las fuerzas armadas al general Alexéiev, el mismo que el 5 de marzo se disponía a fusilar las «bandas de propagandistas». Ya todo estaba en orden. El inspirador de la política exterior del zar, Miliukov, era ministro de Estado. El general en jefe de los ejércitos zaristas, Alexéiev, era generalísimo de la revolución. La continuidad quedaba perfectamente establecida.

Al mismo tiempo, los jefes soviéticos veíanse obligados, por la lógica de la situación, a deshacer ellos mismos los nudos de la red que habían tejido. La democracia oficial temía mortalmente a los jefes y oficiales, a quienes toleraba y apoyaba. No podía dejar de someterlos a vigilancia, aspirando, al mismo tiempo, a apoyar ésta en los soldados y a hacerla en lo posible independiente de ellos. En la sesión del 6 de marzo, el Comité ejecutivo reconoció la conveniencia de nombrar comisarios cerca de todas las armas y las instituciones militares. De este modo se creaba una triple relación: las tropas elegían sus delegados en el Soviet; el Comité ejecutivo destacaba sus comisarios cerca de las tropas; finalmente, al frente de cada unidad militar había un Comité electivo que venía a ser algo así como una célula de base del Soviet.

Una de las misiones más importantes de los comisarios consistía en vigilar el mando, a fin de percatarse de la confianza que pudiera merecer desde el punto de vista político. «El régimen democrático no tardó en superar en esto al autocrático», escribe Denikin, indignado, e inmediatamente se jacta de la habilidad con que su Estado Mayor interceptaba y le transmitía a él la correspondencia cifrada que sostenían los comisarios con Petrogrado. Aquello de que se vigilase a los monárquicos y a los esclavistas sublevaba, naturalmente, la conciencia. En cambio, el robar la correspondencia de los comisarios con el gobierno era muy plausible. Pero, cualquiera que sea el aspecto moral de la cuestión, lo cierto es que las relaciones internas del aparato dirigente del ejército aparecen con una meridiana claridad: los dos, por lo visto, se temen mutuamente y se vigilan, recelosos y hostiles. Lo único que les une es el miedo común a los soldados. Los propios generales y almirantes, fueran cuales fuesen sus planes y sus esperanzas para el futuro, veían claramente que no había modo de renunciar a la careta democrática. El reglamento de los comités de escuadra fue redactado por Kolchak; éste confiaba en poder estrangularlos el día de mañana, pero como no era posible dar un paso sin los comités, interesaba del Cuartel General que los sancionar. El general Markov, uno de los futuros caudillos blancos, enviaba también al ministerio, a principios de abril, un proyecto de nombramiento de comisarios destinados a vigilar la lealtad del mando. He aquí cómo las «leyes seculares del ejército», es decir, las tradiciones del burocratismo militar, se rompían como pajas al empuje de la revolución.

Los soldados enfocaban los comités desde el punto de vista opuesto, congregándose en torno a ellos contra el mando, y si bien los comités defendían a los jefes contra los soldados, era sólo hasta cierto límite. La situación del oficial a quien ponía el veto el Comité hacíase insostenible. Así, fue engendrándose, por práctica consuetudinaria, el derecho de los soldados a separar a sus jefes. Según Denikin, hacia el mes de julio habían sido eliminados en el frente occidental hasta sesenta jefes viejos, desde el jefe de cuerpo al de regimiento. Análogas destituciones llevábanse a cabo también dentro de los regimientos.

Entre tanto, el ministerio de Guerra, el Comité ejecutivo, los organismos de enlace que perseguían como fin establecer formas de relación «razonables» dentro del ejército, elevar la autoridad del mando y reducir los comités de tropa a un papel secundario, principalmente administrativo, estaban empeñados en una menuda labor burocrática. Pero mientras que los altos jefes intentaban en vano ahuyentar la sombra de la revolución, los comités iban formando una fuerte red centralizada, que se elevaba hasta el Comité ejecutivo de Petrogrado y que consolidaba de un modo orgánico su poder dentro del ejército. Sin embargo, el Comité ejecutivo sólo se servía de él para mantener uncido al ejército a la guerra por medio de los comisarios y los comités. Los soldados veíanse en el trance, cada vez más apremiante, de meditar cómo era posible que los comités elegidos por ellos dijeran tan a menudo no lo que ellos, los soldados, pensaban, sino lo que los jefes querían.

Las trincheras envían a la capital un número cada vez mayor de comisarios para orientarse y saber a qué atenerse. Desde principios de abril, el contacto de la capital con el frente no se interrumpe. No pasa día sin que en el palacio de Táurida se presente una Comisión de soldados del frente. Estos se devanan los sesos intentando descifrar los misterios de la política del Comité ejecutivo, que no sabe dar una sola respuesta clara a las preguntas que se le hacen. El ejército asume trabajosamente la posición soviética para convencerse de un modo muy claro de la inconsistencia que impera en la dirección de los soviets.

Los liberales, que no se atreven a oponerse abiertamente al Soviet, intentan luchar por la conquista del ejército. Es, naturalmente, el chauvinismo el que, según ellos, ha de servirles de lazo para atraérselo. El ministro kadete Chingarev, en una de las conversaciones sostenidas con los delegados de las trincheras, defendió el decreto de Guchkov contra la «excesiva indulgencia» hacia los prisioneros; basándose en las «ferocidades alemanas», las palabras del ministro no encontraron buena acogida; lejos de ello, la reunión se pronunció decididamente en favor de que se mejorara la situación de los prisioneros. Y estos hombres eran los mismos a quienes los liberales acusaban de salvajismo. Lo que ocurría era que aquellos hombres grises del frente tenían su criterio; reputaban perfectamente lícito tomar represalias contra el oficial que injuriaba a los soldados, pero les parecía indigno tomarlas contra un soldado alemán, indefenso por las crueldades reales o supuestas de un Ludendorff. Las normas eternas de la mortal no se habían hecho para aquellos campesinos, toscos y piojosos.

Las tentativas de la burguesía para apoderarse del ejército determinaron una especie de pugilato entre los liberales y los conciliadores en el Congreso de los delegados del frente occidental, que tuvo lugar de los días 7 a 10 de abril. Aquel primer Congreso de las tropas del frente había de servir para someter al ejército a una prueba política decisiva, y ambas partes enviaron a Minsk a sus mejores fuerzas. Del Soviet fueron Tsereteli, Cheidse, Skobelev, Govzdiov; de la burguesía el propio Rodzianko, el kadete Rodichev y otros. En el teatro de Minsk, abarrotado de gente, reinaba una tensión apasionada, que se derramaba sobre toda la ciudad. Las comunicaciones de los delegados del frente ponían la realidad al descubierto. La confraternización corre como reguero de pólvora, los soldados van tomando la iniciativa con una audacia cada vez mayor, el mando no puede ni pensar en medidas represivas. ¿Qué podían decir allí los liberales? Puestos ante aquel auditorio caldeado, renunciaron inmediatamente a la idea de oponer sus consignas a las del Soviet y se limitaron a dar la nota patriótica en los discursos de salutación, no tardando en esfumarse completamente. El combate fue ganado sin lucha por los demócratas, los cuales no necesitaron conducir a las masas contra la burguesía, sino, por el contrario, contenerlas. En el Congreso dominó el grito de la paz, equivocadamente entretejido con el de la defensa de la revolución, a tono con el espíritu del manifiesto del 14 de marzo. La proposición del Soviet acerca de la guerra fue aprobada por 610 votos contra 8 y 46 abstenciones. La última esperanza de los liberales de alzar al frente contra el interior del país, al ejército contra el Soviet, se desvanecía por completo. Por su parte, los jefes demócratas regresaban del Congreso más asustados que satisfechos de su triunfo, pues habían visto los espíritus inflamados por la revolución y comprendían que eran impotentes para dominarlos.

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martes, 14 de marzo de 2017

EDUARDO INDA,PELIODITA,LIVERT{A DE EMPLESI{ON


Presentan una demanda contra Inda por intromisión contra el honor de FACUA y su portavoz

Eco Republicano
13.03.2017

Presentan una demanda contra Inda por intromisión contra el honor de FACUA y su portavoz
Comentarios de Eduardo Inda en “La Sexta Noche” y “falsas” noticias en su medio, podrían costarle 120.000 euros.


