Lo excepcional empieza a
verse normalizado en el mundo en el que Trump es rey, es decir, en nuestro
mundo occidental. ¿Hay mucha diferencia entre el nazismo y lo que sucede en
Minneapolis, por poner un ejemplo reciente? Y vendrán tiempos peores…
TOPOEXPRESS
La deriva autoritaria del bloque atlántico
El Viejo Topo
21 enero,
2026
LA DERIVA AUTORITARIA DEL BLOQUE ATLÁNTICO: ESTADOS UNIDOS, EUROPA Y
LA NORMALIZACIÓN DEL NUEVO FASCISMO
Cuando Donald
Trump declara en una entrevista al The New York Times que el
único límite a su poder es su “propia moralidad y su propia mente”, no estamos
ante una provocación ni un exceso retórico, sino ante la confesión desnuda de
un principio político: el poder como ley y la fuerza como medida de
todo. No habla de la Constitución, ni de los contrapesos judiciales, ni del
derecho internacional. Los desprecia o, más exactamente, los redefine a su conveniencia.
Este pensamiento recuerda al decisionismo de Carl Schmitt,
donde soberano es quien decide sobre el estado de excepción, no quien
obedece la norma. Cuando la excepción se convierte en regla, la legalidad
deja de ser límite y pasa a ser instrumento.
La política
occidental, y la estadounidense especialmente, ha mostrado reiteradamente cómo
la apariencia democrática puede coexistir con la concentración de poder en
manos de una oligarquía que no necesita elecciones para imponer su agenda.
Trump funciona como un dispositivo mediático, un catalizador de polarización,
mientras la verdadera estrategia histórica, la real, la profunda, la definen
los conglomerados financieros, tecnológicos y militares, que desde hace décadas
moldean la política exterior e interior de Estados Unidos sin someterse a
controles democráticos. Este patrón confirma lo señalado por C. Wright Mills en
su clásico análisis de “la élite del poder” así como Peter Phillps en
“Megacapitalistas: la élite que domina el dinero y el mundo”, quienes concluyen
que política es la proyección del interés de unas pocas fracciones que
estructuran la sociedad a su favor. Warren Buffett, el multimillonario, lo
expresó, con brutal claridad: “Hay una lucha de clases y nosotros la
estamos ganando”.
La
militarización del Estado y la normalización de la coerción son parte de este
proceso. En EEUU la aplicación de La Ley de Insurrección, la federalización de
la Guardia Nacional son un ejemplo. El despliegue de una Gestapo policial como
el ICE (la policía anti-inmigración), y la búsqueda de mecanismos para evadir
fallos judiciales no son meras declaraciones belicosas, sino arquitecturas de
poder diseñadas para establecer la primacía de la fuerza sobre la norma.
Estados Unidos, como advirtió Giovanni Arrighi, cuando hablaba
sobre los imperios en fase terminal, está sustituyendo la producción por la
coerción, el diálogo por la disciplina y el derecho por la fuerza.
Pero esta
deriva no se limita a Estados Unidos. Donald Trump aparece aquí como el gran
trilero, aunque la Unión Europea es, en realidad, la alumna aventajada, porque
actuando de engranaje subordinado ha construido una tecnocracia capaz de imponer
políticas económicas, fiscales y sociales sin control democrático efectivo. La
Comisión, el Eurogrupo y el Banco Central Europeo concentran poderes de hecho,
mientras los parlamentos nacionales pierden soberanía real. En países como
Rumanía o Moldavia, los procesos electorales recientes han estado marcados por
una fuerte intervención política directa: se han promocionado a determinados
candidatos pro-europeos, se ha presionado sobre partidos disidentes, se han
fomentado “revoluciones de colores” como en Georgia, se aplica cuando es
necesario represión política contra los candidatos “rebeldes” y en casos
extremos aparece la mano negra del sicario político intentando asesinar, casi
lo consigue, al primer ministro eslovaco Robert Fico en mayo del 2024 porque su
oposición a la guerra en Ucrania era pública y notoria. Todo en medio del
condicionamiento de ayudas internacionales, para asegurar que las elecciones no
alteren los intereses estratégicos del bloque atlántico. Wolfgang Streeck ha
descrito cómo los gobiernos compran tiempo a los mercados sacrificando
soberanía popular; así, la democracia se convierte en mero ritual vacío.
