lunes, 5 de enero de 2026

Venezuela en las sendas de Monroe: la hegemonía estadounidense y la lucha por la influencia en el hemisferio occidental

 


Venezuela en las sendas de Monroe: la hegemonía estadounidense y la lucha por la influencia en el hemisferio occidental

 

Por Rasem Bisharat

kaosenlared

5 de enero de 2026 

 

Venezuela se encuentra hoy en una encrucijada histórica crítica, en medio del creciente cuestionamiento acerca de si Washington ha reactivado de facto la Doctrina Monroe en una formulación contemporánea, mediante la cual busca reimponer su influencia sobre el hemisferio occidental. Con el amanecer del 3 de enero, los Estados Unidos de América llevaron a cabo amplios ataques militares dentro del territorio venezolano, que alcanzaron múltiples objetivos, incluida la capital, Caracas, y sus alrededores, en una escalada sin precedentes en el curso de las relaciones entre ambos países en décadas.

Lo llamativo de este escenario no fue únicamente la magnitud de los ataques, sino lo que siguió a ellos: un anuncio político impactante, cuando el presidente Trump declaró que fuerzas estadounidenses habían detenido al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, y los habían trasladado fuera del país. Esta versión desató rápidamente una ola de controversias y dudas, ante la ausencia de confirmaciones independientes o de detalles jurídicos claros sobre la operación. Por su parte, el gobierno venezolano calificó lo ocurrido como una agresión flagrante contra la soberanía del Estado, subrayando que lo sucedido constituye una grave violación de todas las normas internacionales y exigiendo conocer el paradero del presidente Maduro.

Sin embargo, estos acontecimientos no parecen ser simplemente un incidente militar aislado ni una reacción coyuntural, sino más bien el último eslabón de una larga cadena de políticas estadounidenses hacia Venezuela en particular y hacia América Latina en general. El escenario actual vuelve a colocar en primer plano un debate más amplio sobre la naturaleza del papel estadounidense en la región y plantea una pregunta fundamental: ¿busca Washington redibujar el mapa de su influencia regional mediante la reactivación del principio de Monroe, formulado en el siglo XIX, pero empleando instrumentos y métodos acordes con la realidad del siglo XXI?

La Doctrina Monroe y las transformaciones de la influencia estadounidense

En 1823, el presidente estadounidense James Monroe sentó las bases de lo que posteriormente se conocería como la Doctrina Monroe, a través de una declaración diplomática densa en significado que fue resumida en la expresión: “América para los americanos”. En apariencia, el principio se sustentaba en una ecuación equilibrada: el rechazo a cualquier intervención europea en los asuntos del hemisferio occidental, a cambio de la abstención de los Estados Unidos de intervenir en los conflictos y políticas europeas. No obstante, este planteamiento, que en su momento parecía defensivo, adquirió rápidamente connotaciones distintas a medida que cambiaron los equilibrios de poder.

Hacia finales del siglo XIX y con el ascenso de los Estados Unidos como potencia internacional activa, la interpretación de la Doctrina Monroe pasó de ser un instrumento de disuasión externa a convertirse en un marco legitimador de la intervención directa en los asuntos de los países de América Latina. Para la primera mitad del siglo XX, el principio se transformó en una referencia no declarada de una serie de políticas que incluyeron el apoyo a golpes de Estado, la presión sobre gobiernos electos y la provisión de cobertura política a regímenes militares, bajo consignas amplias como la “protección de la seguridad nacional” o la “prevención de la infiltración extranjera”.

Con el crecimiento del poder estadounidense a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la Doctrina Monroe fue convertida en un instrumento de influencia. Durante la presidencia de Theodore Roosevelt, su interpretación se amplió para incluir el derecho de los Estados Unidos a intervenir con el fin de “proteger el orden y la estabilidad” en los países latinoamericanos, lo que posteriormente se conoció como el Corolario Roosevelt.