En la demanda a la que ha tenido acceso ELPLURAL.COM, se reseña como el pasado sábado 21 de enero de 2017, el portavoz de Facua, Rubén Sánchez, tras participar en el programa de televisión La Sexta Noche para hablar de las subidas en las tarifas de la electricidad, recibió críticas y ataques desaforados de Eduardo Inda. En concreto el polémico tertuliano se lanzó a degüello contra el portavoz de Facua. Conocidas son las escasas simpatías que ambos se profesan. Durante el programa Inda acusó a esta organización de consumidores de ser una “organización controlada por Podemos”. Fue a partir de ahí cuando Inda, al día siguiente, la volvió a emprender con esta asociación de consumidores y con su portavoz, originando así la demanda presentada.



Rubén Sánchez, “Jefe Podemita y chavista”

Y es que no contento Inda por las acusaciones en el programa, justo al día siguiente, publicó en su digital, Okdiario, un reportaje con el titular "El jefe podemita de Facua defiende la dictadura chavista: tiene la electricidad más barata de América". Al igual que en el programa televisivo acusaba de nuevo a FACUA de ser una “asociación podemita”.

La demanda en poder de ELPLURAL.COM, hace alusión también a los ataques recibidos por dos reportajes y un editorial en el digital de Inda, junto a comentarios relativos a los mismos en sus perfiles en las redes sociales Twitter y Facebook, publicados en los días 23, 24 y 25 de enero de 2017, cuyos contenidos difunden la “invención” de que Facua ha sido objeto de una querella por estafa por parte de más de 6.000 de sus asociados a los que representa en la causa penal que se instruye en la Audiencia Nacional contra Volkswagen. Según la demanda Inda se “inventó” que muchísimos asociados están reclamando a la organización de Rubén Sánchez, la devolución de más de 1 millón de euros y que este es partícipe de un supuesto delito de estafa con el riesgo de penas de prisión de seis meses hasta los seis años para el portavoz.

No existe plataforma de afectados

En la demanda interpuesta se subraya que se tratan de informaciones “falsas, injuriosas y calumniosas que erosionan gravemente la reputación de los demandantes”. Aclara además que no existe ninguna demanda, denuncia ni querella contra Facua en los tribunales por parte de ningún socio o colectivo de supuestos afectados por esta organización. También revela que no existe ninguna “plataforma de afectados por Facua”, ni por el procedimiento judicial iniciado ante la Audiencia Nacional contra el grupo Volkswagen.

Los reportajes del digital de Inda contenían expresiones tales como que Sánchez defendía “el régimen chavista de Venezuela para atacar a las compañías eléctricas españolas y sus posiciones ideológicas son cercanas al anticapitalismo”. El texto continúa así: “En junio de 2016 Facua habilitó una plataforma de afectados por el fraude de Volkswagen con el fin de reclamar una indemnización económica, “prometían que nos abonarían 4.400 euros”. Las 6.228 personas afectadas han pagado más de 1 millón de euros a Facua y no han obtenido soluciones”. Sin embargo la asociación demandante ha dejado en evidencia la denuncia al demostrar que no existe ninguna demanda en los tribunales ni plataforma de afectados por la asociación de consumidores.

Frases entrecomilladas que nadie ha pronunciado

Además de mostrar estas falsedades se desvela que Inda para justificar sus acusaciones, “introduce frases entrecomilladas” que supuestamente estarían en boca de esos socios de la asociación y critica que ningún redactor del digital de Inda se puso en contacto con la organización ni con Rubén Sánchez antes de la publicación del reportaje para contrastar las informaciones. Se deduce por tanto, que el medio publicó el reportaje sin tan siquiera verificar la existencia de la denuncia por estafa en la que pretende basarse. “Una denuncia que, sencillamente, no existe”.

Rubén Sánchez a ELPLURAL.COM: "Ningún libelo nos callará"

Puestos al habla con el portavoz de Facua, Rubén Sánchez, este ha comentado a ELPLURAL.COM que "no deja de ser curioso que el diario de Eduardo India nos acuse de ser la nueva Ausbancc a través de un montaje tan burdo como los que Luis Pineda nos dedicó durante años en sus periódicos. Sabemos que somos molestos pero en Facua no agachamos la cabeza cuando los poderosos nos atacan con campañas de difamación. Contestamos públicamente y en los tribunales. Por mucho que se esfuercen y por muy duros que sean sus ataques, ni empresas, ni gobiernos ni libelos van a callarnos".

Voluntad de difamar

Todo lo publicado se basaría en “invenciones de un anónimo a través de una página web y una cuenta de Twitter”. Invenciones que Inda ha reproducido y que ha asumido como propias al complementarlas con otros datos falsos de su propia cosecha con el objeto de “difamar y erosionar” la reputación de Facua y su portavoz.

Aclara que ni siquiera los responsables del reportaje se tomaron la molestia de comprobar que hacía muchos meses que Manos Limpias había dejado de ser acusación en la citada causa y que en julio de 2016 el titular del Juzgado de Instrucción número 2 había imputado a Volkswagen AG por los presuntos delitos de estafa, publicidad engañosa, fraude en subvenciones y contra el medio ambiente.

Modificación posterior del reportaje

El digital alude en su reportaje al hecho de que Rubén Sánchez “ha llegado a editar un libro con el título “Timocracia” en el que desarrolla 300 “trampas” para explicar el constante fraude al que “empresas y gobiernos nos toman el pelo a los consumidores”, así lo define Sánchez”. “El timo son ellos, decía Inda. Se da la circunstancia de que se modificó parte del contenido del reportaje después de que Facua y su portavoz difundieran en Twitter que tanto la denuncia por estafa contra la asociación como la “plataforma de afectados” eran una invención.

“La nueva Ausbanc"

Tras el primer reportaje y pese a que sus responsables ya tenían conocimiento de que el diario Economía Digital había destapado dos semanas antes que la supuesta denuncia por estafa y la “plataforma de afectados” no eran más que un bulo difamatorio, Inda publicó el 24 de enero una nueva información relativa al mismo asunto, en formato editorial de su digital, con acusaciones contra la asociación y su portavoz que fueron mucho más allá de las publicadas el día anterior. El editorial tiene por título “¿La nueva Ausbanc?” y está ilustrado con una fotografía de Sánchez sobre la que se puede leer el siguiente texto: “Si prospera la denuncia por fraude, Facua y Rubén Sánchez estarían muy cerca de emparentar con los modos de Ausbanc”.

“Heraldo podemita”

En el editorial puede leerse este texto: “Como si fuera una broma del destino, el hombre que escribió ‘Timocracia’ para alertar del fraude al que “empresas y gobiernos” someten a los consumidores, ahora tiene a más de 6.000 personas calificando de “fraude” la gestión que desarrolla su empresa. Y decimos “empresa” porque el señor Sánchez ha de saber que “asociación” o “activismo” es algo muy distinto (...) Si finalmente se confirman los hechos, Facua y su “heraldo podemita” estarían cerca de “emparentar con los modos de Ausbanc”, mantenía el diario.

Petición de indemnización de 120.000 euros

El final de toda esta situación creada puede terminar con un buen “disgusto” económico si el juez le da la razón a los demandantes al solicitar estos que “se condene solidariamente a los demandados al pago de una indemnización de 90.000 euros a Facua y otros 30.000 euros a Rubén Sánchez”, así como al pago de las costas. Puede que Inda tenga motivos reales para prepcuparse por esta demanda. Y es que Fauca y Rubén Sánchez ya han logrado tres condenas por difamación contra "poderosos" tales como Luis Pineda y Ausbanc.

Fuente: EL PLURAL
 
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  • Date : 13.3.17
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100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN (13/23)

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

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Capitulo XIII

El ejército y la guerra.


Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

La disciplina dentro del ejército se quebrantó ya considerablemente en los meses que precedieron a la revolución. Las quejas de los oficiales con ya cosa frecuente en estos meses: los soldados no guardan el debido respeto a sus jefes; se observa en ellos una gran desidia en el cuidado de los caballos, los bagajes e incluso las armas; se registran desórdenes en los trenes militares. No en todas partes marchaban las cosas tan mal. Pero por dondequiera que se tendiese la vista, la impresión era la misma: desmoronamiento.