La OTAN opera
como vector central de esta subordinación. El aumento sostenido del gasto
militar europeo —que supuso 381.000 millones de euros en 2025, según SIPRI, lo
que representa el 2.1% del PIB europeo en general, con incrementos superiores
al 5% en Polonia, el 2.4% en Alemania o el 2.48% en España, todo ello por
imposición de Donald Trump e impuesto por el nuevo rearme belicista alemán. La
dependencia tecnológica armamentística y la integración doctrinal (señalando a
Rusia como objetivo) consolidan la subordinación europea al bloque
estadounidense. Lo que se presenta como defensa y seguridad es, en realidad,
transferencia de recursos del Estado social al complejo militar-industrial
transatlántico. David Harvey ha descrito cómo el imperialismo contemporáneo
combina coerción geopolítica con acumulación por desposesión,
desplazando costes sociales hacia las poblaciones subordinadas. Esta
subordinación se extiende a la esfera energética e industrial. Europa depende
cada vez más de gas y petróleo estadounidense y de infraestructura crítica
controlada desde Washington, especialmente tras la crisis energética de
2022-2024. La Comisión Europea ha condicionado planes de transición energética
y fondos Next Generation a reformas estructurales alineadas con intereses
estratégicos transatlánticos, limitando la autonomía política de los Estados
miembros. La gobernanza opaca se manifiesta en la condicionalidad fiscal y
política. Los programas de apoyo financiero de la UE incluyen cláusulas
estrictas que limitan la capacidad de los gobiernos de ejercer soberanía plena,
priorizando disciplina económica y alineamiento geopolítico sobre democracia y bienestar
social. En Moldavia y Rumanía, la promoción de candidatos pro-europeos y la
presión sobre partidos disidentes muestran cómo las elecciones son tuteladas,
mientras supuestos organismos neutrales, aunque financiadas desde el Pentágono,
como Freedom House y la OSCE en lugar de denunciar la manipulación mediática y
el condicionamiento de ayudas internacionales para asegurar resultados
compatibles con Bruselas y la OTAN, alientan estas conductas que se hallan en
las antípodas de los principios democráticos.
El nuevo autoritarismo europeo no necesita abolir formalmente las
elecciones. Basta con vaciarlas de capacidad decisoria real. Las
grandes decisiones —rearme, alineamiento militar, política energética,
arquitectura financiera— quedan fuera del alcance democrático. Europa importa
el modelo político de un imperio en declive: militarización, concentración de
poder ejecutivo, erosión de libertades y normalización del estado de excepción,
mientras EE. UU. abandona sin complejos su propia fachada democrática. Hannah Arendt observó que los regímenes autoritarios no se consolidan solo por la violencia, sino por la
destrucción progresiva de los marcos de verdad,
legalidad y responsabilidad. Cuando la ley deja de limitar al poder y la
política se transforma en gestión del miedo, la democracia se convierte en una
cáscara vacía. Estados Unidos y Europa avanzan por la misma secuencia
histórica: primero se erosiona la legalidad, luego se vacía la democracia y,
finalmente, se naturaliza la coerción. Trump no es el problema; es el
síntoma.
La verdadera
pregunta es si las sociedades —en Estados Unidos, Europa y los países sometidos
a su tutela— están dispuestas a seguir mirando al bufón mientras, en silencio,
la oligarquía consolida un autoritarismo estructural y transnacional. La
democracia ha dejado de ser un instrumento de participación ciudadana para
convertirse en espectáculo, en ritual vacío, mientras las decisiones
fundamentales —gasto militar, política energética, disciplina fiscal, control
de la información, subordinación geopolítica— se toman fuera del alcance de la
ciudadanía. Resistir esta naturalización de la excepción, reclamar la soberanía
democrática como control real del poder y cuestionar las propias instituciones
no es una opción: es una exigencia histórica. El tiempo para el
silencio y la indiferencia se está agotando.

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