Hoy se
cumplen dos años del fallecimiento de Julio Anguita. Honrar su memoria,
mantener vivo su ejemplo y asumir y difundir su legado es el compromiso de
quienes compartimos con él luchas, proyectos, sueños y esperanzas.
Anguita, Lafontaine, Mélenchon: Lecciones de futuro
El Viejo Topo
16 mayo, 2022
Las personas
cuentan y los dirigentes también. Anguita, Lafontaine y Mélenchon vivieron
en el mismo tiempo y en el espacio común de una Europa en crisis y bifurcación.
Venían de tradiciones diferentes, de culturas en conflicto y de fuerzas
políticas muchas veces enfrentadas. Las transformaciones del capitalismo, las
derrotas y la ferocidad del neoliberalismo los unieron. Fueron grandes por eso,
porque no se rindieron, porque siguieron luchando contracorriente, pero siempre
con voluntad de mayoría y de gobierno. Estuvieron en el filo de las
contradicciones, hicieron política, se equivocaron y supieron rectificar.
Fueron derrotados en ocasiones, pero nunca bajaron las banderas. No estuvieron
solos. Combinaron lealtades profundas con traiciones de alto calibre. Nunca
hicieron de la política venganza. Dejan ejemplaridad, coherencia y coraje
moral. Mélenchon es el único que queda en la política activa, Oscar ya lo dejó
y Julio se nos fue, pero sigue vivo entre nosotros.
Estos
políticos, a los que se podrían añadir algunos más, aportaron principios
ético-jurídicos que es necesario recuperar en un momento en el que la izquierda
casi nada es y el mundo vive una transformación radical en sus fundamentos que,
dicho sea de paso, ellos entrevieron y se prepararon activamente para estar a
la altura de unos desafíos de época. Quiero señalar algunos elementos que nos
podrían ayudar mucho en esta etapa:
- Pensar a lo grande; es decir, situarse en el momento histórico, definir la fase y hacerla productiva para los movimientos emancipatorios. Conocer el mundo para transformarlo fue un estilo que relacionaba de modo específico teoría y práctica, viejos y nuevos problemas. Analizaron con mucha información lo que significaba la globalización capitalista y se opusieron rotundamente a ella. Defendieron el Estado nacional sabiendo que era el lugar del conflicto de clases, de la democracia de los de abajo, de la soberanía entendida como programa. Lo hicieron compatible y necesario con el internacionalismo, con la solidaridad con las clases trabajadoras en busca de un proyecto común basado en un nuevo orden internacional más justo, democrático e igualitario.
- Punto de vista de clase. Nunca
tuvieron dudas de que el capitalismo era un mal que había que superar
conscientemente. Sabían que actuaban a favor del mundo del trabajo, que
era su mundo. Querían convertir a los que nada eran, en protagonistas
activos y en clase dirigente para un nuevo proyecto de país. Lo
hicieron buscando alianzas con otros sectores sociales y con otros
movimientos que reivindicaban el feminismo socialista y un ecologismo
político vinculado a las clases trabajadoras. Sabían que en estas
sociedades la vía democrática y la lucha por las reformas eran
fundamentales. Asumieron la contradicción y la llamaron de muchas formas:
“reformismo no reformista”, “reformismo revolucionario” o “reformismo
anticapitalista”.
- Otra Europa posible. Sabían
positivamente que había una dimensión europea en las luchas y en la
propuesta. Se dieron cuenta que Maastricht era una señal
clara de iniciativa política de las clases dirigentes y un modo específico
de construir una Europa neoliberal, subalterna a EEUU y
estructuralmente ligada a la OTAN. Se opusieron a esta Unión
Europea porque llevaba a la organización de un centro y una periferia, que
incrementaría las desigualdades, limitaría la democracia y haría imposible
políticas de izquierdas.
- Programa, programa, programa. Se
ha pretendido (y a veces conseguido) caricaturizarlo, pero el programa era
muy importante para esta forma de hacer política. El programa era
entendido como la concreción, en un tiempo y en un espacio dado, de
valores, propuesta política y estrategia. Se buscaba cabalgar sobre el
tigre sin que este te derribara; es decir, formular alternativas que
fuesen a la vez posibles y transformadoras, que generasen dinámicas
de conflicto, de acción/reacción que impulsaran hacia adelante el
movimiento. Gobernar no era solo una forma de concretar alianzas y de
gestionar un programa sino un instrumento para promover la movilización
contra los grandes poderes económicos. Gobernar, en este sentido, era
construcción de sujetos, fortalecimiento de la unidad popular y
organización de un contrapoder social.
- La unidad popular como estrategia. Hay
siempre una vieja pregunta que ha hecho del debate sobre la organización
un elemento esencial del programa de las grandes formaciones de la
izquierda europea. La pregunta era ¿cómo adquieren poder los que no lo
tienen y viven en condiciones de desigualdad estructural? La respuesta fue
unánime: organizándose, generando dispositivos políticos que promovieran
comunidad, solidaridad, consciencia y acción común. Sin ese sujeto
organizado, sólidamente insertado en los espacios sociales y actuando
unitariamente no se podía convertir el conflicto de clase en fuerza
social, en fuerza material y en alternativa política. Sabían que la vieja
forma-partido estaba en crisis y que las experiencias del pasado tendrían
contenidos y concreciones nuevas en sociedades que están mutando
sustancialmente y que hacen de la comunicación un instrumento clave de
poder y de control social.
Se podrá decir
que todo esto es el pasado, que hacer política hoy es jugárselo en el límite de
unas posibilidades muy limitadas por la UE y por la OTAN.
Es el discurso oficial de la izquierda de gobierno. A mi juicio, este realismo
de andar por casa lleva inevitablemente a la derrota y que lo que queda de la
izquierda europea desaparezca en poco tiempo. Esto está ya muy avanzado y no da
mucho más de sí. En momentos en los que el mundo cambia de base, retorna el
conflicto geopolítico y la guerra, los valores, propuestas y proyectos de la
izquierda deben de ser revaluados y definidos de forma nueva, no
abandonados. La tarea de una izquierda que no asume su derrota es hoy
la de siempre: hacer posible lo que parece imposible, no renunciar a los
valores y a la cultura socialista, defender la soberanía popular y una
democracia que sitúa en su centro la emancipación social, la igualdad
sustancial y unas relaciones armoniosas con un medio del que somos parte.
La tarea la
expresó muy bien en otro contexto Max Weber: “La política consiste
en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la
que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto y
así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si
no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de esto no solo
hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la
palabra”.
Las personas
cuentan y los dirigentes también.
Fuente: Nortes.
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