A esto venía a añadirse ahora la sacudida de la revolución. La guarnición de Petrogrado no sólo se sublevó sin el concurso de la oficialidad, sino incluso contra ella. En los momentos críticos, los jefes no sabían cosa mejor que esconderse. El 27 de febrero, el diputado octubrista Schidlovski se puso al habla con los oficiales del regimiento de Preobrajenski con el fin, por lo visto, de pulsar su actitud frente a la Duma, pero halló entre los aristócratas de la Guardia una completa incomprensión de lo que ocurría -tal vez, dicho sea de paso, más fingida que real, pues no hay que olvidar que se trataba de monárquicos asustados-. «¡Cuál sería mi asombro -cuenta Schidlovski- cuando, al día siguiente por la mañana, vi en la calle formado a todo el regimiento de Preobrajenski marchando en un orden perfecto, con la música al frente y sin un solo oficial!» Hubo algunos regimientos que se presentaron en el palacio de Táurida con sus jefes, aunque más exacto sería decir que los arrastraron consigo. Los oficiales se sentían como prisioneros en aquellas manifestaciones de entusiasmo. La condesa de Kleinmichel, que observaba estas escenas en calidad de detenida, se expresaba de un modo más concreto: «Los oficiales parecían ovejas conducidas al matadero.»


La revolución de Febrero no creó el divorcio entre los soldados y los oficiales: no hizo más que exteriorizarlo. En la conciencia de los soldados, la sublevación contra la monarquía era, ante todo y sobre todo, la sublevación contra el mando. «Desde la mañana del 28 de febrero -recuerda el kadete Nabokov, que vestía aquellos días el uniforme de oficial- era peligroso salir a la calle, pues ya empezaban a arrancar las charreteras a los oficiales.» He aquí la faz que presentaba el primer día del nuevo régimen en la guarnición.


De lo primero que se preocupó el Comité ejecutivo fue de reconciliar a los soldados con los oficiales. O dicho en otros términos, de someter los regimientos a sus jefes anteriores. El retorno de los oficiales a los regimientos tendía, según Sujánov, a preservar al ejército de «la anarquía general, a la dictadura de la soldadesca ignorante». Los que infundían pánico a estos revolucionarios, lo mismo que a los liberales, no eran, como se ve, los oficiales, sino los soldados. Sin embargo, donde los obreros y la «soldadesca ignorante» veían el peligro era, precisamente, en la brillante oficialidad. La reconciliación no podía ser, pues, duradera.


Stankievich describe del modo siguiente la actitud de los soldados ante los oficiales que volvían a los cuarteles, después de la revolución: «Los soldados, al violar la disciplina y al salir de los cuarteles, no sólo sin los oficiales, sino... en muchos casos contra los mismos, llegando incluso a matarlos por cumplir con su deber, creían realizar un gran acto de emancipación. Si era así, como la misma oficialidad sostiene, ¿por qué no sacó a los soldados a la calle, puesto que esto era lo más fácil y menos peligroso? Ahora, después de la victoria, la oficialidad se ha adherido a la hazaña. Pero, ¿lo ha hecho sinceramente y con carácter estable?» Estas palabras son tanto más elocuentes cuanto que su propio autor se contaba entre esos oficiales de «izquierda» a los que ni siquiera se les pasó por las mientes echar a la calle a sus soldados.


El día 28, por la mañana, el comandante de un regimiento de Ingenieros decía a sus soldados, en la avenida de Sampsonievski, que «el gobierno odiado por todos había sido derribado», que se había formado otro presidido por el príncipe Lvov y que era preciso que los soldados siguieran obedeciendo a los oficiales. «Y ahora, ¡todo el mundo a los cuarteles!» Algunos soldados gritaron: «Así lo haremos.» La mayoría estaba desconcertada: «¿Y esto era todo?» Kajurov, que observaba casualmente esta escena, se indignó. «Permítame usted una palabra, señor comandante...», y, sin esperar la venia, dijo: «¿Es que acaso ha corrido en las calles de Petrogrado la sangre de los obreros durante todos estos días para reemplazar a un terrateniente por otro?» También aquí Kajurov daba en el blanco. En torno a esta cuestión planteada por él había de girar la lucha en los meses siguientes. La enemiga entre soldados y oficiales no era más que el reflejo de la hostilidad entre el campesino y el terrateniente.


En provincias, los comandantes, que por lo visto habían tenido ya tiempo de recibir instrucciones, describían los sucesos con sujeción a un esquema único: «El monarca, agotado por sus esfuerzos en favor del país, se ha visto obligado a transmitir la carga del poder a su hermano(!).» En los rostros de los soldados -se lamenta uno de los oficiales desde un rincón de Crimea- se veía que pensaban: «Nicolai o Mijail, ¿qué más da?» Pero cuando este mismo oficial se vio obligado a comunicar a su batallón, al día siguiente por la mañana, el triunfo de la revolución, los soldados, según sus propias palabras, se transfiguraron. Sus preguntas, sus gestos, sus miradas, atestiguaban «una labor prolongada y tenaz que alguien realizaba en aquellos cerebros ignorantes, grises, no acostumbrados que alguien realizaba en aquellos cerebros ignorantes, grises, no acostumbrados a pensar.» ¡Qué abismo entre el oficial, cuyo cerebro se adapta sin esfuerzo al último telegrama recibido de Petrogrado y aquellos soldados que, trabajosa, pero honradamente, definen su actitud ante los acontecimientos, sopesándolos por cuenta propia en sus toscas manos!


El alto mando, al mismo tiempo que aceptaba formalmente la revolución, decidía no dejarla llegar al frente. El jefe del Cuartel general dio orden a los generalísimos de los frentes para que, en caso de que se presentaran en sus territorios delegaciones revolucionarias, delegaciones que el general Alexéiev, en gracia sin duda a la brevedad, calificaba de pandillas, fueran inmediatamente detenidas y juzgadas en Consejo de guerra sumarísimo. Al día siguiente, este mismo general, en nombre de «Su Alteza» el gran duque Nikolai Nikolaievich, exigía del gobierno que «pusiese fin a todo lo que ocurre actualmente en las regiones del interior»; dicho en otros términos, que pusiese fin a la revolución.
El mano no se apresuraba a dar al ejército cuenta de la revolución, no tanto por fidelidad a la monarquía como por miedo de aquélla. En algunos frentes se estableció un verdadero sistema de cuarentena: no se dejaban pasar las cartas de Petrogrado, se retenía a los recién llegados; con estos ardides, el viejo régimen robaba algunos días a la eternidad. La noticia de la revolución no llegó a la línea de combate hasta el 5 o 6 de marzo. Y ¿en qué forma? Poco más o menos, lo sabemos ya: el gran duque ha sido nombrado generalísimo, el zar ha abdicado en aras de la patria, y lo demás sigue como antes. En muchas trincheras, acaso la mayoría, las noticias de la revolución las transmitían los alemanes antes de que llegaran de Petrogrado. ¿Podían dudar los soldados de que los jefe se habían puesto de acuerdo para ocultar la verdad? ¿Y podían dar el menor crédito a aquellos oficiales que, dos o tres días después, aparecían ante ellos adornados con cintas rojas?


El jefe del estado mayor de la escuadra del Mar Negro, cuenta que la noticia de los acontecimientos de Petrogrado no ejerció, en un principio, una influencia visible sobre los marineros. Pero tan pronto como llegaron de la capital los periódicos socialistas, «el estado del espíritu de la tripulación se transformó en un instante, empezaron los mítines y no se sabe por qué resquicios aparecieron un tropel de agitadores criminales». El almirante no se daba cuenta, sencillamente, de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. No es que los periódicos determinaran el cambio de estado de espíritu; lo que ocurría era que disipaban las dudas de los marineros respecto al alcance de la revolución, y les permitían manifestar abiertamente sus verdaderos sentimientos sin miedo a ser víctimas de represalias por parte de sus jefes. Este mismo autor a que nos referimos, caracteriza con una frase la fisonomía política de la oficialidad del mar Negro, y, por consiguiente, la suya propia: «La mayoría de los oficiales de la escuadra estaba persuadida de que, sin zar, la patria se hundiría.» Por su parte, los demócratas estaban firmemente convencidos de que la patria estaba perdida, si esta magnífica oficialidad no retornaba al lado de los «ignorantes marineros».