La historia moderna de la región está repleta de ejemplos que revelan esta transformación. En Guatemala, en 1954, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) apoyó un golpe de Estado que derrocó al presidente Jacobo Árbenz, después de considerar que sus reformas agrarias representaban una amenaza directa para los intereses de la empresa estadounidense United Fruit. En Chile, en 1973, Washington contribuyó política y económicamente a desestabilizar el gobierno socialista del presidente electo Salvador Allende, allanando el camino para el golpe del general Augusto Pinochet y la entrada del país en una prolongada etapa de régimen militar represivo. En Panamá, en 1989, los Estados Unidos pasaron a la intervención militar directa mediante una invasión a gran escala que derrocó al presidente Manuel Noriega, en una operación que fue descrita en su momento como una de las más extensas llevadas a cabo por Estados Unidos en Centroamérica. A ello se suman intervenciones militares en México (1846–1848), Cuba (1898–1902, 1961), Nicaragua (1912–1933), Guatemala (1954), la República Dominicana (1965), así como el apoyo a gobiernos militares en Brasil, Argentina, Bolivia, El Salvador, Guatemala y Colombia durante el período comprendido entre 1960 y 1990.

Estos hechos, entre muchos otros, muestran que las intervenciones estadounidenses adoptaron múltiples formas y se apoyaron en discursos cambiantes: desde la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, pasando por la protección de las inversiones extranjeras, hasta pretextos relacionados con la seguridad y la estabilidad regional. No obstante, el denominador común ha permanecido constante: la justificación de la influencia y la intervención mediante formulaciones de carácter securitario y político que beben de la esencia de la Doctrina Monroe, aun cuando su lenguaje y sus contextos hayan variado con el paso del tiempo.

Del “peligro soviético” a la “guerra contra las drogas”: pretextos renovados para una influencia persistente

Con el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética, parecía, en apariencia, que uno de los principales argumentos que justificaban la intervención estadounidense en América Latina había desaparecido. Sin embargo, el discurso cambió mientras el objetivo fundamental permaneció inalterado: preservar una influencia estadounidense hegemónica en una región en la que Washington no acepta la presencia de competidores reales. En este contexto, los Estados Unidos reformularon sus narrativas, sustituyendo el discurso de la “lucha contra el comunismo” por consignas de mayor aceptación internacional, como el combate al narcotráfico, la lucha contra el terrorismo y la protección de la seguridad nacional.

En los últimos años, este discurso ha adquirido un carácter práctico y creciente en el caso venezolano. En diciembre de 2025, el presidente Trump anunció que su país había llevado a cabo el primer ataque conocido en territorio venezolano, afirmando que tuvo como objetivo una instalación utilizada para la carga de drogas. No obstante, esta versión no estuvo respaldada por confirmaciones independientes ni por detalles jurídicos claros, lo que abrió un amplio debate sobre la legalidad de este tipo de operaciones y sus límites a la luz del derecho internacional.

De manera paralela, Washington intensificó su presencia militar en la región mediante el despliegue de una importante flota naval en las aguas del mar Caribe, una medida que muchos observadores interpretaron como algo que trasciende el marco de la lucha contra el narcotráfico, para reflejar una escalada militar evidente y un mensaje de disuasión directo dirigido a Venezuela, en un momento en que la región atraviesa una creciente sensibilidad geopolítica.

Venezuela: la riqueza petrolera en el corazón del conflicto geopolítico

Este proceso de escalada no puede desligarse de la posición estratégica de Venezuela en el mapa energético mundial. El país posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, además de otros recursos naturales que lo convierten en un objetivo permanente dentro de los cálculos de las grandes potencias. Desde esta perspectiva, el retorno de Washington a una política de presión económica y sobre el terreno se interpreta como parte de una lucha de influencia más amplia, y no como una simple disputa política coyuntural.

Dicha presión se ha materializado en una serie de medidas, entre las más destacadas la imposición de aranceles o restricciones a los países que comercian con petróleo venezolano, incluida China y otros compradores principales, además del endurecimiento de las sanciones económicas que han agravado las cargas sobre el gobierno y cuyos efectos se han extendido a los sectores populares dentro del país.

En definitiva, estas políticas parecen entrelazarse con un conflicto internacional más amplio entre los Estados Unidos, por un lado, y potencias emergentes como China y Rusia, por otro, en una región que Washington ha considerado históricamente como un ámbito de influencia estratégica que no puede quedar fuera de su esfera de control.

