viernes, 1 de septiembre de 2023

Salió el Topo de septiembre

 

Este mes el número viene cargado de polémica: desde el dossier “Ideología Woke” hasta un interesantísimo artículo-entrevista sobre el “caso Bukele”, sin olvidarnos –¡cómo hacerlo un mes de septiembre!– de Salvador Allende. ¡Ah, y estrenamos sección de cine!

 

Salió el Topo de septiembre

 


Silvio Salas

El Viejo Topo

1 septiembre, 2023 

 


Wokismo: delirios ideológicos y conflictos importados

Introducirnos al wokismo exige comprender el contexto histórico que ha propiciado su aparición. El autor se remonta a sus orígenes y rastrea su recorrido para mostrar que, detrás de su exhibicionismo moral, se halla un proyecto político formulado para disgregar la sociedad.


 

«(…) nadie merece derechos especiales, protecciones o privilegios sobre la base de su excentricidad.»  Camille Paglia

 

El wokismo emana de los Estados dominantes, las talasocracias mercantiles y liberales: Estados Unidos principalmente, aunque también es un fenómeno propio en los demás países desarrollados del mundo anglosajón (Canadá, Reino Unido, Australia…). En particular de sus centros académicos y, más específicamente, de figuras como Judith Butler (autora fundacional de la teoría queer), Peggy McIntosh (popularizadora de la hipótesis del «privilegio blanco») o Kimberlé Crenshaw (creadora del concepto «interseccionalidad»). Y aunque haya sido caracterizado como una ideología de subordinación en la medida que está siendo introducido en otras sociedades políticas, lo cierto es que es impulsado con mayor fuerza puertas adentro.

El wokismo ataca toda noción de frontera; bien sea la que separa biológicamente al hombre de la mujer (negación de las diferencias sexuales), lo público de lo privado (a la manera de la proclama feminista «lo personal es político») y, en sentido más concreto, a unas naciones de otras (cosmopolitismo globalista). En suma, busca establecer la primacía de un individuo aislado, un «sujeto hidropónico» [Alicia Melchor] con raíces débiles y suspendidas en el aire, que no deba nada a la naturaleza y posea la capacidad de «autoengendramiento» [Alain de Benoist].

Se impone a través del método de la censura o cancelación (cancel culture). Cancelar el pasado, la tradición, los vínculos sociales… Todo con un sentido aparentemente reivindicativo (por ejemplo, derribar una estatua porque al personaje histórico se le atribuyen actitudes racistas, o reescribir una novela para así contener elementos sexistas que puedan ser hirientes para la sensibilidad del lector). Más allá de la reivindicación nominal, su intención es disociar al hombre de toda cultura moral orgánica y natural. Sacarlo de su ser histórico. Un barbarismo ilustrado, si cabe la contradicción, pues su cuerpo militar se encuentra en Oxford, Harvard y Berkley.

Es el ideario perfecto para una época en la que, como escribió Theodore Dalrymple, parecer bueno es más importante que hacer el bien. Por eso halla su expresión en el «alardeo moral» o «postureo ético» (virtue-signalling): una solidaridad irreflexiva y cuasi automática, mezclada con preocupación impostada, por cualquier causa buenista que domina la agenda noticiosa. Y esa agenda de «causas actuales» puede ser cualquier cosa: el viral Kony 2012, la movida Welcome Refugees, el #StandWithUkraine, etcétera.

Etimología y significado político

El término woke («despertó») ha tenido un largo periplo desde las luchas en favor de los derechos civiles hasta el actual activismo hashtag. Por lo que, de remontarnos al origen de la expresión, debemos mencionar el discurso titulado Remaining Awake Through a Great Revolution: ante el Oberlin College, el reverendo Martin Luther King instó a sus seguidores a «permanecer despiertos» (stay awake) durante la gran revolución social que estaba «barriendo el viejo orden colonial».