El mando del ejército y de la armada no tardó en dividirse en dos alas: unos, intentaban mantenerse en sus puestos plegándose a la revolución y afiliándose al partido de los socialrevolucionarios; posteriormente, parte de ellos, intentó incluso deslizarse en las filas del partido bolchevique. Otros, por el contrario, adoptaban una actitud de soberbia, intentaban oponer resistencia al nuevo orden de cosas; pero pronto se veían metidos en algún conflicto agudo y eran arrastrados por la avalancha de los soldados. Estas estratificaciones son tan naturales, que en todas las revoluciones se dan. Los oficiales intransigentes de la monarquía francesa, aquellos que, según las palabras de uno de ellos, «lucharon mientras pudieron», sufrían menos viendo la insubordinación de los soldados que contemplando el servilismo de sus colegas ante el nuevo poder. En fin de cuentas, la mayoría del viejo mando quedó eliminada, aplastada, y sólo una pequeña parte se reajustó y asimiló al nuevo estado de cosas. La oficialidad compartía, en una forma más dramática, la suerte de las clases de que se reclutaba.


El ejército es, en general, una copia de la sociedad a la cual sirve, con la diferencia de que da un carácter concentrado a las relaciones sociales, llevando sus rasgos positivos y negativos hasta su límite máximo de expresión. Se explica perfectamente que en Rusia, la guerra no diera ni un solo prestigio militar. El alto mando ha sido caracterizado con suficiente elocuencia por uno de los de su casta: «Muchas aventuras, mucha ignorancia, mucho egoísmo, intrigas, arribismo, codicia, ineptitud y estrechez de horizontes -dice el general Zaleski- y muy pocos conocimientos y talentos, ningún deseo de correr riesgos o de poner en peligro la comodidad y la salud.» Nikolai Nikolaievich, primer generalísimo, se distinguía únicamente por su elevada estatura y su grosería augustísima. El general Alexéiev, antiguo escribiente del ejército, era una mediocridad gris, que si sabía algo era a fuerza de aplicación; a Kornílov, que era un jefe militar, valiente, incluso sus devotos le consideraban como a un hombre de cortos alcances; Verjovksi, ministro de la Guerra de Kerenski, hablando más tarde de Kornílov, decía que era un hombre con corazón de león y cabeza de carnero. Brusílov y el almirante Kolchak eran sólo un poco más inteligentes que los otros, un poquito nada más. Denikin no carecía de carácter, pero, en lo demás, era un general completamente ordinario que habría leído cinco o seis libros en toda su vida. Y después venían ya los Yudenich, los Dragomirov, o los Lukomski, que no se distinguían unos de otros más que por saber francés o no saberlo, por beber poco o beber mucho, pues en lo demás eran todos unas perfectas nulidades.


Hay que decir que en el cuerpo de oficiales hallaba cumplida representación, no sólo la Rusia aristocrática, sino también la burguesa y la democrática. La guerra derramó en las filas del ejército a docenas de miles de pequeños burgueses bajo la forma de oficiales, funcionarios militares, médicos e ingenieros. Estos elementos, que casi todos sin excepción sostenían la necesidad de proseguir la guerra hasta el triunfo final, sentían la necesidad de ciertas medidas amplias, pero acababan siempre sometiéndose a los elementos reaccionarios de arriba, bajo el zarismo, por miedo, y, después de la revolución, por convicción, del mismo modo que en el interior la democracia se sometía a la burguesía. Los elementos colaboracionistas de la oficialidad compartieron luego la suerte infortunada de los partidos conciliadores, con la diferencia de que en el frente la situación revestía formas incomparablemente más agudas. En el Comité ejecutivo cabía mantenerse en una actitud equívoca durante mucho tiempo; ante los soldados, era más difícil.


Los rozamientos y la enemistad entre los oficiales demócratas y aristocráticos, incapaces todos ellos de renovar el ejército, no hacían más que introducir en él un elemento más de descomposición. La fisonomía del ejército había sido trazada por la vieja Rusia, y era feudal hasta la médula. Los oficiales seguían teniendo por el mejor soldado al mucho campesino sumiso, que no razonaba, y en el cual no había despertado aún la conciencia de la personalidad humana. Era la tradición «nacional» imbuida por Suvórov al ejército ruso, y que tenía sus raíces en el primitivo régimen agrario, en la servidumbre de la gleba y en la comuna rural. En el siglo XVIII, Suvórov hizo milagros con este material. Tolstoy idealizó en su Platon Karataiev de La guerra y la paz, con un cariño de gran señor, el viejo tipo de soldado ruso que se sometía sin rechistar a la naturaleza, la arbitrariedad y la muerte. La Revolución Francesa, que abrió las puertas a aquella magnífica irrupción del individualismo en todas las esferas de la actividad humana, liquidó el arte militar de Suvórov. En el transcurso del siglo XIX, lo mismo que en el XX, n todo el espacio de tiempo comprendido entre la Revolución Francesa y la rusa, el ejército zarista fue invariablemente derrotado, gracias a sus características de ejército servil. El mando formado sobre aquélla «base nacional», se distinguía por su desprecio hacia la personalidad del soldado, por su espíritu de mandarinato pasivo, de ignorancia del oficio, de completa ausencia de heroísmo y de manifiesta rapacidad. El imperio de la oficialidad se mantenía en los signos exteriores de distinción, en el ritual de la graduación, en el sistema de represiones y hasta en un lenguaje convencional especial, lleno de expresiones de esclavitud: «A la orden de usía, mi capitán», y otras semejantes que el soldado tenía que emplear cuando hablaba, cuadrado, con sus oficiales.
Al aceptar la revolución de labios afuera y presta juramento de fidelidad al nuevo gobierno, los mariscales zaristas hicieron recaer, sencillamente, sobre la dinastía derrumbada, sus propios pecados, accediendo misericordiosamente a que Nicolás II fuera declarado responsable por todo el pasado. Pero ¡ni un paso más adelante! ¿Cómo iban ellos a comprender que la esencia moral de la revolución consistía en dar un alma a aquella masa humana, en cuya inmovilidad espiritual se basaba su bienestar? Denikin, nombrado comandante del frente, declaraba en Minsk: «Acepto entera incondicionalmente la revolución, pero entiendo que sería ruinoso para el país revolucionar al ejército e introducir en él la demagogia.» ¡Fórmula clásica de la estulticia generalesca! En cuanto a los generales de filas, según la expresión de Zaleski, no exigían más que una cosa: «¡Dejadnos tranquilos; lo demás nos tiene sin cuidado!» Pero no, la revolución no podía dejarles tranquilos. Procedentes de las clases privilegiadas, estos hombres no podían ganar nada y, en cambio, podían perder mucho. Se veían amenazados con perder no sólo los privilegios del mando, sino también la propiedad de sus tierras. Bajo el manto de lealtad hacia el gobierno provisional, la oficialidad reaccionaria sostuvo una lucha encarnizadísima contra los soviets. Cuando se persuadió de que la revolución penetraba irresistiblemente en las masas de soldados y en las aldeas, vio en ello una perfidia inaudita de Kerenski, Miliukov y aun Rodzianko, y no digamos de los bolcheviques.
Las condiciones de vida de la Marina llevaban aparejados, en mayor grado aún que las del ejército de tierra, gérmenes vivos de guerra civil. La vida de los marineros en aquellas cárceles de acero donde les encerraban por la fuerza durante varios años, no se distinguía gran cosa, incluso desde el punto de vista de la alimentación, de la vida de los presidiarios. A su lado, vivía la oficialidad, procedente en su mayoría de los sectores privilegiados, que escogía el servicio marítimo voluntariamente, por vocación, identificaba la patria con el zar y a éste con él, y entendía que el marinero era la parte más deleznable en un barco de guerra. Dos mundos extraños que convivían en estrecho contacto, sin perderse nunca de vista. Los buques de la escuadra tenían su base en las ciudades industriales de la costa, pues necesitaban de gran número de obreros para su construcción y reparación. Además, en los mismos buques, en la sección de máquinas y los servicios técnicos, navegaban no pocos obreros calificados. Tales eran las condiciones que convertían a la escuadra en una mina revolucionaria. En las revoluciones y sublevaciones militares de todos los países, los marineros han representado siempre la materia más explosiva; casi siempre, tan pronto se les brinda ocasión propicia, se apresuran a liquidar severamente sus cuentas con la oficialidad. Los marineros rusos no constituyeron una excepción.


