EEUU tenía entre ceja y
ceja a Venezuela, y ahora amenaza a Groenlandia. ¿Qué vendrá después? ¿Canadá?
¿México? Pero todos sabemos cuál es su objetivo final: China, y Rusia por si
acaso se le ocurre ayudar a China. La cuestión no es quién, sino cuándo.
Ahora Venezuela, ¿y mañana?
Agustín Zamora
El Viejo Topo
13 enero, 2026
VENEZUELA: LAS COSAS NO SON COMO EMPIEZAN, SINO COMO TERMINAN
El 1 de mayo de
2003, un ufano presidente George W. Bush, en un discurso televisado a bordo del
portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de California, anunciaba
que “las principales operaciones de combate en Irak han finalizado. En la
batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido”. Detrás de
Bush se podía leer una gran pancarta que decía “Misión cumplida”.
La ilegal
invasión de Iraq había comenzado el 20 de marzo. Bush proclamó la victoria
cuarenta días después. En Iraq se decía otra cosa. Que la guerra apenas había
comenzado, como efectivamente así fue. Se sucedieron ocho largos y sangrientos
años de guerra hasta que, en diciembre de 2011, las últimas tropas
estadounidenses abandonaban, derrotadas, Iraq. Medio millón de iraquíes habían
perecido de forma violenta, mientras EEUU perdía 4.500 soldados.
La guerra no
había concluido en mayo de 2003. Había comenzado.
El presidente
Bush hizo, en aquel discurso, otra afirmación: “Tenemos una ardua labor por
delante en Irak. Estamos poniendo orden en zonas de ese país que siguen siendo
peligrosas”. Se refería a lo siguiente: gobernar Iraq como una neocolonia, con
las tropas yanquis paseándose por el país como si fuera parque de atracciones.
No pudieron. Al final, tuvieron que tragar y entregar el poder a la mayoría
chiita, aliada de Irán, y, luego, llegar a compromisos con los iraquíes, muy
lejos de lo que pensaban en 2003.
Peor les fue en
Afganistán. EEUU invadió el país en 2001 para derrocar a los talibanes,
acusados de terroristas, para retirarse a la desesperada en 2021 dejándole el
poder a… los talibanes. En 2025, buscaron negociar con ellos la entrega de una
base aérea, a lo que, como podrán imaginarse, el gobierno talibán se negó
tajantemente.
La operación
terrorista ordenada por Donald Trump contra Venezuela, con el secuestro del
presidente Nicolás Maduro, y su eufórico discurso cantando victoria, dando por
terminado el episodio y hablando de que gobernarán directamente Venezuela,
tiene ecos de déjà vu, de situación vivida, no una, sino muchas veces. Trump
hoy, como Bush en 2003, confunde lo inmediato del acto con las consecuencias
del mismo.
El éxito
espurio de una operación comando es una cosa. La cascada de sucesos que el
secuestro del presidente venezolano está y seguirá desencadenando es otra.
Porque el secuestro de un presidente no es un hecho baladí. Es abrir una caja
de truenos que, a su vez, servirá de desencadenante de hechos posteriores que
es prematuro -e imposible- imaginar.
Si en 2001
alguien hubiera afirmado que, en 2021, los talibanes volverían a entrar
triunfantes en Kabul, las burlas habrían sido masivas. Si en 2003 se hubiera
dicho que, en 2011, EEUU se retiraría de Iraq sin haber alcanzado sus
objetivos, la reacción habría sido similar. Las cosas, bien lo sabemos, no son
cómo empiezan, sino cómo terminan.
Los jefes de
Estado son, de entrada, personas internacionalmente protegidas, según lo
establece la Convención sobre la prevención y el castigo de delitos contra
personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos,
adoptada por NNUU el 14 de diciembre de 1973.
La ONU
considera que “los delitos contra los agentes diplomáticos y otras personas
internacionalmente protegidas al poner en peligro la seguridad de esas personas
crean una seria amenaza para el mantenimiento de relaciones internacionales
normales, que son necesarias para la cooperación entre los Estados”.
Según el
artículo 2 de dicha Convención, “Serán calificados por cada Estado parte como
delitos en su legislación interna, cuando se realicen intencionalmente: a) la
comisión de un homicidio, secuestro u otro atentado contra la integridad física
o la libertad de una persona internacionalmente protegida”.
EEUU, por
tanto, ha perpetrado el secuestro de una persona internacionalmente protegida,
lo que constituye un delito internacional. Desde esta perspectiva, los
tribunales de EEUU carecen totalmente de jurisdicción para juzgar a una persona
protegida internacionalmente que ha sido objeto de secuestro, figura delictiva
en todas las legislaciones del mundo, incluyendo a EEUU.
