ENRIQUE RAFAEL U. REYES
| UNA SIMPLE OPINIÓN CON PRETENSIÓN CRÍTICA
Enrique Rafael U. Reyes
[*] /República Dominicana
5 enero 2026
Con Venezuela pasará lo
que decidan los rusos, los chinos y los Estados Unidos, junto con algún otro
actor menor, frente a estos tres titanes. Y entonces surge la pregunta
inevitable: ¿y el pueblo? ¿Qué pasará con el pueblo venezolano? La respuesta es
cruda: el pueblo, sencillamente, será sacrificado, como diría mi buen amigo don
Manuel Sogas Cotano; el pueblo a tomar
por el culo.
Juan Bosch, escribiendo
tras su derrocamiento, lo expresó con claridad meridiana en Crisis de la
democracia de América en la República Dominicana: «El problema fundamental de nuestros pueblos no es la falta de
gobiernos, sino la imposibiLidad de que el pueblo ejerza realmente el poder que
en teoría se le reconoce.» [1]
Eso es exactamente lo
que ocurre cuando la soberanía popular queda anulada por intereses geopolíticos
externos y por élites internas subordinadas.
¿Apoyas a Nicolás
Maduro? Mi respuesta es clara y categórica: no. No apoyo ni apoyaré su política
ni su modelo económico, basado principalmente en materiales y productos no
renovables, explotados bajo la lógica del sistema capitalista, una lógica
irracionalmente salvaje incluso en su propia racionalidad.
¿Por qué crees que el gobierno de Trump
secuestro a Nicolás Maduro? La respuesta es evidente: por el petróleo.
Ahora vayamos más abajo,
al plano de la influencia mediática. Bajo el influjo de plataformas como
YouTube, Twitter, Facebook, TikTok, Instagram y la televisión tradicional, se
construye un supuesto veredicto moral alcanzado —según dicen— mediante la
máxima deliberación de arrogantes “intelectuales” como Fernando Abreu y Agustín
Laje, junto a sus seguidores acríticos, particularmente visibles en la
República Dominicana. Seguidores que, a lo sumo, han leído el libro Nacho y que
exhiben una arrogancia patética, incapaces de reconocer su propia ignorancia,
cegados por la fama en redes sociales. Frente a ellos, un pueblo inculto les
celebra frases que no entiende ni comprende en absoluto.
El escenario se completa
con la maquinaria mediática. Redes sociales y medios tradicionales fabrican un
veredicto moral simplificado, dirigido por intelectuales mediáticos que confunden
propaganda con pensamiento crítico. Aquí la advertencia de John Dewey sigue
siendo vigente. En Democracia y educación escribe:
«La democracia es más que una forma de gobierno; es, ante
todo, una forma de vida asociada, una experiencia comunicada conjuntamente.» [2]
Sin educación crítica,
sin participación consciente y sin comunicación real, no hay democracia: solo
administración del poder desde arriba.
Como señala Noam Chomsky
en Quién domina el mundo, la manipulación no es un efecto colateral, sino un
objetivo político:
«La manera inteligente de mantener a la gente pasiva y obediente es
limitar estrictamente el espectro de opinión aceptable, pero permitir un debate
muy animado dentro de ese espectro.» [3]
Así se dirige el
pensamiento, incluso el de quienes se creen críticos, y se normaliza la
exclusión del pueblo de las decisiones que determinan su destino. Frente a
esto, la tarea sigue siendo radical y simple: devolverle al pueblo el poder
real y construir una democracia donde el gobernante mande obedeciendo.
El pueblo termina siendo víctima de las invenciones del aparato informativo estadounidense, dirigido por el gobierno de Trump, en función de los intereses económicos de los Estados Unidos, y también de la escalada institucional y mediática de estos segundones: Abreu, Laje y sus seguidores alienados, enajenados e ignorantes.
Todos ellos —incluidos
Abreu y Laje— están profundamente alienados, y por ello reproducen imposiciones
psicológicas que impiden establecer un diálogo racional con ellos y con sus
seguidores. Su orientación ideológica se estructura en torno a un discurso de
odio unívoco y equívoco, cuasi religioso y dogmático. Pueden debatir e incluso
“ganar” discusiones frente a incultos, y serán aplaudidos por otros incultos
que no comprenden con precisión lo que dicen.
Lo que buscan —y ya no
es un secreto— es dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo, y en
particular moldear el pensamiento de los pseudo-intelectuales progresistas,
capaces de contagiar la fiebre belicista incluso en sociedades pacifistas, tal
como señala Noam Chomsky en Quién domina el mundo, página 16.
Al igual que John Dewey, a mí también me
impresiona la gran lección psicológica y educativa que demuestra que los seres
humanos inteligentes pueden hacerse cargo de los asuntos humanos y gestionarlos
de forma prudente, orientados a fines correctos y concretos. Por ejemplo,
concientizar al pueblo sobre su poder real mediante una democracia auténtica,
donde el pueblo sea la sede del mando, en beneficio de todos y, especialmente,
de los más necesitados; donde el gobernante mande obedeciendo a un pueblo
consciente de sí.
Hablo de seres humanos
verdaderamente inteligentes, no de falsos intelectuales que bailan al ritmo que
les marca el Estado imperialista, el cual reproduce históricamente un patrón de
premio y castigo. Como señala Noam Chomsky, quienes se colocan al servicio del
Estado imperial —al servicio de Trump, para ser más específicos—, como Javier
Milei, Agustín Laje y, en la República Dominicana; Fernando Abreu y sus
seguidores, suelen ser elogiados; mientras que quienes se niegan a alienarse al
servicio del imperialismo trumpista son castigados.
[*] Enrique Rafael U. Reyes es estudiante de Psicología Clínica en la UASD de la República Dominicana.
[1] Bosch, J. (1964) Crisis de la democracia de América e la
República Dominicana. México: Era, p..17.
[2]Dewey, J. (1916/2004). Democracia y educación. Madrid.
Morata, p. 87.
3 Chomsky, N. (2016). Quién domina el mundo. Barcelona:
Ediciones B, p. 16

2 comentarios:
Texto lúcido y valiente. Pone el foco donde casi nadie quiere mirar: en cómo el pueblo venezolano es reducido a moneda de cambio por potencias, élites locales y aparatos mediáticos que se autoproclaman morales. No es una defensa de Maduro, sino una defensa radical de la soberanía popular, de la democracia real y del pensamiento crítico frente a la manipulación y el dogmatismo disfrazado de intelectualidad.
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