Más recientemente, en el año 2008, la expresión fue retomada por la cantante de neo-soul Erykha Badu en el coro de su canción Master Teacher. Y luego, en el año 2012, en un tuit que dedicó a la banda rusa Pussy Riot tras la detención de sus miembros. Badu, echando mano de su inglés afroestadounidense vernáculo (un dialecto social conocido coloquialmente como «ebónico»), cambió la palabra awake por woke. Su renovado stay woke adquirió gran relevancia en 2014, con las protestas por la muerte del joven negro Michael Brown a causa de los disparos de un policía en la ciudad de Ferguson, en el estado de Misuri.

La diferencia entre las versiones de King y Badu no se reducen a la conjugación (stay woke es una incorrección gramatical). El mensaje del doctor King tenía que ver con trascender las aspiraciones individuales y desarrollar una perspectiva mental que estuviera a la altura de las circunstancias históricas, porque, como decía, «estamos atrapados en una red inescapable de mutualidad» (ergo, tenemos un «destino común»). Para Badu, en cambio, «lo despierto» se aplica a muchas facetas de la vida y no es algo explícitamente político. «Se trata de ser consciente, de estar alineado con la naturaleza», dijo al respecto de su aporte lexicográfico, y de forma un tanto divagante, en el canal de televisión MSNBC. Y apostilló: «al estar alineado con la naturaleza, serás consciente de lo que pasa con tu salud, en tus relaciones, en tu casa, en tu coche…».

Así pues, más que ante una etiqueta política, estamos ante un llamado: permanecer alertas frente a los cambios sociales, no ser indiferentes a las injusticias (sobre todo aquellas dirigidas a las minorías, pues se ha trascendido el componente racial). Incluso en el pico de las protestas Black Lives Matter y grupos afines, pocos activistas se presentaban a sí mismos como woke. Hoy virtualmente ninguno lo hace.

Entonces, ¿quiénes son los wokes?

No está clara la relación de la nueva izquierda indefinida de matriz anglosajona con su hijo natural: el woke. Parece que prefiere mantenerlo en la discreción de lo implícito, o peor aún, negar rotundamente su vinculación con él. Ya sea porque ser abierta al respecto mancilla su imagen pública, y con ella su credibilidad; o porque, al puro estilo de las ideologías de control social, sirve mejor a sus propósitos si mantiene su verdadera imagen en un segundo plano.

El wokismo ha llegado a ser uno de esos significantes enemigos que se vuelven útiles porque describen un fenómeno político relevante y con ciertas características novedosas, al margen del número de quienes lo enarbolan como seña de identidad. Por ejemplo, el neoliberalismo no es una mera ficción, aunque el nobel Vargas Llosa asegure, intentando parecer ingenioso, que nunca ha conocido a un neoliberal. Como reza el tópico baudeleriano, «el mayor truco del diablo es hacernos creer que no existe».

En los entornos de las redes sociales, el woke tiene su contraparte en el based (basado). Basado es aquel que resulta transgresor en tiempos de moralina, aquel que desafía el totalitarismo blando de lo políticamente correcto. Tiende a relacionarse con cierta derecha iliberal, pero también incluye a la izquierda de viejo cuño. Pueden ser considerados «basados» tanto Diego Fusaro –por defender las soberanías nacionales frente al globalismo– como Michel Houellebecq –por advertir contra los efectos de la islamización de Francia–.

Para los defensores de la «basadez», lo woke da grima (cringe). El clivaje woke-based es, sobre todo, muy propio de Twitter, donde hasta autoproclamados nacionalistas de los más diversos países hacen uso de neologismos internáuticos de inequívoco sello estadounidense. Lo que vemos aquí es que la guerra cultural estadounidense se traslada al resto del mundo, multiplicando su alcance en forma de memes y cacaposteo.

Palabras que pierden valor y sentido

La noción política de «despertar» aparece, como se ha visto, con un uso bastante legítimo. Transcurrido el tiempo, sin embargo, ha degenerado considerablemente. Ya no remite a la consecución de derechos elementales, sino a un identitarismo fanático. Black Lives Matter, que según el Centro Pew llegó a contar el apoyo de casi tres cuartas partes de los estadounidenses tras la muerte de George Floyd, hoy posee apenas un cincuenta por ciento de valoración favorable. Las olas de vandalismo y saqueos desatadas en su nombre causaron dos mil millones de dólares en daños solo en 2020, y han minado seriamente la imagen de la que gozaba.