Por otra parte,
se aplica aquí la antigua y fundamental máxima jurídica de que “nadie puede
obtener beneficio de su propio dolo”, es decir, que nadie -persona o Estado-,
puede prevalerse de un acto doloso o ilícito como base para obtener ventajas o
derechos en un proceso judicial.
Los tribunales
estadounidenses, en tal sentido, no podrían, si respetaran los fundamentos
esenciales del Derecho, juzgar en forma alguna al presidente venezolano. Esto
no detendrá a los jueces gringos, pero permitirá constatar, una vez más, que,
en EEUU, no impera el Derecho, sino la barbarie y sólo la barbarie.
Como recoge el
diario The Washington Post, “La captura de Maduro por parte de Estados Unidos
puede ser ilegal; eso probablemente no importará en los tribunales”. Detrás de
su rostro de ‘civilizados’ se encuentra el esclavista, el genocida y el pistolero,
los tres pilares sobre los que se fue construyendo ese engendro que se hace
llamar EEUU.
Secuestrar a un
presidente es un acto de guerra; pero, peor aún, es legitimar con hechos
cualquier tipo de arbitrariedad derivada de la fuerza bruta. Es retrotraer al
mundo la era del imperialismo salvaje del siglo XIX, cuando los supuestamente
civilizados europeos se sentían autorizados, en nombre de su superioridad
civilizacional, a asesinar, esclavizar, expoliar, destruir y saquear a los
pueblos considerados bárbaros y salvajes. Si Trump puede secuestrar a un jefe
de Estado, cualquier otro gobierno se sentirá autorizado, si puede, a ordenar
el secuestro de Trump o de cualquier otro presidente.
Otra cuestión
debemos tener clara. La política del gobierno estadounidense no obedece
únicamente a su histórica vocación de violencia, intervención y uso de la
fuerza. Aunque su pulsión violenta les impulsa a actuar casi mecánicamente como
pistoleros, esa política sigue las pautas establecidas durante las guerras
mundiales, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington exigió a
los gobiernos del continente un alineamiento sin fisuras con EEUU.
Todos los
gobiernos se alinearon, excepto el argentino, bajo la presidencia de Juan
Domingo Perón, que rehusó declarar la guerra al Eje, por su simpatía hacia el
fascismo. El punto no es ése. La rebeldía de Perón llevó a EEUU a promover la
desestabilización del gobierno argentino, a tal punto que, en 1945, el
embajador gringo, Spruille Braden, instigador de la sangrienta Guerra del
Chaco, encabezaba las manifestaciones contra Perón.
En octubre de
1945, un golpe de estado derrocó a Perón, que tuvo que ser liberado por los
golpistas a causa de una enorme presión popular. Perón ganó las elecciones de
1946 usando el eslogan “Braden o Perón”. Hoy, en Venezuela, pueden parafrasear
el eslogan, bajo el lema “Trump o Maduro”.
Trump afirma
que EEUU necesita el petróleo y los recursos venezolanos porque, según él,
‘pertenecen’ a EEUU. En realidad, lo que Trump quiere es controlar los recursos
de todo el continente como parte esencial de la preparación de EEUU de la
guerra que viene contra China y Rusia.
Como ya
señaláramos en De Ucrania al Mar de la China, desde 2017, durante
su primer periodo presidencial, Trump diseñó una estrategia militar que
repetía, en lo sustantivo, la adoptada por EEUU en la II Guerra Mundial.
Como se
recordará, EEUU batalló a muerte contra Japón de 1941 a 1944 y no entró de
lleno en el escenario bélico europeo hasta junio de 1944, cuando, ya vencido
Japón, consideró que podía apuntarse a la guerra contra la Alemania nazi. Para
1944, el Ejército Rojo ya había demolido al ejército nazi, de forma que la
participación directa de EEUU en el escenario europeo tuvo más relevancia en
Hollywood que en la guerra misma.
No será posible
entender la atroz agresión que sufre Venezuela y el propio secuestro del
presidente Maduro y de su esposa si se le aísla del escenario mundial y de la
lucha, soterrada e implacable, por el cambio sistémico en curso.
Es esa lucha lo
que explica la beligerancia de Trump en favor de candidatos derechistas ‘trumpistas’
en el continente americano y en la misma Europa. EEUU no está pretendiendo
devolver la región a lo que era hace un siglo. EEUU quiere gobiernos alineados
y serviles en los países americanos y europeos que bailen a su compás, sin
vacilación ninguna, para cuando se inicie el enfrentamiento mundial,
particularmente por el dominio del océano Pacífico.
Aunque el
petróleo esté de por medio, nadie en Venezuela se oponía a inversiones
estadounidenses en el sector de hidrocarburos. Todo lo contrario, las
cortapisas a una relación comercial mutuamente beneficiosa provenían del
gobierno estadounidense. En febrero de 2024, Trump anunció que revocaría la
licencia que “el corrupto Joe Biden concedió” a Venezuela, en 2022, para que la
multinacional Chevron operara en el país.