La respuesta venezolana y las repercusiones regionales de la escalada

Frente a la escalada estadounidense, el gobierno del presidente Nicolás Maduro se apresuró a afianzar su narrativa, anunciando su rechazo categórico a cualquier acción militar extranjera y considerando las medidas estadounidenses como una violación flagrante de la soberanía nacional y un quebrantamiento de las normas del derecho internacional. En este marco, las autoridades declararon el estado de emergencia y llamaron a una amplia movilización popular, en un mensaje destinado a subrayar que el país enfrenta una agresión externa y no simplemente una crisis diplomática pasajera.

A nivel regional, los acontecimientos no pasaron inadvertidos. Brasil, Cuba, México y Colombia condenaron la agresión; Cuba y Colombia solicitaron la convocatoria de una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para examinar la escalada y sus consecuencias, en un intento de contener la situación a través de los canales diplomáticos. El presidente colombiano, Gustavo Petro, calificó el ataque como una agresión contra la soberanía de América Latina y advirtió sobre una posible crisis humanitaria derivada de la escalada, además de llamar a una reunión urgente del Consejo de Seguridad para analizar los acontecimientos. Por su parte, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva expresó una enérgica condena al ataque estadounidense, considerando que los bombardeos militares constituyen una transgresión inaceptable y una violación de la soberanía de Venezuela, e instó a las Naciones Unidas a adoptar una respuesta firme ante lo que describió como una grave infracción. Asimismo, subrayó que su país está dispuesto a facilitar el diálogo entre las partes con el fin de resolver la crisis por la vía diplomática.

En contraste, las posturas de otros países de la región variaron entre el apoyo explícito a la posición estadounidense, como en el caso de Argentina, donde el presidente argentino Javier Milei expresó su respaldo a la acción de Estados Unidos, afirmando que los acontecimientos representan un avance para la libertad en la región, una postura que refleja las divisiones existentes en América Latina en torno a la crisis.

Conclusión: un contexto histórico que trasciende el momento presente

Lo que ocurre hoy en Venezuela no puede leerse al margen de su contexto histórico más amplio ni desvincularse de un largo historial de intervenciones estadounidenses en América Latina. Es cierto que el discurso estadounidense ha variado a lo largo de las décadas y que los eslóganes predominantes se centran ahora en la lucha contra las drogas o el terrorismo; sin embargo, los patrones de comportamiento y la mentalidad estratégica de carácter imperial revelan la persistencia de una visión que concibe el hemisferio occidental como un espacio vital que debe mantenerse bajo control.

En este marco, el escenario actual puede entenderse como una evidencia de que los Estados Unidos no han pasado página de la Doctrina Monroe, sino que la han reproducido en una versión más moderna y menos explícita: un tránsito desde el concepto abierto de “patio trasero” hacia la concepción de una esfera de influencia permanente, cuyos límites se gestionan mediante instrumentos políticos, económicos y de seguridad más sofisticados. En este sentido, Venezuela no parece ser un caso excepcional ni un objetivo aislado, sino un mensaje político dirigido al conjunto del continente, a través del cual Washington pone a prueba los límites de la disuasión y del consentimiento regional.

De ahí que la pregunta planteada en América Latina vaya más allá de si los Estados Unidos intervendrán o no, para convertirse en un interrogante más profundo y apremiante: ¿hasta qué punto los países de la región pueden romper la lógica del “patio trasero” y construir un margen de decisión autónomo en un mundo en el que la unipolaridad retrocede, mientras que los instrumentos de hegemonía aún no han desaparecido?

En conclusión, puede afirmarse que lo que sucede hoy en Venezuela no constituye un hecho aislado ni una excepción circunstancial, sino un nuevo capítulo de una narrativa que se extiende por más de un siglo y medio, reflejando la transformación y adaptación de las herramientas estadounidenses al paso del tiempo, sin que ello altere la esencia de su enfoque hacia la región.

Rasem Bisharat es Doctor en Estudios de Asia Occidental e investigador en asuntos latinoamericanos

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