El movimiento Black Lives Matter hacía un llamado a «estar despiertos» ante esa lacra que afectaría a los afroamericanos: los prejuicios raciales, que serían la causa de los encuentros fatales entre policías y civiles negros desarmados. No obstante, este planteamiento ha sido rechazado, entre otros estudios, por las publicaciones de la abogada Heather Mac Donald, quien en su testimonio ante el Congreso de Estados Unidos en 2019 ofreció datos que respaldan este otro planteamiento: el verdadero riesgo para las personas negras no es la brutalidad policial, sino el crimen de negros contra negros (black on black crime), a la vista del casi centenar de heridos de bala que en una ciudad como Chicago se pueden registrar en un fin de semana.

Nueva Izquierda y guerra fría cultural

Como antecedente directo del wokismo no se puede perder de vista la «oposición controlada», aupada en Occidente en el marco de la Guerra Fría, que condujo a la configuración de una «izquierda» que aceptaba el mercado en el plano económico y se alineaba a los intereses atlantistas en el plano geopolítico.

La estrategia para combatir el comunismo soviético por parte de Estados Unidos no solamente se sirvió, como es obvio, de medios militares, políticos y financieros. También lo hizo de una gran ofensiva cultural e ideológica. El primer gran esfuerzo en esa dirección se puso en marcha en la era Truman con la denominada «Campaña por la Verdad» (Campaign for Truth) que, en palabras del presidente demócrata, consistía en responder dondequiera que se difundiera «la propaganda comunista» con «información honesta sobre la libertad y la democracia». El ariete encubierto de esta iniciativa fue el Proyecto Troya (Project Troy), una operación que contó con figuras de la talla del físico Edward Mills Purcell, y que cimentó una buena relación entre la naciente CIA y universidades como el MIT y Harvard. Su fin primordial era magnificar el impacto en el bloque del Este de Voz de América (VoA), el más grande órgano de radiodifusión financiado por el Gobierno estadounidense.

Nadie entendería mejor la importancia del poder blando en el choque bipolar que el sucesor de Truman, el general Dwight Eisenhower. Para «Ike» vencer a la URSS no consistía meramente en «conquistar territorio» o «sojuzgar por la fuerza»La guerra militar era secundaria frente a la «guerra psicológica», a la que definía como una «disputa por las mentes y las voluntades de los hombres».

En esa peculiar guerra fría ideológico-cultural dentro de la Guerra Fría, el combate contra el realismo socialista se realizó mediante la promoción del expresionismo abstracto en las artes pictóricas y la atonalidad en la música. Incluyó, asimismo, otras manifestaciones y corrientes artístico-culturales. Entes subsidiarios de la CIA y el Departamento de Estado financiaron desde exposiciones de Jackson Pollock hasta giras de Louis Armstrong y Benny Goodman (al respecto de esto existe extensa bibliografía, y algunos de los autores que mejor lo han tratado son Frances Stonor Saunders y Gabriel Rockhill).

En el año de 1951 se establece formalmente el que quizá sea el órgano más importante de la cruzada cultural de Washington: el Congreso por la Libertad de la Cultura (CCF, por sus siglas en inglés). El CCF fue extraordinariamente hábil en reclutar a la intelligentsia izquierdista desafecta con la URSS, en particular a la bujarinista-trotskista. «Denme cien millones de dólares y mil personas dedicadas, y yo les garantizaré una ola tan grande de agitación democrática entre las masas del imperio de Stalin que todos sus problemas por un largo tiempo serán internos», fue la promesa de su fundador Sidney Hook.

El CCF y otras organizaciones fachadas mantuvieron a flote revistas de la izquierda anti-estalinista estadounidense como The New LeaderEncounter Partisan Review, subsidiándolas cuando sus bajas suscripciones las habían hecho económicamente inviables.

En el ámbito hispánico destacó la publicación Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura. Editada, entre otros, por Luis Araquistaín (quien había sido ideólogo de Largo Caballero), se trataba de un espacio que reunía a intelectuales que habían renegado del marxismo con anticomunistas de toda la vida, como Jorge Luis Borges. Sus artículos exaltaban los valores liberales y el rol de Estados Unidos en el mundo.