El petróleo es
más cortina de humo que realidad. De siempre se han hecho mejores negocios en
la paz que en la guerra. Durante los veinte años que duró la invasión de
Afganistán, ninguna empresa de EEUU pudo extraer beneficios del país.
Fue, todo, un
desastre militar, político y, sobre todo, económico. El estudio realizado, al
respecto, por la Universidad Brown, en 2019, concluyó que la guerra de
Afganistán costó a EEUU la friolera de 978.000 millones de dólares. Haciendo
comparaciones, el PIB de Chile, en 2025, fue de 340.000 millones de dólares. El
de Suecia, de 640.000 millones.
La visión
estratégica de EEUU explica, también, el aparente menosprecio de Trump hacia
los países atlantistas europeos. Trump los desprecia porque, en su mayoría, se
han negado a seguir las directrices dadas desde 2017, de rearmarse comprando
armamento estadounidense y de multiplicar por tres el gasto militar, hasta
alcanzar el 5% del PIB. Trump, contrario a lo que predican los bobos de turno,
no quiere a la OTAN débil. La quiere archi-militarizada con armamento
gringo que, además de inyectar centenares de miles de millones de dólares a las
arcas de EEUU -que necesita perentoriamente para financiar el rearme contra
China-, conforme una amenaza militar suficiente para amedrentar a Rusia. Y
quiere a Rusia amedrentada para que, en caso de guerra con China, Rusia no
pueda brindar apoyo suficiente a China. Sin apoyo ruso, EEUU podría soñar con
derrotar a China y, una vez derrotada China, pasarían a ocuparse de Rusia.
También explica
su aparente interés en la paz entre Rusia y Ucrania. En realidad, Trump ofrece
un caramelo para distraer a Rusia y así dar tiempo a que los europeos
atlantistas se rearmen.
No es un
esquema de paz lo que Trump está moviendo en Ucrania, sino de guerra. De la
guerra sistémica que sostienen aquellos (China, Rusia, India, Irán…) que
quieren instaurar un nuevo orden mundial contra los que (EEUU y sus títeres
europeos) se afanan por impedirlo y prolongar cuanto puedan su hegemonía
decadente. Eso aclara el apoyo o el silencio cómplice de la casta política
europea hacia la operación terrorista de EEUU en Venezuela. Son zorros del
mismo piñal unidos en los mismos objetivos.
No hay, en el
mundo actual, conflictos aislados unos de otros. Estamos en un sistema de vasos
comunicantes donde todos los grandes frentes de conflicto -Ucrania, Gaza, Irán,
Asia-Pacífico, África, hoy Venezuela-, están intercomunicados y unos influyen
en los otros. Lo que ha movido a EEUU contra Venezuela está relacionado con la
pretensión gringa de apoderarse de Groenlandia. EEUU quiere una Groenlandia
yanqui para hacer allí un símil de Taiwán y cerrar a Rusia el acceso al océano
Atlántico. Y así…
Es la versión
geopolítica del efecto mariposa (“un pequeño cambio ahora puede dar lugar a un
cambio gigantesco e impredecible en el futuro”). Pueden ser conflictos
localizados en una geografía determinada, pero que forman parte del conflicto
global, cuyo escenario principal -no se engañe nadie- es el control del
Pacífico.
Allí, en el
‘arco del triunfo’ que va de la península coreana a India -que referimos en
Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos-, está el
corazón de la economía mundial, la mitad de la población y las cuatro mayores
potencias globales.
El acto
criminal contra Venezuela tiene otras secuelas, las inmediatas. Una de ellas es
recordarnos, de golpe, que el imperialismo depredatorio y violento no ha
muerto. Está vivo y coleando, esperando únicamente que nos durmamos para
asaltarnos.
También sirve
para recordar que la lucha antiimperialista acabará sólo cuando los sistemas
imperialistas hayan sido derrotados. No es posible saber qué derroteros seguirá
la agresión contra Venezuela. Lo que debemos tener claro es que, mientras el
enemigo está despierto, estamos obligados a permanecer en vigilia. Hoy es
Venezuela, mañana cualquiera. De fondo, el planeta entero.
Una inédita
versión global de lucha entre opresores y oprimidos. Entre oligarquías y
pueblos. Entre un mundo unipolar, en manos criminales, y el mundo multipolar,
que queremos en manos de la humanidad. Venezuela es el nuevo capítulo, no el
último. Habrá otros. Irán, Egipto, Indonesia, África Central… Y no hay que
llamarse a engaño. La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque
global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles.
Sin dar espacio
al desaliento, toca estar alertas y preparados. Se han perdido, se pierden y se
perderán batallas pero, al final, la victoria será nuestra. Hagan números y
verán que salen las cuentas.
Fuente: Observatorio de la crisis

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