En Kronstadt, la revolución encendió la mecha a una explosión de sangrienta venganza contra la oficialidad, la cual, horrorizada de su propio pasado, intentaba ocultar a los marineros la revolución. Una de las primeras víctimas que cayó fue el comandante de la escuadra, almirante Viren, blanco de un odio muy merecido. Parte del mando fue detenida por los marineros. A los oficiales dejados en libertad les fueron quitadas las armas.


En Helsingfors y Sveaborg, el almirante Nepenin no dejó llegar ninguna noticia del Petrogrado alzado en armas hasta la noche del 4 de marzo, intimidando a los marineros y soldados con represiones. Razón de más para que la sublevación tomase aquí un carácter más encarnizado, prolongándose un día y una noche. Muchos oficiales fueron detenidos. Los más odiados fueron arrojados bajo el hielo. «A juzgar por el relato de Skobelev sobre la conducta de las autoridades de Helsingfors y de la escuadra -dice Sujánov, que peca de todo menos de benevolencia hacia la soldadesca ignorante-, sólo hay que extrañarse de que estos excesos fueran tan poco considerables.»
Tampoco entre las fuerzas de tierra pudieron evitarse las represalias sangrientas. En un principio, eran una venganza por el pasado, por el constante abofeteamiento de los reclutas por los oficiales. No faltaban recuerdos dolorosos como llagas. Desde 1915, había sido oficialmente introducido en el ejército zarista el azote con vergas como castigo disciplinario. Los oficiales azotaban a discreción a los soldados, que eran no pocas veces padres de familia. Pero no siempre se trataba de vengarse del pasado. En la asamblea de los soviets, el ponente encargado de informar sobre el problema del ejército comunicó que aun en los días 16 y 17 de marzo se aplicaban en el ejército castigos corporales contra los soldados. Un diputado de la Duma contaba, a su regreso del frente, que los cosacos, en ausencia de los oficiales, le habían declarado: «Dice usted que hay un decreto (por lo visto se refiere al famoso «decreto número 1», del cual se hablará más adelante). Se recibió ayer; pero hoy el comandante me ha abofeteado.» Los bolcheviques iban al frente con tanta frecuencia como los colaboracionista, para evitar que los soldados cometiesen excesos. Pero las venganzas sangrientas eran tan inevitables como lo es el culatazo después del disparo. Desde luego, los liberales no tenían motivo alguno para calificar de incruenta la revolución de Febrero, como no fuera el de haberles regalado el poder.


Algunos oficiales provocaban conflictos agudos con motivo de las cintas rojas, que eran, a los ojos de los soldados, un símbolo de la ruptura con el pasado. Con motivo de uno de estos disturbios, fue muerto el comandante del regimiento de Sumski. Un comandante del cuerpo de ejército que exigió a las fuerzas de refresco que acababan de llegar que se quitaran las cintas rojas, fue detenido por los soldados. También se produjeron no pocos choques a causa de los retratos del zar, que seguían colgados en los cuartos de banderas. ¿Se trataba de rendir un homenaje de fidelidad a la monarquía? No; en la mayoría de los casos no era más que falta de confianza en la estabilidad de la revolución y una especie de seguro peatonal. Pero los soldados, no sin motivo, veían acechar detrás de aquellos retratos el espectro del antiguo régimen.


El nuevo régimen no fue implantado en el ejército por medio de medidas reflexivas aplicadas desde arriba, sino por movimientos impulsivos desde abajo. La autoridad disciplinaria de los oficiales no fue abolida, sino que se hundió sencillamente por sí misma en las primeras semanas de marzo. «Era evidente -dice el jefe del Estado Mayor del mar Negro- que si un oficial hubiera intentado imponer una sanción disciplinaria al marinero, no habría tenido fuerzas para llevar a la práctica el castigo.» En esto consiste uno de los signos de la revolución verdaderamente popular.


Al desaparecer la autoridad disciplinaria, se puso de manifiesto la incapacidad práctica de la oficialidad. Stankievich, al cual no se puede negar ni espíritu de observación ni interés por los asuntos militares, da una opinión aniquiladora sobre el mando, en este respecto: la instrucción seguía haciéndose con sujección a los viejos reglamentos, que no respondían en lo más mínimo a las necesidades de la guerra. «Estos ejercicios no servían más que para someter a prueba la paciencia y la sumisión de los soldados.» Huelga decir que la oficialidad se esforzaba en hacer recaer sobre la revolución las culpas de su propia incapacidad.


Los soldados, rápidos en la represalia cruel, propendían asimismo a la credulidad infantil y a la gratitud incondicional. Por un momento muy breve, los soldados del frente vieron en el cura Filonenko, diputado liberal, el depositario de las ideas de emancipación, algo así como el pastor de la revolución. Las viejas ceremonias religiosas se unían estrambóticamente con la nueva fe. Los soldados levantaban al cura en sus brazos, lo instalaban celosamente en el trineo, y el cura contaba después en la Duma con entusiasmo: «No acabábamos nunca de separarnos, y, al marcharme, me besaban las manos y los pies.» A aquel diputado de sotana le parecía que la Duma tenía un inmenso prestigio en el frente. En realidad, la que lo tenía era la revolución, que proyectaba su brillo deslumbrador sobre algunas figuras sin importancia.


La depuración simbólica realizada por Guchkov en el ejército -destitución de algunas docenas de generales- no dio la menor satisfacción a los soldados, y, en cambio, sembró un estado de inquietud en la alta oficialidad. Todo el mundo temía verse separado, la mayoría seguía la corriente, se adaptaba y apretaba el puño dentro del bolsillo. La situación era aún peor en lo tocante a la baja y mediana oficialidad, que se hallaba en contacto directo con los soldados. Aquí, el gobierno no hizo limpia alguna. Buscando caminos legales, los artilleros de una batería del frente escribían al Comité ejecutivo y a la Duma nacional, a propósito de su comandante: «Hermanos..., os pedimos humildemente que nos libréis de nuestro enemigo Vanchejaus.» Como no recibieran contestación, los soldados empezaban generalmente a obrar por su cuenta, valiéndose de sus propios medios: insubordinación, separación e incluso detención. Sólo entonces las autoridades se decidían a intervenir, separaban del ejército a los detenidos o apaleados, intentando a veces castigar a los soldados, pero dejándoles en la mayor parte de los casos impunes, para no complicar más las cosas. Esto creaba una situación insoportable para la oficialidad, sin aclarar por ello en nada la situación de los soldados.


Muchos oficiales combativos, que tomaban en serio la suerte del ejército, insistían en la necesidad de hacer una limpia general de mando: según ellos, sin esto no se podía ni siquiera pensar en restablecer la capacidad combativa del ejército. Los soldados presentaban a los diputados de la Duma argumentos no menos convincente. Antes, cuando se sentían ofendidos, tenían que dirigirse a unos superiores que, habitualmente, no hacían caso alguno de sus quejas. ¿Y ahora? Si los superiores siguen siendo los mismos de antes, la suerte que sigan sus reclamaciones serán la misma. «Era muy difícil contestar a esta pregunta» -reconoce un diputado-. Eta cuestión tan simple atañía a todo el destino del ejército y predeterminaba su porvenir.


No vayamos a creer que las relaciones dentro del ejército eran las mismas en toda la extensión del país, en todas las armas y en todos los regimientos. No, reinaba una heterogeneidad muy considerable. Si los marineros de la escuadra del Báltico acogieron las primeras noticias de la revolución tomando represalias contra los oficiales, allí, al lado mismo, en la guarnición de Helsingfors, los oficiales seguían ocupando todavía a principios de abril puestos dirigentes en el soviet de soldados, y, en las grandes solemnidades, hablaba en nombre de los socialistas revolucionarios un imponente general. Estos contrastes de odio y credulidad abundaban no poco. Pero así y todo, el ejército seguía siendo algo así como un sistema de vasos comunicantes, y el estado de espíritu político de los soldados y marineros tendía a alcanzar el mismo nivel.


La disciplina fue manteniéndose mal o bien mientras los soldados confiaban en la implantación de medidas prontas y decididas. «Pero cuando los soldados vieron -según cuenta un delgado del frente- que todo seguía como antes, que persistían el mismo yugo, la misma esclavitud, la misma ignorancia y el mismo escarnio, empezaron los desórdenes.» La naturaleza, a la cual no se le ha ocurrido armar de jorobas a una gran parte de la humanidad, tuvo, en cambio, la ocurrencia de dotar de sistema nervioso a los soldados. Las revoluciones vienen a recordar, de tarde en tarde, este doble descuido de la naturaleza.