Entre los nombres señeros que recibieron directa o indirectamente fondos de la inteligencia estadounidense están la feminista Gloria Steinem y el gurú de las drogas psicodélicas Timothy Leary. La Nueva Izquierda vendió trasgresión, ruptura y prestigio intelectual sin amenazar demasiado al sistema capitalista. Su objetivo era la desregulación moral por encima de cualquier otra cosa. No abandonó, a contrapelo de una visión muy extendida, a los trabajadores en favor de las minorías. O al menos no inicialmente. Según explica Paul Gottfried en La extraña muerte del marxismo, desplazó su sujeto cliente a las clases medias que, tras la ebullición contracultural de los años sesenta, empezaron a desechar sus viejos valores.

Sustrato angloprotestante

Podría decirse que la ideología woke no es una deriva orgánica del protestantismo, pero sí se ha aprovechado de una serie de condiciones que están presentes en él. Es decir, toma fuerza dentro del contexto protestante sin ser su corolario inevitable. De hecho, no puede omitirse el amplio apoyo gubernamental y corporativo que recibe el wokismo en las sociedades protestantes.

Un rasgo evidente del wokismo es su supremacismo moral, clave en la cultura protestante, que mira desdeñosa al «oscurantismo católico». Donde esto se puede observar con mayor facilidad es en la vertiente evangélica literalista, que propugna que cada quien puede interpretar la Biblia por su propia cuenta, aun desprovisto de claves hermenéuticas. Por lo que, en la cultura protestante, el individuo es garante de la fe y tiene una relación directa con Dios, dado que no pasa por ninguna mediación. De igual manera, el woke se basta a sí mismo –a su reivindicación como víctima o como oprimido– para atribuirse la verdad.

El pueblo estadounidense, y el mundo protestante en general, se siente elegido por la Providencia para llevar un mensaje de «libertad». Dicho mensaje hoy se encarna en la ideología woke que, con el pretexto de emancipar a la liga global de «oprimidos», convierte a todos los partidos de la izquierda genérica en franquicias del Partido Demócrata y del poder blando anglosajón.

El desmoronamiento de la arcadia feliz progresista

No es fácil reconciliar las aspiraciones de grupos tan dispares como las mujeres, los inmigrantes y la denominada comunidad LGBT. La interseccionalidad –más que una mera herramienta analítica– es el débil pegamento que busca mantener unida a esta coalición, como imbricación de opresiones y convergencia de desigualdades.

Más allá de cualquier esfuerzo aglutinador, es muy probable que la ideología woke, al estar dirigida a un sujeto político múltiple y fragmentario, acabe descendiendo y dando lugar a una guerra de particularismos, a una guerra fundamentada en intereses particulares contrapuestos. De hecho, ya presenta varias fracturas…

Se ha evidenciado una enconada enemistad entre grupos feministas surgidos de la nueva izquierda: los colectivos queer y las radfems se han enfrentado dialéctica e incluso físicamente en las marchas del 8M de este año. De igual manera, recientemente se han producido conflictos entre padres musulmanes y transactivistas a cuenta de la enseñanza de «ideología de género» en escuelas de Canadá: ¿Qué reivindicación debe priorizarse, la de las minorías religiosas o la de las minorías no heterosexuales?

La articulación política y electoral desde lo minoritario a priori parece tener sentido en sociedades occidentales cada vez más diversas. Ocurre, sin embargo, que muchas de las identidades woke, sean colectivas o individuales, buscan un carácter particular, singular, minoritario… No se construyen a partir de la percepción social, sino que emanan de la «cultura nihilista de la autoidentificación ilimitada» [Rusell Reno]. No suman, disgregan.

Es por ello que el imperio anglosajón contemporáneo es el primer imperio en la historia que promueve lo que podríamos llamar una anticultura, es decir, una cultura basada en la disgregación de los vínculos sociales, en el desarraigo y en el puro presentismo del individuo. Se encuentra en guerra consigo mismo, y arrastra a quienes adoptan sus modas ideológicas junto con él.

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