Tanto en el interior como en el frente, cualquier bagatela desencadenaba fácilmente un conflicto. Se había concedido a los soldados derecho a frecuentar libremente «igual que todos los ciudadanos», los teatros, mítines, conciertos, etc. Muchos soldados interpretaban esta disposición como el derecho de asistencia gratuita a los teatros. El ministro les explicaba que había que interpretar la «libertad» en un sentido teórico. Pero las masas populares sublevadas no han manifestado nunca una gran inclinación hacia el platonismo ni hacia el kantianismo.


El tejido, ya muy desgastado, de la disciplina se fue rompiendo, a lo primero poco a poco, en diferentes puntos, en diferentes guarniciones y regimientos. Muchas veces, el comandante se imaginaba que, en su regimiento o división, todo había marchado bien, hasta la llegada de los periódicos o de un propagandista. En realidad, se estaba efectuando un proceso paciente de fuerzas subterráneas e inexorables.


El diputado liberal Januschkevich trajo del frente la impresión de que donde la desorganización alcanzaba un grado mayor era en los regimientos «verdes», aquellos en que abundaban los campesinos. «Los regimientos más revolucionarios conviven muy bien con los oficiales.» En realidad, donde se mantuvo más tiempo la disciplina fue en los dos polos: en la Caballería privilegiada, compuesta de campesinos acomodados, y en la Artillería y, en general, en las fuerzas técnicas, con un tanto por ciento elevado de obreros e intelectuales. Los que más resistieron fueron los cosacos-propietarios, que temían a la revolución agraria, en que la mayoría de ellos tenía que perder. Algunas fuerzas cosacas fueron, incluso después de la revolución, más de una vez, instrumentos de represión. Pero así y todo, la diferencia residía únicamente en la mayor o menor rapidez con que se efectuaba el proceso de descomposición.


En esta lucha sorda había sus flujos y reflujos. Los oficiales intentaban adaptarse a la nueva situación. Los soldados tornaban a confiar. Pero, a la vuelta de estas crisis y depresiones temporales, de los días y semanas de armisticio, el odio social, que descomponía el ejército del antiguo régimen, iba adquiriendo una tensión cada vez mayor, que estallaba muchas veces con fulgores trágicos. En Moscú se reunió en uno de los circos una asamblea de soldado y oficiales inválidos. Uno de los oradores habló desde la tribuna, en tonos duros, de la oficialidad. Se armó gran ruido de protestas; los reunidos empezaron a golpear el suelo con las piernas, los bastones, las muletas. «¿Acaso hace tiempo, señores oficiales, que azotabais a los soldados con las vergas y el puño?» Heridos, contusionados, mutilados, se levantaban unos frente a otros, soldados inválidos contra oficiales inválidos, mayoría contra minoría, muletas contra muletas. En esta feroz escena desarrollada en un circo se contenía ya en germen la ferocidad de la guerra civil que se avecinaba.


Sobre todas las relaciones y contradicciones imperantes en el ejército, lo mismo que en el país, se cernía un problema que se encerraba en una palabra bien corta: la guerra. Desde el mar Báltico al mar Negro, desde el mar negro hasta el Caspio y más allá, hacia el fondo de Persia, en un frente inmenso, había regados sesenta y ocho cuerpos de Infantería y nueve de Caballería. ¿Qué se hará con ellos? ¿Cómo se resolverá el pleito de la guerra?


En los comienzos de la revolución, el ejército se había reforzado considerablemente, desde el punto de vista del suministro de armas y municiones. La producción interior para las necesidades de la guerra se había elevado, y, al mismo tiempo, se intensificaba el transporte de material de guerra, sobre todo de Artillería, enviado por los aliados sobre los puertos de Murmansk y Arkángel. Había una cantidad de fusiles, cañones, obuses, incomparablemente mayor que en los primeros años de la guerra. Se ampliaban las divisiones de Infantería y las intentaron posteriormente demostrar que Rusia se hallaba en vísperas de la victoria y que sólo la revolución lo había impedido. Doce años antes, Kuropatkin y Linievich afirmaban, basándose en los mismos motivos, que Witte les había impedido derrotar a los japoneses.


En realidad, a principios de 1917, Rusia se hallaba más lejos de la victoria que nunca. Paralelamente con el incremento de armas y municiones, se notaba en el ejército, a fines de 1916, una crisis aguda de productos alimenticios; el tifus y el escorbuto provocaban más víctimas que las batallas. La desorganización del transporte iba entorpeciendo cada vez más los movimientos de las tropas, lo cual bastaba para reducir a cero las combinaciones estratégicas que implicaban la movilización de las grandes masas de soldados. Por añadidura, la aguda crisis de caballos condenaba a menudo a la Artillería a la inmovilidad. Pero, así y todo, lo pero era la moral del ejercito, que se puede resumir así: el ejército como tal ya no existía. Las derrotas, las retiradas, la indignidad de los dirigentes, acabaron por desmoralizar completamente a las tropas. Y esto no había modo de corregirlo con ayuda de medidas administrativas, del mismo modo que no puede modificarse por medio de decretos el sistema nervioso del país. Los soldados miraban ahora los montones de obuses con la misma repugnancia que si fueran montones de carne llena de gusanos. Todo les parecía inútil, inservible, engaño y robo. Y el oficial no podía decirles nada convincente, ni se atrevía tampoco ya a ponerles la mano en la mejilla. El mismo se consideraba engañado por el viejo mando, a la par que se sentía culpable ante el soldado. El ejército estaba incurablemente enfermo, y únicamente era útil para decidir de la suerte de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese. Y nadie creía ya en el triunfo; los oficiales tampoco, como los soldados. Ni el pueblo ni el ejército querían seguir combatiendo.


Claro está que en las altas esferas administrativas, donde la vida llevaba un ritmo peculiar, seguía hablándose, por la fuerza de la inercia, de grandes operaciones, de la ofensiva de primavera, de la ocupación de los estrechos turcos, etc. En Crimea, se preparaban incluso grandes fuerzas para acometer esta última empresa. Se decía que, con este fin, habían sido designados los mejores elementos del ejército. De Petrogrado enviaban fuerzas de la Guardia. Sin embargo, según cuenta un oficial que había iniciado la preparación de dichas fuerzas, el 25 de febrero, es decir, dos días antes de la revolución, todos estos elementos resultaron pésimos. En la indiferencia de aquellos ojos azules, castaños y grises no se leía el menor deseo de combatir... «Todos sus pensamientos, todas sus aspiraciones estaban concentrados en la paz.»


Testimonios de éstos, o parecidos, se conservan no pocos. La revolución no hizo más que poner al descubierto lo que se venía gestando de atrás. Por esto, el grito de: «¡Abajo la guerra!» fue uno de los que más resonaron durante las jornadas de Febrero. Este grito se oía en las manifestaciones de mujeres, lo lanzaban los obreros de Viborg y los soldados de los cuarteles de la Guardia.
Cuando los diputados recorrieron el frente, a principios de marzo, los soldados, sobre todo los que llevaban más tiempo de servicio, preguntaban invariablemente: «¿Y qué hay de la tierra?» Los diputados contestaban evasivamente que la cuestión agraria sería resuelta por la Asamblea constituyente. Entonces, surge una voz que revela un pensamiento general oculto: «¿Y para qué me sirve la tierra, si cuando me la den ya no existo? ¿Para qué la quiero entonces?» Tal era el programa de la revolución que alzaban en un principio los soldados: primero, la paz; después, la tierra.
En la asamblea de los soviets de toda Rusia, celebrada a fines de marzo, en la que hubo no poca fanfarronería patriótica, uno de los delegados, que representaba directamente a los soldados de los trincheras, expresó de un modo muy justo la manera como el frente había acogido la noticia de la revolución: «Todos los soldados dijeron: ¡Gracias a Dios, a ver si ahora tenemos pronto paz!» Las trincheras encargaron a su delegado que dijera al Congreso lo siguiente: «Estamos dispuestos a dar la vida por la libertad; pero, pase lo que pase, camaradas, queremos que se acabe la guerra.» Era la voz viva de la realidad, sobre todo en la segunda parte del mensaje. Si es necesario sufrir, sufriremos; pero que los de arriba se apresuren a negociar la paz.


Las tropas zaristas que se hallaban destacadas en Francia, es decir, en un medio completamente artificial para ellas, estaban movidas por los mismos sentimientos y seguían exactamente las mismas etapas de descomposición del ejército de su país. «Cuando oímos decir que el zar había abdicado -explicaba en el extranjero a un oficial un viejo soldado campesino analfabeto-, pensamos que esto quería decir que la guerra iba a acabarse... Al fin y al cabo, el zar era el que nos había mandado a la guerra... ¿Qué necesidad tengo yo de la libertad, si he de seguir pudriéndome en las trincheras?» Tal era la filosofía auténticamente revolucionaria de los soldados, innata y no imbuida: no hay agitador capaz de encontrar palabras tan simples y convincentes.


Los liberales y los socialistas semiliberales intentaban presentar la revolución como un levantamiento de carácter patriótico. El 11 de marzo, Miliukov decía a los periodistas franceses: «La revolución rusa se ha hecho para suprimir los obstáculos que se interponían en el camino de Rusia hacia la victoria.» Aquí, la hipocresía va asociada a la ilusión, aunque hay que suponer que en estas palabras hay más hipocresía que otra cosa.


Los reaccionarios declarados veían las cosas con más claridad. Von Struve, paneslavista de estirpe alemana, ortodoxo de procedencia luterana y monárquico de extracción marxista, fue el que puso al desnudo de un modo más acertado, aunque fuera en el lenguaje del odio reaccionario, las verdaderas raíces de la revolución. «La revolución, en la que participaron las masas populares y principalmente los soldados -decía Struve-, no era una explosión patriótica; la desmovilización espontánea iba dirigida concretamente contra la continuación de la guerra, es decir, se hacía para poner fin a ésta.»
Aunque la idea sea exacta, en esta palabras se encierra, sin embargo, una calumnia. En realidad, la desmovilización espontánea surgió de la guerra. La revolución no la creó; lo que hizo fue, por el contrario, contenerla. El movimiento de deserción, extraordinariamente acentuado en vísperas de la revolución, se atenuó en las primeras semanas que siguieron a ésta. El ejército esperaba. Confiando en que la revolución traería la paz, el soldado no se negaba a sostener el frente sobre sus hombros: de otro modo, tal vez, el nuevo gobierno -pensaba él- no podría concertar la paz.


«Los soldados -informa el 23 de marzo el jefe de la división de Granaderos- expresan de un modo inequívoco el parecer de que no debemos atacar, sino mantenernos a la defensiva.» Los informes militares y políticos repiten esta idea en distintos tonos. El teniente Krilenko, viejo revolucionario y futuro generalísimo bajo los bolcheviques, atestiguaba que, para los soldados, la cuestión de la guerra se resolvía en aquel tiempo en esta fórmula: «Mantener el frente, pero no atacar.» En un lenguaje más solemne y completamente sincero, esto significaba: defender la libertad.


«¡No se puede enterrar la bayoneta en el suelo!» En aquellos días, los soldados, bajo la influencia de impresiones confusas y muchas veces contradictorias, se negaban incluso a escuchar a los bolcheviques. Es posible que se les antojara, bajo la impresión de algunos discursos poco felices, que los bolcheviques no se preocupaban de la defensa de la revolución ni podían impedir que el gobierno concertase la paz. Los periódicos y los agitadores socialpatriotas se esforzaban en convencer de esto a los soldados; pero, aunque a veces no permitieran que los bolcheviques hablasen, los soldados rechazaron, desde los primeros días de la revolución, toda idea de ofensiva. A los políticos de la capital, esto les parecía un equívoco que se podía vencer ejerciendo sobre los soldados la presión necesaria. La agitación en favor de la guerra aumentaba en un grado extremo. La prensa burguesa explicaba en millones de ejemplares, a la luz de la guerra hasta el triunfo final, los fines de la revolución. Los colaboracionistas estimulaban esta propaganda, en un principio a media voz, y luego ya más audazmente. La influencia de los bolcheviques, muy tenue en el momento de la revolución, disminuyó más aún cuando millares de obreros mandados al frente por haber participado en huelgas, abandonaron las filas del ejército. De este modo, las aspiraciones de paz no encontraban expresión franca y clara allí donde más intensas eran: en el frente. Esta situación daba a los comandantes y comisarios que buscaban ilusiones consoladoras, la posibilidad de engañarse respecto a la verdadera situación. En los artículos y discursos de la época, es frecuente la afirmación de que los soldados, repudiaban la ofensiva pura y exclusivamente por una interpretación errónea de la fórmula «sin anexiones ni indemnizaciones». Los colaboracionistas se esforzaban en explicar que también las guerras puramente defensivas eran compatibles en la ofensiva y, en ocasiones, incluso la exigían. ¡Como si la cuestión versara realmente en torno a esta escolástica estratégica! Los soldados sabían que la ofensiva implicaba la reanudación de la guerra. La actitud expectante del frente equivalía a un armisticio. La teoría y la práctica adoptadas por los soldados respecto a la guerra defensiva eran una fórmula establecida de acuerdo con los alemanes, acuerdo en un principio implícito y luego explícito: «Dejadnos tranquilos, y nosotros os dejaremos tranquilos a vosotros.» El ejército no podía dar más a la guerra.


Los soldados se mostraban tanto menos propicios a dejarse arrastrar por las exhortaciones guerras cuanto que, bajo pretexto de preparar la ofensiva, la oficialidad reaccionaria intentaba, evidentemente, tomar en sus manos las riendas del poder. Entre los soldados empezó a circular y se generalizó la frase siguiente: «La bayoneta contra los alemanes; la culata contra el enemigo interior.» La bayoneta tenía, desde luego, una misión puramente defensiva. Los soldados de las trincheras no pensaban en la anexión de los Estrechos. Las aspiraciones de paz constituían una profunda corriente subterránea que no había de tardar en salir a la superficie.


Sin negar que ya antes de la revolución, se «notaban» en el ejército síntomas negativos, Miliukov se atrevió a afirmar, mucho tiempo después de la revolución, que el ejército era capaz de realizar los objetivos que la Entente le había asignado. «La propaganda bolchevista -escribía este personaje en funciones de historiador- no penetró inmediatamente en el frente. Durante el primer mes o mes y medio que siguió a la revolución el estado del ejército era sano.» todo el problema se enfoca desde el punto de vista de la propaganda, como si esto bastara para explicar el proceso histórico. Aparentando luchar contra los bolcheviques, a los cuales atribuye una fuerza mítica, Miliukov lucha, en realidad, contra los hechos. Ya hemos visto cuál era la verdadera situación del ejército. Veamos ahora cómo apreciaban los propios jefes su capacidad combativa en las primeras semanas y aun en los primeros días que siguieron a la revolución.


El 6 de marzo, el generalísimo del frente septentrional, general Ruski, comunica al Comité ejecutivo que se está manifestando una insubordinación completa de los soldados con respecto a los superiores; es necesario que se manden al frente elementos para tranquilizar al ejército.


El jefe del Estado Mayor de la escuadra del mar Negro dice en sus Memorias: «Desde los primeros días de la revolución, comprendí claramente que no era posible continuar la guerra y que ésta estaba perdida.» Según él, Kolchak opinaba lo mismo y, si seguía en su puesto de jefe del frente, sólo era para proteger a la oficialidad contra las violencias.


El conde Ignatiev, que ocupaba un puesto elevado en la Guardia, escribía en marzo a Nabokov: «Hay que hacerse a la idea de que la guerra está terminada, de que no podemos seguir combatiendo, y no combatiremos. Los hombres inteligentes deben buscar el modo de liquidar la guerra del mejor modo posible, pues de lo contrario se producirá una catástrofe...» También Guchkov dijo en aquel entonces a Nabokov que había recibido numerosísimas cartas concebidas en los mismos términos.


Las rarísimas opiniones aparentemente más favorables quedan casi todas desvirtuadas por las aclaraciones suplementarias. «El deseo d vencer de la tropa persiste -informa el jefe del segundo ejército, Danilov-, y en algunos regimientos incluso se ha acentuado.» Pero inmediatamente observa: «La disciplina decae... Convendría aplazar las acciones ofensivas hasta que la situación se normalice (de uno a tres meses).» Y siguen unas líneas inesperadas: «De los refuerzos sólo llegan el cincuenta por ciento; si siguen derritiéndose así y continúan en los sucesivo siendo tan indisciplinados, no se podrá confiar en el éxito de la ofensiva.»


«La división es completamente capaz de librar acciones defensiva», informa el valeroso general de la 51ª división de Infantería, e inmediatamente añade: «Es necesario librar al ejército de la influencia de los diputados soldados y obreros.» Sin embargo, esto no era tan fácil como parecía.


El jefe de la 182ª división informa al comandante del cuerpo: «Cada vez se producen con más frecuencia equívocos por cuestiones insignificantes en esencia, pero amenazadores por su carácter; cada vez es mayor la excitación nerviosa de los soldados, y, con mayor razón, de los oficiales.»
Hasta aquí, sólo se trata de testimonios dispersos, aunque numerosos. Pero he aquí que el 18 de marzo se celebra en el Cuartel general una conferencia del mando para examinar la situación del frente. Las conclusiones a que llegan los organismos administrativos centrales son unánimes: «En los meses próximos es imposible completar las fuerzas del frente en las proporciones necesarias, pues reina una gran fermentación en todos los regimientos de reserva. El ejército está pasando por una enfermedad. Probablemente no se conseguirá antes de dos o tres meses normalizar las relaciones entre los soldados y la oficialidad. (Los generales no comprendían que la enfermedad, lejos de decrecer, seguía progresando.) Por el momento, se nota algún decaimiento entre los oficiales, efervescencia en las tropas y numerosas deserciones. La capacidad combativa del ejército ha disminuido y es muy difícil contar con que la guerra pueda seguir adelante en el momento actual.» Conclusión: «Es inadmisible que actualmente se puedan llevar a la práctica las operaciones activas señaladas para esta primavera.»


Durante las siguientes semanas, la situación sigue empeorando rápidamente y los testimonios que lo abonan se multiplican sin cesar.


A fines de marzo, el general del 5º ejército, Dragomirov, escribía al general Ruski: «El espíritu bélico ha decaído. No sólo los soldados no tienen ningún deseo de atacar, sino que aun la facultad de mantenerse sencillamente a la defensiva ha disminuido, hasta el punto de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido enormemente por todos los sectores del ejército... ha arrastrado a toda la masa de los soldados a no desear más que una cosa: que acabe la guerra y volverse a casa.»


El general Lukomski, una de las más firmes columnas de la reacción en el Cuartel general, descontento del nuevo orden de cosas, pasó a principios de la guerra a mandar un cuerpo de ejército, y, según él mismo nos cuenta, comprobó que la disciplina sólo seguía manteniéndose en los regimientos de Artillería y de Ingenieros, en los cuales había muchos oficiales y soldados de oficio: «Por lo que se refiere a las tres divisiones de Infantería, se estaban desmoronando por completo.»
Las deserciones, que disminuyeron después de la revolución bajo el signo de la esperanza, volvieron a aumentar bajo la presión del desencanto. Según el general Alexéiev, en la semana comprendida entre el 1 y el 7 de abril desertaron del frente septentrional y occidental cerca de ocho mil soldados. «Leo con gran asombro -escribía a Guchkov- informes de gente irresponsable sobre la «magnífica» moral del ejército. ¿Qué fines persiguen con esto? A los alemanes no conseguiremos engañarles, y, en cambio, para nosotros el engaño sería fatal.»


Conviene señalar que hasta ahora casi en ninguna parte se habla de los bolcheviques: la mayoría de los oficiales no se habían hecho aún a este extraño nombre. Cuando los informes hablan de las causas de la descomposición del ejército, señalan como tales a los periódicos, a los propagandistas, a los soviets, a la «política»; en una palabra, a la revolución de Febrero.


Aún había algunos jefes optimistas que confiaban en que todo se arreglaría. Había muchos más que cerraban deliberadamente los ojos ante los hechos para no causar disgustos a las nuevas autoridades. Y, a la inversa, un número considerable de jefes que exageraban conscientemente los síntomas de dsmoralización para obtener de las autoridades medidas decisivas que ellos, sin embargo, no podían o no se atrevían a llamar por su nombre. Pero el estado general del ejército, tal como lo dejamos señalado, es indiscutible. Al sobrevenir la caída del antiguo régimen, el ejército estaba enfermo y la revolución imprimió al irresistible proceso de su desmoronamiento formas políticas que fueron tomando poco a poco un carácter más implacablemente definido. La revolución llevó hasta sus últimas consecuencias no sólo las ansias apasionadas de paz, sino también la hostilidad de la masa de los soldados hacia el mando y las clases gobernantes en general.


A mediados de abril, Alexéiev informó personalmente al gobierno -al cual, por lo visto, no disimulaba- sobre el estado de espíritu del ejército. «Me acuerdo -dice Nabokov- del sentimiento de miedo y de desesperación que, al escuchar aquello, se apoderó de mí.» Hay que suponer que cuando se expuso este informe, que sólo pudo ser en las primeras seis semanas que siguieron a la revolución, estaría también presente Miliukov; lo más probable es que fuera precisamente él el que trajera a Alexéiev del frente, con el fin de asustar a sus colegas y por medio de ellos a sus amigos los socialistas. Guchkov sostuvo, efectivamente, después de esto, una conversación con los representantes del Comité ejecutivo. «Han empezado -se lamenta- las funestas fraternizaciones y se registran numerosos casos de insubordinación directa. Las órdenes superiores pasan previamente por el tamiz de las organizaciones del ejército y de los mítines. En algunos regimientos no quieren ni oír hablar de las operaciones activas... Cuando la gente confía en que mañana habrá paz -dice, no sin fundamento, Guchkov-, es imposible obligarla hoy a arriesgar la cabeza. De aquí, el ministro de la Guerra sacaba esta conclusión: hay que dejar de hablar de paz en voz alta. Y como precisamente la revolución había enseñado a la gente a decir en voz alta lo que antes se guardaba para sus adentros, esto equivalía a decir: hay que acabar con la revolución.


El soldado, naturalmente, no tenía deseo alguno, ya desde el primer día de la guerra, de morir ni de pelear. Pero se resistía a ello del mismo modo que el caballo de batería se resistía a arrastrar un cañón pesado por el barro. Lo mismo que el caballo, no creía que pudiera verse nunca libre de la carga que le habían echado encima. Entre su voluntad y los sucesos de la guerra no había ningún nexo. La revolución se lo descubrió. Para millones de soldados, ésta significaba el derecho a una vida mejor y, sobre todo, el derecho a la vida escueta, el derecho a proteger su existencia de las balas y los obuses y, a la par, a proteger su cara del puño del oficial. En este sentido, decíamos más arriba que el proceso sicológico sustancial que se estaba operando en el ejército consistía en el despertar de la personalidad. Las clases cultas creían ver una traición contra la nación en aquella irrupción volcánica de individualismo, que revestía muchas veces formas anárquicas. En realidad, en los actos turbulentos de los soldados, en sus protestas desmandadas, hasta en sus excesos sangrientos se estaba gestando sencillamente aquella nación que se creía traicionada, a base de unos materiales grises, impersonales y prehistóricos. El desbordamiento, tan odiado por la burguesía, del individualismo de la masas respondía precisamente al carácter de la revolución de Febrero, como revolución burguesa que era.


Pero no era éste su único contenido, pues en la revolución, además del campesino y de su hijo el soldado, participaba el obrero. Este hacía ya tiempo que sentía su personalidad, y había ido a la guerra no sólo odiándola, sino con la idea preconcebida de luchar contra ella, y la revolución no significaba para él, pura y simplemente, el hecho escueto de la victoria, sino también el triunfo parcial de sus ideas. El derrumbamiento de la monarquía era, para él, el primer peldaño, en el cual no se detenía, pues, una vez remontado, se apresuraba a lanzarse tras otros objetivos. Para él todo el problema estaba en saber hasta qué punto seguirían apoyándole en sus luchas el soldado y el campesino. «¿Para qué quiero yo la libertad -decía, repitiendo las palabras oídas al obrero a la puerta del teatro, al que no le daban acceso- si las llaves de la libertad las tienen en sus manos los señores?» A través del inmenso caos de la revolución de Febrero se veían resplandecer los rasgos acerados de la de Octubre.